El primer portal

Integraba la Orden hacía algún tiempo. Siempre había oído hablar de los Ocho Portales del Camino, mas nunca había tenido la oportunidad de saber exactamente de qué se trataba. Dispuesto a entender sobre el asunto, aquel día busqué al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, por todo el monasterio. Lo encontré sentado al final del refectorio, entretenido con un pedazo de torta de avena y una taza de café, en animada conversación con el cocinero. Cuando me vio hizo una seña para que me aproximara. Llené una taza con café y me senté a su lado. El alegre cocinero pidió permiso, pues estaba atrasado con la cena. A solas, cuestioné al Viejo sobre los Ocho Portales, quería saber qué eran y cuando aprendería sobre ellos. El buen monje arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “El Camino es el sendero hacia la luz. Iluminarse es encontrarse a sí mismo, conocerse y liberarse de los sufrimientos que aprisionan; limar las asperezas que ocultan el verdadero diamante: el ser pleno. La plenitud se revela y se completa al conquistar los cinco estados fundamentales del espíritu: la libertad, la paz, la dignidad, el amor incondicional y la felicidad. Así se construye un alma fuerte, capaz de mantenerse serena aún ante las tempestades del mundo”.

“Esto no significa estar ajeno a los problemas del mundo, actitud egoísta y desprovista de misericordia, una de las más bonitas expresiones del amor. Al contrario, es no ‘lavarse las manos’, es involucrarse profundamente con los dolores de la humanidad, en el ejercicio de ofrecer lo mejor que se posee a cada día, todos los días. Como aquel jardinero obstinado que mira hacia el enorme desierto con el firme propósito de transformarlo en un jardín, aunque solo sea capaz de plantar flores en un pequeño rincón, jamás desistirá de la parte que le corresponde en la ejecución de su trabajo. El jardinero trabaja sereno, sin preocuparse por las enormes dificultades inherentes a la tarea; camina sin negociar con la oscuridad, pues sabe que toda la luz brota de su corazón. Es la jornada hacia las Tierras Altas, como se enseña en el Oriente; es aproximarse a Dios, como aprendemos en el Occidente”.

Dije que todo era muy poético y poco práctico. Agregué que en realidad no sabía cómo hacer para iluminarme, conquistar la plenitud, viajar hacia esferas más elevadas del espíritu o estar próximo a Dios. El Viejo movió la cabeza como quien entiende mis dilemas y explicó: “La herramienta más importante que tenemos, disponible para cualquier persona, son las elecciones. Todos tienen ese poder y la posibilidad de ejercitarlo diversas veces en un único día, todos los días. A cada instante nos deparamos con bifurcaciones en el ancho sendero de la perdición y la puerta estrecha de las virtudes”. Hizo una pequeña pausa, algo dramática, para resaltar la situación y murmuró como si hablara consigo mismo: “Las virtudes” …

Bebió un sorbo de café y prosiguió: “El entendimiento y el perfeccionamiento de cada una de las virtudes en el ser, aplicadas a las elecciones del día a día, son los instrumentos de construcción de la plenitud. La luz es una flor de muchos pétalos; cada pétalo es una de las virtudes del ser”.

Me miró como si condujera de la mano a un niño perdido y dijo: “Has estudiado sobre las virtudes desde que pisaste el monasterio por primera vez. Cómo utilizarlas para iluminar las sombras que existen en sí mismo, armonizar las emociones reinantes en el corazón e ir más allá de las fronteras del pensamiento dominante. Las virtudes son como la espada del guerrero que lo ayuda a enfrentar las dificultades que impiden que alcance el cálice sagrado. El Grial es el símbolo de la iluminación del andariego. Ese es el Camino; en él existen ocho portales. En cada uno de ellos habrá un guardián que lo defenderá. Solamente podrás atravesarlo si le demuestras al guardián que ya posees las virtudes inherentes a cada portal. En cada uno de ellos será necesario que el guerrero posea un grupo diferente de virtudes, que aumentan en grado de dificultad a medida que avanza. Cada portal representa una octava del Camino; ocho portales componen toda la jornada, denominada El Camino de la Luz”. Volvió a hacer una pausa para concluir: “Con sabiduría percibirás que, en el fondo, los guardianes no quieren impedir que prosigas, sino que están allí para perfeccionar tus virtudes y transformarte en un guerrero mejor a cada día, hasta que el guerrero se vuelva un maestro”.

“El Camino es vivido en el mundo, mas recorrido dentro de sí mismo. Los guardianes se manifiestan a través de las sombras del propio andariego”.

