¿Quiénes somos?

Cuando llegué a la pequeña villa china en el Himalaya, dejé mi maleta en el único hostal del lugar y me dirigí a la casa de Li Tzu, el maestro taoísta. Era muy temprano. Media noche, el gato negro que también vivía en la casa, que dormía profundamente, ni se movió con mi llegada. Li Tzu había terminado los ejercicios de yoga que practicaba todas las mañanas. Me recibió con una sonrisa sincera y me convidó a desayunar y conversar un poco antes de que los alumnos llegaran para las clases. Iban personas de todas partes del mundo para aprender un poco sobre el Tao con Li Tzu.  “Un poco”, él enfatizaba en sus clases, pues “el Tao se expande a medida que hay evolución personal. Así como el universo, el Tao no es estático. La percepción del Tao es dinámica según el dinamismo que cada persona le aplica a la propia vida”, solía explicar. 

Me pidió que me pusiera cómodo mientras alistaba todo. La casa de Li Tzu se parecía a él. Suave y acogedora al mismo tiempo. Existía una alegría serena en el ambiente. Se podía oír una melodía tranquila de fondo, tocada a volumen muy bajo; como nadie hablaba alto, era posible escucharla con facilidad. También estaba el perfume de los inciensos, siempre ardientes. Había innumerables velas encendidas y regadas por toda parte, dándole a la casa un ambiente de luz, como en un templo zen. Sin embargo, mi lugar preferido era el maravilloso jardín de bonsáis donde el maestro taoísta aplicaba los conocimientos de su formación como botánico. Me encantaba la belleza de los pequeñísimos árboles. Desde hacía algún tiempo yo mantenía algunos bonsáis en mi casa, pero no tenían el mismo vigor; atribuí la diferencia al aire puro de las cordilleras. Sin mucha demora, Li Tzu me llamó a desayunar. Cuando entré a la cocina, le comenté sobre la enorme diferencia entre los bonsáis de él y los míos. El maestro taoísta apenas arqueó los labios con una tímida sonrisa como respuesta. Sentados a la mesa, me serví cereales, legumbres cocidos y té. Todo muy sabroso, pero bastante diferente a mis costumbres. Era imposible no notar que, a pesar de la edad avanzada, el maestro taoísta gozaba de excelente salud. Aunque lejos de ser un atleta, tenía agilidad y fuerza atípicas para su edad. Le comenté que desde hacía años venía cuidándome para envejecer bien. Le expliqué que frecuentaba un gimnasio, me cuidaba con la alimentación y hacía exámenes médicos periódicamente. Li Tzu meneó la cabeza y simplemente dijo: “Son excelentes prácticas”.

Aproveché para contarle que, a pesar de los cuidados, me resfriaba con frecuencia. Ponderé que tal vez se debiese al caos urbano en que vivía, sumado a las carreras dados los innumerables compromisos profesionales, lo que afectaba mi sistema inmunológico. Confesé que todo era muy agitado, pero entendía que hacía parte de la vida moderna. Li Tzu tan solo me miraba y escuchaba con interés. También le dije que pensaba desistir de mis bonsáis, pues estaban débiles y con plagas. Estaba convencido de que eran muy sensibles e incompatibles con la rutina de una ciudad grande. Yo quería conocer su opinión al respecto. El maestro taoísta manifestó: “Presta atención al mundo que está a tu alrededor. Las personas y las situaciones que hacen parte de tu vida; éstas dicen mucho sobre quién eres tú”.

Le pedí que se explicara mejor. Li Tzu dijo: “La salud se refleja en el cuerpo, así como los frutos brotan de las ramas. La salud nace y se nutre en el alma, así como la raíz sustenta y alimenta un árbol. Tu alma es tu raíz; ella revela la dulzura o la amargura de tus frutos”. Enseguida profundizó: “El Tao es el suelo fértil que a todo y a todos mantiene. Raíces débiles y enfermizas no pueden extraer de la tierra la energía vital, sin la cual no hay belleza, fuerza y miel”.

