El primer día de la travesía, cuando menos es más

Era el primer día de viaje. Yo estaba en una pequeña ciudad fronteriza con el desierto del Sahara, al norte de África. Mi intención era hacer parte de una caravana que partiría rumbo a un oasis donde residía un sabio derviche. En los círculos esotéricos él era conocido como un hechicero muy respetado dado el enorme conocimiento que poseía con relación a muchos secretos “sobre el cielo y la tierra”. Yo aún daba los primeros pasos por el Sendero y estaba profundamente impresionado con las historias que oía. Aquella caravana partía apenas dos veces al año, en fechas imprecisas, y era la única manera de llegar hasta el oasis y, en consecuencia, hasta el sabio. La travesía duraba cuarenta días. Entré en una taberna que me habían indicado como punto de contacto. Me pareció un lugar extraño pues no solo vendía bebida y comida, sino todo tipo de cosas para sobrevivir durante varios días entre las dunas y el sol. Las personas, aparentemente, no le daban importancia a mi presencia. Dado que las informaciones que poseía eran bastante vagas, me dirigí al hombre que atendía atrás del mostrador y le pregunté sobre la caravana. Él me miró durante algunos instantes, dudando de mi capacidad para completar la aventura que me había propuesto, y se limitó a indicarme una de las ventanas de la taberna con la quijada, sin pronunciar una sola palabra. Además de los vidrios empolvados, tan sólo vi el cielo azul y las arenas claras, de un tamaño sin fin, de color entre amarillo y beige. Fijé la mirada y a lo lejos pude percibir una figura imponente con la vestimenta típica de los pueblos del desierto y con un halcón que reposaba en su brazo. Con lentes oscuros, por causa de la claridad, y sosteniendo mi sombrero panamá en la cabeza para no perderlo al viento, anduve de manera desaliñada hasta la persona indicada. Durante el corto trayecto observé al ave sobrevolando en círculos, de forma maravillosa, hasta posar las garras en el grueso guante de cuero de su mentor. Le pregunté si era con él con quien debía hablar sobre la travesía. La respuesta fue una simple afirmación con la cabeza. Le dije que quería hacer parte de la próxima comitiva, pues deseaba encontrarme con el sabio derviche. Necesitaba saber la fecha de partida y el costo para hacer parte del grupo. Él me miró profundamente a los ojos y respondió: “La travesía por el desierto es peligrosa. No puedo garantizar que todos los integrantes lleguen a su destino”.

Imaginé las muchas y severas dificultades, incomodidades, la posibilidad de ser asaltados por tribus nómadas, las terribles tempestades de arena, además de la propia inclemencia del desierto como alguno de los obstáculos difíciles de superar referidos por él. El hombre prosiguió con su sucinta explicación: “Muchos quedan bajo la arena para siempre. Hacemos una oración y nunca le avisamos a la familia. Desobediencia y peleas son punidas con rigor. El caravanero tiene el derecho sobre la vida y la muerte de todos los integrantes de la caravana. Esta es la única regla. Partiremos mañana, antes del amanecer”. En seguida me informó sobre el valor del viaje y aunque me pareció caro nada comenté y dije que aceptaba las condiciones. Me mandó a pagarle a una mujer que se encontraba sentada en la última mesa de la taberna. Le pregunté al hombre cuál era su nombre, a lo que respondió de forma ruda y objetiva: “Caravanero. Yo soy el caravanero”.

