Lección de casa

Había terminado un largo y productivo periodo de estudios. Lecturas, meditaciones, reflexiones y conversaciones profundas fueron partes importantes en la búsqueda de conocimiento que cerraban un ciclo. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano del monasterio me recordó que teoría sin práctica es remedio olvidado en el cajón, pues pierde la razón de existir por no curar. “Conocimiento sólo se traduce en sabiduría cuando es vivido en todas nuestra relaciones”, advertía el monje a sus discípulos. Yo me veía de manera diferente como si poseyera una importante herramienta, buscando la mejor oportunidad para usarla. Cuestioné al viejo monje al preguntarle cuál sería la mejor aplicación de mis dones y talentos. Él estaba entretenido en la poda de un rosal; como siempre paciente con todos, me miró por encima de las gafas y dijo: “No tengo tal información. Toda decisión es importante y no es aconsejable transferirla a nadie, por más querido y bien intencionado que sea el interlocutor. El poder de decidir sobre el destino es, o debería ser, personalísimo. No renuncies a la libertad que la vida te concede en tus decisiones pues de cualquier forma, sea siguiendo a tu corazón o a la lógica ajena, no escaparás de las responsabilidades y consecuencias; por lo tanto, erras o aciertas por tus verdades. La Vida te impone el caminar como única manera de entender el Camino”.

No satisfecho con la respuesta, sustenté que no veía nada de malo en pedir un consejo con la intención de aclarar mi decisión. De esta vez el viejo no levantó la cabeza y me respondió de repente: “¿Tan sólo un consejo?”, hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Tómate un periodo sabático. Viaja para renovar el guarda ropa del alma, respirar otros aires, convivir con personas que tienen una forma de vivir diferente a la tuya, una visión diferente sobre todas las cosas. Nada más enriquecedor. Considero que de esta manera encontrarás la respuesta que buscas. No te espantes si la encuentras adormecida dentro de ti, aguardando a que tengas el coraje de traerla a la vida”.

Así atravesé el océano y pasé una temporada más en la aldea de Canción Estrellada, chamán nativo del Pueblo del Camino Rojo. Fui recibido por todos con la alegría de siempre, había cultivado buenos sentimientos en mis estadías anteriores. El chamán había viajado para participar de un Consejo de Ancianos y regresaría en dos días, tiempo que fue aprovechado para conocer las novedades narradas por todos lados. Yo había cambiado bastante y aprovechaba cada conversación para encajar una palabra iluminada o un pensamiento profundo. Cuando Canción Estrellada regresó supo rápidamente de la admiración que yo había conseguido arrancar en toda la tribu. Escuchó muchos elogios sobre mi metamorfosis pero no pronunció palabra. En la noche me convidó a fumar de su inseparable pipa de hornillo de piedra, en frente a una pequeña hoguera bajo el manto de estrellas.

Estuvimos un buen tiempo en silencio hasta que el chamán, después de una bocanada, dijo: “No todo lo que reluce es luz”. Quise saber a qué se refería y él fue sincero como de costumbre: “Oí muchos elogios con relación a tí. Todos en la aldea están sinceramente impresionados con los cambios ocurridos, ya sea por las palabras siempre bien colocadas o por las actitudes gentiles. Sin embargo, el discurso generalmente llega a donde aún no conseguimos llegar”. Aproveché para mencionar, no sin una evidente muestra de orgullo, que había llegado la hora de colocar todo mi aprendizaje en práctica, con el fin de auxiliar a la humanidad para un mundo mejor. Enumeré algunas posibilidades urgentes, tales como involucrarme en luchas para combatir la mortalidad infantil en África, la deforestación de la Selva Amazónica o la extinción de las ballenas en todos los océanos del planeta. Canción Estrellada me miró profundamente a los ojos y dijo: “Todos esos trabajos son urgentes, de valor inestimable y carecen de valerosos guerreros. No obstante, es necesario entender dos cosas: una, hay infinitas maneras de colaborar por un mundo mejor y todas son válidas; dos, conocer la hora y estar listos para enfrentar cada una de las diferentes batallas”.

Alegué que consideraba que estaba listo y que interpretaba las palabras de toda la tribu como una prueba inequívoca de mis habilidades. Así mismo argumenté que todo lo que la vida requiere de nosotros es coraje. Él sonrió con compasión y dijo: “¡Ahoo! Sí, que el coraje nunca nos falte”, dio una bocanada antes de continuar: “Ni la sabiduría. Un escalón a cada vez, Yoskhaz”, me aconsejó. “¿Hace cuánto tiempo no visitas a tu familia?”, preguntó el chamán con lo que me sorprendió. Respondí que hacía algunos años, pues siempre tuve una relación difícil con mis padres y hermanos. Canción Estrellada arqueó los labios en leve sonrisa y dijo: “Toda familia es un taller de reajustes y perfeccionamiento. No sólo por las deudas ancestrales que nos obligan a ejercitar el amor más profundo en sus variadas vertientes como el perdón, la renuncia, la sabiduría, la paciencia y la compasión, especialmente porque los ojos de la familia son más rigurosos con relación a nuestras aristas. A menudo ellos nos conocen mucho más que los de fuera. Un discurso con bellas palabras y frases efectivas tienen el poder de encantar con mayor facilidad que aquellas que nos salen del fondo. En la intimidad revelamos lo peor de nosotros. Ajustar los lazos familiares que se deshicieron en la estela de tiempo forja el carácter del guerrero, pule la mente del sabio y ennoblece el corazón de los hijos del Gran Espíritu”.

