El décimo cuarto día de la travesía. Las maravillas de lo transitorio

Desperté con el cielo del desierto todavía estrellado. Al este el sol anunciaba levemente la hora coloreando una pequeña franja del horizonte en tono pastel. Ingrid, la astrónoma que se había adormecido en la arena a mi lado el día anterior, estaba con los ojos abiertos, encantada con las estrellas. Cuando ella percibió que yo también estaba despierto, comentó sobre su fascinación por los astros celestes y por todo el misterio que el universo aún encierra. Le dije que el misterio existe en proporción indirecta a nuestro conocimiento. Sin embargo, curioso, le pregunté en qué pensaba al decir aquello. “Nuestro cielo es el cielo del pasado”, respondió. Dije no haber entendido. Ingrid explicó que como las estrellas están a una distancia absurdamente grande, a muchos años luz de nosotros, significa que las que veíamos en aquel momento ya no estaban en el mismo lugar y posiblemente ya ni existían. La astrónoma mencionó que las estrellas explotan cuando terminan su ciclo de existencia y debido a la enorme distancia la imagen de un hecho ocurrido en el espacio demora años para llegar a la Tierra; por lo tanto, lo que los ojos ven puede que no exista más. Apuntó hacia una estrella cualquiera y concluyó: “Aquella estrella pudo ser tan sólo una ilusión debido a la posibilidad de no existir más. La ilusión permea y se mezcla con la realidad todo el tiempo cuando estudiamos astronomía”. Comenté que tenía la sensación de que en la vida pasaba lo mismo; no siempre era fácil discernir entre ilusión y realidad. Permanecimos en silencio mirando las estrellas, mientras el sol escalaba algunos peldaños y el campamento despertaba. Después de levantar y arreglar nuestras cosas para partir a un día más de travesía, fuimos a desayunar. Mientras bebía un delicioso café fresco observé que una enorme duna, que estaba en frente nuestro la tarde anterior al acampar, había desaparecido barrida por el viento de la noche. Le confesé a Ingrid que la inestabilidad de las cosas me hacía sentir incómodo; ella tan sólo se encogió de hombros como quien dice que es inevitable y se alejó para cuidar de algunos quehaceres. Como me había gustado mucho conversar con ella y deseaba su compañía, le reservé un lugar para que emparejara su camello con el mío, pero dado que hasta el momento de iniciar la marcha ella no había aparecido, pasé los ojos por toda la caravana buscándola; fue cuando la vi lista para proseguir al lado de otra persona. De inmediato sentimientos desagradables se apoderaron de mí.

Me esforcé en vano para controlar el malestar que sentía. Intenté distraerme con el paisaje del desierto, mas todo me pareció de una insoportable monotonía. Aquel día quien siguió con el camello alineado al mío fue una señora de edad avanzada, con la piel maltratada por la intemperie del desierto pero que aparentaba gozar de buena salud. Percibí que ella me miraba como si fuese capaz de ver más allá de mí, más allá de mi cuerpo; como si fuera posible leer mi alma. Como esto me hacía sentir muy incómodo, la miré fijamente a los ojos con una expresión seria para que se detuviera. Ella sonrió dejando ver un diente de oro. En respuesta giré el rostro hacia el frente como diciendo que quería estar solo.

Yo esperaba que la caravana parara al medio día para un breve descanso y una leve refección como era costumbre, pero el caravanero dio la orden de continuar sin parar para que pudiéramos acampar al lado de un pozo donde nos reabasteceríamos de agua. Este cambio de rutina aumentó aún mas mi enorme molestia. Aunque nada pregunté, la señora que seguía a mi lado dijo: “Escoja quien lo acompaña, no sólo en la caravana sino todos los días de su vida”. Mencioné que quien deseaba que estuviera a mi lado no quiso estar. Ella, como si supiera que me refería a Ingrid, me aconsejó: “No me refiero a otra persona, pues no somos ni debemos sentirnos dueños de nadie; esto es dominación, raíz de mucho sufrimiento. Para ser libre es indispensable respetar la libertad ajena”. Hizo una pausa para proseguir: “Me refiero a sus ángeles y demonios. Quien determina la aproximación, sea de unos o de los otros, es usted mismo. Luz o sombras se definen en su mente y en su corazón. Así se construye la realidad; todo el resto es ilusión”. Volvió a hacer una pausa antes de concluir: “Acepte que las circunstancias cambian cuando la vida precisa avanzar en otra dirección. Negar la evolución es estar preso a la ilusión; oponerse al cambio es desperdiciar la mejor oportunidad ofrecida por una nueva realidad”. Sacudí la cabeza como quien dice que ella no sabía nada sobre mi vida y continué en silencio. La señora tampoco pronunció ninguna palabra.

