El trigésimo sexto día. Las estrellas del desierto

La travesía estaba llegando a su fin. A medida que los días transcurrían yo me sentía más a gusto en el desierto. Yo lo entendía y el me acogía. Por una parte, el deseo por la llegada; por otra, una nostalgia ya anunciada. Una relación al inicio tormentosa, pero que poco a poco, se volvía apasionante, como todo lo que es valioso, pero que causa extrañeza hasta cuando hay entendimiento. No en vano la travesía se había alargado durante cuarenta días. Era necesario que hubiera tiempo para que los valores y conceptos arraigados en mí, ya sin ninguna utilidad, pudiesen permanecer en las arenas. Lentamente, fueron sustituidos por otros, más adecuados a la persona en la que me estaba transformando, imposible sin la ayuda del desierto. Aunque el sabio derviche se rehusara a recibirme, la travesía ya había valido la pena. 

Todavía era de madrugada cuando me desperté. Las noches en el desierto son encantadoras. Un manto de estrellas se extiende por todo el cielo. De tan brillantes tenemos la maravillosa sensación de que al subir en las dunas alcanzaremos las más próximas. Me senté en la arena y agarré algunas támaras secas de la alforja. Planeaba meditar y rezar hasta cuando la caravana despertara. Tomaría algunas tazas de café e iría para la segunda clase de halconería con el caravanero. Yo estaba bastante animado. En ese momento percibí que Ingrid, la bella astrónoma nórdica de cabellos rojos, estaba a lo lejos con uno de sus telescopios montados en el trípode observando alguna constelación; parecía alegre al explicarle a Paolo, el guapo enamorado italiano que había conocido en la caravana. Formaban una bella e interesante pareja. Aunque los celos iniciales que yo había sentido habían quedado en el pasado, confieso que volví a pensar que podría ser yo quien podría estar oyendo las explicaciones sobre la Vía Láctea. Dominé la emoción salvaje y la pacifiqué. Me sentí bien, leve. Ellos me vieron y me hicieron señas para que me aproximara.

Fui recibido con las mejores sonrisas. Ellos estaban felices. Ingrid comentó que la posición era óptima para ver la constelación de Orión, típica del ecuador celeste. Pude ver con enorme claridad Rigel y Betelgeuse, estrellas gigantes de colores azul y rojo, respectivamente, que junto a las estrellas Bellatrix y Saiph componen el cuadrilátero principal. Era imposible no maravillarse. Ingrid dijo que algunas constelaciones eran australes, otras boreales, accesibles apenas en los hemisferios sur o norte. Bromeó diciendo que por esto los telescopios hacían parte del equipaje de todo astrónomo: “No es manía, es necesidad”. Ella volvió a comentar algo que ya me había llamado la atención antes: “Las constelaciones son creaciones humanas. No pasan de ilusiones ópticas. Las mismas estrellas vistas desde diferentes puntos del planeta forman otros conjuntos”. Entre diversas lecciones, las estrellas nos enseñan a ver, a separar ilusión de realidad. Conversamos un poco más hasta que la mañana se aproximó terminando con la observación. La caravana despertaba. Le agradecí por los momentos agradables y me despedí. Yo estaba ansioso por una taza de café. 

Aun bebía la primera taza cuando vi al caravanero alejarse con el halcón para el entrenamiento matinal. Fui atrás. Él me entregó un grueso guante de cuero y dijo que era para mí. Me lo coloqué en el brazo izquierdo. Conforme había aprendido en la clase del día anterior, me aproximé al ave, en pensamiento le dije que viera más allá de los ojos para encontrar lo inimaginable, retiré el gorro de su cabeza y la impulsé con el movimiento del brazo. El halcón alzó vuelo. Planeó durante algunos minutos en círculos en gran altitud. Mientras aguardábamos, comenté el hecho de que las constelaciones no pasaban de meras ilusiones, según lo que Ingrid me había enseñado. Él respondió: “Están los ojos de ver el mundo; existe el ojo de ver la vida”. Le pedí que hablara más sobre el asunto. El caravanero dijo: “Los iniciados en las tradiciones orientales, desde siempre, han hablado sobre la tercera visión. Como se refería el maestro galileo: ‘Si tu ojo es sencillo todo el universo es luz’”.

