Los pilares de la paz

La pequeña ciudad, en la falda de la montaña que abriga al monasterio, despertaba. Sus calles antiguas, estrechas y sinuosas, aún estaban mojadas por el rocío de la noche. Como había llegado temprano para mis deberes, seguí hasta la pequeña tienda de Lorenzo con el fin de invitarlo a un café. De lejos pude ver su antigua bicicleta recostada junto a un poste, en frente a la puerta ya abierta. Fui recibido con la alegría de siempre por mi amigo, tan elegante en su vestir y en sus actitudes. Alto y delgado, su vasta cabellera blanca no escondía su edad avanzada. Pantalón bien ceñido de color negro contrastando con la camisa de blanco inmaculado, ambos de fina confección. El zapatero reposó las herramientas sobre el mesón de trabajo y salimos, como buenos muchachos, riendo por las calles en dirección a la panadería. Sentados, con las tazas calientes en frente, a la espera de pan fresco, no pude dejar de notar algo que siempre me llamaba la atención: la paz permanente que irradiaban la mirada y las palabras de aquel zapatero. Siempre me preguntaba por tal poder. Sin embargo nuestra conversación versó, como siempre, sobre filosofía, la pasión de Lorenzo, quien devoraba todos los libros que le llegaban a las manos. “A pesar de todos los avances, y estos son innegables, mis preferidos son los griegos. Todo lo que necesitamos aprender ya se sabía hace tres mil años”, comentó. Le pregunté si esa era la fuente de la que él bebía para exhalar la serenidad que yo tanto admiraba. “Toda la paz que necesitas nace del entendimiento de que ningún acontecimiento en el mundo, por más trágico que pueda parecer, podrá sacudir los cimientos de tu alma sin tu permiso”.

Quise saber si existía algún filósofo o personaje histórico que le inspirase. De repente dijo: “Cada cual con su magnitud, muchos hicieron de la propia vida la perfecta obra de arte al iluminar el mundo. Fueron faroles vivos que iluminaron las noches tormentosas de la humanidad, mostrando que nuestras elecciones, cuando son revestidas de sabiduría, coraje, humildad y, sobre todo amor, esculpen en el alma la paz invencible, fruto de la plenitud alcanzada por el ser. Lo más increíble es que está a disposición de todos”, quedó en silencio por algunos momentos para sorprenderme enseguida: “Admiro profundamente a todos, pero mi favorito es Sócrates, claro”, concluyó con una sonrisa.

Lorenzo relató un pasaje poco conocido, pero muy explicativo, del famoso juicio del filósofo griego: “Todos saben que Sócrates fue condenado a muerte por las autoridades de la época, acusado de corromper a la juventud cuando en realidad, aquellos que estaban en el poder temían el libre pensamiento que contagiaba a todos con sus ideales absolutamente pacíficos”, dió una pequeña pausa y continuó: “Todavía preso y antes del juicio, algunos amigos sabiendo que el proceso era una farsa y que la sentencia ya estaba decidida, aún antes de la defensa, planearon la huída de la cárcel para el filósofo pero éste se negó a escapar y le aclaró a sus atónitos compañeros que la fuga era incompatible con la verdadera libertad”.

Encantado, oía la historia sin decir palabra. “Sócrates fue condenado, como era de esperarse, a pena capital por envenenamiento. La víspera de la ejecución, le permitieron que su esposa lo visitara y, para su sorpresa, lo encontró sereno en la celda. Angustiada e inquieta, le preguntó cómo podía aparentar tanta tranquilidad ante una condena absolutamente injusta. El filósofo griego la miró con total compasión, arqueó levemente los labios esbozando una sonrisa dulce y respondió: “Por suerte la sentencia es injusta y en esto reside mi paz”.

Impactado con lo que acababa de oir, permanecí largo tiempo en silencio. Allí tenía elementos para reflexionar durante toda una existencia. Noté que el elegante zapatero me observaba intentando decifrar las reacciones de mi mente, hasta que me llevó a la esencia de lo que quería: “¿Percibes que toda la paz que necesitamos es independiente de los acontecimientos externos? ”.

