El décimo primer día de la travesía. Los demonios acompañan la caravana

Estaba temprano. El sol comenzaba a iluminar el desierto tras una enorme duna al oeste. Coloqué mis cosas en la alforja y la dejé lista para acomodarla en el camello a la hora de partir. Fui a la tienda donde era servido el desayuno para llenar una taza con café y me alejé para la oración matinal que solía hacer solitario, siempre acompañada de alguna reflexión. Como de costumbre, el caravanero estaba apartado del grupo con su halcón posado en el grueso guante de cuero que usaba en el brazo izquierdo, para el adiestramiento matutino. En ese momento se me aproximó un peregrino que hacía parte de la caravana y preguntó si podía hacerme compañía. Con el mentón apunté para que se sentara a mi lado. No demoró en colocar tema. Dijo que se llamaba Saúl y mencionó que, así como yo, él también iba al oasis para conocer al sabio derviche. En seguida criticó la estructura de la caravana. Comentó que el valor cobrado por el viaje era muy alto para lo poco que ofrecía y que el caravanero debía dedicarse al grupo con la misma atención que le daba al halcón. Nada respondí para no alimentar aquella conversación con energías que estimulaban la insatisfacción y la discordia. No satisfecho, al no encontrar en mí el apoyo esperado, preguntó si había leído determinado libro. Respondí que nunca había oído hablar ni del título ni del autor. El peregrino me miró con espanto y dijo que aquella lectura era presupuesto para conversar con el derviche, ya que era la base de su doctrina filosófica. Agregó que no todos los que iban al oasis lograban el esperado encuentro, pues el sabio escogía tan solo a algunas personas, aquellas que consideraba aptas para entender sus palabras.

Quise saber si él tenía el libro y si podía prestármelo. Como aún faltaban treinta días hasta llegar al oasis, tendría tiempo suficiente para prepararme. El hombre dijo que tenía el libro, pero estaba dedicado a releerlo. Lamentó no poder ayudarme y mencionó que estaba seguro de que él sería uno de los elegidos para reunirse con el derviche. Enumeró todos los estudios realizados y las escuelas de las más diversas tradiciones que había frecuentado a lo largo de muchos años. Por lo que había reparado, dudaba que en la caravana alguien estuviese tan preparado como él. Preguntó en cuál vertiente se sustentaba mi conocimiento. Respondí que recientemente había ingresado en una orden esotérica dedicada al estudio de la filosofía y de la metafísica. Nada más allá de eso. Él sacudió la cabeza como quien dice que no era suficiente y me aconsejó que no desistiera pues me ayudaría en lo que fuese posible. En seguida, dijo que tenía que preparar su equipaje, ya que la caravana pronto seguiría el viaje, pero antes me alertó para que tuviera cuidado con el caravanero. Le pregunté la razón, pero él tan sólo abrió el párpado como señal para que estuviera atento y salió.

Me envolvió una sensación desagradable. Una mezcla de emociones negativas con algo de confusión mental. Pensé en cómo sería detestable atravesar el desierto, con todas las dificultades inherentes al recorrido, para volver frustrado con relación a las intenciones del viaje. ¿Qué les diría a mis amigos cuando me preguntaran sobre la conversación con el derviche, especialmente a aquellos que me incentivaron a hacer la peregrinación? Me incomodaba la idea de responder que había sido en vano, que el sabio se había rehusado a conversar conmigo. Como si fuera poco, tendría que depararme con aquellos que me habían aconsejado no venir por causa de los peligros del desierto, además del enorme gasto que el viaje me ocasionaría. Cerré los ojos y los imaginé dándome lecciones de prudencia con aires de pretensa superioridad, diciendo algo como “si Dios está en todo lugar, y principalmente dentro de uno mismo, no necesitas ir a ningún lugar para encontrarlo”. En realidad, yo no viajaba para encontrar a Dios, sino en busca de nuevos conocimientos, a lo que retrucarían: “no veo sentido en que te prives de la comodidad de tu casa, principalmente hoy en día, donde encontramos todo en internet”. Pues bien, andar por las calles de una ciudad me ofrece una percepción muy diferente que conocerla por fotos. Así es con la filosofía; si no es vivida será desperdiciada. Es más, fuera de las críticas que tendría que enfrentar, no había vislumbrado la posibilidad de pasar cuarenta días en el desierto, con todas las privaciones inherentes a la caravana, para que al final no pudiese al menos oír una única frase del derviche. Aquello me dejó profundamente angustiado.

