Un viaje entre el Tao y la Fe

Li Tzu, el maestro taoísta, me pidió que llegara temprano a su casa. Cuando salí de la posada el cielo parecía un manto salpicado de estrellas. Anduve por las calles de la villa china encantado con la belleza que ofrecía la Vía Láctea, perdido en ilaciones sobre los infinitos mundos existentes en el universo. Encontré a Li Tzu finalizando su meditación diaria. Él extendió dos tapetes para que lo acompañara en sus ejercicios de yoga. Media noche, el gato negro que también vivía en la casa, nos observaba de manera perezosa. Era de esperar que yo no pudiera imitar las complejas posturas que ejecutaba el sereno anciano chino. Al finalizar, nos dirigimos a la cocina y me senté a la mesa, mientras él servía un sabroso té. Le pregunté, por colocar un tema, si él tenía el hábito de mirar al cielo y pensar en todo el misterio que envuelve a las estrellas. Me miró con curiosidad, como si yo le preguntase lo obvio, y dijo: “Entender el todo ayuda a saber quién soy; conocerme permite que sienta el poder del todo en mí”.

 

Le dije que ya había oído eso varias veces, de las más diversas maneras, variando el ropaje retórico de la tradición filosófica o religiosa, dependiendo de quién profería la frase. Li Tzu explicó: “Una noción básica sobre la creación del universo es un primer paso para la comprensión de la fe”. Argumenté que él estaba mezclando ciencia con religión, dos disciplinas distintas, lo que me causaba curiosidad, ya que conocía su formación académica y agregué que sabía sobre las investigaciones por las cuales había sido laureado en la universidad inglesa en la que había estudiado de joven, donde conoció al Viejo, el monje más antiguo de la Orden. Aunque Li Tzu había cursado botánica y el Viejo economía, construyeron una amistad que los unió para toda la vida.

 

El maestro taoísta me ofreció una mirada tranquila y dijo: “Quien opone religión y ciencia en eterna batalla no entiende ni la una, ni la otra. Desde que encares la religión, no como un conjunto de dogmas y reglas castradoras, sino como una filosofía metafísica y liberadora que percibe un mundo invisible y sofisticado, más allá de los cinco sentidos básicos, al permear e interactuar con el mundo visible y primario, permitiendo la expansión del ser hasta lo inimaginable. Así como la ciencia, que no debe ser vista sólo por la faceta de los avances tecnológicos y de la comodidad que proporciona a la sociedad, sino también como herramienta para la evolución espiritual de la humanidad”.

 

“Ciencia y religión son aliadas y se complementan; tan sólo es preciso paciencia y respeto, pues andan a ritmos distintos de comprensión y método. La religión trae a la vida las posibilidades filosóficas que, en aquel momento histórico, la ciencia aún no puede entender o explicar. La religión debe ser entendida como una corriente filosófica preocupada por el progreso moral y sentimental del individuo, que admite la presencia del misterio. La ciencia, a su vez, busca entender lo desconocido y su posterior utilización para el bienestar de toda la humanidad. El misterio es aquello que todavía no podemos probar científicamente, como en otra época aconteció con el uso del fuego, las enfermedades virales y la Ley de la Gravedad, sólo para mencionar algunos ejemplos básicos; lo que no elimina, por principio real, la existencia del misterio. Mitad del conocimiento humano de hoy no existía hace un siglo. Es curioso pensar que a finales del Siglo XIX, la Real Academia de Ciencia, en Londres, donde se reunían los más renombrados científicos de la época, declaró que el conocimiento había llegado a su frontera final. Entonces vino el siglo siguiente trayendo al mundo la televisión, los celulares, la internet, la tomografía, los satélites, entre otras maravillas, distantes de la imaginación de aquellos sabios. Sólo sesenta años separan el vuelo del 14-Bis, en París, de la llegada del hombre a la luna. El sueño imposible de volar, entonces permitido sólo para los poetas y los locos, se volvió banal de un momento a otro. El orgullo y la vanidad sobre el conocimiento son poderosas sombras que impiden el avance del propio conocimiento”. Bebió un sorbo de té y comentó: “Sigmund Freud acusó a Carl Jung de místico, cuando el profesor suizo sostuvo ante el creador del sicoanálisis, la posible existencia del alma”. Lo interrumpí para decir que tal comprobación científica no existe. Li Tzu levantó los hombros y dijo: “Cuando le preguntaron a Jung si él creía en Dios, respondió: ‘yo siento’. La percepción, aunque todavía no esté traducida en fórmulas matemáticas, es la fuente primera de la cual el conocimiento comienza a beber. Ese fue el génesis del trabajo de Albert Einstein para probar la relatividad del espacio y del tiempo. En la época fue ridiculizado por muchos científicos y, aún hoy en día, su tesis es entendida por pocos, aunque aceptada por los alquimistas desde tiempos inmemoriales”.

