El trigésimo primer día de la travesía. Un vuelo sobre el desierto.

La travesía entraba en su recta final. Había pasado un mes. Quedaban exactos diez días para llegar al mayor oasis del desierto, en el cuadragésimo día, donde yo pretendía conocer un sabio derviche, conocedor de “muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Habían sido días tensos e intensos; días atribulados, de mucho aprendizaje. Eran suficientes, pensé, así que deseé un atajo para llegar más rápido al destino programado. 

La fiesta de la noche anterior no fue impedimento para que la caravana se despertara antes de que el sol se posicionara en la línea del horizonte. El campamento fue desmontado y, sin demora, todos estaban listos. Pronto iniciamos la marcha. Era una mañana agradable. Una brisa suavizaba el clima severo del desierto. Era hora de comenzar a interiorizar todas las valiosas lecciones vividas en aquellas arenas para que la travesía se justificara. En caso de lograrlo, me volvería un hombre mejor, además estaría más preparado para el encuentro con el derviche. Pensé en lo bueno que sería tener algunos días tranquilos para reflexionar; de otro lado, lo consideré innecesario. Todo lo vivido estaba aprendido; los hechos se imponían como lecciones. No había nada que acrecentar. Volví a desear, esta vez con más intensidad, que la última etapa de la travesía estuviese suprimida. 

Fue cuando un alboroto en la caravana me llamó la atención. Las personas apuntaban hacia el cielo. Un improbable globo sobrevolaba el desierto. Proseguimos. Después de algún tiempo quedó claro que el balón acompañaba a la caravana. Cuando paramos al medio día para el habitual y breve descanso, el globo aterrizó a poca distancia de donde estábamos, después de algunas maniobras circulares. Dos hombres desembarcaron. Se vestían como los antiguos aviadores de inicio del siglo XX y oh sorpresa, eran gemelos. Se aproximaron ofreciendo cortos paseos en el globo. Fueron rodeados por muchos viajeros, la mayoría curiosos por lo inusitado. Les hicieron muchas preguntas, todas respondidas de manera educada por los hermanos. Los pocos que realmente estaban interesados en hacer el paseo, desistieron al conocer el precio cobrado. Era caro. Alejado, observaba el movimiento con interés. Una idea se me ocurrió. Ponderé que la caravana estaba repleta de peregrinos con el mismo interés de conocer al sabio del oasis. Si yo llegaba antes, mayor sería la posibilidad de que él aceptara recibirme; tendría más tiempo para conversar con el derviche. Aguardé el momento en que uno de los gemelos estuvo a solas para abordarlo. Sin exponer mis reales intenciones, le comenté que estaba cansado de la travesía y que deseaba apresurar mi llegada al oasis. Le pregunté si me llevarían hasta allá y cuánto costaría. El hombre me miró profundamente por algunos instantes y dijo que antes tenía que conversarlo con su hermano, pues la propuesta era muy diferente a la que ellos habían presentado.

Regresó pocos minutos después, acompañado de su hermano. Dijeron llamarse Darío y Mario. Eran casi iguales físicamente. Mario era más callado; Darío, más desinhibido. Además de eso, Mario usaba un pañuelo rojo amarrado al cuello; el de Darío era verde. Nada más parecía diferenciarlos. Darío señaló que ellos me llevarían y propuso un valor igual al cobrado por un breve paseo a los demás viajeros de la caravana. Comparando los precios, me estaban proponiendo un buen negocio; sin embargo, se me hizo extraño y pregunté cuál era la razón de la oferta. Él explicó que el objetivo de ellos era visitar un amigo que estaba viviendo en el oasis después de casarse con una joven de allí. Por tanto, si yo iba con ellos, aunque fuera por un valor menor, sería un buen negocio para todos. Quise saber cuándo llegaríamos. Darío respondió que sería en aquella misma noche, pero Mario le recordó que todo dependía del viento, factor que no se podía controlar. Darío mencionó que el viento soplaba a nuestro favor y que deberíamos partir pronto para no desperdiciar la oportunidad. Mario me alertó sobre mi camelo. Darío sugirió que yo le pidiera a uno de los encargados que lo llevara hasta el oasis. Argumentó que, inclusive, el animal sería útil para distribuir mejor la carga llevada por la caravana. Todos quedarían satisfechos. Mencioné que yo necesitaba pensarlo, pues era una situación inimaginable hacía pocos minutos. Darío dijo que partirían en instantes, así que tenía que decidirme. 

