Ser libre es simplemente ser

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano de la Orden, era siempre invitado a dar conferencias en universidades y colegios de todo el mundo. En general, esas instituciones se sitúan en grandes metrópolis, donde nos hospedábamos por dos o tres días. En esa época, ya acostumbrado al silencio del monasterio, confieso que tuve un periodo en que me sentía incómodo con el cambio de ambiente, al contrario del monje que poseía una fantástica capacidad de adaptación. Él deambulaba por las anchas avenidas admirando el movimiento de las tiendas, la correría de las personas o hasta el ruido urbano con la misma ligereza y encanto con que recorría la montaña en silencio, observando las flores silvestres y recogiendo champiñones para las sopas que tanto le gustaban. Cuando me veía irritado con todo aquel alboroto y prisa, me decía: “La paz habita en ti. No concedas permiso para que nada ni nadie la perturbe”. Después arqueaba los labios con una breve sonrisa y agregaba: “Ese poder es tuyo, aprende a usarlo”.

Cierta vez le comenté sobre mi dificultad para estar en ambientes tan diferentes de aquel en el que me sentía acogido. El monje refutó de inmediato: “No siempre es posible estar rodeados de todas las condiciones externas ideales de comodidad y satisfacción. Lamentarse no ayuda en nada a superar las dificultades. Al contrario, apenas pospone el entendimiento y el movimiento necesarios para la construcción de la paz y la siembra de la alegría, fundamentales para nuestro equilibrio. El mejor lugar del mundo es aquí y ahora. Cualquier lugar es bueno para el alma sincera que desea profundizar en los mares revueltos del propio perfeccionamiento en sagrada conexión, para estar ante sí mismo y bañarse en las aguas plácidas de la plenitud. El buen jardinero cree que cualquier rinconcito es perfecto para plantar flores y se adecua a la formación de un bello jardín”.

Terminé confesándole una dificultad todavía mayor: convivir con personas muy diferentes a mí. El Viejo sonrió y dijo: “Estar al lado de aquellos que piensan y actúan de acuerdo a nuestros gustos y opiniones es muy fácil. Aunque sea agradable y deba ser aprovechado, no hay ningún mérito en eso. Solamente las dificultades en las relaciones ofrecen el ejercicio indispensable para el crecimiento personal. Las diferencias son enriquecedoras porque al buscar el equilibrio te inducen a importantes transformaciones. La vida acontece durante los encuentros, el amor se manifiesta tan sólo en la convivencia social. Del mismo modo, todo el conocimiento del ermitaño acaba siendo inútil cuando él se niega a salir de la caverna. Sabiduría y amor por definición, necesitan ser vivídos y repartidos para que se conviertan en luz o se perderán en la oscuridad del abandono”.

Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Quien espera que todas las situaciones aparentes le sean propicias para iniciar el viaje, perderá valioso tiempo sentado a la orilla del camino aguardando el momento preciso, pues éste no llegará. El anhelo íntimo es el que te hará dar los primeros pasos. Basta entender que las condiciones externas siempre estarán de acuerdo a tu necesidad y capacidad de aprendizaje de aquel momento. Ni más ni menos. Las condiciones internas, a su vez, serán creadas por ti mismo”.

“La adaptación y la simplicidad son valiosas virtudes, indispensables para el andariego. La adaptación enseña que cada momento es perfecto, pues trae las lecciones que te permitirán perfeccionar tus habilidades. También recuerda no exigir la perfección ajena al saber que tu aún no posees tal perfección para ofrecer. Esto te ayudará a mantener el equilibrio y la serenidad durante las tempestades. La simplicidad, a su vez, te ayudará a entender que nos hacemos cada vez más en la medida en que necesitemos cada vez menos. Esta es la llave que abre la prisión”.

