La casa de los espejos

En la pequeña villa china localizada en la falda del  Himalaya, el movimiento en la casa de Li Tzu, el maestro taoísta, comenzaba temprano. La sesión de yoga iniciaba junto con los primeros rayos de sol. Después teníamos clase sobre el Tao Te Ching. En el día anterior habíamos leímos el poema que sería abordado en el aula, con el objetivo de hacer más dinámicos los estudios. Alumnos de los más diversos rincones del planeta venían hasta Li Tzu en busca de la milenaria sabiduría oriental. Frecuenté el mismo curso varias veces; siempre tenía la sensación de que había dejado de aprender algo. Aquella vez éramos dieciséis alumnos y estábamos en el capítulo cuatro:

“El camino es el vacío;

Y su uso jamás lo agota.

Es inconmensurablemente profundo y amplio,

Como la raíz de los diez mil seres.

Cegando el corte,

Desatando el nudo,

Armonizándose con la luz

Igualándose a la polvareda.

Límpido como la conciencia eterna.

…”

El Tao trae en sí un concepto minimalista en diversos aspectos, en el cual menos es más. Así, el libro tiene el atributo de ofrecer mucho contenido con pocas palabras. No obstante, es necesario esfuerzo y estudio para decodificar todo el amplio significado contenido en sus escasas páginas.

Una señora de cabello blanco a la altura de la nuca, muy simpática, profesora de literatura en Málaga, comentó que el camino es una jornada interior, donde siempre debe haber espacio para las virtudes todavía no agregadas, como forma de impulsar al ser rumbo a la luz. La luz se oculta en lo íntimo de toda y cualquier persona, a raíz de los diez mil serescomo se refiere el texto milenario, pues está íntimamente conectada a nuestro origen sagrado. De esa forma, el oro de la vida, las plenitudes, no será encontrado en ningún lugar, salvo dentro de sí mismo. El camino no tiene fin, ni la luz posee límite. Cuanto más se recorre más iluminado se vuelve.

Un matemático, también poeta, nacido en Calcuta, acrecentó que recorrer el Camino es el proceso de transformación personal, de la aproximación a la conciencia infinita. A cada paso aprendemos a cegarlas láminas afiladas de las palabras que cortan, de los gestos incomprendidos que sangran y rasgan la existencia en pedazos de tristeza, desánimo y malestar. Los nudosde la vida, aquellos que impiden la felicidad y nos distancian de la paz, serándesatadoscon mayor simplicidad a medida que perfeccionamos cada una de las virtudes que componen la luz. El camino enseña la importancia del amor y de la dignidad para resolver sabiamente los conflictos. Antes de pacificar al mundo, entendemos la imprescindibilidad de calmar el propio corazón. Un corazón sereno es presupuesto para acabar con los conflictos planetarios. A cada conquista interna, alineando el ego con el alma, conocemos un poco más sobre la verdad y encontramos el exacto equilibrio para la expansión de la luz en sí y a través de sí. Esto trae fuerza. Sin embargo, con la aproximación de ese poder, no podemos alejarnos de una valiosa virtud, justamente aquella que nos permitió iniciar el viaje, la humildad. Igualarse a la polvaredasignifica percibirse pequeñito como un grano de trigo que crece, florece y se transforma en el pan que alimentará a la humanidad en sus cenas espirituales.

Una joven, ama de casa en Porto Alegre, sostuvo que límpido como la conciencia eternase refiere a la claridad necesaria para hacer las mejores elecciones. Agregó que la pureza en la mente y en el corazón es fundamental por no colocar la maldad donde no existe. Las elecciones definen quiénes somos y son herramientas para el ejercicio amplio de la libertad. Li Tzu sonrió satisfecho con las interpretaciones. 

Enseguida, provocó al grupo: “¿Soy libre cuando escojo aquello que quiero?”

