El verdadero rostro del coraje

Aquel año, al llegar a la pequeña villa china escondida en el Himalaya, me sentía bastante desanimado. Uno de los jóvenes que trabajaba en mi agencia de publicidad me había causado un profundo disgusto. Él estaba conmigo desde que era pasante. Talentoso y dedicado, había ascendido en la empresa hasta convertirse en el responsable por algunas de las cuentas más importantes que teníamos. Era el funcionario más cercano a mí, a tal punto que las personas bromeaban diciendo que era el hijo hombre que no tuve y  el heredero de la agencia, ya que mis hijas, todas mujeres, nunca se interesaron en la publicidad y siguieron otros rumbos profesionales. Fui padrino de su matrimonio, así como de su hijo. Si había alguien en quien yo confiaba era en Fred, como se llamaba. Días antes de viajar para un periodo más de estudios con Li Tzu, el maestro taoísta, la secretaria me dio la noticia de que Fred se había retirado de la agencia. Para mayor sorpresa, no solo había montado una agencia para competir con la nuestra, sino que también había buscado a todos los clientes con la intención de persuadirlos a acompañarlo. Para ello, se dispuso a criticar nuestros engranajes de creación y ejecución de campañas y les prometió que lo haría mejor. Dos importantes clientes, cuyas cuentas estaban bajo su responsabilidad, rescindieron el contrato que tenían para firmar con él. Como si no bastase, como pretexto para despedirse de mí, entró a mi oficina y desplegó una serie de lamentos y críticas sobre mi comportamiento tanto personal como profesional, que ni de lejos imaginaba que existían. Irritado con toda la situación, comenzamos a discutir hasta que otros funcionarios de la agencia tuvieron que intervenir para no llegar más lejos.

Cuando bajé del autobús, dejé mi equipaje en el único hostal del lugar y partí en dirección a la casa de Li Tzu. Medianoche, el gato negro que también vivía allá, dormía perezosamente en el jardín de bonsáis y al verme se espantó y corrió. El maestro taoísta me ofreció una sincera sonrisa de bienvenida, pero al aproximarme avisó: “Tu energía está pesada”. En seguida comentó: “Cada vez que nos entristecemos significa que perdimos la batalla”.

Estuve de acuerdo en que estaba bastante molesto, pero que la batalla hasta ahora comenzaba. Antes que yo continuara hablando, al percibir que me alteraría con facilidad, el maestro taoísta me convidó a beber un té. Me condujo hacia la cocina. Mientras me acomodaba en la mesa, él colocaba las hierbas en infusión. Para ayudarme a transmutar, al menos en parte, la energía que emanaba, comenzó a hablar de sí para que el asunto que me irritaba perdiese un poco de fuerza dentro de mí. Después sirvió el té. Permanecimos algún tiempo sin pronunciar palabra hasta que el maestro taoísta me preguntó qué era lo grave que había sucedido para desequilibrarme de aquella manera. Narré todos los hechos. Le conté que para empeorar la situación, había un festival internacional en el que todos los años se escogían las mejores campañas publicitárias del planeta. Agencias de todos los lugares del mundo inscriben sus mejores creaciones para concursar. Le expliqué que ese premio, dividido en varias categorías, era muy importante pues servía de puerta de entrada para obtener las cuentas de grandes corporaciones, elevando el nivel financiero de las agencias laureadas. Mi agencia había inscrito una propaganda, que yo consideraba genial, hecha justamente para una de las empresas que había decidido dejarnos para acompañar a Fred. Aunque fue vinculada cuando la cuenta aún era nuestra, Fred alegaba ser el mentor de la campaña y me había desafiado, el día en que discutimos, a inscribir otra campaña de la agencia que no tuviese su firma. Agregó que quería usar ese conjunto de anúncios en el festival ya que era el autor intelectual. Le respondí que no retiraría las propagandas del concurso, pues habían sido elaboradas por mi agencia durante la vigencia del contrato, así que me amenazó con abrir un proceso judicial de impensables consecuencias, a lo que respondí que estaba listo para la batalla.

Li Tzu me miró con dulzura y preguntó: “¿Por qué dar oídos al rugir de los tambores que convocan para la guerra?” Respondí que yo no era un cobarde.

Al contrario de lo que esperaba, Li Tzu no esbozó ningún comentario. Esperó que yo terminara mi taza de té, sonrió y me entregó el Tao Te Ching. Me pidió que leyera los capítulos setenta y tres y setenta y nueve del libro, reflexionara, meditara y regresara después de encontrar utilidad para cada palabra contenida en los pequeños textos, respectivamente:

“Valiente y agresivo, acabará por perecer,

valiente y manso acabará por vencer.

Dos actitudes, una buena, otra mala.