Maravillado y desconcertado con las palabras del Viejo, le dije que deseaba conocer cada uno de los portales. El monje me sorprendió: “Tú ya los has estado estudiando desde que entraste a la Orden”. Le comenté que estaba engañado, pues hasta el momento nadie me había mostrado nada en ese sentido. Consideré que tal vez hubiese faltado a las charlas y cursos referentes al asunto. El Viejo condujo el raciocinio: “¿Por qué somos la Orden Esotérica de los Monjes de la Montaña?” Respondí que el nombre se debía al texto del Sermón de la Montaña, contenido en el Libro de Mateo, eje central de nuestros estudios en el monasterio. Agregué que la lectura de ese valioso texto no debía hacerse con los ojos de la literalidad, sino siempre mediante una óptica esotérica. Todos los escritos, oriundos de las más diversas y bellas tradiciones filosóficas, siempre útiles y preciosos, están pautados por las enseñanzas del Sermón y se complementan entre sí. Sin embargo, insistí en que desconocía los Portales e indagué cuándo tomaría conocimiento de ellos.

El Viejo, que poseía el infinito poder de sorprender, se encogió de hombros y dijo como si fuera obvio: “En el Sermón de la Montaña.” Ante mi espanto, él dio una divertida carcajada y dijo: “El tesoro siempre está escondido en el patio de nuestra casa”. Serio, explicó: “Es siempre así; hay que conocer el mundo para así reconocer el valor de nuestra casa, entonces volvemos. Somos los hijos pródigos”. Todavía no muy convencido, meneé la cabeza negando y argumenté que ya había leído el Sermón de la Montaña decenas de veces. Afirmé con seguridad que allí no constaba ningún trecho sobre los Ocho Portales. El monje me hizo un simple cuestionamiento: “¿Cómo inicia el Sermón?” De repente, respondí que comenzaba con las Bienaventuranzas. Entonces, con una sonrisa traviesa en el rostro, me hizo una pregunta muy fácil y a la vez desconcertante: “¿Y cuántas son?”.

No podía creerlo. Tampoco respondí pues grande era mi sorpresa. Cada una de las ocho bienaventuranzas era uno de los Portales del Camino. No era posible. Todo debajo de mi nariz y no había sido capaz de verlo. Permanecimos un tiempo sin pronunciar palabra hasta que me di cuenta de que, en verdad, no era tan simple. Le dije al Viejo que no podía asociar las ideas, o sea, interpretar y entender cada bienaventuranza como un portal. El Viejo levantó las cejas y explicó: “No fue en vano que la Biblia fue el primero libro impreso del planeta después de la invención de la imprenta. Gutenberg era un iniciado. La Biblia, hasta el día de hoy, es el libro más publicado en el mundo. Ningún libro es más metafísico, alquímico y esotérico. Las Escrituras están adormecidas en el inconsciente colectivo, a espera de quien sea capaz de despertar su sentido más profundo. Leer con los lentes del ego no tiene ningún sentido; es preciso leerlas con los lentes del alma. Esta es la lectura esotérica que ilumina y transmuta al ser”.

Sacudí la cabeza como respuesta como quien dice que todo aquello era una bobada. Argumenté que conocía el trecho de las bienaventuranzas de memoria y podía garantizar que nada había allí capaz de indicar un portal. Para comprobarlo, cité la primera: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino de los Cielos”. Enseguida miré al Viejo de modo desafiante, como colocándolo en jaque mate.

El Viejo me ofreció una dulce sonrisa como si estuviera enfrente de un niño malcriado y dijo con voz serena: “Un pobre, principalmente en aquella época, se vestía con poca ropa, al contrario de los ricos que se adornaban con telas caras, armas vistosas y aparatos relucientes. Tener un corazón de pobre significaba una persona desprovista de máscaras, adornos y trucos en su forma de ser. Dispuestos a vivir sin orgullo ni vanidad. Son individuos que ya entienden que la esencia es más valiosa que la apariencia y no la usan para esconderla. Es el individuo dispuesto a dejar de nadar en la superficie del lago de la existencia para profundizar en el océano de la vida. Por esas razones, el Primer Portal es conocido como el Portal de la Lucidez. La lucidez permitida a quien ya logró desvendar las ilusiones mundanas y está dispuesto a vivenciar la realidad inmaterial de lo sagrado. Lo sagrado es todo aquello que transforma y perfecciona al ser”.

Eran conceptos repetidos constantemente en el monasterio, pero en aquel momento adquirieron otra relevancia y mostraron la debida grandeza. Quise saber cuáles son las virtudes necesarias para atravesar el Primer Portal. El Viejo no se hizo de rogar: “La humildad, la sencillez, la compasión, la ligereza, el respeto, el equilibrio y la alegría”.

