Plenitudes. La felicidad

Estaba muy temprano cuando entré a la casa de Li Tzu, el maestro taoísta de la pequeña villa china, en la subida del Himalaya. Gracias a los varios alumnos que llegaban de todas partes del mundo para estudiar el Tao Te Ching, el portón de su casa nunca estaba cerrado. Siempre tuve el hábito de despertar muy temprano y como sabía que Li Tzu también iniciaba el día antes del sol nacer, no dudé en que lo encontraría despierto. Al entrar a la cocina me deparé con la mesa puesta con una tetera hirviendo y dos tazas, pero no había nadie. Me senté en la mesa y llené una de las tazas. El aroma de la mezcla de hiervas se esparció por el aire, perfumando el ambiente. Media noche, el gato negro que también vivía en la casa, se enroscó en mi pierna. Acaricié su cabeza y él saltó para anidarse en mi regazo. Silencio y quietud. Mientras bebía el té me llenaba con la enorme sensación de bienestar que aquel momento me proporcionaba. Yo intentaba entender la razón de tanto ante tan poco. 

Mis pensamientos fueron interrumpidos con la entrada del maestro taoísta. Le pedí disculpas por invadir su casa y servirme té sin la debida autorización. Li Tzu, no mostró sorpresa al verme, me ofreció una sonrisa sincera y corrigió: “No hubo invasión. Había dos tazas sobre la mesa y una de ellas era para ti. En lugares como este es casi imposible no saber todo lo que ocurre. Supe que estabas en el bus que dejó a los alumnos en la posada ayer por la noche. Te esperaba hoy muy temprano”. Enseguida se sentó del otro lado de la mesa. Le comenté sobre la maravillosa sensación vivenciada por mí hacía poco: la calma, una taza de té, el cariño de un animalito… parecía que toda la felicidad del universo habitaba en mí. Adicioné que me gustaría sentirme así siempre. El maestro taoísta se encogió de hombros y dijo: “Depende solo de ti. Sin embargo, lo que sentiste tal vez haya sido el bienestar proporcionado por un momento de tranquilidad; no necesariamente felicidad”. Bebí un sorbo de té y ponderé que aquellas palabras no me parecían tan sencillas. Confesé que muchas veces había dudado de la real existencia de la felicidad. La vida parecía estar hecha de momentos felices; tan solo momentos. Para mí, la felicidad era una absoluta abstracción y, como tal, una meta imposible de alcanzar.

Argumenté que la felicidad era una utopía, una fantasía de poetas y religiosos como anestesia o fuga de una realidad dura de constantes sufrimientos. Li Tzu me alertó: “Para encontrar algo es indispensable que sepamos qué procuramos, bajo pena de nunca encontrarlo. Por desconocimiento, muchas veces el tesoro está ante los ojos, pero no lo vemos; entonces, escapa”.

Mencioné que no conocía a nadie que hubiera tenido una existencia sin sufrimientos. El maestro taoísta me recordó conceptos que yo parecía haber olvidado: “Recuerda que los conflictos son inevitables, pero el sufrimiento es una elección. Los conflictos pueden ser fuentes turbias de dolor o fuentes claras de aprendizaje. Cada uno define de qué fuente irá a beber cada vez que una dificultad se presente”.

Argumenté que la teoría era mucho más fácil que la práctica y aunque hubiese profundizado bastante en las plenitudes durante mis estudios esotéricos, admití que creía imposible vivenciarlos. Li Tzu me corrigió: “Difícil sí, imposible no”.

“Ver la puerta no significa ser capaz de atravesarla. La distancia entre ver y atravesar suele demorar largos períodos; es el tiempo que se lleva entre el saber y el ser. Entre ver y atravesar existe un nivel intermedio, la formación de la consciencia. La formación de la consciencia, a su vez, está dividida en dos etapas: el conocimiento y la sabiduría. El conocimiento se refiere a cuánto de la teoría fue aprendida. No obstante, esto no basta; es necesario que el saber se haga parte inherente del ser, presente en sus elecciones. Por ejemplo, todos saben que la mentira es un fraude contra sí mismos; pero ¿cuántos ya pueden superar esta dificultad?”. 

“Cuando lo logramos, tenemos la consciencia ampliada gracias a aquel conocimiento agregado al ser y al vivir. La sabiduría es el conocimiento aplicado a la vida, o sea, el ejercicio del saber. Todo conocimiento no utilizado en las relaciones es como pan que se pudre en la vitrina sin cumplir su función primordial de alimentar. La consciencia, en sintonía con todo en el universo, está en infinita expansión a medida que el individuo se conoce a sí mismo y encuentra belleza a su alrededor. Así, al expandir la consciencia, todo se transforma”.

