Dios y la ética

La clásica bicicleta estaba recostada en el poste en frente al taller. Lorenzo, el zapatero amante de los libros de filosofía y de los vinos tintos, me recibió con una sonrisa sincera y un fuerte abrazo. Me senté al lado del antiguo mostrador de madera donde él trabajaba el cuero de bolsos y zapatos, mientras alineaba ideas desconcertantes con los amigos que estaban siempre llegando en busca de una buena conversación acompañadas con café. Él colocó una taza humeante en frente mío y comenzamos a conversar. Le comenté que yo tenía mucha suerte, pues no esperaba encontrar el taller una tarde de Domingo de Páscoa. Aunque los horarios de funcionamiento eran famosos por ser inusitados, yo sabía que él tenía por hábito iniciar el trabajo de madrugada, con el cielo estrellado, para cerrar las puertas al mediodía. El artesano me explicó que se había despertado tarde dado que, la noche anterior, había ido a la Santa Misa en la pequeña iglesia de la ciudad, realizada a medianoche, marcando el inicio de la Cuaresma. Lorenzo contó que era una ceremonia bellísima, que involucraba energías muy fuertes. Comenzaba con una gran hoguera en el patio delantero de la iglesia, ante la cual las personas lanzaban pedazos de papel donde habían escrito situaciones de sus vidas que deseaban superar. Después entraban a la iglesia apagada, iluminada apenas por las velas que llevaban. Era una imagen muy bonita. Enseguida, las luces se encendían y la misa proseguía. Le pregunté si él también le había entregado al fuego algo para quemar de su vida. “Sí”, respondió. Confesé mi sorpresa. Lorenzo explicó: “Los mundos visible e invisible están en constante interacción. Todo lo que sucede en un lado se refleja en el otro. El auxilio es indispensable. No obstante, nada acontecerá si yo no hago la parte que me corresponde”.

Cuestioné si era fundamental participar de un ceremonial para que las modificaciones existenciales ocurriesen. “¡Claro que no!. No habrá cualquier ayuda si, al participar de un rito religioso, en los días siguientes continúo de brazos cruzados. El universo acompaña mi movimiento. Soy el maestro de mi vida; la ejecución de la sinfonía aguarda mi comando y dependerá de cómo yo la conduzca. Los músicos de la orquesta no tocarán según mi deseo, sino en respuesta a los movimientos que yo haga”.

“Sería absurdo imaginar que espíritus iluminados se alimentan de papeles quemados. El ritual tiene la fuerza de abrir un portal de conexión y firmar un compromiso. Sirve también para recordar la responsabilidad que, en aquel momento, asumí ante mí mismo con relación a mi evolución y honrar la ayuda ofrecida. Las dificultades son inherentes a la vida, pues me ayudan a ser una persona mejor. Resolver un problema es superar una situación existencial; es ir más allá de donde estoy. Esto es recorrer todo un ciclo de aprendizaje y transmutación, de inicio a fin”. 

“Por tanto, es necesario aprender con el problema y transmutar las nuevas enseñanzas a tal punto que sean intrínsecas a las elecciones cotidianas; deleitarse con los efectos oriundos de un comportamiento diferente y mantener la voluntad de seguir adelante. Así perfeccionamos la propia esencia al expandir la consciencia. Todo cambio diferente a esto es solo maquillaje  superficial, pues esconde las incorrecciones en vez de superarlas. Nada cambia por fuera mientras no se haga por dentro”. 

“Algunas veces surgen mejoras en nuestras vidas en la esfera física. Un buen empleo, un dinero inesperado, un romance apasionado, apenas para citar algunos ejemplos. Se hace necesario comprender que esos hechos no significan necesariamente una evolución existencial; algunas veces se tratan de condiciones operacionales, ya sea como auxilio de superación o para iniciar una nueva jornada.  Las situaciones cotidianas no siempre muestran una obra lista, a veces, llegan como herramientas. Aprovechar exige atención y virtud”. Hizo una pausa y concluyó: “Las herramientas están en el mundo; la obra, dentro de sí”. Bebió un sorbo de café y finalizó el raciocinio: “Obra finalizada: sé para el mundo aquello que el mundo te ayudo a ser”.