Mencioné que conocía la enseñanza del Sermón de la Montaña, texto muy utilizado en la hermandad esotérica de la cual era miembro. Sin embargo, observé que las traducciones que yo había leído hablaban de “si tu ojo está sano, todo tu cuerpo resplandecerá lleno de luz”, con algunas insignificantes diferencias dependiendo del traductor y de la editora. Le pedí que profundizara en su entendimiento. El caravanero fue humilde: “Sé poco”. Hizo una pausa, miró al halcón en el cielo azul y dijo: “Buda denominaba samadhia la conquista de esa visión despierta en el interior del propio ser. Es un estado de éxtasis, como la sensación permitida a un ciego ante la visión desconocida. Es la salida de la oscuridad de la caverna al encuentro con el sol, en la famosa alegoría narrada por Platón, el filósofo griego”. 

Le pregunté si él creía posible alcanzar esa visión extraordinaria. El caravanero me recordó: “En el entrenamiento de ayer, a través del lenguaje de la vida, el halcón pudo ver la presa enterrada en la arena, invisible a los ojos del mundo”. Consideré la posibilidad del atinado instinto predador de un ave de rapiña. Le recordé que animales no tienen intuición ni consciencia. El caravanero meneó la cabeza en concordancia, sin embargo, no pronunció ninguna palabra. El halcón se demoró en su búsqueda y cuando regresó su vuelo había sido infructífero. El caravanero dijo que teníamos que arreglar las cosas, pues la travesía no tardaría en comenzar.

Continué la marcha al lado de una mujer alegre y conversadora. Así como yo, Beatriz era latinoamericana. Ella también seguía rumbo al oasis para conocer al sabio derviche. Sostuvimos una animada conversación sobre espiritualidad y mística. Beatriz declaró estudiar magia. Creía que el derviche tenía muchos conocimientos para transmitirle. Confesó que aguardaba el encuentro con ansiedad. Beatriz quiso saber lo que yo esperaba de la conversación con el sabio. Le confesé que mis intereses se habían modificado en el transcurso de la travesía. Yo ya no era el mismo de la partida. Ella dijo que yo no podía ser tan voluble y que debería estar más atento a mi esencia. Ponderé que tal vez la esencia realmente había permanecido inmutable, solo desnuda. Esto hacía diferente al mundo que yo percibía a mi alrededor. Comenté que en aquel momento yo estaba intrigado con las posibilidades permitidas por la tercera visión. Beatriz sonrió y me reveló que era más fácil de lo que yo creía. Dijo que la magia tenía la llave para aquel acceso. Me contó que pueblos ancestrales de las Américas usaban la mescalina, un hongo extraído de una especie de cactus, o peyote, para activar el tercer ojo, localizado etéreamente en el centro de la frente, entre las cejas. 

Le dije que conocía esa práctica a través de la lectura de los libros de Castañeda, además de las experiencias narradas por algunas personas próximas. Solo esto. Beatriz me contó que traía una cantidad de mescalina en su alforja y en caso de que yo estuviera interesado, ella podría iniciarme en la tercera visión en aquella noche. No negué mi duda. No solo por la eficacia, sino también por la inseguridad de tener tal experiencia. Yo sabía que algunas historias no habían tenido finales felices, por traumas marcados con los experimentadores. Beatriz explicó que cada uno tenía tanto el cielo como el infierno dentro de sí. Concordé, acrecentando que yo no tenía ninguna duda sobre esto: luz o tinieblas será siempre una cuestión personal. Beatriz dijo que todo dependía de quien conducía la experiencia; el facilitador, como ella lo designó. Mencionó también que era una práctica conocida por ella desde la adolescencia y que, por tanto, podría conducirme a un universo inimaginable. Claro, si así yo lo permitía.

