La fuerza de la mansedumbre

Cada vez que veía la clásica bicicleta de Lorenzo, el elegante zapatero amante de los libros y del vino, recostada en el poste enfrente a su taller, yo me sentía un hombre con suerte. Los horarios inusitados e imprevisibles de funcionamiento del taller ya eran legendarios en la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Había terminado un ciclo más de estudios en la Orden y el tren que me llevaría hasta el aeropuerto más cercano solo pasaría al final del día. La posibilidad de ocupar ese tiempo conversando con Lorenzo me llenaba de alegría. Un mes antes, cuando pasé rumbo al monasterio, el zapatero enfrentaba una delicada cuestión. El hijo del alcalde era un joven empresario, quien acababa de montar una tienda, franquicia de una famosa marca de zapatos. En aquella época, cuando le pregunté si ese hecho podría interferir con sus negocios, Lorenzo me respondió con tranquilidad: “Pienso que no somos competencia, aunque ambos trabajamos con productos de excelente calidad. Los zapatos que él vende son bellísimos, actualizados según las últimas tendencias de la moda, producidos por diseñadores internacionales. Los míos son totalmente artesanales; diseñados y elaborados uno a uno, dependiendo del gusto y de la necesidad de cada cliente. Atendemos a público con intereses distintos”. Hizo una pequeña pausa antes de concluir: “No obstante, la competencia siempre es bienvenida pues desestabiliza la rutina de los días. Cuando esto ocurre somos forzados, por supervivencia, a buscar un nuevo punto de equilibro, entonces avanzamos”.

Sin embargo, en ese periodo en que permanecí recogido en el monasterio, los hechos demostraron que el hijo del alcalde pensaba de manera diferente. El joven empresario había disparado una agresiva campaña difamatoria contra el artesano. Apoyado por la radio local, de propiedad de su padre, argumentaba las más diversas disparidades. Desde métodos anticuados de confección hasta supuestos clientes que habían tenido problemas ortopédicos por usar los zapatos elaborados por Lorenzo. No satisfecho, sabiendo que Lorenzo tenía clientes muy antiguos que venían de otros lugares en busca de sus zapatos, logró que una conocida revista hiciera un reportaje sobre el asunto, fundamentado en mentiras con un alcance aún mayor.

Hasta aquel día nunca me había parecido tan pequeño el taller. Desde temprano, cuatro viejos amigos del zapatero, residentes y comerciantes de la elegante población, habían transformado el taller en cuarte general para decidir sobre las medidas posibles. Dada mi experiencia como publicista, fui recibido por los cuatro amigos como un buen refuerzo de artillería. El sereno artesano se limitaba a llenar las tazas con café fresco y a oír las calurosas opiniones sobre el asunto. Me puse a disposición y de antemano les dije que podrían contar conmigo. Si era preciso, aplazaría mi viaje durante el tiempo que fuera necesario.

En pocos minutos yo estaba completamente involucrado en aquella batalla. Mientras trazaba una estrategia de marketing, los oía hablar sobre la necesidad de contratar a un abogado para llevar al hijo del alcalde ante un tribunal. Hasta se habló de conseguir a alguien para apedrear la tienda del empresario en el silencio de la noche. Los planes eran muchos y hubo quien sostuvo que deberíamos usarlos todos. La acalorada reunión del Alto Comando continuó ininterrumpidamente hasta la hora del almuerzo, cuando ya teníamos todo esquematizado, hasta que yo, incómodo con el silencio de Lorenzo, le pregunté si él estaba de acuerdo. Ante todas las miradas, el zapatero dijo en un tono dulce de voz: “Estoy muy feliz con todo lo sucedido. Es maravilloso experimentar toda esa demostración de amistad y manifestación de tan noble amor. Sin embargo, no tomaré ninguna actitud de confronto o acción contra el joven. Seguiré firme con mi trabajo, con el propósito de continuar ofreciendo un producto diferente con mi don y mi arte”. Uno de los amigos mencionó las difamaciones y sustentó que no podrían quedar impunes. Había innegables daños morales y materiales a ser resarcidos por vía judicial. Otro alegó que un joven egoísta y mimado no podía seguir indemne, esparciendo el mal por donde pasase. Otro amigo propuso la tesis de que la mentira que no es contrarrestada se convierte en verdad y argumentó que la honra de Lorenzo estaba en juego. Finalmente, decretaron que era preciso reaccionar.

Lorenzo reposó  la taza de café sobre el mostrador de madera y explicó con serenidad: “Sin duda es necesario reaccionar cada vez que somos atacados, cuando son lanzadas sobre nosotros las sombras ajenas. No obstante, la manera como reaccione marca toda la deferencia; define quien soy, las fuerzas que me acompañan y trazan mi ruta en el Camino. Puedo combatir las sombras ajenas usando mis propias sombras. Así, la oscuridad se agiganta, trayendo mucho sufrimiento a todos los involucrados. Sin  embargo, siempre tengo la opción de ofrecer la otra cara. El rostro que el agresor no conoce o aún no entendió como se usa. El lado de la luz. Solo así no me permito ser prisionero de la oscuridad y transmuto definitivamente el mal”.