Esperé a que el caravanero regresara con el halcón. Cuando pasó a mi lado, cuestioné la razón por la cual no me había avisado sobre la enorme posibilidad de no poder conversar con el sabio al llegar al oasis. Él me miró atentamente, como si intentara leer lo que estaba escrito más allá de las palabras dichas, y respondió con serenidad: “Contrató la caravana para llegar a un determinado destino con seguridad; tan solo esto. Ese es mi compromiso. Respondo apenas por mí y por la caravana. No soy secretario ni agente del derviche. No me responsabilizo si él está de viaje o recluido sin deseos de ver a nadie. Así como no respondo por los negocios entre mercaderes y tapiceros. Por el contrario, veto el ingreso a la caravana a aquellos que, de antemano, percibo que perderán tiempo y dinero en la travesía, sean mercaderes o peregrinos”. Admití que, de hecho, yo mismo casi había sido impedido de participar del viaje, una vez por el caravanero, otra por la bella mujer de ojos color lapislázuli. No obstante, consideraba que la posibilidad de atravesar el desierto y no encontrar al sabio debería estar más clara.

Sin dejar que la energía densa que me envolvía lo alcanzara, él mantuvo el tono suave de la voz como manera de no alimentar la confusión: “Asuma los riesgos de su elección y aproveche la travesía. El desierto es mucho más que sol y arena”. Me miró a los ojos y concluyó de forma enigmática antes de continuar con sus quehaceres: “Una cosa más. Preste atención a los demonios para no ser su sirviente. El mejor truco de las sombras es el engaño de su existencia en nosotros”.

Aquella conversación con el caravanero empeoró aún más la confusión mental que ya sentía. Perdí la confianza en él y la inseguridad con relación al encuentro con el sabio derviche creció, ocupando todos mis pensamientos. El campamento fue recogido y la caravana partió. Me sentía incómodo sobre el camello. El paso del animal, la falta de brisa, el calor más intenso que nunca; todo me incomodaba. Sentí hambre, pues solo había tomado una taza de café en el desayuno. Después me dio sed. Dadas las lecciones de los días anteriores, yo sabía que debía racionar el agua para no volver a tener problemas. Comencé a recordar a las personas que me aconsejaron no hacer el viaje y me envolvió una horrible sensación de arrepentimiento por estar allí. Yo podría estar en lugares que adoraba como el monasterio, las montañas de Arizona, el taller de Lorenzo, la pequeña villa del Himalaya o viajando con mis hijas. Sin embargo, estaba atravesando el desierto en severas condiciones para vivir una experiencia que, ahora, parecía improbable. La agonía me abatió y convidó a la irritación al escenario.

En ese momento el peregrino emparejó su camello al mío. Me ofreció un chicle. Dijo que servía para mantener la boca húmeda. Acepté y encontré en él un amigo dispuesto a ayudarme. No demoró mucho para que Saúl comenzara a narrar cómo era solicitado para impartir cursos y dar conferencias. Me habló sobre sus increíbles experiencias metafísicas, permitidas tan solo a los iniciados. Mientras lo oía, me comparaba con él. En mi interior, sentí deseos de algún día ser solicitado de aquella manera.

La bella mujer de ojos color lapislázuli pasó a nuestro lado montada en su ágil caballo negro, me miró durante algunos instantes y prosiguió.

En seguida, Saúl anticipó la conversación que tendría con el derviche. Tenía una serie de cuestiones filosóficas para debatir con el sabio. Es más, le haría una propuesta irrefutable: que juntos montaran un spa espiritual en la ciudad del peregrino. Ante todo, le confesé mi recelo de no ser recibido por el derviche y de cómo esta posibilidad me incomodaba, a lo que respondió que, en la medida de lo posible, intercedería a mi favor. Agregó que, la próxima vez, debería prepararme mejor antes de venir. Después volvió a hablar sobre la precariedad de la caravana, de cómo era injusta la relación entre el valor cobrado y las condiciones ofrecidas. Mencionó algunas de las maravillas proporcionadas por otras caravanas. Tiendas más cómodas y comidas más refinadas eran solo algunas de las posibilidades distantes de las nuestras.