Enseguida él comentó, de modo resumido, cada una de ellas: “La humildad es la virtud primordial para el andariego, pues nos enseña a ser pequeños para que un día podamos ser grandes; enseña que el orgullo nada tiene que ver con la autoestima.  Una nobleza verdadera capaz de defender y liberar al andariego de las ofensas, todas vulgares, que solo revelan las sombras de aquellos que las profieren. Es la virtud del ‘ánfora vacía’, de aquellos que siempre están vacíos de sí mismos para dar lugar a lo nuevo y para aceptar las diferencias. Son los eternos aprendices, conscientes de la larga jornada que tiene por delante y maduros con relación a sus capacidades y dones. Es la lucidez de aquellos que saben quién aún no son”.

“La sencillez es la virtud de los que viven sin complicaciones, sin máscaras, sin subterfugios. Sí es sí; no es no. Es la lucidez de vivir con transparencia, de ser tú mismo, con todas las dificultades y sombras que te son inherentes. La sencillez es típica de aquellos que saben quiénes son y no se avergüenzan de ello. Solo con sencillez podemos sentirnos parte del todo; la simplicidad hace con que el Camino acoja al andariego. Humildad y simplicidad son siamesas”.

“Siempre habrá quien sepa más y menos que tú. La compasión es la virtud de aquellos que, al conocer el propio nivel evolutivo, entienden el momento evolutivo ajeno. Es la lucidez de no exigir de los otros la perfección que no se tiene para ofrecer. Saben que no se puede esperar flores de quien tiene un desierto dentro de sí. Saben que, a su vez, dentro de ellos mismos no todos los rincones son jardines floridos. La compasión es la compañera inseparable de la humildad y de la sencillez; juntas despojan al individuo de las armaduras del orgullo y de las pompas de la vanidad”.

“La ligereza es la virtud del desapego. Es aquella en la cual se valorizan más las necesidades de luz para el alma que los deseos del ego por brillo. De aquellos que saben diferenciar riqueza de prosperidad. La ligereza aleja la influencia de la envidia en nuestras elecciones. Es la lucidez de quienes ya entienden lo que podrán llevar para las Tierras Altas, de aquello que cabe en su equipaje sagrado, el corazón. Es aprender a viajar sin las pesadas maletas de lo innecesario y de las comparaciones que tanto interfieren en la caminada. La ligereza enseña que entre menos necesite más libre seré”.

“El respeto es la virtud del andariego que no permite que interfieran en sus elecciones, pues sabe que ellas traducen y definen su viaje. Escucha a todos, pues todos tienen algo que enseñarle, pero la decisión es solamente suya, pues representa los valores de su alma. En contrapartida, renuncia a interferir en las elecciones ajenas. Esta es la lucidez de entender la frontera entre la libertad y la prisión del ser. Los celos disminuyen a medida que el respeto aumenta”.

“El equilibrio es la virtud de no permitir ser dominado por las pasiones, vehículo común utilizado por las sombras con la intención de manipular nuestros deseos. Cuando dejamos de ser señores de nuestras mejores elecciones, situación común cuando somos llevados por emociones movidas por el odio, el resentimiento, el miedo o el egoísmo, disminuimos la luz que nos anima y orienta. A menudo perdemos la ruta. El equilibrio ofrece la lucidez para que podamos escoger por amor o escogeremos errado”.

“Finalmente, la alegría. Así como el buen humor, la alegría es una característica de los espíritus iluminados. No existen mal humorados en las Tierras Altas. La alegría es la virtud de aquellos que caminan felices y en paz con la vida, a pesar de las dificultades inherentes a la existencia de todas las personas. Una alegría pura y sencilla, solo por el hecho de ser un andariego. Son aquellos que siembran una sonrisa por donde pasan, llevando un poco de luz a los rincones sombríos del mundo. Saben que el sarcasmo y la ironía son formas disfrazadas de violencia y nada tienen que ver con el buen humor. Es la lucidez de aquellos que pueden ver el lado bueno existente en todas las cosas; la sabiduría, la justicia y el amor del Todo en cualquier parte”.

“Esas son las virtudes que el andariego necesita para pasar el Primer Portal”. Comenté que no era fácil. Él levantó las cejas y dijo: “Nadie mencionó que fuera fácil, tan solo que éste es el Camino. Las ‘puertas son estrechas’, avanzar es una elección”. Bebió un sorbo de café y finalizó: “Hay otro detalle. A medida que el guerrero perfecciona sus habilidades más le será exigido por los guardianes en los próximos portales. Infinitas transformaciones serán indispensables”.

Antes de que yo le pidiera para que me contara acerca de los demás portales, el monje desocupó su taza de café y pidió permiso, pues era hora de la conferencia que daría en el monasterio. Me preguntó si asistiría. Le agradecí, pero respondí que no; necesitaba del silencio y la quietud para asentar cada una de aquellas ideas en mí. El Viejo sonrió, se levantó, me dio un beso en la frente como lo hace un padre cariñoso y se marchó con su paso lento, pero firme.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

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