Encuentro agendado

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, me reprendió sólo con la mirada, sin pronunciar palabra. Yo estaba en el jardín interno del monasterio hablando por el celular, cuando tan sólo es permitido usarlo en la noche, en el cuarto, para no desperdiciar lo mejor de la vivencia ofrecida en el monasterio. La OEMM – Orden Esotérica de los Monjes de la Montaña – es una hermandad secular dedicada al estudio de la filosofía y de la metafísica. Los monjes y aprendices, como se denominan sus miembros, tienen el compromiso de pasar al menos un mes por año en el monasterio para estudios, debates y reflexiones. Una vez que retornan a sus casas, familias, trabajos y actividades cotidianas, deben intentar aplicar el aprendizaje asimilado. El conocimiento sólo se transforma en sabiduría cuando es utilizado en nuestras relaciones del día a día; caso contrario, no pasará de una herramienta oxidada por ser inútil. Terminé la llamada y fui a disculparme con el monje. Le expliqué que estaba próximo a cerrar un importante contrato para mi agencia y que necesitaba tomar algunas precauciones. Confesé la tensión que me envolvía, pues temía que el negocio no se cerrara como ya había ocurrido en otra ocasión, aunque fueran personas diferentes. El Viejo apenas oyó mis explicaciones y nada comentó.

Como si no bastara, yo andaba disperso en aquellos días. Otro motivo de preocupación eran los celos que sentía con mi nueva novia. Ella era una actriz de teatro y estaba en cartelera con una pieza de gran éxito. Muchas personas la buscaban para saludarla y conversar, hecho que me causaba inseguridad, agravada por su belleza, simpatía y talento. Le conté esto al Viejo y me invitó a conversar en la terraza del monasterio, enmarcada por las bellas montañas que lo acogen. Mi falta de concentración me haría desperdiciar la estadía de aquel año si yo no revertía la situación. Retomé el asunto de la llamada del día anterior como intento de justificar el distanciamiento. El Viejo escuchó todas mis quejas con paciencia y al final citó un pasaje del Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los puros de corazón, porque verán el rostro de Dios”. En seguida comentó: “¿Has percibido que la ausencia de una única virtud, en este caso me refiero a la pureza, tiene el poder de anular todas las demás virtudes y hurtar tu paz?”.

 

Reaccioné de inmediato. Argumenté que no se trataba de falta de pureza, mas de cuidado en el trato personal. El mundo no tiene lugar para los ingenuos. Era necesario ser precavido ante la maldad o estaría destinado al sufrimiento. El Viejo me miró con dulzura y dijo: “Esa mentalidad te hace sufrir, aunque tus temores no se concreten. Sea en los negocios o en la relación de pareja, la presunción de la maldad amarga la miel de la vida. No existe paz ni alegría en ti, tan sólo una persona atormentada ante una posibilidad que no es real”. Lo cuestioné preguntándole qué haría si fuese dejado de lado en un contrato o en el afecto. El monje arqueó los labios con una leve sonrisa y disparó: “Paciencia y compasión con aquellos que desperdiciaron la oportunidad de convivir con lo mejor que hay en mí. Aunque tuviese dificultad para armonizar los sentimientos, me esforzaría para que la humildad despuntara y recordar que no puedo exigir de los otros la perfección que no tengo; Entonces seguiría en paz”. Hizo una pausa y dijo: “La desconfianza impide ver la belleza del mundo, pues más allá de los lindos paisajes, la belleza está dentro de las personas”. Dio una breve pausa y continuó: “No te olvides que ellas pueden estar siendo sinceras y honestas contigo; en caso de estar seguro de lo contrario, date la vuelta y sigue tu camino con ligereza y sin dolor”.