Comenté que todavía tenía dudas y bromeé diciendo que la simplicidad no era simple. El Viejo prosiguió con la explicación: “Los condicionamientos sociales y culturales que actúan sobre todos, desde la cuna, son poderosas prisiones que nos encarcelan de manera cruel porque al no tener rejas nos impiden percibir que estamos presos. De esta manera nos desvían del compromiso con la libertad al aplazar el inevitable encuentro con nosotros mismos y sus consecuentes transformaciones”. Le pedí que fuera más claro, pues cada vez entendía menos. El monje sonrió y continuó: “En algún momento de la vida todos sentimos hambre de luz. Es el alma desesperada en el vacío de la existencia. Transferimos el encuentro más importante de la vida, aquel que tendremos con nosotros mismos, engañados por las sombras que nos convencen para que prioricemos el éxito profesional, la estabilidad financiera o cualquier otra disculpa alimentada por los deseos del ego. Nos cuesta entender que una cosa no elimina la otra. El mayor de los engaños es no percibir que la gran batalla es librada dentro de sí. Es decir, que la búsqueda por la iluminación es concomitante con las tareas y luchas del día a día, las peleas y los amores de lo cotidiano. La vida acontece entre la oficina y la cocina, tanto en el bus como en la playa, en la fila del banco o enfrascado en el tránsito, desde la reunión con el cliente para cerrar un gran contrato hasta recoger al hijo en la escuela y llevarlo a entrenar fútbol o natación. Este es el tiempo disponible, el momento perfecto para transformar decepciones en entendimiento y ser libre. No hay otro. En verdad, tarde o temprano, en algún momento tendrás que estar contigo mismo. Este es el encuentro que cambiará tu vida. Para esto la hora es ahora, el lugar es aquí”.

“¿Por lo tanto, de qué necesitas? De absolutamente nada, salvo un corazón puro y una mente despierta. Cada vez más entendemos que las cosas realmente importantes tienen la marca del corazón y que no se encuentran en las estanterías de las tiendas; el alma ansia profundizar mucho más que lo que la piscina del patio de la casa pueda ofrecer; el más sofisticado de los automóviles no tendrá potencia para llevarte a las inimaginables Tierras Altas, donde sólo llega quien es capaz de usar sus propias alas; el mejor y más moderno vestuario está en ser simplemente tu mismo, pues lo que nunca pasa de moda es ser auténtico, único; es ser gente de verdad”.

Quise saber lo que era ser gente de verdad. El Viejo frunció el ceño como si hablara con un chico: “Es estar siempre dispuesto a desvestirse de las viejas formas; renunciar a los gestos automáticos de autodenfesa; usar la propia vida como materia prima para la gran obra de arte que te cabe realizar; cambiar los colores sombríos de los sufrimientos por las pinturas vibrantes del perdón; ofrecer comprensión de la luz cuando todos claman por la sentencia que condena la oscuridad; mostrar que el coraje es posible cuando aquellos a tu alrededor sólo conocen el miedo; entender que el milagro de la vida ocurre en la simplicidad de los pequeños grandes gestos, aquellos en los que colocamos el propio corazón para curar el dolor del otro. Entender que para ser feliz es indispensable perdonar sin tributos y amar sin condiciones; que aquella persona con quien tienes discrepancias es quien despertará lo mejor que aún duerme en tu alma; que tu mayor enemigo no está en las calles, sino que se mueve furtivamente en los sótanos todavía oscuros de tu alma esperando luz. Es percibir que esta es la gran batalla de la vida”.

“La verdadera victoria reside en la sedimentación de buenos valores morales desprovisto de cualquier moralismo; en la eterna alegría del encuentro; en la generosidad de ser un árbol frondoso con dulces frutos; en pronunciar la palabra que sellará la paz; de sembrar una sonrisa en el rostro ajeno; de ofrecer siempre lo mejor de ti; de permitirte que cada elección sea orientada por puro amor”. El Viejo hizo una pequeña pausa y dijo: “¿Percibes que nada de eso puedes comprar para colocar en tu equipaje? La ironía es que venden la ilusión de la sofisticación como algo elaborado por pocos y complejo para muchos. Sin embargo, la elegancia consiste en ser más con menos. Esto está al alcance de todos y de cualquier uno al decidir por la inconmensurable belleza de ser simple”. Me miró fijamente a los ojos y finalizó: “Todo lo que es valioso no tiene peso. Ser leve es ser libre; ser libre es simplemente ser”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Ruth 6 de julio de 2019 on 10:43

    Gracias no dejen de subir estas lecturas tan valiosas para el ser humano.

  • Ana isabel 9 de enero de 2017 on 01:44

    Excelente Blog. Gracias. Un maravilloso descubrimiento.