El cielo no favorece a nadie,

es difícil de entender.

El Tao del cielo vence sin pelear,

responde sin dar respuesta,

atrae sin llamar,

actúa sin mostrarse.

Inmensas son las redes del cielo,

y a pesar de no ser tan anchas las mallas,

nada se les escapa”.

 

“Después de una gran discusión,

el resentimiento permanece.

El sabio asume mitad de la disputa,

Nada más exige.

El hombre de virtud hace lo que le es debido,

el hombre sin virtud exige de los otros.

El Tao del cielo es imparcial,

recompensa al hombre de bien, siempre”.

Decepcionado ante el silencio del maestro taoísta, anduve sin rumbo con el libro debajo del brazo. Entendía que la intención de Li Tzu era enseñarme a aplicar el Tao a la vida, pero el comodismo occidental me llevaba a desear respuestas listas, sin el esfuerzo de encontrarlas. Él me había aconsejado la quietud y la soledad; lectura y reflexión. El Tao enseña que cada uno contiene en sí todas las respuestas; el camino es buscarlas. Encontré un agradable lugar a la orilla del río que bajaba de la cordillera y atravesaba la pequeña villa. Me acomodé debajo de un árbol frondoso para releer los capítulos indicados. Lo hice decenas de veces hasta memorizarlos. Todavía irritado por la pelea que había tenido con Fred, tenía mucha dificultad para utilizar el Tao en la práctica. Percibí que aquella vibración de animosidad impedía la luz necesaria para un mejor entendimiento; impedía que las buenas virtudes encontraran lugar y función para transformar mi visión sobre la cuestión. Cerré los ojos y dejé que el sonido del río inundase cada molécula de mi cuerpo, como si fuera posible que mis sentimientos fueran limpiados por las águas. Permití que la pelea se distanciara de mí para que yo la pudiese ver desde otro prisma, no como un combatiente, sino como un observador. Poco a pocos serené el corazón; esto me permitió aclarar la mente y  solo entonces pude usar el Tao como guía de mis pasos.

El coraje es sin duda alguna una virtud. Una virtud socialmente aplaudida, desde siempre ligada al arquetipo del héroe. Héroes construidos en la ficción combaten reaccionado con el mismo tono de las amenazas. Este modelo queda guardado en el inconsciente. Así, al ser provocados, nos acostumbramos a responder con el mismo lenguaje usado por el interlocutor, principalmente ante las situaciones que nos incomodan. Reaccionamos de modo automático. Cuando usamos sombras para combatir sombras creamos nuestros problemas, pues al envolvernos en oscuridad permitimos que la acción del otro, por más banal o estúpida que sea, nos afecte. Con la ilusión de la supuesta defensa de la honra o de muchos otros derechos y conceptos creados por egos dominantes y aceptados por egos igualmente inmaduros, siempre movidos por el orgullo y la vanidad, acaban por hacernos prisioneros en las celdas del rencor y de la insatisfacción, en ciclos viciosos de sufrimiento alimentados por guerras sin fin. En el fondo, reaccionamos mal porque sentimos miedo; cuando en lo íntimo y sin confesarlo nos percibimos frágiles. Como no nos gusta revelarnos de esa manera ante el mundo o ante el espejo, respondemos de la manera en que fuimos condicionados, dejando un rastro de dolor, tanto en nosotros como en los otros. No podemos ser meramente una respuesta; debemos permitirnos nuevas e impensadas elecciones. Una posibilidad de ser diferente, de permitir que la luz se manifieste en nosotros y a través de nosotros. Cada uno escoge la batalla que luchará, así como las armas que usará. Esto define los dolores o las alegrías de nuestros días.

Dentro de mí corren los mejores y los peores sentimientos. Así es con todos, sin excepción. Aprender qué hacer con ellos define quién soy, la conquista de la plenitud es mi lugar en el mundo. Están los que matan por celos; existen los que componen una canción por el mismo motivo. Hay los que devuelven la ofensa con la misma moneda; existen los que, ante la oscuridad, ofrecen la otra mejilla, el lado de la luz. Hay los que se aprisionan durante siglos en las celdas del resentimiento; existen los que se liberan a través del perdón. Hay los que se vengan del mal; existen los que perciben que el mal es malo debido a la ignorancia que lo envuelve, entonces lo educan con justicia. La agresividad, de cualquier especie, señala a aquellos que tienen miedo de enfrentar a sí mismo, de abrazar sus sentimientos más sombríos con amor, para entonces iluminarlos, como un buen padre lo hace con su hijo rebelde. Al negar la dolencia alejamos la oportunidad de cura. El resentimiento siempre será un permiso que le concedo a alguien para herirme. Sí, por más absurdo que pueda parecer, es exactamente esto. Muestra cuánto aún desconozco acerca de los mecanismos ofrecidos por las virtudes para protegerme y liberarme; para sentirme digno ante mí mismo y en paz con los otros. Para seguir en el Camino se necesita aprender a ser manso como lo son los sabios; no obstante, la mansedumbre sólo le es permitida a quien tiene el coraje de los guerreros. A los débiles les resta la violencia o el resentimiento.

