El décimo día de la travesía. Los demonios del desierto

Era el décimo día de viaje y aún no amanecía. Daba vueltas de un lado al otro sin sueño, así que resolví salir de la carpa. El desierto era iluminado por las estrellas del cielo y por algunos faroles colgados a la entrada de las tiendas. Una brisa fría, que en el transcurso de las horas desaparecía para dar lugar al fuerte calor a medida que el día avanzaba, exigía que me cubriese con una manta. El silencio era absoluto. Se me ocurrió que todavía no había oído a nadie de la caravana hablar de los demonios del desierto. Yo conocía muchas historias, mitos y leyendas sobre aquellos espíritus y no dudaba en que había algo de verdad en ello. Me senté en la arena y permanecí absorto en mis reflexiones. Pronto el cielo cambió de color anunciando el nuevo reinado del sol. Con el despertar del campamento se comenzó a escuchar barullo en las tiendas. Me alegré ante la posibilidad de tomar un café caliente temprano de mañana. La primera persona a quien vi fue al caravanero. Él estaba pensativo, con la mirada perdida en el desierto. Me pareció extraño que no estuviera con el halcón para el adiestramiento matinal. Sin dar importancia a ese detalle, me aproximé y le pregunté por los demonios del desierto. Quería saber si él creía en su existencia. El caravanero me miró rápidamente, después se volteó hacia el desierto y dijo: “Ellos acompañan la caravana y están mezclados entre los viajeros”.

Antes de que iniciara con una serie de preguntas que se me ocurrían, él orientó: “Arregle pronto el equipaje. Saldremos más temprano que de costumbre, pues tenemos que llegar al pozo antes del anochecer. Necesitamos abastecer. No hay tiempo que perder”. Le dije que antes tomaría una taza de café. Él aclaró: “No habrá desayuno hoy. Partiremos tan pronto como las tiendas estén recogidas”. Aquello me irritó. Algunos escasos minutos para un rápido café no harían diferencia hasta llegar al pozo. Consideré que faltaba planeación y sensatez. Pensé en decírselo, pero cuando me volteé y el caravanero vio mi expresión, se anticipó a mis palabras y dijo: “Rece”. En seguida concluyó: “Que Dios lo proteja” y salió.

Volví a la tienda y arreglé mis cosas. En ese momento noté que la bella mujer de ojos color lapislázuli me observaba. Conversar con ella era una de las cosas más interesantes de la caravana. Intenté aproximarme, mas un hombre me pidió ayuda. Necesitaba auxilio para colocar su pesada alforja sobre el camello. No tenía como negarme; un solo minuto fue suficiente para no encontrar a la mujer cuando volví a buscarla. Me irrité nuevamente y tan temprano todavía. Aquel no estaba siendo un buen día.

Pronto la caravana inició su marcha. Domé mi ira a la fuerza, como se hace con un animal salvaje, y desvié mis pensamientos hacia memorias, antiguas y recientes, de situaciones mal resueltas que todavía me incomodaban. Mientras atravesábamos duna tras duna, recordaba cómo podría haberme comportado de manera diferente en momentos del pasado que me causaron sufrimiento. Consideré que algunas personas merecían respuestas más duras y que a otras nunca más debería volver a dirigirles la palabra. Miré el reloj y sentí que el tiempo se arrastraba más lentamente de lo que deseaba. Fue cuando percibí que, a lo lejos, la bella mujer de ojos color lapislázuli me observaba. Ella estaba a una distancia que no me permitía aproximarme. En ese momento, un hombre que estaba un poco más adelante encendió un tabaco. Era común que algunas personas fumaran durante la marcha; sin embargo, aquel olor me era insoportable. Como nadie dijo nada, adelanté mi camello para reclamarle. Rápidamente se inició una ríspida discusión tranquilizada por los viajeros que estaban cerca. Uno de los encargados de la caravana me acomodó en otro lugar, distante del humo del tabaco. Quedé indignado con la tolerancia de todos con relación al humo. Sin duda era absurdo, especialmente en un grupo controlado por reglas de comportamiento tan rigurosas como las de una caravana. Decidido a no dejar que la irritación me dominase, desvié el pensamiento hacia momentos agradables de mi vida; situaciones que me llevaron a otras pesadas memorias. Me di cuenta de cómo las personas eran difíciles y cómo es raro encontrar a alguien que tenga empatía ante los otros, que sienta los sentimientos del mundo y que disponga del propio corazón con buena voluntad para pacificar las relaciones. Situaciones que creí olvidadas volvieron a hacerse presentes en mi memoria, trayendo la sensación de que yo no había sido tan feliz como imaginaba. Tuve la certeza de que el mundo no era un buen lugar para vivir.

