Jardineros del alma.

“Somos herederos de nosotros mismos”, dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Subíamos una pequeña montaña próxima al monasterio por un estrecho sendero en una mañana todavía fría de la primavera. Éramos recibidos por pequeñas y coloridas flores silvestres que ya mostraban todo el esplendor de la estación y, subliminalmente, nos enseñaban la lección de las fases de la vida: tras el rigor del invierno, que es indispensable para fortalecer la determinación del espíritu, llegará la dulzura de la primavera para calentar el corazón.

Todos los ciclos personales – el Sendero es un gran ciclo formado por innúmeros ciclos menores – tienen su razón de ser y encierran valiosas enseñanzas ocultas e indispensables para la evolución. Situaciones conflictivas y recurrentes al punto de preguntarnos la razón de la aparente repetición, revelan nada más que la negativa a cambiar nuestra manera de ver y actuar, de entender y hacer diferente, en fin, de evolucionar. Aprendida la lección, se encierra aquel ciclo e, inexorablemente, uno nuevo se presentará con otros momentos libre de los viejos problemas. “Quien se queja del camino es porque no quiere cambiar su manera de caminar”, comentó con su forma peculiar de hablar.

El sol nos acariciaba cariñosamente, como si supiese que los mantos de lana no podían calentarnos por completo. A medida que subíamos la flora se hacía más rica y atraía para sí una enorme variedad de pajaritos y mariposas. Al percibir todo mi encanto, el viejo monge me miró con sus ojos siempre serenos: “El aroma de las flores es como las energías que emanamos, cuyas fuentes son nuestros sentimientos y pensamientos. Los buenos perfumes atraen pájaros y mariposas, de la misma manera que el olor agrio de las alcantarillas atrae cucarachas, ratones y mosquitos”. Dió una pequeña pausa y finalizó. “Así que lo que atraemos hacia nosotros es de nuestra entera responsabilidad”. Le comenté sobre su extraña insistencia en buscar lecciones escondidas por toda parte. “Lo sagrado reside disfrazado en lo profano y así está en todo lugar. De esta manera, la vida nos orienta mediante señales y nos ofrece su sabiduría a través de las cosas más simples, accesible a cualquiera, basta buscar”. Me miró a los ojos y percibí una hermosa luz que emanaba desde el fondo de una fuente que entre más se daba, más fuerte se hacía, a pesar de estar enmarcada en un rostro arrugado y desgastado por el tiempo. “Todo el amor que necesitas para vivir puede estar contenido en un único abrazo”, comentó.

Señalé que él me había comentado en otra ocasión que todo el amor necesario habita en mí en la medida en que este amor proprio se ejercita. “Sí, es verdad. Ese es el punto más alto del entendimiento, sin embargo hay personas que se cruzan en nuestra vida y que están, en aquel momento, sedientas por atravezar la aridez del desierto del amor y necesitan de un pequeño gesto para volver a creer en la magia infinita del Universo y, entonces, volver a germinar. Un cuidadoso jardinero sabe que es responsable por todas las flores del jardín”.

El Viejo se sentó en la hierba todavía húmeda del rocío y permitió que su espalda descansara al amparo de una gran piedra. Su cuerpo ya daba señas del peso de la edad, sin embargo, su espíritu se mostraba cada vez más alegre y jovial. “Deléitate con todos los matices de la naturaleza, después lleva su belleza para tu interior”, dijo minutos antes de cerrar los ojos en silencio. Hice lo mismo y nos quedamos así por un tiempo que no puedo precisar. Cuando abrí los ojos vi al maestro un poco distante observando una abeja que polinizaba un lirio mientras hurtaba el dulce que en breve devolvería como miel. “Esta simbiosis es la síntesis de la existencia. Aprender, transformar, compartir y seguir”, recitó en voz baja como si hablara consigo mismo, en su incansable búsqueda de ver la belleza que existe en todo y en todos. Esta era su Luz. Al percibir que me aproximaba apuntó para una pequeña orquídea selvaje que brotaba en el tronco de un enorme árbol y pidió que le quitara una hierba dañina que pronto la sofocaría. “Siento mucho respeto y admiración por los jardineros, son la perfecta metáfora de la vida”, comentó. Al ver en mis ojos un gran signo de interrogación en busca del sentido de aquel verso, me explicó con su paciencia casi infinita: “Un jardinero cuida de una planta con extremo cuidado, al igual que debemos cuidar de nuestra alma. Poda las hojas y ramas que interfieren en el crecimento; de igual forma debemos abdicar de cosas y conceptos que, por ser obsoletos, no nos sirven más y sólo dificultan nuestra evolución. Sacia diariamente la flor con agua fresca para que no se seque por escasez, de la misma manera que necesitamos regar nuestros gestos con abundante amor, por ser ésta la fuente y la miel de la vida, de lo contrario nos secaremos por inanición en la amargura. Aleja las plagas agresivas como debemos protegernos de las hiervas dañinas nacidas en nuestros propios pensamientos y sentimientos nocivos. Procura exponerla al sol pues la luz es esencial en el desarrollo de todas las formas de vida, así como es indispensable iluminar nuestras propias sombras para disipar la neblina que nos impiden una perfecta visión. Siembra incansablemente el pequeño e ínfimo grano con la seguridad de que la magia de la vida lo transformará, a su debido tiempo, en árbol vigoroso, donde muchos podrán descansar a la sombra y deleitarse con sus frutos. Incluso ante un panorama gris, la sabiduría del jardinero indica que los colores vibrantes de una única flor tienen el poder de, poco a poco, irradiar belleza en todo el jardín.

Pequeños gestos hacen una gran diferencia. Percibir que nuestra fortuna está solamente en las flores que plantamos durante el camino para agradarle la vida a los que vienen atrás, es entender la milenaria y sabia parábola “conocemos el árbol por sus frutos”. Somos el jardinero de nuestra propia alma y la manera como cuidamos de ella alimentará, o no, a todo el universo en sus cenas espirituales”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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