No tuve dificultad para identificarla. La mujer estaba sentada en la última mesa al lado derecho de la entrada de la taberna, debajo de una enorme ventana. La claridad de fuera la auxiliaba en la lectura del libro que la entretenía. Aunque el local estaba repleto de gente, muchos de los cuales participarían de la travesía, ella estaba sola en la mesa. Al aproximarme fue imposible no sorprenderme con su belleza. Contrariamente a toda la aridez y rudeza, tanto del lugar como de las personas, los trazos de su rostro eran delicados y sus ojos poseían un azul más intenso que el cielo del desierto. Al abordarla para tratar sobre el pago me recibió con una sonrisa delicada y los ojos celestes me indicaron una silla para sentarme. Saqué de la mochila un mazo de dinero y lo coloqué sobre la mesa. Ella lo recogió y me agradeció con un simple gesto de cabeza. Le dije que estaba listo para partir. Entonces tuve la primera de las muchas sorpresas cuando ella me explicó con absurda naturalidad: “El pago no le asegura el ingreso a la caravana”. Ante mi expresión de susto prosiguió: “Sería pérdida de tiempo, además de exponerse a riesgos inútiles, ir a ver al derviche sin estar preparado para conversar con él”. Percibí que, de alguna manera, las informaciones allí circulaban rápidamente como el viento del desierto. ¿Cómo podría saber que estaba yendo al encuentro del sabio? Tal vez fuese obvia mi intención, pensé. Aunque dudaba que muchas personas realizaran la travesía con el mismo objetivo, yo sabía que aquel oasis era uno de los mayores que había en el Sahara y al contrario de lo que se piensa, algunas centenas de personas lo mantenían como residencia fija. Varios eran tejedores de tapetes, famosos por su rara belleza; otros vivían de esculpir deseadas piezas artesanales. La mayoría, sin embargo, movía el comercio de víveres y había quienes se dedicaban a la cría de animales como cabras, caballos y camellos. Mercaderes, turistas, familiares visitando parientes, además de algunos místicos como yo, eran las personas que cuidarían de los trabajos relativos al montaje de carpas; los encargados de preparar las refecciones por la noche y de la seguridad del grupo durante la travesía, también componían el cuerpo de la caravana. No obstante, por alguna razón que yo desconocía, ella sabía de mi intención. La mujer buscó un libro en su bolso, marcó una página, me lo entregó y dijo: “Lea este texto. Mañana, antes de partir, conversaremos al respecto. Esto determinará su presencia o no, en la travesía”. En seguida hizo un pequeño gesto con la cabeza diciendo que ya podía levantarme y salir. Me ofreció una sonrisa que no pude descifrar en aquel instante.

Era un libro de poesías de Rumi, poeta sufí y respetable sabio de su época. Sus escritos iluminan, desde siempre, los pasos en el Sendero de aquellos que lo recorren a través de la tradición de los pueblos del desierto. El poema indicado por la mujer, Lo que no somos, dice lo siguiente:

“El dolor que atraemos

Se transforma en alegría.

Ven, tristeza, a nuestros brazos

– somos nosotros el elixir de los sufrimientos.

 El gusano de seda se come las hojas

y hace su capullo.

No poseemos el follaje de esta tierra

– somos nosotros el capullo del amor.

 Apenas somos

cuando en nada nos convertimos.

Es cuando perdemos nuestras piernas

que nos volvemos corredores.

 Callo mi boca.

Diré el resto del poema con la boca cerrada.”

Leí y releí la poesía varias veces durante la noche hasta memorizarla. Ausente por la ansiedad, el sueño escapó y permanecí sumergido en mis pensamientos bajo un fantástico mar de estrellas, solamente posible en las noches del desierto, hasta que comenzó el movimiento para la partida de la caravana. Busqué a la mujer y no la encontré en ningún lugar. El tiempo pasaba aumentando mi aflicción. Rodé por varios lugares, pregunté por ella a varias personas sin éxito, hasta que un hombre me tocó en el hombro y me indicó, por entre los vidrios de la ventana de la taberna, a la mujer sentada en la misma mesa del día anterior. Cuando me aproximé, me ofreció la misma sonrisa enigmática y me indicó con la quijada una silla para que me sentara en frente suyo. Sin que hubiera palabra, nos fue servida una jarra de té y tajadas de pan caliente regadas con aceite de oliva. Ansioso, no sentía hambre ni sed. Ella tomó un sorbo de té, mordió un pedazo de pan y, apenas usando sus ojos lapislázuli, me pidió que interpretara el poema. Respiré profundo para espantar el nerviosismo y le dije que la primera estrofa se refería a que todo sufrimiento trae un maestro oculto en sí, pues es una lección que el amor universal pone a nuestra disposición. La existencia del dolor retrata el valor excesivo que le damos al ego, en la apariencia de las relaciones, en detrimento de los valores del alma, la esencia de la vida. Solamente en lo íntimo del ser, en la profundidad del conocimiento que cada uno debe tener sobre sí mismo, encontraremos la cura para las emociones que nos corroen y que nos hacen sentir incómodos con el mundo. En consonancia con tal sabiduría, la tristeza no debe ser maldecida ni temida; por el contrario, pues al ser abrazada y cuidada con las nobles virtudes, se tornará fuente de alegría por la libertad, transformación y evolución que originó.