No respondí. Adicioné una pregunta para evitar cualquier compromiso. Aun así, ella se mostró bastante animada en compartir sus conocimientos. Más una vez la caravana no hizo la habitual parada al medio día para el breve descanso y la ligera refección. El caravanero parecía determinado a cumplir el plazo de los cuarenta días de travesía. Al final de la tarde, cando dieron la orden de cesar la marcha y montar el campamento para pernoctar, yo estaba cansado y con hambre. Beatriz me orientó a no comer nada, pues yo podría vomitar. También dijo que el cansancio pronto pasaría y que me sentiría revigorado al probar el peyote. Aclaró que tendría una enorme sensación de introspección y los colores se volverían más brillantes. También experimentaría una increíble sinestesia. Quise saber lo que significaba. Beatriz explicó que se trataba de una increíble experiencia de inversión y mezcla de los sentidos sensoriales, como sentir el aroma de un color u oír el sonido de un gusto. Las puertas de la percepción se abrirían para mí; el tiempo y la realidad se revelarían en increíbles dimensiones.

No dije ni una palabra. De un lado, tenía a Beatriz con un discurso motivante y muy segura de sus promesas. De otro, una voz silenciosa fortalecía en mí la idea de rehusar la invitación. Beatriz me dijo que la esperara en un punto distante de la caravana mientras traía la alforja con la mescalina y los demás elementos para el ritual. Me alejé y me permití oír mejor el silencio de esa voz interna que me orientaba. Lentamente la convicción se sedimentó en mi interior. Cuando Beatriz regresó, yo ya no tenía cualquier duda. Le agradecí por la oportunidad, pero decliné la oferta.

Ella era una persona educada y culta. No se molestó, apenas se mostró decepcionada con mi negativa. Dio a entender que yo era débil. Dijo que no debía dejar que el miedo me condujera por el Camino. Adicionó que el miedo hacía prevalecer el poder de las sombras sobre la luz. 

Beatriz se despidió y salió. Me alejé un poco más de la caravana. Las noches del desierto son siempre lindas e iluminadas por las infinitas estrellas. Solitario, anduve hasta depararme con una pequeña duna, del tamaño de una casa. Sentada sobre ella, como si tuviésemos un encuentro agendado, estaba la bella mujer de ojos color lapislázuli. Como ella no tuvo ninguna objeción, subí a la duna y me senté a su lado. Le conté lo ocurrido. Aunque no me había sentido mal con relación a la firme decisión que había tomado, le dije que ser acusado de cobardía no me había gustado. La mujer ponderó: “Esta es una perspectiva. Es la forma en que Beatriz ve el mundo. Todo y todos tienen la forma y la sustancia posibles según la visión del observador, circunstancias que no representan necesariamente la verdad. Se trata, en este caso, apenas de los límites de la realidad de Beatriz, no de la tuya, de la mía, de la del caravanero o de cualquier otro integrante de la caravana. Cada cual vive en la frontera de la propia consciencia. De allí la importancia de expandirla”.

Le pregunté si ella me consideraba un cobarde por negarme a experimentar la mescalina. Ella respondió sin dudar: “De ninguna manera. Muchas veces es más fácil dejarse llevar por las corrientes del mundo para evitar la reprobación ajena. Esto sí es miedo. Sin duda el miedo es el maestro de las sombras. No obstante, otro maestro de las sombras, aún mayor, es la ignorancia. Hacerse el sordo ante la voz del alma es permitir la manipulación de las sombras. La intuición siempre trabaja a favor de la luz”. Cuestioné cómo saber si la voz oída proviene de la intuición o del miedo, pues esto siempre aclara si la decisión tomada tiene raíces en las sombras o en la luz. Ella dirimió la cuestión: “La voz virtuosa, repleta de prudencia y sabiduría, es calmada y muy diferente de los gritos del miedo. La prueba de esto consiste en el simple hecho de estar sereno y sentirse bien aún ante la acusación de cobardía hecha por Beatriz”. 