Reconocí el valor del discurso, pero quería saber como sería aplicado en la práctica. El artesano arqueó los labios con una leve sonrisa, como si ya esperase aquella pregunta y fue pedagógico: “Quietud, silencio, alegría y trabajo”. Tomó la taza para beber un sorbo de café y prosiguió: “Quietud no significa inercia; al contrario, es un poderoso movimiento de expansión, solo que interno; necesario para que yo encuentre las fuerzas y las soluciones que preciso en este momento. El silencio no solo complementa la quietud, es la respuesta más allá de las palabras. Son las palabras no pronunciadas nacidas de la convicción de quien que se mueve con la verdad y trae en sí la fuerza de la luz. Esto también es conocido como fe. La alegría, a su vez, es necesaria como expresión por la oportunidad de la lección que se presenta, es la lucidez de percibir el lado bueno contenido en todas las cosas. Finalmente, el trabajo como oportunidad de caminar y ofrecer al mundo lo mejor que tengo para dar”.

Como si la vida quisiera probarnos, irrumpió en aquel instante una señora, antigua conocida por el zapatero y sus amigos. Comentó que estaba muy preocupada por las noticias que circulaban en la ciudad sobre el artesano. Dijo que estaba segura de que no pasaban de habladurías; sin embargo, sin desperdiciar la contradicción, indagó si de casualidad tenían algún trasfondo de verdad. Todos las miradas se volvieron hacia Lorenzo. Sin cualquier trazo de que aquella situación tuviera fuerza para desmoronar su paz, él respondió con profunda paciencia, utilizando otra pregunta: “La señora conoce a alguien que haya sufrido alguna lesión por usar los zapatos que hago?” La señora meneó la cabeza en negación, pero insistió en recordar las noticias difamatorias. Lorenzo hizo un gesto con la mano, como diciendo que nada podía hacer al respecto. Ella insistió para que el zapatero buscara a las personas y diera su versión de los hechos. El artesano fue sucinto en su argumento: “Confecciono zapatos en esta ciudad  hace casi medio siglo; pienso que mi trabajo es mi mejor discurso”. Para finalizar dijo: “No tengo ni debo tener algún poder sobre lo que las personas piensan o hablan. Cada uno es responsable de sí.  A mi tan solo me corresponde vigilarme a mí mismo”.

Un poco decepcionada, tal vez por no encontrar los esperados lamentos, tan comunes en situaciones parecidas, la señora pronunció algunas palabras de apoyo al zapatero, se dio media vuelta y se marchó. Después de un breve silencio, uno de los amigos quiso saber si Lorenzo seguiría con su rutina normalmente. El zapatero explicó: “En parte. Pienso que nada sucede por casualidad. Aunque estoy satisfecho con los zapatos que hago, los contratiempos sirven para que no nos estanquemos. Siempre podemos mejorar”.

“La mejor respuesta a nuestros antagonistas es nuestra propia evolución ”.

“De una forma u otra, las personas que se oponen a nosotros acaban volviéndose, aunque al contrario de sus pretensiones, importantes aliados para nuestro indispensable perfeccionamiento. Agradezco a cada uno de ellos por hacerme una mejor persona ”.

El clima tenso y sombrío había disminuido bastante. Comenzamos a conversar sobre cómo Lorenzo podría perfeccionar aún más los zapatos que hacía. Preocupados tan solo con  la revancha, nadie se había dado cuenta de esta posibilidad. Alguien recordó que había oído hablar sobre una nueva suela que traía una espuma dentro del cuero. Lorenzo estuvo de acuerdo en probarla. Comenté que también debería experimentar con el cuero vegetal, no solo por la onda vegana que encantaba al planeta, sino por la excelente calidad con que era producido. El zapatero quedó bastante animado con esa posibilidad. Conversamos durante algún tiempo, ayudando a nuestro amigo a trazar nuevas estrategias de ataque, ahora con las herramientas de la luz y no con los instrumentos de las sombras, hasta que el hambre habló más alto y recordamos que no habíamos almorzado. Los amigos fueron a sus casas. Todos partieron con la agradable sensación de ligereza, con la plena certeza de que cualquiera que fuera el desenlace, la batalla acababa de ser vencida.

Le comenté esto a Lorenzo al sentarnos en un restaurante para almorzar. El buen zapatero explicó: “La mansedumbre es una virtud con un poder inconmensurable, no obstante, todavía poco conocida. Nos engañamos al creer que la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones posibles, explícitas o implícitas, físicas o morales, a través de una o de algunas de las varias sombras existentes, son mecanismos eficientes de lucha. Esto sucede porque no prestamos atención en la serena fuerza de Jesús o en el suave poder de Buda. Es la no cooperación de Mahatma Gandhi con la oscuridad, es el sueño del que hablaba Luther King para vencer sin negociar con las tinieblas. Era lo que cantaba John Lennon en sus canciones. Todos ellos se hicieron victoriosos por la fuerza de la mansedumbre”.

Confesé que, al contrario de lo que muchos imaginan, es preciso coraje para ser manso. Como nos muestra la historia, la mansedumbre está destinada a los fuertes. Sin embargo, no es fácil recordar esto cuando somos atacados o intimidados por la maldad. Lorenzo meneó la cabeza concordando y dijo: “Es justamente en los momentos más difíciles de la batalla que los mejores guerreros se revelan pues no ceden ante las sombras; se mantienen  firmes e inquebrantables en los fundamentos de la luz”.

Guiñó un ojo como si contara un secreto y concluyó: “Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

Discusiones — 2 Respuestas

  • Gabriel 17 de agosto de 2018 on 12:37

    Que hermoso. muchisimas gracias!

  • María Fernanda De Sousa 16 de agosto de 2018 on 03:46

    Espectacular, oportuno, increíblemente bueno…me encanta las experiencias de Yoskhaz