La luz del mundo es la misericordia

El mundo no es un buen lugar para vivir. Yo estaba convencido de esta afirmación mientras observaba las bellas montañas, sentado en una cómoda poltrona en la terraza del monasterio. Cansado de tantos conflictos, injusticias y maldades, había perdido la esperanza de vivir en un mundo mejor. Mi vida personal también acumulaba una serie de discusiones y decepciones, ya fuera con la familia, entre amigos o en el trabajo. De ese modo, me alegré por mi viaje a la Orden para pasar un periodo de estudios y reflexiones. El monasterio era un buen refugio. Había llegado la noche anterior y aún no me había encontrado con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la hermandad. Él había regresado un poco más temprano; venía de una serie de conferencias en ciudades próximas y se había recogido en su cuarto para descansar. Al día siguiente, al despertarme, pasé por la biblioteca para elegir un libro, llené una taza de café en el refectorio y fui a la terraza. No demoró mucho para que el Viejo fuera a mi encuentro. La barba blanca cuidadosamente arreglada, los pasos lentos pero firmes, y las facciones doradas por el sol de las montañas, se complementaban con la imagen de alegría y jovialidad que lo caracterizaban a pesar de su avanzada edad. Una energía de bienestar y paz lo envolvía, contagiando a las personas a su alrededor. Su calma no era perezosa; era una tranquilidad revitalizadora. Aunque apreciaba el descanso, siempre estaba involucrado en variadas actividades, estudios y no dispensaba la práctica del yoga al despertar. Traía en sí el poder de la ligereza y la fuerza del movimiento. Me ofreció una sonrisa sincera y un fuerte abrazo. Sentado en la poltrona a mi lado, me contó sobre el ciclo de conferencias que acababa de realizar y cómo estaba contento por esto. Dijo que quería hablarme de sus nuevos proyectos, pero que antes deseaba saber cómo estaba. Como las palabras suelen reflejar el equipaje del alma, derramé todas mis frustraciones y lamentos con relación al mundo. Concluí diciendo que ahora me encerraría en mi círculo de vida y seguiría cada vez más ajeno a las iniquidades de la humanidad. En seguida, adicioné que estaba ansioso por iniciar mi periodo de estudios y por el desarrollo espiritual que éste me traería. El Viejo me oyó con atención y paciencia sin interrumpirme. Al final dijo: “El nuevo ciclo de aprendizaje será muy diferente a los anteriores. Creo que será provechoso, aunque dudo que te agrade”.

Curioso, le pregunté cuál sería el autor que iríamos a estudiar. Yo apreciaba muchos y deseaba conocer otros tantos. Yogananda, Lao-Tse, Blavatsky, Kardec, Teresa De Ávila, eran algunos del extenso inventario. Él fue enigmático en su respuesta: “Todos son maravillosos y ofrecen valiosos conocimientos, mas de esta vez estudiaremos uno que considero mi favorito”. Hizo una pausa y me sorprendió: “Hay un pequeño grupo de refugiados que llegó recientemente de África. Fueron ubicados en una ciudad próxima de aquí. Permaneceremos algunos días con ellos”. ¿Cómo permaneceremos? Yo había venido de otro continente en busca de sosiego y estudio. Sinceramente, no hacía parte de mis planes cambiar la comodidad del monasterio por la precariedad de un campamento de refugiados. El Viejo meneó la cabeza como diciendo que me entendía y dijo: “No te quito la razón ni la libertad de elegir”. Le pregunté si todos los monjes, como se denominan a los miembros de la Orden, también irían. Él sacudió la cabeza y explicó: “No. Iremos tú y yo. Los demás se quedarán para las conferencias, lecturas, debates y meditación”. En seguida concluyó: “Partiré mañana temprano, después de desayunar. Alístate, en caso de que me quieras acompañar; de lo contrario, puedes permanecer con los demás. No hay problema”.