Al caer la tarde paramos para pernoctar. Tan pronto el campamento fue montado se sirvió la cena y nos dirigimos con el peregrino a la tienda para llenar nuestros cuencos. Era un guisado con carne seca de carnero, granos y legumbres. Saúl probó, torció la nariz y me miró como para recordar lo que había dicho. Enseña la sabiduría que la casualidad no existe, pues en ese instante el caravanero entró para servirse. Me llené de coraje y lo abordé para reclamar de las condiciones de la caravana. Él me oyó sin interrumpir. Cuando terminé dijo serenamente: “Ofrezco lo mejor que puedo dentro de los límites de las posibilidades que se presentan y de la capacidad que poseo; ni más ni menos. Sin embargo, entiendo que tiene el derecho de no estar satisfecho o hasta arrepentido por estar aquí. Lo peor que puede suceder en la caravana es que la discordia eche raíces y se propague”. Hizo una pequeña pausa antes de proseguir con toda la calma: “Le ofrezco la oportunidad de regresar. Le devolveré integralmente el dinero recibido. No quiero que se sienta perjudicado o engañado. Mañana uno de los encargados volverá a la ciudad de donde partimos. Si lo desea, podrá ir con él. Piénselo. Si es el caso, esté listo temprano en la mañana”, y se retiró. Miré al lado para buscar el apoyo del peregrino. Él se había alejado.

Fui en su dirección y percibí que me evitaba. Insistí hasta estar con él.  El comportamiento del hombre se me hizo extraño; es más, cuando le pregunté si había oído la conversación nada respondió. Quise saber si volvería conmigo al día siguiente. El peregrino sacudió la cabeza en negación y nada dijo. Mencioné que estaba en una situación delicada con el caravanero. Saúl, con un tono de voz agresivo, dijo que no era responsable por mis actitudes ni por mis elecciones y que debía madurar. Rebatí argumentando que tenía plena consciencia de la responsabilidad ante mis acciones. Sin embargo, las palabras eran la forma más antigua de magia, pues tenían el poder de propagar las sombras o sembrar la luz. Él, como hombre iluminado que se proclamaba, debería saberlo y entender qué tipo de mago era y la mala influencia que había causado. Saúl me miró con desdén y dijo que tan pronto me vio había reparado en que yo no tenía la menor condición de encontrarme con el derviche. Contrariado, preferí alejarme para no crear una confusión mayor.

Me quedé solo, sentado en un rincón distante hasta que un manto de estrellas cubrió el cielo del desierto. Lentamente me fui tranquilizando. Percibí lo tonto que había sido por embarcar en las sombras de Saúl. Me acordé del buen hombre que servía té en la caravana, quien nunca había frecuentado una escuela, pero poseía una sabiduría extraída de la simplicidad y la humildad. Impulsado por los buenos sentimientos, además de otras virtudes, como la delicadeza y la compasión, él era una de las personas con quien el derviche le gustaba conversar. No tenía como negar la importancia del conocimiento; no obstante, sin amor todo se pierde en la fragilidad de la existencia. El tiempo pasó sin tener noción, hasta oír una dulce voz atrás de mí: “Más que sexo, poder y dinero, el miedo mueve al mundo. Cada vez que esto sucede caminamos en dirección opuesta a la luz, alejándonos del verdadero destino”. Era la bella mujer de ojos color lapislázuli.

Se sentó en frente mío y le conté todo lo ocurrido durante el día. Al final, me declaré traicionado por el peregrino. La mujer no concordó: “Deja de culpar a los otros por tu sufrimiento; esto te impide avanzar. En verdad, fuiste traicionado por tus voces al dar oído a las propias sombras. Una de las más peligrosas, el miedo, se volvió tu consejero y alimentó la vanidad y el orgullo del peregrino. Esto hizo con que la envidia también te hiciera compañía. Con mentores de ese quilate inevitablemente tendrías problemas”. Sostuve que la responsabilidad por las elecciones era mía, pero que él era responsable por el alcance de sus palabras. La mujer estuvo de acuerdo parcialmente: “Sí, es verdad. No obstante, la magia de las palabras solamente germina donde encuentra suelo fértil, sea en la sombra, sea en la luz”. Hizo una pausa y concluyó: “La vanidad, el orgullo y la envidia son los demonios más vulgares que existen y los más influyentes en nuestras vidas. Todos nacen del miedo”.