Le dije que ese era el problema. Muchas personas atribuían sus malestares e insatisfacciones al hecho del mundo no ser un buen lugar para vivir y causa principal de sus sufrimientos. Reclaman que las personas son malas y por ello se volvieron amargadas. Lorenzo se encogió de hombros, como quien dice algo obvio y disparó una de las ontológicas enseñanzas del Sermón de la Montaña: “Cuando tu ojo es bueno todo el universo es luz”. Bebió otro sorbo de café y agregó: “El mundo cambia sus colores cuando mejoramos la visión. Mientras sea observado por un ego egoísta y dominador que ve con deseo de conquista, el mundo se mostrará hostil. Al mirar al mundo con el deseo de estar en comunión con un maestro que tiene mucho a enseñar, este se vuelve generoso. Nunca al gusto; siempre según la necesidad”. 

Sacudió la cabeza y dijo: “Por engaño filosófico, además de una generosa dosis de comodismo, insistimos en reaccionar como si nuestro problema existiera por causa del comportamiento de las otras personas. El infierno son los otros, provocaba Sartre, un filósofo francés, con evidente buen humor. Al intentar modificar a los otros, sobre los cuales no debemos ejercer ningún poder desde la perspectiva de la luz, aumentamos el propio sufrimiento y desperdiciamos la existencia. Cambio yo o nada cambia”.

Fuimos interrumpidos por la llegada de Bernardo, un sobrino de Lorenzo. El joven había discutido con la madre y estaba muy molesto. El zapatero lo acogió con cariño, le entregó una taza de café y lo dejó hablar. Así como el silencio tiene su innegable importancia, hablar posee grandes valores. Uno de ellos es el de poder oírnos. Hay muchas maneras para entender nuestras dificultades. La meditación y la oración profundas son buenos ejemplos. Hablar es otra, cuando estamos dispuestos a escucharnos. Las palabras son mensajeras del alma.

La pelea entre madre e hijo era porque él no quería ir a la misa. Decía que esto lo alejaba de Dios y, por consiguiente, le impedía ser una buena persona. Bernardo se declaró un ateo convicto. Alegaba que la idea de Dios no se sustentaba intelectualmente y, lo peor, no tenía ningún respaldo científico. Para él, en resumen, la creencia en cualquier divinidad era oriunda de un condicionamiento atávico fundamentado en la ignorancia, en el miedo y utilizado como herramienta de dominación de algunas personas sobre otras. Al terminar aguardó los comentarios del tío. Lorenzo desconcertó al sobrino: “Entiendo tu raciocinio y no tengo argumentos para contradecirlo”.  Enseguida explicó su punto de vista: “Pienso que no debes ir a la misa si no te gusta, si no te sientes bien o si lo consideras una bobada. Esto no te impide ser una buena persona”. 

Atónito, Bernardo cuestionó la razón por la cual el tío frecuentaba las misas en la iglesia de la ciudad. El zapatero arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo con picardía: “Por causa del vino y de la conversación. Soy muy amigo del padre. Él es un hombre inteligente y agradable. Voy siempre  a las misas de domingo. Después, vamos a algún restaurante para beber una botella de un buen vino tinto e intercambiar ideas enriquecedoras”. Hizo una pausa y remató: “Cuando estamos con suerte, el Viejo baja del monasterio y confraterniza con nosotros. Confieso que esa es la parte que más me gusta de la misa”. Reímos. 

Enseguida, levantó las cejas y dijo serio: “Voy a las misas porque me hace mucho bien. Las energías movidas durante un ceremonial sagrado ayudan a alejar vibraciones deletéreas que, por descuido en mis pensamientos y sentimientos, pueden estar en mí. Esto es más común de lo que se imagina y no siempre las percibimos. Apenas la sensación de ligereza en el sentir y la claridad en el pensar que los rituales proporcionan, me permite entender la actuación y la interferencia de lo abstracto en lo concreto”. 

