Mi personaje favorito

Estaba con Lorenzo en una taberna en la pequeña y secular ciudad próxima a la montaña que acoge al monasterio. Habíamos acabado de intercambiar ideas sobre sufrimientos y decepciones. El buen zapatero fundamentó con maestría que el amor no es la causa de ningún dolor y que desde siempre viene siendo agraviado, pues damos oídos a las sombras, emociones sin nobleza, en vez de comprender toda la grandeza de un sentimiento capaz de transformar al mundo por su capacidad para hacer florecer lo mejor que existe en nosotros. Ya habíamos solicitado la cuenta cuando, de repente, él dijo: “Pienso que no es sólo esto. Siempre que hablamos de las sombras nos referimos a las más conocidas como la envidia, el miedo, los celos, la vanidad y la ignorancia. Muchas veces olvidamos la mentira, tal vez por ser tan íntima”. Confieso que quedé atónito. Lorenzo lo percibió, sonrió y explicó: “De todas las sombras, tal vez la mentira es la cárcel de más difícil liberación por ser la más furtiva. Me refiero a la mentira que nos contamos a nosotros mismos; ella nos hace huir de la realidad ante la ilusión de comodidad de quienes temen a las tribulaciones de una buena batalla. Esta sombra nos lleva a crear y a interpretar papeles distantes de la verdad”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Existe más de nuestra esencia en la parte que escondemos que en la parte que mostramos; hay cosas más ocultas en el fondo del cajón que aquello expuesto en la vitrina. Esto es lo que vendemos de nosotros, aquello es lo que somos. Esta es la razón de muchas frustraciones”.

Le pedí que fuera más explícito en su raciocinio. El buen zapatero tuvo buena voluntad: Creamos personajes repletos de virtudes que todavía no tenemos y que nos representan en los círculos sociales. Todos desean ser amados, admirados e idolatrados. En la superficie todos se muestran buenos y circulan con la ilusión de ser lo que aún no son. No obstante, las relaciones nos imponen una profunda inmersión”. Dio una pausa y concluyó: “Entonces la intimidad revelará lo mejor y también lo peor que hay en cada uno de nosotros. Es inevitable”.

El elegante artesano tenía la mirada perdida en alguna página de su historia y hablaba como quien explica un acontecimiento distante: “En general, no preparamos al otro para vernos actuando sin nuestros disfraces sociales. El ego que creó el personaje con la tonta intención de protegernos, tarde o temprano saldrá a la luz para mostrar la verdadera cara, aquella que ocultamos. El ‘yo’ estará desnudo. Ningún truco se sostiene para siempre. De allí surgen las decepciones, los conflictos y los sufrimientos, en este orden”.

“Algunas personas abusan más, otras menos, de los personajes según la falta de coraje para encarar quien realmente son. Es necesario enfrentar la verdad, sin adornos, con humildad, como primer paso para transformarse y experimentar las infinitas posibilidades de cada cual. No se llega a la próxima estación sin enfrentar el camino. Aunque existan curvas, piedras y tempestades, las dificultades fortalecen y perfeccionan al viajero”.

“No todos están dispuestos a afrontar las verdades del alma, con sus frustraciones e infortunios. Entonces, nos escondemos bajo el manto de las ilusiones ofrecidas por el ego que nos engaña con la vana y eterna esperanza de consuelo y protección. Usamos las máscaras que éste nos presta en el baile de la mentira hasta que el Camino, en la exigencia del movimiento de la cura por la verdad, desnude el personaje que creamos para interpretar las historias que queremos contar sobre nosotros mismos. Tarde o temprano nos obliga a mirarnos al espejo, a estar frente a frente ante los ojos de la verdad para entender toda su fuerza revolucionaria. Es doloroso en un primer momento pues al estar sin maquillaje no encontramos la supuesta perfección. Sólo así descubriremos lo que debe ser modificado, lo que tenemos que dejar atrás. Entendemos, principalmente, que no somos nuestro discurso y sí nuestras elecciones”.

