El otro y yo

El mesero abrió la botella y gentilmente llenó nuestras copas. Yo estaba en uno de aquellos días en que sentimos ganas de conversar sobre la vida y escuchar la opinión de quien respetamos. Un tío muy querido, que había pasado recientemente por situaciones difíciles y que no sabía cómo equilibrar su lado emocional, me tenía preocupado. Aproveché que había ido a la pequeña y secular ciudad situada en la falda de la montaña que abriga al monasterio e invité a Lorenzo, el elegante zapatero, amante de los vinos y de los libros, a conversar. El vino tinto y la filosofía eran sus predilectos. Arreglar el cuero era su oficio; remendar la vida, su arte. La taberna estaba vacía y silenciosa, al fondo se podía oír una radio que tocaba jazz, nada que nos hiciese aumentar el volumen bajo de la voz. Le relaté al buen artesano los acontecimientos con mi tío, a quien apreciaba mucho y quien había estado muy cerca en mi infancia y adolescencia. Él había perdido a su único hijo en un accidente y, en seguida como consecuencia de ésto, su matrimonio entró en crisis, culminando en el divorcio. Yo había estado con él y lo encontré bastante deprimido, con la clara expectativa de que yo tomara vacaciones de mis actividades profesionales y abandonara mi trabajo en la Orden para ir a ampararlo. Si por un lado yo sentía deseos de ayudarlo, por otro no quería modificar mi vida a tal punto. En fin, yo estaba dividido.

Lorenzo bebió un sorbo de vino y soltó un suspiro de aprobación. Era una buena cosecha. Después me miró a los ojos y habló sobre mi tío: “Cuando no sabemos relacionarnos con las propias emociones la razón suele perderse en el bosque oscuro del desespero. La falta de madurez para enfrentar los problemas que se presentan, tan sólo revelan la incapacidad de aquel espíritu para aprender las lecciones que le corresponden”. Cuestioné el tipo de aprendizajes que cabe en las situaciones por las que mi tío pasaba. El zapatero respondió con tranquilidad: “No tengo la más mínima idea. Yo estaría siendo negligente al pretender mostrar las lecciones ajenas en el Camino o arrogante al intentar protagonizar las soluciones objetivas del mundo. Solamente sé que conflictos surgen para apalancar nuestra evolución. Es como los maestros se disfrazan para ofrecer las valiosas lecciones después de que nos rehusamos a aprender de manera más suave. Es el universo, en profundo gesto de amor, revelando que no desistirá de ninguno de nosotros”.

Le comenté que estaba rezando para que él tuviera la debida ayuda para enfrentar el momento tan complicado por el que pasaba. El artesano dijo: “La oración es muy valiosa y nunca faltará ayuda de las esferas invisibles. Nunca. Sólo no olvides que ella no vendrá a la medida de los deseos, sino según las justas necesidades, así como no harán la parte que le corresponde al individuo. Es exactamente esta parte que traerá la transformación de la visión y del vivir, permitiendo el debido aprendizaje, el fortalecimiento necesario y, en consecuencia, que él alcance, poco a poco, el equilibrio indispensable para la paz”.

Reiteré que tenía dudas sobre el comportamiento que debía adoptar. Por un lado, mi tío se ahogaba en una tristeza cada vez más profunda. Por otro, yo quería vivir la vida que había escogido para mí. Yo amaba a mi tío, pero también amaba mis sueños. Cuidar de él, al menos como él deseaba, significaba renunciar a una parte importante de mí mismo. Sabía que tendría que hacer una elección. Lorenzo levantó las cejas y dijo con seriedad: “Siempre tenemos que hacer elecciones, al final esta es la única manera de perfeccionar el espíritu. Nuestras elecciones nos definen y la convivencia social es el lugar donde residen las grandes pruebas. Hasta dónde debo ir para atender al otro y en qué punto debo parar para cuidar de mí, es una cuestión que siempre ha traído controversias y conflictos emocionales”. Tomó un sorbo más de vino y agregó: “A finales de los años 60, Fritz Perls, un psiquiatra alemán, pionero de una terapia denominada Gestalt, acuñó la siguiente regla comportamental: ‘Yo soy yo, tú eres tú. Yo hago mis cosas y tú haces las tuyas. No estoy en este mundo para vivir de acuerdo con tus expectativas. Y ni tú estás para vivir de acuerdo con las mías. Si por casualidad entramos en sintonía, será lindo. En caso contrario, no hay nada que hacer’”.

