La sal de la tierra

Me encontré por casualidad con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, fuera de los muros del monasterio, quien regresaba de dar un paseo por el bosque localizado alrededor. Como había llovido en los días anteriores y el sol había reaparecido, aquella mañana era perfecta para recoger las zetas que habían germinado a los pies de los robles. Probablemente en la noche tendríamos su famosa sopa. Yo había salido a fumar un cigarrillo. Como siempre el monje estaba de buen humor, manteniendo un equilibrio entre la alegría y la serenidad. Me saludó con una sonrisa sincera, mostrándome la cesta repleta de champiñones y comentó que la colecta había sido provechosa. No profirió ningún comentario sobre el cigarrillo. Cuando hizo mención de proseguir para atravesar los portones del monasterio, le comenté que volvería a fumar para no suicidarme. El Viejo tan sólo enunció: “Trágico, ¿no?” y siguió. Más adelante, hizo una pequeña parada, se volteó y señaló: “Estaré en el refectorio”. Guiñó un ojo como quien cuenta un secreto y dijo: “Oí decir que un buen café es perfecto después del cigarrillo” y prosiguió. Con los ojos acompañé sus pasos lentos, pero firmes, hasta que desapareció entre los muros.

 

Fumé el cigarrillo hasta que no restó nada. Estaba irritado con la postura del monje, la cual consideré desatenta con relación a mi dolor. Mi cabeza estaba ocupada con un torbellino de ideas desencontradas. Ninguna tenía fuerza para alegrarme. Me encontré con el Viejo en el refectorio. Estaba sentado en la última silla de la enorme mesa colectiva. Solitario, parecía distraído con sus pensamientos ante una taza de café, un pedazo generoso de torta de avena, acompañado de un grueso pedazo del delicioso queso producido en la región. Llegué a la ofensiva. Lo acusé de insensible por menospreciar mi sufrimiento; ni aún la posibilidad de cometer suicidio lo había conmovido. El Viejo me miró con dulzura, hizo señas con la quijada para que me sentara a su lado, se levantó y me trajo una taza llena de café. Volvió a acomodarse y manifestó: “El drama es para los débiles”, hizo una pequeña pausa y continuó: “Los problemas de cada uno son acordes con la perfecta medida de las lecciones que requiere, ni más ni menos. No pierdas tiempo con lamentaciones estériles y escenas inútiles. En vez de eso, aprovecha la oportunidad ofrecida para aprender y transformarte”. Bebió un sorbo de café y prosiguió: “Al menos, no es necesario que te comportes como un niño que fue descubierto haciendo travesuras. Tú conoces todos los males que trae el cigarro y estás en plenas condiciones para hacer tus elecciones. Créelo, no existe recriminación alguna de mi parte. Fumar fuera del monasterio es un derecho tuyo que nada tiene que ver con los demás. Por lo tanto, relájate. No fumo porque no me gusta y quiero aprovechar de manera saludable mi lapso de tiempo en esta existencia; es una de las maneras que tengo de agradecer y respetar al universo por esta oportunidad. Además, otro motivo por el cual no fumo, es para no perder el paladar. Perder el sabor de los alimentos debe ser desagradable; perder el gusto por la vida es la mayor tristeza”.

 

En seguida me recordó que éramos miembros de la Orden Esotérica de los Monjes de la Montaña – OEMM – y que este nombre no era sólo por el hecho del monasterio estar localizado en lo alto de una montaña, sino por ser el Sermón de la Montaña el eje principal de nuestros estudios. Este valioso legado filosófico es tan profundo según la capacidad de cada uno para sumergirse en él. Se volteó hacia mí y citó de memoria uno de los trechos: “‘Tu eres la sal de la tierra. Si la sal pierde su sabor, ¿qué restará? Se perderá el sentido de la vida’”.

 

Sin confesar que, de hecho, me había sentido mal por haberme encontrado fumando, comenté que no estaba entendiendo la conexión entre el trecho del texto y mi actual momento de vida. El Viejo mantuvo la paciencia: “En el plano físico la sal es el principal condimento de los alimentos. Como todo en la vida, el equilibrio se hace necesario. Una comida bien sazonada se vuelve más sabrosa; con exceso de sal queda incomible; sin sal quedará desabrida y desprovista de cualquier interés. Metáfora perfecta, pues así sucede en la esfera espiritual: la sal de la vida es la disposición, el ánimo, la alegría ante el aprendizaje, ante el perfeccionamiento personal, ante el compartir las virtudes que adquirimos poco a poco, ante la belleza del Camino, aunque existan flores y espinas. Ante la percepción del amor y de la sabiduría del universo que se mueve dentro de nosotros, tanto en la construcción de un mundo mejor, como en la formación del maestro que un día seremos”. El uso equilibrado de la sal es necesario tanto en la cocina como en la vida: sin su presencia, perdemos el gusto ante la búsqueda y nos atascamos en el charco del desánimo y de la agonía; en exceso, estaremos obstruidos por las brumas que nos impiden una mejor visión, cayendo en el precipicio del fanatismo”.