 

Comenté que estábamos dejando huir el meollo de la cuestión: cómo la creación del universo puede explicar la existencia de la fe. Traté de agregar que no creía en la teoría creacionista, en la cual Dios había creado todas las cosas. Afirmé que no había dudas con relación a la teoría evolucionista, de la cual el Big Bang es el paso inicial del universo. El maestro taoísta volvió a levantar los hombros y reveló: “En verdad, no tiene la menor diferencia si creemos en una u otra tesis. Cualquiera nos llevará a la misma conclusión”. Mencioné que la explicación era ambigua, confusa y, probablemente, equivocada. Le pedí que se explicara mejor y que usara la teoría científica, dada su formación universitaria. Li Tzu se mantuvo imperturbable en su paz, exponiendo el raciocinio de manera clara y pausada: “El Big Bang, o Teoría del Átomo Primordial, sostiene que el universo, de la forma como lo conocemos hoy, se originó de una gran explosión. En resumen, una pequeña masa del tamaño de una bola de billar, de boliche o de la luna, no importa para nada, al explotar se multiplicó en planetas, estrellas, meteoros, polvo, carbono, nitrógeno y otros cuerpos cósmicos. Fue también y, en consecuencia, la raíz de todos los seres vivos”.

 

Me miró para evaluar cómo yo reaccionaría y dijo: “Por lo tanto, tú y el sol, por ejemplo, son de la misma familia pues tienen la misma ‘madre’. Son pedazos separados o nacidos de la explosión de aquella bola de boliche inicial”. Hizo una pausa dramática y comentó con perspicacia: “A través de una tendencia puramente científica”.

 

Un poco desconcertado, confesé que nunca había pensado bajo esa óptica. Él sonrió y dijo: “Cuando Buda y Francisco de Asís llamaban a los pajaritos y a las flores de hermanos y hermanas no devaneaban, eran hombres adelantados a sus tiempos; así como los pueblos celtas e indígenas que desconociendo la ciencia y la tecnología, sólo para atenernos a pocos ejemplos, poseían enorme sabiduría mediante la comprensión y la importancia de integrarse con la naturaleza pues sabían que el sol, la luna, los árboles, los animales, los ríos, la tierra y todas las cosas hacen parte de una misma familia, siendo indispensable la interacción armónica de la parte con el todo en el avance del proceso evolutivo. Por lo tanto, todo lo visible como la rosa y el espino, o lo invisible como el amor y la tristeza, son sagrados; así como tú en viaje de constante transformación. Los hindúes enseñan los mismos conceptos hace milenios”.

 

Cuestioné cómo todo eso ayudaría a la explicación de la fe. Él quiso saber lo que yo entendía por fe. Aunque para mí fuese un concepto bastante abstracto, comprendía la fe como la certeza de un “poder mayor” que nos sostiene; la esperanza de que todo lo que sucede en la vida, de una forma u otra, acabará bien. Li Tzu sacudió levemente la cabeza discordando: “Fe no es la misma cosa que esperanza; son dos valiosas virtudes, pero distintas”.

 

“La esperanza es la certeza de que el universo siempre nos socorrerá; nunca en la medida de nuestros deseos y sí de nuestras necesidades evolutivas. La ciencia ya probó que el universo está en constante expansión y como somos parte de él, nadie será abandonado o no existiría evolución. El pilar frágil compromete toda la construcción de los operarios que necesitan proseguir con la obra. Cuando nos movemos en sentido contrario hacia la luz, el universo nos interrumpe de forma suave o rigurosa, dependiendo del grado de terquedad que poseamos. Como buen educador, nos enseñará según la exacta medida del nivel de consciencia y capacidad amorosa que tengamos. Cuando apuntamos la proa en dirección a la luz, el universo vuelve a impulsar la nave con los mejores vientos. El problema es que no siempre hacemos la lectura correcta del mapa y de la brújula y así, con frecuencia, nos perdemos en las tempestades. Sin embargo, no todos los naufragios son del todo malos, pues suelen revestirse de preciosas lecciones para los marineros dispuestos a aprender el arte de navegar y seguir el viaje. La esperanza es la virtud que nos permite entender que, aun cuando las cosas no salen bien, suceden así para que más adelante puedan estar mejor, de modo consistente y verdadero. Por lo tanto, la esperanza nunca es en vano y será siempre una gran aliada para que no perdamos la alegría en el Camino ni el amor por la vida”.

 

“La fe se relaciona con el origen del universo. Nos recuerda que somos pedazos de la misma esfera en la explosión del Big Bang. Pues bien, si soy parte del todo, el poder del todo está en mí. Bajo el punto de vista científico, mi ADN es el mismo que el de la luz de las estrellas, el de la pureza de la nieve, el del fuego del sol. La fe se traduce en sentir esa fuerza dentro de sí y hacerla latir para apalancar todas las transformaciones y el bien infinito. Entender y mover ese poder es la percepción viva de que somos la morada de Dios”.

 

Lo interrumpí para recordarle que estábamos hablando de genética y de átomos, no de Dios. Li Tzu arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Independiente de la manera  cómo concibas la fuerza divina, sea como un viejito bueno, omnipresente y omnisciente, sea como una poderosa energía cósmica, organizadora y mantenedora de las leyes universales de amor y justicia; o aún en la creencia de la capacidad individual y colectiva de la humanidad, mediante la inteligencia y la solidaridad para superar las propias dificultades y avanzar hacia el progreso tecnológico y el bienestar del mundo sin cualquier ‘ayuda superior’, en realidad no hace diferencia. Lo importante es sentir la chispa de ese poder universal en sí, manifestada a través de los sentimientos más puros, instrumentalizada por las nobles virtudes y usada para la transformación personal que, por consecuencia, alterará todo alrededor Así nos expandiremos en plena consonancia con las galaxias”.