Bebió otro sorbo de café y aclaró: “Claro que no debo necessariamente ir a misa para beneficiarme de las buenas energías. El mar es un santuario, las montañas son catedrales y todos deberían tener en casa un lugar especial, para una conexión con lo sagrado de la vida. En verdad, si no me encuentro con Dios en mi corazón, no lo encontraré en ningún otro lugar. Solamente este encuentro me concede el misterio de la fé”. Bernardo interrumpió para cuestionar lo del misterio de la fé. Quiso saber si el tío pensaba que el mero hecho de creer en una divinidad hacía mejor a alguien o si sería posible alcanzar una gracia. Lorenzo dirimió la duda del joven: “De ninguna manera. La fé no es una creencia como muchos lo creen; tampoco, un instrumento de permuta. En verdad, es el poder inconmensurable de sentir y mover la energía cósmica a través de mí. Ella construye el puente que permite transitar entre lo visible y lo invisible de la vida. La fe es una virtud conquistada poco a poco. Es necesario un espíritu maduro para el ejercicio de la fé”. 

Bernardo quiso saber cómo el tío explicaba la existencia de Dios. Lorenzo fue hasta donde era capaz: “Hay algunas cosas en la vida que sé que existen porque las siento de manera tan verdadera que me sería absurdo negarlas. Sin embargo, tengo dificultades para traducirlas en palabras al no entender aún toda la dimensión de aquello que las envuelve e impulsa. Son mayores que mi capacidad de expresión en este momento de la existencia. Así como el amor. Me relaciono con Dios a medida que entiendo el amor”. 

Miró al joven a los ojos y confesó: “Si me pidieras que te explicara el amor bajo el prisma de la ciencia, yo no sería capaz. Nadie podría. ¿Pero quién de sana conciencia podría negar el amor?”. 

“Sé de la existencia del amor por todo el bien y por el poder de transformación que me proporciona, por la luz y protección en las que me envuelvo. No sería capaz de negar el amor ni aún en un acto de loucura. Dudar del amor sería perder el sentido de la vida y distanciarme de lo más precioso que puedo ser y ofrecer. Aún reconociendo todo su valor y poder, por la inconmensurable influencia que ejerce sobre mí, yo no sabría explicar qué es el amor. No puedo pues por ahora no entiendo todo su tamaño, fuerza y dimensión”. Miró al joven y dijo con sinceridad: “Aunque es mi mayor riqueza, confieso que muy poco conozco sobre él. Apenas sé una pequeñísima parte: cuando fluye por mis venas la vida se deleita; cuando me alejo, mis entrañas se envenenan. Traigo la certeza de que solamente a través del amor podré volverme una persona mejor”.

Lorenzo hizo una pregunta retórica, sin esperar respuesta: “¿Debo negar el amor por no poder traducirlo en ecuación matemática? Así como para muchas personas la existencia de Dios se mantiene en el miedo, la ignorancia y en intereses oscuros, ¿podríamos afirmar que el amor se trata de una invención de los poetas, de los soñadores o una ilusión de escape en un mundo de dolores recalcitrantes?”.

Bernardo dijo que la argumentación del tío no se sustentaba. El hecho de que él no creyera en Dios no significaba que no pudiera creer en el amor. El zapatero aclaró: “No fue lo que dije. Apenas quise decir que aunque la ciencia sea una innegable aliada de la verdad, todavía está años luz de ella. No en vano, en la Grecia Antigua, cuna de la filosofía occidental, hace más de dos milenios, algunos pensadores ya buscaban entenderlo para la evolución espiritual a través de la ética, de la estética y de la mística”.

¿Estética? Le pareció extraño al sobrino. Lorenzo explicó: “En su concepción original, la estética es el encuentro con la belleza de la vida a través de la verdad y de la pureza que existe dentro de cada persona. Un concepto lindísimo que se perdió por haber secuestrado la palabra para fines menos nobles o, si se prefiere, la estética se ligó al vocabulario de la apariencia y no a la esencia a la cual se destinaba originalmente”. 

El sobrino confesó estar encantado con aquella idea. Sin embargo, se le hizo extraño el uso de la mística para la comprensión de la vida. El tío fue pedagógico: “La mística habla sobre el conocimiento de la verdad más allá de la ciencia. La verdad es la piedra angular del mecanismo para alcanzar las plenitudes”. Bernardo interrumpió para cuestionar como el zapatero definía la verdad. Lorenzo no huyó a la pregunta que atraviesa los siglos: “A groso modo, la verdad es el conocimiento que se tiene de sí mismo y su reflejo en el mundo que lo cerca. La verdad se profundiza a medida de la evolución de consciencia del individuo. Es un viaje intrínseco aplicado extrínsecamente”. Bebió un sorbo más de café y prosiguió: “La verdad está en lo íntimo del ser; apenas allí. Sin la búsqueda por la verdad estaremos distantes de la libertad, de la paz, la dignidad, el amor y la felicidad. Un encuentro ligado a la esfera existencial y espiritual, sin cualquier aspecto científico y ningún matiz materialista”. 

