El poder de las emociones

“Todo el conocimiento apenas tiene valor si es utilizado para una vida mejor. De lo contrario, se restringirá a mero discurso académico o a páginas enmohecidas de un libro en la estantería”. Quien me dijo esto fue Lorenzo, el zapatero que cosía ideas y pedazos de cuero con la misma habilidad. Estábamos en su pequeño taller, ante dos tazas humeantes de café. Yo relataba una discusión que había tenido momentos antes en el monasterio de la Orden, donde aprendía sobre filosofía y metafísica. Todo comenzó cuando me despedí de las personas al terminar el período anual de estudios. El carro ya estaba en el estacionamiento esperándome. Mientras intercambiaba los últimos abrazos con los demás monjes y sinceras promesas de encontrarnos al año siguiente, Sofia, una iniciante en la hermandad me abordó. En frente de todos, cuestionó el esmero con el cual yo había coordinado un curso abierto al público. Protagonizó algunas actitudes mías y cuestionó mis verdaderas intenciones en la conducción de las clases. Me acusó de estar más interesado en brillar que en el aprendizaje ofrecido a los participantes. En el mismo instante, fui llevado por una intensa irritación. Intenté argumentar con alguna sensatez; sin embargo, cuando Sofia insistió en sus razones, fui dominado por la rabia y respondí con el mismo tono grosero. La discusión subió escalones. Se formó una confusión horrible. Con el resquicio del control emocional que me quedaba, entré en el carro y fui para la pequeña ciudad en la falda de la montaña que abriga el monasterio, donde tomaría un tren. Allí también quedaba el taller de Lorenzo. Antes de ir a la estación, decidí buscar al zapatero para conversar y calmarme. 

“Cuando esto sucede, las pasiones acallan las virtudes y señalan que dejamos de aprender o de usar algo que aprendimos”, explicó el zapatero.

Respondí: “Aplico el lenguaje adecuado a cada interlocutor”, me justifiqué. Le recordé que fui provocado y reaccioné. Lorenzo bebió un sorbo de café y argumentó: “Sí, justamente la manera como reaccionamos a lo imponderable, y hasta injusto, es lo que nos permite evaluar cuánto ya pudimos caminar. ¿Será que usaste el mejor lenguaje?”. Hizo una pausa y agregó: “Las emociones son los lobos de las sombras a ser adiestradas para trabajar a favor de la luz”.

Aún exaltado, dije que yo sabía todo aquello. El zapatero se encogió de hombros y comentó: “De poco sirve saber sobre lo que no estoy dispuesto a ser”.

Por fin, preguntó cómo me sentía. Confesé que estaba mal. Él concluyó: “Cuando alguna situación tiene fuerza suficiente para apagar mi luz, significa que algo debe ser mejor trabajado dentro de mí. Así caminamos”. 

Esos hechos habían sucedido hacía muchos años. Después de eso, volví al monasterio numerosas veces. Realicé varios estudios como alumno, impartí clases, dicté conferencias. No obstante, nunca más me encontré con Sofia. Al inicio, nuestros períodos de viaje no coincidieron. Más tarde, supe que ella se había desvinculado de la Orden sin presentar ningún motivo. Apenas abandonó la hermandad.

En los meses siguientes a la discusión, yo reflexionaba bastante sobre lo sucedido. Había aprendido que cuando un hecho desagradable es recurrente en la memoria, significa que hay una herida emocional todavía abierta carente de cura. 

Independientemente de la provocación, yo reconocía mis errores. Aunque Sofía hubiese exagerado en la dosis y se hubiera equivocado en el abordaje, ella tenía alguna razón. Yo me vanagloriaba mucho en las funciones que ejercía en aquella época, así mismo podría haber actuado diferente y mejor cuando me vi ante la reprimenda, aunque no pasaran de insultos disfrazados de buenas intenciones. Yo tampoco había controlado el orgullo, al sentirme criticado frente a otras personas. El engaño de nadie debe justificar mis sombras. Sí, yo había desperdiciado una excelente oportunidad para ejercitar todo el conocimiento que tenía, pero había entendido cuánto aún no era. 

Tenía el deseo de reencontrarme con Sofia algún día para deshacer aquel malentendido; que el perdón extrapolara el alma para, en actitud, manifestarse en amor. La oportunidad de vivenciar el conocimiento y el cambio. Percibir que las personas que éramos no existen más, será siempre una experiencia maravillosa de superación. He aquí una de las siete maravillas de la existencia.

