El sexto día de travesía. La sombra de la discordia y el alma olvidada

Era el sexto día de caravana. Las precarias condiciones de una travesía por el desierto, por mayores que sean los cuidados dispensados por los viajeros, ya sea por el clima inhóspito o por la falta de una serie de facilidades a las que estamos acostumbrados en las ciudades, traen inevitables problemas. Hay que prestar atención tanto en lo relacionado con las variaciones de humor, tan imprevisibles como las dunas que se mueven al ritmo del viento, como en la salud física que tiende a deteriorarse rápidamente al menor descuido. Cabe al caravanero la difícil tarea de conducir la caravana en armonía, con firmeza y paciencia a la vez. La sensatez es la virtud que permite el equilibrio entre las dos virtudes, puestas a prueba a todo momento en diferentes grados de exigencia.

Aquel día circulaba la noticia que podríamos enfrentar una violenta tempestad de arena. Algunos decían que no pasaba de un rumor, otros sustentaban la veracidad del peligro, alegando como fuente un experimentado encargado de la caravana, veterano de muchas travesías. Como si no bastase toda la insalubridad típica del desierto, la tensión ante la inminencia del peligro alteró el ánimo de algunos integrantes. A menudo, el miedo se torna la raíz de muchas enfermedades y conflictos. Uno de los viajeros fue acometido por un mal súbito. Como ya era medio día, el caravanero ordenó hacer una pequeña parada para dar un rápido descanso y atender a la persona enferma.

Casualmente, era un hombre que viajaba cerca de mí aquel día. Algo en él me incomodaba. Hablaba todo el tiempo, vanagloriándose. Al aproximarme, percibí que respiraba con dificultad y hablaba cosas que en mi opinión eran absurdas y sin sentido. De inmediato diagnostiqué el origen del mal: miedo. En seguida, sin la menor ceremonia, receté el remedio: coraje. Otro hombre, que en aquel momento también lo asistía, un español llamado Pablo, peregrino como yo, discordó. Dijo que las palabras pronunciadas por el enfermo no eran un mero delirio, sino valiosas visiones sobrenaturales que deberían ser aprovechadas para la seguridad de todos. Eran, según él, los espíritus del desierto auxiliándonos ante el peligro que se avecinaba. Dije que aquello era una bobada aún mayor que la del enfermo delirante. El hombre refutó diciendo que yo debería tener un poco más de sensibilidad y consideración por los otros. Me acusó de no tener compasión. Luego iniciamos una seria discusión que no llegó a los golpes gracias a la intervención de otras personas. Exaltados, cada uno fue llevado a lados diferentes, cargando consigo sus razones. Alegué, con quienes estaban cerca, mi falta de paciencia con la ignorancia revestida de sabiduría. A su vez, mi desafecto sustentó los mismos motivos para quien estaba cerca de él. No demoró en aparecer el caravanero, quien al aproximarse dijo en tono de sentencia: “Por más grandes que sean los peligros a los que una caravana esté expuesta, ya sea una tempestad de arena o el ataque de tribus nómadas, nada supera los daños causados por egos exaltados, emociones descontroladas y la discordia. Es más fácil defenderme del mal cuando viene de fuera. El mal que se manifiesta internamente suele causar daños mucho más serios y, por lo tanto, debe ser sanado de raíz. Ambos continuarán a pie, en la parte trasera de la caravana, hasta el fin del día, halando sus camellos. Será una oportunidad para reflexionar”.

Tanto el otro hombre como yo, alegamos que aquella decisión era insensata e injusta en virtud de que la culpa era del otro. El caravanero oyó todos nuestros lamentos sin interrumpirnos, al final fundamentó: “Cuando dos personas discuten, ambas pueden tener razón. La razón oscila según el nivel de consciencia de cada cual. Todos tienen derecho a dar su opinión, la cual es sagrada pues dirige nuestras elecciones. No obstante, la manera de manifestarla, demostrando respeto ante las diferencias, es un arte”. Hizo una pausa antes de concluir: “Esta travesía presenta las dificultades inherentes al propio desierto. Ellas no son pocas ni fáciles de enfrentar. Para llegar al destino, la caravana debe comportarse como un sólo cuerpo; de lo contrario, con las fuerzas divididas, no será posible hacer frente a las múltiples dificultades externas que inevitablemente se presentarán durante el trayecto. El valor reside en pacificar las relaciones sin que nadie pierda la propia identidad. Cada uno con sus verdades y creencias; todos en paz”.