“Como dijiste hace poco, varios fueron los momentos felices disfrutados en tu vida. No obstante, ellos tuvieron un período limitado, siempre más corto de lo deseado., hasta que la existencia retornó a la rutina de sufrimientos”. Enseguida, bromeó: “Vamos a intentar entender al tigre salvaje lentamente.Quién sabe si después de decodificarlo no pasa de un Medianoche incomprendido”, apuntó para el gatito que ronroneaba dócilmente en mis piernas. “La primera premisa es tal vez la más importante para no alejarnos del buen combate. Si sentiste la felicidad, aunque por un único segundo, la razón es evidente: la felicidad existe. No olvides que la realidad reside en lo abstracto, lo concreto es solamente el muro que esconde la verdad. Mientras todo lo que es sólido se deshace en la marcha del tiempo, las virtudes, y por consecuencia las plenitudes, son consistentes y nos acompañan a la eternidad. Estas se agregan al espíritu como elementos de fuerza y poder”. 

Hizo una pausa de propósito y prosiguió: “Pueden impedirme cargar una mochila, jamás el amor que poseo”. Bebió un sorbo de café y agregó: “Pueden robarme todo el dinero, no obstante, mi dignidad apenas me descontrola si lo permito. Vándalos pueden encender fuego a mi casa, sin embargo, en cuanto a mi paz, solamente yo tengo el poder de lanzarla a la hoguera. Pueden tirar mi cuerpo al fondo de una celda, pero no podrán amarrar mi alma cuando es verdaderamente libre. En estado de consciencia profunda, en absoluta plenitud, pueden hasta abreviar mi existencia, pero no podrán quitarme un átomo de vida”.

“¿Entiendes el poder inconmensurable de las plenitudes?”.

“Libertad, paz, felicidad, amor y dignidad son las cinco plenitudes básicas que, cuando unidas en una, llevan a la iluminación. Es el estado de graciaconocido en las tradiciones occidentales o el nirvanacomo se denomina en las tradiciones orientales. Para llegar a la luz tenemos que atravesar el Camino. Una jornada interior que se recorre sedimentando nuevas virtudes al ser, expandiendo la consciencia y perfeccionando las elecciones”. 

“Es la mayor de las batallas; es el denominado buen combate. Debes saberlo, no será fácil, intentarán hacerte desistir. Humildad, simplicidad, compasión, generosidad, delicadeza, sinceridad, honestidad, mansedumbre, firmeza, justicia, pacificación, fe, entre otras, además del amor, son las virtudes que nos llevan a las plenitudes. El amor es una virtud que no solo se hace presente en todas las demás virtudes, sino que también se completa como una de las plenitudes básicas. El amor muestra su importancia por ser, al mismo tiempo, el sendero y el destino”.

“El Tao nos enseña que el Todo está oculto en la Nada”.

Lo interrumpí para decir que sus palabras tenían sentido para mí. Yo había aprendido que lo sagrado estaba escondido detrás y a través de las situaciones mundanas. Sin embargo, había mucho hermetismo. Agregué que aquel era el problema con las tesis religiosas y filosóficas: no parecen muy claras. Li Tzu arqueó los labios en leve sonrisa, como si esperase aquel comentario y me hizo la pregunta elemental: “¿Dónde está la tal felicidad?”. Sin dudarlo, respondí que dentro de cada persona. 

Él concordó y prosiguió: “Entonces, ¿por qué sufrimos cuando alguien no está de acuerdo con nuestro punto de vista o se opone a nuestros deseos? ¿Por qué insistimos en encontrar la felicidad en los acontecimientos del mundo? Instamos en creer que dependemos de tener un carro, un aumento salarial, un romance con determinada persona, de los aplausos o de la aprobación ajena para ser felices”. Respondí que las situaciones por él mencionadas hacían la existencia más cómoda y la vida menos conflictiva. Li Tzu profundizó: “El confort está en percibir las cosas innecesarias de la existencia; el conflicto solo existe cuando imponemos nuestro deseo sobre el de los otros”. 

“No existe ninguna correlación entre las facilidades, sean materiales o existenciales, con la felicidad. Esta es la premisa primordial”. 

“El cine y la literatura nos enseñan mucho sobre eso”. Le pregunté a qué libro o película se refería. Li Tzu frunció el ceño y volvió a sorprenderme: “A todos”. De inmediato, dijo que yo no había entendido. El maestro taoísta explicó: “Presta atención a una historia cualquiera; lo que las mueve es el conflicto. Entre más profundo sea el conflicto mejor será la película o el libro. Entre más fuerte sea el villano, el héroe tendrá que superarlo en habilidades. Sin conflicto tendremos una historia aburrida porque no avanza a ningún lugar; un protagonista aburrido que no va más allá de sí mismo”. Hizo una pequeña pausa para alertarme: “En las mejores historias el villano se esconde en lo interior del héroe”. Hizo una pausa para concluir: “Cada uno es el villano de sí mismo. Este bandido es el único que puede hurtarme la felicidad”.