Al caer la tarde llegamos al pozo. El campamento fue montado y toda la caravana se abasteció de agua. En la cena, el delicioso guisado de carne seca de carnero con granos cocidos no fue servido como de costumbre, siendo substituido por una sopa de extraña apariencia. Entre la decepción y la irritación, me rehusé a cenar. Como si no bastase, le reclamé a uno de los cocineros, quien me respondió de modo grosero. Me alejé para rumiar la desazón que sentía, ahora no sólo por Ingrid sino por toda la caravana que parecía tener un complot en contra mía. Ingrid no demoró en aproximarse. Dijo que estaba buscándome para conversar, pues quería contarme sobre la increíble conversación que había tenido durante el día con un astrólogo que seguía hacia el oasis junto con la caravana. Traía un plato de sopa que, según su paladar, estaba deliciosa. Animada, comentó que entabló un debate teórico con el astrólogo entre ciencia y misticismo; astronomía versus astrología. Sarcástico, le pregunté si ella se sentía victoriosa. La astrónoma percibió el tono de mi voz y en vez de responder a la provocación, quiso saber la razón de mi molestia. Le expuse mis motivos, a lo que comentó que estaba siendo inmaduro y expresó que podríamos hablar para aclararlo. Mostrando mi resentimiento, dije que no estaba dispuesto a conversar en aquel momento. Ingrid mencionó que lo entendía y se fue. Me sentí aún peor.

En ese momento, el estar en medio del desierto siguiendo en caravana hacia un oasis en el intento de conocer a un sabio derviche, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”, me pareció una idea absurda. Deseé inmensamente estar en la comodidad de mi casa, viviendo la rutina que me agradaba, al lado de aquellos que me amaban, cuando vi a la bella mujer de ojos color lapislázuli sentada en la arena, alejada de todos, en posición de meditación. Me aproximé, mas dudé en interrumpirla. Sin abrir los ojos, me convidó a sentarme. Al acomodarme, quise saber cómo ella me había notado con los ojos cerrados. La mujer respondió como si dijera lo obvio: “La energía densa que estás emanando es perceptible como los vientos que anteceden a una tempestad”. Le conté que no había tenido un buen día y resumí los hechos. Ella me miró como quien se dirige a un niño y comentó: “No veo nada tan grave que justifique tu insatisfacción”. Respondí bajo el argumento que el día anterior Ingrid había despertado en mí un gran afecto, para después cambiar mi compañía por la de otra persona que ella acababa de conocer. Cité el famoso trecho del libro de Saint Exupéry, en el cual el notable escritor enseña que “se es responsable por todo aquello que se cautiva”. Por tanto y según mi raciocinio, Ingrid debía haber sido más atenta conmigo. La mujer de ojos azules explicó: “La enseñanza es preciosa, no obstante, como toda la sabiduría, necesita de un contexto adecuado y de los debidos límites. Ser responsable por ti no significa que ella tenga que suplir todas tus carencias ni atender los deseos oriundos de un cuadro emocional inestable. Cautivar es ofrecer amor, lo que no responsabiliza a nadie por la felicidad ajena ante la evidente imposibilidad de realizar la tarea. Ser responsable por el otro es ofrecer lo mejor que tenemos, con el amor que ya poseemos, de manera generosa y honesta. Esto es muy diferente a tener la obligación de atender todos los deseos ajenos. Imponerle a alguien tal obligación es un abominable ejercicio de dominación, que debe ser rechazado con firmeza y delicadeza; no se puede aceptar la transferencia de responsabilidades en busca de la propia plenitud. La enseñanza del alquimista francés fue alterada generando cobranzas insensatas en los afectos y tratándose de amor, el cobro por sí mismo es indebido. Así, conducimos el raciocinio por vías tortuosas para que nos entreguen la felicidad que nos cabe buscar. Inmersos en la inercia por el miedo al trabajo y a lo desconocido, ambos inherentes a la búsqueda y a la evolución, le reclamamos al mundo y maldecimos la vida”. Me miró con seriedad y concluyó: “En el intento de manipular la realidad acabamos aprisionados en la ilusión”.

