El manto de la invisibilidad

El sábado llegue a Sedona, ciudad situada en las montañas de Arizona, donde vivía Canción Estrellada. Era el día de la semana en que él reunía a varias familias en el jardín de su casa para narrar historias ancestrales que guardaban la filosofía de su pueblo. Esto sucedía hacía algunos años, desde que fue impedido de dar clases en la escuela local dada una determinación judicial. El chamán no tenía un diploma, pero tenía sabiduría. Para que el conocimiento no se perdiese, abría los portones de su casa a fin de compartir ese bien precioso; todos eran bienvenidos. Como todo que trae valor al corazón, se multiplica al compartir. Se volvió un ceremonial mágico muy concurrido. Hasta el director de la escuela lo frecuentaba con la familia. Sentado en su mecedora, colocada bajo el frondoso roble en medio del pasto, el chamán esperaba que las personas se acomodaran sobre las mantas extendidas por el jardín para comenzar a contar una de las innumerables historias que había oído de sus antepasados. Todos se esmeraban en la merienda que llevaban y que compartían entre sí, una común-unión; por esto era un ceremonial. Las historias tenían el poder de transformar la forma de ver y de pensar de aquellos que las oían; por eso era mágico.

Cuando bajé del carro, Canción Estrellada estaba haciendo una breve y sincera oración, pidiendo a los guardianes de las esferas invisibles que protegieran a todos durante el pequeño, pero significativo ritual sagrado, para mantener la armonía del ambiente y el equilibrio de las personas y para que la influencia de energías densas e intrusas no fueran permitidas en el lugar. También solicitó que los espíritus iluminados, allí presentes, lo guiaran con buenas palabras, con el objetivo de que todos pudieran salir de allí mejor de lo que habían llegado. Dejé la mochila en la sala de la casa y me acomodé en la terraza. Antes de que el chamán iniciara la historia de aquel día, un niño, con cerca de ocho años, levantó la mano. Canción Estrellada le sonrió y le pidió que hablara. El chiquillo preguntó por qué aquel encuentro era un ritual sagrado. El chamán explicó: “Rituales toda ceremonia en la cual existe un modo propio para alcanzar un objetivo específico. Todos los sábados me siento debajo de este árbol para contar historias a quienes las quieran oír. Las personas se acomodan en el patio. Compartimos no solo las historias y los bocadillos, sino también la alegría por las experiencias de hermandad”. Hizo una pequeña pausa antes de proseguir: “Sagradoes todo aquello que nos hace mejores. Pienso que todos se sienten así al regresar a sus casas”. El intrépido niño volvió a levantar el brazo. Todos rieron. Autorizado a proseguir, el pequeño mostró un libro, Las aventuras de Tom Sawyer, un clásico de la literatura escrito por Mark Twain. Quiso saber si aquel libro era sagrado, pues se sentía una persona mejor a medida que acompañaba la saga del joven protagonista. Canción Estrellada volvió a sonreír con sinceridad, meneó la cabeza y dijo: “Sin duda alguna. Lo sagrado habita en las cosas comunes. Esto ocurre para que sea de fácil acceso y esté al alcance de todas las personas”.

El chamán inició la narración: “Hace mucho tiempo, en una época en que no existían carros ni teléfonos, había una tribu próspera y pacífica, gobernada por un líder muy generoso y sabio. Él tenía el respeto y el cariño de todos en la aldea por la manera justa con la cual decidía las cuestiones y conducía los desacuerdos. Ese jefe había adquirido la capacidad de entregar a cada uno en exacta medida: lo que le pertenecía a una persona por merecimiento, no permitía que se lo quitaran; de otro lado, no entregaba nada si no lo merecía. Esto generaba tranquilidad y bienestar entre todos”. 

