La medicina del gato

Canción Estrellada, el chamán que tiene el don de perpetuar la sabiduría de sus ancestrales a través de la palabra y de la música, parecía divertirse. Sentado en la mecedora, aspiraba su indefectible pipa con hornillo de piedra roja, mientras me oía narrar mis desventuras amorosas. Yo estaba serio y nada satisfecho con el comportamiento del chamán, quien me miraba como si fuera un niño que llega de la escuela repleto de quejas porque los otros niños se negaron a participar de sus juegos. Le comenté esto a Canción Estrellada, quien arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Sí, ese es exactamente tu comportamiento”. Le pedí que no se burlara de mi dolor. Aclaré que estaba haciendo terapia hacía más de un año para entender el hecho de nunca haber sido feliz en mis relaciones afectivas. Había pasado por cuatro matrimonios y varias relaciones, de los cuales había sido bendecido con dos hijas. Todo comenzaba bien, con sinceros juramentos de amor para que enseguida se desataran los celos, la desconfianza y las peleas hasta dar fin al romance, casi siempre de manera turbulenta. Pasado algún tiempo, yo conocía otra persona y la historia se repetía, solo cambiaban los personajes, los escenarios y los detalles aparentes. La narrativa de fondo era rigorosamente la misma.

El chamán arqueó las cejas y dijo seriamente: “No me burlo de ti. Los sentimientos son sagrados, jamás haría esto con alguien”. Enseguida, explicó: “Aunque seas un hombre maduro en diversos aspectos de la existencia, un profesional exitoso y un excelente padre, todavía no puedes entender el lenguaje del amor. Al menos el amor conyugal, restricto a la intimidad de una pareja. Mientras no entiendas la necesidad de adoptar una postura diferente con relación al amor, estarás preso en ciclos de infinitas repeticiones”. Volvió a fumar de su pipa y mencionó: “Las relaciones afectivas son la principal fuente de sufrimiento de la humanidad por el hecho de que en la mayoría de las culturas, el amor aún no es comprendido en toda su expresión. Insensatos, rancios, seculares, insisten en negar una visión más clara y afinada sobre la esencia del amor. Por eso, cuando son adultos se relacionan afectivamente como un niño que se resiente por el simple hecho de que su compañero quiere algo diferente a su propio deseo. Se siente ajusticiado, pelea y se queja. Se resiente”. Me miró profundamente y concluyó: “Sufre por amor quien se niega a salir del jardín de infancia del amor”.

Le pedí que se explicara mejor. Confesé que necesitaba de su ayuda. Canción Estrellada se justificó: “Sí, lo haré con toda la alegría y calma necesarias, pues el asunto es muy interesante. No obstante, en los próximos días tendrá lugar el Consejo de los Ancianos. Partiré mañana temprano. Al regreso, conversaremos más sobre el amor”. Quedé sorprendido. Había venido de lejos a las montañas de Arizona para un período de estudios sobre el chamanismo. No esperaba quedarme solo. Aunque Sedona, la ciudad en la cual él vivía era muy agradable, la intención del viaje no era hacer turismo. Como mínimo, esperaba que Canción Estrellada me invitara a la famosa reunión, donde hombres y mujeres considerados sabios se reunían para deliberar cuestiones de orden práctico y filosófico, para mantener viva la cultura ancestral de su pueblo. La invitación no llegó. Como si no bastase, me pidió que cuidara de Draco, un gato blanco que vivía en su casa. Le dije que atendería a su pedido y tuve que hacer un enorme esfuerzo para no dejar translucir mi decepción, pues estaba convencido del desperdicio de tiempo al permanecer allí sin el chamán.

Como ya había tenido varios perros, y los adoraba, pensé que Draco me sería una compañía parecida hasta el retorno de Canción Estrellada. Ledo engaño. Aunque dóciles y domésticos, son especies totalmente diferentes. Hábitos y comportamientos sin alguna semejanza. Entre otras diferencias, mis canes hacían una gran fiesta cada vez que yo entraba a casa; estaban siempre a mi lado y cuando no, venían al primer llamado. Eran leales, amorosos y, principalmente, estaban siempre disponibles. Ya Draco nunca atendía mi llamado, ni me miraba cuando yo abría la puerta de la casa. De vez en cuando se enroscaba en mí pidiendo cariño. También solía acostarse sobre mi cabeza cuando me iba a dormir, como si quisiese compartir la almohada conmigo. Al comienzo se me hizo raro, después extrañaba cuando se demoraba en ir a la cama. Sin embargo, no siempre iba. Otros detalles interesantes en su comportamiento era que se aproximaba, y algunas veces hasta se sentaba en mis piernas cuando yo tomaba un libro para leer. Como si quisiera compartir conmigo el conocimiento. A menudo se acostaba a mi lado para ver los partidos de fútbol. Mostraba una atención inexplicable, como si supiera las reglas o fuera fan de algún club.

