Después del final del túnel

Junto a Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, buscábamos un restaurante que todavía sirviera almuerzo en el medio de la tarde. Había llovido fuerte durante todo el día, así que aprovechamos la escampada para surcar las calles estrechas e informes de la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Las pesadas nubes dejaban el cielo oscuro, por lo cual las lámparas se habían encendido más temprano que de costumbre. Conversábamos de manera alegre y trivial, como dos amigos que se sienten felices por el simple hecho de estar juntos, mientras esquivábamos los charcos formados en la calzada construida con piedras seculares. Al entrar en el restaurante nos deparamos con Carlo, un amigo en común. Nos asustamos al verlo. No se parecía a aquel hombre seguro, elegante y bien arreglado al cual estábamos acostumbrados a ver. Nos habíamos encontrado hacía menos de un mes y aparentaba estar muy bien. Aquel día era lo contrario a la persona que conocíamos. Carlo estaba abatido, encorvado, sin brillo; parecía un espectro de sí mismo.

 

Nos recibió con la alegría que su corazón le permitía en aquel momento. Nos invitó a sentarnos en la mesa con él y lo acompañamos con una copa de vino tinto. Le pregunté si almorzaría con nosotros y la respuesta fue negativa. Hacía días que estaba sin apetito. Agregó que su vida, de un momento a otro, estaba al revés. Carlo tenía un buen empleo; trabajaba en la sede de una multinacional situada en una metrópoli no muy distante, a tan sólo una hora en tren. La semana anterior, al llegar a la empresa, había sido llamado por uno de los directores para informarle que habría una reestructuración en la organización y que algunos cargos serían abolidos, entre ellos el suyo. No le fue permitido volver a su escritorio. Sus pertenencias, que ya estaban colocadas en una caja, le fueron entregadas en aquel instante; la liquidación sería depositada en su cuenta bancaria al día siguiente. Pasados algunos días su esposa, con quien había estado casado durante casi diez años, le comunicó el fin del matrimonio. Ella estaba apasionada por otra persona y con la maleta lista, partió enseguida.

 

Añadió que se sentía en el fondo del pozo. Su vida estaba oscura y, lo peor, no había cualquier señal de que una luz pudiera encenderse. Inmediatamente intenté animarlo con un conocido discurso de superación, del tipo “es hora de tomar impulso desde el fondo y resurgir”. Él confesó no tener fuerzas para superar aquel momento y reconstruir su vida. Fue cuando Lorenzo nos sorprendió al afirmar: “Por ahora lo mejor es continuar en el fondo del pozo. No es hora de volver”.

 

Miré al zapatero con censura, como quien pide un poco de misericordia. Carlo se espantó y llegó a pensar que se trataba de una broma, claramente inoportuna. Lorenzo comenzó a construir su raciocinio: “El mundo solamente se desmorona cuando el alma está desequilibrada. Si Carlo toma impulso desde el fondo para volver ahora, retornará al mismo nivel en el que se encuentra, o peor, alimentado por tristezas y deseos de venganza le transferirá a terceros la razón de su caída”.

 

Lo interrumpí para argumentar que la inercia en ese momento, podría estimular los mismos sentimientos sombríos o disparar un proceso de tristeza y depresión. El zapatero sacudió la cabeza y explicó: “El fondo del pozo puede ser visto con sordidez por muchos, pero con la debida atención y calma, puede ser abrazado como un lugar de silencio y quietud, propicio para la reflexión y la meditación. La oportunidad perfecta para entender cuáles fueron las elecciones equivocadas qué nos llevaron hasta allá”.

 

Volví a interrumpirlo para decir que era absurdo creer que alguien fuese al fondo del pozo por libre y espontánea voluntad. Carlo me miró como si yo hablara en su lugar. El zapatero no perdió la calma y fue pedagógico: “Ese es el peligro que Carlo corre si regresa ahora a la superficie. Probablemente volverá de la misma manera, con la ilusión de que fue empujado por los otros. Las tempestades sólo existen para corregir las rutas de los marineros que aún no saben navegar”.

 

“Antes de la tempestad el mar se alborota, el viento anuncia el cambio del tiempo y el cielo, a lo lejos, se carga con nubes pesadas. Cabe a cada uno, capitán de su propio navío, mantener el curso o mudar de dirección. Así, los naufragios se topan con aquellos que insisten en no leer las señales. Sin embargo, nada está del todo perdido pues los naufragios acaban formando los mejores navegadores; la vida es una escuela formadora de grandes maestros”. Hizo una pausa y concluyó: “Desde que se esté dispuesto a aprender con ella”.

 

“El fondo del pozo es siempre una elección de quien cayó”.

 

“La aceptación de esa realidad es el primer paso para remover eventuales resentimientos y la victimización que tanto retarda la evolución. Mientras el individuo crea que el responsable por su sufrimiento es otra persona, no iniciará el proceso de transformación, cura y liberación de la prisión en que se colocó”.

