La puerta estrecha

El Sermón de la Montaña es el eje central de los estudios de la Orden, todos los demás textos, oriundos de las más diversas tradiciones filosóficas y metafísicas, son variantes que profundizan y colorean ese valioso pensamiento. Yo estaba sentado en una cómoda poltrona en la biblioteca del monasterio, con la mirada perdida en el bello paisaje que sus ventanas ofrecen, reflexionando sobre las palabras proferidas en las colinas de Kurun Hattin, cuando fui sorprendido por el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Había traído del refectorio dos tazas de café; colocó una de ellas sobre la pequeña mesa a mi lado y fue a la estantería para escoger un libro. Sonreí en agradecimiento por la gentileza y lo invité a sentarse en la poltrona del frente; aprovecharía que estábamos a solas para conversar un poco. Él aceptó, se acomodó, bebió un sorbo de café y quiso saber lo que estaba leyendo. Respondí que leía ese precioso legado filosófico, más precisamente la parte que trataba sobre la puerta estrecha: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso es el camino que conduce a la perdición y numerosos son los que por allí entran. Estrecha, sin embargo, es la puerta y difícil el camino de la vida y raro son los que lo encuentran”, leí el pequeñísimo trecho. Comenté que el texto podría ser un poco más extenso para proveer más detalles y explicaciones con relación a su contenido. El Viejo balanceó la cabeza y dijo: “El texto es perfecto en su concisión. Recuerda que fue elaborado no para algunos, sino para todos. Es preciso que, a su modo, alcance los más diversos niveles de consciencia. Cada cual encontrará la profundidad a la que esté dispuesto a sumergirse. El Sermón de la Montaña es el Código del Camino, pero respeto a quien lo vea como una gran bobada”.

Pregunté el por qué de la puerta estrecha. El monje arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “La puerta es estrecha porque el ego es enorme; muchas son las insignificancias e inutilidades que el ego insiste en cargar consigo, haciendo lento el viaje, doloroso y pesado”. Le pedí que se explicara mejor a lo que el Viejo accedió: “La raíz de todos los sufrimientos es la separación entre el ego y el alma. Entre más distante el uno del otro, mayor es la división del ser, numerosos serán los conflictos y las agonías. La completa integración entre las partes es la plenitud traducida en la paz de espíritu que nos mantiene inamovibles ante los golpes y venenos del mundo”.

“Por un lado, tenemos la valorización de las apariencias que tanto encantan al ego; el empoderamiento de las sombras que alimentan el egoísmo, la vanidad, la arrogancia, el orgullo, los celos, la ganancia, la envidia, los placeres efímeros y el deseo de dominación sobre los otros. Todas esas emociones son frutos del miedo y de la ignorancia”.  “Por el otro, tenemos la importancia de la esencia del ser trabajada por el alma, la verdadera identidad de todos nosotros; el amor como estrella guía, la evolución como objetivo, las virtudes como método de cura y liberación del espíritu. Son las flores de la luz”.

Quise saber cómo aplicar aquellas palabras a lo cotidiano. El monje explicó: “Hacemos innúmeras elecciones todos los días, desde las más cotidianas como por ejemplo si le sonreiremos al vecino o si voltearemos el rostro fingiendo que no lo vimos, hasta las más complejas como cambiar de empleo, de país o de estilo de vida. A cada elección oiremos las orientaciones del ego o los consejos del alma. Así, a todo momento estamos definiendo la puerta por la cual entraremos”.

Cuestioné sobre la dificultad del sendero a la cual el texto se refiere. La paciencia del Viejo parecía sin fin: “La dificultad está en recorrerlo llevando en el equipaje el enorme volumen producido por los valores a los que fuimos condicionados, en los cuales las búsquedas espirituales, que deben ocurrir sin detrimento de las conquistas materiales en el ámbito de la sensatez, de la necesidad y de la ética, quedaron en segundo plano. Para viajar por la vía de la luz es preciso ligereza. No es fácil recorrer el sendero de una existencia terrena dispuesto a renunciar a lo superfluo, al exceso, a la fama vacía, al poder mundano de dominación, a la ostentación que tantos aplausos y reverencias proporcionan.  El brillo que aparenta trae mucha más admiración que la luz que sostiene. Invertir los valores culturales en los cuales el perdón entre en lugar del resentimiento; la humildad disuelva el orgullo; la justicia se vuelva un instrumento de educación y no de venganza; los principios seculares del Iluminismo, tales como igualdad y fraternidad, substituyan los arraigados privilegios ancestrales, son tan sólo algunos ejemplos que hacen que el individuo baile al ritmo del universo, pero en contravía de las costumbres sociales. No habrá más palmaditas en la espalda ni consentimientos; no obstante, habrá respeto y compasión. Existe una enorme dificultad en decir a sí mismo que ‘el rey está desnudo’; es decir, que los valores que te orientaron hasta ahora son ilusorios y que la verdad es diferente: la riqueza, el poder y la magia están dentro, no fuera de ti. Debemos priorizar el equipaje que cabe en el corazón como la alegría, la dignidad, la libertad y la paz”.