“La verdad está inserta en el universo desde el inicio de los tiempos; la ciencia no. El conocimiento científico avanza al paso de los siglos. Hecho que hace con que los sabios perciban muchas cosas antes que los científicos puedan descifrarlas. Entre tanto, la razón de no poder explicar algo no valida su inexistencia”. 

Bernardo indagó si la ciencia era enemiga de la verdad. El tío lo negó con vehemencia: “¡Claro que no! Al contrario, la ciencia ama la verdad a punto de buscarla sin medir esfuerzos; apenas están en momentos distintos. Muchas de nuestras percepciones, por ahora, solamente encuentran respuestas en la mística. No podemos limitar la evolución espiritual al avance de la ciencia. Una es incentivadora de la otra, jamás una barrera intransponible. En las últimas décadas, el psicoanálisis y la física cuántica han ayudado bastante a unir algunos de los muchos puntos sueltos en el mosaico del conocimiento humano”.

Lorenzo se levantó para hacer un poco más de café y volvió a llenar nuestras tazas. Recordé que el zapatero había hablado de la estética y la mística, pero no había abordado la ética. Yo oía la conversación sin decir nada. Sin embargo, sabía de su importancia para entender lo que el tío había construído y deseaba demostrarle al sobrino. Lorenzo fue didáctico: “La ética es el código personal de conducta, en parte innato, en parte adquirido, a lo largo de la vida. Nacimos con un instinto natural para lo correcto e incorrecto, pero no basta. Evolucionamos hacia un sentido afinado para distinguir el bien del mal. La ética da las razones que perfeccionan al individuo a través del ejercicio de las virtudes. Ética es la espiritualidad aplicada en el día a día”. 

“El individuo puede convivir en un grupo social moralmente corrupto y bajo un régimen de leyes degradadas por intereses sospechosos sin envolverse con los engaños colectivos, pues la ética lo mantendrá alejado de las influencias nocivas. En casos contrarios, puede saciarse de esas prácticas pero una incomodidad, una sensación de incompletud lo acompañará. Es la voz de su alma abandonada en el vacío de la existencia. Cuando el individuo aún no entiende o niega la luz, la influencia de las sombras en su sufrimiento le servirá como un generoso, pero severo, maestro evolutivo. La ética es la cartilla educativa en la cual el individuo se orienta a medida que adecua su comportamiento a la expansión de la propia consciencia”.

“En la fase inicial, la luz nos llega como un ímpetu o un raciocínio todavía inmaduro. Fortalecemos la luz cuando la hacemos un hábito. La ética es este perfecto ejercicio al estimular las virtudes. La luz se intensifica con las virtudes en germinación que, poco a poco, florecen. Ocurre una mejoría en el ser. Mientras tanto, la ética será responsable por mantener al individuo en los senderos de la luz mediante el raciocinio y la sensatez, en momentos donde falte amor”.

“La ética moldea el carácter. El carácter me aproxima al amor. El amor me hace sagrado”.

El joven le pidió al tío que se explicara mejor. Lorenzo fue generoso: “La ética me permite hacer el bien aún cuando todavía no tengo el amor necesario para iluminar una determinada elección”. Ante la mirada interrogativa del sobrino, el zapatero profundizó: “A todo momento la vida nos coloca ante complicadas bifurcaciones. Por no conocer la senda somos asaltados por las dudas inherentes a las mejores decisiones. ¿Digo sí o no? Voy por aquí o por allí?”.

Bernardo recordó que un día el tío le habìa enseñado a escoger siempre por amor para no escoger errado.