Miré hacia los lados en busca del caravanero o de la mujer de ojos color lapislázuli. Necesitaba consejo; quería oír una opinión, pero no los vi. Era la oportunidad de acortar el viaje. Una travesía, aunque rica en experiencias, muy atribulada. Me sentía agotado del desierto. Recordé cómo había deseado aquella situación por la mañana, así que todo parecía encajar. El precio era bueno, la oportunidad de conocer al derviche aumentaba bastante. El camello ayudaría a distribuir la carga de la caravana. El universo conspiraba a mi favor. Volví a buscar al caravanero y a la mujer de ojos azules. Parecían haber desaparecido, por tanto tendría que decidir solo. Las señales apuntaban hacia una indudable dirección. Sin embargo, algo dentro de mí decía que no aceptara la oferta, pero de otro lado, no podía dejar que el miedo me limitara. Aún estaba inseguro sobre la decisión a tomar cuando Darío me avisó que partirían en aquel momento. El tiempo para decidir había terminado. Él me cuestionó, con innegable sarcasmo, si aprovecharía la oportunidad única de volar sobre el desierto o “seguiría en la arena con la manada”. Sentí vergüenza de parecer un tonto y de arrepentirme si rehusaba la oferta.

Sin demora, tomé las providencias sobre el camello. Dejé arreglado que lo buscaría en el oasis. Embarqué en el globo. Cuando estaba a pocos metros del suelo, vi al caravanero y a la mujer de ojos azules mirándome, de una manera que en aquel instante no entendí; por algún motivo me sentí avergonzado y desvié la mirada.

En poco tiempo ya habíamos alcanzado una altura considerable. La sensación de volar era alucinante y me sentí poderoso. No obstante, algo en mí no estaba bien. La sensación externa de euforia no combinaba con el sentimiento interno de equívoco. Ego y alma parecían desencajados. Pensé en el hecho de estar renunciando a la travesía y de sus eventuales lecciones inherentes. Intenté desviar el pensamiento. Me dije a mí mismo que no podía dejar que el miedo interfiriera en mi vida. Ya había aprendido mucho en aquellos días de caravana y era suficiente.

La primera hora de vuelo fue fantástica. Yo volaba mientras los demás andaban por las dunas. Una innegable ventaja. Superioridad y poder. Consideré que yo era merecedor de tal condición; me regocijé por haber sido el escogido por las Tierras Altas. Cuando finalmente sentí la convicción de haber tomado la decisión correcta, respiré profundo con satisfacción; entonces el viento mudó.

Percibí, por la posición del sol, que navegábamos en sentido opuesto. Comenté que nos estábamos alejando del oasis. Mario explicó que las posibilidades de maniobras con el globo eran limitadas. El viento era determinante para mantener el plan de vuelo y permitirnos seguir en la ruta pretendida. Los hermanos poco podían hacer. Darío alegó que en aquella región el viento cambiaba a cada momento, y que pronto nos colocaría en el rumbo correcto. A medida que el tiempo pasaba la tensión crecía. Desistí de cualquier comentario cuando los hermanos comenzaron a discutir en un idioma desconocido para mí. Yo apenas miraba hacia el cielo y  rezaba para que no me abandonara.

