Las fronteras de la solidaridad

En aquel año había sido encargado de coordinar un curso tradicional en la Orden, denominado La jornada del autoconocimiento a través de textos sagrados. Se trataba de una serie de estudios sobre textos de las más diversas tradiciones filosóficas y metafísicas, desde el milenar Tao Te Ching, pasando por las Cartas de Séneca, agarrados de la mano por la poesía sufi de Rumi y las esotéricas de Fernando Pessoa; estudiábamos las leyendas chamánicas, leíamos historias sobre las enseñanzas cabalísticas y finalizamos con la interpretación de algunos trechos del Sermón de la Montaña. Era muy interesante percibir cómo la sabiduría, independiente del origen, siempre apuntaba hacia una única dirección: “conócete a ti mismo y conocerás la verdad” y para enseguida complementar, “conoce la verdad para liberarte”. El curso duraba un mes. Permanecíamos en el monasterio y las clases tomaban toda la parte de la mañana. Todo seguía bien hasta que recibí un telefonema y, dado un problema familiar, tuve que regresar a casa antes del término de ese período de estudios. Escogí a un monje, como eran denominados los miembros de la Orden, para sustituirme en la coordinación del curso. Cuando me despedía de todos, noté que otro monje, con expresión seria, se acercó para conversar conmigo. Bruno era su nombre. En frente de todos, cuestionó mi decisión. Alegó haber sido injusto. Le expliqué mis razones y los criterios que usé para escoger al sustituto. Inconforme, él insistió en la acusación y dejó sobreentendidas algunas insinuaciones maliciosas que, según él, habían influenciado mi decisión. Entonces, sucedió algo que yo no debía haber permitido: me dejé irritar. En vez de proseguir argumentando de modo sereno y percibir el momento de cerrar la conversación, inicié una discusión que escaló tonos muy desagradables. Yo estaba descontrolado cuando atravesé los portones del monasterio para volver a casa.

La cara oculta del fracaso

Valientes son el toro y el torero, todos en la arquibancada son cobardes. Esta frase es atribuida al pintor español Pablo Picasso”, comentó Lorenzo, el zapatero amante de los vinos y de los libros, mientras llenaba las tazas con el café que acababa de colar. Esa conversación había ocurrido hacía muchos años. En la época, le contaba la experiencia vivida al publicar mi primer libro, una novela criminal, con abordaje distinto al que tienen mis textos de hoy. Como todo escritor iniciante, alimentaba la certeza de que en las semanas iniciales tendría un best seller, aclamado por los lectores y críticos, un deseo común, aunque velado, entre los autores. Sin embargo, no fue eso lo que sucedió. Los lectores no demostraron mayor entusiasmo y las críticas fueron rigurosas. Algunas bastante duras, incluso agresivas, aconsejándome no volver a escribir una única línea. Devastado, me recogí por mucho tiempo, jurando nunca más dar la cara. La arena de la existencia no es un lugar seguro para vivir, pensé.

El dilema de la libertad

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de transmitir la sabiduría ancestral de su pueblo, a través de las historias que contaba, encendió la indefectible pipa con hornillo de piedra roja, aspiró algunas veces y narró: “El Gran Espíritu, al crear el mundo, tuvo el cuidado de distribuir los atributos de cada especie con la intuición de que todas, cada una dentro de sus capacidades, pudiesen sobrevivir y colaborar con el equilibrio de la vida y en la evolución planetaria. Al oso le concedió la fuerza; la gacela recibió la velocidad; para la cobra que se arrastra, el veneno; los pájaros fueron dotados de alas; el camaleón obtuvo el poder de protegerse a través del disfraz. Hay un equilibrio sutil. 

El poder de las emociones

“Todo el conocimiento apenas tiene valor si es utilizado para una vida mejor. De lo contrario, se restringirá a mero discurso académico o a páginas enmohecidas de un libro en la estantería”. Quien me dijo esto fue Lorenzo, el zapatero que cosía ideas y pedazos de cuero con la misma habilidad. Estábamos en su pequeño taller, ante dos tazas humeantes de café. Yo relataba una discusión que había tenido momentos antes en el monasterio de la Orden, donde aprendía sobre filosofía y metafísica. Todo comenzó cuando me despedí de las personas al terminar el período anual de estudios. El carro ya estaba en el estacionamiento esperándome. Mientras intercambiaba los últimos abrazos con los demás monjes y sinceras promesas de encontrarnos al año siguiente, Sofia, una iniciante en la hermandad me abordó. En frente de todos, cuestionó el esmero con el cual yo había coordinado un curso abierto al público. Protagonizó algunas actitudes mías y cuestionó mis verdaderas intenciones en la conducción de las clases. Me acusó de estar más interesado en brillar que en el aprendizaje ofrecido a los participantes. En el mismo instante, fui llevado por una intensa irritación. Intenté argumentar con alguna sensatez; sin embargo, cuando Sofia insistió en sus razones, fui dominado por la rabia y respondí con el mismo tono grosero. La discusión subió escalones. Se formó una confusión horrible. Con el resquicio del control emocional que me quedaba, entré en el carro y fui para la pequeña ciudad en la falda de la montaña que abriga el monasterio, donde tomaría un tren. Allí también quedaba el taller de Lorenzo. Antes de ir a la estación, decidí buscar al zapatero para conversar y calmarme. 

El tamaño de una autoridad

Algunos años atrás acompañé al Viejo, como llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a una universidad donde el rector solía invitarlo para dar conferencias. Habría un simposio sobre transformaciones sociales, justo cuando en algunas metrópolis se daban agitadas manifestaciones populares. La universidad, como centro generador y catalizador del pensamiento crítico, necesitaba entender la óptica y los motivos de todos los involucrados. Fueron invitados líderes sindicales y empresarios; magistrados y parlamentarios; policías, estudiantes y profesores; artistas, sicólogos y filósofos. En fin, todos aquellos que, al menos en hipótesis, pudieran colaborar para un mejor entendimiento y avance en las relaciones sociales. A cada cual le sería dado el mismo tiempo para exponer sus razones. Dentro de sus respectivas especialidades y experiencias, hablarían sobre los cambios que deberían suceder para que la sociedad avanzara según los objetivos deseados. En aquel día, el Viejo alegó un ligero malestar y pidió que yo lo substituyera, a lo respondí que  no estaba preparado. Él sonrió y sugirió: “Sigue tu corazón”. Se dió media vuelta y fue a sentarse en el auditório. 

¿Sabes qué hacer?

“Yo no sé qué hacer”, dijo la mujer. Las dos amigas compartían un sofá en una cafetería. Yo estaba sentado muy cerca de ellas. Tenían alrededor de treinta años y estaban vestidas formalmente. Era perceptible que se habían permitido algunos minutos durante el horario de trabajo para conversar un poco. Una era rubia, la otra morena. Esta última relataba su angustia. Yo había ido del aeropuerto en metro  directo para aquella cafetería, donde solía encontrarme con mi hija que estudiaba en el campus universitario al frente. Era una costumbre nuestra reunirnos en aquel lugar, antes de que yo fuera al hotel, cuando viajaba hasta la ciudad en que ella vivía para visitarla; un ritual sencillo y muy nuestro. Los rituales sirven para crear identidades y tejer lazos de amor. El establecimiento tenía buen movimiento. Pedí una taza de café y, enredado con la maleta que llevaba, busqué un lugar para sentarme, justo muy cerca de aquellas dos amigas. Fue inevitable oír la conversación, pues la morena estaba afligida, como perdida ante una de las muchas bifurcaciones impuestas por la existencia. Aunque intentaba controlarse, su tono de voz estaba ligeramente alterado por algún descompás emocional.

Gracias

Las aguas del Estrecho de Gibraltar suelen estar agitadas. Ese día en especial, el cielo estaba oscuro, anunciando que la tempestad no demoraría en llegar. El viento fuerte sacudía el barco que hacía la travesía de Tarifa, en España, hasta Tánger, en Marruecos. Algunas personas estaban mareadas; otras, se mostraban asustadas por el peligro. El ruido de las olas que chocaban con el casco del barco por todo lado era ensordecedor. Las únicas voces que yo oía eran los gritos de un grupo de hombres que jugaban a los dados. Hablaban en un idioma desconocido, tal vez un dialecto africano. Según sus expresiones faciales, siempre taciturnas, me era imposible saber quién ganaba o perdía en cada rodada. Un poco alejado de todos, un hombre me llamaba la atención. Con casi cincuenta años, la cabeza raspada y de complexión robusta, se mantenía impasible desde antes de que el barco zarpara. De piel morena, de bigote espeso y plateado, con arrugas típicas de la edad y del exceso de sol. Sentado en el suelo, recostado en la pared, mantenía los ojos cerrados y la respiración tranquila, como si nada a su alrededor tuviera la fuerza para hurtarle la tranquilidad. Sin embargo, algo más me intrigaba en aquel individuo. Yo tenía la nítida sensación de que lo conocía, solamente que no recordaba de dónde. 

Las varias muertes antes de la muerte

¡Una tragedia! Así definí los hechos cuando recibí la noticia en el monasterio. La casa en la que yo vivía estaba en una gran reforma. Mientras las obras no terminaran, como había mucho polvo y escombros, dejé todos los muebles y pertenencias personales en el depósito. En seguida viajé al monasterio para un período más de estudios hasta que pudiese ocupar la casa nuevamente. No obstante, una fuerte tempestad típica de final de verano en Rio de Janeiro, provocó una enorme inundación en varios barrios de la ciudad, inclusive donde se localizaba el depósito, y arrasó con todo aquello que estaba guardado. Muebles hechos con jacarandá, que estaban con mi familia hacía décadas; pinturas y esculturas de artistas renombrados; millares de CDs, LPs y libros, algunos raros y de primera edición; fotos antiguas y documentos; medallas, trofeos y diplomas, conquistados durante mi trayectoria profesional; toda mi ropa, salvo las que había traído en una maleta en el viaje al monasterio; los varios utensilios domésticos necesarios en una casa. Bienes adquiridos durante muchos años quedaron destruidos por el agua en apenas algunas horas de lluvia. Como yo había gastado mis ahorros en la reforma de la casa, en aquel momento me faltaban condiciones financieras para reponer los daños; sin hablar de los objetos de valor afectivo que eran insustituibles, cuyas pérdidas eran las más sentidas.

El manto de la invisibilidad

El sábado llegue a Sedona, ciudad situada en las montañas de Arizona, donde vivía Canción Estrellada. Era el día de la semana en que él reunía a varias familias en el jardín de su casa para narrar historias ancestrales que guardaban la filosofía de su pueblo. Esto sucedía hacía algunos años, desde que fue impedido de dar clases en la escuela local dada una determinación judicial. El chamán no tenía un diploma, pero tenía sabiduría. Para que el conocimiento no se perdiese, abría los portones de su casa a fin de compartir ese bien precioso; todos eran bienvenidos. Como todo que trae valor al corazón, se multiplica al compartir. Se volvió un ceremonial mágico muy concurrido. Hasta el director de la escuela lo frecuentaba con la familia. Sentado en su mecedora, colocada bajo el frondoso roble en medio del pasto, el chamán esperaba que las personas se acomodaran sobre las mantas extendidas por el jardín para comenzar a contar una de las innumerables historias que había oído de sus antepasados. Todos se esmeraban en la merienda que llevaban y que compartían entre sí, una común-unión; por esto era un ceremonial. Las historias tenían el poder de transformar la forma de ver y de pensar de aquellos que las oían; por eso era mágico.

La casa de los espejos

En la pequeña villa china localizada en la falda del  Himalaya, el movimiento en la casa de Li Tzu, el maestro taoísta, comenzaba temprano. La sesión de yoga iniciaba junto con los primeros rayos de sol. Después teníamos clase sobre el Tao Te Ching. En el día anterior habíamos leímos el poema que sería abordado en el aula, con el objetivo de hacer más dinámicos los estudios. Alumnos de los más diversos rincones del planeta venían hasta Li Tzu en busca de la milenaria sabiduría oriental. Frecuenté el mismo curso varias veces; siempre tenía la sensación de que había dejado de aprender algo. Aquella vez éramos dieciséis alumnos y estábamos en el capítulo cuatro:

“El camino es el vacío;

Y su uso jamás lo agota.

Es inconmensurablemente profundo y amplio,

Como la raíz de los diez mil seres.

Cegando el corte,

Desatando el nudo,

Armonizándose con la luz

Igualándose a la polvareda.

Límpido como la conciencia eterna.

…”

El Tao trae en sí un concepto minimalista en diversos aspectos, en el cual menos es más. Así, el libro tiene el atributo de ofrecer mucho contenido con pocas palabras. No obstante, es necesario esfuerzo y estudio para decodificar todo el amplio significado contenido en sus escasas páginas.

Experiencias profundas

Era muy temprano cuando encontré en el refectorio al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Estaba solo y se deleitaba con una generosa porción de torta de avena acompañada de una taza de café. Sonrió al verme e hizo una señal para que me sentara a su lado. Llené una taza y me acomodé en la mesa. Antes de que pudiéramos iniciar una conversación sobre un asunto cualquiera, apareció otro monje. Él estaba en su primer período de estudios en la Orden. Así como todos, pasaría cerca de un mes dedicado a los estudios, reflexiones y debates en el monasterio. El resto del año estaría al lado de la familia y con sus atribuciones profesionales. En la Orden había desde panaderos hasta ingenieras aeroespaciales; hombres y mujeres de los más variados rincones del planeta, de diversas etnias y edades. Además de joven, este monje era bastante inteligente y estaba inquieto hacía días. Sin más ni más le dijo al Viejo que se iría en aquella mañana, antes de haber completado una semana de estudios. Confesó que, a pesar de admirar aquel ambiente, donde el conocimiento parecía brotar entre las piedras de las paredes seculares, conforme dijo, contó sobre algunos amigos que estaban pasando las vacaciones en Tailandia. Estaba decidido a ir a su encuentro. No obstante, quería volver a la Orden el año siguiente, o tal vez, el próximo, resaltó. El Viejo le ofreció una sonrisa sincera antes de levantarse para darle un fuerte abrazo. Después dejó que se sintiera cómodo, como hacen aquellos que poseen la virtud de la delicadeza: “Entiendo tu elección. Si la edad me lo permitiera, tal vez iría contigo”. El joven rio. Enseguida prosiguió: “Las puertas del monasterio estarán siempre abiertas, tanto para ti como para cualquier persona que esté dispuesta a usar la filosofía y la metafísica como herramientas evolutivas. Vuelve cuando el corazón te lo pida”. El muchacho le agradeció por la comprensión y le garantizó que un día regresaría, se dió vuelta y salió. Bebí un sorbo de café y comenté que el chico estaba desperdiciando una oportunidad maravillosa. El Viejo discordó: “Cada cual tiene su tiempo y manera de aprender. Diversos son los talleres del mundo que forjan buenos maestros. No hay diferencia de calidad entre ellas. Determinante será siempre el comprometimiento del aprendiz al transmutar la propia realidad”.

Cuidado con lo que crees

Estaba muy temprano. La pequeña ciudad localizada en la falda de la montaña que abriga al monasterio aún estaba adormecida. Bueno, casi toda. Yo andaba por sus calles, estrechas y sinuosas, calzadas con piedras que a pesar de estar desgastadas, resistían al sol y a la lluvia desde hacía siglos. Percibí algunas pocas ventanas con las luces encendidas, tal vez madrugadores como Lorenzo y yo, el elegante zapatero que amaba el vino tinto y los libros de filosofía, un maestro en la costura del cuero y en la creación de ideas. Su taller era casi mítico, tanto por los horarios inusitados de funcionamiento, cuyo criterio era solamente el deseo del zapatero, como por las conversaciones y debates filosóficos que ocurrían allí. Siempre era motivo de alegría cuando al doblar la esquina, divisaba la clásica y bien conservada bicicleta de Lorenzo recostada en el poste enfrente al taller, lo que significaba que podría deleitarme con el perfume del cuero y del café que impregnaban la zapatería. Mientras caminaba solitario entre las calles y el silencio de la ciudad, iba absorto en mis pensamientos cuando de repente me deparé con un muro pintado. Se me hizo extraño pues nunca había visto nada igual en aquel apacible y bien cuidado lugar; pero lo que más me llamó la atención fue la frase escrita en él: ¡Cuidado con lo que crees!

Se necesita coraje para cambiar un corazón

El tambor de dos fases de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de compartir la sabiduría ancestral de su pueblo, a través de los cuentos y de las canciones, sonaba a ritmo acompasado mientras él entonaba una delicada canción agradeciendo al Gran Espíritu por la oportunidad de aquel momento. Era una noche sin luna; el cielo nos abrigaba bajo un lindo manto de estrellas. Estábamos en lo alto de la montaña, en el lugar de poderde Canción Estrellada, un sitio al cual siempre iba cuando quería conectarse con el misterio de la vida o ir al encuentro de sí mismo. Éramos un pequeño grupo, formado por personas de los más diversos lugares, reunidos para un ceremonial mágico. Una hoguera nos protegía del frío. Los buenos espíritus también presentes en el ritual nos protegían de nosotros mismos. Al terminar aquella melodía, el chamán comentó: “Debemos agradecer siempre. Sea por la alegría de los momentos agradables, sea por las lecciones de las horas difíciles; solamente los tontos tienen días malos”. 