Después de un acalorado debate, nosotros, los alumnos, llegamos a un consenso. Dijimos que, ante todas las elecciones posibles, al decidir de acuerdo con la propia conciencia, sí, el individuo era libre. Li Tzu nos frustró: “El libre pensar no es apenas pensar a voluntad. Esto todos lo hacen todo el tiempo. Indispensable es poseer claridad al pensar, atributo que, en la enorme mayoría de las veces, desconocemos”. Hizo una pausa antes de instigar: “Nuestras elecciones son mucho menos nuestras de lo que creemos”.

Un enorme murmullo de dudas y preguntas se formó ante la afirmación del maestro taoísta, apenas apaciguada cuando él ordenó que fuéramos a la sala de meditación. Pidió que serenáramos la mente y el corazón. Encendió inciensos y colocó una música suave de fondo. Solicitó que fuera apagada la conexión con el mundo y, después, fuese erguido un puente etéreo que condujera a cada uno al encuentro consigo mismo. Era momento de quietud y soledad; era hora de conocerse un poquito más.

Pasado un tiempo que no sé precisar, nos pidió imaginar que estábamos en una casa de espejos, de aquellas comunes en los antiguos circos, donde en cada sala nos depararíamos con diferentes espejos que distorsionan la imagen de diversas maneras. Li Tzu sugirió que el espejo de la primera sala fuera aquel que disminuía las piernas mientras aumentaba el tronco. Esperó un poco para que todos se vieran distorsionados de esa forma. Enseguida dijo: “Ese es el espejo de la vanidad y también del orgullo. Es cuando deseamos más allá de lo necesario o nos creemos grandes. El cuerpo se agiganta, pero las piernas se acortan. No podremos ir a ningún lugar”.

Dejó que meditáramos sobre los efectos de esas sombras por minutos. Por la respiración de los alumnos se percibía una evidente incomodidad con la situación. Después nos pidió visualizar un espejo con efecto contrario. Piernas largas con el tronco corto. Aguardó un poco para que todos estuvieran de frente a aquel espejo y dijo: “Este es el espejo del egoísmo y también de la ganancia. Se desea mucho e insensatamente. El pecho disminuyó y el corazón desapareció. Tenemos mucho, pero no logramos ser nadie. Perciban que mal conseguimos ver el propio rostro en detalles. Me vuelvo un personaje irreconocible para mí mismo”.

Las respiraciones se alteraron aún más; la incomodidad había subido de tono. Pidió que todos estuvieran ante el espejo que engorda y dijo: “Es el espejo de la ignorancia. No me refiero a la ignorancia de los iletrados, de aquellos que poco pudieron frecuentar escuelas y universidades. Hablo de aquellos que, aún diplomados, son ignorantes sobre sí mismos, aquellos que se ilusionan y, en verdad, desconocen quién son”. Hizo una breve pausa y concluyó: “Estos siempre se creen mucho más grandes de lo que son”.

Enseguida, el maestro taoísta pidió que todos se vieran al inverso, en frente del espejo que adelgaza a punto de quedar apenas la imagen de un trazo. Explicó: “Ese es el espejo del miedo. Nos hacemos tan estrechos que tenemos dificultad de descubrir quiénes somos”. Esperó un poco y prosiguió: “El miedo es una sombra cruel que nos impide ser por entero y esconde todas las posibilidades de la existencia; niega el sueño y el don. El miedo es la muerte en vida; la anulación del ser”.