La mujer hizo una señal de aprobación con la cabeza. Volvió a beber un poco de té y los ojos azules me mandaron a proseguir. Comenté que la segunda estrofa decía que en la infancia de la existencia somos como orugas que se arrastran. Las hojas que alimentan el ser son las emociones de todas las especies que circulan por el mundo. Solamente a través de la depuración de los sentimientos que invaden y entristecen será posible alcanzar el punto de madurez indispensable para la evolución.  De oruga a mariposa, es preciso transformar hojas en hilos de seda: el capullo para profundizar en sí mismo. Este es el proceso primordial para que pies se conviertan en alas. En la magia de la transmutación el amor es el ingrediente principal. El poder sólo es una apariencia del mundo. En realidad, está adormecido en el corazón de cada ser a la espera del despertar de la mente”.

Sus labios se curvaron con una leve sonrisa, casi imperceptible. Lo entendí como una nueva aprobación y me animé. A continuación, dije que la tercera estrofa enseñaba que para saber quiénes somos tenemos que despojarnos de cualquier ilusión ofrecida por el orgullo y la vanidad. Es cuando, estando en el mundo, nos liberamos de sus condicionamientos para guiarnos por los valores que enseñan las virtudes. Es cuando hay un cambio en dirección al ser: el ego se entrega al alma. La victoria no es la conquista del mundo, sino sobre sí mismo. Esta comprensión concede la ligereza que nos mantendrá a dos pies del piso. Por lo tanto, nadie necesita de las piernas para recorrer el mundo cuando ya lo puede sobrevolar con las propias alas.

La mujer hizo una señal con la cabeza como otra muestra de beneplácito. Mordió el pan y un hilo de aceite escurrió por sus dedos, se los lamió, sonrió como una niña traviesa y me pidió que finalizara. Confiado, dije que la última estrofa era muy sencilla. El poeta exponía que no tenía nada más a decir pues todo había sido dicho y que de allí en adelante cada cual debía hacer sus propios descubrimientos.

En ese instante las facciones de la mujer se cerraron como cuando el cielo se cubre con gruesas nubes. Ella fijó sus ojos marinos en mi mirada sedienta de aceptación y sentenció: “Está fuera”. Protesté de inmediato. Argumenté que había pasado la noche despierto reflexionando sobre el poema y que poseía la convicción de la mejor interpretación. Sugerí que, en caso de estar equivocado, ella me dijera cuál sería la interpretación más adecuada para la última parte de aquella poesía de Rumi y así debatirlo. La mujer objetó con palabras no menos enigmáticas que su sonrisa: “El título complementa la conclusión y se refiere a lo que todavía no somos”.

Me quedé esperando que ella continuara con la explicación. Como no sucedió, le dije que no entendía y como respuesta se encogió de hombros. Respiré profundo para controlar la irritación que comenzaba a invadirme y le pedí que considerara la lectura correcta que había hecho de la mayor parte del poema. Ella simplemente murmuró: “No basta”. Le recordé todos los gastos y esfuerzos que había hecho para estar allí y mi enorme deseo de conversar con el sabio derviche. Ella explicó: “No vale la pena hacer la travesía del desierto si aún no iniciamos la jornada del alma”. Agarró su bolso, se levantó y salió. Entre el espanto y la decepción, no conseguí articular palabra alguna, lo que fue bueno para no extrapolar la rabia que sentía.