Moví la cabeza concordando, mas recordé que Ingrid podría haber sido un poco más atenta y paciente conmigo en vez de simplemente levantarse y salir cuando yo dije que no quería conversar. La bella mujer cuestionó mis intenciones: “¿Por qué ella tendría que insistir? ¿Para mimarte como se hace con los niños? Es común negarse a crecer con la ilusión de mantenerse en la permanente seguridad que los adultos nos transmiten en la infancia. Sin embargo, todo en la vida cambia porque todos necesitan crecer. Es necesario que sea así. Sin transformación no hay evolución. No obstante, tenemos miedo de las nuevas circunstancias de la vida por no saber si conseguiremos lidiar con ellas. Traemos el vicio ancestral de dominar todo y a todos los que nos rodean en vez de concentrarnos en equilibrar el universo que nos habita. Estamos condicionados a imponer o manipular las elecciones ajenas en cambio de simplemente respetarlas. En el deseo de controlar al mundo perdemos el poder sobre nosotros mismos y desperdiciamos las maravillas de la vida. Solamente con el alma madura nos sentiremos seguros. Experimentamos en el mundo el universo que nos habita; sean los conflictos, sea la armonía. Pensar que el dolor que sentimos es responsabilidad de los otros es una ilusión dulce de realidad amarga”.

Dije que, de cierta manera, eso era lo que la anciana me había dicho sin yo entenderlo. Agregué, por curiosidad, que se me había hecho extraño el diente de oro que aparecía cuando ella sonreía. La mujer de ojos azules me miró con sorpresa y comentó: “No me habías hablado sobre ella. ¿Podrías describirla?” Lo hice con detalles, pues ella había marchado a mi lado durante todo aquel día. La bella mujer me preguntó si yo había visto a la anciana en la caravana algún otro día. Fue cuando percibí que, en realidad y a pesar de dos semanas de convivencia, todas las personas me eran por lo menos conocidas de vista. Sin embargo, yo no recordaba haberla visto. La mujer de ojos color lapislázuli aclaró para mi espanto: “No había nadie marchando a tu lado hoy. Mejor dicho, ninguna persona. La anciana a la que te refieres es un espíritu; un buen espíritu que acompaña y protege las caravanas. Es una guardiana de las arenas conocida como la Gitana del Desierto. Ella es muy sabia y tiene mucha luz. Conversar con ella es una oportunidad concedida a poquísimos viajeros”.

Intenté proseguir la conversación, pero fui desaconsejado por la mujer que colocó el dedo sobre los labios en señal de silencio. En seguida, pasó la mano sobre los ojos como si pidiera que yo los cerrara. Entendí que era momento de quietud y reflexión. Atendí la sugestión. Al serenar las emociones, no demoró para que todos los acontecimientos del día pasaran como una película en mi pantalla mental. Las variadas situaciones que estaban fuera de mis previsiones y deseos, desde la elección de Ingrid en marchar al lado de otra persona hasta el cambio de menú para la cena, se presentaron con claridad. Al rehusarme a vivir las posibilidades que estaban fuera de mi control y voluntad, me sentí mal todo el día. Al permitir que la irritación se apoderara de mi por el simple hecho de no parar para descansar al medio día, me impidió conocer el sabor de la sopa, la pelea con el cocinero y, lo peor, por estar involucrado con los celos que sentía de Ingrid, desperdicié la rara oportunidad de aprovechar mejor la conversación con una guardiana del desierto. Mientras envidiaba la conversación de la astrónoma con el astrólogo, no percibí el encuentro fantástico que la magia de la vida me proporcionaba.

Poco a poco los pensamientos se alinearon para componer un mosaico de ideas. Entendí que si intento controlar el mundo me pierdo a mí mismo y a la vida. Por el contrario, si armonizo mi universo interior, me encuentro, me equilibro con el mundo y abrazo la vida. Tan solo la transitoriedad de todas las cosas puede enseñarme esto. Lo transitorio oculta la maestría de la evolución al desvendar el velo de la ilusión.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

 

Discusiones — 5 Respuestas

  • richard 1 de octubre de 2019 on 14:31

    me falta tanto por aprender

  • jose omaña 2 de septiembre de 2018 on 20:54

    saludos… igualmente pregunto que paso con el decimoterce dia de travesia???

  • josé omaña 2 de septiembre de 2018 on 20:35

    saludos… al igual que valentina espero la secuencia de la historia para saber que paso el decimotercer dia de travesia.

  • Valentina 29 de agosto de 2018 on 00:30

    Hola, me encanta leer La travesía del desierto, solo que después del décimo primer día de la travesía saltaron él orden y apareció el segundo día de la travesía, tuve que buscar él décimo segundo día de la travesía en los archivos, ya leí el décimo cuarto día de la travesía y aún no consigo él décimo tercer día de la travesía, por favor si pueden ayudarme se los agradezco, gracias

  • Lourdes 24 de agosto de 2018 on 22:38

    Graciassss milll por esta gran oportunidad de que compartas estas vivencias y llegan en el justitito monento. Bendiciones milllm