Pasado algún tiempo, el viento desdibujó mi euforia inicial y la tensión se transformó en miedo. Los hermanos ya no discutían, apenas intercambiaban palabras, aunque yo no las entendía, percibía que no eran alentadoras. La tarde avanzaba y la noche no demoraría en llegar. Se los comenté. Mario y Darío solo se miraron. Ellos maniobraban el globo para que comenzara a perder altura, hasta que posamos en la arena. Yo no tenía dudas, aquello era el preludio de una mala noticia. Mario dijo que debía desembarcar. Le pregunté si apenas yo bajaría. Darío confirmó mi sospecha. Explicó que el viento era traicionero e impredecible, lo que limitaba las maniobras y hacía peligroso el vuelo. Necesitaban estar más leves para navegar con mayor seguridad. Habían tomado la decisión por mi bien; querían protegerme. No vi motivo para agradecer. Darío explicó que con menos peso tendrían mejores condiciones para maniobrar. Les pedí que uno de ellos se quedara conmigo. Mario dijo que no, pues se necesitaban dos para pilotear el globo hasta el oasis, donde pedirían que me vinieran a rescatar. Dijeron que no me asustara, ya que era algo habitual. Argumenté que uno de ellos debería quedarse y que yo como pasajero tenía prioridad para proseguir el viaje. Mario ponderó que las condiciones de vuelo estaban muy complicadas y que yo no tenía conocimiento sobre dirigir globos; sería más una carga que una ayuda. Los hermanos tenían más chances. Insistieron en que mantuviera la calma, prometiendo que no me abandonarían. Los amenacé con no bajarme. Mario lanzó mi mochila con ropa, pertenencias, cantimplora y documentos en la arena. Insté en no bajarme. Darío me mostró el cacho de un revólver bajo el abrigo y me pidió que no complicara las cosas. La prudencia fue mayor que la rabia. Bajé.

Como un tonto, les exigí el dinero que había pagado por un viaje cancelado. Darío dijo que no eran culpables de que el viento no hubiese colaborado. Irritado, grité que el argumento era absurdo. Mario mencionó que el dinero sería usado para pagar mi rescate. Así, el viaje estaría completo y partieron. Permanecí mirando el globo hasta desaparecer. La rabia volvió con intensidad, apenas amansada por sentirme como un idiota. 

El sol aún me daría algunas horas de claridad. Necesitaba pensar. Por tanto, tenía que calmarme para que las ideas fluyeran con sensatez. Me senté en la arena. El primer pensamiento fue que estaba sentado en donde hacía pocos minutos me enorgullecía de sobrevolar. Sonreí con amargura por la lección de apertura. Dejé que la respiración se normalizara. Hice una sentida oración pidiendo luz y protección; sabía que las iba a necesitar. No creía en el rescate prometido por los hermanos. Un poco más calmado, ponderé que aunque tuviese noción sobre qué dirección tomar, teniendo el sol como referencia, sería insensato salir de allí, al menos en aquel momento. Las razones eran varias. Pocos grados de diferencia en la dirección errada podían distanciarme en vez de aproximarme al destino. Una cantimplora de agua me daría sobrevida por dos o tal vez tres días; me restaría un día, como máximo, andando en el calor inclemente del desierto. De otro lado, permanecer parado con la expectativa de que algo bueno aconteciese, daba la sensación de haber desistido de la lucha por la vida; algo inadmisible para mí. Como pronto llegaría la noche, decidí quedarme allí hasta el amanecer del día siguiente, entonces, decidiría si esperaba o si seguía con la intensión de encontrar alguna ayuda o alcanzar a la caravana, ya que estaríamos en la misma ruta rumbo al oasis.

Me recosté en una enorme piedra y comencé a meditar. Era hora de usar el conocimiento adquirido para que tuviera fundamento. Para comenzar necesitaba deshacerme del miedo y de los condicionamientos de impotencia ante los infortunios de la existencia. Es preciso encoger antes de expandir. Era necesario abrir espacio para las nuevas ideas, la creatividad, lo inusitado y, principalmente, para que se manifestaran las virtudes; esto me traería ligereza y fuerza. Humildad, prudencia, firmeza, coraje y fe. La meditación me ayudaría también a sincronizar mi corazón con el corazón del desierto, para que latieran en un mismo ritmo, como un solo corazón. Así, me volvería parte del desierto; su poder fluiría a través de mí.