Dios y la ética

La clásica bicicleta estaba recostada en el poste en frente al taller. Lorenzo, el zapatero amante de los libros de filosofía y de los vinos tintos, me recibió con una sonrisa sincera y un fuerte abrazo. Me senté al lado del antiguo mostrador de madera donde él trabajaba el cuero de bolsos y zapatos, mientras alineaba ideas desconcertantes con los amigos que estaban siempre llegando en busca de una buena conversación acompañadas con café. Él colocó una taza humeante en frente mío y comenzamos a conversar. Le comenté que yo tenía mucha suerte, pues no esperaba encontrar el taller una tarde de Domingo de Páscoa. Aunque los horarios de funcionamiento eran famosos por ser inusitados, yo sabía que él tenía por hábito iniciar el trabajo de madrugada, con el cielo estrellado, para cerrar las puertas al mediodía. El artesano me explicó que se había despertado tarde dado que, la noche anterior, había ido a la Santa Misa en la pequeña iglesia de la ciudad, realizada a medianoche, marcando el inicio de la Cuaresma. Lorenzo contó que era una ceremonia bellísima, que involucraba energías muy fuertes. Comenzaba con una gran hoguera en el patio delantero de la iglesia, ante la cual las personas lanzaban pedazos de papel donde habían escrito situaciones de sus vidas que deseaban superar. Después entraban a la iglesia apagada, iluminada apenas por las velas que llevaban. Era una imagen muy bonita. Enseguida, las luces se encendían y la misa proseguía. Le pregunté si él también le había entregado al fuego algo para quemar de su vida. “Sí”, respondió. Confesé mi sorpresa. Lorenzo explicó: “Los mundos visible e invisible están en constante interacción. Todo lo que sucede en un lado se refleja en el otro. El auxilio es indispensable. No obstante, nada acontecerá si yo no hago la parte que me corresponde”.

Agradece por la oscuridad

Manejaba por las montañas de Arizona, en la sinuosa carretera que une Flagstaff con Sedona, cuando fui acometido por otro vehículo. Después de algunos días internado, fui a recuperarme a casa de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de eternizar la filosofía de su pueblo a través de la palabra. Estábamos en la terraza de su casa. Era una tarde linda, sin ninguna nube en el cielo. Lamenté el accidente, pues no sería posible hacer casi nada de aquello que tenía programado. Pasear a caballo, nadar en el lago, bajar en bote por los rápidos, además de los deseados senderos hasta los lugares sagrados en las montañas para las ceremonias mágicas no serían actividades posibles con la pierna enyesada. Canción Estrellada apenas me miró. Encendió su indefectible pipa con hornillo de piedra roja, dio algunas bocanadas y dijo: “Todo lo que sucede en nuestras vidas es para nuestro bien. Por tanto, agradece por el accidente”. Le dije que no podía estar hablando en serio. Aunque era consciente de que los daños habrían podido ser más graves, siempre es posible, de otro lado, yo habría podido pasar las vacaciones sin ninguna lesión, como siempre habían sido mis días en Sedona. El chamán miraba cómo el humo de la pipa danzaba al ritmo de la brisa de la tarde y comentó: “Tu espiritualidad es como un lago con poca agua, Yoskhaz. Todavía poco profunda”. Sacudí la cabeza como respuesta. Comenté que él no estaba con el humor muy afinado, pues no se hacía gracia con la desgracia ajena. Le recordé mis muchos años de estudio en filosofía y metafísica, inclusive los varios períodos en los cuales había estado aprendiendo con él sobre chamanismo. Mencioné los estudios que mantenía sobre el Tao, el estoicismo y la tradición cristiana con Li Tzu, Lorenzo y el Viejo, respectivamente. Canción Estrellada me cuestionó: “¿De qué me sirve tener un río en el patio si no bebo ni me baño en sus aguas?”.

El Octavo Portal. Los ocho portales del camino

Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos será el Reino de los Cielos. Esta es la octava bienaventuranza contenida en el Sermón de la Montaña y, por consiguiente, el último portal del plano terrenal en jornada rumbo a la luz. Me encontraba en la biblioteca del monasterio, concentrado en mis estudios y, confieso, aquellas palabras me sonaron vacías. ¿Por qué perseguidos por causa de la justicia, si esta virtud está sedimentada en el andariego al ultrapasar el Cuarto Portal? Por tanto, no hacía ningún sentido volver a hablar de justicia. Estaba deseoso de consultarlo con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, pero había salido muy temprano y solamente retornaría al final del día. Vagué en vano por los estantes de la biblioteca en busca de un libro que pudiese ayudarme a decodificar el mensaje. Encontré algunos textos esotéricos que abordaban el asunto; no obstante, no me ayudaron en nada. Como decía el Viejo, las aguas turbias esconden la poca profundidad del lago; la sabiduría necesita de aguas claras para poder ver a profundidad. Yo entendía cuál era el motivo para que los textos antiguos ocultaran en frases herméticas las enseñanzas que nos orientan en el sendero hacia la luz. En aquella época, había persecuciones tanto políticas como religiosas. Mucho se perdió a lo largo de la historia. Sin embargo, hoy en día ya no existe la misma necesidad. Absorto en mis reflexiones que poco me estaban ayudando a avanzar, oí a alguien llorando bajito. Dejé el libro sobre la mesa y fui a ver si podía ayudar. Me deparé con un monje bastante joven, quien había ingresado a la Orden el año anterior, sentado solitario en una poltrona mirando hacia las montañas. Norton, como se llamaba, intentaba contener las lágrimas sin éxito. Me senté a su lado. Sin decir palabra, esperé a que se calmara y me relatara lo sucedido. Norton estudiaba Física en el prestigioso MIT y se había especializado en mecánica cuántica. En vacaciones, iba al monasterio para aprender sobre metafísica y filosofía. En aquel año, antes de ir, realizaba un trabajo en conjunto con su enamorada, estudiante de Sicología, que explicaba cómo la mecánica cuántica puede aclarar lo que son las premoniciones y, aún más, cómo el inconsciente permite viajes al futuro, tal y como lo percibía Freud, quien definió esa parte de la mente como atemporal. Esto ocurre porque el inconsciente funciona cuánticamente y permite saltos en el tiempo, mientras que el consciente raciocina linealmente. Norton todavía no había publicado el estudio, pues antes decidió pedir la opinión de otros dos monjes de la Orden. En la noche anterior, esos monjes lo llamaron en particular y le aconsejaron que abandonara aquellas ideas que denominaron ridículas. Dijeron que las premoniciones eran devaneos y cabían a los misterios de la Mística, así que nunca tendrían explicación. Lo acusaron de intentar inventar la rueday le aconsejaron que estudiara más. Finalmente, lo amenazaron con expulsarlo por difamar la imagen de la Orden, en caso de que insistiera en publicar aquel absurdo.

El séptimo portal. Los ocho portales del camino

Me encontraba en la terraza del monasterio. A pesar del bello paisaje formado por las montañas y bosques aledaños, estaba aprovechando la quietud del momento para mirar dentro de mí. Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. Este era el código que precisaba descifrar para seguir con mis estudios sobre Los Ocho Portales del Camino. El estudio, de la mano de la percepción, es de fundamental importancia para que se pueda comprender la próxima transformación del ser, sin la cual no se avanza en la jornada infinita rumbo hacia la luz. Ese es el proceso natural; absorbemos conocimiento y lo perfeccionamos a través de las experiencias vividas en nuestras relaciones. En la próxima oportunidad, cuando estamos listos, o mejor, cuando el conocimiento está sedimentado en el ser, el perfeccionamiento se hace inherente a las elecciones. Así, poco a poco, según las transmutaciones individuales, el conocimiento se transforma en sabiduría. Por eso es común que todos sepan más de lo que son. Ser es siempre el paso siguiente del saber.

Plenitudes. El amor

Era el último día de clase sobre el Tao Te Ching. El curso se terminaba para aquel grupo de alumnos. Pronto dejarían la villa china en la falda del Himalaya rumbo a los más diversos países donde habitaban. Yo no hacía parte del grupo, pero fui convidado para el té de despedida ofrecido por Li Tzu. Los alumnos estaban emocionados y alegres. Habían compartido la experiencia del aprendizaje de una sabiduría milenaria de enorme utilidad, cada vez más olvidada por una existencia que brinda facilidades de fuga en un mundo apresurado y superficial. Apresurado por la sensación de que, para estar actualizados con las fábricas interruptas de novedades, es necesario estar en muchos lugares casi simultáneamente, haciendo que el tiempo se vuelva veloz y estrecho. Superficial pues ningún valor hará que conozcamos el mundo mientras nos neguemos a encontrarnos con nosotros mismos. No se conoce un lugar apenas por visitar sus edificios, museos y monumentos, así como no se percibe la belleza de un individuo solamente al mirarlo. Existe una belleza oculta en todos los lugares y personas, apenas accesible después de buscar, entender e iluminar todos los pormenores escondidos en nuestro interior. Debemos entender la parte para comprender el todo; entonces, seremos capaces de deleitarnos con el mundo y estar en paz con el tiempo. Un viaje, para que no sea desperdiciado, no solo puede dejar souvenirs y fotografías en el equipaje; debe transformar al viajero. Esta era la sensación de aquellos alumnos después del aprendizaje del Tao. Por esto estaban emocionados.

Plenitudes. La paz

La pacífica villa china estaba irreconocible. Parecía que todos los habitantes estaban reunidos en la única plaza del lugar. La mayoría tenía los ánimos exaltados; algunos hablaban alto y tenían la expresión alterada. Dos hombres discutían y fueron apartados para que no se agredieran físicamente. Después supe que eran amigos de tiempo atrás. Otro hombre subió a un banco de piedra para discursar. Aunque no entendía lo que decía por causa del idioma, percibí un tono inflamado. Un grupo creciente se aproximaba para apoyarlo con palmas y palabras incentivadoras. A medida que yo seguía por las calles torcidas del pueblo el ruido disminuía. Cuando entré a la casa de Li Tzu, el maestro taoísta, tuve la sensación de estar dentro de una burbuja de paz. La quietud, el jardín de bonsáis, el perfume de los inciensos, transmitían una agradable sensación de tranquilidad. No sin razón, cierta vez Li Tzu me dijo que una casa suele reflejar el alma de sus habitantes. Él había terminado los ejercicios de yoga y meditaba como lo hacía todos los días, muy temprano, antes de comenzar sus clases.  Para no interrumpir, me dirigí a la cocina; encima de la mesa había dos tazas y una tetera humeante. Él me esperaba conforme acordamos. Sonreí. Me senté. Mientras me servía, el maestro taoísta entró y se acomodó en frente mío. Bebimos en silencio hasta que le pregunté si sabía de la confusión que había en la plaza, a lo que respondió que estaba enterado de la noticia de que el gobierno planeaba construir una autopista, cuyo proyecto obligaba a expropiar toda la villa. Le pregunté si todos tendrían que dejar sus casas. Li Tzu lo confirmó con un movimiento de cabeza. Vociferé ante el absurdo. ¿Cómo sacar a aquellas personas de sus casas? Muchos habían vivido allí durante toda una existencia. Era una violencia innominable, exclamé. El maestro taoísta apenas meneó la cabeza como si, tal vez, yo estuviese en lo cierto, o tal vez no. Quizá hubiese un exagero en mi visión. Al percibir la expresión serena de Li Tzu, cuestioné si él no sentía miedo de la remoción, en caso de que sucediera, pues traería un enorme cambio en su vida. Con el habitual tono calmado de voz dijo: “El miedo es el ladrón de la paz”. 

Plenitudes. La libertad

Desperté un poco más tarde de lo habitual. Ya no había tiempo de tomar té con Li Tzu antes de iniciar las actividades en su casa, pues comenzaba bien temprano con clases de yoga y meditación, antes de empezar a hablar sobre el Tao Te Ching. Habíamos iniciado una serie de charlas sobre las plenitudes con la intención de que yo entendiera dichos conceptos de bastante amplitud. Entonces decidí aprovechar la linda mañana de sol para pasear, lo que ayudaría a espantar un poco el frío constante de las montañas. Me habían indicado visitar un bosque de orquídeas exóticas y salvajes, imposibles de ser mantenidas en cautiverio, aun usando técnicas muy avanzadas de jardinería. Seguí el sendero en la montaña. Pasé por lugares cuya belleza era difícil de traducir en palabras. Éramos apenas la naturaleza y yo. A medida que andaba aumentaba una agradable sensación de bienestar. Todo allí me era permitido; no había nadie que me impidiera cualquier gesto o acción. Me sentía libre como hacía mucho tiempo no recordaba. Mis pies parecían no tocar el suelo de tanta ligereza que me envolvía. No menos bonito era el bosque de las orquídeas salvajes. Eran de varias especies; una de las muchas presentaciones artísticas del universo manifestadas en belleza. El sendero me llevó a un claro. Encantado, después de apreciar cada una de las flores, me senté en una piedra. Estuve pensando cuál era la razón para que aquellas orquídeas, denominadas salvajes, tuvieran un comportamiento indomable. Se negaban a dejarse conducir contra su propia naturaleza; preferían perecer a tener que vivir fuera de sus elecciones. Parecían no temer a la muerte; como si fuera inaceptable una vida más allá de la esfera de manifestación de sus deseos íntimos.

Plenitudes. La dignidad

Una palabra es como una cápsula repleta de ideas. Algunas en mayor grado que otras. Recuerdo que leí un libro del filósofo y monje alemán Anselm Grun sobre la mística. Un texto primoroso y profundo; al final queda la sensación que hay algo a más para agregar. Así es con las virtudes. Mucho se puede decir sobre la humildad, la fe y la compasión, solo para citar algunas, sin agotar el asunto. Lo mismo sucede con las plenitudes, por tratarse de conceptos de amplitud subjetiva al extremo. Pienso en cuántas existencias necesitaré para hablar sobre el amor; virtud y plenitud al mismo tiempo. Algunas palabras tienen la fuerza de traer consigo todo un universo dada la enorme posibilidad de mundos y vidas que ofrecen. Este era el ánimo que me hizo regresar al día siguiente a casa de Li Tzu, muy temprano, para una conversación más sobre las sofisticadas, y al mismo tiempo simples, plenitudes. Habíamos hablado sobre la felicidad. Faltaban las otras cuatro: dignidad, paz, libertad y amor. Unidas en sí, la luz. Sin embargo, cuando llegué, oh sorpresa. La casa estaba cerrada; algo que nunca había presenciado. Li Tzu tuvo que ausentarse de la villa por un motivo desconocido. La información era que pronto retornaría. Fui hasta un almacén próximo que proveía suplementos para los alpinistas que seguían hacia la cumbre del Himalaya. Yo sabía que allí encontraría una taza de café caliente y alguien para charlar. Era agradable oír las aventuras narradas por los montañistas; admiraba la disposición y el coraje que poseían. Me preguntaba sobre los motivos que llevaban a una persona a enfrentar los enormes peligros de una escalada para alcanzar el pico de una montaña. Había en mí una curiosidad sincera por saber si la hazaña tenía el poder de transformación espiritual en aquellos que lo realizaban. Como lo esperaba, al llegar al almacén ya había un pequeño grupo que aguardaba ser conducido al campamento de donde se iniciaba la escalada. Provisto de una taza de café, les puse el tema. 

Plenitudes. La felicidad

Estaba muy temprano cuando entré a la casa de Li Tzu, el maestro taoísta de la pequeña villa china, en la subida del Himalaya. Gracias a los varios alumnos que llegaban de todas partes del mundo para estudiar el Tao Te Ching, el portón de su casa nunca estaba cerrado. Siempre tuve el hábito de despertar muy temprano y como sabía que Li Tzu también iniciaba el día antes del sol nacer, no dudé en que lo encontraría despierto. Al entrar a la cocina me deparé con la mesa puesta con una tetera hirviendo y dos tazas, pero no había nadie. Me senté en la mesa y llené una de las tazas. El aroma de la mezcla de hiervas se esparció por el aire, perfumando el ambiente. Media noche, el gato negro que también vivía en la casa, se enroscó en mi pierna. Acaricié su cabeza y él saltó para anidarse en mi regazo. Silencio y quietud. Mientras bebía el té me llenaba con la enorme sensación de bienestar que aquel momento me proporcionaba. Yo intentaba entender la razón de tanto ante tan poco. 

La medicina del lobo

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de enseñar la filosofía ancestral de su pueblo, vivía en las Montañas de Arizona. Él había sido invitado a dar una conferencia en una prestigiosa universidad en un estado vecino. Como la fecha coincidía con mi viaje a su casa, donde yo pasaría otro período estudiando sobre la cultura chamánica, me pidió que nos encontráramos en la universidad. De allí volveríamos en carro. Como me encanta el ambiente académico, acepté la propuesta de inmediato. Llegué un poco antes de la hora, así que me senté en una agradable cafetería con vista hacia un enorme jardín que bordeaba los edificios del campus, para observar el intenso movimiento de los alumnos movilizándose hacia las clases y otras actividades. Son aires inspiradores. Estaba perdido en los recuerdos cuando yo tenía aquella edad: los anhelos, las dudas, las luchas, las búsquedas, hasta que tuve la atención desviada hacia un pequeño tumulto. Un grupo de estudiantes discutía entre sí. Percibí que el altercado escalaba tonos rápidamente y me preocupé con el desenlace. Otros alumnos se aproximaron y también terminaron involucrados. El conflicto aumentaba. Llegaron algunos funcionarios y profesores para controlar la situación, pero fue en vano. Todos parecían deseosos de hablar para exponer sus razones y nadie quería oír a nadie. Cuando temí que las agresiones aumentaran, desde las verbales hasta las físicas, un pito sonó muy fuerte. Por instinto todos se callaron. Me asusté al ver a un hombre, anciano, muy bien dispuesto y ágil, de pie sobre una mesa para hacerse visible ante todos. Había tomado prestado el pito de un entrenador de basquetbol que también se aproximó con la intención de calmar los ánimos. A pesar de la edad avanzada, el hombre tenía el cabello largo, liso y canoso, recogido en una cola de caballo y usaba un chaleco colorido; hábito y vestimenta típica de los Navajos. Era Canción Estrellada.