La caravana no tardó en seguir su curso. Pablo y yo fuimos a pie, haciéndonos compañía uno al otro, conforme determinación del caravanero. Durante la primera hora nos maldijimos mutuamente. Yo estaba profundamente irritado con el español, lo cual era recíproco. Como él viajaba en compañía de algunos amigos, uno de ellos decidió acompañarlo durante el trecho en que iríamos a pie. En la segunda hora, comenzaron a interpretar las visiones del hombre que estaba enfermo y comentaron para que yo oyese que aquella situación había sido prevista por él. Durante las horas siguientes mi irritación fue escalando tonos a punto de convertirse en odio destructor. Toda rabia, sufrimiento, ira o resentimiento es avasallador. O rompemos con todo a nuestro alrededor o destruimos lo mejor que existe en nosotros. La rabia, como todas las demás sombras, al manifestarse dentro nos hace tanto mal que parece que la mejor solución es propagarla por el mundo. Cuando esto sucede, significa que ha germinado y está dando frutos. Pasamos a habitar un bosque oscuro, donde todo a nuestro alrededor parece sombrío; entonces, el corazón perece por inanición, pues permitimos que las sombras tengan el poder de apagar nuestra luz y con ello, perdemos la batalla.

Al final de la tarde, cuando la caravana paró para levantar el campamento y pernoctar, yo estaba exhausto; no sentía hambre ni sueño. Tenía un gusto amargo en la boca. Me senté en un rincón distante ya que quería quietud y soledad. Vi al caravanero alejarse con el halcón posado sobre el grueso guante de cuero que usaba en el brazo izquierdo. Con un susurro, para que nadie oyera, disparé una serie de maldiciones. Pablo y sus amigos formaban un grupo. No se podía escuchar lo que decían, pero percibí que hablaban mucho y tuve la impresión de que se reían de mí, burlándose de mis argumentos. La rabia fue creciendo y consideré la posibilidad de acercarme a aclarar cuentas. No llevaría aquel irrespeto a casa. Se me llegó a ocurrir la absurda idea de usar el puñal que traía en la alforja del camello. Sólo la seguridad de que la punición del caravanero sería bastante rigurosa en caso de armar confusión fue capaz de detenerme. Sin embargo, la hiel de la ira me envenenaba y, después de un breve acceso de tos, vomité. Con una sensación fuerte de mareo, me volteé para buscar mi cantimplora.

Para mi sorpresa, la mujer de ojos color lapislázuli la tenía en sus manos y me la estaba extendiendo. No había notado su aproximación. Le agradecí, bebí un poco de agua y, recordando los días anteriores, le comenté que ella parecía deshacerse y materializarse en el aire. Me brindó una deliciosa sonrisa y, aunque me pareció que había algo a más en entrelíneas, dijo en tono jocoso: “Cabalgo con el viento”. Hizo una pausa y concluyó: “Es el nombre de mi caballo”, refiriéndose al vigoroso corcel negro con el cual atravesaba el desierto. En seguida, derramé todos mis sentimientos a través de la narración de los hechos que habían sucedido en el día. Ella me escuchó con bondadosa paciencia. En determinado momento de mi relato, repleto de quejas, tuve la sensación de que me oía tan sólo para que yo también me oyera. Se lo comenté. Ella meneó la cabeza concordando y aclaró: “Comúnmente durante un conflicto intentamos, de manera absurda e inconsciente, obtener de los otros una palabra de apoyo a nuestras ideas o transferirles parte del sufrimiento o de la responsabilidad que por ventura recae en nuestra espalda. Ese discurso, cuando es para el mundo, termina siendo infructífero e inadecuado, pues nadie lo puede resolver por nosotros, y lo que es peor, puede agigantar las sombras al encontrar soporte por parte de alguien que las alimente. No obstante, cuando logramos que el alma escuche las palabras proferidas por el ego, damos el primer paso hacia la verdadera comprensión de lo que pasa. Por esto escucharse a sí mismo es importante; es la oportunidad de oír la propia voz y el mensaje que contiene. Entender el conflicto es entender al ego, sus desajustes y deseos insensatos; es comprender las propias sombras involucradas, fomentadoras de la confusión; entonces, lentamente, el alma se enciende para iluminar las elecciones del ego, mostrando nuevas posibilidades de pensar y actuar; de ser y de vivir. Un conflicto puede causar un gran problema o colocarte ante un maestro. Esta elección es tuya. Es necesario estar atento”.

