La buena batalla

Me sentía insatisfecho con la vida. Deambulaba por las calles sinuosas y estrechas de la pequeña y elegante ciudad que está en la falda de la montaña, que acoge al monasterio, cuando pasé en frente a una panadería. El aroma del pan fresco era irresistible. Me senté y pedí un sándwich con mantequilla, miel, canela y una rebanada generosa de queso y para acompañar, una taza de café. En ese instante Lorenzo, el elegante zapatero, irrumpió por la puerta. Al verme sonrió de manera sincera y con los brazos abiertos se aproximó. Tras un fuerte abrazo, pregunté si fue el olor del pan o la casualidad que nos atrajo hasta allí. Me miró como si fuera un chico y dijo: “La casualidad no existe”. Comenté que había pensado en pasar por su taller, pero que no había querido interrumpir el ritmo de su trabajo en el medio de la tarde. Él, que era famoso en la ciudad por tener horarios inusitados para abrir o cerrar la tienda, dijo: “Terminé el trabajo por hoy. Vine a conversar contigo”. Reí y le comenté que él no podía saber que yo estaba en la panadería, pues ni yo mismo sabía que estaría allí hacía cinco minutos atrás. Lorenzo se encogió de hombros, como si fuese obvio, y dijo: “Tampoco lo sabía, por lo menos hasta entrar aquí y ver la agonía dibujada en tu rostro; entonces entendí”. Agaché la mirada y le agradecí en silencio.

Lorenzo también pidió una taza de café. En seguida, le confesé que estaba muy amargado por el hecho de que la Orden se había vuelto blanco de una campaña de difamación en una conocida red social de internet, y lo que era peor, todo había comenzado por un antiguo compañero de universidad que había ido a visitarme al monasterio. Le hablé sobre las mentiras y las conclusiones absurdas que fueron publicadas. Le hice un pequeño resumen al buen artesano, que en respuesta dio una sonora carcajada. Le dije que no veía motivo para risa, pues el caso era serio. Él me miró con compasión y dijo: “No, no es serio. Sería serio si se fundamentara en la verdad, pues todos los conceptos de la Orden tendrían que ser revalidados. Mas no. La mentira, aunque pueda en algunos casos manchar la apariencia, no posee fuerza para alcanzar la esencia. La mentira es el arma de los débiles, desesperados y perdidos. Nada que pueda extremecer la bella trayectoria de los Monjes de la Montaña”. Acrecenté que la difamación había alcanzado un público muy grande y generado muchos comentarios igualmente calumniosos. Yo iba a sugerir que la Orden procesara a todas esas personas. Lorenzo meneó la cabeza negando y dijo: “Dudo que el Viejo esté de acuerdo en iniciar una acción judicial”. Le pregunté cuál era el motivo para no hacerlo. El zapatero respondió: “El Viejo no es apenas el monje más antiguo del monasterio, él conoce el lado invisible de las cosas. El Viejo sabe que un proceso tan sólo alimentará los sentimientos densos que envuelven la cuestión mientras dure la demanda y agigantará al ofensor que, con toda seguridad, es un sujeto infeliz, atormentado por las propias sombras. La mentira, tarde o temprano, se consume en la propia hoguera y desenmascara al mentiroso. Un día él se dará cuenta; la vergüenza será su pena”. Argumenté que esto podría demorar y le pregunté qué me aconsejaba. Frunció el entrecejo y dijo con seriedad: “Paciencia, misericordia y perdón. Todo agresor ya trae mucho sufrimiento y desarmonía en sí mismo, reflejados en su comportamiento equivocado”. Quise saber si al menos una aclaración sería importante. Lorenzo dijo: “No veo necesidad; la mentira entre más absurda, más insostenible se hace. De la misma manera, sólo que de otro modo, estarían alimentando las sombras del agresor y, no lo dudes, él ansía que ustedes combatan con las mismas armas que él ofreció. Es el juego que conoce, es la manera de sentirse cómodo y controvertir, inyectando combustible a la insensatez”. Me miró profundamente y dijo: “No juegues el juego con esas reglas. El mal sólo existe porque ignora el bien”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Saca la batalla del lado sombrío. Ofrece al enemigo la luz que él no conoce”.

Conversamos un poco más y tuve que despedirme, pues tenía que aprovechar que me llevarían hasta el monasterio. Salí de allí con una extraña sensación de calma, pero convencido de que Lorenzo no entendía la gravedad del problema.