“No obstante, él sabía que sus días sobre la tierra estaban llegando al final. Se aproximaba rápidamente la hora de viajar al encuentro del Gran Misterio”. El inquieto muchacho volvió a levantar la mano. Canción Estrellada sonrió e hizo un gesto con la cabeza para que hablara. El chico quiso saber la razón por la cual las personas buenas mueren. El chamán explicó: “Todos morimos porque necesitamos renacer. Renovados y en mejores condiciones para proseguir desde donde paramos. Créeme, hasta los buenos tienen mucho que aprender. Entender el proceso permite percibir que la muerte es un acto de amor del Gran Espíritu para con nosotros”.

El niño le agradeció y dijo haber comprendido. Canción Estrellada continuó la narración: “El jefe consideraba que lo más acertado era que su sustituto fuera escogido mientras él aún podía ayudar en el proceso para evitar conflictos y sinsabores en la tribu después de su partida. Fue preguntándole a todos quién debía ser el próximo líder de la aldea. Tres personas se postularon. El más bravo de los guerreros fue el primero en presentarse. Era un hombre que tenía muchas conquistas y victorias en su historia. Después, vino un joven agricultor que había perdido a los hijos y a la esposa, muy temprano, sin que nadie supiera la causa de los óbitos. El tercero era el herrero de la tribu. Además de excelente artesano, era un hombre muy sensato. Tan calmado que las personas solamente lo recordaban cuando necesitaban los artefactos que confeccionaba”.

“Pronto la aldea estaba bastante alborotada. Las personas manifestaban sus opiniones y grupos de apoyo se formaron. Aquellos que entendían que entre los tres, el guerrero sería el mejor jefe, pues argumentaban que él era temido por las tribus vecinas y todos conocían su coraje en los campos de batalla. Decían también que él estaba acostumbrado a comandar. Con él al frente, continuarían siendo un pueblo pacífico. Sin duda, era el favorito de la tribu”. 

“Muy próximo, estaba el herrero en la preferencia de la aldea. Sus apoyadores querían como líder a una persona pacífica y no a un obstinado guerrero. Sostenían que la paz tiene atributos valiosos sin los cuales es imposible la felicidad; la guerra es enteramente ocasional y, en lo posible, inconveniente. Gracias al herrero la tribu tendría a disposición importantes utensilios que ayudarían al progreso y prosperidad de la aldea. No necesitaban un jefe temerario. Querían alguien que fuese admirado”. 

“Por fin, con poquísimas oportunidades y muy atrás, estaba el agricultor. Tenía el apoyo de apenas unos pocos ancianos. Estos ponderaban que las desventuras del pasado le habían enseñado sobre la misericordia y la compasión. Sin embargo, las situaciones oscuras por las cuales pasó, más allá de la mala suerte que parecía acompañarlo, lo volvían un marginal, casi un maldito para el resto de la tribu. Temían que su energía de sufrimientofuera contagiosa. Él no tenía la menor oportunidad en la disputa”.

“Con el pasar de los días, los debates aumentaron y algunas discusiones sucedieron. El buen jefe entendió que era hora de terminar el proceso de elección para que, por divergencias de opinión, amigos no se volvieran enemigos y también para ofrecer una sabia lección a todos. Fue entonces que llamó al hechicero a su tienda. Cuando el brujo entró habían tres mantos expuestos. Le pidió que lanzara sobre los mantos el hechizo de la invisibilidad. Quien estuviera cubierto con cualquiera de ellos no sería visto por nadie, salvo por quien estuviera con el Anillo del Trono, aquel usado por el líder de la tribu. Así fue hecho”. 

“Enseguida, le pidió al hechicero que ofreciera un manto a cada candidato, diciéndoles por separado, sobre la magia del regalo. También les explicaría que el poder se desharía si el secreto era revelado. Le advirtió al brujo que uno no podría saber del manto del otro. Y, lo más importante, el hechicero debía mantener absoluto sigilo sobre la capacidad del Anillo del Tronopara revelar quién realmente estaba oculto debajo del manto”.