Al inicio me pareció frio, ingrato, curioso e interesado, pues se aproximaba apenas cuando quería, independiente del motivo. Entonces recibí una llamada con una noticia que me abaló y entristeció mucho. Aquel día, como tantos otros, Draco había desaparecido, pero cuando me senté en la poltrona, el gato vino corriendo como si estuviera preocupado por mí. Al aproximarse me miró como si sintiera o analizara mi dolor y se enroscó en mis piernas. Enseguida saltó sobre mí. Sensibilizado con el cariño repentino, lo acaricié por largo tiempo. Él se recogió en mis piernas y permaneció lambiendo mis manos. Tuve la sensación de que él quería limpiarme del sufrimiento que sentía. Aquel gesto me hizo sentir mejor, aunque estuve mal durante dos días seguidos. En estos días, al contrario de los otros, Draco estuvo a mi lado todo el tiempo, negándose a dejarme solo, como si me cuidase o se preocupara por mí. Aunque el hecho que me entristeció fue muy grave, extrañamente me reequilibré emocionalmente en un lapso mucho menor de lo que generalmente sucedía. Lo atribuí a mi madurez personal. Cuando me vio bien, el gato volvió a sus desapariciones y desdenes habituales. Aparecía o me daba un poco de cariño cuando tenía ganas. Poco a poco me fui acostumbrando a su manera de ser, de no estar disponible en todo o momento. De otro lado, cuando pasaba todo el día fuera, él no se mostraba sentido, no alteraba su ánimo para dar o recibir afecto. Si por casualidad yo estaba entretenido con alguna cosa y no le prestaba atención cuando se aproximaba en busca de cariño, el gato tampoco se mostraba molesto; parecía entender mis razones. De una forma que yo no conocía, pasé a amarlo de una manera diferente de a la cual estaba acostumbrado.

Después de varios días, Canción Estrellada regresó del viaje. Draco lo recibió como si lo hubiese visto hacía pocos minutos. Estaba encima de la mesa y de ahí no se movió. Intercambió una breve mirada con el chamán, quien lo acarició en el dorso. El gato se enroscó en la mano del chamán como si retribuyera el cariño y enseguida, volvió a lamber su cuerpo, actividad a la que se dedicaba la mayor parte del tiempo. Acostumbrado al afecto integral e intenso de los canes, le comenté al chamán que los gatos se relacionaban de manera muy fría. Canción Estrellada discordó: “Los perros son animales maravillosos y nos enseñan sobre lealtad y protección. Los amo; sin embargo, cada especie tiene su valor por las lecciones que encierran y por las energías que comparten”. 

El chamán quiso saber cómo había sido mi experiencia con Draco. Le conté detalladamente cómo había sido mi convivencia con el gato en aquellos días en los que estuvo viajando. Canción Estrellada oyó todo el relato con paciencia, sin interrumpir. En algunas partes, esbozaba una sonrisa, como si estuviera satisfecho con lo ocurrido pero sin decir palabra. Enseguida, sin prisa, encendió su pipa con hornillo de piedra roja antes de exponer su raciocinio: “Los gatos son guardianes de un importante misterio; son maestros en el arte de amar, mas que cualquier otra especie, esos felinos nos enseñan más sobre las relaciones afectivas que lo que un terapeuta puede hacernos entender”. Y vaticinó: “Dale un gato a alguien que necesite aprender a amar. Si uno no desiste del otro en las semanas iniciales, valiosas lecciones serán suministradas por el gato a la persona”. Hizo una pausa dramática y bromeó: “Si no aprende, no culpes al gato; en realidad, el discípulo aún no está listo”. Reímos.

Canción Estrellada prosiguió con los misterios de la especie: “El Gato destruye el condicionamiento sociocultural de dominación que traemos arraigados en el inconsciente, que al ser inconsciente, no percibimos ni admitimos”.

“El deseo de dominar es igual a las ganas de poseer. Queremos poseer todo aquello que nos gusta. Por miedo de perder, sentimos la salvaje necesidad de dominar. Así, muchas veces sin darnos cuenta, intentamos poseer al otro para no perder su amor. Un error de inicio a fin”.