Cuando llegué al monasterio encontré el ambiente agitado. Muchos monjes se sentían ofendidísimos y discutían cómo deberían reaccionar. Todos aguardaban al Viejo que regresaba de viaje aquella noche. Cuando llegó varios monjes lo cercaron para relatarle el hecho y pedir las severas medidas que el caso exigía. El Viejo los miró serenamente y dijo: “Tengo hambre y sueño. Mañana estaremos en mejores condiciones para decidir”. Un discípulo señaló los peligros de la internet y cómo la modernidad trae consigo tantas cosas nocivas. El Viejo apuntó con dulzura: “El progreso acompaña la evolución de la humanidad. Es una bendición. No obstante, siempre habrá alguien que hará mal uso de una cosa buena. Tenemos que prestar atención para combatir el mal, cuidar del infeliz e incentivar los avances”. Observó las expresiones de todos y complementó: “No es porque tenemos congresistas corruptos que vamos a extinguir la democracia; jueces mal intencionados no pueden motivar el fin del estado de derecho. De la misma manera una útil tijera de sastrería no necesita ser prohibida por el hecho de que alguien la haya utilizado como arma para herir a otra persona”.

Hizo una señal para que yo lo ayudara con su maleta hasta sus aposentos. Al llegar a la puerta le pregunté si él no estaba preocupado con lo ocurrido. El Viejo arqueó los labios con una breve sonrisa y dijo: “Ni el monasterio ni la Orden serán destruídos esta noche”. Quise saber si él podría dormir ante el problema que tendría que enfrentar. Fue categórico: “Cualquier decisión tomada tendrá igual eficacia hoy por la noche o mañana por la mañana. Quédate tranquilo. La ansiedad solamente nos controla si le concedemos tal permiso. En breve ni recordaremos más este hecho. Descansa en paz”. Nos despedimos en ese momento.

Cuando todos llegaron para el desayuno, enseguida de la meditación matutina, encontraron al Viejo en el comedor. Su semblante traslucía la serenidad que le caracterizaba; los ojos desbordaban compasión y los labios revelaban una sonrisa casi imperceptible, como si estuviese maravillado con el grave conflicto que allí se había instalado. Preguntó si alguien quería hablar y muchas manos se levantaron. Los organizó a todos para que hablaran, sin interrupciones, para no obstruir los raciocínios. Hizo un pedido: “Expongan sus motivos de manera clara y serena sin agredir a ninguna persona. Me interesan los hechos, no la condena de alguien”. Percibí una enorme dificultad de las personas para atenerse apenas a los acontecimientos sin la necesidad de acusar a otras o exigir retaliaciones. Muchos hablaron, uno tras otro, cada cual exponiendo sus razones; me pareció que todos ofrecieron buenos motivos para exigir del ofensor la debida reparación. Una vez se agotaron los oradores el Viejo dijo: “Estoy de acuerdo que todo el mal debe ser combatido con firmeza. No obstante, la manera como se hace esto marca la diferencia. Hay que entender que cada situación exige una manera más adecuada de actuar. Lo que no podemos olvidar es de que lado estamos. Dependiendo de nuestra reacción estaremos alimentando las sombras de un lado o la luz del otro, y lo que alimentemos se reflejará en nosotros mismos. En primer lugar, es necesario definir si combatiremos el mal con mal o si iluminaremos la oscuridad”. No se oyó palabra disonante. Algunos monjes agacharon la mirada.

“Nuestra elección me parece obvia. Entonces, nos cabe decidir qué instrumentos de luz usaremos”. Hizo una pausa para aguardar alguna sugerencia que no llegó. Prosiguió: “En este caso, sugiero el silencio y el trabajo. Vamos a aprovechar que se montó un campamento recientemente, localizado en una ciudad a pocas horas de aquí, con refugiados de África que huyen del hambre y de la guerra civil en su país de origen. Algunos de nosotros se dedicarán con ahínco a la ayuda humanitaria a ese pueblo que sufre. Los demás continuarán en tareas de mantenimiento del monasterio, que no son pocas. Hay mucho trabajo a ser hecho por todos. Es preciso retirar los pensamientos nocivos de la mente y, principalmente, darle al conflicto su perfecto enfoque. Trabajar en hacer el bien es maravilloso para esto”, explicó el Viejo. En seguida se formó un murmullo. Algunos monjes y discípulos se manifestaron diciendo que algo debería ser hecho en contra del agresor pues de lo contrario, se sentiría animado a proseguir con las ofensas. Estuve de acuerdo con ellos.