“Al inicio, los tres hombres se mostraron sorprendidos con el regalo, después se sintieron envueltos por deseos enraizados y nunca revelados. Esa misma noche, se ocultaron bajo sus mantos y salieron por la aldea. Como uno no veía al otro también cobijado por el mismo hechizo, casi se tropiezan en sus paseos invisibles”. 

“A la mañana siguiente la aldea parecía estar al revés. Muchas personas reclamaban de la desaparición de sus artefactos y utensilios. Los más exaltados prometían encontrar al ladrón y exigían un castigo ejemplar. Otros, atribuían la desaparición al hecho de que la tribu estaba maldecida por causa de la participación del agricultor en la sucesión al cargo más importante de la aldea”. 

“La joven esposa del trovador le comentó al marido sobre una extraña pesadilla que había tenido aquella noche. Había soñado que el hermano de él, el guerrero, le juraba a ella que pronto se casarían. La mujer lloró mucho. Dijo que amaba al marido y no deseaba separarse de él, tampoco enviudar tan joven. El trovador le dijo a la mujer que no se asustara. Él estaba bien de salud. No obstante, su hermano era un guerrero honrado y lo protegería. Más tarde, comentó el hecho con algunos amigos. Pronto surgió la versión que la pesadilla era augurio de la mala suerte del agricultor, un hombre sin familia y sin amor. Deberían tener cuidado con él”.

“Al contrario del asombro que se extendía sobre la tribu, la madre de un bebé enfermo conmemoraba la cura milagrosa de su hijo aquella noche. Un anciano debilitado, pues no sentía deseo de alimentarse, hablaba del misterio de ver sus frutas predilectas en la cabecera de la cama al despertar. Sintió ganas de comer por primera vez, después de bastante tiempo. Dijo sentirse mucho mejor después de alimentarse. Todos le atribuyeron los hechos a la generosidad del Gran Espíritu; es más, lo interpretaron como un aviso para que la aldea se definiera entre el bien y el mal. El mal estaba personificado en la intención del agricultor de ser el jefe de la tribu. Esto, si sucedía, sería como entregar la aldea a los dominios de las tinieblas e iniciar un ciclo de sufrimientos”. 

“Al final de la tarde, un enorme grupo de aldeanos exaltados fue a la tienda del buen y sabio líder. Querían que el agricultor fuera eliminado de la disputa por la sucesión, así como exigían el juicio y la consecuente condena de aquel hombre al destierro. Temían su influencia nociva”.

“El jefe, con serenidad y sin permitir envolverse en las pasiones descontroladas de la aldea, les aconsejó que pensaran sin miedo. Explicó que el miedo nunca es un buen maestro. Les pidió que regresaran a sus tiendas a descansar. Al día siguiente les comunicaría a todos su decisión. Aunque contrariados por el afán de no ver sus pedidos inmediatamente satisfechos, atendieron la orden, susurrando entre ellos que el jefe estaba viejo y débil; era hora de sustituirlo. Algunos decían que faltaba la mano enérgica del guerrero para arreglar la tribu; con él habría orden. Otros, alegaban que entendían el valor imprescindible de un hombre trabajador, sereno y hábil como el herrero, al proporcionarle mejores condiciones de vida a la aldea con los artefactos que producía; con él existiría prosperidad”.

“En medio de la noche sonó alto la trompeta hecha con cacho de carnero. Era una alarma. Todos se levantaron asustados y corrieron hacia fuera de sus tiendas, donde el jefe los aguardaba al lado del hechicero, en la plaza central. Padres cargaban a sus bebés, hijos ayudaban a sus padres de edad avanzada. Todos hablaban al mismo tiempo en busca de una explicación a lo que sucedía. El jefe levantó la mano pidiendo silencio. Entre muchas cosas buenas que el sabio jefe dejaba como legado era haberle enseñado a la tribu a escuchar. Oir antes, hablar después. Hubo absoluto silencio. Hasta los sonidos típicos de la noche parecían haber obedecido al percibir la importancia del momento”.

