La belleza del perdón

“Es imposible ser feliz sin perdonar”, dijo el Viejo a una joven mujer que fue al monasterio en busca de consuelo. Estábamos sentados en el comedor y yo les servía una taza de café caliente. Ella acababa de narrar su drama personal y estaba inconsolable, pues no se sentía merecedora de aquel destino. Afligida, la mujer confesó que lo que la mantenía en pie era ver el sufrimiento de quien la había ultrajado y por esto no lo perdonaría jamás. El Viejo frunció el ceño ante su intolerancia, sin embargo, los ojos brillantes en su rostro arrugado desbordaban misericordia. “Las penas eternas constituyen una adaptación a las sombras y no son congruentes con las ideas trabajadas con la Luz, siempre dispuesta a conceder nuevas oportunidades. El error hace parte del aprendizaje y, por lo tanto, requiere innúmeras oportunidades. Sólo un ángel podría listar todos los errores de la propia vida”.

La mujer refutó diciendo que ya había cometido algunos errores, pero nunca por maldad. El monge mantuvo el tono sereno en su voz. “La desarmonía entre las personas reside en que juzgamos a los otros a través del rigor de los hechos, de las heridas que nos causaron y de desear que seamos juzgados por nuestras intenciones. Siempre tenemos motivos que justifican nuestros actos, ¿no es así?”. Hizo una pequeña pausa para que la mujer refleccionara sobre sus palabras y continuó: “Esta es la cuestión. La discordia es la raíz del conflicto en las relaciones. Por esto es necesario sumergirse en lo más profundo de sí mismo. Olvidar las máscaras y los personajes sociales que hemos creado con el ego, en el afán de protegernos, al desear ser aplaudidos en público. Hablo de las sombras que escondemos, que ansian la luz en los rincones aún oscuros del alma, que sólo desean destacar los defectos ajenos con la vana esperanza de esconder los nuestros. Perdemos demasiado tiempo en la ilusión de corregir los errores de los otros en vez de perfeccionar nuestro propio corazón, para que pueda reflexionar sobre la belleza de las actitudes que todavía no poseemos. Puede estar segura de que al conocernos realmente nos volvemos más tolerantes con los demás”.

Ella argumentó que perdonar sería un irrespeto a su dolor y una manera de abrir las puertas del mal. También dijo que todo error tenía que ser punido y lamentó que las leyes no fuesen más rigurosas. El Viejo mantenía un tono sereno y dulce al hablar. “No me refiero al juicio en los tribunales de los hombres. Sin duda el mal debe ser enfrentado con firmeza para que cese, pero con sabiduría para no sobrepasar el límite necesario en cada caso, al impedir que usemos la oscuridad en el combate de las tinieblas. Que el infractor tenga un proceso adecuado, con acceso a todos los medios de defensa, un juez imparcial y una sentencia justa, exento de las pasiones que envuelven el hecho. La legislación y sus partes, que varian conforme el lugar y el tiempo, como un espejo, están de acuerdo con el grado de evolución de esta o de aquella sociedad, la cual se modifica de acuerdo con la expansión del nivel de consciencia de todo un pueblo. No se olvide que usted y yo hacemos parte de ese pueblo. En la barbarie teníamos sed de venganza y semejante dolor exigió transformación; en la civilización pedimos justicia y seguimos en busca de su perfecto entendimiento. La diferencia entre venganza y justicia es la carga de amor y sabiduría que reviste cada decisión. He oído gritos por justicia que en verdad esconden el terrible deseo de venganza. La justicia sólo alcanza su fin cuando sustenta el aprendizaje, la perfección y la evolción de todos los involucrados”. Quedó en silencio durante algunos segundos, miró docilmente a los ojos de la mujer y concluyó: “Yo quería hablar del perdón. Perdonar está más allá de la justicia y muy distante de las acciones judiciales. Se trata de un proceso de cura necesario para el corazón”.