 

Le di la razón, pero me acordé de mis experiencias anteriores y dudé que él no hubiera sufrido al descubrir un engaño. El Viejo sonrió levemente y dijo: “El dolor será siempre del verdugo, aunque se demore en tener consciencia, cuando se confronte con la verdad y sienta vergüenza. Cualquier victoria con los instrumentos de las sombras es vana e ilusoria. No existe nada bueno en el mal, salvo cuando cumple su papel como semilla del bien, germinando en el individuo la necesidad en rehacer toda la jornada desperdiciada después del despertar de la consciencia, al tener que lidiar con el arrepentimiento y transformarlo en motivo de superación”. Insistí en saber si él no se sentiría mal al ser engañado. El viejo monje invirtió la lógica del ego exacerbado: “Mil veces ser el perjudicado a ser el ladrón; prefiero ser el traicionado a traicionar a alguien, así substituyo la tristeza por la sabiduría y agradezco por ‘estar de este lado”. Me miró a los ojos y concluyó: “Claro que debemos estar atentos para evitar el mal y estancarlo con la firmeza necesaria cuando se presente, pero presumir la maldad es como cerrar las cortinas para impedir que entre la luz. A menudo nos perdemos cuando medimos a los otros con nuestra regla, envolviendo las intenciones ajenas con la maldad que nos habita. Por otro lado, debemos recordar que cada persona es única y no repetirá necesariamente el acto equivocado de terceros o aún equivocaciones que ella misma cometió en el pasado. Todos cambian y necesitan nuevas oportunidades. El miedo puede hacernos actuar como hiervas dañinas en los jardines de la humanidad”. Sostuve que algunas personas viven de engañar a los otros. El Viejo estuvo de acuerdo: “Sí, prevente de ellas, pero no te contamines de ellas. No tengo dominio sobre los otros, no puedo controlar sus elecciones, apenas tengo total poder sobre mí mismo; por lo tanto, no voy a negar las virtudes del mundo porque algunos, o muchos, no las poseen. Es imposible ser feliz sin confiar en sí y en el otro, o el día no amanecerá”.

 

Se volteó hacia mí y preguntó: “¿Qué atributos te atraen de tu novia?”. Cité la belleza, la simpatía y el talento. Él hizo un gesto con la mano como si yo me rehusase a ver lo obvio y dijo: “¿Percibes que las exactas características que admiras en ella son aquellas que causan tu dolor? Al desear sólo para ti las virtudes de tu novia e impedir compartirlas con el mundo, el ego sofoca al amor y cubre la luz con las nubes de los celos”. Sin dejar que yo respondiera, enmendó otra pregunta: “¿Por qué estás tan preocupado con el negocio que estás por cerrar?”. Le expliqué que venía preparándome hacía tiempo para ese momento y, si se concretaba, elevaría mi agencia a un nivel de ensueño. El Viejo abrió los brazos y dijo: “¿Entiendes que es justamente la proximidad a la felicidad que ha motivado tu tormento? ¿Estás de acuerdo en que, a principio, no hay nada de errado y que la equivocación puede estar tan sólo en tu visión? Sufres anticipadamente ante una posibilidad que tal vez nunca suceda”.

 

Argumenté que siempre era posible que ella se apasionara por algún admirador o que otra agencia presentara planes y propuestas mejores que las mías. Si eso sucedía la decepción me causaría un enorme dolor. El monje frunció el entrecejo y dijo con seriedad: “Es imposible vivir sin asumir riesgos. La vida, perfecta a través de las propias imperfecciones, acaba por hacer de la decepción una dádiva maravillosa”.

 