La mujer de ojos azules se aquietó por un tiempo breve, como si recordara una idea profunda. Después sonrió y dijo con sapiencia: “En verdad, me siento más tranquila cuando me acusan injustamente”. Yo solo entendí la proporción de este raciocinio mucho tiempo después. 

Enseguida, dijo con convicción: “No hay atajos en el Camino”. Pregunté si realmente no existían atajos. Cómo puedo saber si no he desperdiciado una oportunidad de expansión de consciencia, le pregunté. La mujer respondió: “Ningún artificialismo funciona para el alma. Creer que podemos alcanzar la luz a través de mecanismos forzados por sustancias químicas, sicotrópicas o no, sería lo mismo que creer en una píldora de amor verdadero”.

“Es la obsoleta ley del menor esfuerzo. No se cura el miedo con infusiones, no se evita los celos con comprimidos, no ahuyentamos la envidia, el orgullo y el egoísmo con la receta de laboratorios farmacéuticos. La herida del alma es la oscuridad en la cual el ego se encuentra. Para esto, solo la luz cura. Luz en forma de virtudes; virtudes apenas posibles mediante el fantástico viaje al centro del ser”.

“Conocerse a sí mismo revela la verdad. La verdad lleva a la plenitud. La plenitud concede la tercera visión; la visión más allá de la ilusión que esconde la realidad. Pues el ego, cuando está desequilibrado, ofusca el alma. El alma queda opaca cuando debe estar cristalina. Se pierde el poder del todo contenido en la parte”.

Inmediatamente recordé la conversación con el caravanero por la mañana, sobre los iniciados en las tradiciones orientales, de Buda, de los filósofos griegos y del maestro Jesús. La importancia de tener mis ojos buenos para que mi cuerpo resplandezca en luz. La mujer comentó sobre las alteraciones del texto sufridas por sucesivas traducciones a través de los siglos. Alegó que la versión original decía que “si tu ojo es simple todo el universo será luz”. Argumenté que no percibía diferencia significativa. Ella explicó: “El no dijo ojos, sino ojo.El maestro se refería al ojo cósmico; a la visión del alma, no a los ojos físicos. ‘Cuerpo de luz’ da la idea de supervivencia en el plano material; ‘universo de luz’ transmite el concepto de transcendencia a través del espíritu”. Hizo una pausa y concluyó: “Esta es una jornada posible solo cuando se es consciente desde adentro para expandir los límites de la existencia afuera”.

Fue inevitable recordar los dictados contenidos en el emblema de la OEMM: “Aprender, Transmutar, Compartir y Seguir”. Sí, allí estaba el mapa de la evolución que no permite cualquier alternativa que no sea el perfeccionamiento a través del autoconocimiento reflejado en las relaciones personales. Esto exige mucho esfuerzo. Solamente así despertamos a la visión cósmica.

Permanecimos algún tiempo sin pronunciar palabra. Quebré el silencio para comentar sobre el concepto de “ojo simple”. No me parecía tan sencillo. Le pedí que se explicara mejor. La mujer de ojos azules permaneció callada por algunos instantes como si procurase una metáfora, después explicó: “Michelangelo, genio del Renacimiento, al ser cuestionado por su extraordinario talento para esculpir el mármol, decía que todo para él era muy simple: ‘Ojo en la piedra para ver la estatua que está escondida dentro de ella. Entonces, retiro lo que esconde la obra. El arte se revela’”. 

Enseguida finalizó: “Tener un ojo simple es quitar el exceso que oculta la esencia. Entonces, estaremos ante la belleza de la vida; la inmensidad de la luz. He aquí la verdad revelada”.

La mujer de ojos color lapislázuli se despidió con una señal de cabeza y salió. Yo la vi caminar por el desierto hasta los límites permitidos a mis ojos para mezclarse con las estrellas y desparecer en la noche. Pensé si encontraría más tarde a Ingrid, la astrónoma nórdica, con los lentes de su telescopio bailando con una de las infinitas constelaciones.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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