La elección correcta

Hacía algún tiempo que no me encontraba con Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos. Los de filosofía y los tintos eran sus preferidos. El artesano poseía una inconmensurable habilidad para coser tanto el cuero de los zapatos como las ideas que nos conducen por la vida y a la vida. Su taller era legendario en el pacato poblado, localizado en la falda de la montaña que abriga al monasterio, por los horarios inciertos e inusitados de funcionamiento. Siempre que yo cumplía el periodo anual de estudios en la Orden pasaba por su taller para una buena conversación, acompañada con vino o café, dependiendo de la hora. Como me gustaba tomar un tren que me dejaba en la estación de madrugada, deambulaba por las calles estrechas y sinuosas de piedras seculares, con la expectativa de encontrar el taller abierto. Cuando volteaba la esquina y veía su clásica bicicleta recostada en el poste al frente sabía que era un día de suerte. Así sucedió aquel día. Como mi transporte hasta el monasterio partía a la hora del almuerzo, tenía toda la mañana libre para conversar con el zapatero. Fui recibido por el elegante artesano con una sonrisa amplia y un fuerte abrazo. Acomodado al lado del antiguo mostrador de madera del taller, esperé a que Lorenzo preparara una jarra de café fresco para animar el día y ayudar a activar la mente, siempre perezosa por la mañana. Con dos tazas humeantes enfrente, iniciamos una animada actualización de los últimos meses. Hablábamos de trabajo, hijos, viajes, libros, películas, proyectos de corto y largo plazo, todos los asuntos mezclados, como sucede con dos amigos que alegremente se reencuentran después de algún tiempo, hasta que fuimos interrumpidos por Daysi. Ella era una mujer muy bonita y culta, amiga de Lorenzo desde hacía mucho tiempo, propietaria de la elegante librería de la ciudad, siempre repleta de buenos títulos. Como muchas veces pasábamos por la librería en busca de novedades, solíamos sentarnos en una cafetería que tenía una agradable terraza florida al fondo de la tienda para beber una copa de vino o una taza de café. Varias veces Daysi se sentó en la mesa con nosotros para conversar. Por tanto, aunque no fuéramos íntimos, yo la conocía y la admiraba. Siempre educada, pidió permiso para interrumpir nuestra charla. Ella necesitaba desahogarse y oír una opinión; sus ojos estaban húmedos.

Sin demora la acomodamos a nuestro lado y una tercera taza de café fue colocada sobre el mostrador. Ella bebió un sorbo de café e inició la narración. Contó que su madre, una simpática anciana que, aunque ya había pasado los ochenta años, siempre había tenido una salud óptima, pero por una caída había comenzado a sentir fuertes dolores en una pierna. La sospecha inicial de fractura de fémur fue descartada por un examen radiológico. El médico todavía no había podido diagnosticar la causa del dolor y las dosis de analgésicos se habían intensificado, lo que le generaba algunas molestias colaterales. Se sospechaba que tenía una hernia lumbar sin confirmación hasta el momento, pues dependía de una tomografía que debía ser realizada en una ciudad vecina. Según el resultado, algunas posibilidades de tratamiento serían sugeridas. Los días pasaban, la madre se quejaba de dolores crecientes y como estaba con enorme dificultad de locomoción, Daysi había abandonado toda rutina tanto personal como profesional, para dedicarse a su madre, que siempre había vivido sola y que ahora estaba hospedada en la casa de la hija. Todo se acumulaba rápidamente como una bomba que aguarda llegar al límite para explotar. La demora del diagnóstico preciso, los dolores crecientes de la madre, la falta de paciencia originada por los dolores, la pérdida de privacidad, aunque temporal y el abandono de sus actividades en la librería por cuidar de la madre eran los ingredientes que se mezclaban peligrosamente. Como no se permitía explotar, sentía que colapsaba un poco cada día.

Todo empeoraba dada la enorme cantidad y variedad de opiniones que oía de los amigos sobre la actitud que debía tomar para resolver el problema. Cambiar de médico, aunque fuera el profesional que acompañaba a la señora hacía años; llevarla a una gran ciudad para ser atendida con mayores recursos tecnológicos; internarla en un hospital hasta que el problema se resolviera, a pesar de las dificultades causadas por el confinamiento y la resistencia de la mamá al proceder de esa manera. Unos decían que una infiltración de cortisona resolvería el problema; otros garantizaban que una cirugía acabaría con los dolores. Otros aseguraban que la cura se daría con reposo absoluto o, al contrario, con sesiones intensivas de fisioterapia. Todos hablaban de una situación similar como ejemplo para los argumentos. En fin, a pesar de las muchas opiniones ofrecidas por personas cercanas y amigos, ella quería oír a alguien sensato. Esta persona era Lorenzo.