“La puerta estrecha es el pasaje permitido sólo a aquellos que escogen caminar con el cayado de las virtudes. Por necesidad evolutiva, el refinamiento de las virtudes en el ser es la jornada de aproximación e integración entre el ego y el alma, como ejercicio de superación. La absoluta unidad entre el ego y el alma, indispensable para la plenitud, solamente será posible para quien se dispone a la jornada del autoconocimiento. Esta es la verdadera batalla, así iniciamos y seguimos en el Camino”.

Comenté que yo era capaz de enumerar muchas virtudes: el amor, la justicia, la pacificación, la mansedumbre, la generosidad, la gratitud, la dignidad, la sinceridad, la honestidad, la compasión, la misericordia, la delicadeza, la dulzura, la paciencia, el respeto, la armonía, la pureza, el coraje, la alegría, el ánimo, la firmeza, el buen humor, la humildad, la sencillez, la esperanza, la fe, entre otras que podría estar olvidando en aquel momento. El Viejo levantó los hombros y preguntó: “Responde, no para mí sino para ti mismo, cuáles de ellas ya traes incorporadas en ti”.

Bajé la mirada y confesé que muchas veces encuentro disculpas para renunciar a las virtudes en mis elecciones. El monje concordó: “El mundo siempre nos ofrece una línea de raciocinio tortuosa para justificar los deseos del ego en detrimento de las necesidades del alma. Este es el trabajo incansable de nuestras sombras: los innumerables trucos para ilusionarnos ante la verdad y alejarnos de la luz; entonces peleamos y sufrimos. No obstante, tenemos el poder y la magia de la vida”. Lo interrumpí para decir que no creía en magos ni en magia. El Viejo dio una agradable carcajada y dijo: “Todos somos hechiceros; magia es transformación. Alteramos la realidad a medida que aceptamos las transformaciones internas orientadas por los valores de la luz que nos habita”.

Volví a interrumpirlo para cuestionar sobre tales valores. El monje explicó: “Perfeccionar en sí cada una de las virtudes que acabaste de enumerar es iluminar y transmutar las sombras. En vez de pelear con tus sombras abrázalas con cariño, reconoce tus dificultades y, como un padre amoroso que se dedica a la educación de su hijo, demuestra que ellas pueden y deben evolucionar, pues el ser necesita volverse uno por imperativo de evolución. Así, poco a poco, afinamos cada una de las virtudes hasta que todas estén alineadas con la consciencia y con el corazón. Este es el proceso para el encuentro de la verdadera paz y la auténtica libertad. A partir de ahí, percibe como todo se altera a tu alrededor. Esto es magia auténtica”. Le dije que yo era una persona pragmática y empírica, así que le pedí que me explicara cómo las virtudes, en la práctica, podrían apalancar mi evolución y hacer la diferencia en el mundo.

El Viejo no se hizo de rogar: “La vida es abundante en oportunidades. Las virtudes están a la espera de nuestro comando, siempre dispuestas a iniciar la jornada de cura y liberación. Los ejemplos son bastantes:

Cada vez que el mundo acusa a alguien, podemos incrementar la condena, hundiendo al infeliz en tristeza y culpa; o rescatarlo hacia la luz, mostrándole la posibilidad y la responsabilidad de hacer diferente y mejor la próxima vez.