“El viejo jefe comenzó a hablar: ‘Ayer oí vuestras razones y deseos. Hoy les entrego mi decisión, no sin antes tener el respeto en detallar mis motivaciones’. Las personas se miraron entre sí, pero no pronunciaron palabra. Él prosiguió: ‘¿Toda la tribu está reunida aquí, en la plaza central, cierto?’ Los aldeanos menearon la cabeza en concordancia, menos la esposa del trovador. Nerviosa, dijo que su marido había desaparecido”.

“El jefe movió la cabeza como si lo supiera y continuó: ‘Faltan cuatro hombres. El trovador, el guerrero, el herrero y el agricultor. ¿Alguien sabe dónde están?’ Atónitos, en aquel instante los aldeanos percibieron las ausencias. Nadie sabía de ellos. El sabio jefe señaló el portón de la aldea y dijo: ‘El primero acaba de entrar’.No obstante, nadie lo vió”. 

“El hombre, protegido por la invisibilidad del manto, se mantuvo quieto al llegar y encontrar la aldea reunida. Pretendía entender lo que estaba pasando. El jefe le ordenó con voz serena pero firme: ‘¡Despójate del manto!’. Intrigado por creerse oculto de todos, pero sin osar desobedecer la orden, se retiró el manto. Era el guerrero”.

“Al preguntarle qué había ido a hacer al bosque durante la noche, alegó haber ido a reflexionar sobre las graves cuestiones que envolvían a la aldea. Dijo que necesitaba pensar para entender la situación, así como las decisiones que tomaría. Parte de la aldea lo aplaudió satisfecha, seguros de que era el hombre adecuado para comandar la tribu”.

“Miren ahora, dijo el jefe nuevamente señalando el portón. Como el secreto estaba revelado, ya no surtía efecto la magia de la invisibilidad. Todos vieron cuando el herrero entró a la aldea. Al preguntarle de dónde venía, el hombre dijo que había ido al bosque en busca de los artefactos desaparecidos. Comentó que tal vez el ladrón los habría escondido en el bosque. Otra parte de la tribu aplaudió con la convicción de que la aldea no sería guiada por mejores manos que las de una persona que pierde la noche de descanso preocupada por el bienestar ajeno”.

“El tercero en llegar fue el agricultor. Nada le fue preguntado. Cuando vieron que traía una bolsa con los utensilios robados, lo cercaron y lo capturaron. Era la prueba irrefutable del crimen. Ante los gritos de revuelta y aullidos por justicia, la mujer del trovador reconoció en el cuerpo del agricultor la camisa del marido. Estaba rasgada y ensangrentada. Además de maldecido, era ladrón y asesino. El sueño que la mujer había tenido fue una premonición, comentaban todos”.

“Amarrado, el agricultor fue llevado ante el viejo jefe con gritos histéricos de justicia”.

“El sábio jefe volvió a levantar el brazo. Esta vez los ánimos demoraron un poco para ceder. Cuando el silencio volvió a reinar, él habló: ‘Yo les prometí una decisión. Apenas esperé un poco para tener todos los elementos necesarios para una mejor comprensión’. Hizo una breve pausa para inquirir: ‘¿Existe de parte de ustedes alguna duda en la interpretación de lo ocurrido en las dos últimas noches?’. La enorme mayoría declaró plena convicción sobre los crímenes. El buen jefe advirtió: ‘Detrás de las evidencias, existen algunos hechos y verdades que casi todos desconocen’”.

“El sabio jefe dijo: ‘Tendremos mucho más que un juicio’. Las personas se miraron sin entender. Él prosiguió: ‘Hace días, a mi pedido, el hechicero le dió un regalo a los tres candidatos’. Enseguida, explicó cómo funcionaba el encanto del manto de la invisibilidad y delAnillo del Trono.”

“El jefe prosiguió: ‘¿Alguien cuestionó la razón por la cual el ladrón retornó a la aldea con las cosas que de allí hurtó? ¿Nadie se preguntó el motivo por el cual un asesino usaría la camisa sucia de la víctima en vez de permanecer con su ropa limpia?’”.