Las respiraciones estaban todavía más descompasadas; el malestar era mayor. Li Tzu pidió que, a través de nuestras pantallas mentales, siguiéramos para la próxima sala, que estaba repleta de espejos por todo lado. Imágenes que se reflejaban múltiples veces y se entrelazaban en innúmeros reflejos invertidos, causando confusión y cansancio al mirar. El maestro taoísta alertó: “Ustedes están en la sala de los espejos de los condicionamientos sociales, culturales y ancestrales; de los preconceptos y de los dogmas. Todo aquello que imaginan saber y dominar, pero que nunca cuestionan con relación a los fundamentos y razones. Las informaciones que confundimos como conocimiento; los puentes que atravesamos sin averiguar si están sustentados sobre los pilares de la verdad. Muchas imágenes sobrepuestas no forman una imagen nítida; dos medias verdades no montan una verdad entera. Aceptamos los equívocos por miedo, comodidad, vicio, intereses encubiertos, soberbia o mera ignorancia”. A pesar de la temperatura amena, algunos alumnos sudaban. “Observen cuanto cada uno niega, esconde, recalca, engaña o nunca vió sobre sí mismo”.

“Así se inicia el proceso sobre las elecciones. Hago una elección a partir de la imagen que tengo de mí, de aquello que creo ser. Este es el punto de partida”. 

“Si tengo una imagen alterada de quien soy adultero la realidad a mi alrededor, me ergo en derechos absurdos e invierto poderes. Tener muchas posibilidades para decidir no me hace capaz para la mejor elección si no la veo con claridad. Sin una visión afinada será imposible la opción que aguarda más allá de las cortinas de la ilusión, de los velos de las ideas obsoletas y conceptos anticuados o de las pasiones exaltadas que nos mantienen en el cuarto oscuro de la existencia. Sería como entregarle a un viajero un mapa incompleto o con datos equivocados”. 

“Peor, me engaño al insistir en que el ambiente de angustia y dolor en el cual existo es el único lugar del mundo para vivir. Me vuelvo prisionero de mi propio pensar según la exacta medida de cómo me veo”.

“Nadie posee claridad para pensar mientras el corazón esté repleto de resentimientos y frustraciones. Nadie posee pureza para pensar mientras la mente esté repleta de memorias dolorosas y reprimidas”.

Los alumnos estaban jadeantes; yo entre ellos. Era el alma señalando la incomodidad y clamando por cambios. Esto es bueno; es el llamado para la transmutación y el inicio de la cura. El caos trae la fuerza de la renovación todavía desaliñada. Li Tzu comenzó a tranquilizar al grupo. Todavía en meditación, pidió que todos se dirigieran a la última sala de la casa de espejos. Allí había un espejo de cristal que reflejaba la imagen exacta; así todos podrían realizar la mejor elección. Sin embargo, si reparábamos bien, el espejo estaba empañado con las neblinas del pasado y de los conflictos personales. “Esto también limita la visión, distorsiona las elecciones y establece una frontera indebida para la libertad; en este orden y secuencia”, avisó el maestro taoísta. 

Li Tzu pidió que cada uno comenzara a limpiar el espejo en el cual se miraba. Dijo que lo hiciéramos con los movimientos de la sensatez y de la delicadeza al usar la bayetilla del coraje y del perdón. No bastaba un espejo sin distorsiones, sino también que estuviera limpio y claro. Indispensable observar cada mínimo aspecto del ser, con sinceridad y amor, sin victimización o miedo. Recordó que ante este último espejo estaríamos frente al alma y no ante el cuerpo. Sin embargo, sería necesario percibir cada dificultad, entender cada sombra y las influencias que conducen al desvío de la más pura elección, causas de muchas injusticias y sufrimiento. “La falta de claridad acaba por macular el carácter y generar recompensas y puniciones indebidas. Peor, al dejarme influenciar por las pasiones exaltadas, entrego el control de mi vida”, explicó. 

Enseguida, nos pidió que, poco a poco, retornáramos del estado alterado de conciencia permitido por la meditación. Uno de los alumnos, todavía con los ojos cerrados, balbuceó que tenía la sensación de que rayos de sol invadían la sala por las rendijas de la ventana. Li Tzu sonrió y sugirió: “Eso es solamente el inicio. Mediten más y abran la ventana de la mente para que la luz aleje la oscuridad de la conciencia. Dejen que el alma se deleite con lindas mañanas de sol todos los días”.