Comenté que existen algunos modelos más comunes de fantasias o arqueotipos del inconsciente colectivo. Lorenzo concordó: “Existen muchos y puedo ejemplificar algunos. Un personaje muy usado hoy en día es el de la ‘persona seria, muy ocupada, que no tiene tiempo para los otros’, como clara demostración de fuga de la convivencia, de la intimidad, por miedo a revelar que tiene poco para mostrar o de mostrar lo que anhela esconder. Es la débil máscara del fuerte, el disfraz del poderoso. En verdad, ocultamos aquello que no tenemos coraje de enfrentar. Se levantan muros para que nadie descubra nuestras debilidades, cuando en realidad necesitamos de puentes para atravesar esos abismos. Solamente cuando admitimos las dificultades estamos aptos para superarlas. Para ser grande es necesario recorrer el camino de lo pequeño; esto se llama humildad. Esta virtud permite aceptar la condición de aprendiz, de que nadie nace listo y así posibilita, no sin mucho trabajo, que lentamente revele toda la grandeza que habita en su corazón”.

“Existe también el personaje del ‘falso alegre’, aquel que siempre está rodeado de gente y, de preferencia, de ruido. Que quede bien claro que diversión, amistad, alegría y movimiento son cosas maravillosas, pero hay que tener tiempo para todas las cosas, haciendo buen uso de este tesoro finito. ¿Por qué el miedo de estar a solas consigo mismo? ¿De oír la música del silencio? ¿De conversar con el propio corazón? La soledad ha sido condenada al ser mal comprendida. Soledad no significa abandono, es el viaje que el ego hace a los jardines del alma. El retiro necesario para percibir las máscaras inútiles que interfieren en la conquista de la plenitud; los disfraces que se volvieron obsoletos al no sustentar la felicidad; el maquillaje que desapareció con tantas lágrimas al percibir que la paz no se encuentra en los estantes de la ilusión y que necesita ser construida con la verdad de conocerse por entero y, entonces, transformarse. Ser feliz es una elección consciente que exige determinación y coraje para estar consigo mismo y escuchar la voz que brota del corazón”.

“De todas los disfraces, el más triste es el de la ‘víctima’. Son aquellos que se dicen buenos y generosos, sin embargo siempre alegan ser engañados o saboteados por todos. Usan la máscara del drama para transferir a los otros la responsabilidad de su sufrimiento, escondiendo de sí mismos la atribución de trabajar la propia evolución. Es como si deseasen ser conducidos hasta la próxima estación para no tener que enfrentar las dificultades del Camino. Olvidan que los problemas que nos persiguen son nada más ni nada menos que las lecciones que necesitamos aprender, las transformaciones que debemos forjar en el propio ser. Ignoran que la batalla final es librada dentro de cada uno de nosotros”.

Lorenzo tomó un último sorbo de vino y advirtió: “Es importante reinventarse todos los días, pues hace parte del proceso primoroso de transformación. No obstante, es imprescindible fundamentarse en las bases de la verdad y en las rocas de la humildad, la alegría y el coraje, alejándose a cada día de los pantanos de la ilusión, de la mentira y del miedo que interfieren en la evolución”.

“Es imperioso desvendar el velo de la fantasia que nubla los cambios necesarios exigidos por el alma desnuda. Aunque sea un proceso difícil, bastante de la comodidad aparente del personaje será substituida por el esfuerzo en el desarrollo del verdadero yo. El autoconocimiento es indispensable para la cura de las imperfecciones, de los traumas y del sufrimiento mediante el remedio de la verdad, desprendiéndose de las capas personales hasta reflejar la más pura luz. Sembrar y cultivar la esencia que nos habita, en la belleza de ser único y parte del todo al mismo tiempo”.

Hizo una pequeña pausa y concluyó antes de levantarse: “Cada cual es la embarcación que atraviesa las tempestades de las propias ilusiones, aprendiendo a maniobrar con los vientos de la verdad y a navegar por la luz de la fina sabiduría. La vida es el mar, los encuentros son los puertos y el amor es el destino”.

Ya de pie me brindó una sonrisa picaresca y provocándome dijo: “Yoskhaz, ¿cuál es tu máscara?”. Reímos.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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