El zapatero, siempre generoso, inició por las márgenes de la cuestión. Del extremo al centro, para mejor entendimiento, él solía conducir su raciocinio: “La primera cosa que me llama la atención es cómo las rutinas son importantes en nuestras vidas. A menudo, las maldecimos. Cargan la culpa por la monotonía de nuestros días. Entonces, viajamos para huir de la rutina. Los griegos antiguos, en su construcción filosófica, enseñaban que ‘no hay libertad en la fuga’. La fuga no pasa de una prisión camuflada en libertad. Si es fuga, por definición, nunca es la mejor elección al no ser una decisión libre”.

“Sin notarlo, cuando pasan los días iniciales del viaje, donde todo es novedad, comenzamos a extrañar nuestra casa”. Hizo una pausa de propósito para agregar: “Nuestra rutina nos hace falta. El motivo es simple. Insertamos en lo cotidiano las actividades que nos hacen bien y nos alegran la vida”.

“Un viaje es siempre bienvenido por la renovación de aires y visiones que trae, por la posibilidad de conocimiento que agrega sobre las diferentes culturas. Distintas maneras de ser y de vivir de los otros pueblos nos amplía el entendimiento sobre la vida. Sin embargo, un viaje también es una buena prueba. Si no extrañamos la casa después de algunos días, existe una fuerte señal de que el viaje puede tratarse de una fuga de la prisión en la que se volvió nuestra casa. Una casa debe ser un lugar sagrado de paz y bienestar y no un lugar de opresión y angustia”.

Lo interrumpí para recordar que una casa suele ser un fiel retrato de sus habitantes: “Si nos sentimos tristes o aburridos dentro de casa algo fundamental debe ser modificado en nuestras vidas”, ponderé. Lorenzo concordó y concluyó el preámbulo diciéndole a Daysi: “En tu caso, como amas la vida que creaste para ti, alejarte compulsoriamente de ella te está haciendo falta y volviendo los días aún más difíciles. Aunque por amor a tu madre, que en este momento necesita de tu cuidado, el hecho de no poder vislumbrar una fecha exacta para el término del sufrimiento agrava la angustia y genera desequilibrio”.

Bebió un sorbo de café y, lentamente, se dirigió al meollo del problema: “Sin embargo, esto es apenas un condimento a más para avivar el calderón. La cuestión central son las elecciones, este inconmensurable poder de transformar la vida que tenemos, pero que raramente usamos con sabiduría”.

La mujer lo interrumpió para decir, con modos pulidos, que conocía la teoría sobre el poder de las elecciones. El artesano comentó: “Sí, muchos la conocen; pocos la practican de modo debido. Justamente por ser un poder de tal fuerza, que define tantos aspectos fundamentales de la vida de una persona, con los dolores y delicias de sus consecuencias, la mayoría de las personas se siente más cómoda y segura opinando sobre la vida de los otros que decidiendo sobre las propias cuestiones. La razón de esto son los diversos efectos directos que invariablemente nos causan las decisiones que tomamos. Por esto, nos sentimos más seguros con las decisiones sobre la vida ajena; en contrapartida, tenemos muchas dudas y dificultades sobre las elecciones que dicen respecto a nuestra propia vida”.

“Escoger por el otro siempre tendrá una apariencia más fácil pues no recae sobre nosotros el eventual peso de una decisión equivocada”. Se encogió de hombros y dijo: “A groso modo, la cuenta será pagada por el otro. Irónicamente, a las personas que más les gusta opinar sobre las elecciones ajenas son las más inseguras con relación a las decisiones pertinentes a sus propias vidas. Cuando extrapolan ese comportamiento revelan el miedo de la responsabilidad ante la propia vida”.

“No obstante, están aquellos que necesitan de alguien que decida por ellos. La razón es otra, aunque sea una sombra próxima: transferencia de responsabilidad. Creen que tendrán a quien culpar en caso de que la elección no se presente de manera apropiada. Tonto engaño. Dejar de escoger será siempre una pésima decisión”.