Aquellas palabras no enfriaron mis ánimos exaltados. Le dije que el discurso era bello, pero distante de la realidad. Le recordé a la mujer que Pablo y sus amigos me habían ridiculizado. Ella me miró con infinita dulzura y dijo de forma delicada: “Esto no tiene importancia. Las ofensas, la ironía o el desprecio son armas de las sombras utilizadas por un ego todavía primitivo y dominante. Estas flechas solamente te alcanzarán si tú tienes un ego con la misma vibración. Un ego alineado con el alma siempre estará en posición donde las flechas del mundo no tienen alcance. El amor será siempre tu mejor escudo y te dará alas”.

Le pregunté si ella consideraba que el delirio del hombre en la mañana podría ser un mensaje de los espíritus del desierto. Ella se encogió de hombros y comentó: “No me importa, tampoco lo oí. Si tú lo crees, haz uso de ello; si no, descártalo. Así de simple. Cada uno será responsable por sus elecciones, con o sin ayuda de los espíritus. Vale recordar que en el desierto hay espíritus de todo tipo. Siempre tendrás la posibilidad de escuchar a aquellos con los que tu nivel de consciencia y patrón de sentimientos son afines. Estos serán los mecanismos que determinarán la participación del alma en la educación del ego y tus oportunidades de liberación”. La interrumpí para cuestionar a qué liberación se refería. La mujer aclaró: “La liberación del sufrimiento. Justamente la cura del dolor provocado por el odio que te corroe ahora y oculta de ti la belleza de la vida”.

“Las diferencias de opinión son saludables pues nos presentan algunas veces ópticas desconocidas sobre una determinada situación o nos muestran fronteras que ya atravesamos. Puede convertirse en una forma diferente y mejor de ser o una manera obsoleta de vivir. Escucha al otro con respeto y paciencia; bajo diferentes disfraces, las personas casi siempre hablan sobre sus dolores”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Sin embargo, cuando reñimos, nadie se escucha. Tan sólo resta una energía pesada que nos envuelve. Se hace primordial que las ideas sean expuestas de manera clara y serena, para la debida comprensión. Después serán aceptadas o descartadas, conforme el valor que tengan. Cuando ustedes discutieron, el desentendimiento permitió que las sombras se presentaran en ambos y los convencieron de que cada cual necesitaba sobreponerse al otro, como si la divergencia de ideas fuera una guerra en la cual debe haber un vencedor. Esto sucede cada vez que nos creemos mayores y mejores que los demás. Bastante innecesario”. Volví a interrumpirla para saber a qué sombras se refería. Ella respondió sin rodeos: “A las más vulgares, que también son las de peor especie: el orgullo y la vanidad”.

Le confesé que me sentía muy mal y no sabía cómo actuar. La mujer continuó atenta y dijo: “En esos casos, al percibir la aproximación de cualquier sombra, no reacciones por impulso, pues probablemente estarás bajo su orientación. Para, siente y piensa. Usa el corazón como un filtro. Es preciso saber quiénes son nuestros consejeros en cada momento de la vida. Busca en tu alma, dale voz; ella es amor puro y siempre será la mejor consejera, pues te indicará la otra faceta, la faceta de la luz”.

“En momentos así es imprescindible, para iluminar los hechos, envolver las sombras con nuestra luz interior; de esta manera, impedimos que los sentimientos densos se expandan y extinguimos la oscuridad de inmediato. Cuando, por ventura, todo el amor necesario no esté disponible en aquel instante, tan sólo rehúsate a alimentar la sombra. Por inanición se debilitará; entonces, más adelante, podrás transmutar la sombra a la luz de las virtudes”.

“No obstante, en la disputa para mostrarse mayor y mejor que el otro, ustedes le concedieron un enorme poder a las sombras. Tal es ese poder que, a medida que se amplió, fue capaz de dominar las ideas y las emociones de los dos. ¿Dónde estaban la humildad, la compasión, la paciencia, el respeto, la sensatez y el amor? Las virtudes fueron prisioneras del orgullo y la vanidad, sin posibilidad de actuar. Cuando eso sucede, el resultado origina mucho sufrimiento”. Se encogió de hombros y comentó: “Los frutos siempre estarán acordes con la savia que alimenta al árbol”.