Quise saber si esos eran los demonios a los cuales el caravanero se había referido aquella mañana. Ella asintió con un movimiento de cabeza. Le pregunté si ese era el motivo de ella haber pasado a caballo, mirándome mientras yo conversaba con el peregrino durante la marcha aquel día. “Sí, percibí los demonios acompañando la caravana”, respondió. Dije que era el peregrino quien movía esos demonios y solo hasta ahora me había daba cuenta de ello, ante lo cual discordó: “El peregrino es responsable tan solo por sus demonios, tú por los tuyos. El permiso para que los demonios de él alimentasen los tuyos fue concedido por ti. Las personas tienen sobre nosotros apenas el poder que les concedemos.”

Lamenté que no siempre yo pudiera identificar la presencia de esos demonios en mí y acepté que tenía cierta dificultad para entenderlos. Ella explicó: “La vanidad es la necesidad de sentirse admirado por los otros; el orgullo surge cuando necesitamos sentirnos más grandes que los demás. Ambos quieren convencernos de que son indispensables para la felicidad. La envidia se hace presente cuando insistimos en compararnos o en desear la vida ajena, como si las posibilidades que tenemos no son lo suficientemente buenas para nosotros. En el fondo, un deseo sombrío e inconfesable de estar en el trono del mundo”. Me miró profundamente y dijo: “Vanidad, orgullo y envidia son demonios nacidos del miedo. Miedo de dudar de la propia fuerza, miedo de no creer en el poder que te habita, miedo de no conseguir vivir el propio sueño, miedo de no ver la belleza de tu don, miedo de sentirse menor, peor o abandonado. Miedo de sumergirse en las profundidades de sí mismo para iluminar la oscuridad. Paradójicamente, es esta oscuridad que alimenta el miedo, en eterno ciclo de sufrimiento y fuga. Huimos hacia la vida del otro intentando en vano olvidar la nuestra y entonces sufrimos por estar incompletos”.

“Dentro de cada uno de nosotros viven ángeles y demonios, buenos y malos, alimentados por nuestros sentimientos y pensamientos. Lo que hagamos con cada uno de ellos define, paso a paso, quiénes somos y en cuál dirección seguimos. Créelo, en este momento de la existencia aún necesitamos de ambos, ángeles y demonios, movidos por ideas y pasiones de muchas vertientes, para perfeccionar nuestras elecciones y fortalecer, definitivamente, los lazos con la luz”.

“Todos tenemos los mismos demonios. No niegues ni reprimas los tuyos. Envuélvelos con amor e ilumínalos, así como un buen padre cuida del hijo. Usa su enorme fuerza vital para trabajar en favor de tus ángeles. Esto hace la diferencia”.

Le dije que tenía que darle una respuesta al caravanero temprano en la mañana. Admití que estaba arrepentido y que sabía la decisión que tomaría. Ella dijo: “La humildad es la virtud primordial hacia el primer portal del Camino. El portal de la lucidez. Lucidez al comenzar a entender quién soy. Solo entonces, me abro a las infinitas posibilidades para todo aquello en lo que puedo transformarme, en alegre batalla para tornarme mejor de lo que fui ayer. La existencia no se trata de una absurda competencia con los otros y sí en esforzarse por superarse a sí mismo. Ese camino comienza con la humildad. En verdad, la humildad es el comienzo del amor por la vida. Las virtudes son nuestros ángeles, pues protegen y liberan; la humildad es uno de los ángeles más poderosos que existe”.

Sin pedir permiso se levantó y salió. Acompañé sus pasos hasta cuando se volteó y dijo: “No te olvides de agradecerle a tus demonios por la lección de hoy”. Hizo una pausa y finalizó: “Tampoco te olvides de educarlos”. Después siguió hasta lo alto de una duna. Iluminada por las estrellas, la vi bailando solitaria, en comunión con el desierto.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar linares.

 

 

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