Permanecí algunos minutos sin saber qué hacer, completamente perdido, intentando entender todo lo que sucedía. Por la ventana vi que la caravana estaba casi lista para partir; la mayoría estaban montados en sus camellos. Tomé mi enorme y pesada mochila, repleta de parafernalia y víveres necesarios para la travesía y fui en busca de un poco de compasión por parte de aquella mujer. La encontré en el medio de otros viajeros, pero al contrario de muchos, estaba montada en un vigoroso caballo negro. No muy distante, el caravanero cabalgaba un reluciente corcel blanco dando las últimas órdenes antes de la partida. Me planté al lado de ella como quien suplica por un gesto de caridad. Ella, aunque lo percibió, me ignoró.

Pasó un tiempo que no supe precisar hasta oír la voz de comando del caravanero iniciando el viaje. Volqué mi atención hacia un joven que seguía al grupo, quizá para intentar suerte en el oasis, quizá para ver a algún pariente. Percibí que estaba completamente desprovisto de muchas cosas que le serían útiles durante el trayecto. Resignado, retiré la mochila de la espalda y se la entregué. El joven agradeció con una sonrisa de sincera gratitud. Me di la vuelta para no mirar hacia atrás, cuando un hombre me tocó el brazo para mostrarme que alguien me llamaba. Era la mujer. Hizo una señal para que me montara en un camello a su lado. Atónito, obedecí. Desorientado entre la caravana ya en marcha, recibí ayuda para subir en el dorso del dócil animal. Ella se alejó; yo seguí durante horas, en absoluto silencio, intentando concatenar las ideas.

Cuando las estrellas volvieron a ocupar la función del sol, la caravana paró para acampar y pasar la noche. Hogueras fueron encendidas para espantar el frío paradojal del desierto, alrededor de las cuales eran servidos los alimentos. Después anduve durante un buen tiempo sin rumbo por el campamento. En dado momento, volví a encontrar a la mujer sentada y solitaria. No sabía si meditaba o si estaba en oración. Ella me vio e hizo un gesto para que me aproximara. Comenté que todo aquello que había sucedido por la mañana había sido desconcertante para mí. Confesé que aún no sabía cómo interpretar los hechos. Ella explicó: “Al momento de partir usted finalmente mostró haber entendido la última estrofa del poema: para entrar en la vida no bastan palabras; indispensables son las actitudes. Por esto el poeta termina el poema con la boca cerrada. La poesía es arte; la vida la obra maestra”. Mis ojos ansiaban más y la mujer fue generosa: “Cuando usted entregó la mochila venció la propia ira y se permitió la ligereza para iniciar el viaje. El conocimiento se transformó en acción. Esto es sabiduría; cuando se mueve por amor es luz. De ese modo, estar aquí no fue un permiso mío y si un logro suyo”.

Le dije con sinceridad que, aunque había ofrecido la mochila de buen grado al joven, ahora que hacía parte de la caravana me harían falta algunas cosas. La mujer ponderó con extraña simplicidad: “Eso puede ser bastante malo, a punto de impedirle llegar al destino; o muy bueno, en caso de que se permita realizar la travesía como si usted y el desierto fuesen un único cuerpo; entonces, todo le será dado”.

Mil imágenes invadieron mi cabeza en aquel instante. Desconcertado, mientras intentaba entender el significado de aquellas palabras, ella concluyó: “‘Entre menos necesite más libre seré’. Este verso es una oración del desierto y de la vida”.

Antes que me manifestase, ella hizo una señal para que me levantara y saliera.

Era apenas el primer día de la travesía.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

Discusiones — Una respuesta

  • Leida 10 de febrero de 2019 on 15:04

    Muchas gracias! muchas gracias por compartirlo! esto me nutre, me enseña, me hace desear crecer en mi transito por la vida.