Le dije que todo aquello era bastante complicado. Ella respondió: “Atravesar un conflicto es parecido a atravesar el desierto. Si no hay coraje, sabiduría y amor no se llegará a ningún lugar. Coraje para enfrentar a sí propio, sabiduría para conocerse y amor para perdonar a todos, inclusive a uno mismo”. Hizo una pausa y concluyó: “La travesía sólo termina cuando todos los corazones están unidos”.

Bebí un sorbo de agua para aliviar la resequedad de la garganta y, por instantes, dejé que los pensamientos volaran sobre las arenas del desierto como el halcón del caravanero. Cuando me volví para continuar la conversación con la bella mujer de ojos color lapislázuli la escena se repitió una vez más que, aunque previsible, no dejaba de sorprenderme: ella no estaba más allí. Me reí sólo.

Continué allí pensando en todas las palabras que me fueron dichas. Como ya me había calmado, lentamente cada una de ellas fue encontrando su debido lugar. Admití que, en realidad, todo no había pasado de una disputa entre dos egos exaltados. En la pelea por tener la razón olvidamos lo principal que era atender al hombre atacado por el mal súbito, cuyas necesidades fueron relegadas tanto por Pablo como por mí. Guerreamos por insensata victoria. Cuando el ego es frágil siente hambre por sensaciones de superioridad con relación a los otros y termina imponiendo las propias razones sobre el punto de vista ajeno, independiente de estar correcto o errado. Aquel día la absurda necesidad de señalar la ignorancia, tanto del uno como del otro, nos hizo olvidar al hombre enfermo. La discordia no nos dejó percibir la ignorancia mayor: el amor fue dejado de lado.

La última frase dicha por la mujer: “La travesía sólo termina cuando todos los corazones están unidos” rondaba por mi mente. Recordé que la palabra discordia era la junción de dos palabras provenientes del latín: Dis que significa fuera, distante, alejado. Cor o córdia que significan corazón. Así, discordia es una palabra que traduce raíz de muchos males, pues ella surge cuando alejo mi corazón del corazón de alguien. Aún más profundo, significa estar distante de mi propio corazón. Vivir fuera del corazón y no entender la importancia del amor; es dejar el alma olvidada.

Había anochecido y el cielo estaba salpicado de estrellas. Me levanté y fui hasta donde estaban Pablo y sus amigos. Fui recibido con desconfianza. Le pedí a Pablo que me disculpara por mi falta de humildad y le agradecí por la lección que me había proporcionado. Sinceramente no sé si él y todos los demás entendieron en aquel momento mi discurso, dado el silencio que imperó. Aunque demoraran algún tiempo para comprender lo sucedido, esto no retiraría la fuerza del perdón que tiene el poder de ser unilateral, ya que no sería justo que alguien esté preso a la voluntad o a la autorización de otra persona para liberarse de una situación y seguir adelante. Después me dirigí al hombre enfermo y también le pedí disculpas. Esta vez por mi falta de compasión. Él me dio un fuerte abrazo que interpreté como una sincera aceptación.

Regresé a la quietud y soledad en un lugar alejado. Permanecí un buen tiempo observando la belleza del manto de estrellas sobre el lecho de arena del desierto. La paz estaba sellada dentro y fuera de mí. Una indescriptible ligereza me invadió. Tuve la imposible sensación de estar sentado a algunos centímetros del suelo. En silencio, me prometí que la próxima vez, en situación parecida, me esforzaría para actuar diferente y mejor, impidiendo que la discordia crease raíces. Le agradecí a todos los involucrados por las lecciones permitidas aquel día.  La bella mujer de ojos color lapislázuli, el caravanero, Pablo y sus amigos, el hombre enfermo y los espíritus del desierto, cada cual dentro de sus capacidades y posibilidades, me señalaron una forma mejor de seguir en el Camino. Le sonreí a las estrellas; sonreí para mí.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

 

Discusiones — 2 Respuestas

  • Marifer De Sousa 27 de abril de 2018 on 17:26

    Muy muy buena esta travesía!!! Muy aleccionadora…ya quiero saber que le va a pasar en la 7ma. Travesía, nada que llega el relato…me encantan toooodas las historias, sin embargo cómo esta tiene continuación uno está a la expectativa… gracias por compartir!!!

  • Lourdes valdez 24 de abril de 2018 on 21:10

    Muchas gracias, llega justo para reflexionar por los sucesos en mi vida… Lo pondré en práctica. Todos los escritos aportan mucha sabiduría. Bendiciones .