La elección correcta

Hacía algún tiempo que no me encontraba con Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos. Los de filosofía y los tintos eran sus preferidos. El artesano poseía una inconmensurable habilidad para coser tanto el cuero de los zapatos como las ideas que nos conducen por la vida y a la vida. Su taller era legendario en el pacato poblado, localizado en la falda de la montaña que abriga al monasterio, por los horarios inciertos e inusitados de funcionamiento. Siempre que yo cumplía el periodo anual de estudios en la Orden pasaba por su taller para una buena conversación, acompañada con vino o café, dependiendo de la hora. Como me gustaba tomar un tren que me dejaba en la estación de madrugada, deambulaba por las calles estrechas y sinuosas de piedras seculares, con la expectativa de encontrar el taller abierto. Cuando volteaba la esquina y veía su clásica bicicleta recostada en el poste al frente sabía que era un día de suerte. Así sucedió aquel día. Como mi transporte hasta el monasterio partía a la hora del almuerzo, tenía toda la mañana libre para conversar con el zapatero. Fui recibido por el elegante artesano con una sonrisa amplia y un fuerte abrazo. Acomodado al lado del antiguo mostrador de madera del taller, esperé a que Lorenzo preparara una jarra de café fresco para animar el día y ayudar a activar la mente, siempre perezosa por la mañana. Con dos tazas humeantes enfrente, iniciamos una animada actualización de los últimos meses. Hablábamos de trabajo, hijos, viajes, libros, películas, proyectos de corto y largo plazo, todos los asuntos mezclados, como sucede con dos amigos que alegremente se reencuentran después de algún tiempo, hasta que fuimos interrumpidos por Daysi. Ella era una mujer muy bonita y culta, amiga de Lorenzo desde hacía mucho tiempo, propietaria de la elegante librería de la ciudad, siempre repleta de buenos títulos. Como muchas veces pasábamos por la librería en busca de novedades, solíamos sentarnos en una cafetería que tenía una agradable terraza florida al fondo de la tienda para beber una copa de vino o una taza de café. Varias veces Daysi se sentó en la mesa con nosotros para conversar. Por tanto, aunque no fuéramos íntimos, yo la conocía y la admiraba. Siempre educada, pidió permiso para interrumpir nuestra charla. Ella necesitaba desahogarse y oír una opinión; sus ojos estaban húmedos.

El último día de la travesía. El encuentro

La expectativa era enorme. La caravana entró al oasis alrededor del mediodía después de cuarenta días de travesía. Era el mayor oasis del desierto. Era lindo, diferente a todo lo que yo imaginaba. Era una pequeña, próspera e improbable ciudad perdida en un mar de arena sin fin. Entre palmeras datileras, albaricoques y durazneros había un enorme lago de agua dulce en el centro. Varios pozos de agua potable estaban distribuidos por todo el perímetro y eran de libre acceso. Con un suelo fértil en función del agua, una sustentable agricultura de granos y legumbres, entre garbanzo y zanahoria, la población se abastecía. Una brisa constante y suave, además de las sombras abundantes proporcionadas por la cantidad de árboles, amenizaba la temperatura y la hacía muy agradable. Una vegetación rastrera cubría gran parte del oasis, dando una bonita tonalidad de verde que contrastaba con el azul del cielo y el amarillo típico de la arena. Las casas poseían grandes ventanas para aprovechar la ventilación y en casi todas funcionaban algunos talleres artesanales o tiendas. En el primer paseo de reconocimiento que hice, identifiqué con facilidad pequeñas tiendas de abarrotes, de tapetes, de confección, de cuero e inclusive una escuela. Las personas eran simpáticas y tranquilas; vivían en armonía con el desierto. 

El trigésimo noveno día de la travesía. El vuelo del halcón

Era el penúltimo día de travesía. Desde muy temprano estaba levantado. El cielo tenía una tonalidad rosa, típica de cuando aún el sol no vence la línea del horizonte. Anduve con el caravanero hasta un lugar alejado del campamento. Él me dijo que sería el último entrenamiento antes de llegar al oasis y enseguida me pasó el halcón. Sentí la presión de las garras alrededor del grueso guante de cuero que yo usaba en el brazo izquierdo. En pensamiento, le di las orientaciones al ave para que viera más allá de sus ojos, pero principalmente, para que sintiera la simple alegría del vuelo pleno. Retiré el gorro que le cubría la cabeza. El pájaro me miró por un breve instante, hice el movimiento de impulso y el halcón pronto ganó altura en el cielo. Planeó en círculos por largos minutos hasta que repentinamente recogió sus enormes alas junto al cuerpo en posición aerodinámica instintiva para descender vertiginosamente al suelo. Retornó con una serpiente en sus garras. El caravanero se mantuvo impasible, actitud que interpreté como señal de aprobación. Sin decir nada, me sonrió. Regresamos al campamento que ya despertaba. Fui a la tienda del refectorio y me serví una taza de café fresco. Volví a alejarme del campamento. Con los ojos procuré en los alrededores en busca de la bella mujer de ojos color lapislázuli. Hacía días no conversábamos. Muchas cosas importantes habían sucedido. Extrañaba hablar con ella y, principalmente, oírla. Su manera de pensar era peculiar e interesante. No obstante, no la vi aquella mañana. Quien se aproximó fue Ingrid, la astrónoma nórdica de cabello rojo, al lado de Paolo, su simpático novio italiano. Traían en los rostros la expresión de encanto típica de las parejas enamoradas. Me ofrecieron algunas galletas para acompañar el café. Acepté y los invité a sentarse a mi lado. Acomodados en la arena, Ingrid comentó que tan pronto llegáramos montaría sus telescopios para iniciar los estudios sobre la constelación apenas visible desde el oasis. Paolo bromeó diciendo que ella no necesitaba tener afán, pues las estrellas la esperarían por algunos millones de años. Reímos. Enseguida, él quiso saber si yo estaba listo para conocer al sabio derviche. También bromeando recordó que, al contrario de las estrellas, yo no tenía tanto tiempo para hacer aquello que me proponía. Concordé con él. Sin embargo, ponderé que el tiempo, aunque fuese un limitante de la existencia, nunca sería un adversario, dependiendo de cómo nos relacionemos con él.

El trigésimo octavo día de la travesía. El motín

Como todo aprendiz dedicado, yo aguardaba al caravanero cuando llegó con el halcón para el entrenamiento matinal. Estaba muy temprano, el campamento despertaba. Haber sido convidado para aprender el arte de la halconería me animaba mucho. Sin embargo, era preciso honrar la invitación; en dos días bajo mi comando el halcón no había vuelto con presa. Esto me preocupaba. Vestí el grueso guante de cuero, regalo del caravanero, y recibí el pájaro. Sentí la fuerza de sus garras de rapiña en mi brazo izquierdo. Percibí cuán difícil sería para un animal de pequeño porte escapar de aquel predador. Conforme el caravanero me había enseñado, y demostrado, me aproximé al ave para transmitirle en pensamiento las orientaciones para la caza de aquel día. Sin decir palabra, le dije que viera más allá de los ojos para que pudiese encontrar las presas escondidas en las apariencias del desierto. Retiré el gorro que cubría su cabeza; el ave mantuvo fija la mirada hacia adelante. Enseguida, la impulsé con el brazo. El halcón ganó el cielo. Planeó en círculos por largos minutos; momentos de mucha ansiedad para mí y de absoluta serenidad para el caravanero. Cuando retornó a mi brazo, una vez más, no traía ninguna presa. Aguardé algún comentario del caravanero, pero no dijo nada al respecto. Apenas mencionó retornar al campamento, pues era hora de arreglar las cosas para proseguir con un día más de travesía. Comenté que estaba decepcionado ya que el halcón no había tenido éxito para cazar bajo mi comando. El caravanero respondió: “Estás preocupado con la gloria del cazador, en consecuencia, con la tuya. Esta es la razón por la cual el halcón no encuentra nada”. Hizo una pausa antes de explicar, a su estilo, de modo enigmático: “Olvídate de la caza y concéntrate en vivir el mecanismo de la búsqueda, entonces toda se revelará. El trofeo no es la presa, sino el perfecto vuelo”.

El trigésimo séptimo día de la travesía. La radio del desierto

Cuando el caravanero llegó con el halcón para el adiestramiento matinal yo ya lo aguardaba. Él arqueó los labios con una leve sonrisa y me saludó con un movimiento de cabeza. Me coloqué el grueso guante de cuero y sentí las garras firmes del ave alrededor de mi brazo izquierdo. En pensamiento, le dije al pájaro que a pesar de los ojos privilegiados que poseía no debía dejarse guiar solo por ellos. Era preciso ver más allá de la visión. Retiré el gorro de la cabeza del animal e hice el movimiento de impulso. El halcón alzó vuelo y pronto alcanzó el cielo. En lo alto, planeó en círculos durante largos minutos. Me sentí aprehensivo por un descenso vertiginoso para capturar una pequeña presa. Miré al caravanero, quien estaba impasible y sereno como un padre en una misa de domingo. Parecía tener todo bajo control. El silencio era casi absoluto; el ruido distante del campamento y el soplo de una suave brisa componían la canción de aquella mañana. Pensé en cómo algunas personas demostraban enorme serenidad ante lo imprevisible de los días. Todo puede suceder; bueno y malo. En aquel rincón del desierto podríamos tener un día tranquilo de travesía, mas siempre existía la posibilidad de lo imponderable. Un asalto por salvajes tribus nómadas que habitan el desierto; un ataque de grandes felinos, como leones y leopardos, también comunes desde siempre en la región; una picada de serpiente o de escorpión, animales que tiene la arena y las piedras como hábitat natural; una devastadora tempestad de arena; una enorme confusión entre los integrantes de la caravana, un motín o una epidemia de rápida diseminación, entre otras posibilidades que en aquel momento no se me ocurrían. Sin embargo, su expresión era como si él estuviese más allá de cualquier mal. Se lo comenté y le pregunté por el motivo de tal serenidad. Sin quitar los ojos del halcón, el caravanero fue monosilábico en su respuesta: “Fe”.

El trigésimo sexto día. Las estrellas del desierto

La travesía estaba llegando a su fin. A medida que los días transcurrían yo me sentía más a gusto en el desierto. Yo lo entendía y el me acogía. Por una parte, el deseo por la llegada; por otra, una nostalgia ya anunciada. Una relación al inicio tormentosa, pero que poco a poco, se volvía apasionante, como todo lo que es valioso, pero que causa extrañeza hasta cuando hay entendimiento. No en vano la travesía se había alargado durante cuarenta días. Era necesario que hubiera tiempo para que los valores y conceptos arraigados en mí, ya sin ninguna utilidad, pudiesen permanecer en las arenas. Lentamente, fueron sustituidos por otros, más adecuados a la persona en la que me estaba transformando, imposible sin la ayuda del desierto. Aunque el sabio derviche se rehusara a recibirme, la travesía ya había valido la pena. 

El trigésimo quinto día. La anciana del desierto

Me había despertado con buena disposición. Estaba muy temprano. La caravana todavía dormía. Al oeste el cielo revelaba un tono rosado que antecedía al azul. Sin demora las estrellas se retirarían de escena. En verdad, estarían allí, apenas ocultas por la cortina del día. Los sentidos permiten o limitan las percepciones según como lidiemos con ellos. Me senté en la arena en un lugar un poco alejado y permanecí pensando sobre la verdad que está por detrás de nuestros sentidos. El mundo y, por consecuencia, la vida, se conciben según entendemos tanto al mundo como a la vida. ¿Cuántas y qué cortinas debo abrir para encontrar la verdad? ¿Cuánto pierdo de la vida al no percibirla en toda su amplitud y sutileza? Yo estaba envuelto en mis reflexiones cuando fui interrumpido por una anciana. Ella parecía tener una edad avanzada al analizar su piel bastante arrugada. No la reconocí entre los miembros de la caravana. Su expresión no era ni triste ni alegre; apena serena. La anciana me preguntó si podía acompañarla. Imaginé que necesitaba ayuda y sin dudar, me puse a su disposición. Ella me llevó hasta la tienda más distante del campamento. 

El sexto portal: Los ocho portales del camino

“¿Puedes ver lo que existe del otro lado de la ventana?”, me preguntó el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio. Respondí que no, pues el vidrio del vagón estaba opaco por causa de la suciedad. El monje se encogió de hombros, cerró los ojos y volvió a dormir. Yo lo acompañaba en un corto viaje en tren rumbo a una universidad, localizada en una ciudad próxima, donde él sería uno de los conferencistas de un simposio sobre contaminación planetaria. Mis estudios para examinar y comprender los Ocho Portales del Camino, revelados en el trecho de las Bienaventuranzas, parte del Sermón de la Montaña, eje central de los estudios de la Orden, proseguían. Yo pensaba aprovechar el viaje para extraer un poco más de los conocimientos del Viejo. El Sexto Portal decía: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán el rostro de Dios”. Segú los portales anteriores, yo sabía que esa frase de apariencia sencilla ocultaba profunda interpretación. Sabía, también, conforme él me había enseñado que, de un portal a otro, es necesario agregar al ser una o más virtudes, que van creciendo en grado de dificultad. No había duda de que la virtud clave del Sexto Portal era la pureza. No obstante, yo tenía dificultad para comprender la extensión del concepto. A menudo, nos quedamos en el intento de explicar con palabras algo que imaginamos innato, que creemos conocer muy bien, pero que cuando nos piden una explicación detallada acabamos tropezando en las palabras. El tiempo, por ejemplo. Todos saben sobre el tiempo; pocos son capaces de explicarlo con claridad y a profundidad. San Agustín cuando era cuestionado sobre el tiempo decía que sabía de qué se trataba; sin embargo, si tuviese que explicar, no sabría. La pureza, como virtud, no era diferente para mí.

El trigésimo cuarto día de la travesía. La cruz

Desperté bien dispuesto, y tarde. El caravanero ya estaba retornando con el halcón posado en el grueso guante de cuero en el brazo izquierdo, cuando llené una taza con café fresco en la tienda que servía de refectorio. Lo acompañé con la mirada. Él le entregó el pájaro al cuidado de uno de los encargados y revolcó sus cosas en busca de algo. Ya me había llamado la atención el hecho de que el caravanero cargara tan pocas cosas en su equipaje. Pocos en la caravana llevaban una alforja tan leve. Entre menos precise más libre seré, era una enseñanza que, por lo visto, cumplía a cabalidad. Me aproximé. Como me miró sin objetar, tomé coraje para llegar más cerca. Le comenté sobre mi observación a lo que dijo “Lo innecesario sobre las cosas del mundo son factores que ayudan y demuestran la conquista de la libertad al evitar las relaciones de dependencia, pero no basta, pues puedo estar más allá de la cárcel de la materia, pero prisionero en el ámbito de las emociones. La libertad es un estado enteramente del ser. Una conquista profunda”, con la mano hizo en el aire un trazo vertical, “Y amplio”, y dibujó otro trazo horizontal. Una cruz. No entendí la razón del movimiento.

Todo un océano dentro de una botella

El silencio no era absoluto por mi causa.  En aquel momento apenas oía mis propios pasos sobre la calzada de piedras seculares atravesando las calles sinuosas y estrechas. La pequeña y agradable ciudad, localizada en la falda de la montaña que abriga el monasterio, aún dormía. Yo había tomado un tren nocturno que hacía una pequeña parada en aquella estación para después continuar. Eran pocos los habitantes de la región que realizaban ese viaje, pues el tren pasaba por la ciudad antes de que el sol naciera. Yo pensaba en la vida simple de las personas que vivían allí. Una rutina sin prisa, con la tranquilidad para hacer las cosas sin la opresión de la correría típica de las metrópolis. Vivir con calma, cercado de personas que también vivían de esa manera, seguramente sería una posibilidad de conciliación conmigo mismo. Probablemente podría dedicarme a otros proyectos, tanto personales como profesionales, pospuestos hacía tiempo. Daba la sensación de que allí el tiempo transbordaba el día. Pensaba sobre eso mientras me dirigía al taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros de filosofía y de los vinos tintos. 

El trigésimo tercer día de la travesía. Lo extraño del desierto.

No me desperté bien. Una insatisfacción se hacía presente. En general, despierto bien humorado, sin necesidad de cualquier esfuerzo para sentirme optimista con relación a la vida. Siempre he sido así. No obstante, hay días en que un malestar invade las entrañas y predomina en las sensaciones. No había necesidad de que hubiera sucedido algo en particular para que yo me sintiese así. Era esporádico. Sucedía a veces sin que pudiera identificar su origen. Antes del desayuno, me alejé para mi oración y meditación diaria. Eran pocos pero importantes minutos de esas dos prácticas, las cuales no perdono. La meditación me permite encontrarme y conversar conmigo; el otro que me habita. Conocerme mejor y entender los cambios que me son necesarios. La oración me conecta con mis maestros y guardianes personales del plano invisible, los cuales todos tenemos. Ocurre que en esos días en que me levantaba mal, era común que situaciones de incómodas memorias insistieran en entrometerse en mi mente para intervenir, ya fuera en la oración o en la meditación. Esto me dejaba peor aún, con la sensación de no haber completado una tarea.

La vida no es aburrida

La vida estaba aburrida. Eso pensaba cuando el bus paró cerca del único hospedaje de la villa china en la subida al Himalaya. Todo sin gracia; todos parecían conspirar para restar belleza a mis días. Mi relación sentimental no andaba bien debido a sucesivos desacuerdos; en la agencia de publicidad, una seria disputa interna causaba rivalidad entre los funcionarios y comprometía los trabajos de la empresa. Los clientes lo percibieron y algunos no quisieron renovar sus contratos. Yo me había desentendido con mis hijas por la poca atención que ellas me dispensaban; mis amigos siempre con las mismas conversaciones y asuntos. Dejé mi equipaje en el hostal. Mientras andaba por las callejuelas de la villa rumbo a la casa de Li Tzu, el maestro taoísta, para un período más de estudios, pasé enfrente a un pequeño restaurante que no existía cuando estuve allá por última vez. El lugar me pareció atrayente y agradable. Como no había comido nada en horas, resolví almorzar antes de encontrarme con Li Tzu. Fui recibido con entusiasmo por el dueño del establecimiento, que para mi sorpresa, era extranjero como yo. Fui acomodado en una mesa confortable. El menú ofrecía opciones diferentes de la tradicional culinaria china, lo que en aquel momento me pareció maravilloso. Mientras aguardaba la comida, Stefan, el simpático propietario, me informó que el restaurante trabajaba con una excelente cerveza artesanal, de un pequeño productor de la región. Acepté probarla. De hecho, la cerveza era de óptima calidad. Comenzamos a conversar. Stefan me contó que estaba feliz. Durante las vacaciones fue a conocer al maestro taoísta, pues se sentía triste. Le encantó el lugar. No dudó en dejar todo para vivir en la villa. Era socio de una constructora en su país natal, pero estaba estresado con el ritmo de las grandes metrópolis. Ahora vivía la calma y el bucolismo típicos de un lugar donde nadie tiene prisa. Tanto así que no prescindía más de los estudios sobre el Tao Te Ching. Finalmente se sentía un hombre completo y realizado; no deseaba una vida diferente. La conversación estuvo animada; las cervezas no faltaron. Llegué levemente borracho a la casa de Li Tzu. El maestro taoísta me pidió que fuera a descansar en el hostal y que retornara al día siguiente de mañana.