La vida es una escuela de excelencia en la formación de maestros. Todos estamos matriculados. Las relaciones personales, unas veces son lecciones, otras son pruebas. El presupuesto para avanzar en las materias es la manera cómo cada uno se relaciona consigo mismo y reacciona frente a los hechos que se oponen a nuestro deseo.

Así fue, así es. 

Pasados muchos años, fui invitado a dar una conferencia en un simpósio que abordaba la correlación entre ciência y espiritualidad en una universidad. Hablaría de cómo, en el transcurso de la historia, la ciencia se había inspirado en la metafísica. El evento todavía no había comenzado. Estaban todos en el pasillo de entrada, cuando Sofía se aproximó para hablar con un profesor que conversaba conmigo. No sé si me dirigiría la palabra, pero al reconocerla, sonreí y abrí los brazos. Antes de que ella se manifestara, la envolví en un fuerte abrazo. Mencioné la alegría que sentía al estar de nuevo con ella después de tanto tiempo. Ella reaccionó de manera fría. Colocó las manos en mis hombros para alejarse y murmuró: “Basta!”. Sin decir nada más, se fue.

Todo fue muy rápido y sutil. Nadie alrededor lo percibió. Me mantuve callado, pero una energía densa me envolvió, me sentí muy mal con el modo en que fui tratado. Llegué a dudar si tendría condiciones emocionales para realizar la charla. Me senté solo en un rincón para pensar y transmutar la emoción insalubre que intentaba dominarme. Era preciso arreglar la casa. Recordé que no podía cambiar la manera como Sofía se comportó, pero podía escoger los sentimientos que habitarían mi corazón. Surgieron algunos malos pensamientos y traté de educarlos cuanto antes. La oscuridad del mundo solo apagará mi luz si yo le doy permiso. Nada más, me dije a mí mismo.

Lentamente, me tranquilicé y volví a sentirme en paz. Yo ya había asistido a aquella clase. Había llegado la hora de la prueba. Pensé estar aprobado. Aunque había sacado nota diez, pues fui llevado por peligrosas pasiones, me había mantenido en el eje de luz. La reacción interna, de inicio fue mala, fue controlada en tiempo hábil, sin generar ninguna consecuencia dañina. La invasión de los lobos al templo fue dominada a tiempo, sin ningún daño. La reacción externa, si no fue negativa, tampoco se mostró positiva; apenas neutra; en verdad, mi silencio no fue un gesto de sabiduría, sino de sorpresa y espanto. Me atribuí una nota siete.

No imaginaba que la prueba estaba comenzando.

Cuando me senté al lado de los otros conferencistas, me había vuelto a sentir bien. Proferí la conferencia con desenvoltura y al percibir la mirada atenta del público, fui inundado de gran alegría. Al final, como de costumbre, el mediador del simpósio permitió preguntas. La primera en levantar la mano fue Sofía. Autorizada, ella quiso saber qué bibliografía sustentaba la tesis presentada. Le expliqué que no había una lista específica y ordenada de libros. La teoría expuesta era una interpretación personal del desarrollo científico a lo largo de los siglos bajo el prisma de la metafísica. Recordé, apenas para citar un ejemplo, la enseñanza budista, que circula hace tres mil años, de que el cuerpo refleja las emociones. En la actualidad, la medicina apunta, sin ningún lugar a duda, que las preocupaciones, el estrés y el descontrol pasional, afectan el sistema inmunológico de modo negativo. Agregué que yo no era científico en el sentido ortodoxo de la palabra, sino apenas un filósofo espiritualista. Mi función se restringía a ofrecer una visión íntima y sincera; nadie estaba obligado a concordar. Sofia me rebatió, diciendo que yo debía comportarme de acuerdo con el lugar donde estaba. Aquello era una universidad, repleta de académicos. No una charla entre amigos. Allí era un lugar para debatir ciencia, jamás un púlpito para los místicos.

La intención de Sofía era provocarme. Esto quedó claro de inmediato; el motivo por el cual se originó, lo desconocía. Si mantenía la serenidad, yo tendría condiciones de responder a todos los cuestionamientos dentro de los límites de mi conocimiento. De lo contrario, tendríamos una discusión, como la ocurrida en el monasterio, y otra ocasión sería desperdiciada. A pesar del desconforto, mi alma agradeció ante la oportunidad que la vida me ofrecía para hacer diferente y mejor que la vez anterior. 

