La cara oculta de los celos

Los domingos, cuando me es posible, asisto a misa en la catedral de la pequeña y encantadora ciudad situada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Aquel día el sermón del padre llamaba la atención de lo que consideraba una banalización de las relaciones afectivas, en las cuales las personas invertían poco, según él, no sólo en la construcción y adecuación de la vida en pareja, como en la convivencia social en sí. Él clamaba por paciencia y compasión con relación al otro. Según sus palabras, la humanidad está renunciando a sí misma con mucha facilidad. Después de finalizada la ceremonia mientras caminaba entre las callejuelas de piedras silenciosas reflexionando sobre todo lo que fue dicho, con los variados aspectos que involucran la cuestión, fui sorprendido por Lorenzo -amante de los vinos y de los libros- quien cruzó mi camino en su antigua bicicleta. Buena señal pensé. El artesano era uno de los últimos baluartes en remendar bolsos y zapatos como una opción frente al cambio. La zapatería era su oficio; con la filosofía ejercía su arte. Feliz al verme, sugirió que nos sentáramos en una cafetería próxima.

Con dos tazas humeantes en frente, inicié la conversación hablando sobre el sermón dominical y la complejidad de una tendencia actual, con variadas facetas. El zapatero bebió un poco de café y cuando iba a hacer un comentario nuestra atención fue desviada hacia una joven pareja que discutía en la mesa contigua. Aunque hablaban en voz baja, casi inaudible, sus expresiones revelaban una torbellino de sentimientos conflictivos. El muchacho se retiró de manera repentina. En seguida, los ojos de la joven se bañaron en lágrimas. Lorenzo la invitó a sentarse con nosotros y le dijo que se sintiera cómoda para conversar o apenas oír. Le dio su palabra de que no haríamos ninguna pregunta. La intención, sin que fuera dicha, era tan sólo que ella no tuviera la eventual sensación de abandono. La joven aceptó y confesó que necesitaba desahogarse. El artesano estuvo de acuerdo: “Lo más importante en una conversación ni siempre son los consejos que recibimos y sí oír la propia voz. Hablar suele revelarnos secretos inconfesables del propio inconsciente”.

Dijo que se llamaba Ana y que habíamos acabado de presenciar la ruptura de su cuarto matrimonio, pues así lo consideraba cuando la relación la llevaba a compartir el mismo techo con otra persona, durante algún tiempo. Ana aún no tenía treinta años. De repente confesó que el motivo de todas las separaciones era siempre el mismo: los celos. Sus propios e indomables celos, con sus cobros y desconfianzas. Al mismo tiempo, en el intento de justificarse, sustentó que los celos eran inherentes al amor pues eran una prueba irrefutable. “Los celos no tienen nada que ver con el amor”, interrumpió Lorenzo, “es tan sólo una visión equivocada sobre el más noble de los sentimientos y una turbia interpretación sobre las propias sombras que, para sobrevivir, construyen raciocinios tortuosos para explicar nuestras reacciones y falsas necesidades, enraizando furtivamente su permanencia en nuestro ser”.

“Los celos son el resquicio de un antiguo y terrible vicio: la dominación. Restante de una época en la que se respiraba el aire contaminado por la falsa sensación de seguridad, alimentado por la ilusión de que ser propietario de la vida ajena era la ruta más cómoda para controlar la propia vida. La libertad asustaba; tal vez todavía asusta. Los celos son una sombra, hijos ancestrales del miedo. Y este miedo se hará presente mientras neguemos que los vientos de la libertad son más propicios para la vida”, intentó explicar el artesano.

La joven afirmó que era imposible amar sin sentir celos. El zapatero la miró con la bondad de un abuelo -la diferencia de edades permitía que ella fuera su nieta- y dijo: “Tanto los mejores como los peores sentimientos atraviesan las entrañas de todas las personas, sin excepción. No obstante, lo que hacemos con ellos define quienes somos, al mostrar los colores del corazón y el grado de consciencia que alcanzamos. Están los que sienten celos y los alimentan; existen otros que, por haber iniciado el viaje del autoconocimiento, los utilizan como fuerza de transformación y ampliación de consciencia. Esto demuestra cuánto hemos aprendido a convivir con las sombras. Al final, esta es la gran batalla: aquella que libramos para iluminar los sótanos oscuros del propio ser, cuidadosamente defendidos por el ego todavía atado a los instintos más primitivos, en rechazo a los valores más nobles y redentores. Así, sin percibirlo, creamos nuestras propias prisiones, crueles por no tener rejas, extremas al no vernos como prisioneros”.