Al otro día, muy temprano, volví a casa de Li Tzu. Los alumnos aún demorarían en llegar para las clases y terapias. Siguiendo su rutina, él me invitó a que lo acompañara en los ejercicios de yoga y de gimnasia natural. Decliné; argumenté que mi cuerpo pedía descanso. Esperé casi una hora que él terminara. Enseguida, conforme su rutina, me invitó a la meditación. Aunque en contra de mi voluntad, acepté para no ser grosero. Mientras meditaba, solo un pensamiento ocupaba mi mente: ¿Qué hacía allí? ¿Por qué continuar en busca de conocimiento? ¿No sería la búsqueda de conocimiento una ansiedad como cualquier otra? La vida era sencilla. Yo ya había estudiado demasiado. Lo que en verdad necesitaba era cambiar la manera de vivir la vida. ¿Acaso la vida no está hecha de ciclos? Llegaba la hora de cerrar un enorme ciclo. Vender mi participación en la agencia, terminar una relación que se arrastraba, cambiar de ciudad, de amigos. Mis hijas estaban grandes y ya podían vivir sin min asistencia. Yo estaba decidido a tener una vida diferente. Conocer a Stefan había sido una señal del universo.

Cuando terminamos la meditación, Medianoche, el gato negro que vivía en la casa, me miraba de lejos. Parecía que no le gustaba lo que veía. Percibí que Li Tzu también me observaba por breves instantes, como si hubiese algo extraño en mí. Era mi firme determinación por el cambio, pensé. Fuimos a la cocina a tomar un té antes de que los alumnos llegaran. Mientras Li Tzu colocaba algunas hiervas en infusión, comentó que mi aura estaba agitada. “En la meditación no lograste suavizar los pensamientos para abrir espacio a nuevas ideas. Por tanto, no te conectaste con tu alma, donde todo potencial de evolución aguarda el despertar”.

Lo interrumpí para decir que yo estaba cansado de todo aquello; estaba cansado de la rutina que llevaba. Le comenté que había tomado la decisión de cambiar de vida. Él me preguntó cómo pensaba hacerlo. Le conté mis planes. Li Tzu respondió: “No hay nada malo en cambiar de vida y hábitos. Sin embargo, no es el hábito que hace al monje. El monje crea en sí el deseo de vivir nuevos hábitos”. Dije que era exactamente eso. Había surgido en mí el deseo de vivir una vida diferente. Él me miró con bondad; había mansedumbre en su voz cuando ponderó: “Pienso que hiciste la ruta inversa”. Se encogió de hombros y concluyó con resignación: “La ruta inversa, tarde o temprano, también lleva a la encrucijada del Camino”.

Tomamos el té en silencio. Los alumnos comenzaron a llegar. En aquella mañana las actividades comenzarían con una conferencia de Li Tzu sobre el libroEl zen y el arte del mantenimiento de motocicletas. En el patio de la casa había una salón de clases de buen tamaño. Al lado, un espacio para yoga y gimnasia natural. Una sala menor era destinada para las conversaciones individuales con el maestro taoísta. El salón mayor estaba repleto por la conferencia. Li Tzu tenía una oratoria serena, que encadenaba los puntos de su raciocinio con bonita ligereza. Él comenzó a discurrir sobre el libro de Robert Pirsig, pero yo no soporté escucharlo. Ir al Himalaya para oír sobre un escritor norteamericano era un despropósito. Pedí permiso para retirarme. El maestro taoísta asintió con un movimiento de cabeza. Antes de salir, él me entregó un ejemplar desgastado del Tao Te Ching. Era su ejemplar de uso personal, en el cual se percibía el desgaste por haber sido hojeado un sinnúmero de veces. Marcó el capítulo diez y dijo: “En este momento es todo lo que puedo hacer por un amigo querido”. Había compasión en sus ojos. Hecho que, confieso, me dejó aún más irritado.

Fui para el restaurante de Stefan pero no estaba. Me senté en una de las mesas y pedí una cerveza. La vida comenzaba allí. Mientras aguardaba, abrí el Tao en el capítulo marcado:

Tener cuerpo y alma, y abrazar el todo,

sin que nada se separe.

Dominar el respirar, la energía vital,

y ser flexible como un recién nacido.

Purificar la visión original hasta ver apenas la luz.

Amar al pueblo, gobernar el imperio

y no actuar, actuando.

Abrir y cerrar las puertas del Cielo,

desempeñar un papel femenino.

Comprender, estar abierto a las cuatro direcciones

sin recurrir a la acción.

Producir y hacer crecer,

criar y no poseer,

trabajar sin nada pedir,

dirigir sin dominar.

He aquí la virtud esencial.

Un montón de bobadas. Aquellas palabras, como si codificaran un gran secreto, me cansaban. Guardé el libro en la mochila; lo devolvería tan pronto me encontrara con Li Tzu. No demoró, Stefan llegó. Se mostró feliz al verme. Le noté algún trazo de embriaguez, pero no le di mayor importancia. Le conté lo sucedido y mi firme decisión de cambiar de vida. Él dijo que hacía lo correcto. Era hora de ser feliz. Me invitó a dar un paseo por las montañas. Fuimos a una bellísima cascada que yo no conocía. Al regreso paramos en el bar de un hombre que no era muy bien visto en la villa, aunque había nacido allí. Stefan pidió una botella de baijiu, un aguardiente típico de la región, con alto contenido alcohólico, y dos vasos. La bebida me pareció muy fuerte y no quise continuar. Él prosiguió. Percibí que era íntimo del dueño del bar. Pronto comenzó a narrar las ventajas obtenidas sobre las cosas que había tenido de la vida que llevaba en el pasado. Resaltó que ya había tenido mucho, pero no explicó cómo las había perdido. Después me invitó a entrar en sociedad en su restaurante; argumentó que necesitaba hacer obras de ampliación por causa de la creciente clientela, proveniente de los cursos de Li Tzu.  Una vez más, mencionó la calidad de vida por morar en la villa. Le pregunté el valor. Me pareció muy caro, pero no dije nada. Acrecentó que en caso de que yo estuviera dispuesto a invertir en un capital mayor, sería interesante montar un hotel, según el, un óptimo negocio, pues había apenas un hostal en la villa, que no tenía la capacidad para atender la creciente demanda de los alumnos de LiTzu. 

Volvió a hablar de la empresa de ingeniería que había tenido, del dinero que ganó y de las cosas que había hecho. Se me hizo extraño el hecho de que Stefan hablara tanto de su pasado, con evidentes muestras de orgullo y, lo más extraño, con nostalgia de la vida que tuvo y ya no tenía. Sus ojos brillaban más al hablar del pasado que del presente; los planes para el futuro tampoco mostraban la fuerza de una convicción inquebrantable. Yo había aprendido que hay algo errado con alguien cuando el pasado se muestra como un lugar mejor para vivir que el presente. La botella de aguardiente estaba vacía. Pagué la cuenta y como él estaba embriagado lo llevé a su casa; una casa muy sencilla, pero lo que no me gustó fue la suciedad y el desorden. Yo había aprendido que la casa suele contar la historia de quien la habita. A menudo, casa y habitante tienen energías reflejadas. Aquella es una fotografía del alma de éste; basta una lectura atenta.

Ya era tarde cuando lo dejé durmiendo. Fui para la posada. Demoré para dormir. Pensaba en todo lo que había sucedido y en lo que había presenciado. Stefan ya no me parecía un hombre que estuviera allí por libre elección. A mis ojos él estaba acosado por la existencia ante errores del pasado. Momentos en los que las posibilidades de elección no siempre son generosas; un método educativo común y eficiente utilizado por la vida. Sacando las ventajas que Stefan contaba, casi nada sabía sobre él, lo que era innecesario. Era perceptible que había poca verdad y mucha ilusión en lo que él intentaba hacerme creer. Su historia estaba recortada con las partes que le interesaban y pegadas al gusto del narrador. No me mentía; mentía a sí mismo. Vivir en la villa no había sido una elección serena, sino una fuga desesperada. Tal vez una fuga de sí mismo, por la dificultad de vivir con la persona en la que se había convertido y ahora se deparaba con una realidad que no le era atrayente, por esto la coloreaba con tintas de mucho brillo y poca textura.

Sin embargo, aún se negaba a aceptarlo, atrasando el propio proceso evolutivo. En estos casos es común, para disminuir la sensación de abandono ante el vacío existencial, intentar arrastrar con él a quien esté distraído o perdido. No lo hacía por mal, el inconsciente muchas veces está condicionado en vano intento de dividir el dolor como terapia de menor sufrimiento. Mis emociones transitaron entre la revuelta y la frustración. Finalmente, surgió un sincero sentimiento de misericordia ante la enorme herida que sangraba dentro de aquel hombre. Bajo la luz tenue de la lámpara del cuarto del hostal, leí y releí el capítulo del Tao que Li Tzu me había recomendado. 

Al día siguiente, caminé por las montañas. Necesitaba quietud y soledad. Fui hasta la naciente de un riachuelo de aguas cristalinas. Me senté bajo un árbol frondoso y medité sobre el trecho del Tao que, de tanto leer, ya sabía de memoria.

Tener cuerpo y alma, y abrazar el todo, sin que nada se separe.Cuerpo, en él la mente; y el alma, la Santísima Trinidad del individuo. Entender toda la extensión y amplitud del ser para vivir íntegramente y, a partir de ahí las infinitas posibilidades; sea en la horizontalidad, sea en la verticalidad, concomitantemente. Los tres vértices del triángulo sagrado deben estar harmonizados y equilibrados, trabajando en un mismo propósito. Cuando se cuida solamente de uno, y se relega los otros a un segundo plano, genera descompensaciones manifestadas en formas de tristeza o agresividad. Cuando se vive el sueño y se ejercita el don, aunque exista dificultad, hay bienestar. Quien camina por gusto no desanima. 

Dominar el respirar, la energía vital, y ser flexible como un recién nacido. Equilibrar las emociones para estar más allá de las frustraciones; adaptarse a lo imponderable. Adaptabilidad es síntoma evolutivo; toda dificultad sirve como lección y un poder se despierta.

Purificar la visión original hasta ver apenas la luz. Traemos condicionamientos socioculturales que nos ilusionan con relación a la verdadera realidad; las sombras nos aprisionan a valores sin valor. Cortinas que debemos abrir para que el sol entre. Morimos por lo concreto; apenas cargamos lo abstracto en la ligereza del equipaje necesario para el próximo trecho del viaje. Se hace primordial ver la puerta para, entonces, atravesarla. La luz aguarda más allá de la puerta de cada una de las virtudes. 

Amar al pueblo, gobernar el imperio y no actuar, actuando. No se trata de cualquier ejercicio de poder mundano, sino de una práctica espiritual esencial. Eres tu propio y único imperio; cada uno apenas ejerce poder legítimo sobre sí mismo. Eres como un país complejo en sus particularidades; educación, salud y bienestar. Ámate a ti y a las personas a tu alrededor; el pueblo. Comenzando por la familia, los amigos, colegas de trabajo y vecinos, expandiendo las ondas en círculos concéntricos, de las márgenes al centro del lago de la eternidad. Que cada elección refleje la grandeza y la pureza de tu ser. Que cada actitud no sea para engrandecerte ante el mundo, sino para alegrar y enriquecer lo más íntimo que danza en alegría silenciosa a cada acto repleto de virtud y amor. El ego es barullento y estruendoso; el que se muestra al mundo. El alma, silenciosa; invisible. En el lenguaje del Tao, no hacer, haciendo

Abrir y cerrar las puertas del Cielo, desempeñar un papel femenino. Estar en permanente contacto con las esferas invisibles de la vida, yendo y viniendo, siempre con el compromiso de crear nuevas posibilidades, de reinventarse, de generar luz; así como la mujer hace florecer la vida.

Comprender, estar abierto a las cuatro direcciones sin recurrir a la acción. Sentir el flujo de la vida; percibir las señales; entender tu sueño y tu don, son los propósitos de tu vida; tu dharma. No resistirse a la luz. A menudo, ella está oculta donde menos esperamos o solemos negar. Entender los fundamentos de la existencia; no permitir que las grandezas del mundo se tornen un impedimento para la grandeza de tu alma. La contradicción es apenas aparente. El alma actúa sutil y desapercibidamente dentro de los valores y de las riquezas invisibles de la vida, al contrario de la acción torpe de un ego aún desorientado por brillo, pues en verdad, todavía no percibe la luz que lo aguarda en el alma. 

Producir y hacer crecer, crear y no poseer, trabajar sin nada pedir, dirigir sin dominar. Esta es la virtud original. Crear condiciones, generar vida a través de impensadas posibilidades. Escoger y actuar por amor; sembrar el bien, construir puentes y derrumbar muros. Entender la diferencia entre el yo y lo mío.  Al yo y a lo mío el exacto valor y la debida importancia. En las virtudes personales reside la plenitud del ser. 

Sin duda es una interpretación sintética y tímida de la profundidad que el texto permite; un capítulo merecedor de un libro propio. Apenas una breve noción de dónde se puede llegar en el fantástico viaje del Tao; en quién podemos convertirnos si lo recorremos. En aquel momento fui envuelto en una agradable sensación de sintonía con la vida. Yo fluía con ella y a través de ella, sereno como el riachuelo que sigue su flujo, sin permitir que las piedras de camino le impidan cumplir su destino. Agradecí por el conocimiento permitido. No obstante, cualquier conocimiento solo tiene valor si es aplicado a la vida.

Me dirigí a mis problemas, envuelto en la atmósfera del Tao, en sincera reflexión. Por vicio comportamental, me incomodaba la forma de ser de mi pareja porque, en el fondo, deseaba que ella cambiara para adecuarse a mí. Mera comodidad y una invitación al estancamiento al creer que mis dificultades surgen por el comportamiento o incomprensión de los otros. Cada uno es a su manera. Si algo no está bien, ¿será que no soy yo quien debe cambiar? Al final, tengo siempre que tener en mente la posibilidad de ser diferente y mejor. Un poco más a cada día. Tengo que gobernarmea mí mismo y amar al pueblo. No puedo exigir una perfección que, por ironía, estoy distante de poseer. Esto es gobernar al imperio ageno. Suele ser muy común exigir de las otras personas justamente las virtudes que nos faltan. Llamamos eso de complitud. Un error conceptual, pues nadie se completa en nadie; esto se denomina dependencia. Cada uno se completa en sí mismo. Compartir lo mejor de sí es efecto inevitable de un ser entero. Sentí nostalgia de mi novia.

Con relación a la agencia, entendí que yo tenía un equipo formado por profesionales altamente competentes y geniales. Como yo consideraba que la creatividad, factor de enorme valor en la publicidad, debía andar suelta como un caballo salvaje, traje como consecuencia que todos quedaran sin límites con relación a sus responsabilidades y atribuciones. Faltaba disciplina como elemento ordenador tanto de trabajo como de creatividad. Este eje era mi responsabilidad. Abrir y cerrar la puerta del Cielo; y generar vida. No dudé que después de eso todo retornaría a la indispensable tranquilidad y que mejoraría la productividad de todos, pues cesarían los conflictos. Es necesaria la paz para trabajar bien. Vale resaltar que un caso nunca es igual a otro, sin embargo, cuando algo no anda bien en nuestras vidas recurrimos a la demolición de la situación cuando, a veces, una simple y bien pensada reforma trae la ampliación y un mejor provecho del momento, sin necesidad de renunciar a todo lo que ya fue construido. Producir y hacer crecer.

Con relación a mis amigos, no eran las conversaciones que estaban irrelevantes. Amigos suelen conversar sobre los mismos asuntos siempre. Es la misma charla, pero diferente. Libros, películas, deportes, trabajo, hijos, viajes, no importa. Lo importante es el vínculo que los une oculto bajo el manto de cualquier asunto. Amigos son sagrados y aunque puedan ayudar, agotar mi vacío existencial no es su función ni su obligación. Trabajar sin nada pedir, así se fortalecen las amistades. El Camino está repleto de solidaridad, sin embargo, es absolutamente solitario. Nadie podrá recorrerlo por nadie.

Finalmente, mis hijas. Ellas habían crecido y yo me negaba a aceptar el hecho. Las quería en el nido cuando sus alas ya les permitían vuelos de grandes altitudes. Con la ilusión y el pretexto de amar y protegerlas, yo insistía en resignarme a la libertad tanto de ellas como a la mía, pues insistía en el papel del carcelero que, mientras no abandone el puesto, no saldrá a la vida. Criar y no poseer, dirigir sin dominar. Ellas debían alzar sus propios y maravillosos vuelos. Mi corazón sería siempre un buen lugar para cuando sintieran deseo de estar, así fuera en dulces pensamientos como una simple estrofa de una bellísima canción de amor.

El Tao siempre tendrá infinitas aplicaciones.

Lloré conmigo. Me sonreí a mí mismo. Había sido un lindo encuentro, de aquellos que tenemos que hacer más cotidianos en nuestra existencia.

Volví al hostal, arreglé la maleta. Compré un pasaje de regreso en el próximo bus. Fui a casa de Li Tzu. Me senté en la sala mientras aguardaba que terminara una consulta. Al contrario de la última vez, Medianoche se enroscó en mí. El maestro taoísta arqueó los labios con una sonrisa cuando me vio: “Tu aura cambió; está más clara”, comentó. Fuimos a la cocina. Mientras preparaba las hiervas para el té, narré lo sucedido. Le dije que tomaría el siguiente bus, pues tenía asuntos importantes para resolver. Agregué que no se cambia de lugar para cambiar de vida; se cambia la vida para cambiar de lugar. Él ofreció una luminosa sonrisa y concordó: “Esta etapa de tus estudios del Tao, por sí sola, se completó. Entendiste lo que tenías que entender, ahora es aplicar la lección. Cuando sientas necesidad, regresa para la siguiente lección”. Mencioné que, indudablemente, pronto estaría de vuelta.

