El mejor mago del mundo

Eran días letárgicos. Yo andaba desanimado en aquel período de estudios en el monasterio. No podía concentrarme en las lecturas ni en las meditaciones. Las conferencias y debates me parecían demasiado aburridos. Las actividades físicas, como el yoga o las caminadas por las montañas tampoco me generaban interés. A los que me preguntaban sobre la razón de mi “mirada sin vida”, les respondía que ya no alimentaba alguna ilusión con relación a la humanidad. Argumentaba que las nubes de la vanidad, de la envidia, de la ganancia, de la mentira y del miedo habían tomado el mundo para siempre bajo sus sombras. Cuando me deparé con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, acomodado en una poltrona en la terraza del monasterio, entretenido con un libro, lo invité al refectorio para buscar una taza de café, a lo que él accedió con una linda sonrisa. Cuando coloqué la taza en la mesa a su lado, el monje me convidó a sentarme. Sin que me preguntase nada, tan pronto me acomodé, lancé un vendaval de lamentos sobre la inutilidad de la vida. Confesé que no veía sentido en vivir y, tal vez, aquellos que vivían en busca constante del placer estaban correctos. El Viejo se encogió de hombros y dijo: “Depende de aquello que entiendas como placer”.

Cerró el libro y prosiguió: “Es preciso darle un sentido al viaje; de lo contrario ningún paisaje será capaz de maravillar tus ojos. Nada ni nadie tendrá belleza. Como reacción natural, tú no tendrás nada bueno para ofrecer dado el vacío que te habitará; entonces todo parecerá aburrido, triste y abandonado, inclusive tú mismo. Es necesario que siempre existan flores y frutos para compartir en nuestro cesto sagrado: el corazón”.

Le respondí con la habitual retórica de que conocía muchas personas que, a pesar de robar y corromper, usufructuaban lo mejor de la vida, mientras otras que seguían una vida de acuerdo con los proclamados valores morales, atravesaban innúmeras dificultades. Le dije, con enorme convicción, que no creía que la vida fuese justa, pues no siempre quien practica el bien es agraciado con lo dulce de la existencia. Agregué que esto era un hecho irrefutable. El Viejo me ofreció una mirada que nunca olvidaré. Era una mirada de compasión y de bondad. En seguida citó un pequeño trecho del Sermón de la Montaña, que durante siglos ha sido interpretado de manera errónea por aquellos que se mantienen al margen, agarrados a las boyas toscas de la literalidad: “‘Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo lejos de ti”. Asustado, cuestioné que tipo de sugestión absurda era ésta de automutilación. El monje se rio de manera agradable, meneó la cabeza como diciendo “no es nada de eso” y me explicó con paciencia: “Es preciso enseñar a los ojos a ver para no perder lo esencial de la vida, el lado valioso de todas las cosas, siempre en la profundidad del ser, distante de las apariencias de la existencia. La elección entre el brillo o la luz define el placer, el sentido y la dimensión de la vida”.

Le pedí que se explicara mejor. El Viejo fue didáctico: “En la superficie está el brillo revelando a los ojos miopes del ego que no pueden ver más allá de las sensaciones primarias e inmediatas; el brillo es la fantasía predilecta de las sombras. De otro lado, en la profundidad está el encanto de la existencia para quien busca la luz a través de la visión refinada del alma en el encuentro consigo mismo, con los sentimientos e ideas nobles, en el descubrimiento de las virtudes valiosas, pues solamente así podrá abrazar deliciosamente la vida. La elección de los ojos que usaremos define el mundo que veremos, la ruta que seguiremos y el sabor de las experiencias que cada uno quiere y tendrá para sí”. Hizo una pausa y concluyó: “Todo el resto es consecuencia. ¿Decepción o encanto por la vida? Depende tan sólo de los ojos que cada uno posee”.

“A groso modo, todas las personas de manera consciente o no, buscan los cinco estados de plenitud del ser: felicidad, paz, libertad, amor y dignidad. Dónde encontrarlos define el trayecto del viaje por el sendero de las sombras o por el camino de la luz. Aquellos que insisten en crímenes, roban o engañan, en el fondo, creen que los productos de esos actos les brindará una vida mejor. Ledo engaño pues los efectos siempre estarán ligados a las causas, inexorablemente. A pesar de, muchas veces, vivir en mansiones o navegar en imponentes yates, terminarán azotados por las intemperies de las sombras como la rabia, la depresión, el miedo, la falta de amor sincero, entre otras oscuridades silenciosas de la existencia. Otros, todavía en las veredas del brillo, aunque en un estado no tan sombrío, imaginan encontrar la plenitud en la victoria sobre los demás, en la ostentación del lujo, en la fama vacía y en los aplausos fáciles. Sus elecciones privilegian aquello que los ojos sólo pueden ver en la superficie, en la apariencia, distante de la miel de la esencia, abandonado lo más íntimo del ser. Se ilusionan con buscar fuera aquello que solamente encontrarán dentro de sí. La sombra más poderosa, reina de todas las demás, es la ignorancia”.