Mientras meditaba, era inevitable que viniesen a la mente los episodios y las elecciones de aquel día. Por la mañana, existía el deseo de suprimir la parte final de la travesía en la arrogancia de que yo ya sabía todo. También influyó el condicionamiento sociocultural por atajos, siempre en el intento de evitar el indispensable esfuerzo por el verdadero crecimiento, además del vicio por ventajas y privilegios. De cómo el ego, cuando aún en los primordios de la jornada cósmica, se maravilla por tales trucos y se deja envolver por las sombras. No las sombras del mundo, sino sus propias sombras: Egoísmo, orgullo, oportunismo y miedo fueron las principales en aquel día. En primer momento intenté alejar esos pensamientos para pensar en posibles soluciones para la difícil situación en la cual me encontraba. Sin embargo, recordé haber aprendido que las heridas son las puertas abiertas por donde entra la luz, la cura y la revitalización del ser. Evidentemente, si así lo permitía, de lo contrario continuarían apenas como fuentes turbias de negación, resistencia, amargura y sufrimiento.

Abracé los hechos para analizarlos con la perspectiva de la luz. Para ello, era necesario ser justo. Sin duda los hermanos no habían sido honestos conmigo por la falta de claridad ante todas las posibilidades del vuelo. No obstante, poco importaba. En verdad, lo importante era que yo resolviera el problema. Esto es digno y liberador, por esto la sinceridad es fundamental. El ego tenía que confesarle al alma sus verdaderas intenciones, ya fuera sobre las ventajas indebidas o con relación a los deseos insensatos; entonces, existiría una oportunidad para la luz.

Ah, los deseos. Malditos deseos, pensé. “El problema no son los deseos, sino los desequilibrios personales que le transfiero a mis deseos”, una voz sonó dentro de mí. Sí, yo conversaba conmigo mismo. No, no era locura. Era la sensatez de colocar mis mitades para un diálogo franco. Ego y alma necesitan alinearse. El ego, cuando está en la infancia de la vida, se mueve orientado por los engaños de las sombras. En el fondo, las sombras son mecanismos de protección al revés. Ellas conceden la ilusión de poder para que no percibamos cuán frágiles somos. Nacen del miedo y de la ignorancia. ¿Qué son el orgullo, la vanidad, la ganancia, los celos y la agresividad? No pasan de gruesas cortinas para que nadie descubra quiénes somos en realidad; ni siquiera nosotros mismos.

“El alma trae en sí toda la luz del mundo. Absolutamente toda”. Tomé un puñado de arena y dejé que escurriera entre mis dedos. El grano es parte del desierto; por tanto, contiene el desierto en sí. Como parte del todo, tenemos el todo en nosotros. Por esto los sabios enseñan que cada uno tiene dentro de sí las respuestas para todas las preguntas; basta aprender a encontrarlas. Si es verdad, me cuestioné, ¿por qué hacemos tantas elecciones equivocadas? ¿Cómo tenemos tal poder si en diversas situaciones nos sentimos impotentes? ¿Cuál es la razón de tanta luz si muchas veces todo parece oscuro y nos vemos ante un vacío abismal? 

“Tenemos la luz en nuestro ADN. Sin embargo, esa luz debe ser encendida; ese poder, adormecido en el alma, necesita despertar. Después, refinarlo todos los días para que ilumine cada vez con mayor intensidad. Este es fuego de la creación en fase inicial; el fuego de la transmutación en estado intermedio; el fuego de la evolución en esencia final”. 

Volví a los deseos y al motivo de caer tanto en función de ellos. Yo estaba abandonado en el desierto debido a mis deseos. ¿Los problemas son los deseos o serán los sentimientos, ideas e intenciones que están encapsulados en ellos?

¿Oculto en cada deseo existe la intensión de integrarme al mundo o de poseerlo? ¿Ser con él o sentirme su dueño? ¿Virtudes o sombras, cuáles son los elementos que construyen mis deseos? ¿Los tan anhelados bienes económicos son objetivos finales o simples consecuencias de la existencia? ¿Los mayores deseos se concentran en conquistas abstractas o materiales? ¿Cuál de ellas me es verdaderamente tangible? 

Preguntas, preguntas y más preguntas. Es necesario buscar siempre la pregunta correcta. Solamente la pregunta correcta me llevará a la mejor respuesta. A cada respuesta un pedazo de mí. Aquellas eran las preguntas que me ayudaban a entender a dónde cada deseo me había llevado o no me había llevado. Deseos definen destinos; explican mucho sobre quién soy y cuánto aún me falta ser.