“Para comenzar, un gato no tiene dueño. Draco no me pertenece, él vive conmigo en esta casa. Nos amamos uno al otro dentro de la posibilidad y el deseo de cada uno. Esto nos enseña mucho sobre el respeto. El respeto al otro, por su capacidad de consciencia y de amor, sin exigir nada, principalmente sin proclamar el absurdo derecho de moldear al otro según nuestros intereses y deseos; comportamiento tan cotidiano y al mismo tiempo tan destructivo en las relaciones afectivas. Cuando una persona intenta dominar a un gato, hacer de él un objeto de estimación para sus carencias, el gato huye. El felino solo no se va si está encerrado, sin condiciones de escapar; entonces, él se vuelve un prisionero. A menudo, creamos situaciones de dependencia o establecemos reglas como si las relaciones afectivas apenas existieran en formato de prisiones. La necesidad inconsciente por cárceles revela la incapacidad de vivir en libertad. Cuando el otro no se puede ir, quien se va es el amor. Antes de cualquier otra cosa, el amor se alimenta de respeto. El amor necesita de libertad para existir”.

“Otro aspecto interesante, si prestas atención, es que Draco se aproximaba casi siempre cuando estabas leyendo un libro o viendo un partido de fútbol. Estas son cosas que amas hacer y él quiso compartir esos momentos contigo, pues estaba feliz porque tú te sentías feliz. Al final, somos felices cuando hacemos cosas que nos gustan y Draco quiso compartir contigo esos momentos de felicidad”.

“En contrapartida, cuando recibiste una noticia triste, Draco rápidamente se aproximó y no se separó de ti hasta que no te vio mejor. Uno de los misterios de los gatos es el poder de transmutación. Ellos transforman energías densas en sutiles. En tus momentos de dolor, Draco te ofreció lo mejor que tenía, pues percibió que en aquel instante lo necesitabas y no evitó entregarse por entero hasta que volvieras a estar bien; se preocupó por ti cuando más lo necesitaste”.

“Después, venía y partía. Fue a cuidar de sus cosas como cada uno tiene que hacer. Cuidar de sus dones y vivir los propios sueños, sin dependencias ni obligaciones serviles. El amor respira libertad e inspira dignidad para que pueda transpirar felicidad”. Aspiró su pipa una vez más y profundizó: “Es importante notar que Draco no estaba para suplir tus carencias afectivas o vacíos existenciales. Cada uno debe resolverlo solo. Situación diferente de compartir contigo un momento de dolor y ayudarte en la lucha por la superación. Ayudar y compartir no significa tener la obligación. Es necesario entender la diferencia. Pensar que el otro está a tu lado con la obligación de hacerte feliz es un fardo insostenible por la imposibilidad de ejecutar la tarea. Así como nadie es dueño de nadie, nadie puede sustentar infinitamente la felicidad de nadie. La felicidad es una de las plenitudes, tal como lo es el amor, la libertad, la dignidad y la paz, la felicidad es una conquista interna. Si no encuentras plenitud dentro de ti la perderás para siempre. No hay mejor profesor para aprender a suplir las propias carencias que los gatos. Ellos nos enseñan sobre independencia espiritual y equilibrio emocional, fundamentales en la búsqueda de la plenitud”. 

“No en vano, en el período áureo de la civilización egipcia, de gran desarrollo artístico y científico, el gato era considerado sagrado. Sagrado es todo aquello que nos hace bien o nos ayuda a ser mejores. Repara que desde tiempos inmemorables toda bruja tiene un gato. Justamente para elevar las vibraciones, ya sea de las personas o de los ambientes. Aleja la idea tosca de que brujos y hechiceros son personas ligadas a las tinieblas. Somos todos hechiceros a medida que alteramos la realidad de un ambiente con un gesto o una palabra, sea de intriga o de armonía. Definimos a cada momento si trabajamos en favor de las sombras o de la luz”.

Permanecimos un tiempo sin pronunciar palabra. Necesitaba ordenas aquellos conceptos en mí. Quebré el silencio para preguntar si los días de convivencia con Draco habían sido mis lecciones chamánicas de aquel período de estudio. Canción Estrellada sonrió y meneó la cabeza en anuencia. Le agradecí.

Enseguida finalizó: “Aunque sean animales domésticos, los gatos se rehúsan a la dominación. Nadie tiene un gato; tan solo vive y comparte la vida con uno. Así, el gato enseña mucho sobre el arte de amar. Si prestas atención también percibirás que los gatos, por ser guardianes del misterio del amor, ocultan en su comportamiento otro misterio ancestral: el arte de ser libre”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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