Mencioné que aquellas palabras eran demasiado enigmáticas. Le pedí que fuera más claro. El maestro taoísta fue amable: “Así como el sol, el Tao es para todos. Por tanto, basta la voluntad para salir de la oscuridad de la caverna. El mundo que veo a mi alrededor es el exacto reflejo de la expansión de la consciencia y de la capacidad de amar que poseo. El ambiente de mi casa, así como todo lo que me cerca, dice mucho sobre quien soy. Reflejo en la vida la luz y las sombras que existen en mí. Encuentro en las personas la belleza y el dolor que me habitan. Esto me permite entender el vigor o los disturbios de mi alma que se reflejarán en el cuerpo”.

Le recordé que algunas enfermedades son limpiezas y vivencias aún pendientes por entender, resquicios de existencias ancestrales y que, muchas veces, están ligadas a la herencia. Li Tzu concordó, pero hizo algunas observaciones: “Te refieres a los karmas, ¿verdad?”. Moví la cabeza concordando. Él prosiguió: “Escucho a muchas personas hablar del karma como castigo. Es un error. Todo karma es el ciclo de aprendizaje que se presenta según la necesidad del aprendiz. En la forma se oculta el contenido. El Tao se fundamenta en los pilares del amor, la sabiduría y la justicia. Olvida la obsoleta idea del castigo ante el error, pues en esto no reside el amor. El Tao es amor inconmensurable. Por tanto, abraza el concepto del método personalizado de educación para entender la justicia del Tao. Esto es sabio. El Tao usa las sombras como escalones hacia la luz. Así, cada dificultad no debe ser vista como un enemigo a ser derrotado, sino como un maestro que enseña una valiosa lección. La dificultad es la escuela del guerrero dispuesto al buen combate, la lucha que se libra con las armas de la luz”.

“No obstante, no todas las enfermedades son kármicas. En verdad, muy pocas lo son. La mayoría se manifiesta al no comprender aquel exacto momento de la existencia. El odio es como un golpe en el alma; los celos como una cuchillada; el resfriado es un resentimiento que no se trata; el orgullo una herida que se niega a curar; las frustraciones son como hemorragias que no paran y drenan la energía que impulsa la vida. El mundo nunca será a mi manera; sin embargo, yo soy de la forma que quiero ser. Por tanto, encuentro afuera apenas aquello que se manifiesta dentro. Lo que existe dentro se refleja afuera”.

“Ante una misma situación adversa algunas personas resuenan con el miedo mientras otras resaltan la esperanza. Esto diferencia las sombras de la luz; aleja la enfermedad de la cura. El miedo es un virus de rápida diseminación; la esperanza hace parte de cualquier tratamiento de cura. Todo lo que toca al alma se refleja en el cuerpo. Las emociones y las ideas son tanto el veneno como la medicina del alma”. 

“El Tao es como una gran farmacia que dispone de todos los remedios para tu enfermedad. Toda cura solo ocurre cuando el tratamiento está incorporado y aplicado a la vida, a través de las actitudes más simples, de las elecciones más delicadas”.            

Comenté que aquellas palabras contenían una enorme sabiduría; sin embargo, reparaba como Li Tzu cuidaba del cuerpo, ya fuera ingiriendo alimentos leves o ejercitando los músculos mediante el yoga. El maestro taoísta una vez más estuvo de acuerdo y volvió a aclarar: “Sí, cuidarse para tener un cuerpo saludable amplia las posibilidades de acción y auxilia en el bienestar. No obstante, los alimentos y los ejercicios del alma son aún más importantes que aquellos ofrecidos al cuerpo”. Li Tzu bebió un sorbo de té antes de proseguir: “Los buenos sentimientos son los alimentos del alma; en las virtudes encontramos los mejores aparatos de gimnasia para el espíritu. La meditación y los libros son algunas de las terapias; la práctica del bien es salud integral”. Desocupó la taza y ponderó: “Aunque sean recomendados los cuidados físicos, de nada sirven cuando el lado espiritual está abandonado. De poco sirve para el bienestar ingerir legumbres cocidas al vapor y hortalizas orgánicas al almuerzo mientras se harta con platos repletos de orgullo y vanidad a la cena. Lo sutil, para sobrevivir, expurga aquello que es nocivo para lo denso”. Lo interrumpí para decirle que no había entendido esa última frase. El maestro taoísta explicó: “Como mecanismo de cura el alma transfiere el sufrimiento al cuerpo en forma de enfermedad cuando nos negamos a tratarla en su fase espiritual. En lo físico, por ser más evidente, solemos iniciar la búsqueda por la cura. Toda molestia tiene su origen en el alma; allí también ocurre el tratamiento definitivo. Puedes, eventualmente, curar el cuerpo de una enfermedad, pero dependiendo de cuánto fue tratado el espíritu, la salud continuará susceptible a constantes recaídas”.