Le dije que estaba preocupado por Stefan. Li Tzu lo comprendió: “También me preocupa. Muchos en la villa han entendido lo que le pasa y están dispuestos a ayudarlo. No obstante, él aún está perdido y bastante irritado con las consecuencias dañinas de sus elecciones pretéritas. Mientras esto perdure será difícil cualquier ayuda. Es necesario despojarse de la máscara y del personaje. Él tiene que aceptarse para que pueda ayudarse. Solamente así podremos auxiliarlo. Este es el movimiento sin el cual no podemos comenzar. Debemos respetar el tiempo de resignación y entendimiento de cada persona sobre la realidad que la envuelve. Entonces estará listo para iniciar el proceso de transformación”. Frunció el ceño y concluyó: “Las derrotas no deben ser muros de vergüenza, sino puentes para la superación. Superación de sí mismo, la única que posee valor. Si todos supieran que los mejores libros y películas, en esencia, cuentan historias de superación, aprovecharían más y mejor los reveses de la existencia”.

Comenté que es impresionante como desperdiciamos las herramientas que la vida nos ofrece. Li Tzu recordó una frase contenida en el libro de Pirsig, la cual utilizó en su última conferencia: “‘La verdad toca nuestra puerta, a lo que respondemos: ‘Vete, estoy ocupado buscando la verdad’. Ahí ella se va. Realmente increíble’”. Sonreímos. Lamenté haber abandonado la conferencia. Él corrigió: “No hay de qué reclamar. En aquel momento tu búsqueda te llevaba al mismo entendimiento, no obstante, de otra forma. A tu manera”.

Le di un fuerte abrazo y le dije que no demoraría en regresar. El maestro taoísta volvió a sonreír para demostrar su contentamiento. Antes de salir, le expliqué que cuando había llegado a la villa, días atrás, traía la equivocada convicción de que la vida era aburrida. Una certeza que había quedado deshecha. Li Tzu meneó la cabeza en anuencia y concluyó: “Aburrido es algo fastidioso, molesto, sin originalidad o ninguna elevación. La vida es todo lo contrario a esto, o aún no la entendemos”. 

Le pedí quedarme con su ejemplar de uso personal del Tao Te Ching como recuerdo de aquel viaje. Li Tzu dijo que era un regalo; que podía quedármelo, pues había comenzado a aprender a usarlo. “Apenas comenzado” resaltó. Le agradecí. El libro aún está guardado en el altar que mantengo en casa, pues es sagrado para mí.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

El trigésimo segundo día de travesía. La sabiduría del desierto

Desperté con los primeros rayos de sol de la mañana acariciando mi rostro. Sonreí por el cariño recibido. Había dormido poco en las noches anteriores; los días habían sido intensos. Me levanté con disposición. Mi alma estaba alegre por las transformaciones que ardían en mí. Podía percibir los cambios anunciándose, pero aún no lograba definir cómo éstos alterarían mi comportamiento y, en consecuencia, mi existencia. Vivimos lo que somos; lo que llego a ser limita o expande el mundo. Esta es la frontera de la vida. La semilla de amor está disponible para todos; hacerla germinar en los campos del alma depende del granjero que cada uno pueda ser. Cuando me transformo cambia la semilla que plantaré en la próxima estación. Aun cuando los frutos sean de luz, difiere la intensidad, la claridad y el alcance. Defino el cambio de las siembras venideras no por deseo, sino por elección; pero ¿cómo diferenciar un deseo de una elección? La elección es un deseo libre y consciente del alma, sin las contaminaciones del miedo, del egoísmo y de sus demás variantes. Es la decisión de querer diferente por ya ser diferente. No basta querer ser bueno, es preciso ser bueno. No hay nada de errado en querer ser bueno, hace parte de los peldaños en la escalera de la iluminación. No obstante, querer ser bueno es apenas un deseo. Ser bueno es una elección.

La medicina del gato

Canción Estrellada, el chamán que tiene el don de perpetuar la sabiduría de sus ancestrales a través de la palabra y de la música, parecía divertirse. Sentado en la mecedora, aspiraba su indefectible pipa con hornillo de piedra roja, mientras me oía narrar mis desventuras amorosas. Yo estaba serio y nada satisfecho con el comportamiento del chamán, quien me miraba como si fuera un niño que llega de la escuela repleto de quejas porque los otros niños se negaron a participar de sus juegos. Le comenté esto a Canción Estrellada, quien arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Sí, ese es exactamente tu comportamiento”. Le pedí que no se burlara de mi dolor. Aclaré que estaba haciendo terapia hacía más de un año para entender el hecho de nunca haber sido feliz en mis relaciones afectivas. Había pasado por cuatro matrimonios y varias relaciones, de los cuales había sido bendecido con dos hijas. Todo comenzaba bien, con sinceros juramentos de amor para que enseguida se desataran los celos, la desconfianza y las peleas hasta dar fin al romance, casi siempre de manera turbulenta. Pasado algún tiempo, yo conocía otra persona y la historia se repetía, solo cambiaban los personajes, los escenarios y los detalles aparentes. La narrativa de fondo era rigorosamente la misma.

El trigésimo primer día de la travesía. Un vuelo sobre el desierto.

La travesía entraba en su recta final. Había pasado un mes. Quedaban exactos diez días para llegar al mayor oasis del desierto, en el cuadragésimo día, donde yo pretendía conocer un sabio derviche, conocedor de “muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Habían sido días tensos e intensos; días atribulados, de mucho aprendizaje. Eran suficientes, pensé, así que deseé un atajo para llegar más rápido al destino programado. 

La fiesta de la noche anterior no fue impedimento para que la caravana se despertara antes de que el sol se posicionara en la línea del horizonte. El campamento fue desmontado y, sin demora, todos estaban listos. Pronto iniciamos la marcha. Era una mañana agradable. Una brisa suavizaba el clima severo del desierto. Era hora de comenzar a interiorizar todas las valiosas lecciones vividas en aquellas arenas para que la travesía se justificara. En caso de lograrlo, me volvería un hombre mejor, además estaría más preparado para el encuentro con el derviche. Pensé en lo bueno que sería tener algunos días tranquilos para reflexionar; de otro lado, lo consideré innecesario. Todo lo vivido estaba aprendido; los hechos se imponían como lecciones. No había nada que acrecentar. Volví a desear, esta vez con más intensidad, que la última etapa de la travesía estuviese suprimida. 

El Quinto Portal. Los ocho portales del camio

En el medio de la tarde, después de buscar en casi todo el monasterio, encontré al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en el comedor. Estaba entretenido con un pedazo de torta de avena y una taza de café mientras conversaba con el cocinero. Ambos eran hombres bienhumorados y llenos de historias interesantes para contar. Al verme hizo una seña para que me sentara con ellos. Raimundo, un brasilero natural de Ceará, había recorrido el mundo a bordo de una embarcación mercante hasta encontrar sosiego en la cocina del monasterio, localizado en las montañas de los Pirineos. Él era muy querido por todos en la Orden, tanto por su simpatía como por sus dotes culinarios. En ese momento, Raimundo narraba una aventura vivida en Vietnam. En día de descanso, cuando el barco atracó, buscó una iglesia pues sentía un gran vacío en el alma, sin motivo aparente. Por no conocer la ciudad portuaria, anduvo sin rumbo por las calles hasta depararse con un templo budista. Como los portones estaban abiertos entró. Subió las escalinatas y encontró un gran salón. Estaba vacío. El perfume de los inciensos, una música suave que se mezclaba con el sonido del silencio, hacían acogedor aquel lugar. Se sentó y rezó. Como venía de una familia sin hábitos religiosos, no sabía rezar. Así que, a su modo, rezó conducido por la pureza del corazón. Como sentía un deseo inexplicable de conversar sobre cosas no mundanas, se perdió en el tiempo. Al terminar, un monje budista que lo observaba se aproximó y se declaró encantado con el aura clara de Raimundo. Dijo que la pureza de su oración había iluminado el templo y le agradeció por esto. El cocinero confesó sentirse mucho mejor que cuando había entrado. Metió la mano en el bolsillo, sacó algún dinero y se lo entregó al monje. Dijo que era para el mantenimiento del templo, pues consideraba importante que aquel lugar fuese conservado para que otras personas pudieran beneficiarse, así como había sucedido con él. El budista, que nada había pedido, arqueó los labios con una sonrisa y asintió con la cabeza en agradecimiento. Raimundo agregó que aquella donación también tenía la intención de obtener algún merecimiento de lo Alto, pues no entendía casi nada sobre esos asuntos. En ese instante, sin perder la serenidad, el monje budista le devolvió el dinero. Dijo que no podía aceptarlo; que esperaba que Raimundo no se molestara ni lo tomara a mal, pero que allí no era un mercado de trueque; era un templo, un lugar de conexión con lo sagrado que habita en todos nosotros. Le explicó que la caridad era una linda virtud, siempre y cuando estuviera exenta de cualquier interés, ya fuera material o espiritual. Argumentó que le devolvía el dinero para su propio bien, pues la caridad ligada a cualquier recompensa se volvía un impedimento para la jornada cósmica del benefactor.

El trigésimo día de la travesía. El arte del desierto

Hay días que parecen existir solo para contrariarnos o probarnos. Desperté feliz pensando en Ingrid, la astrónoma nórdica de cabello rojizo. Fui a la tienda que servía de comedor para buscar una taza de café y todos comentaban sobre la tradicional fiesta del trigésimo día de la travesía, que se realizaría aquella noche. Me imaginé danzando con la astrónoma bajo el lindo cielo de estrellas del desierto. En ese momento vi a Ingrid conversando con un peregrino que, así como yo, viajaba hacia el mayor oasis del desierto con la intención de conversar con el sabio derviche, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Ingrid se reía bastante. Él se llamaba Paolo, un italiano muy popular en la caravana. Era guapo, simpático y gentil. Tenía una conversación agradable; yo mismo ya me había reído a carcajadas de sus historias, siempre divertidas. Paolo era el brazo derecho y heredero de su padre, un rico industrial de Milán. Tenía la edad de Ingrid y, así como la astrónoma, parecía tener el don de seducir. Ellos conversaban como si nada más importara en el mundo. De inmediato me sentí mal. Un gusto amargo en la boca y una acidez en las entrañas indicaban la danza de los celos dentro de mí. Aunque no tuviera nada con Ingrid, no perdía la esperanza. El plantío ardió en fuego cuando ellos emparejaron los camellos para hacer juntos la travesía de aquel día. Enojado, escupí el café.

La claridad en las relaciones

Entré al taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, con la necesidad de desahogarme. Antes de comenzar a hablar, él lo percibió y me dio un fuerte abrazo. Un agradable gesto de empatía, típico de aquellos que llevan el mundo dentro del corazón. Me acomodó al lado del antiguo mostrador de madera y dijo que esperara, pues iría a preparar una jarra de café fresco para acompañar nuestra conversación. Con las tazas humeantes en frente, despejé mi incomprensión ante el comportamiento de las personas; parecía que todos habían perdido el propio eje, adicioné. Le conté que uno de mis mejores amigos me había ido a buscar a la agencia de publicidad. Roberto era su nombre. Él tenía una firma de ingeniería especializada en captación de energía solar. Aunque se trataba de algo moderno y ecológico, los negocios no iban bien; los perjuicios se acumulaban mes a mes. Decidí agendar una reunión y convoqué a todo el equipo creativo de la agencia para sentarnos con Roberto y trazar una estrategia de divulgación. El público objetivo sería concentrado, en primera instancia, en las industrias. Después incluiríamos tiendas y edificios comerciales. Las residencias serían abordadas en otra etapa. Toda la publicidad se haría en los medios sociales relativos a internet. Aunque el resultado no alcanzó la meta esperada, fue suficiente para saldar las cuentas en rojo y capitalizar la firma de ingeniería para los próximos meses. Roberto me llamó para agradecer, pues estaba muy satisfecho con el trabajo. Lorenzo me interrumpió y exclamó: “¡Qué maravilla!” Como si supiese lo que estaba por venir. Rio y bromeó diciendo: “Ahora comienzan los problemas”, a lo que respondí que sí, pues era hora de hacer cuentas. 

El vigésimo noveno día de travesía. Cuando el desierto te arranca de ti

Desperté cuando Ingrid, la bella astrónoma nórdica de cabellos rojizos, me entregó una taza de café fresco. Se lo agradecí y ella me sonrió con los ojos. Después de lo ocurrido en los dos últimos días, no era difícil percibir que sus ojos tenían un brillo diferente. Una luz típica de quienes se alegran por ver lo que antes no veían. Ingrid dijo que iría a buscar algunas cosas con los de la caravana y salió. Sentado en la arena, hice mi oración diaria y bebí el café sin prisa, mientras observaba el movimiento de la mañana. Una vez terminé, me dirigí a la tienda que servía de refectorio para servirme un poco más de café. Un grupo de hombres conversaba en la entrada. Aunque no eran amigos míos, después de tantos días casi todos nos conocíamos de vista. Los saludé. Uno de ellos era alto y muy fuerte, a pesar de la avanzada edad. La característica que más llamaba la atención en él era su expresión de desconfianza sobre todo y todos. Siempre hacía comentarios sarcásticos, como si el hecho de ridiculizar a los otros lo alimentase de alguna manera. Decían que había trabajado en el servicio de informaciones de un país de la extinta Cortina de Hierro, del bloque soviético existente en la época. Se llamaba Iván. Había algo en él que emanaba peligro. Tal vez era esto lo que me incomodaba; tal vez era una intuición. A menudo confundimos las intuiciones con nuestros deseos y recelos. Saber discernir uno de otro suele evitar sinsabores.

De qué están hechos los sueños

Li Tzu, el maestro taoísta, retiró las hiervas de la infusión y llenó nuestras tazas con té. Sentado en la mesa de la cocina, me encontraba en la pequeña villa china para un período más de estudios sobre el milenario texto del Tao Te Ching. Medianoche, el gato negro que vivía en la casa, nos observaba acostado encima de la nevera. Comenté que me parecía muy agradable la casa de Li Tzu. Aunque sencilla, tenía una atmósfera acogedora, y daban ganas de permanecer allí. Los muebles de madera, el jardín de bonsáis, el perfume de los inciensos, la cantidad de velas encendidas en diferentes ambientes, el silencio que alternaba con la suave música zen para las clases de meditación, yoga o del propio Tao, creaban un ambiente propicio para que el cuerpo se serenara, liberando la mente para viajar a lugares nunca antes visitados. Agradecido, el maestro taoísta sonrió y dijo: “Nuestras casas suelen reflejar quienes somos. En apariencia la casa habla de la clase social, de las posibilidades financieras o incluso de la actividad profesional del propietario, pero esto importa poco o casi nada. Pienso que el valor de una casa está en su esencia, pues toda casa tiene ‘alma’, que es reflejo del alma de quien allí habita. Repara que existen casas lujosas, decoradas con obras de arte y objetos muy bonitos de diseñadores, sin embargo tenemos la sensación de que están vacías. Son casas ‘de vitrina’. Otras, aunque estén bien arregladas, con todas las cosas en su debido lugar, nos causan confusión e incomodidad al punto de tener dificultad hasta para pensar libremente cuando estamos allí. Algunas casas tienen un clima tenso, como si fuesen campos de batalla. Son casas en la que generalmente no sentimos deseo de volver. No obstante, hay casas que son alegres y animadas, que demuestran el optimismo, la esperanza, la confianza y la comunión de las personas que viven en ellas. También están las casas que parecen templos. No en el sentido religioso, sino por la paz que transmiten, por la quietud que calma los ánimos, por la ligereza que proporcionan, por el abrazo con que nos acogen”. Mencioné que la casa de él, sin duda, era del último estilo. Li Tzu volvió a sonreír en agradecimiento. Le pregunté qué podía hacer para que mi casa también fuese así. El maestro taoísta explicó: “Debes estar en paz contigo mismo. Tu energía ocupará todos los rincones de la casa”. Quise saber sobre la decoración, el jardín y la mascota. Li Tzu me miró de manera divertida y dijo: “Todo es muy sencillo. Deja que la casa cuente la historia de quien la habita”. Retruqué diciendo que no había entendido. Él ejemplificó: “Los objetos de la casa tienen dos categorías. Los necesarios y los narrativos. Los necesarios son aquellos utensilios de los que precisamos dada su utilidad, como la heladera o las ollas. Los narrativos son los objetos que, de alguna manera, han hecho parte de la vida o poseen significados importantes para el dueño de la casa, como si fueran escenas que componen una película”.

El vigésimo octavo día de travesía. La consciencia del desierto

Desperté muy temprano. El cielo tenía una tonalidad rosa, típico de cuando amanece sin que el sol haya despuntado en el horizonte. Ingrid, la bella astrónoma nórdica, que casi muere el día anterior envenenada por la mordida de una serpiente, sentada a mi lado, me sonrió. Me sentí aliviado. Aunque aún estaba débil, ella estaba bien. Agarré dos tazas de café y me senté a su lado. Ella me agradeció con los ojos sin decir palabra. Le dije que estaba preocupado pues no sabía si ella soportaría in día más de travesía. Las condiciones del desierto son severas y yo temía que ella empeorase. Con la quijada, Ingrid apuntó hacia uno de los encargados de la caravana. Era Rafí, a quien ya había notado pues sin tener un brazo, era una de las personas más solícitas, gentiles y trabajadoras del grupo. Entendí lo que Ingrid quiso decir, no obstante, ponderé que a pesar de Rafí no tener un brazo, su organismo era fuerte y estaba acostumbrado a aquellas condiciones, pero ella todavía estaba visiblemente frágil. Mencioné que debería continuar acostada en una camilla, acomodada entre dos camellos como en el día anterior, por lo menos durante un día más. Ingrid se negó. Dijo que iría sentada sobre su camello. Insistí diciéndole que estaba equivocada y que se arrepentiría. Se encogió de hombros y argumentó que la consciencia moldea la realidad; al creerse débil, lo estaría. Agregó que lo inverso también era aplicable. Ser fuerte siempre será una elección. Una simple decisión. Rafí era un buen ejemplo de eso, resaltó.