“Señaló al agricultor y disparó: ‘Este hombre fue condenado por la mayoría de ustedes. No en virtud de los hechos, sino de las meras circunstancias. No en virtud de un pensamiento crítico e isento de emociones, intereses o comodidad, sino en la velocidad de ideas preconcebidas. Aquellos que se plantaron como dueños de la razón y detentores de la verdad, cálmense y tengan la dignidad de oír su historia”.

“El silencio fue sepulcral, como si algo hubiese muerto. En aquel momento tal vez había llegado al fin la impaciencia e intolerancia de muchos. Impaciencia en el pensar; intolerancia con las diferencias que tenemos con relación a las otras personas. Libre de los brazos que lo prendían y de la coacción que lo callaba, el agricultor explicó que había ido al bosque en busca de algunas hierbas medicinales para tratar a los enfermos, cuando vió al guerrero golpear al hermano y llevarlo al fondo de una caverna. Un lugar donde nadie solía ir y los gritos no eran oídos. El trovador moriría pronto por causa de las heridas, el frío y por inanición. Escondido, esperó que el guerrero partiera y auxilió al joven poeta. Alivió las heridas con emplastos hechos con las hierbas, cambió de camisa con él para que se sintiera abrigado y, como el trovador no tenía condiciones de andar, regresó a la tribu en busca de ayuda. A la vuelta, vió al herrero esconder los utensilios en el bosque. Esto explicaba el desaparecimiento de la noche anterior. Recogió los objetos del escondite y los trajo de vuelta. Esta era la explicación que tenía; esta era la verdad, alegó. Pidió, no obstante, que alguien corriese a la caverna para rescatar al trovador mientras proseguía el juicio. El viejo jefe autorizó y ordenó que algunos hombres partieran inmediatamente a socorrerlo”.

“Hubo un enorme murmullo. La aldea se dividió. Atónitas, algunas personas creyeron en lo narrado. Otras, escépticas, cuestionaban si aquel discurso no era una enorme mentira contada por un hombre que intentaba huir de la condena”. 

“Para terminar con la discusión, el viejo jefe de la aldea mostró el Anillo del Tronopara recordar que podía ver aquello que el manto de la invisibilidad escondía. Enseguida, reveló la visita del guerrero a la tienda del hermano; reveló también el hurto perpetrado por el herrero. No satisfecho contó a la tribu sobre la ayuda que el agricultor prestó tanto al bebé como al anciano. Todos esos hechos habían sucedido la noche anterior”.

“Inmediatamente, les preguntó al guerrero y al herrero si querían explicar los motivos de sus acciones. Aclaró: “Retomar la verdad no los absuelve de la responsabilidad. Sin embargo, rescata la dignidad olvidada y aproxima a la luz”.

“El guerrero pidió la palabra. Confesó que siempre estuvo enamorado de la esposa de su hermano menor. A pesar de todas las hazañas y victorias en las guerras que luchó, el hecho de que aquella mujer haya preferido la poesía de las canciones en vez de la protección de la espada había sido su mayor derrota. Inconforme, juró que un día se casaría con ella. Para esto, la cuñada tendría que enviudar. Creyó que la invisibilidad del manto le ofrecería la tan deseada oportunidad”.

“Posteriormente, el herrero contó que siempre tuvo un enorme resentimiento con la aldea. Era un hombre tranquilo y cauteloso, nunca se envolvía en peleas ni participaba en discusiones. No obstante, las personas solo lo buscaban cuando se interesaban por los artefactos y utensilios que confeccionaba. Fuera de esto, nadie parecía preocupado por él. Aprovechó la invisibilidad del manto para esconder el material que produjo, pues deseaba que la tribu al notar la falta de los objetos, le atribuyeran el valor que merecía”.