“Los problemas siempre existirán. Sin embargo, si enfrentas el conflicto como un enemigo tus posibilidades de perder la batalla son enormes; si reverencias el problema como quien está ante un maestro, por las inconmensurables posibilidades de aprendizaje y superación ofrecidas, conocerás la victoria”.

“La felicidad es la plenitud de la visión; ella tiene la distancia de una simple visión”. “Basta no usar los lentes oscuros de las sombras; basta no desviar ni cerrar los ojos; basta ver por el sentido de la luz. Entonces, nada ni nadie podrá impedirte la felicidad”.

Dije que, oyéndolo hablar, parecía que la felicidad era una conquista sencilla. Li Tzu se rio y me alertó: “Sencillo sí, fácil no”. Enseguida explicó: “Desde tiempos inmemoriales nos condicionamos a conectar el deseo de pose y dominio, ya sea de cosas o de personas, con la felicidad; dependiendo de la autorización y de los aplausos del mundo para sedimentar una conquista que, en esencia, es apenas interna. Así, renunciamos al poder que tenemos sobre la propia vida por las dependencias que creamos. La felicidad es una construcción del ser alineando tres elementos indispensables para el equilibrio espiritual: “virtudes, consciencia y elecciones”.

Recordé que había personas en situaciones muy complicadas de enfermedad y miseria. Li Tzu concordó: “Sin duda que condiciones básicas de subsistencia y salud son indispensables para el cuerpo. Sin embargo, ninguna cuestión fuera de la elaboración intrínseca del ser trae cualquier relación con la felicidad”. Hizo una pausa, bebió un sorbo de té y continuó: “De lo contrario la felicidad será inaccesible a las personas enfermas o pobres; idea absurda. Enfermedad y miseria no son situaciones deseadas, mas traen consigo las batallas adecuadas para los guerreros que las enfrentan. Las luchas más duras suelen traer los aprendizajes más profundos. Donde muchos ven desgracia, algunos encuentran la verdadera gracia”.

“Nadie escoge los acontecimientos sujetos a la propia existencia, pero puede escoger como lidiar con ellos. La hiel y la miel de la vida se separan en la distancia de las diferentes visiones”. 

“Conozco individuos que iniciaron la jornada hacia la felicidad al perder la salud física, el dinero o sufrieron una inesperada ruptura emocional, como un divorcio o la partida de un ente querido a otra esfera de la vida. Esto les permitió modificar la visión. No me refiero, es claro, a que debemos estar enfermos, pobres o sentirnos abandonados para encontrar la felicidad. Sería repetir un concepto incoherente y absurdo en el cual solo se aprende con el dolor. Error craso. El dolor únicamente enseña cuando está recubierto de amor para que pueda transformarse en sabiduría; de lo contrario, se perpetuará en ciclos de sufrimiento. Lo mismo sería creer que la felicidad está en la conquista de bienes materiales, en la belleza física o, muy común, en lisonjear al ego aún inmaduro, viciado en los aplausos y aprobación del grupo social en el cual está inserto”.

“Cualquier subordinación se vuelve una prisión existencial. La felicidad es exclusiva del ser en la construcción de sí mismo”. 

“Solamente no olvides que sin la argamasa de las virtudes ninguna construcción se sustenta por mucho tiempo, por estar fundamentada en los pilares huecos del egoísmo”.

Quise saber si era preciso alcanzar la perfección para mantener la felicidad en estado permanente. El maestro taoísta negó tal equívoco: “Sería demasiado cruel dada la imposibilidad o la distancia del emprendimiento. Sería la negación del amor por los malos tratos infringidos a sí mismo. Olvida la idea de que serás feliz mañana. La felicidad se volvería una ficción y una maldad por aguardar en un lugar inalcanzable. En verdad, la felicidad se hace disponible cuando entendemos que es una realidad aquí y ahora”. 

Desocupó la taza de té y expuso el raciocinio con simplicidad: “El individuo sabio se observa todos los días con humildad, compasión, sinceridad, delicadeza, firmeza y amor para ver si actuó mejor que antes, si supo aprovechar, al menos un poquito, las infinitas oportunidades de aprendizaje y superación ofrecidas por la vida. Si lo logró estará feliz por ello. Si no, asumirá el compromiso verdadero ante sí para intentar hacer diferente a partir de aquel exacto momento. Entonces, también se sentirá feliz por eso”.

“La felicidad es el encanto del individuo con sus pequeñas transformaciones diarias y con las incansables oportunidades de evolución ofrecidas por la vida. Entonces, él percibe la belleza que hay en sí, en todo y en todos”.

Oímos un movimiento. Eran los alumnos llegando y acomodándose en la sala de meditación. Pronto comenzarían las actividades en la casa del maestro taoísta. Él se excusó, pues necesitaba trabajar. Le pedí que me enseñara sobre las demás plenitudes básicas. Él sonrió y dijo con delicadeza: “Vuelve mañana temprano por una taza de té”. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Ana Maria Rico 21 de noviembre de 2020 on 23:44

    Hermoso texto, gracias!