El ego, un amigo incomprendido

Nuestros sentidos están ligados intensamente a nuestra memoria afectiva. El sabor de la guayaba me transporta a la casa de mi abuelo, donde pasé buena parte de la infancia; la bossa nova me remite a las deliciosas tardes de la adolescencia; la textura del papel me transporta a la biblioteca de la universidad donde pasaba mucho tiempo estudiando. El olor del cuero me hace recordar el taller de Lorenzo, el zapatero amante del vino tinto y de los libros, siendo los de filosofía sus predilectos. Pensaba en eso cuando vi la clásica bicicleta recostada en el poste en frente a su taller. Mi amigo me recibió con una sonrisa sincera y un fuerte abrazo. Siempre elegante, tanto en el vestir como en las actitudes; Lorenzo tenía el cabello blanco, aún abundante a pesar de la edad, peinado hacia atrás, y los ojos alegres de un niño. Llevaba la camisa con las mangas dobladas hasta la altura de los codos para que no interfiriera en sus movimientos durante el trabajo. Sus palabras, siempre honestas, eran firmes, mezcladas con una dosis de gentileza para que fuesen bien recibidas. Era un hombre virtuoso, tanto en su oficio de coser el cuero de los zapatos que confeccionaba, como en el arte de encontrar el mejor lugar para cada idea en el maravilloso mosaico de la vida. Vi que sobre el mostrador había un libro de Carl Jung sobre el ego, con varias páginas marcadas. Inmediatamente le comenté que había acabado de leer otro libro sobre el ego, el cual me habían gustado mucho y que en resumen hablaba de cómo el ego, por tratarse de un enemigo personal que tanto nos perjudica y nos hace sufrir, debe ser derrotado. Lorenzo arqueó los labios con una leve sonrisa y suscitó la controversia: “Sin duda, la mayor batalla es aquella que libramos en los rincones oscuros del ser. No obstante, el ego no es ese enemigo. Es tan solo un amigo incomprendido”.

Le dije que bromeaba. Todos conocían la necesidad de suplantar al ego, de no permitirle interferir en nuestras decisiones, pues su influencia y deseo son fuentes de los más severos sufrimientos. Lorenzo intentó explicar: “Ese es un raciocinio poco profundo en comprensión e injusto con el propio ego. La tendencia de no profundizar la cuestión nos hace confundir la buena simplicidad con la peligrosa simplificación. No entender al ego es renunciar a una parte esencial del ser; suprimir al ego es fábrica de todas las represiones”.

No podía creer lo que oía. Desde siempre había escuchado en muchas tradiciones filosóficas y religiosas sobre la necesidad de “quemar” el ego como una forma de iluminarse, de ascender espiritualmente. El famoso duelo del ego contra el alma. Lorenzo sacudió la cabeza y dijo: “Es necesario revaluar esos conceptos”. Abrí los brazos y lo incité a explicarse en aquel instante. El zapatero se rio con gusto. Mencionó que la conversación sería buena y larga. Por tanto, debía estar acompañada de una buena taza de café. Sin demora, estábamos sentados frente a frente, con dos pocillos humeantes sobre el mostrador antiguo de madera. Lorenzo inició la explicación con un interesante prefacio: “Hace más de quinientos años, Teresa De Ávila escribió ‘Las moradas del castillo interior’, un libro fantástico y todavía muy actual. A través de metáforas, ella compara una persona a un castillo: En el salón del trono, el lugar de las grandes decisiones está el alma. Como centinela del portón que sirve de pasaje hacia el mundo, está el ego. El maestro y el guardián. Las demás habitaciones del castillo están ocupadas por ideas y sentimientos que habitan en una persona. El equilibrio, la limpieza y la perfecta comunicación entre los recintos del castillo retratan la armonía de aquella construcción. La ruina de un castillo será siempre de adentro hacia afuera. La fuerza del vigía está relacionada con el poder del rey. No obstante, sin muros firmes y bien guardados, el trono estará vulnerable”.

Lo interrumpí para decir que el texto era rico en lirismo y pobre en practicidad. El zapatero volvió a discordar: “Por el contrario; es una lectura que ayuda bastante al entendimiento personal. Mientras no me conozca por completo, sombras y virtudes, ego y alma, estaré distante de los estados permitidos para la plenitud. No podré vivenciar la libertad, el amor, la dignidad, la paz y la felicidad con toda la amplitud posible”. Bebió un sorbo de café y prosiguió: “Esa cuestión tan reiterada de ‘quemar’ el ego me parece semejante cuando se refieren a ‘quemar’ el karma. El motivo es simple. Karma es aprendizaje; por lo tanto, la rueda sólo girará cuando las lecciones de aquel ciclo evolutivo estén incorporadas en el ser. Claro que las palabras son peligrosas y aunque el verbo puede haber sido usado primordialmente en ese sentido, fue alterado a través de los tiempos, gracias a innumerables conversiones idiomáticas. Ningún ritual o ceremonia le permitirá al individuo saltar etapas del aprendizaje; ninguna buena escuela autorizará a un alumno a pasar de año sin que absorba el debido conocimiento. Evolucionar sin aprender es una idea absurda, un total contrasentido”.