“Cuando terminaron, el jefe le concedió la palabra al agricultor. El hombre reveló sentir un gran vacío dentro de sí después de que la esposa y los hijos partieron al encuentro del Gran Espíritu. Tenía dificultad para aproximarse a las personas, ya que una enorme parte de la tribu creía que era un individuo condenado. Hasta algunos ancianos que pensaban de manera diferente a los demás aldeanos, tenían dificultad para acercarse a él pues sus familias se los impedían. Todos los días, muy temprano, él partía solitario para las plantaciones de trigo y maíz, y solo regresaba al atardecer, ya muy cansado, para entregarse al sueño. A veces, entraba por el bosque para coger frutas e hierbas, que las personas rehusaban para no contagiarse de su mala suerte. Su cosecha de maíz y trigo era negociada solo con las aldeas vecinas, salvo en caso de escasez, cuando su propia tribu parecía olvidar el  mal augurio relacionado con él. Esto  no le incomodaba, al contrario, era feliz al sentirse útil”. 

“Aquella noche, como era posible entrar en las tiendas, dió preferencia a aquellas en donde habitaban personas enfermas. Tomó al bebé que ardía en fiebre y lo acunó en sus brazos. Maceró algunas hierbas curativas y las mezcló con la leche del biberón. Lo meció por largo tiempo hasta que la temperatura cedió y un sueño tranquilo envolvió al niño. Después fue a la tienda de un anciano que estaba muy débil por causa de la edad. Casi no sentía hambre. El agricultor sabía cuál era su fruta preferida. Era una fruta difícil de conseguir. Como había ido al bosque el día anterior, intencionalmente recogió algunas. Las colocó al lado de la cama del hombre mientras dormía y salió sin alarde. El anciano al despertar y después de recuperarse del susto al ver la fruta predilecta en su cabecera, se alimentó con ganas y pronto se sintió mejor”.

“Uno de los aldeanos cuestionó cómo la tribu pudo estar tan engañada. El viejo jefe explicó: ‘De un lado, cada persona ve solamente aquello que puede ver; de otro, ve apenas aquello que desea ver’”.

“‘Cuando una persona habla, siempre hay más contenido sobre ella en el silencio que en las palabras dichas. Existe más de un individuo dentro de cada persona: está el que todos conocen y existe aquel que nadie nunca vió. Esto sirve para ti y para mí’”.

“Después enseñó: ‘Todos recibieron el mismo poder. Cada uno lo usó conforme su conciencia. Un sujeto pacífico no significa un hombre en paz; un individuo valiente no crea, necesariamente, un ambiente seguro. Creemos conocer a las personas a través del trato social, por el modo como se comportan, por las glorias que alcanzan. Todo esto tiene valor, pero aún es muy poco. También solemos pensar que nos reconocemos por esos mismos lentes, que empañan, reducen y engañan la visión para falsear la verdad’”.

“Sin embargo, antes de juzgar a los otros, cada uno debe imaginarse bajo un manto de invisibilidad, con el cual puede hacer cualquier cosa sin que nadie sepa. Un análisis sincero enseñará mucho sobre sí mismo, además de mostrar la necesidad de ser más gentiles, pacientes y delicados con los otros”.

Canción Estrellada se calló y las personas en su jardín se aquietaron. El chamán les pidió a todos que se imaginaran bajo el manto de la invisibilidad. Un ejercicio valioso y extremadamente difícil si se practica con sinceridad. El silencio fue quebrado una vez más por el mismo chico. Quería saber cómo terminaba la historia. 

El chamán la concluyó: “Una vez rescatado el trovador, el viejo jefe sentenció al guerrero y al herrero al destierro. Preguntó si todos estaban de acuerdo. No hubo ninguna voz disonante, salvo la del agricultor”. 

“Le pidió al jefe revisar el veredicto. Alegó que ya había mucho sufrimiento. No era hora de castigar, era un buen momento para perdonar o, al menos, atenuar la pena. Mencionó que ellos mostraron arrepentimiento y pidió también que considerara las cosas buenas que estos hombres habían hecho por la tribu en el pasado. Así mismo, recordó que los dos no fueron los únicos que cometieron equivocaciones en aquel caso. En ese momento los aldeanos bajaron los ojos”. 