Diferente a lo que se podría imaginar, no había algún trazo de decepción o resentimiento en la voz del Viejo; sólo bondad y compasión. Fue justamente eso lo que me dejó un tanto incómodo. Yo había decidido quedarme en el monasterio. Soñaba con esos días. Toda aquella vivencia de estudios era fantástica y apenas posible una vez por año; la miseria humana estaba disponible a cualquier momento. No, yo no acompañaría al Viejo.

Aquel mismo día asistí a una conferencia seguida por un animado debate. No recuerdo el asunto abordado ni lo que fue discutido en el coloquio. Tan sólo pensaba en la invitación absurda que el buen monje me había hecho. Pasé la noche en vela. Al día siguiente, cuando el Viejo entraba al carro que lo llevaría hasta el campamento, llegué sin aliento, con la mochila en la espalda, entré por la otra puerta y me senté a su lado en el banco trasero. Él, sin mirarme, arqueó los labios con una leve sonrisa.

El viaje demoró casi seis horas. Un campo de refugiados es el perfecto retrato de las periferias urbanas, con el agravante de que aquellas personas no tienen planes para el día siguiente, tan sólo sueños. Era justamente el sueño personal la palanca propulsora del Viejo; su fuerza y poder; su discurso y acción; su esperanza y fe. En el buen monje el sueño resaltaba con la misma disposición de un chico travieso. La primera sensación que tuve del campamento fue que se asemejaba a un orfanato, con la diferencia de que allí había además de niños, adultos que también estaban huérfanos; huérfanos de la vida. Más que sus cuerpos, sus almas necesitaban ser rescatadas. De inmediato entendí que no se muere con la finitud del cuerpo, sino con el abandono del alma.

Sin embargo, antes de pensar en cualquier conferencia de tendencia espiritual para animar a aquellas personas era necesario cuidar de heridas, proveerles ropa, combatir la desnutrición, crear condiciones para que los niños estudiaran y trazar metas de trabajo para los adultos. En fin, proporcionarles a aquellas personas condiciones mínimas de existencia. Era tanto lo que había por hacer que tuve ganas de desistir, tuve la convicción de que lo mejor era dar media vuelta, entrar al carro y regresar al monasterio. Llegué a colocar la mochila en la espalda hasta que justo antes de retirarme, vi al Viejo abrazado a tres chicos. Uno de ellos, con una herida infectada en el brazo, manchó la camisa del monje de sangre y pus. Reparé que para él eso no tenía la menor importancia. Al contrario, su mirada tenía una luz indescriptible. Irradiaba amor en su vibración más alta; era caridad, benevolencia, compasión; el amor en el sentido más noble: amar al otro como a sí mismo. Ya había oído esta frase diversas veces, pero fue la primera vez que la vi.

No, no y no. Aquello era muy elevado, mas no era para mí. Las autoridades y los gobernantes fueron elegidos para resolver eso. Además de eso, yo ya hacía mi parte a través de donaciones financieras para Organizaciones No Gubernamentales que cuidaban de problemas semejantes. Yo no quería esa vida, aquel no era mi mundo. Cuando estaba saliendo, no pude dejar de mirar al Viejo una vez más. Para mi sorpresa, él también me miraba. En sus ojos no había decepción, tan sólo misericordia. Nos encaramos por segundos que se tradujeron en una eternidad en mi corazón; entonces, él balbuceó lentamente con los labios para que yo pudiese entender: “¡Sois la luz del mundo!”.

Era un trecho del Sermón de la Montaña, texto que yo tanto había estudiado por ser el eje filosófico de la Orden. Mil cosas pasaron por mi cabeza. ¿Cómo me sentiría al volver al monasterio y seguir los estudios si no tenía la capacidad de aplicarlos? ¿Cómo evolucionar sin interactuar con el mundo? ¿Cómo avanzar sin el coraje de reinventarme? ¿Estaba dispuesto a vivir mi existencia o solamente ir por la vida de vacaciones? Si estoy en este planeta, con todas sus aflicciones e injusticias, es por causa de mi afinidad energética con él; no era tan bueno como me gustaba imaginar. Para tener derecho a un mundo mejor, yo tenía la obligación de ser una persona mejor.