Dije estar de acuerdo sobre los conceptos referentes a los karmas, mas mencioné que el ego es la casa de las sombras, de nuestros traicioneros verdugos, motivadores de todas las enfermedades emocionales. Esta vez Lorenzo concordó: ¡Sí, es verdad!, pero enseguida discordó una vez más: “No obstante, no se puede confundir el ego con las sombras. El ego es también el lugar donde las virtudes habitan. Estas, las virtudes, transitan entre el alma y el ego, entre el trono y el vigía del castillo, siempre que las habitaciones y corredores permitan el acceso y la comunicación. No olvides que por cada sombra existe al menos una virtud para iluminarla. Las virtudes son los estados de ascensión de las sombras; estas, primordialmente en el ego, despertarán aquellas, originalmente adormecidas en el alma. Alinear el ego con el alma, en unidad de designios, es el perfecto equilibrio del ser: La iluminación”.

Le pregunté si no sería más fácil extinguir pronto el ego y, en consecuencia, las sombras que lo habitan y dominan. Sin el ego solo restan las virtudes del alma. El zapatero me cuestionó: “¿Y quién pagaría las deudas?” Me asusté. Le dije que no entendía la citación. Lorenzo fue paciente: “Parece broma, mas es en serio. No hay atajos. Cualquier idea en este sentido se relaciona con el absurdo intento de ‘quemar’ etapas. Hasta hace poco reclamaste por la practicidad del discurso. Recuerda que mientras estemos con los pies atados al planeta, precisaremos del ego y mucho. El ego es nuestra raíz en la tierra; el alma tiene los ojos en las estrellas”. “Los ojos direccionan los pies. A cada paso, caminamos”.

“Ir al supermercado, preparar un almuerzo saludable, cumplir con los compromisos profesionales, llevar a los hijos al dentista, practicar actividad física, aprender un idioma son apenas algunos ejemplos de cosas aparentemente banales de lo cotidiano que sin el ego serían exaltadas por el alma. No obstante, es en esos momentos que la vida sucede y podemos ejercitar nuestra espiritualidad; es decir, la propia alma. Debes entender que el alma necesita del ego para evolucionar. Claro que existe la opción ingenua de volver a comer solamente lo que esté disponible en la naturaleza, vivir en las cavernas y ser ermitaños adorando lo que sea, dejando la espiritualidad fuera de esto, pues esta práctica sería la antítesis de lo sagrado. Admitámoslo, esto es contrario a cualquier idea de evolución, siempre ligada al concepto de hacernos mejores personas. Las relaciones interpersonales son la clave de la evolución humana dadas las dificultades que acarrean y la necesidad de superación íntima que imponen. Necesitamos de silencio y quietud al mismo tiempo que necesitamos de gente moviéndose a nuestro lado. Ambos momentos tienen su razón de existir. El progreso de la ciencia es una consecuencia relacionada con el avance espiritual de la humanidad, personal y colectivamente”. 

“En fin, el ego cuida de la supervivencia mientras el alma es responsable por la transcendencia”.

Le pedí que me explicara mejor la última frase. Lorenzo bebió un sorbo más de café y dijo: “El ego es la parte que se relaciona con el mundo; el alma es la faz divina”.

“Por ser el lado personal que se relaciona con el mundo, el ego refleja nuestra personalidad. En el ego se manifiestan las sombras de los celos, la vanidad, el orgullo, la ganancia. El ego también habla sobre nuestros miedos y deseos. Sin embargo, en el ego también están presentes aquellas virtudes que ya conquistamos, como la humildad, la generosidad, la sinceridad, como para citar algunos ejemplos. Poco a poco las virtudes ocupan los lugares donde antes las sombras predominaban. Nos hacemos mejores personas a medida que perfeccionamos la propia personalidad a través del desarrollo de las virtudes. Cuando el ego es bello en virtudes se perfecciona. Estas virtudes vienen del alma. Del alma también surge la sabiduría para suplir la ignorancia y el coraje que suplantan el miedo. Del alma viene el amor que cura todo sufrimiento. El camino de iluminar las sombras es muy personal; cada uno lo recorre a su manera, a su tiempo. Solitario y solidario, nunca faltará la debida ayuda, mas tampoco nadie podrá substituir a nadie en este viaje ni hacer la parte que le corresponde, pues el universo necesita de cada uno de nosotros. Cada uno es único e insubstituible. Por lo tanto, el alma retrata nuestra individualidad”.