Al poco tiempo llegó la noticia de que no pararíamos, como era costumbre, para un breve almuerzo; la caravana seguiría ininterrumpidamente hasta el pozo. El calor era insoportable y el sol estaba más fuerte que en días anteriores. La bella mujer de ojos color lapislázuli, a lo lejos, continuaba observándome.

Demoré para creer que ya habíamos llegado al pozo pues aún era media tarde y quedaban algunas buenas horas hasta el anochecer. Fue dada la orden de montar el campamento y de que todos se abastecieran de agua. La cena sería servida enseguida. Decidí esperar que la enorme fila que se había formado terminase. No tenía prisa ya que solo partiríamos al día siguiente. Vi que el sabio hombre del té estaba colocando algunas hiervas en infusión y me aproximé. Le comenté que no entendía el afán para habernos dejado sin desayuno y almuerzo; todavía estaba temprano y teníamos tiempo para todo. El hombre sonrió con dulzura e intentó explicar: “Las reservas de agua de la caravana estaban agotadas y no podíamos correr el riesgo de que algún imprevisto impidiera que llegáramos aquí antes del anochecer”. Le dije que, si la caravana fuera una empresa y el caravanero su director, con seguridad sería despedido por una planeación tan equivocada. El sabio del té respondió con dulzura: “Por eso él es el hombre de la arena y no un ejecutivo del asfalto. Cada cual con su belleza y sabiduría”. Le agradecí por el té y me alejé pensando en cómo las personas en el desierto eran demasiado resignadas. Yo no había oído un único reclamo por causa de aquella absurda programación. Una paciencia tan generalizada que rallaba en la permisividad me incomodaba.

Mientras aguardaba la cena, vi que el caravanero se retiraba con su halcón posado en el grueso guante de cuero que usaba en el brazo izquierdo, para iniciar el entrenamiento vespertino del ave. De lejos vi al halcón planear en el cielo por largos segundos con las alas abiertas hasta recogerlas para descender profundo y retornar con una serpiente en sus garras. La escena me fascinó y decidí aproximarme, pero fui impedido por uno de los encargados, alegando que el caravanero había pedido estar a solas. Le dije que me parecía extraña la orden, ya que en otras ocasiones había conversado con él mientras adiestraba al halcón. Agregué que estaba cansado de órdenes sin ningún sentido y me solté para ir al encuentro del caravanero. El encargado volvió a sujetarme y cuando intenté soltarme, mi ropa se rasgó. Reaccioné y nos revolcamos en el suelo. Rápidamente otras personas llegaron para separar la pelea y evitar así mayores consecuencias. El caravanero que observaba todo, mandó que fuéramos a hablar con él. Expusimos nuestros motivos. Dispensado el encargado que tan solo cumplía una orden, el caravanero se volteó hacia mí y dijo: “¿No quería conocer a los demonios del desierto? Ellos lo acompañaron todo el día. Espero que pueda entenderse con ellos”. Enseguida determinó que me era prohibido cenar y que debería permanecer apartado del grupo el resto del día. Irritado, le pregunté si él me puniría con el hambre, a lo que respondió: “No, su pena será la reflexión. Más que un castigo, que la pena sirva de aprendizaje o no cumplirá su función”.

Solitario, sentado en la arena, vi como el cielo cambiaba de color mientras mi mente parecía una tempestad del desierto. Perturbación y resentimiento me devoraban como predadores a su presa. Fue esto lo que le dije a la bella mujer de ojos color lapislázuli cuando me sorprendió al sentarse a mi lado. Ella escuchó todos mis lamentos con paciencia; al final, le dije que el caravanero me había dicho que los demonios me habían acompañado todo el día. Confesé que su comentario me parecía sin sentido, pues el hecho de que yo opinara sobre cualquier asunto era mi derecho. La mujer meneó la cabeza concordando, mas hiló consideraciones que iban más allá del aspecto mundano: “Nuestras opiniones son sagradas ya que revelan, mucho o poco, la verdad que habita en nosotros en dado momento. Las elecciones, reflejo práctico de las ideas, se nutren de nuestras emociones, pozo donde los demonios beben si les damos aquello que los alimenta. Así, lo sagrado se aparta, a la espera de que podamos entender y lidiar con la trinidad que define quiénes somos: sentimientos, ideas y elecciones. Corazón, mente y manos; sentir, pensar y actuar. Es esta la santísima trinidad del ser”.