 

“Ser la sal de la tierra es compartir la alegría y la esperanza que mantenemos vivas dentro de nosotros; es movernos con la convicción de que traemos en el alma todo el poder del universo, pues ya lo podemos sentir, y ésta fuerza necesita manifestarse a través de nuestras elecciones. Caminar libre y en paz es el ejemplo que ayudará a sazonar el mundo”. Mordisqueó un pedazo de torta y continuó: “Dejar de ser la sal de la tierra es el otro lado, una de las faces sombrías de la existencia. Equivale a extraviarse del Camino, ir sin rumbo, perderse a sí mismo, permanecer preso en el cuarto oscuro de la inercia y de los miedos sin razón”.

 

“Conviene recordar que en la época en que el discurso fue proferido, la sal era el método usado para conservar los alimentos. No es diferente en el plano espiritual, somos los responsables por mantener encendidos los principios dignos de la vida, los valores nobles de la luz, la esencia divina del ser, revelando en las actitudes cotidianas lo sagrado que está oculto en todas las cosas; es encontrar la belleza en toda la gente. Ser la sal de la tierra es conservar tus sueños más bellos pese a todas las dificultades inherentes al Camino”.

 

Intenté impedir el llanto pero no lo logré. El Viejo esperó pacientemente que parara de llorar y bromeó: “Prueba tus lágrimas, tienen sal”. Reí mientras sollozaba. Él prosiguió: “Los suicidas no suelen avisar sobre el acto de desespero y oscuridad que cometerán. No obstante, aquellos que se sienten desamparados y, en últimas, necesitan de atención, acostumbran usar ese artificio infantil”. Confesé que no sabía cómo lidiar con mis problemas. Él me sugirió: “Habla; exterioriza todos tus sentimientos, todo tu dolor, todos los hechos que te oprimen”. Le pregunté si él me ayudaría. La respuesta fue dulce y sincera: “No sé si te podré ayudar. Sólo sé que tú, más que cualquier otra persona, posees el poder para ayudarte a tí mismo. Toda la luz que necesitas está adormecida en tu interior. Es preciso encenderla. Al hablar, oirás tu propia voz, tus razones, el tono de las emociones y la insensatez que te alimenta. Es un excelente ejercicio. Percibirás también que mientras transfieras a otros la responsabilidad de tu felicidad, estarás posponiendo y renunciando al poder que posees sobre tu propia vida. Esto hará con que comiences a entender quién eres y las transformaciones que necesitas operar en ti. Sólo así la vida se modifica en realidad”. Quise saber si existía otro método para que yo no me expusiera tanto. El Viejo asintió con la cabeza: “Sí, la meditación es otra manera eficiente de llegar al mismo resultado. La elección siempre será tuya”.

 

Confesé una cierta vergüenza de exponer mis infortunios y preocupaciones. El monje levantó las cejas y dijo: “La simplicidad es la virtud de aceptarnos como somos, sin subterfugios, personajes o miedo. La simplicidad es el poder de la transparencia, una poderosa herramienta para las transformaciones necesarias del ser”. Hizo una pausa momentánea y dijo: “Si lo deseas, estoy aquí para oír”.

 

Inmediatamente comencé a derramar todas mis agonías y sufrimientos. Le expliqué cómo estaba insatisfecho con mi vida profesional y con mi relación afectiva que, después de años, se me hacía insoportable. Como era de esperar culpé a los socios y a mi novia por mis dolores. Los acusé de terquedad al insistir en actuar erradamente, cada cual a su manera y con sus motivos y deficiencias. Hablé hasta el cansancio. El Viejo volvió a llenar nuestras tazas con café, me ofreció una mirada bondadosa y dijo: “Puedes ver las limitaciones ajenas con mucha precisión, ¿verdad? ¿Y tus propias dificultades? No escuché ni una sola palabra al respecto. La transferencia de responsabilidad sobre la propia felicidad es una sombra traicionera y tentadora. Es mucho más cómodo culpar a los otros o lamentar la falta de suerte para justificar nuestro sufrimiento. Cada vez que caemos en ese ardid, renunciamos a la sal de la vida”.