Lorenzo sonrió satisfecho. Aquella era una verdad irrefutable. Sin embargo, trazó algunas consideraciones filosóficas: “Algunas veces nos falta amor al momento de elegir. Todos conocen el amor, pero muy pocos saben de toda su extensión, poder y dimensión. El amor es el sentimiento más mencionado, cantado y celebrado. A pesar de la enorme intimidad que tenemos con él, todavía es un famoso desconocido”. Y vaticinó: “Estoy en su infancia. Todo el amor que hoy siento no es ni una milésima parte del amor que un día seré”.

“Como estoy en evolución, la expansión del amor es parte esencial de este proceso. Muchas veces no tengo en mí el amor en dimensión necesaria para envolver una situación específica, capaz de pacificar mi alma ante una cuestión difícil. Cuando no puedo liberarme de la duda, sufro; esto me impide ser feliz y estar en paz. ¿Qué hacer? La respuesta es simple: actuó con ética”. 

“La ética tiene su raíz en la dignidad, que por definición es tratar a los otros como me gustaria que me tratasen. Sin embargo, presta atención, pues la dignidad está conectada al proceso educativo y no a la satisfacción de meros deseos. La ética no exige que amemos a todos como a nosotros mismos; esto será el próximo paso, en un nivel más avanzado del amor. En los momentos sombríos de la travesía, cuando no encuentres dentro de tí el amor necesario para la elección, busca la luz a través de la ética. Ten paciencia y entiende la infinidad de la senda. Alégrate con cada paso. Uno a la vez”.

“Cuando sientas en ti un desierto árido de afecto, decide mediante la ética. Esto te ayudará a aquietar el corazón. Después, examínalo con cuidado. Hasta el más bruto de los hombres tiene al menos una única semilla perdida de ese maravilloso sentimiento, el amor dentro de sí. Encontrar ese ínfimo grano será lo suficiente para que surja la empatía, para entender, al menos en pequeña parte y por primera vez, las aflicciones y las dificultades ajenas. Utiliza las virtudes que estén a tu alcance y que se apliquen al caso. Sé digno con el otro para que el amor brote en ti. La dignidad crea las perfectas condiciones para el crecimiento del amor. La semilla germina, crece, se transforma en árbol, flor y fruto; entonces, ese sentimiento alimentará al mundo”.

“De esa manera, poca o ninguna importancia tiene si la persona cree en Dios. Lo fundamental es el amor. A falta de éste, usa la ética en tus relaciones interpersonales. La ética, en constante ejercicio, hace madurar el amor. Un poco más a cada dia. Cuando amo vivo con Dios en mí; la ética me permite, en ausencia del amor, aproximarme a mí. Cuando estoy cerca de mí, siento la presencia de Dios. En el amor somos un solo corazón; en la ética nos damos las manos”.

“De nada sirve frecuentar ceremoniales de cualquier religión sin aplicar las virtudes en las elecciones inherentes a lo cotidiano. No tendrá utilidad incluir a Dios en el discurso y excluirlo de las actitudes. Más próximo está quien, al no creer, no habla de él, pero lo tiene en un gesto. No soy lo que digo, sino lo que hago, enseñaban los estoicos”. 

“No importa si creo en Dios. Él, en verdad, se hace presente en cualquier lugar donde exista humildad, simplicidad, compasión, generosidad, misericórdia, sinceridad, delicadeza, firmeza, honestidad, pureza, justicia, perdón y, principalmente, amor. Estas son las manifestaciones divinas. Seas ateo o religioso, Dios actúa a través de las virtudes contenidas en cada una de tus elecciones”.

“Así de simple”. El zapatero se encogió de hombros, desocupó la taza de café y concluyó: “A través del amor y de las demás virtudes, cualquier persona se vuelve sagrada. Mientras que esa consciencia esté todavía está en semilla, usa la ética”.

Sobre el mostrador reposaba un calendario de papel, de aquellos que traen una imagen ilustrando cada mes del año. Lorenzo tomó un bolígrado amarillo y dibujó un sol brillante por detrás de la foto del mar azul. 

Arqueó los labios con una suave sonrisa y finalizó: “La ética es el jardinero de las virtudes para el amor que todavía no ha florecido en el corazón”.

El sobrino miró el reloj. Dijo que debía irse, pues un compromiso lo aguardaba. No mencionó nada más, pero no era necesario. Sus ojos llevaban un brillo diferente causado por el encanto de aquella tarde. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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