Quise saber cuáles eran los alimentos de los demonios. La mujer respondió de inmediato: “Las sombras. Más que en grandes desastres, los demonios se hacen presentes en situaciones banales y cotidianas. Orgullo, vanidad, envidia, celos, ganancia, miedo, egoísmo, impaciencia, victimización, son las puertas de entrada más comunes. Forman un enorme banquete para las tinieblas. Por descuido, en el desencuentro de quiénes somos, nos tornamos justamente aquello que tememos, lo que nos lleva a una obvia conclusión: nadie nos perjudica más de lo que cada uno a sí mismo”.

Le pedí que se explicara mejor, pero la mujer se levantó, dijo que continuara reflexionando. Si podía, volvería después de la cena. La vi alejarse con su manera graciosa de andar hasta que despareció tras una de las tiendas. Absorto conmigo mismo, consideré que aquellas palabras tenían sentido y me permití usarlas como guía de reflexión. Intenté calmar los sentimientos para que no interfirieran en la fluidez de los pensamientos. Pasado algún tiempo, se me ocurrió que si yo agigantaba los demonios con mis emociones, ideas y actitudes, también sería capaz de debilitarlos de la misma forma. Todo se resumía en ser un pozo de sombras o de luz, lo que definía si ángeles o demonios se aproximarían para andar conmigo. Sí, los demonios del desierto no solo se alimentaban de mí, peor aún, percibí que muchos eran mi creación. Sí, algunos nacían de mis emociones, ideas y actitudes.

En contrapartida pensé: como creador también tengo el poder de crear ángeles; mejor aún, crear ángeles a partir de la transmutación de los propios demonios. Al final, “nada se pierde, todo se transforma”, como enseñó cierta vez un alquimista francés. Por tanto, era preciso luz. ¿Dónde buscar luz? Solo había un lugar, en la misma fuente de las sombras, en la trinidad personal, en mí mismo. Cada ser es la perfecta fuente de luz del universo. Luz o tinieblas, ángeles o demonios, son elecciones personales. En aquel instante percibí que era preciso rehacer mis creaciones. También era necesario cambiar de compañeros y consejeros. Entendí que, por este motivo, la trinidad personal es el perfecto escudo contra el mal. Profundizando más, llegué a la conclusión de que, si la trinidad personal me libera de las prisiones impuestas por las sombras, también me permite extender mis alas. En la trinidad está todo el poder y la magia del mundo. Una agradable sensación me envolvió. Satisfecho, sonreí conmigo mismo.

Pasó un tiempo que no puedo precisar; todo el campamento dormía, mientras que yo continuaba encantado con mis descubrimientos. La bella mujer de ojos lapislázuli regresó. Le conté sobre el conocimiento que se me había revelado y le agradecí por sus palabras. Ella arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Nada que no estuviese preparado para florecer. Las sombras no son del todo malas como se suele pensar. A menudo son la fuerza necesaria para romper la cáscara de la semilla donde la luz aguarda para germinar”.

Mencioné que estaba avergonzado por mi postura durante aquel día. La mujer me corrigió en un tono mezclado de gentileza y firmeza: “La vergüenza paraliza. Nadie llega listo para atravesar el desierto. Sé grato por el aprendizaje de todo y con todos. No obstante, lo más importante es el compromiso con la transformación del propio ser y todo el cambio que esto irá a generar a tu alrededor”. Me miró profundamente y concluyó: “Es a eso a lo que los demonios más le temen”.

Sin despedirse, se levantó y anduvo hasta lo alto de una duna. Allí, solitaria, danzó para las estrellas que iluminaban el cielo del desierto.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

 

 

Discusiones — Una respuesta

  • Lourdes valdez 10 de junio de 2018 on 20:58

    Muchas gracias, tus enseñanzas hacen que reflexione y llegan justo en el momento que se necesitan.