Pasado algún tiempo, las respiraciones se calmaron. Los alumnos sonreían de alegría y bienestar. La ligereza, no de llegar a un nuevo nivel, sino por descubrir la existencia de las infinitas posibilidades, a partir del momento en que se entiende la realidad del ser cuando se está ante sí mismo, frente a frente con el espejo ofrecido por el alma. El maestro taoísta finalizó la clase: “La única revolución capaz de cambiar al mundo es la evolución de conciencia. Esta es la semilla de las elecciones puras, de la amplia libertad y demás plenitudes. Es preciso claridad y pureza, sin las cuales no existirá el libre pensar”.  

Me quedé a solas con Li Tzu, quien me invitó a un té. Mientras el maestro taoísta colocaba las hierbas en infusión, me acomodé en la mesa de la cocina y resumí la conclusión extraída de aquella meditación: las elecciones son los ejercicios posibles a la evolución espiritual. No obstante, la más restrictiva de las prisiones es la impuesta por la propia mente. Él retiró la tetera del fuego y consideró: “La libertad se inicia en el libre pensar y se completa en el mejor actuar; solo que, por diversos motivos, la mente funciona como un juego de espejos que altera quién soy y empaña la realidad que me envuelve. Si no tengo absoluta claridad en el pensar, mis elecciones jamás serán libres. Tendré dificultades para mantenerlas dignas, estarán distantes de la paz, la felicidad se vuelve un mero recuerdo y el amor se muestra difícil. Todo porque, aunque escoja, la lección no es mía, pues sufre influencias de todos lados. Interferencias que no percibo o me niego a admitir”. Me miró a los ojos y disparó: “Cada vez que eso suceda, sin que me de cuenta, habrá alguien escogiendo por mí”.

“Eso no solo pasa en momentos fundamentales de la existencia, sino a todo instante y, lo peor, no lo percibimos”, complementó. Li Tzu tenía razón, pero consideré que exageraba un poco con aquella afirmación, pero me callé. Él sirvió el té, se sentó y conversamos sobre otros asuntos. La mañana era amena cuando fuimos interrumpidos por uno de los alumnos del curso. Pablo, un simpático peruano nacido en Cuzco, vino a avisarme que cancelaría el almuerzo que habíamos programado, pues algunos alumnos habían alquilado un trasporte para conocer un antiguo templo budista, distante algunas horas de allí. Le dije que también iría pero Pablo lo lamentó, pues no había más lugar en el carro. Se dió media vuelta y se fue.

Inmediatamente todo cambió. La casa y la conversación de Li Tzu no me agradaba más; el día se volvió noche y la belleza de la mañana desapareció. Los compañeros no habían sido muy elegantes al excluirme del paseo. Tal vez no les caía bien, tal vez me tenían envidia o celos por mi amistad con el maestro taoísta. Una multitud de ideas ácidas asumió el comando de mis pensamientos. Al mismo instante la realidad se alteró. Todo a mi alrededor se volvió gris por el hecho de haberme negado un deseo oculto, común a casi toda la humanidad: el de nunca estar excluido de las elecciones ajenas; el condicionamiento infantil de ser la flor más regada en los jardines del mundo. Un deseo escondido, no admitido y razón de muchos rencores. Concluí que pasaría a tratarlos con el merecido desprecio. 

De inmediato Li Tzu percibió la alteración de mi aura y comentó: “El mundo no es bueno ni malo; es neutro. Es solo mi visión ante el espejo que establece la polaridad de esa convivencia”.

“¿Entiendes que un día bueno se volvió malo por una mera contrariedad? Esto sucedió porque le concediste un enorme e indebido poder a tus sombras, a las emociones amargas nacidas de conceptos adulterados. Ellas asumieron el control de tus pensamientos. Por tanto, de tus próximas y mejores elecciones. Por consiguiente, sin darte cuenta, renunciaste a tu libertad”.