 

“Tienes el derecho de pensar que esta retórica es una gran bobada y seguir una vida de conquistas efímeras a medida que engorda tu cuenta bancaria, te llenas de ansiolíticos y aumentas el muro de tu casa. Pensar que la vida más allá de la vida es una creencia típica de aquellos desprovistos de buena cultura, es insistir en administrar el vacío y la falta de sentido de la vida que la certeza de la muerte inevitablemente trae; es vanagloriarse con la propia amargura y el sarcasmo sobre la belleza de la vida, comunes en aquellos espíritus que por vanidad y orgullo sobre la propia inteligencia, en la ilusión de la superioridad se dejan envolver por las sombras que lo vulneran y le hurtan la verdadera alegría de la jornada”.

 

“No obstante, puedes permitirte el uso de la fe para cambiar al mundo, a medida que consolidas las virtudes en ti mismo para tu evolución íntima al conquistar la felicidad, la dignidad, la paz y la libertad que juntas forman la plenitud del ser. La fe es la virtud que concede poderes inimaginables al despertar toda la fuerza del universo que existe dentro de cada uno”. Hizo una pausa y concluyó: “Este es el motivo por el cual los cristianos enseñan que la fe mueve montañas”. Me miró a los ojos y confesó: “Mover la fe es tener el poder de la vida disponible en la palma de la mano”.

 

Cada vez más desconcertado le pregunté si él, de hecho, creía que toda esa fuerza era posible. Li Tzu sonrió levemente como si manifestara lo obvio y dijo: “La Teoría del Big Bang explica que todo comenzó con la explosión de una pequeña masa, ya que su núcleo se calentó al extremo. ¿Y por qué se calentó? La Física Cuántica ya demostró que todo aquello que anteriormente entendíamos como masa, en realidad, es energía condensada. Cuando está en movimiento, la energía acelera a los protones, electrones y a las demás partículas que la componen hasta el punto de mutar, entonces ocurre la explosión y, en consecuencia, su transformación en algo diferente, alterando la vida alrededor”.

 

“El núcleo del individuo, como decía Jung, es el alma. Al mover ideas y sentimientos, nuestras partículas divinas, hacemos que el ser llegue al mismo punto de mutación. Entonces este se transmuta en otro, cambiando todo a su alrededor. Lo que sucede con las galaxias, sucede contigo”.

 

“Así la ciencia explica la creación y la expansión sin fin del universo; de igual manera el Tao, a través del Yin y el Yang, nos enseña la comprensión de la vida y la evolución del individuo. A groso modo, el Yang es el lado visible y en movimiento del ser y del mundo, representado simbólicamente por una línea continua; el Yin es la cara oculta y quieta, representado por dos líneas partidas.

 

“El Yang se mueve ante la necesidad de expansión, de crecimiento, yendo al límite, hasta romperse. Es el punto de mutación. La línea única, al partirse, forma dos líneas puntilladas, el Yin, ahora en contracción, ante la necesidad de introspección por el entendimiento de lo nuevo, se aproxima una de otra, hasta volverse una única línea, en cierre de ciclo, con los debidos avances consolidados; entonces vuelve al Yang para iniciar el proceso de expansión y, posteriormente, el de contracción, ahora en diferente nivel evolutivo. Así sucede tanto con el individuo como con el cosmos. Luz y sombras, hielo y fuego, destrucción y creación, acción y reflexión, actitud y quietud, alegría y calma; polaridades que animan e impulsan la vida. Vale recordar que acción y actitud representan el movimiento externo, el cual debe ser firme y sereno, nunca agresivo; reflexión y quietud significan movimiento interno, que jamás debe ser confundido con el estancamiento. Como el fin de un ciclo será siempre el inicio de otro, los movimientos deben proseguir en expansión y contracción, en infinitas transmutaciones; lo mismo sucede con las estrellas y con las personas. Esas polaridades representan la fuerza interior que equilibra, mueve y transforma. Es el Tao, en esencia, tal y cual es la fe”.

 

Permanecimos un largo tiempo sin pronunciar palabra. Era el movimiento para adecuar aquellas nuevas ideas en mí. Cuando quebré el silencio argumenté que, siendo verdadera la tesis del maestro taoísta, la fe es poderosa al extremo. Li Tzu me miró con bondad y dijo: “La ciencia permite posibilidades maravillosas; ella nos muestra cómo funciona el universo. La fe alza vuelo hacia lo inimaginable; coloca el poder del universo en tus manos”. Levantó los hombros y finalizó: “Usar esa fuerza es una cuestión de sabiduría y de amor. Es una simple elección”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares

Discusiones — Una respuesta

  • Felipe maldonado 17 de diciembre de 2017 on 09:50

    Gracias yoskhaz