El espejo de mi alma eres tú

“Una mirada perfecta es aquella capaz de encontrar belleza en donde todos apenas ven desastre”, dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al más antiguo monge de la Orden, cuando pasé a su lado y no lo noté debido a mi irritación. Su visión serena percibió que mi corazón estaba atormentado. Me volteé y descargué toda la insatisfacción que traía por hechos recientes. Con un largo discurso le narré al Viejo toda mi indignación con relación a la ignorancia que todavía anda suelta en el mundo. Él me oyó pacientemente hasta que mostré mi último vestigio de intolerancia y después con su forma suave comentó: “Lo que más nos incomoda de los otros es el reflejo de nuestros más graves defectos”.

Manifesté mi desacuerdo vehementemente, pues ciertos comportamientos eran totalmente incompatibles con los míos. “La mayoría con seguridad sí; otros no. Es justamente en estos comportamientos que tu alma, manifiestada a través del inconsciente, reconoce las propias dificultades. De otra parte tu ego, en la ilusión de protegerte, repudia la sombra ajena pues teme que el mundo vea otra igual en ti”. Dió una pequeña pausa, me observó durante algunos instantes y concluyó: “¿Percibes que lo que desequilibra y rasga tu serenidad es el hecho de tener que convivir con el error que existe en el otro, justamente porque te recuerda que existe en ti una dificultad muy parecida y familiar? Es exactamente lo que quieres olvidar y te engañas al pensar que no hace parte de tu personalidad. Esta afinidad funciona como un espejo y el narciso no quiere verse feo. Sin embargo, lo que el ego esconde el alma apunta para que pueda ser transformado”. Bajé la mirada y no pronuncié palabra.

El monge me invitó a dar un paseo por uno de los senderos de la montaña que abriga al monasterio. Caminamos durante largo tiempo en silencio y lentamente la calma ocupaba el lugar de mi irritación. El Viejo retomó el tema: “¿Ya reparaste por qué motivo tenemos la inmensa facilidad de criticar a los otros?”. La pregunta del Viejo era apenas retórica, él no esperó mi respuesta: “Al resaltar los errores ajenos tenemos la ilusión de que nuestras fallas desaparecerán, en el ejercicio absurdo de negarlas ante nosotros mismos. No obstante, haciendo un análisis más profundo, apenas demuestra nuestra covardia al no enfrentar cuestiones de vital importancia referentes a la estructura del propio ser. Fallas de orden moral o emocional nos desafían y fingimos no percibir que ellas existen en nosotros. Mejor aún, ellas alimentan nuestras sombras y se esconden. Como un animal sigiloso que, al no percibir su presencia, arma una emboscada y espera el momento más delicado dentro de la convivencia social. En general, ocurre en situaciones en las que nos sentimos frágiles por motivos que, muchas veces, todavía no hemos podido decodificar, provocando en nosotros las peores y más primitivas reacciones de defensa en forma de irritación e intolerancia, vestigios de un instinto ancestral de defensa que aún no hemos podido transmutar. En la infancia del alma, edad en que todos nosotros estamos, nos engañamos al pensar que podemos driblar las propias dificultades y los errores, pero no. Nadie esquivará el enfrentamiento y nuestra evolución está esperándonos para que iluminemos las sombras que nos habitan”. El Viejo y yo ya habíamos conversado bastante sobre las sombras y sabía que en el viaje del autoconocimiento el primer paso era reconocer su existencia. Después, aceptar la gran tarea de iluminarlas desde los sótamos del ser. Esta es la gran batalla, aquella que libramos dentro de nosotros. Sin embargo, esta vez el enfoque era un poco distinto, por ser más específico. “Las críticas que hacemos al comportamiento del otro es un truco de nuestro ego para engañarnos al pensar que somos mejores y que todo está bien en nosotros. No, no lo somos. Es exactamente en este punto que revelamos que tan desarragleda está la casa, al sacar a la luz sentimientos que todavía rondan nuestro corazón”, el monge hablaba de manera tan suave como la brisa que me acariciaba el rostro.

Argumenté que en parte tenía razón pero que existía en todo lugar el inconveniente de las personas maliciosas, siempre animadas a menospreciar virtudes y dispuestas a críticas verbales. “Sin embargo lo contrario también es verdadero, siendo posible encontrar personas buenas y generosas en cualquier situación, capaces de iluminar los pasos y serenar los corazones por donde andan”, ponderó el Viejo. De manera sarcástica y amarga le pregunté donde estaban los buenos, pues los malos yo sabía donde encontrarlos. El viejo monge me miró durante algunos segundos con sus ojos repletos de compasión, como faroles que irradian luz en las tinieblas y dijo casi en tono de secreto: “Son las mismas personas, Yoskhaz”. Dió una pequeña pausa para concluir: “Somos todos buenos y malos, algunos más, otros menos, en eterna búsqueda del perfeccionamiento del ser y, entre ensayo y error, vamos marcando el Camino”. Un tanto desconcertado, quise confirmar si lo que intentaba decirme era que las personas malas eran también las buenas. “Así como lo sagrado está oculto en lo profano, la semilla del bien aguarda en suelo desértico la llegada de las lluvias de luz para germinar”, el viejo monge respondió de repente y en seguida prosigió: “Hay que ayudar a que emerja lo mejor del otro al quitar el foco de los defectos y desviarlo hacia las virtudes y talentos que la persona posee”. Se deleitó por algunos instantes con unas flores silvestres que brotaban de manera improbable de la grieta de una roca y continuó: “Sólo existe belleza en nosotros cuando sabemos ver la belleza del otro. Todos somos seres en busca de transformaciones que nos permitan evolucionar. Nos entendemos mejor en la medida en que entendemos a los otros. Ese es el inevitable proceso de perfeccionamiento, que requiere firmeza para superar las etapas específicas de la evolución individual, reflejada en el desarrollo del todo y de todos. Nadie puede evadir las dificultades inherentes a la vida, pues hay que entender que maestros disfrazados nos suministran las lecciones concernientes a cada curva del Camino. Entre más difícil la situación, más valioso el aprendizaje”.

Anduvimos algún tiempo más sin decir palabra. Yo aún intentaba metabolizar toda la conversación, cuando él concluyó: “Presta atención y percibe si lo que más te irrita del otro no es tu propia falla desafiándote hacia la superación. Damos demasiada importancia a los errores ajenos en el intento de ocultar los nuestros. Debemos ser tolerantes con los otros en la exacta medida en que lo somos con nosotros”. Paramos para descansar en un mirador natural que nos ofrecía una vista espectacular de todo el valle de aquella majestuosa montaña. Le agradecí sinceramente al Viejo por sus palabras y le comenté que me gustaría tener una nueva oportunidad para reaccionar de manera menos instintiva. Él se acomodó en una enorme piedra, arqueó los labios brindándome una sonrisa y finalizó con su voz mansa: “El Universo, en su infinita generosidad, no permite que las oportunidades dejen de existir -como el personaje de una vieja novela que siempre aparece en otra escena con inimaginables trajes- posibilitando reescribir una nueva aventura, diferente y mejor en cada capítulo, hasta que la historia de cada uno se transmute en pura Luz. Este es el gran milagro de la Vida y, lo más increíble, está a disposición de todos”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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