No había de otra; era imposible evitar el espejo. Había cruzado el “punto sin retorno”. Dejé mi mochila a un lado y me aproximé a un médico que generosamente prestaba servicio allí durante sus vacaciones y me ofrecí para ser su asistente. Él sonrió y me pidió que le pasara más gaza y algodón. Una energía inconmensurable vibró en mis entrañas y toda la aversión se modificó en un enorme deseo de hacer lo que tuviese que ser hecho. En aquel instante comencé a entender un poco más acerca del amor.

Fue un día intenso, el primero de la semana que pasaría allí. En la noche, después de una cena frugal y un baño en condiciones precarias, encontré al Viejo sentado solitario y quieto en un banco de madera a cielo abierto. Me senté a su lado y tan sólo le agradecí. Él sonrió y permanecimos callados por algún tiempo. Quebré el silencio para comentar que sería necesario preparar muchas cosas para que aquellas personas salieran de los confines de la vida y pudieran reintegrarse al mundo. El monje meneó la cabeza concordando y agregó: “Sí, necesitan de condiciones materiales para tener una condición básica de existencia, pero igualmente necesitan de afecto. Ellas no pueden dejar de creer en el amor, en su fuerza y poder transformador; tampoco nosotros, pues no siempre tendremos el dinero suficiente para suplir las necesidades ajenas, pero cuando nos negamos a ofrecer cariño y atención, revelamos toda la miseria en que vivimos.”

Le comenté que mientras prestaba ayuda, había tenido una sensación de ligereza con relación a mis problemas personales, al percibir que eran fáciles de superar; me había dado cuenta de cómo eran risibles mis pasiones. Añadí que la vida podía ser diferente y el mundo un buen lugar. El Viejo sonrió y dijo: “Somos la luz del mundo. Si dentro de mi hay oscuridad, encontraré un mundo sombrío para vivir. De lo contrario, si existe luz en mí, viviré en un mundo claro y pintoresco, aunque existan dificultades y problemas inherentes a la vida. Si hay luz en mi interior, tendré también el poder de iluminar la vida de quienes están cerca. Entre más alto vibre mi luz, su alcance será mayor. Las tinieblas solamente persistirán mientras me niegue a encender mi propia luz. Cuando me ilumino, ilumino al mundo.”

Le dije que ahora estaba seguro de que aquel ciclo de estudios traería grandes avances. El Viejo expuso sus razones: “Mirar las fotos de un lugar será siempre diferente a vivir en allí; oír hablar de una persona nunca será igual a convivir con ella. Así sucede con las virtudes, precisamos experimentar cada una de ellas para conocerlas de verdad. Sólo entonces será posible incorporarlas a nuestra manera de ser y de vivir.” Hizo una pausa y prosiguió: “La misericordia es una de las más bellas y poderosas virtudes dada su profundidad, comenzando por el origen en latín de la propia palabra. Ella es una de las más bellas del vocabulario. Se trata de la unión de otras dos, miserere y cordia, que significan aflicción y corazón. Ser misericordioso es usar el corazón para curar la aflicción del otro”. Me miró a los ojos y concluyó: “La misericordia es una de las variantes más elevadas del amor. En la misericordia lo sagrado se manifiesta a través de ti.”

El Viejo pidió permiso y se levantó. Era hora de dormir. Permanecí allí sentado por algún tiempo más, pensando en todas las lecciones de aquel día. Recordé que antes de venir el monje había dicho que estudiaríamos a su autor predilecto. Estaba curioso para saber de quien se trataba. Fue cuando me di cuenta de que habíamos hablado de la luz del mundo y del valor de la virtud de la misericordia, la quinta bienaventuranza, trechos del Sermón de la Montaña. Sonreí solo. No fue difícil descubrir su nombre. Justamente aquel que no escribió una única línea, mas vivió el amor de acuerdo con su palabra.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

Discusiones — Una respuesta

  • Gabriel 16 de abril de 2018 on 10:43

    Excelente, muy conmovedor… muchas gracias!