Argumenté que no deberíamos tener preconcepto en relación a nada. La mística debía recibir la merecida atención. En la Grecia Antigua, la filosofía socrático-platónica acuñó el término justamente para explicar la percepción de la verdad más allá del conocimiento científico. Me parecía indiscutible cómo eso había ayudado a la evolución de la humanidad a través de los siglos. Mientras la ciencia contribuyó al bienestar material y físico, la mística invirtió en la expansión consciencial, sin la cual no existe avance real.

Enseguida expliqué: “La mística nos habla sobre el valor de la ética. Aún ante un gran progreso tecnológico alcanzado por una sociedad, sin el perfeccionamiento ético viviremos en un lugar tenso, inseguro y sombrío. La ética está ligada a la práctica del bien que, a su vez, se alcanza a través del ejercicio de las virtudes. No hay cómo negar el extremo beneficio traído por la ciencia, solo un loco sustentaría tal absurdo. Sin embargo, quien desde siempre nos habló de delicadeza, compasión, sinceridad y amor, solo para citar algunas virtudes, fue la mística”. Agregué que el conflicto entre la ciencia y la mística era innecesario: “Por el contrario, pertenecen a una misma familia, cuya finalidad es el bienestar de la humanidad”.

Sofía se levantó, apuntó el dedo en mi dirección y disparó que yo era un fraude. Un ignorante al servicio del atraso intelectual. Mi conferencia no pasaba de un montón de creencias. La universidad no era lugar de universos paralelos y otras rarezas. Hubo un enorme murmullo. Ella dijo que solo volviera cuando pudiera explicar, de modo científico, la existencia de Dios. Una parte del público la aplaudió. Animada, Sofía se levantó y me miró de manera desafiante.

Percibí de manera clara que para Sofía todo aquello era continuación de la pelea ocurrida en el monasterio hacía muchos años. Las emociones afloradas en aquella época, podían haber sido negadas o reprimidas, nunca pacificadas dentro de ella. Al encontrarme, ella volvió al centro de la arena y me llamaba para la lucha. Aceptar la invitación era una elección mía.

Había odio en su mirada. Un resentimiento que cuando es dominante, ofusca las mejores razones, la menor sensatez y cualquier trazo de verdad. Lo que interesa es la sensación pasional de una inexistente victoria, no importa a qué costo; sea con la confesión de derrota del oponente, situación difícil de ocurrir, o con su linchamiento moral, hecho de amargas consecuencias. 

En aquel momento entendí el desprecio con que me trató cuando la abracé. El desprecio, en muchos aspectos, se parece a la ironía. Ambos tienen una enorme agresividad camuflada. Tanto en uno como en el otro hay dosis excesivas de orgullo y resentimiento. Son maneras de manifestar una revuelta incontenida, con supuestos contornos de pulidez y pretensa superioridad intelectual. Infelizmente, todavía es una manera socialmente aceptable de ser agresivo. En el fondo, muestra a una persona en una oscuridad tan intensa como aquel que profiere una mala palabra o da un golpe.

Yo sabía que algo en mí le incomodaba desde la época del monasterio. Alguna cosa que había dicho, hecho o la hacía recordar su pasado. Yo no sabía qué era. Creí que en mi abrazo existiría el mensaje subliminar de perdón y paz. De hecho lo había para mí, no para Sofía. Aquel día aprendí que cada uno tiene su tiempo. Por esto, la paciencia es una virtud tan valiosa.

Esas ideas se me ocurrieron en fracción de segundos. Yo estaba sentado en la mesa de los conferencistas; ella continuaba de pie con su mirada desafiante. Sofía estaba en la arena llamándome para la pelea. Yo podía aceptar la invitación y luchar con ella al responder en el mismo compás. Existía la posibilidad de rehusarme a entrar en el ruedo para guerrear; bastaba decir que yo no debatiría en aquel tono de cuestionamiento. Además de tener ese derecho, eso evitaría una confusión que se anunciaba. Sin embargo, existía una tercera perspectiva: entrar en la arena e invitarla a bailar conmigo la gran sinfonía de la vida. 

Esperé que el auditorio volviera a quedar en silencio. Le dije que me gustaría responder al cuestionamiento que me había hecho. Sofía colocó la mano en la cintura, como si mi insistencia la impacientara. Dije: “Soy incapaz de ofrecer la prueba científica de lo que me fue cuestionado. No la tengo”. Irónica, me interrumpió para decir que yo debería estar en un monasterio y no en un recinto académico. Oí la risa de algunas personas. El sarcasmo tiene un enorme poder destructor por acallar los argumentos contrarios. Esto lo hace una eficiente herramienta de las sombras. 