“En el mundo y en la vida están todos los ingredientes. Los saludables y los nocivos. El alma es su raíz; en ella reside la elección por aquellos que desea absorber en cada momento de la existencia. Alegrías y sufrimientos, en verdad, son solo efectos de su digestión”. 

“Músculos fuertes son importantes, pero de poco le sirven a un espíritu frágil. Los mejores guerreros, antes de tener habilidades físicas, son aquellos que tienen un espíritu fuerte. Me refiero al amor, sabiduría y voluntad; me refiero a la ética y al ánimo. Una mente equilibrada, sustentada por las virtudes en acción, ayuda a armonizar los sentimientos a través de una visión clara y actitudes serenas. No existe gimnasio mejor que las elecciones; cada buena elección vale por una sesión de yoga o de pesas para el espíritu. Cada reconciliación, abrazo o beso amoroso equivale a una merienda completa con proteínas y sales minerales. Un gesto de buena voluntad es como una dosis de penicilina. Un acto de caridad es una maravillosa píldora contra la ansiedad, muy eficaz para las noches tranquilas de sueño. Un cuerpo veloz no avanza en el Camino cuando está orientado por un alma lenta”.

“Has reparado que quienes reclaman de las imperfecciones del mundo o de la propia suerte con relación a la vida, son aquellas personas que presentan tristeza o agresividad como síntomas visibles de la enfermedad que traen en el alma y que, en algún momento, se manifestarán en el cuerpo en forma de enfermedad. Prefieren transferir la responsabilidad por la conquista de la plenitud a que tienen derecho, renunciando al poder de transformación ofrecido a través de la evolución personal. En consecuencia, nunca la alcanzan; entonces se lamentan, se declaran abandonadas y enferman. Por más que el Tao esté disponible para todos, el Tao no hará la parte que cabe a cada individuo. Somos responsables por nuestras enfermedades. Por amor, sabiduría y justicia el Tao nos ofrece la cura. El tratamiento será siempre una elección”.

“El mundo a mi alrededor es un espejo de mi visión, de las ideas que tengo y de las emociones que absorbo. Estas se reflejan en mis actitudes e intereses; en el ambiente de mi casa, en los amigos a mi alrededor y en el trabajo que hago. Es una cuestión de afinidad energética, que destruye tanto como construye. Es importante que así sea, pues revela no solo mi poder personal sino las lecciones que me son pertinentes”. 

Le pregunté si se refería a que soy responsable por todo lo que me sucede. El maestro taoísta lo confirmó con un gesto de cabeza. Argumenté que era una visión simplista e injusta, tal vez hasta maniqueísta, sobre la propia existencia. De esta vez Li Tzu negó con vehemencia: “Al contrario, es el entendimiento sobre toda la fuerza contenida en el ser. Fuerza y responsabilidad son hermanas y actúan siempre en conjunto; no hay como huir de esto. Cada uno de nosotros trae en sí el poder del Tao. Aprender a usarlo es el verdadero arte del andariego zen”.

Me miró a los ojos y finalizó: “Se trata de un arte profundo. Profundamente sencillo”.

Los alumnos comenzaron a llegar. Li Tzu se excusó, se levantó y me invitó a participar de la clase. Le dije que aprovecharía la mañana para dar un paseo en la montaña. Él ya me había ofrecido mucho en qué pensar.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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