Mencioné que sólo podría estar bromeando o que había enloquecido. El Viejo sacudió la cabeza y prosiguió el raciocinio: “La decepción, cuando es bien trabajada, es un poderoso motor para la evolución personal. Entiende que sufres por inseguridad, sucedan o no tus temores; sufres por la comodidad de esperar que el mundo se adecue a tus deseos en vez de transformarte para deleitarte con la belleza que transborda por todos los rincones de la vida. Tu inseguridad se origina de la incapacidad para dominar los sentimientos de tu novia o determinar la elección de tu cliente. Tenemos el condicionamiento ancestral de sentir miedo ante todo aquello que no dominamos. Esto debe ser superado. Rehusarse a aceptar la libertad de los otros aprisiona y hace sufrir. Tenemos dificultad en entender que las únicas elecciones que pueden perjudicarnos son solamente las nuestras y de nadie más. Cada cual es responsable por sí y como consecuencia, por la propia felicidad. Podemos ayudar a todos siempre que sea necesario, pero no vivimos la vida de nadie. Cada uno seguirá a su paso según el esfuerzo por aprender, transformar y compartir. Todo sin culpa ni peso. Mientras sea bueno y agradable andaremos juntos, de lo contrario cada cual en su rumbo al encuentro de las personas con las cuales haya afinidad en ese momento de la existencia. Todo cambia; volveremos a encontrarnos más adelante, en la certeza de la unión promovida por la fuerza del amor, en el perfecto encaje de las partes que componen el todo en el perfeccionamiento de la obra”.

 

Guiñó el ojo y recordó: “Crisis de celos son sombrías y dolorosas. Entre más dominante y miedoso sea el ego, más celosa la persona será. Si prestas atención entenderás que los celos nada tienen que ver con el amor. Ofrece lo mejor de ti y aprovecha sin miedo la felicidad que se presenta. Acepta que el otro puede no estar listo para compartir el momento contigo. Reconoce la hora de partir y respeta el derecho del otro para hacer la misma cosa. Ligereza y libertad son los pilares de la felicidad”. Hizo una pequeña pausa y continuó: “Con relación a los negocios, ellos salen bien o mal. Es importante que sea así. Mientras tu trabajo sea innovador y de calidad habrá trabajo, clientes y progreso. De lo contrario, debes entender los avisos para revisar conceptos y patrones. En vez de corroerte en lamentos y dolor, aprovecha. El caos suele ser un valioso impulso para los grandes cambios. ¡Esto hace a la decepción libertadora!”.

 

“La pureza es una virtud esencial para que las demás virtudes no se pierdan. Por ejemplo, la humildad sin la pureza puede ser una fantasía del ego aún orgulloso; la compasión puede ser motivo de vanidad cuando la usamos para vanagloriarnos de la propia bondad; el coraje pierde la belleza en la vitrina de la ostentación; el amor se envenena por los celos. Sólo para citar algunas posibilidades. Recuerda que la maldad ajena puede ser fruto del preconcepto y presta atención para que ella no cree raíces en tu corazón. La pureza es muy parecida a la virtud de la sencillez que es vivir sin intenciones ocultas, intereses viles o evasivas de cualquier especie. La pureza consiste en no presumir tales máscaras ante los otros”.

 

Comenté que la pureza era una virtud bastante complicada. El monje sacudió la cabeza y me corrigió: “La pureza es tenue, sólo posible cuando el ego esté alineado con el alma, rugiendo al mismo compás del amor y de la paz, en total plenitud. Ser puro es encender las luces del mundo y liberar a los otros de sí mismo y así ser libre”.

 

En seguida explicó que necesitaba retirarse. Un grupo de monjes y aprendices lo aguardaban para el debate que sucedería en aquella tarde. Antes de salir volvió a mencionar el Sermón: “Bienaventurados los puros de corazón, pues verán el rostro de Dios”. Hizo una pausa y finalizó: “Para ver el rostro de Dios es indispensable encontrarlo donde Él te aguarda: dentro de ti. Solamente así percibirás Su presencia en todas las cosas y personas”.

 

Observé al viejo monje alejarse a paso lento, pero firme. Permanecí un tiempo que no pude precisar observando las montañas y dejando que aquellas palabras encontraran en mí el debido lugar. Cuando me di cuenta, como un loco, sonreía solo. Sí, tenía un ncuentro agendado. Era hora de prepararme.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Fabiana 4 de marzo de 2019 on 02:07

    Gracias!

  • Felipe maldonado 17 de octubre de 2017 on 10:07

    Gracias yoskhaz