Si yo me permitía salir de mi eje de equilibrio, mi luz se apagaría. Otra oportunidad estaría desperdiciada. Volví a esperar por el silencio y dije: “Hay evidencias de una sabiduría mucho más allá de la capacidad humana de creación y entendimiento desde el inicio de los tiempos. Poco a poco, todo ese saber viene volviéndose ciencia. El increíble funcionamiento de la fotosíntesis imprescindible para la renovación de la vida, el complejo sistema vascular, el intrincado funcionamiento de las neuronas, la energía inconmensurable contenida en un minúsculo núcleo atómico y cómo se comportan sus traviesos electrones; el movimiento de las corrientes y de las mareas oceánicas que, al cesar, acabaría con la vida en el planeta, son apenas algunos pocos de los infinitos ejemplos de una compleja y sabia interconexión. La armonía y la imprescindibilidad de todo y de todos, como pequeños y grandes engranajes, que al menor defecto, afecta el funcionamiento de una máquina gigantesca denominada Tierra, sustentada por el sol a través de una fuerza intangible conocida como gravedad, según Newton, o un espacio curvo como sugirió Einstein. El sol, a su vez, tan importante para nosotros, es un grano de arena ante otras galaxias, la mayor parte de ellas aún desconocidas por nuestro tosco conocimiento. Es más, mirar las estrellas es un buen ejercicio para la indispensable humildad. Hacemos parte de algo de lo cual no tenemos la menor idea, salvo en la arrogancia de los tontos. Me parece evidente la manera como me gusta condimentar la filosofía con la metafísica, ya que somos partes de un mismo todo. Somos piezas únicas de un mismo mosaico. Esto nos hace Uno; pero, claro, puedo estar equivocado”. Hice una pausa y pregunté: “La cuestión que no se acalla en mí es quién crea, dirige y coordina todo eso con tal perfección y sincronía. ¿La casualidad? ¿La naturaleza? ¿El universo? ¿Dios?” Me encogí de hombros y dije: “Son todos buenos nombres, como cualquier otro”. 

Antes que hubiese cualquier manifestación, proseguí: “Sin embargo, concuerdo en que, entre variados ejemplos, algunos aún mejores que los citados, todos continúan siendo apenas evidencias e ilaciones místicas. Así mismo, la mística sigue siendo un importante instrumento de percepción y entendimiento de quien soy y de todo a mi alrededor, no bajo el punto de vista científico, sino de consciencia”.

“Cuando hablo de consciencia, también debo hablar de amor. Son expansiones que deben estar hermanadas”. Hice una pausa proposital y seguí: “El amor, una virtud tan deseada como incomprendida. Lo tenemos tan cerca y, al mismo tiempo, tan distante”.  Apunté aleatoriamente para las personas del auditorio y pregunté: “¿Alguien de los aquí presentes es capaz de negar la existencia del amor?”. Un murmullo se formó. Continué con el raciocinio: “Claro que no. Hasta los brutos aman. Sin amor el sentido de la vida se agota en la mera sobrevivencia. Sin amor no hay trascendencia. No obstante, ¿cuál es la definición científica del amor? Más allá de la poesía, el amor no se traduce en palabras”. Hice una pausa y confesé: “El amor se siente; Dios también”. 

“Si algún científico fuera capaz de demostrar matemáticamente el funcionamiento del amor en nuestras vidas, su inconmensurable importancia para una existencia plena, con argumentos más allá de la mística, yo podría comprobar la existencia de una consciencia cósmica, también conocida con el nombre de Dios”.

“Por esto, el lenguaje preferido de la mística es el arte. Por la trascendencia, transformación y magia que trae”.  

Por un lapso de tiempo, el silencio fue absoluto. Cuando Sofía hizo mención de continuar la discusión, vinieron algunos aplausos por parte del auditorio. Esto tal vez frenó su ímpetu; ella no dijo nada más. Algunos estaban incómodos; otros, desconcertados. Algunos concordaban; otros no. Yo había logrado exponer mis razones de manera calmada, sencilla y clara. Esto me bastaba aunque no me alegraba. La situación con Sofía no se resolvió. Sin embargo, no dependía solo de mí.

A la salida, algunas pocas personas se acercaron. El profesor que había organizado el simposio vino a agradecer y a conversar conmigo. Dijo que, aunque mi conferencia no fuese unánime, tenía la convicción que había hecho pensar mucho a la gente. Esto era lo más importante.