“Ambas son ilusiones que nos alejan del proceso evolutivo. La responsabilidad por cada elección posee un enorme valor para entender quiénes somos y cuánto todavía nos falta ser. Nos permite entender quién aún no somos. En esa jornada no existe un maestro mejor que las elecciones, pues, en suma, son la aplicación de la teoría en la práctica. Un ejercicio de lo que sabemos o no. Es la medida de la inteligencia espiritual de un individuo. Importante resaltar que algunas veces escogeremos bien y otras no. Si no funcionó tenemos la oportunidad de intentar hacer diferente y mejor en la próxima ocasión. Nunca maldigas un error. El error, si se aprovecha bien, servirá de guía para llevarnos al acierto. Así agregamos sabiduría, siempre en forma de virtudes, al ser. Esto modifica todo el vivir”.

La mujer comentó que todavía no sabía qué decisión tomar. Todas envolvían un margen de riesgo entre lo correcto y lo incorrecto. Cada persona que oía le ofrecía hechos y situaciones que modificaban su opinión. Resaltó que no quería equivocarse. La decisión incorrecta agravaría la situación de su madre.Confesó que la elección errada la alejaría más tanto de su regreso a la librería como a la rutina que tanto le gustaba. Admitió que ese sentimiento la hacía sentir egoísta.

El zapatero frunció el cejo, gesto característico cuando percibía la seriedad de la situación y explicó: “Tenemos dos sombras importantes que precisan de claridad. El egoísmo y el miedo”.

“El individuo cuando alcanza un determinado nivel de evolución tiene plena consciencia sobre la importancia de la empatía, del valor del otro en su vida, de la compasión. Esto lo hace transmutar el egoísmo en misericordia y amor. En la eterna e indispensable vigilancia sobre sí mismo, muchas veces pierde la medida de la generosidad dispensada al mundo. ¿Hasta dónde debo donarme al otro?No quiero sentirme egoísta, pero ¿cuál es el límite que determina el punto en que estaré renunciando a mi vida en pro de otra persona? A final, si yo me anulo individualmente, si abandono mis sueños o desisto por completo de mi vida en deferencia de alguien difícilmente podré sentirme bien para proseguir”.

“Amar al otro como a sí mismo es el resumen de toda la ley espiritual, pero ¿cómo hacer el bien si no me siento bien? ¿Cuál es el valor de una actitud realizada por obligación en vez de hacerla por amor? ¿Cómo puedo amar a alguien si no siento amor por mí?”

La mujer volvió a interrumpir para decir que aquel discurso era una equivocación, pues amaba mucho a su madre y estaba dispuesta a hacer de todo para que ella estuviera bien. Lorenzo no se abaló: “No dudo del amor que le tienes a tu madre y del bien que le deseas. Sin embargo, en este momento tú también debes estar consciente del amor que precisas sentir por ti misma. Dónale a ella todo tu amor sin renunciar a amarte a ti misma; de lo contrario la existencia se volverá un fardo desagradable y pesado. En caso de que puedas equilibrar el cuidar de tu madre sin descuidarte, los días te serán leves y prósperos. Existirá la preocupación por el tratamiento de tu madre, pero será llevada más fácilmente por la fuerza de tu propia vida en circulación al alimentarte de amor y de las demás virtudes”.

“Nadie puede amar el amor que no posee. Será un intento cruel y doloroso para sí mismo. Ama el amor que te sea posible hoy”. Guiñó un ojo y adicionó: “Mañana intenta un poquito más. Sé cariñosa con el mundo sin dejar de tener cariño para contigo misma”.

“El egoísmo y el suicidio son las dos extremidades de una misma sombra. Ambos acaban con la vida del ser”.

¿Suicidio? Daysi dijo no entender aquel discurso. Lorenzo fue didáctico: “Cuando hablamos de suicidio pensamos en situaciones más perceptibles como saltar de un puente, arrojarse a los rieles del tren o tomar veneno. Son los suicidios evidentes. Sabemos también que los vicios y las drogas son formas de suicidio; solo más lentas y no siempre conscientes. Son los suicidios disfrazados. Así mismo, todas las formas de abandono de la vida son también prácticas suicidas. Cuando renunciamos a hacer las cosas que amamos, dejamos de lado las rutinas que nos alimentan el alma o las actitudes que nos alegran el corazón, estamos en vía de suicidio. Son suicidios conducidos por el miedo”. 