El cuarto portal. Los ocho portales del camino

Mis estudios sobre los Ocho Portales del Camino proseguían. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, me reveló que en el Sermón de la Montaña, más precisamente en el trecho de las bienaventuranzas, estaban codificados los portales de la jornada espiritual de iluminación. Así mismo me había enseñado que para atravesar cada portal es necesario que el andariego traiga en sí un determinado grupo de virtudes, las cuales aumentan en grado de dificultad a medida que avanza por el sendero de la luz. El ejercicio de las virtudes nos hace mejores personas; entre más internalizadas en las prácticas cotidianas, mayor será la sensación de plenitud. 

El vigésimo séptimo día de travesía. El veneno del desierto

El vigésimo séptimo día de travesía. El veneno del desierto

El halcón permaneció planeando en círculos durante un buen tiempo, como si solo deambulara despreocupadamente por el desierto.  De repente, recogió las alas para zambullirse vertiginosamente en la arena en ataque fulminante. Tenía una serpiente en sus garras. Por descuido, un poco antes de posar, el reptil se le escapó. En fracción de segundos, movida por el instinto de sobrevivencia, la cobra se escondió dentro de una pequeña madriguera entre las piedras. Con el halcón posado en el grueso guante de cuero que usaba en el brazo izquierdo, el caravanero se retiró. Algo distante, con una taza de café fresco en la mano, yo observaba al caravanero y a su halcón. Acompañar el adiestramiento matinal del ave se había vuelto parte de mi rutina diaria. Enseguida, hice mi oración rogando por luz y protección. El campamento estaba siendo desmontado y pronto seguiríamos hacia un día más de travesía. Guardé mis cosas y acomodé la alforja sobre el camello. Para mi sorpresa, quien volvió a alinear su camello a mi lado fue Ingrid, la bella astrónoma. Animado, puse tema. Tuve cuidado aquel día de no polemizar con ella para no acabar discutiendo como había ocurrido otras veces. A ella le apasionaba el tema de mecánica cuántica y su aplicación tanto en la astronomía como en la construcción de la realidad. Decía que lo cotidiano tenía mucho en común con las estrellas más de lo que nuestra tosca filosofía era capaz de imaginar. Agradable e inteligente en sus modales y argumentos, con los cuales a veces yo discordaba, ella hizo con que la mañana transcurriera más rápido de lo que yo deseaba. Cuando percibí, ya era medio día, horario en el que solíamos parar para un breve descanso y una refección ligera. Desmontamos de los camellos, extendimos un pequeño tapete para sentarnos y me ofrecí para buscar algunas támaras con los encargados de la caravana. Ella aceptó con una sonrisa. Yo había dado pocos pasos cuando oí un grito. Era la voz de Ingrid. Me giré rápidamente y, al mismo tiempo que observé su expresión de dolor, vi una serpiente huyendo con impresionante agilidad por la arena después de picar a la astrónoma.

El vigésimo sexto día de travesía. Una fábrica en el desierto

Era un día diferente. Iniciaríamos la marcha con el cielo aún oscuro. Cuando el sol surgió detrás de las dunas a la hora en la cual generalmente la caravana despertaba, ya llevábamos tres cuartos de hora de marcha. El objetivo era llegar a un oasis intermedio para abastecernos de agua y víveres. Ese oasis tenía un enorme lago de agua dulce y limpia. En sus márgenes existían pequeñas fábricas de excelentes tapices, todas familiares y montadas en tiendas. Eran tapetes con bellas estampas, confeccionados con difíciles puntos de costura, técnicas transmitidas a través de muchas generaciones del desierto. Muchos mercaderes de tapetes que estaban en la caravana realizaban allí sus negocios, adquiriendo las piezas para la reventa. De aquel punto regresaban a Marraquech, conducidos por un grupo de encargados. Otra parte de la caravana continuaba rumbo al mayor oasis del desierto, donde estaban otros tejedores de tapetes, quienes usaban diferentes técnicas de confección. Yo, así como otros peregrinos, seguíamos con la intención de encontrar a un sabio derviche, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Salimos más temprano para llegar al medio día y así tener tiempo suficiente para que la caravana se abasteciera. Como esto demoraría un poco, dormiríamos esa noche en aquel oasis.

La medicina del oso

“Vivir no siempre es suave. Hay momentos en la vida que todo parece extremadamente difícil. Son los inviernos de la existencia”. Fueron las palabras de Canción Estrellada después de relatarle el desgastante proceso de ruptura entre los socios de la agencia de publicidad de la cual yo hacía parte. Dos salieron para montar una nueva agencia con la intención de atender a una poderosa multinacional que, por exigencia contractual, imponía exclusividad. Los demás, otro más y yo, seguimos con las cuentas de los antiguos clientes. No obstante, los hechos no se desarrollaron de manera simple y delicada. Era una situación que envolvía dinero y sombras. Dicen que conocemos mejor a una persona cuando nos alejamos de ella que cuando estamos a su lado. Sinceramente, no estoy seguro si es verdad, mas en aquel momento los egos estaban exaltados. Vanidad, orgullo, envidia, celos y ganancia se hicieron presentes en nuestras reuniones. Hubo días en los que yo volvía a casa en completo agotamiento físico, emocional, mental y espiritual. Amigos movidos por pasiones descontroladas se volvieron enemigos mordaces. Todo empeoró con la participación de los abogados en las rondas finales de negociación; cuando las leyes son necesarias es porque perdimos el amor. Faltó sensatez y equilibrio; faltó amor. El día en que todos los contratos fueron firmados no volví a casa. Fui directo al aeropuerto, sin maleta, apenas con los documentos personales y tomé el primer vuelo para Arizona. Estaba enojado conmigo mismo, como si la vida me hubiera causado indigestión. Me sentía un espectro de hombre.

El ego, un amigo incomprendido

Nuestros sentidos están ligados intensamente a nuestra memoria afectiva. El sabor de la guayaba me transporta a la casa de mi abuelo, donde pasé buena parte de la infancia; la bossa nova me remite a las deliciosas tardes de la adolescencia; la textura del papel me transporta a la biblioteca de la universidad donde pasaba mucho tiempo estudiando. El olor del cuero me hace recordar el taller de Lorenzo, el zapatero amante del vino tinto y de los libros, siendo los de filosofía sus predilectos. Pensaba en eso cuando vi la clásica bicicleta recostada en el poste en frente a su taller. Mi amigo me recibió con una sonrisa sincera y un fuerte abrazo. Siempre elegante, tanto en el vestir como en las actitudes; Lorenzo tenía el cabello blanco, aún abundante a pesar de la edad, peinado hacia atrás, y los ojos alegres de un niño. Llevaba la camisa con las mangas dobladas hasta la altura de los codos para que no interfiriera en sus movimientos durante el trabajo. Sus palabras, siempre honestas, eran firmes, mezcladas con una dosis de gentileza para que fuesen bien recibidas. Era un hombre virtuoso, tanto en su oficio de coser el cuero de los zapatos que confeccionaba, como en el arte de encontrar el mejor lugar para cada idea en el maravilloso mosaico de la vida. Vi que sobre el mostrador había un libro de Carl Jung sobre el ego, con varias páginas marcadas. Inmediatamente le comenté que había acabado de leer otro libro sobre el ego, el cual me habían gustado mucho y que en resumen hablaba de cómo el ego, por tratarse de un enemigo personal que tanto nos perjudica y nos hace sufrir, debe ser derrotado. Lorenzo arqueó los labios con una leve sonrisa y suscitó la controversia: “Sin duda, la mayor batalla es aquella que libramos en los rincones oscuros del ser. No obstante, el ego no es ese enemigo. Es tan solo un amigo incomprendido”.

Le dije que bromeaba. Todos conocían la necesidad de suplantar al ego, de no permitirle interferir en nuestras decisiones, pues su influencia y deseo son fuentes de los más severos sufrimientos. Lorenzo intentó explicar: “Ese es un raciocinio poco profundo en comprensión e injusto con el propio ego. La tendencia de no profundizar la cuestión nos hace confundir la buena simplicidad con la peligrosa simplificación. No entender al ego es renunciar a una parte esencial del ser; suprimir al ego es fábrica de todas las represiones”.

No podía creer lo que oía. Desde siempre había escuchado en muchas tradiciones filosóficas y religiosas sobre la necesidad de “quemar” el ego como una forma de iluminarse, de ascender espiritualmente. El famoso duelo del ego contra el alma. Lorenzo sacudió la cabeza y dijo: “Es necesario revaluar esos conceptos”. Abrí los brazos y lo incité a explicarse en aquel instante. El zapatero se rio con gusto. Mencionó que la conversación sería buena y larga. Por tanto, debía estar acompañada de una buena taza de café. Sin demora, estábamos sentados frente a frente, con dos pocillos humeantes sobre el mostrador antiguo de madera. Lorenzo inició la explicación con un interesante prefacio: “Hace más de quinientos años, Teresa De Ávila escribió ‘Las moradas del castillo interior’, un libro fantástico y todavía muy actual. A través de metáforas, ella compara una persona a un castillo: En el salón del trono, el lugar de las grandes decisiones está el alma. Como centinela del portón que sirve de pasaje hacia el mundo, está el ego. El maestro y el guardián. Las demás habitaciones del castillo están ocupadas por ideas y sentimientos que habitan en una persona. El equilibrio, la limpieza y la perfecta comunicación entre los recintos del castillo retratan la armonía de aquella construcción. La ruina de un castillo será siempre de adentro hacia afuera. La fuerza del vigía está relacionada con el poder del rey. No obstante, sin muros firmes y bien guardados, el trono estará vulnerable”.

Lo interrumpí para decir que el texto era rico en lirismo y pobre en practicidad. El zapatero volvió a discordar: “Por el contrario; es una lectura que ayuda bastante al entendimiento personal. Mientras no me conozca por completo, sombras y virtudes, ego y alma, estaré distante de los estados permitidos para la plenitud. No podré vivenciar la libertad, el amor, la dignidad, la paz y la felicidad con toda la amplitud posible”. Bebió un sorbo de café y prosiguió: “Esa cuestión tan reiterada de ‘quemar’ el ego me parece semejante cuando se refieren a ‘quemar’ el karma. El motivo es simple. Karma es aprendizaje; por lo tanto, la rueda sólo girará cuando las lecciones de aquel ciclo evolutivo estén incorporadas en el ser. Claro que las palabras son peligrosas y aunque el verbo puede haber sido usado primordialmente en ese sentido, fue alterado a través de los tiempos, gracias a innumerables conversiones idiomáticas. Ningún ritual o ceremonia le permitirá al individuo saltar etapas del aprendizaje; ninguna buena escuela autorizará a un alumno a pasar de año sin que absorba el debido conocimiento. Evolucionar sin aprender es una idea absurda, un total contrasentido”.

Dije estar de acuerdo sobre los conceptos referentes a los karmas, mas mencioné que el ego es la casa de las sombras, de nuestros traicioneros verdugos, motivadores de todas las enfermedades emocionales. Esta vez Lorenzo concordó: ¡Sí, es verdad!, pero enseguida discordó una vez más: “No obstante, no se puede confundir el ego con las sombras. El ego es también el lugar donde las virtudes habitan. Estas, las virtudes, transitan entre el alma y el ego, entre el trono y el vigía del castillo, siempre que las habitaciones y corredores permitan el acceso y la comunicación. No olvides que por cada sombra existe al menos una virtud para iluminarla. Las virtudes son los estados de ascensión de las sombras; estas, primordialmente en el ego, despertarán aquellas, originalmente adormecidas en el alma. Alinear el ego con el alma, en unidad de designios, es el perfecto equilibrio del ser: La iluminación”.

Le pregunté si no sería más fácil extinguir pronto el ego y, en consecuencia, las sombras que lo habitan y dominan. Sin el ego solo restan las virtudes del alma. El zapatero me cuestionó: “¿Y quién pagaría las deudas?” Me asusté. Le dije que no entendía la citación. Lorenzo fue paciente: “Parece broma, mas es en serio. No hay atajos. Cualquier idea en este sentido se relaciona con el absurdo intento de ‘quemar’ etapas. Hasta hace poco reclamaste por la practicidad del discurso. Recuerda que mientras estemos con los pies atados al planeta, precisaremos del ego y mucho. El ego es nuestra raíz en la tierra; el alma tiene los ojos en las estrellas”. “Los ojos direccionan los pies. A cada paso, caminamos”.

“Ir al supermercado, preparar un almuerzo saludable, cumplir con los compromisos profesionales, llevar a los hijos al dentista, practicar actividad física, aprender un idioma son apenas algunos ejemplos de cosas aparentemente banales de lo cotidiano que sin el ego serían exaltadas por el alma. No obstante, es en esos momentos que la vida sucede y podemos ejercitar nuestra espiritualidad; es decir, la propia alma. Debes entender que el alma necesita del ego para evolucionar. Claro que existe la opción ingenua de volver a comer solamente lo que esté disponible en la naturaleza, vivir en las cavernas y ser ermitaños adorando lo que sea, dejando la espiritualidad fuera de esto, pues esta práctica sería la antítesis de lo sagrado. Admitámoslo, esto es contrario a cualquier idea de evolución, siempre ligada al concepto de hacernos mejores personas. Las relaciones interpersonales son la clave de la evolución humana dadas las dificultades que acarrean y la necesidad de superación íntima que imponen. Necesitamos de silencio y quietud al mismo tiempo que necesitamos de gente moviéndose a nuestro lado. Ambos momentos tienen su razón de existir. El progreso de la ciencia es una consecuencia relacionada con el avance espiritual de la humanidad, personal y colectivamente”. 

“En fin, el ego cuida de la supervivencia mientras el alma es responsable por la transcendencia”.

Le pedí que me explicara mejor la última frase. Lorenzo bebió un sorbo más de café y dijo: “El ego es la parte que se relaciona con el mundo; el alma es la faz divina”.

“Por ser el lado personal que se relaciona con el mundo, el ego refleja nuestra personalidad. En el ego se manifiestan las sombras de los celos, la vanidad, el orgullo, la ganancia. El ego también habla sobre nuestros miedos y deseos. Sin embargo, en el ego también están presentes aquellas virtudes que ya conquistamos, como la humildad, la generosidad, la sinceridad, como para citar algunos ejemplos. Poco a poco las virtudes ocupan los lugares donde antes las sombras predominaban. Nos hacemos mejores personas a medida que perfeccionamos la propia personalidad a través del desarrollo de las virtudes. Cuando el ego es bello en virtudes se perfecciona. Estas virtudes vienen del alma. Del alma también surge la sabiduría para suplir la ignorancia y el coraje que suplantan el miedo. Del alma viene el amor que cura todo sufrimiento. El camino de iluminar las sombras es muy personal; cada uno lo recorre a su manera, a su tiempo. Solitario y solidario, nunca faltará la debida ayuda, mas tampoco nadie podrá substituir a nadie en este viaje ni hacer la parte que le corresponde, pues el universo necesita de cada uno de nosotros. Cada uno es único e insubstituible. Por lo tanto, el alma retrata nuestra individualidad”.

“De un lado, el ego es el puente del alma hacia el mundo; de otro, el alma es el camino del ego hacia lo sagrado”.

El zapatero hizo una pequeña pausa y enseguida me preguntó con la intención de profundizar el raciocinio para dejarlo muy claro. “¿Lo sagrado no está oculto en las situaciones banales del mundo?” Tan solo meneé la cabeza concordando. Él prosiguió: “Es necesario que los deseos del ego, a cada día, estén más y más armonizados con los conceptos del alma. Solamente el alma podrá mostrarle al ego dónde se oculta lo sagrado en el mundo; tan solo el ego le permitirá al alma experimentarlo”.

“¿Te das cuenta de que no se trata de renunciar al ego ni de olvidar el alma? Necesitamos del ego para vivir; necesitamos del alma para ser felices. ¡Bendita la comunión entre ellos!” 

No sabía que decir. Las nuevas ideas tienen ese efecto; quedamos abismados entre el susto y el encanto. Lorenzo lo percibió y con su maravilloso don de hacer simple aquello que para muchos es complicado, apuntó hacia mi celular que reposaba sobre el mostrador y dijo: “Imagina cada virtud como una nueva aplicación que bajas al celular. Cada aplicación tiene la función de facilitar tus tareas, de permitirte hacer cosas que antes eran imposibles, de ampliar posibilidades hasta entonces impensables. En fin, de mejorar tu calidad de vida, ¿no es así?” me preguntó. Volví a estar de acuerdo con un gesto de cabeza. Lorenzo prosiguió: “Así sucede con las virtudes. Ellas son las aplicaciones; el alma es el creador del softwar; el ego es el celular. El ego hace download de las virtudes almacenadas en el alma. Con cada nueva aplicación el celular queda mejor. No obstante, la aplicación no tiene razón de existir ni sirve de nada si no se instala en el celular. De otro lado, el celular se vuelve obsoleto si no se actualiza con nuevas aplicaciones. Con el celular interactuamos con el mundo; con buenas aplicaciones nuestras posibilidades se amplían”. Se rio con gusto al notar mi expresión desconcertante y preguntó: “¿No es así? ¿Comprendes la importancia del ego para el alma y viceversa?”.

“A medida que buscamos las virtudes en el alma y las aplicamos en las elecciones cotidianas del ego avanzamos en el Camino. Al substituir las sombras típicas del ego por las virtudes existentes en el alma establecemos un nuevo patrón de comportamiento ante la vida. La visión cambia, las elecciones se modifican, los dolores disminuyen hasta desaparecer; todo alrededor se altera, encontramos colores que no percibíamos, bellezas escondidas en todo y en todos. Así nos iluminamos. Sin necesidad de ‘quemar’ al ego pues, al contrario, lo refinamos”.

“Experimenta, una vez a cada día, substituir el orgullo por la humildad; el resentimiento por la compasión; la vanidad por la simplicidad; la mentira por la sinceridad; el miedo por el coraje; la duda por la fe; la culpa que paraliza por la responsabilidad de hacer diferente y mejor la próxima vez – siempre habrá una próxima oportunidad. Una sensación maravillosa te envolverá y será inolvidable. Es el perfume de la plenitud y las fragancias típicas de la libertad, la dignidad, la paz, la felicidad y el amor. Permítele a tu ego sentir, al menos una vez, el poder de la plenitud que el alma le ofrece; este clamará por repetición. Lentamente el ego entenderá que es posible tener una vida diferente, que mejores elecciones están disponibles. A su vez, el alma podrá experimentar todas las infinitas potencialidades de amor y sabiduría que trae consigo a través del ego. El ego es el campo de prueba del alma”.