“Cuando no sabemos quiénes somos, vagamos perdidos y renunciamos a nuestro poder y magia”.

Lo interrumpí para preguntarle si se refería a los espectáculos de magia. Agregué que desde la infancia me encantaban los shows de ilusionismo. El Viejo explicó que no era exactamente eso a lo que se refería, pero que lo usaría como metáfora para subrayar las diferencias: “No podemos confundir trucos con magia. Los trucos son brillo, ilusión y sombras. Magia es luz, transformación y evolución. Uno de los mejores trucos de las sombras es la ilusión a través de las apariencias. Como cualquier buen mago, el secreto de su éxito está en engañar a la platea. A menudo la distracción es la herramienta utilizada para desviar la atención del público para lo que realmente interesa; entonces, ocurre el intercambio que nos lleva al engaño. La diferencia es que cuando estamos viendo un show conocemos de antemano las reglas, sabemos que son trucos y que el engaño hace parte del espectáculo. En la vida, mientras no percibamos que somos mucho más que espectadores, sino personajes influyentes en el palco de la existencia, permaneceremos entretenidos con el resultado aparente del truco, sin usufructuar de la plenitud que se revela poco a poco, oculta en el proceso infinito de las transformaciones íntimas”.

“Nunca ha existido un mago más sofisticado que las sombras, al punto de muchos llegar a negar su existencia. Para ellos cualquier sombreo de magia es un depósito de conejos. La ignorancia del público con relación a los trucos mantiene el éxito del mago a través de los tiempos. La vanidad, el orgullo, la transferencia de responsabilidad, la fuga de la realidad, la incredulidad, el desánimo son algunas de las herramientas de oficio. El miedo es la ilusión con la cual las sombras, en el papel de hábil ilusionista, envuelve a la audiencia para que, sin percibirlo, crea que la valiosa plenitud puede y debe ser cambiada por un deseo efímero, el cual surgirá en la manipulación de la baraja que reúne varias cartas del egoísmo”.

“En el espectáculo de las sombras, el dinero dejó de ser un valioso instrumento de modificación de la realidad en el plano físico para convertirse en la bandera de la victoria; el éxito profesional se tornó en la escalada sobre los demás en vez de representar el perfeccionamiento y la superación personal. El amor se agota en la creencia del control y de la dominación ajena, por la obligación del otro con relación a mí. La libertad acaba confundida con la mera facilidad de visitar varios países durante las vacaciones; la dignidad se pierde en los rincones del discurso y se deshace por la falta de ejercicio. Muchos creen que la paz se resuelve con actos de orden público y que la felicidad los aguarda en fiestas ruidosas, sin entender que la agitación no siempre garantiza la alegría”.

“Elegancia no se traduce en ropa refinada; austeridad no es señal de dignidad; andar por ahí no significa libertad. Riqueza es algo muy diferente de prosperidad. El amor no es un intercambio ni una prisión; la paz es una conquista interna. La felicidad puede ser infinita y no sólo gotas de rocío en la noche de la existencia”.

Permanecimos un tiempo sin pronunciar palabra. Rompí el silencio para preguntarle si él creía que el mundo era un buen lugar para vivir. El Viejo dijo serenamente: “Vivimos en perfecta sintonía con el nivel de consciencia y la capacidad de amar que poseemos. El mundo está de acuerdo con las preferencias elegidas para la vida personal. A cada uno le restan tan sólo los resultados de las elecciones personales. ¿Un esperado show de ilusionismo y brillo o una ceremonia diaria de transformación y luz? Truco o magia se definen por la capacidad de ver. Cuando todo parece gris, caótico y vacío puede significar un buen momento para ‘arrancarse los ojos’ y permitirse una nueva visión. Buenos ojos animan y encantan el corazón, permitiendo una lectura refinada de la vida. Dependiendo de los ojos, una tempestad existencial traerá ruinas y tristeza. Entonces quedará el deseo por un truco más de mera apariencia. No obstante, la destrucción de sí mismo y de toda la realidad que lo cerca, puede ser vista como una oportunidad imperdible de transformación profunda e infinita belleza, a través del ritual sin fin de encontrar la luz mucho más allá de los brillantes fuegos artificiales ofrecidos por el mago de las sombras”.

Me miró a los ojos y finalizó: “Solamente así podremos tener una verdadera relación de amor con la vida y con o mundo”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Hector Ramón Navarro 12 de febrero de 2018 on 18:58

    Hermosa respuesta a tan burda pregunta,hermosa diferencia entre truco y magia y hermosa metafora «artancate un ojo»