“¿De qué vale salir a cuidar del mundo mientras tu casa arde en fuego?”, me preguntó. Le contesté que estaría siendo egoísta al colocar lo individual ante lo colectivo. “Hay prioridades y jerarquías de urgencia. Primero haz el deber de casa, después salva al planeta”, explicó. “Así como conocernos mejor nos hace más comprensivos con los demás, es el perfeccionamiento de las relaciones familiares que te dará el compás del mundo. Tarde o temprano tendremos que avanzar más allá de las buenas impresiones que todos alcanzan fácilmente en las relaciones sin profundidad”, concluyó. Acabé confesándole que no me sentía animado en buscar a mi familia, pues había un largo historial de incomprensiones y que yo creía, sinceramente, que nada cambiaría. Acrecenté que había encontrado la fórmula perfecta para el problema: visitas puntuales y rápidas en fechas festivas, dentro de los límites de lo que yo denominaba como política de la buena vecindad. Canción Estrellada volvió a sonreír al percibir que mi corazón abierto revelaba sentimientos que no combinaban con mi discurso fácil y bonito usado al regresar a la aldea, en la ilusión de herramientas que imaginaba dominar. “¿Percibes ahora de qué manera tienes que perfeccionar y fortalecer el espíritu antes de guerrear otras luchas? El guerrero desprevenido es presa fácil de las sombras de la desilusión y del desánimo. La batalla de reconciliación con los tuyos es parte de la mayor batalla de tu vida, aquella que entretejes todos los días dentro de ti, para iluminar las propias sombras, en la ardua tarea de afilar la espada de la sabiduría, forjar el escudo del carácter y extender el tapete de flores del mejor amor”.

Insatisfecho al no oír lo que deseaba, argumenté que la intolerancia en mi familia era enorme y que me sentía más cómodo con los amigos que la vida me había regalado. “Es la gran oportunidad para ofrecer lo mejor de ti a quienes no nos comprenden o aceptan. ¿Ser bueno sólo con los buenos? Esto los débiles también lo hacen”. Le expliqué que mis familiares pensaban de una manera muy diferente a la mía y que jamás iría a convencerlos. El chamán me miró como si yo fuera un niño y dijo: “¿Convencerlos de qué? No existe estupidez mayor que intentar convencer a los otros de nuestra razón. Ofrecemos nuestro corazón con pureza y serenidad, como si fuera semilla que aguarda la lluvia que un día fertilizará el suelo, con la seguridad de que, tarde o temprano, germinarán las flores de la paz en el gran jardín del amor. Esta es la ley, Yoskhaz”.

Lejos de sentirme vencido, pues mi ego secretamente alimentaba el deseo de trabajar en cuestiones que causarían mayor sensación en los salones sociales, narré algunos intentos frustrados y, hasta como fui tratado de manera ruda en ciertas ocasiones. Canción Estrellada me oyó con su paciencia que parecía infinita y cuando terminé mis lamentos dijo: “Estás evitando el trabajo de remover la lama que te aprisiona y, por lo tanto, te concedes cualquier disculpa. Claro que enfrentarás la desconfianza y el dolor de tus familiares. Ellos te conocen desde siempre y existen desavenencias todavía sin luz. Tus más nobles intenciones serán puestas en jaque y tus valores probados hasta el límite para el más fino perfeccionamiento de tu alma. Agradece por esto, el acero sólo se puede forjar en el calor del fuego».

Le comenté que algunas personas de mi familia eran muy duras y que seguramente me humillarían. Yo no deseaba este tipo de situación más en mi vida. Canción Estrellada arqueó los labios en breve sonrisa, me pasó la pipa y miró a las estrellas. Él sabía que en aquel instante estábamos navegando en lo más profundo de mi ser. El chamán me dijo con suavidad: “La frontera entre la humildad y la humillación está en el hecho de permitir que nos sintamos ofendidos con las palabras ajenas. Si tú entiendes que las ofensas tan sólo revelan lo que el narrador posee en el corazón, percibirás que está hablando desde su esencia y no manifestando la verdad sobre la tuya. Ignorar esto te hará sentir humillado y ofendido, eternizando el conflicto. No obstante, la verdad está mucho más allá de las apariencias. El agresor patalea no por ser víctima y sí porque su alma está desajustada en la oscuridad que lo maltrata. Aunque lo niegue, pues no puede ver a través del velo del orgullo y de la ignorancia, está clamando por ayuda. Sólo quien ya anduvo un poco por los caminos del amor y de la sabiduría puede percibir la bella dimensión de la humildad. El humilde tiene el poder de flotar sobre el tapete de las agresiones. No en vano, gracias a la magia de transformar en polvo de estrellas toda y cualquier ofensa, la humildad es el primer puente del Camino”.

Permanecimos algún tiempo sin pronunciar palabra, él agarró la pipa para dar una bocanada larga, cerró los ojos y finalizó diciendo: “Para ser grande tienes que ser sinceramente pequeño ante los otros sirviéndoles al usar tu corazón como bandeja. Este es el poder de la humildad y una de las lecciones de la mariposa que no teme arrastrarse hasta madurar y dar valor a sus propias alas”.

Nada más fue dicho en aquella noche. Entendí que tenía que volver a casa y cumplir con mi destino que comenzaba en la cuna de esta existencia. Una familia no se forma en vano y hay que entender el por qué. Era la hora y el lugar para ofrecer lo mejor de mí; ejercitar y perfeccionar mi aprendizaje; fortalecer el espíritu ante las dificultades íntimas, que nos son las más duras, pues revelarán verdades que desconozco sobre mi esencia; expandir los límites de mi corazón y dejarlo con la puerta abierta para quien quiera entrar; transmutar continuamente mis sentimientos e ideas pues siempre pueden ser diferentes y mejores. En fin, reconstruir la casa que estaba demolida -mi familia-. Era una de las lecciones más difíciles. Sólo entonces estaría listo para conquistar el mundo.

El día amaneció en paz.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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