Cuando me dirigía a la estación de metro, Sofía pasó frente a mi. Ella no me dirigió la mirada. Sus facciones eran de enemistad, de quien continuaba pintada para la guerra. Al contrario de lo que ella podía creer en aquel momento, la batalla no era contra mí. Era una lucha librada dentro de ella misma, todavía lejos de ser pacificada. No pude ver los lobos, pero los sentí a su alrededor. Yo los reconocí, eran lobos iguales a los que me acompañan cuando me alejo de mí.

En aquel instante, me di cuenta que al invitar a Sofía a danzar la canción de la vida conmigo, yo podría haber obrado de manera equivocada. Todo aquel discurso sobre metafísica y amor, había provocado aún más su resentimiento. Se me ocurrió si, durante el curso en el monasterio, una situación involuntaria de mi parte no habría provocado en ella las emociones que la devoraban. Vi cuando entró en una cafetería. Fui atrás. Sin que percibiera, dejé que hiciera el pedido y, antes que pagara, le dije al atendiente que quería la misma cosa y me adelanté a pagar.

Ella me miró asustada. Antes de que pudiese reaccionar, le dije: “Necesitamos conversar”. Ella no pronunció palabra. Esperamos callados a que entregaran los cafés y nos sentamos en una mesa. Tomé la iniciativa: “Quiero pedirte disculpas”. Sofía indagó por qué motivo yo me disculpaba. Fui honesto: “Sobre la pelea en el monasterio, supongo. Hoy, al hacer un gran elogio al amor, me di cuenta de lo pobre que soy de este amor que menciono y que mal conozco. Las palabras que usé sobre el amor fueron sinceras al justificar las ideas que tengo sobre la vida, pero el sentimiento que las impulsa estará vacío si no las vivo con intensidad. Allí expuse un pensamiento que no me aproximó hacia ti. Deleité a la arquibancada, pero perdí el juego. Aquí tenemos la oportunidad de comenzar una nueva partida”.

Sofia lloró. Fueron lágrimas sentidas, típicas de quien contuvo una emoción dolorosa por mucho tiempo. La abracé. Esta vez, recibí un abrazo emocionado en retribución. Esperamos a que se calmara. Confesó que estaba de acuerdo con todo lo que yo había dicho en la conferencia, así como en la Orden; adoraba las clases que yo impartía. Sin embargo, percibía que yo hablaba de amor con un altruismo que no poseía. Esto le incomodaba, pues ella era igual a mi.

Reímos. Mencioné que probablemente ese también había sido el punto por el cual me irrité tanto en aquella época. Ella había arrancado una de mis máscaras. En vez de agradecerle por haberme desnudado ante el espejo de la verdad, yo me molesté ante la vergüenza de ponerme al descubierto. Reímos de nuevo.

Animada, Sofía comenzó a hablar de sí y de las dificultades que tenía para lidiar con sus sombras; de los errores cometidos y del deseo de avanzar en el Camino. Me impresionó ver cómo éramos parecidos. Confesó que todos los días pensaba en volver al monasterio, pero que nunca más había vuelto porque no se sintió acogida después de la pelea que tuvimos y como no sucedió, no regresó. Reconocía que no pasaba de un capricho inconcebible. El orgullo, su sombra más poderosa, le impedía volver. Esto la hacía sufrir mucho. 

Fue mi vez de revelar: “El origen de tu dolor es el mismo que el mío. El orgullo nos corroe y aún así nos resistimos en alejarnos de él. Apenas una de muchas incoherencias de quienes somos. Dicen que para curar el orgullo es necesario hacer de la humildad un lugar cómodo en el cual vivir”. Sofía meneó la cabeza y concordó: “Una más de las muchas cosas que sabemos, pero que aún no podemos ser”. 

Conversamos mucho sobre variados asuntos y sobre muchas cosas. Reímos bastante. Sofía era una mujer encantadora, inteligente y dueña de un sorprendente sentido del humor. Las emociones exaltadas escondían toda esa belleza. Salimos solamente cuando la cafetería cerró. La noche estaba repleta de estrellas. Finalmente alegres, bailamos la canción de la vida. 

Transmutar las pasiones por sentimientos. He aquí otra de las siete maravillas de la existencia.

Permanecí observándola al alejarse. No tenía ningún lobo cerca. Ellos se distancian cuando paramos de alimentarlos.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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