Ana sostuvo que toda relación se fundamenta en compromisos de lealtad y respeto mutuo y que en ese sentido, debe existir un comportamiento adecuado de ambos para que no haya margen para desconfianzas que estimulen emociones corrosivas. “Sí, es verdad”, asintió Lorenzo, “no obstante, ese discurso es peligroso pues abarca límites y capacidades individuales que muchas veces las personas no desean o no poseen. Por otro lado, es bastante común esconder de sí mismo otras emociones salvajes intimamente ligadas a los celos como el egoísmo, el orgullo y la envidia, disfrazadas con disculpas absurdas, que tan sólo ocultan el desequilibrio personal o el miedo injustificable de perder aquello que no se puede poseer. El amor es un estado de espíritu, no una bicicleta. Entonces se crea la artimaña de los compromisos. En verdad, el único compromiso existente es contigo misma para no negociar con tus sombras, ser leal a tu verdad y ofrecer siempre lo mejor de ti”.

Ana miró seriamente a Lorenzo y le preguntó con aspereza, cómo él reaccionaría al ser traicionado. El artesano sonrió con compasión y respondió: “Perdonar al otro, siempre y siempre. Esto me libera de los grilletes del sufrimiento y me devuelve la ligereza necesaria. Continuar o terminar la relación va a depender de los buenos frutos que yo considere que todavía puedan germinar. Será siempre un derecho inalienable la elección entre permanecer o partir. Así de simple”. La joven quiso saber si él no sentiría vergüenza al saber que muchas personas se enterarían de que fue ‘abandonado’. El zapatero la miró con bondad y le dijo: “De ninguna manera. Prefiero mil veces ser el traicionado que el traidor; el mártir que el verdugo; la víctima que el ladrón. Mil veces recibir el mal que practicarlo. De esta forma la vergüenza nunca será mía. Es una elección de vida que hice hace mucho tiempo atrás y, puedes apostar, es liberador”. Ana insistió en saber si él volvería a confiar en el otro: “Pienso que todos merecen nuevas oportunidades, es más, considero imposible ser feliz sin confiar”.

Ana bajó la cabeza y no pronunció palabra hasta que Lorenzo quebró el silencio: “En realidad, lo que une a las personas es la afinidad energética, lo que significa estar en una misma frecuencia vibratoria, en la misma curva del Camino o en el mismo punto del proceso evolutivo, independiente de la manera en que te expreses. Esa afinidad puede durar un día o siglos. Por lo tanto es necesario que aquellas almas caminen en la misma intensidad y ritmo, fomentando los mismos valores, enseñando y aprendiendo en el sagrado acto de ofrecer lo mejor de sí”, miró a la joven a los ojos y prosiguió: “Cuando ocurre el desajuste es hora de partir o de dejar que el otro siga su propio destino, que ya no estará ligado al tuyo. Entonces, esto será lo mejor a ofrecer en aquel instante: amor en forma de respeto. Percibir esto es una sabia prueba de amor. Respetar la libertad ajena demuestra un elevado grado de entendimiento y, por otro lado, concede el derecho de abrir las propias alas cuando llegue la hora de continuar sola”.

Una lágrima involuntaria huyó de los ojos tristes de Ana. El elegante zapatero le ofreció un pañuelo y una visión diferente: “El adiós sólo es triste por puro error de interpretación. Somos viajeros de las estrellas en constante movimiento hacia otra de mayor grandeza, que nos ofrezca mayores posibilidades de amor y de luz. En este viaje, aunque eventualmente estemos acompañados, no podemos cargar a nadie o ir en el viaje de alguien. Los avances son individuales e intransferibles, fruto de la integración de valores y principios nobles del alma. Por esto, tenemos que entender los límites de la interdependencia, pues a pesar de que los encuentros son la magia y la materia prima de las transformaciones, pues establecen los escenarios donde se viven las reales capacidades ya introducidas en el ser, cada cual camina a su propio ritmo, de acuerdo con el aprendizaje de las lecciones evolutivas esenciales, ligadas al desprendimiento del alma sobre los condicionamientos primitivos del ego. Nuestras alas tienen el tamaño de nuestro corazón y si alguien ya está listo para vuelos más altos, más allá de la frontera de aquella relación, resta apenas desearle o recibir votos de ‘buen viaje’”. Hizo una pausa a propósito para completar: “O un ‘hasta luego’, pues siempre es posible un reencuentro en la próxima estación, desde que lleguen a la plataforma de embarque al mismo tiempo, cada cual con su propio esfuerzo”. “Cuando cambiamos, todo a nuestro alrededor también se transforma. Situaciones y personas. Muchos parten, algunos se quedan, otros llegan; caminos se revelan”.