De repente todo pareció aclararse en mi mente. Le pregunté al zapatero si creía ser válida aquella regla. Él me respondió: “Claro”. Yo abrí una enorme sonrisa y le dije que ahora la vida se volvería más sencilla. Levanté la copa y brindé diciendo que cada cual aprendiera a cuidar de sí. Bebimos. En seguida Lorenzo dijo: “Ahí está el problema”. Le pregunté de qué hablaba, pues me había parecido genial e ilustrativa la enseñanza de la Gestalt. El artesano explicó: “De hecho es una excelente lección y nos ayuda en la toma de decisiones. No obstante, la vida no es cartesiana, de tal racionalidad que nos permita desechar los sentimientos. Si lo que nos define son nuestras elecciones, lo que nos perfecciona es la dosis de amor y sabiduría incorporadas en ellas. Equilibrar el cuidado que cada uno tiene que tener consigo mismo y el cariño necesario hacia el otro es la perfecta obra de arte cuya materia prima es tan sólo la propia vida. Es lo que diferencia a aquellos que vagan en busca del brillo de aquellos que caminan rumbo a la luz. Imagina tu vida como una enorme piedra de granito. El amor y la sabiduría son el martillo y el cincel. Transformar la roca informe en una bella escultura es el mayor arte que puede existir”.

Desanimado, reposé la copa en la mesa. Todo se volvía a complicar. Le pregunté nuevamente si creía o no en la regla del terapeuta alemán. Lorenzo sonrió ligeramente y dijo: “Sí, ya te dije que es una sólida base para posicionarse frente a las relaciones personales. No obstante, debe ser usada con sensibilidad para que no forje el efecto contrario”. Giñó un ojo y dijo de manera jocosa: “Todo lo que es solido se deshace en el aire”. Le pedí que se explicara mejor y el zapatero no se hizo de rogar: “La esencia, al ser más importante que la forma, puede destruirla”. Protesté pues ahora entendía aún menos.

El buen artesano se esforzó para ser más didáctico: “Todas las cosas buenas pueden tener un mal uso. Esta es la premisa básica en las relaciones: nadie es responsable por la felicidad de nadie. Cada cual debe aprender a construir la paz y a encontrar la alegría dentro de sí mismo, pues la plenitud no está en ningún otro lugar. Esto nos hace absolutamente independientes”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Sin embargo, es imposible disfrutar de la miel de la vida sin el compartir, pues el otro es elemento fundamental en la medida que trae las lecciones necesarias para el proceso evolutivo, en constante intercambio de conocimiento y afecto. Es en el trato de las relaciones y la manera como reaccionamos a lo que nos hacen, que entendemos dónde estamos y lo que nos falta alcanzar. Sin embargo, para seguir adelante, tenemos que compartir lo mejor que poseemos: sentimientos puros y sabiduría modesta, verdaderamente humilde. Nuestras mejores virtudes. Todo el resto es efímero. Sin el otro no podemos ejercitar lo mejor que hay en nosotros, por tanto no podremos evolucionar. Sin el otro no podremos salir del lugar. Esto nos vuelve necesariamente solidarios”.

Independiente y solidario al mismo tiempo. Esta es la complejidad y la maravilla de la vida. Ser o no ser, recordé al célebre poeta inglés. El artesano concordó: “Esta es la cuestión; afinar el alma en el compás del universo es la respuesta. Si por un lado abrazamos la regla de la Gestalt de modo indiscriminado, nos hundiremos en nefasto egoísmo. Por otro lado, si nos dedicamos a atender solamente las expectativas ajenas, estaremos aprisionados en terrible relación de dependencia afectiva”.