 

“Todos tienen las mismas condiciones para alcanzar la plenitud, traducida en lograr la felicidad, la paz, la libertad y la dignidad personal. Entender la caída es descifrar cuáles fueron los movimientos errados y de ahí en adelante, pasar a hacer diferente y mejor. Es permitir el florecimiento de virtudes todavía en semilla en lo más interno del ser”. Miró a Carlo con sincera compasión y dijo: “Puedes interpretar el fondo del pozo como maldad ajena, conspiración infame del universo y ansiar resurgir con aura de súper héroe. Es más, este es el deseo más común e infantil, siempre movido por el orgullo y la vanidad en sueños de venganzas viles y de poder efímero e inconsistente”.

 

Esperó que el mesero abriera la botella para llenar las copas. Bebió un sorbo y prosiguió: “No obstante, puede que en el fondo del pozo comiences a construir un túnel. No como escape, sino como un medio para buscar una nueva realidad, con posibilidades nunca antes imaginadas. Resurgir en el mismo lugar, reconstruir la vida sobre los mismos pilares, el mismo patrón antiguo de ser y vivir, es perpetuar el estancamiento a través de otro ropaje. Es preciso conocer las posibilidades que están más allá del final del túnel para que haya transformación efectiva y verdadera. De lo contrario, viviremos la maldición de Sísifo, el mito griego, quien empujaba una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada y antes de alcanzar la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio, una y otra vez.  El fin del pozo tiene que ser el inicio del túnel que permite alcanzar la luz desconocida, de una forma diferente a la anterior, con verdadero avance interior”.

 

“Es hora de la humildad y de la determinación, dos preciosas virtudes. El fondo del pozo, dados el silencio y la quietud, es el lugar ideal para permanecer frente a frente consigo mismo, en perfecto espejo, sin la distorsión de las máscaras que creamos para la aceptación social, lejos de los personajes que inventamos para sustentar las sombras del orgullo y la vanidad, sin la fuga ante la responsabilidad por la propia felicidad, sin las distracciones llanas que tienen tan sólo la intención de posponer ese importante encuentro agendado: saber quiénes somos de verdad, gatillo de grandes transformaciones”.

 

“El individuo que sabe realmente quien es trae para sí todo el poder de la vida, se hace capaz de superar las más duras dificultades; en contrapartida, aquel que se desconoce será siempre una persona frágil, necesitada de artificios aparentes de ilusión, vulnerable ante las menores decepciones. El autoconocimiento permite entender nuestra capacidad y las virtudes que ya poseemos para hacer buen uso de ellas. Reconoce, también, las imperfecciones aún existentes y las virtudes que todavía deben germinar, instrumentos imprescindibles para la evolución. Humildad y determinación son los vientos que impulsan la travesía en la búsqueda del tesoro escondido que espera ser revelado en beneficio de sí mismo y del mundo. Si supiéramos hacer la lectura correcta del mapa de la vida, percibiríamos que el fondo del pozo es el permiso amoroso para el inicio de un viaje a un maravilloso mundo desconocido, tan distante y tan próximo: El propio corazón, la esencia del ser y la semilla sagrada del universo”.

 

Reclamé, entre irritado e incrédulo, por la dureza de Lorenzo para con nuestro amigo. Carlo concordó conmigo y dijo que no merecía aquel tratamiento por parte del zapatero, se levantó y salió. El artesano mantuvo el semblante sereno y ante mi mirada inquisidora se encogió de hombros y dijo: “Sé que fui duro con él, pero hice lo que considero mejor. Sin transformación no hay avance. La verdad puede ser un látigo que hiere y por tanto duele; o el bálsamo que cura, entonces liberta. Depende del sentimiento de quien lo profiere; me moví por amor”.

 

Pasaron varios meses sin tener noticia alguna de Carlo. Cierto día, estábamos almorzando en el mismo restaurante cuando fuimos sorprendidos con su llegada. Estaba muy diferente al hombre que era en los dos momentos anteriores de su vida. Ni era el elegante ejecutivo de la multinacional ni el hombre abatido en el fondo del pozo. Tenía un estilo informal y estaba más guapo que de costumbre. Llevaba una barba bien cuidada, jeans acompañados de una bella camisa, un par de tenis y, lo más importante, una sonrisa indescriptible en el rostro. Abrió los brazos cuando nos vio y se sentó a la mesa con nosotros. Comenté sobre la gran coincidencia de encontrarnos en el mismo restaurante, a lo que él dijo que no había ninguna coincidencia en eso. El dueño era un viejo conocido que, a pedido suyo, le avisó que estábamos allá. Era importante que fuese en el mismo lugar, pues aquel encuentro había sido fundamental para su vida.