La joven dijo que todo aquello era muy melancólico; el artesano refutó: “Claro que no. Todo eso es grandioso y esclarecedor, pues permite entender que nuestra felicidad no está amarrada a nadie, que cada cual debe hacer tan sólo su propia parte para alcanzar la soñada plenitud. ¿Percibes cómo esto es liberador? Nadie tiene la obligación de hacer al otro feliz; la carga es injusta y demasiado pesada. Pienso que éste es el error más común en las relaciones, ya que se deposita en el otro la expectativa de que nos brinde los mejores días de nuestras vidas. Nadie soporta tamaña carga y responsabilidad o estaría asumiendo una deuda eterna. Todo se vuelve aburrido, repleto de cobros insensatos e insoportables. Se hace demasiado pesado. La sabiduría consiste en construir la felicidad dentro de nosotros, sólos, independiente de cualquier cosa, situación o persona. Sólo entonces, estaremos listos para compartir el ‘trigo de la vida’ con otra persona, con la ligereza de quien acepta las posibilidades y limitaciones ajenas, de quien nada exige por tener lo esencial dentro de sí. Sólo se puede ser feliz al lado de quien ya posee esta alegría. Después es sembrarla por donde pasemos, pues ésta es la manera de agradecer al Universo por las lecciones ofrecidas”.

Ana dijo que aquel discurso era paradójico. Lorenzo replicó: “No. Contradictorio y absurdo es la práctica de interferir en el querer del otro; es imponer que el deseo de él sea mi deseo. Cuando esto sucede naturalmente es maravilloso. Cuando es forzado, será siempre áspero. Al vivenciar el amor de manera equivocada acabamos por destruirlo”. Volvió a beber un sorbo de café y continuó: “Otro error, es querer modificar al otro y amarrar esto al éxito de la relación. Las personas cambian cuando alteran su nivel de consciencia. Esto es transformación real. Cuando se da como consecuencia de una fuerte presión, para agradar o ser deseado, no pasa de sólo maquillaje. Tarde o temprano el personaje acaba siendo desenmascarado. Lo triste en este caso es que muchos se declaran engañados o decepcionados, pero se olvidan del despropósito de las propias exigencias. Pretender la evolución del otro siempre será un acto de amor. Sin embargo, es necesario respeto y paciencia, pues cada cual tiene su propio ritmo o no estaremos hablando de amor”, profundizó Lorenzo.

A pedido de la joven, el mesero trajo una taza de chocolate caliente. Ella bebió en silencio, reflexionando sobre aquella larga conversación. Al final, después de lamer el resto de dulce de la cuchara, como si fuera una niña traviesa, se volteó hacia el artesano y le preguntó si lo que intentaba decirle era que entre mayores los celos, menor era la comprensión del amor. “Exacto”, respondió, “son sentimientos inversamente proporcionales que no tienen absolutamente nada en común”. Observó a la joven por instantes antes de concluir: “El gran truco de los celos es hacernos creer que son inevitables”.

Ana cerró los ojos, arqueó los labios con una bella sonrisa y meneó la cabeza manifestando su acuerdo. En seguida dijo que en aquella tarde su vida había cambiado para siempre, pues sentía una ligereza que no había sentido antes. Le dio un beso en la frente al zapatero como muestra de gratitud sincera y partió. Sospecho que llevaba consigo una dosis de confianza en el futuro que hasta entonces desconocía. Tuve la loca sensación de “ver” dos enormes alas que nacían de su espalda.

Gentilmente tradicudo por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • isela Sánchez ortiz 30 de septiembre de 2016 on 22:18

    Que forma tan clara y bella, nos hacen abrir los ojos….. muchas gracias por compartir….

  • Will 28 de septiembre de 2016 on 14:54

    Hola gracias muy muy bueno. …