Ser buena persona nunca pasa de moda.

 La necesidad de estar a la moda, la angustia inconsciente de estar en sintonía con lo que se imagina ser moderno, revela una búsqueda por identificación y aceptación, un deseo generalmente no percibido de encontrar un lugar para vivir en paz. La moda nace de la necesidad cultural de las personas de entender quiénes son y para dónde van. Ropa, accesorios, carros, ideas enlatadas, maneras de actuar y hablar intentan desesperadamente rotular al ser en el intento de hacerlo creer que por la cáscara se reconoce el valor de la fruta. En vano.

Se pierde la belleza de inventarse a sí mismo y la fuerza de ser único. La moda trae consigo el peligro de proyectar un supuesto ideal que con seguridad no somos.

La limitación de la forma establece fronteras. Cualquier modelo listo para  usar roba la originalidad del individuo, la belleza de los vuelos solitários en altitudes inimaginables, donde, sólo entonces, se encararán  mundos y posibilidades apenas accesibles para quien tiene la osadía de ir más allá de la normalidad y de las aprobaciones mundanas. El ejercicio de la creatividad desarrolla las alas de la libertad.

Nada en contra de la industria de consumo como ropa, carros o entretenimiento, que necesita producir y vender para generar la riqueza y los empleos que mueven el planeta; belleza y comodidad, que al ser alcanzados y disfrutados de manera digna, son bienvenidos. Para ser feliz no es necesario ser un asceta en el sentido original de  la palabra; sin embargo, hay que entender el límite de todas las cosas y el sentido de la búsqueda de cada uno.

La moda generalmente sirve de referencia para que el sujeto se sitúe en determinado grupo social, ya sea por aceptación o por destaque. Una manera ingenua de proyectar quién quisiera ser, un lugar en la tribu que admira, en el intento de imponerse y de encontrar su lugar en el mundo. En suma, la moda intenta acomodar en los rincones de la mente las mitológicas indagaciones de quiénes somos y para dónde vamos pero, ¿De qué sirve un espejo si no se quiere ver? De qué sirve un mapa y una brújula si no se sabe para dónde ir? ¿Puede la forma ganar mayor importancia que la esencia?

Inconscientemente la moda engaña al consciente, vendiendo lo que no puede entregar.

Aunque no esté claramente decodificado en el entendimiento de cada individuo caminamos, invariablemente, en búsqueda de la plenitud del ser donde, sólo entonces, conseguiremos encontrar la paz de la cual tanto necesitamos y, siendo honestos, es lo que importa. No obstante, ¿Cómo llegar hasta ese paraíso? Es la pregunta que no acalla.

Por no haber decodificado aún el proceso, muchos todavía buscan desesperadamente en la moda signos de identificación con la ilusión de no sentirse perdidos, como si la felicidad estuviera disponible en la vitrina o en el estante de las tiendas, al alcance de la tarjeta de crédito. Es mucho más simple y cómodo trabajar la forma que la esencia; sin embargo, el resultado nunca será el mismo. Cambiar de vestido no cicatriza las heridas del corazón; el brillo de una joya no ilumina los rincones oscuros de la tristeza; un carro bello y caro puede despertar la admiración de los otros y llevarte a dar un cómodo paseo, pero las angustias mal resueltas te acompañarán a toda parte; el acceso a las modernas tecnologías no te dan respuesta a las cuestiones profundas del alma.

Posponer el autoconocimiento es quedarse sentado en la estación viendo pasar el tren de la plenitud. Es necesario coraje para verse y entender quién realmente eres, encarar los propios dolores y frustraciones, asumir las responsabilidades, limpiar las heridas para curarlas y, entonces,  transformarse. La búsqueda es ardua, pero el encuentro es mágico. Extraer y vivir lo que hay de mejor en nosotros mismos, como diamante que necesita pulir las impurezas hasta que refleje la luz perfectamente, define tu ropa.

En la medida en que vayamos conociéndonos y transmutando sombras en luz, cambiamos el traje de la inteligencia, el vestido del corazón, el guardaropa del alma. Saber quiénes somos es fundamental para entender a los otros y al mundo. Aunque la vida nos ofrezca andrajos o “prêt-à-porter”, recuerda que somos nuestros propios sastres. Cabe a cada uno escoger las telas del amor, coser con los hilos de la compasión, abotonar con la sabiduría, vestirse con la paciencia de la eternidad. Después basta distribuir los pañuelos de la alegría por donde pases, a cualquiera, sin distinción. Encontrar brillo en la trayectoria de todas las personas revela la luz que hay en tí. La belleza de tus nuevos trajes deslumbrará inimaginables pasarelas y todos desearán estar cerca, desfilar a tu lado, independiente del color del pantalón, del modelo del carro o de la marca de los zapatos. La elegancia no está en el diseño y sí en el estilo.

No es lo que se utiliza, sino la forma de ser.

Ser buena persona nunca pasa de moda.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

Discusiones — Una respuesta

  • Rea 1 de julio de 2019 on 11:36

    GRACIAS.🌸🌻