 

Necesitaba agradecerle al zapatero por sus palabras firmes. Con lágrimas en los ojos, confesó que en aquella época recibió de otras personas, todas bien intencionadas, palabras demasiado azucaradas, pero estériles. Reconocía que el discurso de víctima estaba estimulando el quebranto, la tristeza y, en consecuencia, el estancamiento. La firmeza en la retórica del artesano lo despertó del sueño sombrío ante la comodidad y el desvío de responsabilidades. Si la vida era suya, cabía a él escribir la propia historia, dentro de las posibilidades de superación alcanzadas con el debido esfuerzo. Sin culpa, pues actuó con el nivel de consciencia que poseía en la época, mas con el compromiso personal de hacer diferente y mejor de allí en adelante. Solamente así había sido posible asumir el protagonismo de la propia vida. Entrar a la vida adulta no era tan sólo conseguir un empleo y casarse, sino alcanzar la madurez.  Comentó que al inicio había sido muy difícil, pero que después percibió que el abandono que sentía, en verdad, era la fantástica oportunidad de asumir el control de la propia vida, siempre postergada por el hecho de culpar a los otros por sus infortunios y decepciones. Aceptó que era hora de ser sincero consigo o no saldría de la infancia de la existencia. Agregó que la victimización era cómoda, pero que acobardaba al individuo y le impedía crecer. La madurez se traduce en aceptar la responsabilidad ante las elecciones, aprender con ellas y seguir adelante, a cada día, con una forma diferente y mejor de ser.

 

En seguida confesó que, por el hecho de trabajar hacía muchos años en aquella multinacional, había creado un mecanismo que distribuía a los otros funcionarios muchas de sus funciones, hasta que por ese motivo se volvió dispensable. En verdad, inconscientemente, él era quien había provocado su despido al mostrar que el cargo que ocupaba era innecesario.  Probablemente habría sucedido lo contrario si hubiese ido más allá al hacerse esencial. Dijo que también se había acomodado en relación a su matrimonio. En algún momento había desistido de mantener encendida la llama del afecto que lo unía a la esposa, siendo natural que ella acabara desinteresándose en la relación y surgiese un vacío a ser ocupado. Para ser sincero, en ambos casos, eran ciclos que él ya podría haber cerrado de manera más honesta, ya fuera consigo o con los otros. En el fondo, el dolor que sintió era fruto del orgullo por ser dispensado, bien por la esposa o bien por la empresa. En el momento que se mostró dispuesto a trabajar esto en sí mismo, entendió que aquello que creía ser el fondo del pozo, era el principio del túnel que le permitió una búsqueda, hasta entonces impensada. En vez de resurgir, como era el deseo inicial, descubrió un nuevo lugar, donde había mucha más luz. Relató que en ese proceso a medida que se conocía, se transformaba y todo a su alrededor también cambiaba. Los intereses, los deseos y las elecciones fueron diferentes. Lo que antes era primordial, pasó a no tener sentido. Reveló que como siempre le habían encantado las motocicletas, había abierto un pequeño taller en el garaje de su casa. Allí conoció a una joven, también amante de los motores, con quien comenzó a salir. El amor y el negocio estaban comenzando, el dinero todavía era corto y limitado, pero los paseos que hacía en motocicleta con la novia los fines de semana eran largos y encantadores. Confesó que nunca se había sentido tan libre y leve. Vivía cada vez más en sintonía con su esencia y esto lo hacía feliz. Al contrario de antes, ahora, todos los días, se levantaba bastante animado con la vida. Si las cosas salían mal, había aprendido sobre las posibilidades ilimitadas de sobrevivir, había entendido la fuerza inconmensurable que traía dentro de sí y ya sabía que podría recomenzar tantas veces como fuesen necesarias. El fondo del pozo había sido una bendición.

 

Carlo llamó al mesero. Pidió el menú pues almorzaría con nosotros. Estaba con hambre. Hambre de vivir, agregó. Reímos. Aprovechó para agradecerle al artesano por la conversación del otro día. Dijo que tenía la sensación de que los argumentos usados por el zapatero, de alguna manera, ya rondaban por su vecindario. Faltaba abrir las cortinas para que él pudiese verlos con claridad y convidarlos a entrar. Lorenzo estuvo de acuerdo: “Sí, es como si ellos estuvieran adormecidos y nuestra charla sólo los despertó, pues de lo contrario aún serían refutados por el tiempo necesario para madurar en el inconsciente hasta ser llevados al consciente. Así expandimos nuestro nivel de percepción y cambiamos la propia vida”.

 

Carlo agregó que aquello que parecía un triste final, ahora se mostraba como el inicio de una bonita jornada. Lorenzo sonrió y finalizó: “Aunque no es una regla, a veces en el fondo del pozo, dependiendo del comportamiento de quien cayó, se abre un túnel que permite ir más allá. Ir más allá de sí mismo. Es cuando se abre el primer portal del Camino. El indigente se transforma en andariego. Entonces, todo se transforma. Para siempre”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 4 Respuestas

  • Felipe maldonado 21 de diciembre de 2017 on 10:46

    Excelente muchas gracias!!

  • Rubén González 4 de diciembre de 2017 on 18:20

    Excelente

  • FRANCISCO LÓPEZ MONROY 1 de diciembre de 2017 on 23:27

    ELEGANTE PROSA, BELLO MENSAJE.

  • Simón 24 de noviembre de 2017 on 14:07

    Muchas gracias !!!