La ley de las infinitas oportunidades

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, ya me había hablado del código no escrito, un conjunto de leyes universales que regula la vida en diversos planos de la existencia y que dirige el destino de todos. El entendimiento de cómo funcionan esas reglas amplía la consciencia, afina las decisiones y pavimenta el Camino. Ya habíamos conversado sobre la ley de los ciclos y su importancia. Yo había oído hablar de la existencia de las leyes de la evolución, de la afinidad, de la acción y reacción, entre otras. Tan pronto tuve la oportunidad de estar a solas con él, quise saber más sobre la ley de las infinitas oportunidades. El Viejo estaba en la cocina preparando una sopa de champiñones frescos, un manjar famoso en el monasterio. Me sugirió que lo auxiliara mientras cocinaba: “La alquimia nació en la cocina”, dijo de manera jocosa. En seguida comenzó a explicar: “Tal vez ninguna otra ley sea tan clara para demostrar la inconmensurable generosidad de la vida y la enorme sabiduría del universo. Ella habla de nuestros errores y del amor con que somos tratados”.

Me pidió que cortara algunas cebollas y prosiguió: “El código no escrito regula el proceso evolutivo de cada uno de nosotros, imponiendo la exacta lección para la cual ya estamos aptos. La premisa inicial es que la razón de la existencia, en este plano, es la evolución espiritual. En suma, estamos aquí para evolucionar. Percibir esto es un buen comienzo, pues nos permite entender que los maestros están disfrazados y nos aplican las debidas enseñanzas a través de nuestra convivencia con los otros y por la manera como reaccionamos ante los conflictos enfrentados. Este es el método de esta universidad, no hay otro”.

“No obstante, no siempre nos portamos como buenos alumnos. Traemos un equipaje repleto de condicionamientos culturales, sociales y ancestrales que puede haber sido útiles en el pasado, en la infancia anterior del espíritu, pero ya no sirven más. Permitir la renovación de conceptos, ideas y actitudes no siempre es fácil. Tenemos que enfrentarnos a los otros y a nosotros mismos, pero tenemos que evolucionar. Para esto, es indispensable que visitemos los sótanos oscuros de la propia alma, fuertemente vigilados por el  ego y su ejercito de sombras. Ignorancia, miedo, egoísmo, celos, ganancia, envidia, entre otros, son soldados de una tropa primitiva que intentará  convencerte del riesgo y de la bobada de lanzarse en vuelo por la búsqueda de una nueva realidad, por una manera diferente de ser y de vivir”.

“Iluminar cada una de esas sombras es la gran batalla de la vida. No las sombras ajenas, sino aquellas que están dentro de ti”. El monje colocó el dedo en el propio pecho y dijo: “La guerra no es librada fuera, sino aquí adentro”. Hizo una pequeña pausa, me entregó el ajo para pelarlo y continuó: “Una inmersión profunda y sincera dentro de sí mismo para conocerse de verdad es el segundo paso esencial. Sólo así te será permitido entender las costras que deben ser esculpidas para que tu luz pueda brillar con toda  intensidad. Entender quienes somos en realidad, nos hace más tolerantes con los demás. Al final, ¿cómo exigir la perfección del mundo si no la podemos ofrecer? Entonces, el andariego pasa a ser más exigente consigo mismo, al mismo tiempo en que se vuelve más paciente con los otros, pues percibe cómo funciona la escuela de luz. Sabe que cada cual a penas puede dar lo que ya tiene en el equipaje sagrado, el corazón”.

“Aprender cada una de las lecciones exige a cada día, una dosis mayor de amor y sabiduría. Sin embargo, no basta conocer, es preciso experimentar la lección. A menudo, sabemos más de lo que somos, entonces vienen los cambios. Al final no existe evolución sin transformación. Transformarse significa dejar atrás una parte de lo que es tuyo; una parte de lo que eres, para que un nuevo ser se revele y se manifieste. Ser tú mismo, pero no serás más de quien eras ayer y mañana continuarás siendo tú, sin embargo, serás todavía otro, diferente y mejor. Oruga y mariposa. ¿Estás confundido?”

Moví la cabeza diciendo que no, el monje prosiguió: “Esto no es fácil y tus sombras intentarán, a todo costo, impedir la osadía del próximo cambio. Ellas, por una cuestión de sobrevivencia, necesitan impedir el movimiento, bloquear el avance. Las sombras se alimentan del estancamiento. Intentarán convencerte de que lo más seguro es dejar todo como está y que las Tierras Altas no sean más que una utopía pueril. Esa es su función. No obstante, entre más poder tengan sobre ti, más lenta será tu evolución; por lo tanto, más duras se volverán las lecciones, más pedregoso será el Camino”. Me miró y preguntó: “¿Entiendes ahora cuando digo que el sufrimiento es una opción?”