El Viejo sonrió y comentó: “Algunas personas tienen mayor facilidad para destruir que para construir. Creen que si destruyen la buena imagen ajena se sentirán mejores con la suya. Este placer es pasajero ya que está motivado por las propias sombras que pronto sentirán más hambre y causarán más dolor y sufrimiento al infeliz. Así, de cierta manera, es interesante notar que hasta las sombras a veces terminan haciendo un buen servicio a favor de la luz al causar este malestar. Él podrá proseguir alimentándolas o, al alcanzar un nivel mínimo de consciencia, algo que tarde o temprano sucederá, percibirá el confinamiento a un ciclo de infinitas repeticiones con situaciones parecidas y emociones desagradables. Entonces, lentamente, buscará transformar su patrón de comportamiento para alcanzar resultados mejores. Algún día todos perciben sus errores”.

Uno de los monjes se manifestó diciendo que no podíamos esperar a que ese día llegara. Sugirió una acción judicial para no sólo callar al ofensor, sino como medio de reparar la moral de la Orden. El Viejo frunció el entrecejo y dijo: “¿Reparar la moral? ¿Cómo así? Mi moral no fue tocada en ningún momento. Jamás lo permitiría. Esto es una decisión personal. Conozco mis pasos. Eso es suficiente. No se combate a un mentiroso de la misma manera como enfrentamos a un asesino”. Hizo una pausa y concluyó su raciocinio: “Tan sólo se estaría alimentando con sombras las tinieblas hambrientas que asotan el ofensor. Librar una lucha con estas armas no me interesa. Mi campo de batalla es otro. Lucharemos con las herramientas del silencio de quien se conoce a sí mismo y con el trabajo relativo a la evolución”.

Fue imposible no recordar la conversación que había tenido con Lorenzo en la panadería. Caminos distintos de un mismo destino.

Aunque a disgusto de muchos en el monasterio, acatamos la sugerencia del Viejo de “cuidar de nosotros por el momento” y responder con silencio y trabajo.

Con el pasar del tiempo las mentiras perdieron fuerza, debilitándose en sí. Algunas personas que apreciaban la Orden iniciaron espontáneamente un contra movimiento. El Viejo, conmovido, agradeció, pero dijo que no era necesario. No satisfecho el agresor creó nuevas acusaciones, tan absurdas, que sólo sirvieron para desprestigiar las antiguas. Por otro lado, el trabajo humanitario que, además de hacer bien al alma, nos mostraba cómo aquellas injurias eran pequeñas ante las bellezas de la vida. El silencio, a su vez, fue un poderoso aliado de la meditación y la reflexión para fortalecer las verdades de cada uno hacia quien realmente importa: uno mismo.

Pasó mucho tiempo y nadie más tenía interés en comentar el caso, ya olvidado en un cajón cualquiera de la memoria. El hecho se había adecuado a su justo y perfecto tamaño: la insignificancia. Había restado una valiosa lección.

Sin embargo, yo no imaginaba que la lección aún no había acabado hasta que recibimos una visita. Aquel antiguo compañero mío que empezó la campaña injuriosa volvió al monasterio.

Ante la desconfianza de todos, pidió para hablar con el Viejo. Un monje que había sido luchador en la juventud se aproximó preocupado. El Viejo lo reprendió con una simple mirada, haciéndole retroceder. El Viejo, como si esperara ese improbable encuentro, recibió con una sonrisa al visitante y, sin decir palabra, le dio un abrazo sincero. El hombre rompió en sollozos. Cuando pudo hablar pidió disculpas. Después se dirigió a todos los monjes que estaban alrededor y volvió a pedir disculpas. Mil disculpas.

Muy agitado, confesó que en realidad había sentido una envidia enorme al visitar el monasterio la primera vez. Contó que había encaminado su vida en busca de deseos relativos al ego y había dejado las necesidades del alma en segundo plano. El resultado era un enorme vacío y una sensación de abandono que no conseguía explicar. Quería la paz y la alegría que allí encontró mas que veía distantes de sí. Como no podía decodificar sus sentimientos, reaccionó mal. Decidió destruir todo lo que revelaba sus propios errores. Ahora lo reconocía.

El Viejo encaminó a todos hacia el refectorio y pidió que sirvieran té, café y pastel. Después le dijo al hombre: “Su trayectoria es muy bonita”, ante el espanto de todos, adicionó: “Las más bellas historias son las de superación. Me gustan aquellos que se deparan frente a frente con la oscuridad del propio ser y deciden iluminarla en vez de alimentarla. Esto es transformación, es lo que hace que la vida valga la pena; es lo que le da sentido. En esencia, es evolución”.