“Debemos tener tiempo y amor para la familia, los amigos y para el planeta, sin dejar de tener tiempo y amor para nosotros mismos. Vivir en ese equilibrio no siempre es fácil, pero necesario. Es ejercitar la virtud de la armonía, indispensable como las demás virtudes”.

“Cuidar del mundo sin olvidar cuidar de sí. Cuida bien de ti sin dejar de cuidar de todos”.

“A pesar de la responsabilidad que debemos tener con el mundo, nadie debe sentirse culpable por cuidar de sí”.

La mujer terminó el café y le pidió al artesano que le sirviera más. Enseguida admitió que tal vez fuese esa la razón para sentirse más débil y desanimada cada día. Había parado de alimentar su propia alma. Comenzaba a entender aquello que debía ser modificado para que la vida, a pesar de las dificultades, no dejara de iluminar sus días. Es más, necesitaba de esa luz para tomar la decisión correcta sobre las diversas posibilidades de hospitales, médicos y tratamientos que existían como opción. Lorenzo ponderó: “¿Ya pensaste que, por exceso de cuidado, podrías estar substrayendo de tu madre el derecho de decidir sobre su propia vida?”

“Ayudar es un arte. Debemos tener el cuidado para no imponer nuestras decisiones en los cuidados ofrecidos. Recuerda, cada uno posee el inalienable derecho a escoger aquello que cree mejor para sí”.

Daysi miró asustada al zapatero; no había pensado en esa hipótesis. Lorenzo amplió el raciocinio: “Tu madre está perfectamente sana. Ella oyó a los médicos y entiende lo que pasa con su cuerpo. Conversa con ella, pondera, argumenta y, sobre todo, escucha su deseo. Al final, a ella caben las mayores consecuencias de la decisión. Será justo con ella y contigo”.

La mujer levantó la hipótesis, bastante probable, de que su madre se declarara sin condiciones de tomar esa decisión. El zapatero consideró: “Si estás de acuerdo con ese argumento y, lo más importante, quieres asumir esa responsabilidad, acéptala, pero hazlo sin miedo. Errores y aciertos son inherentes a la vida y cuando son bien aprovechados se hacen excelentes maestros. Lo importante es no escoger conducido por la opinión de otros, sino por tus propias convicciones. Solamente así el sufrimiento se vuelve lección; de lo contrario será mera contrariedad. No existe evolución sin responsabilidad”.

“Escucha la voz de tu alma. Ella te dirá cuál es la elección correcta, aunque más adelante no se muestre como la más adecuada. No importa. Aprendemos en el camino al ritmo de nuestras elecciones. Si nos negamos a entender cada una de ellas en toda su intimidad, en sus pormenores, no habrá evolución”.

“La elección es el mago de la transmutación, el guía en el Camino y el señor de cada destino. Las elecciones son los senderos para la plenitud”. 

Daysi comentó que la elección errada era como un espectro que asombraba la existencia. Lorenzo resumió el raciocinio: “No hay elección errada cuando se realiza de acuerdo con la propia consciencia. Errado es no escoger; es renunciar a definir el propio destino según la opinión del mundo; entonces, se pierde el gusto por la vida”.

Permanecimos un largo tiempo sin decir palabra. Las lágrimas escurrían por el rostro de la mujer; eran lágrimas de encanto. Ella quebró el silencio para decir que había ido al taller en busca de una opinión. Sin embargo, había encontrado el modo de rescatar la vida y la alegría que se le escapaban de la existencia. Amanecía. Así que dijo que antes de volver a casa pasaría por la librería para enterarse de los negocios. Amaba aquel universo de libros y café que había construido. Lo extrañaba.  No, no estaba siendo egoísta. Solo de pensarlo ya sentía que volvería más dispuesta para proseguir con los cuidados de la madre. Confesó que una agradable sensación de coraje substituía el miedo y la llenaba de confianza. 

Agarró un cuadernito de anotaciones que Lorenzo había dejado encima del mostrador y escribió: “Cuando cambiamos la visión, alteramos la consciencia. Así transformamos la vida y coloreamos el mundo. De corazón, ¡gracias!” Le dio un beso en la mejilla al amigo, se despidió de mí y se marchó. La mujer que salió del taller era muy diferente de aquella que había entrado. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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