“También dijo que todos hacían parte de la misma aldea y debían verse como una enorme familia. Resaltó que todo aquello que había sucedido trajo mucho aprendizaje a la tribu. Todos serían mejores después de la lección. Al final, la meta primordial de la justicia era la educación”. 

“El jefe miró al hechicero. El buen brujo arqueó los labios con una leve sonrisa. A pesar del sufrimiento, el agricultor no había perdido la capacidad de amar y de creer en la belleza de la vida. La última prueba había sido vencida”.

“El jefe cambió la pena del destierro por trabajos prestados al bien común de la aldea por un periodo de doce lunas. Enseguida, emocionado, declaró saber quién estaba listo para asumir el comando de la tribu después que él partiese. Señaló al agricultor. Serían liderados por un hombre sabio, justo y de buen corazón. Toda la aldea aprobó y se sintió satisfecha. Como era tradición, aquella noche se haría una gran fiesta para conmemorar la elección”.

“Aquella misma noche, bajo un cielo salpicado de estrellas, mientras todos comían, danzaban y celebraban por el futuro de la aldea, el viejo jefe le avisó al hechicero que partiría para lo alto de una montaña próxima. Tomó un cobertor y partió al encuentro del Gran Misterio. Estaba en paz consigo”. 

El silencio volvió a imperar, esta vez en el jardín de Canción Estrellada. Las personas estaban emocionadas; algunas con lágrimas en los ojos. Enseguida aplaudieron. El intrépido niño tomó la manta en la cual estaba sentado, la colocó sobre la cabeza, como si fuera invisible, fue hasta donde el chamán y le dió un beso en el rostro. Palmas aún más emocionadas.

Las personas conversaban, repartían los sandwiches y poco a poco regresaron a sus casas. A solas con Canción Estrellada, le comenté que había tenido suerte, pues había llegado justo para conocer una de las más bellas historias. El chamán sonrió en agradecimiento y recordó “Una gran parte de nuestros engaños y aproximación a las sombras personales ocurre por causa de nuestras frustraciones. Quedamos resentidos cuando no nos sentimos amados como nos gustaría; nos entristecemos cuando creemos que el mundo no reconoce el valor que creemos tener. Una enorme bobada. Nada de eso tiene cualquier importancia para la conquista de las plenitudes; entonces, la vida nos concede un manto de invisibilidad disfrazado en una situación cualquiera para que podamos revelarnos. No ante los otros, sino ante nosotros mismos. Así, entendemos quiénes somos. Si lo sabemos aprovechar, será el paso inicial para la transformación y a cura”.

Sí, parte de mí se revela cuando estoy invisible: cada vez que hago algo cuando nadie está viendo. Comenté que era un buen ejercicio imaginarse portador de un manto de invisibilidad. El chamán concordó, pero hizo una salvedad: “La práctica del manto es excelente, por eso ella se completa con el ejercicio del anillo. La historia de hoy no habla apenas del poder del manto, sino también, del encanto del anillo. Esfuérzate para ver en los otros aquello que nadie ve. No hablo solamente del mal; sino, principalmente, del bien”. 

La tarde se enfrió. Canción Estrellada tomó un manto para abrigarse. Le mostré mi anillo. Reímos. Él se sentó en frente a  mí, encendió la pipa con hornillo de piedra roja, fumó algunas veces y finalizó: “Libre es el individuo que no precisa esconder los deseos ni avergonzarse de sus elecciones. Él puede manifestar la verdad en sí. Esto es pura luz”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Ma de Lourdes 16 de septiembre de 2020 on 23:42

    Excelente todo lo que escribes y que nos regalas… infinitamente gracias

  • Sonia Waidelich 15 de septiembre de 2020 on 08:48

    Gracias por tan compartir esta poderosa enseñanza.