Cuando estás ante un dilema entre la ley y la justicia, en el cual el derecho te protege a medida que la justicia se aleja, renuncia a los privilegios concedidos como ejemplo sagrado de equidad. Tener firmeza para estancar el mal, sin olvidarse de la compasión y de la misericordia con relación al infractor. Necesitamos alejarnos del terrible riesgo de la venganza, estado equiparado a las tinieblas. La justicia es una virtud que se complementa con la educación y no con la mera punición.

Ante la ofensa, nunca olvides que la humillación es una flecha de corto alcance y no alcanza a quien vuela con las alas de la humildad y de la compasión. Perdona y sigue adelante.

Ante las exigencias de las inevitables reformas sociales, trae siempre contigo la mansedumbre. Es aliada inseparable de los argumentos cristalinos. No olvides que las transformaciones sólo se hacen efectivas de adentro hacia afuera del individuo, nunca al contrario. Y por encima de todo, si el argumento es fuerte, recuerda que a través del ejemplo se operan los cambios.

El mundo necesita de más diplomacia y de menos juicios. Al depararte con un conflicto entre terceros aléjate del tentador papel de juez; acepta el difícil papel del diplomático al hilar la paz y el entendimiento. Con frecuencia, cuando dos personas discuten ambas tienen razón, cada cual dentro de su nivel de consciencia, capacidad amorosa y esfera de intereses y dificultades.

Nunca seas un muro en el sendero ajeno. Conviértete en el puente por el cual todos atravesarán los abismos de la existencia terrena. Aunque el Camino sea solitario, el viaje es solidario. Nadie cumple la jornada sin ayuda.

La alegría es la mejor manera de agradecer por todas las flores que adornan la vida. Por más que te rehúses a verlas, la belleza está por toda parte. Facilitar la sonrisa de alguien es la más poderosa de las oraciones de gratitud y una valiosa magia; el buen humor es una constante en los espíritus iluminados. No hay lugar para los enojados en el tren que lleva a las Tierras Altas.

Jamás te lamentes o impongas a los otros tu voluntad. Sólo transfórmate. Las virtudes están ahí para esto”.

El monje hizo una pequeña pausa y concluyó: “Los buenos ejemplos no cesan aquí, son infinitas las aplicaciones de las virtudes como herramientas de la Luz al transmutar las sombras individuales y colectivas. El perfeccionamiento de las virtudes es un eficiente método de evolución”. Le comenté que todo se me hacía muy difícil. El Viejo refutó de repente: “Por eso la puerta es estrecha y el sendero exige esfuerzo”.

Permanecimos buen tiempo sin decir palabra. Rompí el silencio para confesarle que estaba sorprendido con la extensa interpretación del monje con relación a un pequeño párrafo de tan pocas líneas. Él levantó los hombros y comentó: “La inmersión no fue tan profunda. Podemos ir mucho más lejos”. Añadí que toda esa teoría me era nueva. El Viejo me ofreció una bella sonrisa y la debida corrección: “¡No, Yoskhaz! Toda la sabiduría es muy antigua y nació en tiempos inmemoriales. Al lado del amor, la sabiduría ha cultivado las semillas de la luz y de la verdad en los campos de la humanidad desde siempre. Somos nosotros que insistimos en no aprender. Jesús profirió el discurso hace dos milenios con la autoridad de quien se ofrece a sí mismo como ejemplo de sus palabras. Aunque la puerta sea estrecha, es la única entrada para el Camino.  La puerta está a disposición de todos, a cualquier momento; tan sólo basta una elección”. Dio una pequeña pausa antes de hacer la observación final: “Repara en cómo el universo se preocupa por nosotros. Un poco más de mil años después del Sermón de la Montaña, el maestro le pidió a uno de sus más amados apóstoles que retornara para recordarnos no sólo sobre el poder del amor, la mayor virtud, sino también para mostrarnos la sabiduría transformadora de las demás virtudes y señalizar el Camino”. Lo interrumpí para decirle que no sabía a quién se refería. El Viejo cerró los ojos y tarareó la oración que nos enseñó Francisco:

“…

Donde haya error, que lleve yo la Verdad.

Donde haya desesperación, que lleve yo la Esperanza.

Donde haya tristeza, que lleve yo la Alegría.

Donde haya tinieblas, que lleve yo la Luz.

…”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

Discusiones — Una respuesta

  • Felipe maldonado 15 de agosto de 2017 on 23:05

    Gracias yoskhaz