Le dije que parecía absurdo pensar que alguien optara por el dolor, pero comenzaba a entender que el sufrimiento es fruto de decisiones equivocadas, aún arraigadas en el ser, que terco en su orgullo, se niega a fluir y, en el fondo, tiene miedo de errar. El Viejo hizo una señal para que le pasara el tomillo y dijo: “Entonces llegamos al error, este antiguo compañero de jornada. El error hace parte de la historia de todos nosotros y puede ser un aliado o un villano, depende a penas de la manera como lo tratas. Él puede ser fuente de conflictos con graves y amplias consecuencias o un buen maestro que nos indica lo que debe ser modificado en las ideas y actitudes, mostrando el cambio de ruta para recorrer el lado iluminado de la carretera. Esto va a depender de cuanto amor ya florece en tu jardín. ¿Percibes que con cada elección lanzamos en el suelo sagrado del corazón una semilla de sombras o de luz?”

El monje arqueó los labios en leve sonrisa y continuó: “Llegar hasta aquí no fue fácil. Fueron muchos errores y no poco sufrimiento. Tristezas y decepciones tuvieron que ser superadas, la flor del perdón tuvo que brotar para que la dulce fruta de la alegría germinara”. Hizo una pausa larga, sus ojos estaban perdidos más allá de las ventanas de la cocina, como si la película del pasado volviera a su pantalla mental. Después dijo: “Erramos mucho, erramos todos. Sin excepción. Cada error muestra la próxima lección; cada cual con sus errores y sus lecciones”. Volvió a hacer una pausa y habló como si lo hiciera consigo mismo: “Erramos, erramos, insistimos en el error y la vida no desiste en hacernos mejores. Entonces entendemos el inconmensurable amor del Universo que jamás nos abandona al insistir en nuestra evolución, al ofrecernos las herramientas para salir de la oscuridad y conocer la luz de la vida con todos sus colores, dándonos  alas para el fantástico vuelo sobre los valles sombríos de las lágrimas. Para ello, nos ofrece infinitas oportunidades. Es la mayor prueba y la más valiosa lección de amor que alguien puede conocer”.

Discordé. Dije que debido a decisiones equivocadas del pasado yo había desperdiciado, en diversas ocasiones, muchas oportunidades en mi vida y que ellas no retornaron. El Viejo frunció el ceño, como siempre hacía cuando se ponía más serio, y explicó: “Claro que las tuviste y las tendrás de nuevo, siempre. No necesariamente de la misma manera. Debes entender que las oportunidades se revelan en la exacta medida de tus necesidades, no de tus deseos. Recuerda que el Universo es generoso y justo. Las oportunidades están siempre de acuerdo con la voluntad y la capacidad del alumno para que entienda y se transforme, no en apariencia sino en su esencia. Las lecciones endurecen a medida que el alumno se rehúsa a aprender. Hacer que el andariego comprenda la perfecta justicia es parte necesaria para que sea una persona mejor. Y créelo, esto no es tan fácil como parece. Todos se consideran justos, pero pocos conocen el poder del amor. ¿Entonces cómo entender la verdadera dimensión de la justicia? De la misma manera que no se desiste de un hijo, no se separa la justicia del amor. Esta es una de las lecciones más preciosas del Camino”.

“La ley de las infinitas oportunidades habla de la importancia del aprendizaje y de las transformaciones como palanca para la evolución. Nos enseña también el valor de la paciencia, la grandeza de la tolerancia, la belleza de la misericordia, la magia del perdón como camino para la verdad y la justicia. Entonces percibimos que el amor es el barco y también el puerto. Algunos más rápido, otros mucho más despacio pero todos, tarde o temprano, completarán la travesía. Nadie será olvidado. Nadie será abandonado en el Camino”.

El Viejo calló por instantes y con la cuchara de palo dejó gotear un poco de sopa en la mano para saber si estaba bien condimentada. Aprobó el sabor con una sonrisa y dijo: “El amor es la sal de la vida”.  Hizo una pequeña pausa nuevamente, picó un ojo como si contara un secreto y finalizó: “El amor es el lenguaje de Dios, Yoskhaz. No existe otro”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 8 Respuestas

  • Scarlet G 29 de octubre de 2019 on 12:49

    Gracias ,gracias mil Gracias . Me siento afortunada de encontrar esta página de leer cada una de sus lecturas , ciertamente la Biblia dice que la sabiduría es más valiosa que el oro y La Plata y valla que lo es , Agradecimiento infinito Yoskhaz .

  • Sara María Gutierrez Martínez 7 de febrero de 2017 on 00:34

    Extasiada con cada párrafo, con cada linea…Mil gracias por regalarnos estos momentos de maravillosa instrospección.
    Gracias.

  • eli 27 de enero de 2017 on 15:53

    Que premio el poder contar con lecturas tan maravillosas como estas. Gracias.

  • Naty Santiago 23 de enero de 2017 on 13:34

    Interesantísimo material que deja huella en mi ser.

  • Cristina Arevalos 22 de enero de 2017 on 07:55

    Estos artículos son los manjares mas deliciosos y predilecto de mi alma!! Gracias, gracias, gracias por compartir!

  • Facundo 19 de enero de 2017 on 10:09

    Estoy sumamente agradecido encontrar estos textos tan interesantes, gracias por su energía!

  • Guillermo Arnul C 9 de enero de 2017 on 14:47

    Un principio a tener presente en este convulsionado tiempo.

  • GUSTAVO 8 de enero de 2017 on 23:32

    EXCELENTE DE PRINCIPIO A FIN. AGRADEZCO QUE SE HAYA TOMADO LA IMPORTANTE TAREA DE TRADUCIR ESTOS ARTÍCULOS.