Los deseos son motores fantásticos de la existencia. Impulsan para bien o para mal. El comando es personal e intransferible. La responsabilidad también. No hay viaje mayor ni más bello que aquel hecho a través del conocimiento sobre sí mismo; el vuelo en busca de la plenitud. 

Anocheció. Aunque solitario en medio del desierto, no me sentía abandonado. Poco a poco me volvía una buena compañía para mí mismo. Ego y alma entraban en comunión; encontraban armonía en sus propósitos de vida y sintonía de deseos. Percibí que el problema no eran los deseos, sino la calidad de ellos. Los deseos están en el campo de las intenciones. Las intenciones alimentan los deseos, sea por el poder de las virtudes ya sedimentadas o por la fuerza de las sombras todavía dominantes. Así mis deseos me ofrecen una perfecta fotografía de mi vida. ¿Saliste triste en la foto? Modifica los deseos. 

Deseos no son más que elecciones. La diferencia es que los deseos se caracterizan por elecciones sobrecargadas de emociones densas de un ego desequilibrado. Sin embargo, con amor y sabiduría, pueden aprender a llevar leve el equipaje de un espíritu libre. 

Yo estaba allí porque había escogido estar allí. Subí al globo por voluntad propia y deseos oscuros. Era preciso ser sincero conmigo si quería avanzar. Transferir la responsabilidad a los hermanos crearía un obstáculo, pues quedaría preso a la vida de ellos. La consciencia de la responsabilidad por mis elecciones me conduce a la madurez del ser. Con la madurez viene la integralidad. Enseguida, la plenitud. Una extraña y agradable serenidad permeó todo mi cuerpo. No quise pensar cuán difícil sería el día siguiente. Cuando despertara tendría tiempo para eso. Quería aprovechar aquella noche en total integración con el desierto, que me había enseñado mucho sobre mí; yo estaba agradecido con él. 

Me acosté en la arena y permanecí observando la belleza del cielo salpicado de estrellas. Cuando estaba adormeciendo tuve la sensación de que una estrella se movía. Restregué mis ojos pues creí que era reflejo del cansancio. Fijé la mirada y noté su aproximación. Parecía venir a mi encuentro. Cuando llegó muy cerca, una sorpresa. Repleto de linternas, el globo maniobraba para aterrizar. Tuve dificultades para creer en lo que veía. Mario descendió y me dijo que embarcara. Me pidió que me apresurara, pues tenían que aprovechar el viento favorable. Darío me saludó con un movimiento de cabeza. Levantamos vuelo. Confesé que consideraba una opción improbable su regreso para rescatarme. Darío se encogió de hombros; dijo que por él no habrían vuelto, pero algo diferente debió suceder pues el desierto así lo había ordenado. Ante mi expresión atónita, Mario explicó que como ellos viajaban con el permiso del desierto, estaban sujetos a sus órdenes. A principio una conversación de locos, pero aquel día tuvo todo el sentido para mí. 

Pasados algunos momentos, vi un campamento con inúmeras antorchas y lámparas encendidas. Era la caravana. Les pedí que me dejaran allí. Mario ponderó que seguían hacia el oasis, mi lugar de destino. Mencionó que era insensato. Insistí en permanecer con la caravana para completar la travesía a través de las arenas del desierto. Pocas decisiones habían sido más sensatas que aquella. Les expliqué que en el desierto no hay atajos; que en el Camino solo se vuela con las propias alas.

Desembarqué. Les agradecí por el viaje y los vi subir por el aire. La caravana dormía, solo los encargados de la seguridad estaban de centinelas. Cuando entré al campamento vi al caravanero en la punta opuesta, encima de una pequeña duna; estaba de pie, con los brazos cruzados, como un guardián iluminado por las estrellas. Su mirada firme estaba fija en mí. Hice un gesto pidiendo permiso para entrar. Él meneó la cabeza en anuencia. No tengo certeza, mas creo que vi que sus labios se arquearon en discreta sonrisa. Tomé la bolsa de dormir y me fui a acostar a cielo abierto. Observé la noche del desierto y le agradecí por el vuelo de aquel día. El vuelo del cuerpo y del alma.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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