A pesar de la bella historia, no estuve de acuerdo al recordar hechos desagradables y tristes que nos suceden, siendo muy difícil mantener la paz. Lorenzo desaprobó: “Sí, la vida está repleta de situaciones indeseables que reflejan las imperfecciones de todos nosotros, así como las confusiones movidas por nuestras sombras manifestadas en los celos, la envidia y el miedo; o por el transcurso natural de la vida transitória en el planeta, como la enfermedad y la muerte. No obstante, no dudes, cada una de ellas tiene su razón de existir. Si por un lado la finitud física es sólo un pasaje para la inmortalidad del espíritu que seguirá inexorablemente su jornada de aprendizaje rumbo hacia la Luz; por otro, los conflictos son el resultado de las dificultades que deben ser trabajadas y transformadas, sin olvidar que todos los problemas son maestros disfrazados para perfeccionarnos y ejercitar lo mejor que hay en nosotros. Es en esos momentos que adquieres una nueva visión, te transformas y permites que una nueva persona salga del cascarón”.

Le comenté que la convivencia en torno a algunas personas o lugares me eran desagradables, ya sea por la agresividad que desbordan, por el vicio o por el dolor. Quise saber si él también sentía lo mismo. “Sin duda, pero si tú traes paz dentro de ti, no habrá mejor oportunidad para ejercerla. La llama de una sóla vela es capaz de iluminar el sótano más oscuro. Mucha gente no tiene idea del poder de una palabra cariñosa o de un abrazo sincero en momentos de absoluta oscuridad. Ser bueno donde todos son buenos no exige esfuerzo. La virtud reside en florecer en el desierto”.

Nuestras tazas estaban vacías y era hora de volver a los quehaceres. Cuando pensé que nos íbamos a levantar, Lorenzo me sorprendió y comenzó a hablar. Sus ojos parecían viajar al Infinito: “Son cuatro los pilares que mantienen la paz”. Hizo una pequeña pausa y dijo: “El primero es la lealtad a tu propio código de dignidad. La dignidad es el sutil equilibrio para actuar en la esfera del bien y de lo justo, sin olvidar la compasión por aquellos todavía prisioneros en las propias sombras y así no caer en el callejón limitado del moralismo, resguardo de la intolerancia y del miedo”.

“El segundo pilar es la inmortalidad del espíritu. Entender que eres más que tu cuerpo, que eres el alma que lo habita transitoriamente. No sólo por la verdad que trae, sino porque hace la vida mucho más rica desde el aspecto filosófico. El prisma de la visión se modifica al transferir la finitud de la existencia, que nos lleva al dolor y a la nada, a la evolución infinita del ser en proceso continuo de aprendizaje y de luz. La muerte deja de ser el abismo para transformarse en puente”.

Intentaba poner orden a todos mis pensamientos en ebullición pero él no dió pausa y continuó: “La tercera pilastra que sustenta la paz es aprender a renunciar a ganar siempre o convencer al otro de tu razón. Entender que cada cual reacciona de acuerdo con su nivel de consciencia es actuar con misericordia ante los distintos grados evolutivos que cohabitan el planeta. Exponemos nuestras verdades de forma clara y tranquila y oímos las de los otros con serenidad y respeto. Cada cual tiene su propia verdad y sólo el tiempo se encargará de germinar la de mejor fruto; puedes estar seguro de que no siempre será la tuya. Así, a veces, perder puede ser mejor que ganar”.

“Presta mucha atención al cuarto fundamento de la paz. La verdadera paz nunca es concedida, pues lo que es dado puede ser tomado. La infinita paz que ilumina nuestra alma – aquella que permite un mar sereno a pesar de la tempestad intensa – es construída con las herramientas dadas por la sabiduría y el amor. Los logros inmateriales son eternos e invaluables. La paz es una conquista y tú no la encontrarás en ningún lugar, salvo dentro de tí”.

“Siendo así permanece en paz siempre, pues todo, absolutamente todo lo que sucede en nuestras vidas es para nuestro bien, aunque al inicio no podamos comprender la maestría del Camino en razón a sus senderos mágicos y subliminales. Sólo algún tiempo después de haber dado muchos pasos podremos entender la belleza de las situaciones que antes creíamos injustas, innecesarias o incoherentes. Si aún no entendemos es porque todavía no caminamos lo suficiente. Por tanto, ten paciencia, permance dispuesto a aceptar las lecciones con humildad y a dar lo mejor con la más pura alegría”.

Dió una pausa, se levantó, tomó su abrigo y finalizó: “Al sustentar los cuatro pilares nada ni nadie será capaz de estremecer tu preciosa paz, simplemente porque se ha vuelto inherente a tu ser «.
Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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