“Lejos del libre pensar la dignidad se desorienta. La paz y la felicidad están distantes. El amor desaparece. No hay virtud ni plenitud”.

“Cada vez que dejamos que las pasiones nacidas de los celos, la envidia, el orgullo, entre otras sombras, orienten nuestros pensamientos en lugar de los sentimientos oriundos de las virtudes, como la compasión y la humildad, apenas para citar las básicas, somos prisioneros al distanciarnos de conclusiones diferentes, con mejor amplitud y mayor profundidad. En esos momentos las elecciones entran en modo automático, programadas por los condicionamientos de dominación y deseo, cargadas de revancha o victimización. Elecciones que esparcen dolor e impiden pensar de una forma diferente”.

“No obstante, siempre será posible invertir la polaridad con la cual nos relacionamos con nosotros y con los otros. Acepto sus elecciones por respeto a las mías. Pues, no seré digno y libre si así no lo hago. Busco en mi interior la luz que orientará mis pasos. El amor está en la raíz de cada ser; el mundo es el espejo de ese encuentro. Es de esto que habla el Tao. A partir de ahí los pensamientos se vuelven claros, resuelvo los conflictos, acabo con los sufrimientos y me hago enteramente pleno”. 

“¿Notas como un día bueno se vuelve malo por causa de algo que no debería habitar en tí? Nada de aquello que está fuera y hace mal puede encontrar abrigo dentro de mi corazón. No se concede poder a nada ni a nadie para acidificar la miel de la vida. Cuando siento miedo u odio la libertad se encoge. La pasión esclaviza la mente. La causa reside en el hecho de estar alejados del eje central que sustenta y orienta el claro pensar. Cuando pensamos mal actuamos mal. Creamos sucesivos vicios comportamentales y somos prisioneros de ellos al creer que no podremos vivir de otra manera. Acabamos como rehenes de nuestro propio pensar. Así, sin percibir, dejo que decidan por mí”. 

Permanecí un largo tiempo sin decir palabra. El té se enfrió. Mientras divagaba en mis pensamientos como quien viaja a lugares distantes, Li Tzu colocó nuevas hierbas en infusión. Medianoche, el gato negro que habitaba en la casa, se acomodó en mi regazo. Poco a poco, ordenaba las ideas y entendía la importancia de las enseñanzas de aquel día. Pensaba en cómo las sombras, los condicionamientos, las influencias de todo tipo, además de los conflictos personales, interfieren en mis pensamientos y limitan mis elecciones. Me vuelvo menos de lo que puedo ser.

Le comenté al maestro taoísta que él tenía razón: la conciencia será siempre el inevitable molde de la propia realidad; iluminar una para ampliar las infinitas posibilidades de la otra. Li Tzu cambió el té de nuestras tazas y finalizó: “Aprende a ver lo que jamás podrás vislumbrar. Entonces, podrás hacerte dueño de algo que nunca te perteneció: de ti mismo”.  

Bebimos el té en silencio. Pensé que si yo hubiese ido al paseo con los compañeros no habría tenido la conversación maravillosa que tuve con Li Tzu. Si prestamos atención veremos que la vida es así; nunca desampara, siempre fortalece. El camino se ilumina con una visión pura. Una agradable sensación de ligereza me envolvió. Todo tan simple y tan sofisticado; tan cerca y tan distante. Le agradecí por la lección y me despedí. Cuando estaba saliendo me dí cuenta de que había un enorme espejo de cristal al lado de la puerta. Yo había pasado por allí innúmeras veces. Me acomodaba la camisa, miraba si la barba estaba arreglada, nada mucho más de esto. No obstante, yo no había percibido su real y estratégica función: recordarme ver aquello que, en verdad, yo nunca había visto. Desconcertado, me volteé. Li Tzu me miraba y sonreía.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares

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