Vació a taza de café y finalizó la explicación con un consejo: “Un ego envuelto en sombras es un guardián frágil que expone el castillo a los menores ataques del mundo. Permite que el guardián se fortalezca con las habilidades luminosas del maestro. El alma conoce el buen combate y puede transformar a un mero vigía en un auténtico guardián de la luz. Estrecha el contacto, mejora la comunicación; solo así el castillo del ser se volverá inquebrantable y el dolor podrá ser evitado”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

El vigésimo quinto día de travesía. El camaleón del desierto

Acababa de hacer mi oración. Todavía estaba muy temprano. Provisto de una taza de café, me senté en la arena para deleitarme, una vez más, con el caravanero y su halcón. Posada en el grueso guante de cuero que el caravanero usaba en el brazo izquierdo, el ave parecía entender las palabras que le eran susurradas y al comando, se lanzaba a los cielos. Volaba alto en círculos anchos, como si no tuviese prisa, hasta que recogía las alas para caer vertiginosamente al suelo y capturar su presa. Serpientes o pequeños roedores eran las más comunes. Aquella vez, trajo en sus garras un camaleón. El desierto, al contrario de lo que muchos imaginan, no está vacío de vida. Muchas especies cohabitan las arenas en simbiosis continua, aunque no siempre son visibles a primera vista. Le comenté ese hecho al caravanero, a lo que me respondió: “No porque los ojos no lo vean, significa que no exista”. Hizo una pequeña pausa y profundizó: “Aunque los ojos vean, no significa que comprenderán”. 

¿Quiénes somos?

Cuando llegué a la pequeña villa china en el Himalaya, dejé mi maleta en el único hostal del lugar y me dirigí a la casa de Li Tzu, el maestro taoísta. Era muy temprano. Media noche, el gato negro que también vivía en la casa, que dormía profundamente, ni se movió con mi llegada. Li Tzu había terminado los ejercicios de yoga que practicaba todas las mañanas. Me recibió con una sonrisa sincera y me convidó a desayunar y conversar un poco antes de que los alumnos llegaran para las clases. Iban personas de todas partes del mundo para aprender un poco sobre el Tao con Li Tzu.  “Un poco”, él enfatizaba en sus clases, pues “el Tao se expande a medida que hay evolución personal. Así como el universo, el Tao no es estático. La percepción del Tao es dinámica según el dinamismo que cada persona le aplica a la propia vida”, solía explicar. 

El vigésimo cuarto día de la travesía. El infinito

El sol. El día comenzaba con una gran bola de fuego, todavía tibia, que me calentaba el cuerpo mientras surgía por detrás de las dunas. Sentado en la arena, un poco distante del murmullo de la caravana, con una taza de café en la mano, esperaba que el caravanero comenzara el adiestramiento matinal de su halcón, pero ese día no apareció. Hice mi oración pidiendo luz y protección. Como aún quedaba algo de tiempo antes de que las tiendas fuesen recogidas y prosiguiéramos con un día más de travesía, me permití permanecer envuelto en pensamientos. El tiempo. Pensaba en el tiempo. La difícil incógnita que el tiempo representa. Si el universo es curvo, como lo enseña la Física Cuántica, el tiempo también debería manifestarse de modo no lineal y tal vez errático. Veloz y lento; traicionero y amigo; verdugo y maestro; implacable o mera ilusión; cierto o variable; señor o herramienta. He visto al tiempo demoler certezas absolutas para construir otras verdades; injusticias siendo reparadas antes de condenas manchadas con pruebas irrefutables. Concí personas que, con el pasar del tiempo, reconstruyeron sus historias; proyectos fallidos que después se resolvían de manera impensada anteriormente, a su debido tiempo. Algunos caminos me llevaron al abismo. Cuando creí que la caída era inminente, en el tiempo oportuno, a pesar de malos momentos, las alas crecieron para que yo sobrevolara el precipicio. 

La medicina de la mariposa

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de transmitir la sabiduría de su pueblo a través de historias y de la música, había ido a visitarme a Rio de Janeiro. Habíamos hecho una caminata por los senderos de Tijuca, donde se encuentra uno de los mayores bosques urbanos del planeta. Conformábamos un pequeño grupo. Desde un claro en lo alto de la montaña teníamos a Rio reposando a nuestros pies, así que podíamos divisar diversos barrios de la ciudad, algunos al borde del mar. En el silencio de la montaña podíamos oír la pulsación de la ciudad, así como se oyen los latidos de un corazón, y entender con mayor claridad el concepto de una ciudad como un ser vivo; su lenguaje, misterios y transformaciones. La conversación se extendió, pasando por la dificultad que a veces encontramos para adaptarnos a una ciudad hasta los problemas que tenemos para entender un momento existencial, en donde todo parece complicado y, algunas veces, sin solución. Canción Estrellada, que escuchaba todo sin decir palabra, se entrometió en la charla: “Todo depende de si los ojos aún son los de la oruga o si ya pertenecen a la mariposa”.

El vigésimo tercer día de travesía. La verdad del desierto

La caravana era un universo. La familia, el trabajo, los amigos son algunos de los pequeñísimos universos que coexisten en la vida de todas las personas con particularidades, patrones, dificultades, placeres, lecciones, entre otras características evolutivas, afines a sus habitantes. Esa era la reflexión que me ocupaba la mente en aquella mañana. Estaba sentado en la arena, un poco distante de la caravana, con una taza de café en la mano. El día despuntaba. Había terminado de hacer mi oración y observaba al caravanero en el adiestramiento matinal de su halcón. Los pensamientos corrían libres al recordar todos los acontecimientos de aquella travesía por el desierto que mal había pasado de la mitad. Era el vigésimo tercero de los cuarenta días necesarios para llegar al oasis, donde pretendía conversar con un sabio derviche, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Pensaba no solo en los hechos ocurridos, fuente de valiosas lecciones, sino también en las personas que había conocido allí. Cada una de ellas era única y poseía una belleza peculiar. No obstante, era innegable que algunas demostraban una enorme fuerza, mientras otras revelaban su fragilidad. Por toda la filosofía que había estudiado, por todas las experiencias metafísicas que había vivido, yo me consideraba un apto conocedor del alma humana. En ese momento, mientras los pensamientos me entretenían, tuve una agradable sorpresa. La bella mujer de ojos color lapislázuli se sentó a mi lado. Sin decir palabra, apenas sonrió. Animado, pronto puse tema y le conté sobre las observaciones que hacía de las personas. Le comenté sobre aquellas que me parecían seguras de sí, de su lugar en el mundo y de aquellas que se mostraban perdidas, sin haber logrado construir la propia personalidad.

El tercer portal. El portal de la Paz

Mi búsqueda para decodificar los ocho portales del Camino proseguía. Había descubierto recientemente que las bienaventuranzas, parte inicial del Sermón de la Montaña, el lindo texto contenido en el Libro de Mateo ocultaba los ocho portales que todos los andariegos deben atravesar al recorrer el Camino. Cada portal, protegido por un guardián, solo permite el paso a quienes ya están en condiciones de proseguir la jornada. Esas condiciones, típicas de cada portal, se resumen en grupos específicos de virtudes sedimentadas en el alma del viajero. El texto posee una simplicidad absurda; sin embargo, es de una profundidad deslumbrante. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, venía orientándome en ese estudio. No obstante, extraer del texto toda la idea contenida en tan pocas letras era una tarea con la cual tenía mucha dificultad. Así había sucedido con los dos portales anteriores y no era diferente con el tercer portal: “Bienaventurados los mansos, pues ellos heredarán la tierra”, dijo el Maestro cuando hizo el discurso hace dos mil años.

El vigésimo segundo día de la travesía. Los ojos del desierto

Nada como el día que sigue a la tempestad para entender el valor de la calma. Así era el vigésimo segundo día de travesía. Las horas trascurrían con encantador sosiego después de algunos días de extrema agitación. No obstante, se engaña quien piensa que tranquilidad es necesariamente sinónimo de tedio o estancamiento. Me desperté con los primeros rayos del sol. Arreglé rápidamente mis cosas y las coloqué en la alforja de mi camello para tener tiempo de usufructuar de algunos hábitos que se habían convertido en una especie de ritual matinal en el desierto. Hacía una breve y sincera oración pidiendo luz y protección, como el caravanero me había enseñado. En seguida, llenaba una taza de café y me alejaba del campamento para ver, de lejos, al caravanero adiestrar a su halcón. Era el momento en que los encargados desmontaban el campamento para seguir un día más de travesía rumbo al mayor oasis del desierto, donde yo pretendía conversar con un sabio derviche “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Durante buen tiempo intenté encontrar a la bella mujer de ojos color lapislázuli, pero no parecía estar disponible a mis ojos y ya me había demostrado que tenía su propio tiempo para aproximarse, así como para partir y deshacerse en el aire. Aquella travesía venía ofreciéndome una percepción alterada de la realidad, o al menos de aquello que yo entendía como realidad. En el desierto todas las sensaciones parecían superlativas, vividas al extremo de las emociones e ideas, como si fuesen extendidas al límite y, entonces, al ser rasgadas, pudiesen transformarse, en constante proceso de transmutación acelerada.

Fuentes turbias y claras

Fuentes turbias y claras

Al llegar a la villa china en las proximidades del Himalaya estaba agotado, lo que difiere de estar cansado. El cansancio es común, y hasta cierto punto placentero, después de una jornada de trabajo físico o mental en la materialización de una idea. El agotamiento es la horrible sensación de vacío del ser. Es como si la fuente de la vida, aquella que nos llena de ánimo y vitalidad, se hubiese secado. La mente queda invadida por cuestionamientos peligrosos sobre las razones de vivir o algo parecido. En analogía, es como si el luchador decidiera “tirar la toalla” y desistir de continuar la lucha. Completamente desprovisto de esa energía vital que nos impulsa a cada día, entré en casa de Li Tzu, el maestro taoísta, para realizar un período más de estudios. Estaba muy temprano y la mañana aún no clareaba. Cuando atravesé el portón, Medianoche, el gato negro que vivía en la casa, me miró con desdén, como si estuviera ante un vegetal o una persona desprovista de alma. Li Tzu acababa de preparar la infusión que tomaba antes de practicar su yoga matinal. Al ver mi semblante y sentir mi vibración, me convidó a una taza de té y a hacer yoga. Confieso que pensé en rehusar ambos, no obstante, acepté más por educación que por deseo. Mi deseo era abandonarme, olvidarme de mi mismo. 

El vigésimo primer día de la travesía- El enigma del desierto

EDesperté tarde, todavía cansado de las emociones vividas el día anterior. Aunque dormí profundamente, parecía que el cuerpo estaba cansado y pedía vacaciones. Arreglé rápidamente mis cosas y las coloqué en la alforja sobre el camello. Por suerte, conseguí una taza de café cuando la tienda que funcionaba como restaurante ya estaba casi desmontada. Sin demora, la caravana partió hacia un trecho más de travesía rumbo al mayor oasis del desierto donde habitaba el sabio derviche, conocedor de “muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Quien volvió a alinear su camello al mío fue Ingrid, la bella astrónoma de cabellos rojos que viajaba para observar determinada constelación, posible de ser vista apenas bajo el cielo del oasis. Como habíamos discutido días antes, hicimos las primeras horas de la marcha en silencio, como niños malcriados. En determinado momento, la astrónoma quebró el malestar al comentar, de manera traviesa, que cambiaría su camello por un helado de chocolate. Reí y dije que cambiaría mi camello y los telescopios de Ingrid por un cómodo colchón, sábanas de seda y un potente aire acondicionado en mi tienda. Divertidos, seguimos por horas expresando nuestros deseos. Unos simples, otros menos. Algunos tan incorporados en nuestras rutinas que ni percibíamos cuánto nos proporcionaban placer. Era preciso dejar de tenerlos para entender la imposibilidad de ser materializados sobre las arenas del desierto. 

El buen y el mal profesor

Yo estaba trastornado. Después de un ataque de furia en el cual acusé al contador de la agencia de publicidad de la cual era propietario de desviar dinero, determiné su despido, para algunos días después descubrir que era inocente. Otro funcionario que sentía aversión por el contador me condujo al error. Al borde de una crisis de tristeza por la dureza con que traté a aquel hombre, empleado de muchos años que, aunque alegaba inocencia, lo condené por haber quebrado un insustituible lazo de confianza, además de declararme decepcionado con él, haciendo con que se le escurrieran las lágrimas. Esa era mi tempestad interna cuando llegué a la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Como mi período de estudios anual en la Orden solamente comenzaría dentro de algunos días, adelanté el viaje para conversar con Lorenzo, mi amigo zapatero, amante de los libros y de los vinos, que tenía el don de coser el cuero y las ideas con la misma maestría. La melancolía se extendía a pasos anchos y yo tenía la esperanza de que él me ayudara a entender el proceso, evitando que cayera en el abismo de la depresión por haber lastimado a una persona que siempre había sido honesta. Confesé que no había tenido el debido cuidado de constatar los hechos con la profundidad que el caso exigía, dejándome llevar por las primeras y superficiales impresiones. Fue esto lo que le conté a Lorenzo tan pronto me recibió en su taller con un fuerte abrazo.

El vigésimo día de la travesía. El punto sin retorno

La travesía llegaba a la mitad. Aquel día todos en la caravana, principalmente los más experimentados, hablaban del “punto sin retorno”. Era un determinado punto en el desierto, entre la ciudad y el oasis, que cuando se alcanzaba, dada la distancia, no compensaba volver en caso de que se presentase algún imprevisto. A partir de allí era mejor continuar, cualquiera que fuera la dificultad. Mientras marchábamos, yo percibía un enorme murmullo entre los viajeros. Hablaban de una determinada leyenda que envolvía el punto sin regreso, sin que yo lograra oír exactamente cuál era la historia sobre ese lugar. Quien emparejo su camello al mío ese día fue Jorge, un peregrino como yo, que también viajaba para conocer al sabio derviche, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Jorge se mostró muy simpático y conversador. Dijo que daba clases en una escuela esotérica y que tenía varios alumnos. Se declaró un maestro, pues había ascendido varios escalones en la escala evolutiva gracias al extraordinario conocimiento obtenido en muchos años de dedicación a los “misterios del mundo”. Me contó sobre los libros que había leído, muchos de los cuales yo ni había oído mencionar el título. Enseguida, comenzó a demostrar la percepción afinada que poseía, indicando las dificultades emocionales, morales y espirituales de cada integrante de la caravana apenas con mirarlos. El tiempo pasaba hasta que, cuando tuve la oportunidad, le pregunté qué esperaba del encuentro con el sabio derviche. Él reveló que deseaba tener una conversación seria con el sabio pues según Jorge, el filósofo del oasis había dicho cierta vez que “así como el oro y la plata, los tesoros inmateriales también se oxidaban”. Tal afirmación, según Jorge, contenía dos errores conceptuales. El primero era que ni el oro ni la plata se oxidan, como todos saben; el segundo es que los logros inmateriales jamás se pierden, como lo enseña la tradición esotérica. Su propósito era entablar un debate con el sabio derviche. Tenía, inclusive, una filmadora en su alforja, pues pretendía registrar la conversación para usarla en sus futuras clases y en redes sociales, donde divulgaba su enorme conocimiento. Aquello me impresionó, tanto por lo inesperado como por lo indelicado. Intenté cambiar de asunto y le comenté que había oído sobre a leyenda que envolvía el “punto sin retorno”, mas no sabía exactamente cuál era. Le pregunté si él la conocía. Jorge reveló que aquella mañana había visto al caravanero contar la leyenda a algunos viajeros, pero como las leyendas no pasaban de bobadas del imaginario popular y el caravanero no era más que un hombre rústico del desierto, que nada sabia sobre los secretos de la vida afuera del universo estrecho y rutinario de la caravana, decidió no perder su tiempo con historias inútiles. Mientras el profesor hablaba sobre eso y otros asuntos, llegamos al punto sin retorno. Para mi sorpresa, pues creía que se trataba de un lugar ficticio en el medio del desierto, había un tren abandonado que marcaba el lugar.

El templo del maestro

Una vez más, surcaba los senderos pavimentados de Arizona rumbo a la casa de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de trasmitir la filosofía de su pueblo a través de la palabra y de la música. Me consideraba privilegiado por tener varios maestros dispuestos a orientarme. El Viejo, Lorenzo, Li Tzu y Canción Estrellada tenían sus peculiaridades y sabidurías propias. De manera interesante, eran profundamente parecidos y al mismo tiempo muy diferentes entre sí. En aquel momento yo enfrentaba un dilema. Los negocios no iban bien; mi agencia de propaganda atravesaba una seria turbulencia financiera. El país pasaba por un período de dificultad en su economía. Mientras algunos clientes se atrasaban con los pagos debido a la crisis, otros habían decidido rescindir los contratos hasta que la situación mejorara. Si no había algún cambio, pronto me vería obligado a demitir funcionarios y, a mediano plazo, cerrar las puertas la agencia. Una corporación multinacional me había hecho una oferta de compra, pero el valor ofrecido era bajo. Insistir en el negocio o vender la empresa; reinventar la agencia o cambiar el ramo de actividad. Mientras manejaba, analizaba la posibilidad de estar viviendo el final de un ciclo de mi vida. Al final, yo había aprendido que todo en la vida se mueve en ciclos de aprendizaje y, consecuentemente, de evolución.

El décimo noveno día de la travesía. El médico del desierto y el maestro de todos los días.

