Las sutilezas de la verdad

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, cuidaba del jardín en el patio interno del monasterio cuando llegó un hombre en busca de amparo ante sus aflicciones. Se sentía atormentado con una serie de actitudes del pasado que ahora le corroían la consciencia. El Viejo, sentado a la sombra del rosal, me pidió que lo atendiera. El hombre me contó una triste historia donde infringió dolor y sufrimiento a otras personas. Indignado, fui duro en mis palabras, sin esconder mi incomodidad ante lo que acababa de oír. Visiblemente avergonzado, el hombre agradeció, por educación y no por sentimiento, se levantó y se retiró. El monje que estaba viendo la situación dijo: “La sabiduría milenaria nos enseña que ‘no es no, sí es sí’; sin embargo, tenemos la opción de decir la verdad con miel o con hiel”. Le respondí diciendo que no podemos vacilar con la verdad. Dura o amarga ella tiene que ser dicha. “En ese caso, él ya tiene la exacta medida de los errores del pasado y necesita más de compasión que de reprimenda”… El monje expuso su punto de vista.

El Viejo colocó el alicate en el bolsillo, me ofreció una sonrisa bondadosa y dijo: “La verdad siempre será un valioso remedio. Como todo medicamento, la dosis inadecuada se vuelve veneno. La verdad es terapia esencial de cura. Imposible atravesar el Camino sin aliarnos a ella. Solamente la verdad ilumina las heridas que tanto incomodan y que todavía no diagnosticamos. No obstante, la elección de las palabras, la manera y el momento de hablar son dosis de ese valioso remedio. No podemos dirigirnos a todos de una única forma o en el mismo momento. Algunos ya tienen la capacidad de soportar dosis mayores; en otros, tenemos que comenzar suministrando pequeñas gotas para que no haya rechazo, casos en los que almas enceguecidas y desprevenidas entran en colapso y se niegan a proseguir el tratamiento de cura”. Hizo una pequeña pausa y dijo: “Recuerda que la verdad absoluta nos aguarda en una estación distante. Ella va presentándose paso a paso, a todos sin distinción, según la medida del andar y del ritmo de cada uno en el Camino. No es diferente para mí o para ti”, dijo el Viejo.

Contrariado, lo provoqué diciéndole que, en algunos casos, tal vez fuese mejor mentir. Él arqueó los labios con una leve sonrisa al percibir mi intención y dijo sin perder la calma: “Pienso que jamás debemos mentir. La mentira siempre será un elemento de la oscuridad pues nubla la realidad, engaña al andariego y retrasa el viaje. La mentira es una profunda falta de respeto tanto para el autor como para el destinatario. No obstante, hay que tener presente el sentimiento que te mueve antes de proferir cualquier palabra. ¿Tu intención es usar la verdad para curar o para herir? A menudo veo la verdad siendo usada tan sólo para imponer sufrimiento, sin cualquier función educativa. En estos casos es mejor callar. No te olvides que siempre podemos utilizar una buena herramienta para el bien o para el mal. Se usa el martillo tanto para construir como para demoler”.

En aquel momento me sentí desorientado y confesé que no sabía como actuar en situaciones, a veces, bastante delicadas. El monje tenía la piel bastante arrugada por el tiempo, marcas de muchas luchas que le servían de interesante moldura para sus ojos aún brillantes y repletos de bondad. Entonces dijo con su tono de voz siempre sereno: “Así como no podemos revelar todo el conocimiento a un niño que acaba de entrar al colegio, pues necesita madurez y aprendizaje de ciertas disciplinas para entender otras de mayor complejidad, muchos de nosotros todavía estamos en la infancia del alma. Es inútil enseñar el cálculo de una raíz cuadrada a alguien que aún no domina las cuatro operaciones básicas. La pedagogía de educación entre un universitario y aquel que aún está en las clases de primaria es diferente. Cada cual tiene la lección exacta, según la medida y la manera de revelar la verdad, de acuerdo con la capacidad de percepción del aprendiz”.

El Viejo me agarró del brazo y me hizo caminar con él por el jardín mientras continuaba diciendo: “Como poderosa linterna, la verdad trae el poder de mostrar las sombras que nos habitan y nos dominan. Estas son las heridas que necesitan de medicina y cura. No siempre es agradable verla. Hay que tener coraje y, especialmente, tenemos que estar listos para enfrentar a un enemigo sagaz: cada uno en el intento de engañarse a sí mismo al justificar sus errores. Nuestras sombras engañan a la consciencia, pues para sobrevivir fingen ser protectoras y manipulan al ego, que en defensa repudiará la verdad”.

“La verdad es un instrumento que debe ser bien aprovechado dado su valor. Por su sutileza, debe ser afinado a través del diapasón del corazón, haciéndolo vibrar con la sensibilidad de la sabiduría, sin olvidar que no se compone una sinfonía en un único día. Yoskhaz, la paciencia es una bella e indispensable virtud, compañera inseparable de la verdad”.

En el intento de acomodar las ideas en mi mente, cité una expresión popular que dice que ‘la ignorancia protege’. El Viejo rió con ganas y después me dijo: “La ignorancia nunca protege, tan solo engaña y aprisiona en la falsa sensación de seguridad. Es como mantener un pájaro en una jaula bajo la excusa de resguardarlo de los peligros del mundo. Es como si el desconocimiento de la existencia de un problema lo hiciese desaparecer. Es como si el hecho de esconder la enfermedad de un paciente fuera capaz de llevarlo a la cura. ¡En fin, tonterías¡” .

Hizo una pequeña pausa y finalizó: “La verdad es el puente necesario para alcanzar la inmensidad de la libertad y la grandeza de la justicia. Sin aquella no tendremos éstas. Ese puente está a disposición de todos, pero no es fácil atravesarlo. Alto y extenso, es necesario coraje para pasar el enorme abismo de las atrayentes sombras; delicado y sutil, necesita de sabiduría para renunciar a muchas cosas tangibles, que tanto pesan, en pro de las bellezas invisibles que confieren ligereza; y finalmente, al estar tan sujeto a las intemperies de la vida, es indispensable la sutileza del amor para entender que esa travesía muchas veces es solitaria, pues no todos poseen en aquel instante el equilibrio necesario para mantener los pasos hasta el otro lado”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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