Le dije que cada vez entendía menos. El zapatero aclaró: “El andariego no debe rehusarse a atender a quien le pide ayuda en el Camino. No obstante, no debe desviarse de la ruta, así como el auxilio no puede ir más allá de la exacta necesidad del otro. Caso contrario, no lo estará ayudando sino debilitando. Es como un hijo que le dice a la madre que no sabe cómo hacer la tarea escolar. Ella puede decirle que es su problema, puede hacerle la tarea o puede enseñarle a hacerla. Son tres opciones posibles. En la primera, el hijo puede esforzarse para cumplir con su obligación como un bello ejemplo de superación, pero también puede sentir disgusto por los estudios como consecuencia de la sensación de abandono. En cualquiera de las hipótesis habrá una lección de egoísmo. En la segunda opción, la madre estará alimentando las expectativas del hijo, que tendrá más tiempo para jugar, se sentirá protegido y amado, pero se acostumbrará al menor esfuerzo para evolucionar. Será un incompetente. En caso de que la madre escoja la tercera vía, le enseñará al hijo que todos, en algún momento, necesitan de ayuda y el auxilio debe existir en el límite exacto de cada necesidad para que le permita a cada cual desarrollar las propias alas o no será posible ir a algún lugar. Aquí quedará una semilla de amor que germinará fuerte. Hizo una pausa y concluyó: “Es el camino del medio al cual Buda se refería”.

“La caridad, la compasión y la misericordia son indispensables en cada uno y en todos. De la misma manera, para que una buena virtud no tenga mal uso, no se puede permitir que el necesitado, después de ser atendido durante la emergencia, prescinda de la determinación y el coraje para superar por sí mismo los inevitables obstáculos del proceso evolutivo. Es la parte que le corresponde o el ciclo de ayuda no se completará”.

Le dije que comenzaba a entender las fronteras tenues de las relaciones. El elegante artesano agregó: “Ofrecer lo mejor es la regla de oro, siempre según el límite de tu capacidad, entendimiento y voluntad. Atento para que el auxilio no desencadene en dependencia en la cual, algunas veces, las buenas acciones se pierden. La necesidad del otro en reaccionar positivamente ante el problema, en hacer la parte que le corresponde, debe siempre ser exigida en la esfera de la sensibilidad del andariego, que no puede olvidar que todos los movimientos deben primar por la evolución”.

Le confesé que me sentía un poco culpable cada vez que consideraba la hipótesis de limitar mi ayuda. Lorenzo meneó la cabeza, como quien no entiende mis palabras y dijo: “Entender la diferencia entre culpa y responsabilidad es primordial. La culpa es una poderosa sombra que aprisiona ambas partes en relación enfermiza que transforma afecto en vicio y, por tanto, debe ser iluminada para que se transforme en responsabilidad. La responsabilidad es el perfecto equilibrio entre la independencia y la solidaridad que debe existir en todas las relaciones, percibiendo claramente la belleza al compartir y el cuidado para que el otro haga la parte que le corresponde para que pueda aprender, transformarse y, algún día, aquel que fue atendido le devolverá con amor aquello que ya fue dolor. La responsabilidad engrandece y libera. Sólo entonces podrá seguir. Cada cual a su tiempo”.

Permanecimos un tiempo en silencio que no puedo precisar. El artesano levantó la copa para brindar y finalizó aquella noche diciendo: “¡Por la riqueza que hay en todas nuestras relaciones, consigo mismo y con todo mundo, que tanto nos perfeccionan y nos enseñan a transformar lágrimas en sonrisas!”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Fabiana 16 de marzo de 2017 on 21:54

    Geniaal!

  • Luis Felipe 13 de febrero de 2017 on 13:47

    excelente me fascinó la enseñanza