“De un lado, el ego es el puente del alma hacia el mundo; de otro, el alma es el camino del ego hacia lo sagrado”.

El zapatero hizo una pequeña pausa y enseguida me preguntó con la intención de profundizar el raciocinio para dejarlo muy claro. “¿Lo sagrado no está oculto en las situaciones banales del mundo?” Tan solo meneé la cabeza concordando. Él prosiguió: “Es necesario que los deseos del ego, a cada día, estén más y más armonizados con los conceptos del alma. Solamente el alma podrá mostrarle al ego dónde se oculta lo sagrado en el mundo; tan solo el ego le permitirá al alma experimentarlo”.

“¿Te das cuenta de que no se trata de renunciar al ego ni de olvidar el alma? Necesitamos del ego para vivir; necesitamos del alma para ser felices. ¡Bendita la comunión entre ellos!” 

No sabía que decir. Las nuevas ideas tienen ese efecto; quedamos abismados entre el susto y el encanto. Lorenzo lo percibió y con su maravilloso don de hacer simple aquello que para muchos es complicado, apuntó hacia mi celular que reposaba sobre el mostrador y dijo: “Imagina cada virtud como una nueva aplicación que bajas al celular. Cada aplicación tiene la función de facilitar tus tareas, de permitirte hacer cosas que antes eran imposibles, de ampliar posibilidades hasta entonces impensables. En fin, de mejorar tu calidad de vida, ¿no es así?” me preguntó. Volví a estar de acuerdo con un gesto de cabeza. Lorenzo prosiguió: “Así sucede con las virtudes. Ellas son las aplicaciones; el alma es el creador del softwar; el ego es el celular. El ego hace download de las virtudes almacenadas en el alma. Con cada nueva aplicación el celular queda mejor. No obstante, la aplicación no tiene razón de existir ni sirve de nada si no se instala en el celular. De otro lado, el celular se vuelve obsoleto si no se actualiza con nuevas aplicaciones. Con el celular interactuamos con el mundo; con buenas aplicaciones nuestras posibilidades se amplían”. Se rio con gusto al notar mi expresión desconcertante y preguntó: “¿No es así? ¿Comprendes la importancia del ego para el alma y viceversa?”.

“A medida que buscamos las virtudes en el alma y las aplicamos en las elecciones cotidianas del ego avanzamos en el Camino. Al substituir las sombras típicas del ego por las virtudes existentes en el alma establecemos un nuevo patrón de comportamiento ante la vida. La visión cambia, las elecciones se modifican, los dolores disminuyen hasta desaparecer; todo alrededor se altera, encontramos colores que no percibíamos, bellezas escondidas en todo y en todos. Así nos iluminamos. Sin necesidad de ‘quemar’ al ego pues, al contrario, lo refinamos”.

“Experimenta, una vez a cada día, substituir el orgullo por la humildad; el resentimiento por la compasión; la vanidad por la simplicidad; la mentira por la sinceridad; el miedo por el coraje; la duda por la fe; la culpa que paraliza por la responsabilidad de hacer diferente y mejor la próxima vez – siempre habrá una próxima oportunidad. Una sensación maravillosa te envolverá y será inolvidable. Es el perfume de la plenitud y las fragancias típicas de la libertad, la dignidad, la paz, la felicidad y el amor. Permítele a tu ego sentir, al menos una vez, el poder de la plenitud que el alma le ofrece; este clamará por repetición. Lentamente el ego entenderá que es posible tener una vida diferente, que mejores elecciones están disponibles. A su vez, el alma podrá experimentar todas las infinitas potencialidades de amor y sabiduría que trae consigo a través del ego. El ego es el campo de prueba del alma”.

Vació a taza de café y finalizó la explicación con un consejo: “Un ego envuelto en sombras es un guardián frágil que expone el castillo a los menores ataques del mundo. Permite que el guardián se fortalezca con las habilidades luminosas del maestro. El alma conoce el buen combate y puede transformar a un mero vigía en un auténtico guardián de la luz. Estrecha el contacto, mejora la comunicación; solo así el castillo del ser se volverá inquebrantable y el dolor podrá ser evitado”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Carlos 9 de mayo de 2019 on 16:28

    Me encantó la ultima parte. Gracias!