Era necesario redefinir el coraje. Para ello era indispensable entender mi irritación. Las personas sólo tienen sobre nosotros el poder que les concedemos en medida inversa de nuestro desequilibrio emocional, fruto del desconocimiento de quiénes somos y de las virtudes que aún no aprendimos a usar. Si alguien tuvo la capacidad de herirme o decepcionarme fue solamente por las enormes sombras, como el orgullo, la envidia, la vanidad y los celos, hijas del egoísmo y del miedo, que todavía influyen en mi pensar y sentir. Todo resentimiento tiene raíz en la ignorancia; en el desconocimiento del perdón, de la humildad, de la compasión, de la misericordia, de la sinceridad, del amor y de todas las demás virtudes con sus incontables poderes de protección y liberación; de cura y de luz. Para cada sombra existe por lo menos una virtud capaz de transmutarla. No basta la sabiduría, es preciso coraje para vivir así. Esta es la parte que me cabe: entender mi lucha y hacer de las virtudes mi espada. Es necesario unir al sabio y al guerrero en una única persona. Del resto, el universo cuidará. En síntesis, esas eran las lecciones de los dos capítulos del Tao indicados por Li Tzu.

Cuando me di cuenta el cielo estaba salpicado de estrellas. Me sentía cansado, pero una agradable sensación de ligereza me envolvía. Seguí hacia el hostal y dormí profundamente aquella noche. Al día siguiente, muy temprano, partí a casa de Li Tzu. Al pasar al lado de Medianoche, el gato negro, tan solo me miró desinteresadamente y volvió a dormir. Lo interpreté como una buena señal. El maestro taoísta terminaba su sesión diaria de yoga y me indicó que esperara. Después fuimos a la cocina. Mientras él preparaba té, comentó que mi energía había cambiado, que estaba clara. Le hablé sobre las conclusiones que había sacado de los textos indicados y de cómo las utilizaría en la práctica.

Le dije que las ofensas proferidas por Fred debían ser desconsideradas dado el difícil momento de transición profesional por el que él pasaba, hecho que podía haber generado algún descontrol emocional. Con relación a las críticas personales y profesionales, iría a evaluarlas. Aquellas que me parecieran justas serían usadas para impulsar los debidos cambios en mí, en indispensable ejercicio de humildad. Las que considerara inapropiadas y que solo reflejaban un eventual desorden interno de Fred, las desconsideraría con amor y compasión. Al final, yo tampoco tenía la perfección para ofrecerle. Mantendría las puertas de mi corazón y de la agencia abiertas en caso de que algún día quisiera volver. Es bueno gustar de los otros.

Con relación al festival le expliqué que, si por una parte los anuncios habían sido hechos y desarrollados por mi agencia en el período en que Fred era funcionario, sería honesto concluir que yo tenía el derecho de inscribir la campaña en el festival. De otro lado, él era el autor intelectual de la obra. Si yo era sincero tendría que admitir que había justicia en aceptar que él usara los anuncios en el concurso. En el fondo, cualquiera de las dos decisiones tendrían sus propias justificaciones y se sustentaban en argumentos válidos. No obstante, una sería movida por egoísmo; la otra, por generosidad. Yo podía escoger.

Le conté que autorizaría a Fred a concursar en el festival con aquella campaña y que, visto a través de buenos lentes, aún en el anonimato, si Fred ganaba el premio yo también vencería. Esto me bastaba. Li Tzu sonrió satisfecho y comentó: “Ahora, cualquiera que sea el veredicto del festival y aunque la campaña no sea laureada, tu ya eres el vencedor”. Se encogió de hombros y concluyó: “Sólo que el trofeo es otro. Ganaste sin pelear, como prescribe el Tao”.

“Muchos pensarán que fuiste cobarde al rehusarte a la guerra propuesta por el mundo, cuando en verdad demostraste un coraje poco conocido al trabar la lucha correcta, dentro de ti mismo. El cielo reconoce el valor aunque el mundo lo ignore. El coraje puede ser una herramienta de las sombras o de la luz. Dependerá solamente de los sentimientos y de las razones que lo mueven”.

Le agradecí por los cambios que el Tao me había proporcionado. El maestro taoísta me alertó: “El Tao es solo un instrumento milenario evolutivo; existen muchos otros. Usarlo para componer la canción de la vida será siempre una obra tuya”.

 

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