El hombre le ofreció una generosa donación a la Orden como forma de resarcimiento por todos los inconvenientes que generó. El Viejo aclaró con voz dulce: “Le agradezco, pero no aceptamos donaciones. Vivimos de la fabricación artesanal de chocolate, producido por nuestros monjes. Ya tenemos lo suficiente”. El hombre dijo que conocía la fama de los chocolates y que entonces escogería un orfanato o un asilo para hacer la donación. El Monje movió la cabeza y dijo: “Es una excelente idea, pero siéntase libre. Hay muchas instituciones serias que necesitan ayuda financiera para proseguir al servicio. No obstante toda donación es un acto de amor y, por esta razón, debe tener raíz en el corazón”. El hombre concordó y reveló que tenía un pedido: juntarse a las hileras de la Orden, aunque para eso tuviera que abandonar todos los bienes materiales que había adquirido a lo largo de la existencia. Ansiaba por la paz y alegría que veía en los monjes.

El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “¿Por qué renunciar a los bienes materiales? El dinero es una herramienta maravillosa y sagrada desde que sea usado correctamente para la evolución. No hay ningún problema con el dinero, el problema es la forma como nos relacionamos con él. Comúnmente culpamos al otro cuando la causa reside en nosotros. Con el dinero no es diferente”. Hizo una pequeña pausa y retomó el asunto: “La paz y la alegría no son privilegios de la vida monástica. Aquí sólo estamos los peores, los más rebeldes, aquellos que requieren mayores cuidados”. Todos rieron con ganas pero sabían que, en parte, era verdad. En seguida prosiguió: “La alegría y la paz son logros que están a disposición de cualquiera, así como las demás virtudes. Las puede encontrar en todos los lugares, por el simple hecho que ellas están adormecidas en lo más íntimo de su ser. O usted las encuentra dentro de sí o no será capaz de tenerlas”. Dio una pequeña pausa y dijo: “En cuanto a usted, sinceramente, no veo necesidad de una rutina monástica”.

El hombre dijo que no sabía cómo hacer para encontrar lo que buscaba. El Viejo fue didáctico: “En verdad usted ya inició ese proceso al percibir las sombras que lo aconsejaban y decidió iluminarlas. Esta es la gran batalla de la vida y parte del proceso fundamental de autoconocimiento que le permitirá las transformaciones necesarias para el perfeccionamiento y conquista del ser. Al reconocer los errores, repararlos y asumir el firme propósito de no incurrir en ellos nuevamente, mostró cuánto ya fue capaz de recorrer. ¡Es un bello logro!” Bebió del té y concluyó: “El Camino se reveló para usted. Es sólo proseguir”.

El hombre, con los ojos llorosos, agradeció. El Viejo lo corrigió: “Somos nosotros quienes le agradecemos por proporcionarnos valiosas lecciones y un momento mágico como este”. Se abrazaron. El monje se despidió: “Vuelva siempre que su corazón le pida un café fresco y una buena conversación. Su presencia ilumina esta casa”. Emocionado, mi compañero partió. Había un brillo bonito en sus ojos. Una brisa suave sopló en el monasterio trayendo una sensación agradable de paz.

Algunos días después fui a visitar a Lorenzo a su taller y le conté todo el desenredo de la historia que había comenzado con nuestra conversación en la panadería. El buen artesano dijo con relación al conflicto: “¿Te das cuenta de que no hubo perdedores? Esto sucede cada vez que traemos la batalla para el lado de la luz”. Le dije que estaba impresionado con el comportamiento de mi compañero y el desenlace del caso. El zapatero comentó: “Los griegos cuentan que en la entrada de la Isla de Delfos había un portal de piedras. En la cima estaba inscrita la frase ‘conócete a tí mismo’. Esto es tan importante que orientó toda la filosofía de Sócrates y hasta los días de hoy nos influencia. Ese fue un paso importante que tu compañero dio”. Entonces finalizó: “Ese es el inicio del verdadero y buen combate, aquel que libramos dentro de nosotros”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 3 Respuestas

  • Gabriel 28 de octubre de 2017 on 08:46

    Mil gracias!

  • Carmen Bernardez 13 de septiembre de 2017 on 22:46

    Ejemplarizante de lo mejor, de
    lo que nos eleva.., como siempre… Muchas gracias

  • Facundo 9 de marzo de 2017 on 17:31

    Muy muy bueno!