En el bello rostro de la joven e infeliz mujer estaba estampada su duda con relación a la total extensión del significado del perdón. El monge tuvo la sensibilidad para oir lo que ella no verbalizó y le explicó de manera dulce: “Perdonar no significa darle la razón al otro y sí tener compasión por la oscuridad que lo envuelve, la ignorancia que lo limita y que lo maltrata. Entienda que cada uno actúa, bien o mal, de acuerdo con su grado de evolución, y escribe su propio destino en los campos de la alegría o en las curvas del sufrimiento. La práctica del perdón demuestra sabiduría, el amor y coraje de quien lo ejercita. Sabiduría al entender el camino; amor al ofrecer lo mejor aún ante la adversidad; coraje al no desistir de aliarse con los sublimes principios del Universo en el momento más dificil de la batalla. Sólo un verdadero guerrero que trae en su escudo el Signo de la Luz tiene la grandeza de perdonar”. La mujer quiso saber a qué escudo se refería. “El corazón”. El monge cerró los ojos; su hablar era genuinamente sentido.

La triste joven confesó que desde aquel día en el que todo sucedió, sentía que había perdido su propia vida y que nunca más volvería a los quehaceres y convivencias que siempre la habían llenado de alegría. El Viejo esperó a que ella terminara de lamentarse e intentó explicarle: “¿Percibe como el mal se expande a través de usted y cuán aprisionada está? La reja de esa celda es el odio, su propio odio. Tal sentimiento crea una verdadera prisión energética donde usted está encadenada a aquel que considera su malhechor. Su tristeza la condena a permanecer en la mazmorra con el infeliz que la hirió al mantener el mal todavía presente en su vida. Rechace la invitación de un alma atormentada a danzar en el baile de las tinieblas. Permita que la nobleza de la compasión ocupe el lugar de la rabia primitiva. Sólo así dejará de alimentar el mal, colocará fin a su dolor y volverá a ser libre para caminar por el lado iluminado del camino”. Hizo una pequeña pausa y continuó con su raciocinio: “Querer el mal, aunque no lo practique, le lleva a la venganza nefasta de lanzar más sombras a la oscuridad. Desear el mal es muy parecido a practicar el mal, pues las frecuencias vibratorias son parecidas y terminan permeando a todos los que se alinean con este sentimiento pesado, aunque sólo sea en pensamiento. La Física Cuántica ya probó que todo en el universo es energía, y por lo tanto sus sentimientos no están excluídos. Cuidado con ellos”.

Ella comenzó a llorar y dijo que estaba cansada. Sentía como si cargara una mochila llena de piedras y preguntó cómo podría librarse de ese sufrimiento. “Perdonando siempre y cada vez más. El perdón es la llave de la libertad y de la paz. El perdón es la única cura posible. El perdón es sabio porque libera; es un acto de amor porque permite que la vida prosiga. Cambiar las piedras de la intolerancia por las alas del perdón le devolverá la ligereza necesaria”, susurró el Viejo.

La jóven dijo que aquella conversación le había hecho bien, pero que le parecía muy difícil ponerla en práctica. El viejo monge se rascó la barba y continuó después de arquear los labios con una leve sonrisa: “El perdón es un ejercicio espiritual, así como una maratón es una actividad física. Nadie nace apto para enfrentar toda esa distancia. No obstante, si se acepta el desafio y comienza a correr todos los días y, poco a poco, alarga los límites con determinación y coraje, con seguridad alcanzará el objetivo. Así sucede con el perdón. La primera meta es no desear el mal al otro al entender que aquella actitud la aprisiona en la misma carcel oscura en que él se encuentra. ¡Esto es liberador! Alcanzada esa etapa, subimos un escalón que consiste en desear el bien a quien le hizo mal, con toda la fuerza que haya en su corazón, despojándose de las emociones ancestrales de deseo de venganza, ofreciendo nuevas oportunidades de aprendizaje y mejoramiento. Sólo así paramos de irrigar el mal que también habita en nosotros. ¡Esto es transformador!”.

Ella quiso saber si, además de la justicia de los hombres, todos son punidos por sus errores. “El castigo es un concepto pequeño, distante de la mejor sabiduría y del amor incondicional que modela, tarde o temprano, a todo y a todos. El aprendizaje es la meta. Cada cual recibirá los instrumentos y las situaciones adecuadas para el indispensable pulimiento del ser. La evolución es inexorable. Aprender, Transmutar, Compartir y Seguir, éste es el sentido del viaje”. Reposó sobre la mesa su pocillo casi vacio de café. “El Universo respetará la libertad ante cada decisión y será justo al medir las consecuencias. Haga lo mejor y serene el corazón”, concluyó. Le dió un beso fraternal a la joven en la frente, pidió permiso pues era la hora de su meditación y, finalmente, le dijo: “Que la paz sea contigo”. En silencio observé al viejo monge retirarse a paso lento, pero determinado.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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