 

“Los otros son como tienen que ser, con sus dolores y delicias, cada uno en su búsqueda, con el nivel de consciencia y capacidad amorosa que poseen en el momento. Nadie tiene la obligación de modificarse para encajar en nuestros deseos o necesidades. Tú no necesitas a nadie para ser feliz. Entender este concepto es el primer paso para permitirte las alas de la libertad. Sin embargo, no podemos olvidar que las relaciones personales son imprescindibles como lecciones de perfeccionamiento, pues las dificultades opuestas y las decepciones provocadas por el mundo son eficientes herramientas utilizadas en el proceso evolutivo, al movernos y re inventarnos, siempre como una manera diferente y mejor de ser y vivir. Justo las enormes dificultades y limitaciones ajenas nos llevan a entender qué virtudes aún están adormecidas y cuáles necesitan florecer, así como las zetas necesitan de las noches de lluvia para germinar con el sol de la mañana. El otro es indispensable para encender y compartir toda la luz que existe en mí, pues lo que aún no puedo compartir, en realidad, no lo tengo ni lo soy. Así, ¡benditas sean las frustraciones! Percibir esto es construir el jardín de la paz donde antes existía un campo de batalla”. Sonrió y concluyó: “Dentro del propio corazón”.

 

Permanecimos un tiempo largo sin pronunciar palabra. Quebré el silencio para confesar que era una persona debil. Admití que me sentía sin fuerzas para sobrepasar las barreras que se presentaban en mi vida. El Viejo frunció la frente, como hacía cuando aumentaba el tono de seriedad, y profirió: “La sal de la tierra tiene su génesis en el autoconocimiento. Esta es la fuente de la cual todo el poder se alimenta, es la raíz de la magia de la vida”. Dio una pequeña pausa y prosiguió: “Entre más una persona se conoce realmente, más fuerte se vuelve. Lo contrario también es verdadero, atrasando la jornada del individuo en los paisajes de la ilusión, las disculpas y los lamentos. El fracaso puede ser una pala de cal que entierra un sueño o un poderoso adobo que te impulsa; la elección siempre será tuya”.

 

“Aceptar quién eres sin subterfugios y mentiras, pero con la responsabilidad y el ánimo de perfeccionarse, concede el poder de modificar todo a tu alrededor a medida que te transformas a tí mismo. El método más eficiente para escalar los obstáculos de la existencia es con el pulimento de las virtudes en el ser. Las virtudes son los elementos de la luz que disiparán la oscuridad; ellas muestran que los muros más altos pueden tornarse de la altura de un rayón de tiza en el suelo”.

 

Arqueó los labios con una leve sonrisa y enumeró algunas posibilidades: “Humildad y simplicidad para admitir la perfección que aún no poseemos y, por tanto, no podemos exigir de los otros; compasión ante las dificultades y límites ajenos; misericordia para abrazar el mundo y extinguir las indiferencias; pureza y justicia para estancar la maldad en sí mismo; delicadeza, bondad y paciencia en cualquier instante; coraje, esperanza y fe para seguir adelante; amor para iluminar todos los rincones oscuros con los que te puedas encontrar”. Permaneció con la mirada distante por algún tiempo y complementó: “Las posibilidades de aplicar las virtudes como instrumentos de superación y evolución son infinitas”. Me miró a los ojos y sugirió: “Inventa las tuyas y sé feliz, Yoskhaz. ¡No desperdicies la sal de la tierra!”.

 

En seguida, el Viejo pidió permiso diciendo que estaba en la hora de su meditación y se retiró, no sin antes beber todo el café de su taza, levantando los hombros me aconsejó sin mayores pretensiones: “Bebe siempre hasta el final”. En el momento no entendí este último comentario. Permanecí sentado en el refectorio por tiempo indeterminado. Sólo entonces percibí algo que nunca había notado: que todas las tazas del monasterio tenían un corazón esculpido en el fondo, visible únicamente cuando estaban vacías. Sonreí conmigo mismo. En seguida reí a carcajadas, comencé a bailar alrededor de la mesa y bendije al Viejo por su saludable locura. Entendí que si iba hasta el fondo de mí mismo, liberándome de los condicionamientos, ideas y sentimientos turbios, vería lo que nunca había percibido: mi propio corazón. Allí está el poder de la vida; de allí brota la sal de la tierra”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

Discusiones — 2 Respuestas

  • Felipe maldonado 10 de diciembre de 2017 on 15:23

    Muchas gracias yoskhaz

  • Gabriel 9 de noviembre de 2017 on 21:28

    Muchísimas gracias. Estas lecturas me enriquecen el alma. Un abrazo de luz a todos 🙂