Me levanté atrasado el décimo noveno día de la travesía debido a los conflictos de la noche anterior. El sol ya se encontraba encima del punto habitual, aunque todavía no estaba tarde. La caravana levantaba el campamento con la algarabía de siempre. Me gustaba levantarme temprano para apreciar el adiestramiento del halcón del caravanero, pero aquel día sólo lo vi cuando regresaba del ejercicio matinal, con el ave posada en el grueso guante de cuero que usaba en el brazo izquierdo. Arreglé mis cosas y las coloqué en la alforja sobre mi camello. Me hice a una taza de café y permanecí observando los preparativos finales para proseguir la travesía. Al partir, quien se hizo a mi lado fue Ingrid, la bella astrónoma. Camellos lado a lado y llevado por los celos, le pregunté si ella no marcharía al lado del astrólogo como lo había hecho los últimos días. Sin dejarse envolver por mis emociones pesadas ella comentó, de manera despreocupada, que le había agradado mucho conversar con él y entender un poco su oficio, aunque no estaba de acuerdo con su línea de raciocinio. Admitió que podía haber en aquel conocimiento milenario algo que la ciencia tal vez un día pudiese explicar, aunque lo consideraba improbable. Agregó que la ciencia era su maestra.

El segundo portal

Estaba encantado por haber descubierto el mapa para conocer los ocho portales del Camino; las etapas a ser superadas en el sendero hacia la luz. Aunque imaginaba que tal conocimiento solo fuera posible para círculos iniciáticos y esotéricos cerrados, en verdad, hacía mucho tiempo estaba disponible para toda la humanidad en un libro de fácil acceso. Hace dos mil años ese conocimiento palpita de manera simple y humilde, amorosa al extremo, a la manera del Maestro y a la espera de todas las personas, en uno de los textos más bellos y profundos ya redactados: el Sermón de la Montaña. Las bienaventuranzas, donde son enumerados los ocho portales, es un pequeño trecho contenido al inicio del Sermón que, a su vez, integra el Libro de Mateo, una de las cuatro Escrituras que componen la parte renovadora de la Biblia. No obstante, es necesario “ojos para leer” con el fin de profundizar en todas las posibilidades de expansión de consciencia ofrecidas por aquellas palabras. El Sermón de la Montaña, especialmente las bienaventuranzas, no puede ser leído literalmente, según los estrechos límites de los vocabularios, pero en su intimidad, con la proximidad del alma y con lentes depurados, es posible ampliar las fronteras de la percepción sobre quién soy y en quién puedo convertirme, a medida que entiendo la importancia del otro en mi vida. Al comprender que las dificultades existen para impulsar mi proceso evolutivo, puedo alinear en la luz los opuestos que me habitan para así alcanzar la plenitud, compuesta de las riquezas inmateriales de la libertad, la dignidad, la paz, la felicidad y el amor incondicional. Una riqueza mayor que no encontraré en ningún lugar del mundo salvo dentro de mí mismo; herencia única e imperecedera que podré llevar en el equipaje hacia las Tierras Altas. El Camino de la Luz no es un sendero que se recorre externamente; es un viaje que se hace universo adentro y no por ello menos fácil. Cuando se inicia, revela el poder inconmensurable contenido en la sabiduría de descubrir que “siempre tengo todo lo que necesito”. Esto es sagrado al ser liberador. En contrapartida, el mundo es el desierto que ayudo a transformar en jardín a medida que las virtudes que florecen en lo más íntimo de mi ser, a través de las elecciones que hago.

El décimo octavo día de travesía. La tentación del desierto

El décimo octavo día de travesía prometía ser diferente y animado. Haríamos un pequeño desvío de ruta rumbo al mayor oasis del desierto para pasar por otro mucho menor, con la intención de que la caravana se abasteciera de varios víveres indispensables para proseguir la travesía. Estaba previsto desde el día de la partida. Aquel oasis era habitado por personas de diversas partes del mundo y, como un mercado, se mantenía del comercio con las caravanas que pasaban por allí. En aquel trecho del recorrido, después de muchos días en el desierto, siempre era necesario reponer los víveres agotados. Allí sería posible el consumo de bebidas alcohólicas, prohibidas en la caravana, en los bares montados en tiendas, así como el consumo de viandas finas para el deleite del paladar, imposibles de ser ofrecidas en las sencillas pero saludables refecciones provistas por la caravana. En aquel día, desde temprano, muchas personas estaban entusiasmadas con estas posibilidades. También escuché conversaciones de mercaderes que integraban la caravana, expertos de muchas travesías, entre susurros y risas, referirse con malicia a la belleza de las mujeres que trabajaban en aquellos bares. Un poco antes de llegar al pequeño oasis, el caravanero nos reunió a todos para alertarnos sobre los peligros. Comentó que había muchas historias de hechos desagradables tanto con la bebida, como con los habitantes locales, principalmente con los comerciantes y las mujeres que trabajaban en los bares. Relató casos de hurtos, robos y hasta desaparecimiento de viajeros, probablemente asesinados. Dijo que nadie estaba impedido de circular por el oasis, pero que cada uno sería responsable de sí mismo. Avisó que acamparíamos muy cerca y sugirió que dejáramos el dinero y los documentos en el campamento bajo custodia de los encargados de la caravana.

El elogio es el sendero del precipicio

Había bajado la montaña que acoge al monasterio para enfriar la cabeza y colocar las ideas en su lugar. Al llegar a la pequeña y elegante ciudad localizada en la pradera, fui a buscar a Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos. Necesitaba desahogarme. Encontré a mi amigo en su taller, quien me recibió con una sonrisa sincera y un fuerte abrazo. Finalizó las actividades de aquel día, me pidió que me sentara al lado del antiguo balcón de madera y fue a buscar dos tazas de café fresco. Al notar por mi semblante que algo no estaba bien, me solicitó que abriera el corazón y que sacara todo lo que me incomodaba para intentar calmarme; después, con el filtro de la consciencia serena, tomaría lo bueno y valioso de la situación, así que le conté lo que me había molestado en el monasterio. Había surgido una vacante para impartir un curso que la Orden ofrecía todos los años al público externo, el cual consistía en una serie de conferencias y vivencias para aumentar la percepción de lo sagrado que habita en todas las personas. Francis, un culto monje de la Orden, me buscó para decirme que, por justicia, aquella vacante debería ser mía. Elogió mis notables avances en los estudios, mi buena oratoria y la excelente capacidad de raciocinio en los debates. Según él, no había monje – como denominamos a todos los miembros de la Orden – más capacitado que yo para asumir el cargo y que yo debería solicitarlo. Agregó que, bajo mi coordinación, el curso tendría niveles de excelencia. Me aconsejó que buscara al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, a quien cabía la decisión para tener una conversación franca sobre el asunto. Le confesé que en principio no lo había pensado; sin embargo, analizando las palabras de Francis, me convencí de que yo era la persona indicada para ejercer la función. Busqué al Viejo y me postulé para el cargo. Al notarlo reticente, usé como argumento mi trayectoria de estudios y mi desarrollo dentro de la Orden, a lo que respondió que lo pensaría con calma y que cuando estuviera seguro sobre la decisión me avisaría. Tal expectativa ocupó mi mente durante los dos días y las dos noches que siguieron. Como aún no había una respuesta, volví a buscar al Viejo y lo presioné para que se decidiera. Insistí en mis calificaciones para el cargo y afirmé sin duda alguna que yo era la persona más preparada para dirigir el curso. El Viejo me escuchó con paciencia, sin interrumpirme. Cuando finalicé me dijo que otro monje también se había postulado para el cargo con una postura muy diferente a la mía, sin arrogancia y con mucha humildad. Confesó que estaba bastante inclinado a decidirse a favor del otro monje. Todos sabían del valor que el Viejo le atribuía a la virtud de la humildad. Por una fracción de segundos un pensamiento asustador me acometió. Le pregunté quién era el monje. Francis fue la respuesta.

El décimo séptimo día de travesía. La noche del desierto

El décimo séptimo día de la travesía transcurría tranquilamente. Al lado de mi camello andaba un joven mercader de utensilios para cocina, cuchillos y ollas, bastante necesarios para las personas que habitan el oasis. Se llamaba Farid. Me contó que era su segundo viaje. En el primero vendió todo lo que llevaba, consiguiendo con ello un buen lucro. Esta vez había invertido mucho más con la esperanza de multiplicar el capital empeñado. Explicó que la dificultad para atravesar el desierto aumentaba bastante el costo final de los productos comercializados, independiente de cuales fueran. Cuando supo que yo no llevaba nada en el equipaje para revertir en dinero, que tan solo seguía hacia el oasis con la intención de conversar con un sabio derviche, dijo que yo era un tonto. Comentó que, por más preciosa que fuese la sabiduría contenida en los “muchos secretos entre el cielo y la tierra”, no sería suficiente para pagar la más mínima cuenta. Argumenté que era innegable el valor del trabajo, no solo como instrumento de supervivencia, sino también como herramienta de progreso tanto material como espiritual. El trabajo es un puente que nos conecta con el mundo, en constante intercambio de conocimiento, y brinda la posibilidad de entender quiénes somos a medida que nos deparamos con las dificultades presentadas por las personas con las cuales nos relacionamos. En el trabajo, independiente de cuál sea, siempre necesitamos del otro para que el ciclo productivo se complete. A través del trabajo somos llevados a buscar diferentes maneras de mejorar nuestro don y profundizar en el propósito de vida al que cada cual está destinado. Esto nos permite infinitas transformaciones, sin las cuales no hay evolución.

La medicina de la lechuza

El tambor de dos caras de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de compartir la filosofía de su pueblo a través de la palabra, rugía noche adentro en las montañas de Arizona, entonando una dulce canción ancestral cantada en dialecto nativo. Uno de los amigos más queridos del chamán había fallecido. Canción Estrellada estaba solo en su lugar de poder, un sitio a donde le gustaba ir cuando quería conectarse con el lado invisible de la vida. Era una planicie en lo alto de la montaña en cuyo peñasco, bien a la orilla, un árbol se mantenía en equilibrio improbable. Al día siguiente habría un funeral en la ciudad, en donde todos los compañeros e integrantes de la tribu estarían presentes. Cuando llegué y extendí mi manta al lado de la hoguera, el chamán realizaba ese ceremonial personal. Todo comenzó en la mañana. Al encontrar su casa vacía, una vecina me informó lo sucedido. No fue difícil imaginar en dónde lo encontraría. Como él no tuvo ninguna objeción con mi llegada, me senté y aguardé en silencio hasta que terminaron las canciones. Canción Estrellada me miró, arqueó los labios con una leve sonrisa y me saludó con un movimiento de cabeza sin pronunciar palabra. Le comenté que sabía de lo ocurrido y le ofrecí mis condolencias. Sin embargo, no era solo esto. Otros acontecimientos se sumaban para haber llevado al chamán a su lugar de poder.

El décimo sexto día de travesía. Donde existe voluntad hay un camino.

El día amanecía en el desierto. Alejado de la caravana, sentado en la arena con una taza de café fresco en la mano, observaba al caravanero adiestrar a su halcón. Ingrid, la astrónoma, se aproximó. Ella quiso saber el motivo para estar alejado, todas las mañanas, observando el vuelo del ave. Le respondí que no sabía a ciencia cierta, pero que algo allí me fascinaba. Le dije que tal vez fuese el hecho de que, ante la aridez del desierto, de lo improbable, de lo imposible para muchos, el halcón siempre retornaba con su caza. Le comenté que probablemente era por el instinto de sobrevivencia del animal o por su determinismo biológico, pero que el ave me daba la sensación de que conseguía su alimento por creer que lo encontraría. Ingrid afirmó: “Donde existe voluntad, hay un camino”. Aquella frase me impactó dado el abanico de interpretaciones que ofrecía. Se lo comenté a la astrónoma. Ella se levantó la manga de la blusa y me mostró un tatuaje en el antebrazo. Dijo ser un símbolo vikingo conocido como Inguz, que representaba ese mensaje. No obstante, ella ya lo había oído también en la filosofía china. Explicó que la verdad está presente en todas las tradiciones. Discordé de inmediato. No como la omnipresencia de la verdad, mas por el hecho de la voluntad volverse necesariamente un camino. Ingrid solo se encogió de hombros. Pidió permiso, pues la caravana no demoraría en partir y tenía algunas cosas que arreglar. Vi cuando el halcón regresó con el caravanero trayendo un pequeño roedor en sus garras.

El verdadero rostro del coraje

Aquel año, al llegar a la pequeña villa china escondida en el Himalaya, me sentía bastante desanimado. Uno de los jóvenes que trabajaba en mi agencia de publicidad me había causado un profundo disgusto. Él estaba conmigo desde que era pasante. Talentoso y dedicado, había ascendido en la empresa hasta convertirse en el responsable por algunas de las cuentas más importantes que teníamos. Era el funcionario más cercano a mí, a tal punto que las personas bromeaban diciendo que era el hijo hombre que no tuve y  el heredero de la agencia, ya que mis hijas, todas mujeres, nunca se interesaron en la publicidad y siguieron otros rumbos profesionales. Fui padrino de su matrimonio, así como de su hijo. Si había alguien en quien yo confiaba era en Fred, como se llamaba. Días antes de viajar para un periodo más de estudios con Li Tzu, el maestro taoísta, la secretaria me dio la noticia de que Fred se había retirado de la agencia. Para mayor sorpresa, no solo había montado una agencia para competir con la nuestra, sino que también había buscado a todos los clientes con la intención de persuadirlos a acompañarlo. Para ello, se dispuso a criticar nuestros engranajes de creación y ejecución de campañas y les prometió que lo haría mejor. Dos importantes clientes, cuyas cuentas estaban bajo su responsabilidad, rescindieron el contrato que tenían para firmar con él. Como si no bastase, como pretexto para despedirse de mí, entró a mi oficina y desplegó una serie de lamentos y críticas sobre mi comportamiento tanto personal como profesional, que ni de lejos imaginaba que existían. Irritado con toda la situación, comenzamos a discutir hasta que otros funcionarios de la agencia tuvieron que intervenir para no llegar más lejos.

Cuando bajé del autobús, dejé mi equipaje en el único hostal del lugar y partí en dirección a la casa de Li Tzu. Medianoche, el gato negro que también vivía allá, dormía perezosamente en el jardín de bonsáis y al verme se espantó y corrió. El maestro taoísta me ofreció una sincera sonrisa de bienvenida, pero al aproximarme avisó: “Tu energía está pesada”. En seguida comentó: “Cada vez que nos entristecemos significa que perdimos la batalla”.

El decimotercer día de la travesía. La relatividad en el desierto

El decimotercer día de la travesía transcurría lentamente. El sol, el calor y el movimiento repetitivo del camello, duna tras duna, en un mar de arena sin fin. Me deparé pensando que si alguna de las rutinas por casualidad fuese suprimida, la caravana no lo notaría de tan incorporadas que estaban entre los viajeros. El café caliente servido al desayuno, la rápida parada al mediodía para un breve refrigerio, la cena al inicio de la noche, el encender de las antorchas que iluminaban el campamento, el buen hombre del té, el ágil movimiento al montar y desmontar las tiendas, la enigmática mujer de ojos color lapislázuli galopando en su caballo negro, que aparecía y desaparecía como por encanto, eran algunos ejemplos. Yo también ya me había acostumbrado a ver al caravanero alejarse con su halcón apoyado en el grueso guante de cuero, que usaba en el brazo izquierdo, para el adiestramiento matinal y vespertino del ave. También me acostumbré a verlo en esos horarios, siempre antes del entrenamiento, de rodillas en la arena haciendo su oración de dos palabras, rogando por “luz y protección”, conforme me había enseñado algunos días atrás. Otro hábito que se volvió común era que la caravana parara a determinada hora del día para que los integrantes del grupo oraran conforme sus preceptos religiosos. Aquel día, quien estaba a mi lado en su camello era una simpática y bonita europea que pronto comenzó a conversar. Le conté que mi intención era conocer a un sabio derviche,“poseedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Ella dijo llamarse Ingrid y que era astrónoma. Traía en su equipaje algunos telescopios para observar una determinada constelación, objeto de sus estudios, dada la posición privilegiada del oasis en medio del desierto. Como las estrellas siempre habían sido motivo de enorme fascinación para mí, me derramé en indagaciones, a las cuales ella respondió de buena gana. Cuando la caravana interrumpió la marcha para la oración ella, sin ningún trazo de agresividad, lamentó la pérdida de tiempo. Acrecentó, siempre con delicadeza, que no entendía como la humanidad aún desperdiciaba tiempo y energía en esa búsqueda que consideraba sin sentido. Dijo que le espantaba saber que después de haber avanzado en conocimiento durante siglos, las personas continuaran amarradas a creencias absurdas o a insensatos deseos por un contacto metafísico.

Enseguida quiso saber si yo creía en Dios. Me apoderé de una respuesta dada por un alquimista ante la misma pregunta y respondí que “no era una cuestión de creer sino mas bien de sentir”. La simpática astrónoma comentó que no tenia sentido. Explicó que cualquier divinidad era resultado de conjunciones síquicas. La ciencia, al ocuparse de la realidad, necesita de elementos físicos para su comprensión y aceptación. Por lo tanto,“lo que no existe en la naturaleza, no existe en la vida”. Para ella, Dios era una ficción como tantas otras. Le pregunté si ella creía en la matemática. La astrónoma respondió que sí. Agregó que la matemática era la base de la astronomía. Argumenté que la matemática también era un producto síquico elaborado por la mente humana, pues no encontrábamos ecuaciones en árboles ni cálculos a la orilla de la playa. No obstante, a pesar de también ser una creación cerebral, por lo tanto una ficción, la matemática tenía la capacidad de explicar la naturaleza y sus fenómenos. Ella refutó diciendo que las novelas de ficción, meras creaciones mentales, comprueban la gran capacidad de la humanidad para deleitarse con ilusiones. Dios era solamente una más de esas narraciones. Comenté que las historias, aún las más antiguas, se sustentan en arquetipos que explican el comportamiento estándar de las personas, ya sea con relación a sus dificultades o con relación a sus ideales. Por esto, las historias emocionan por la identificación que provocan. Ingrid preguntó qué Dios tenía que ver con eso. Le respondí que todas las personas tenían, en grados de desarrollo distintos, el arquetipo de Dios en sí. Aún aquellos

El décimo quinto día de travesía. Navegar sin agua

El día amanecía. Sentado en la arena con una taza de café fresco en la mano, observaba al caravanero adiestrar a su halcón. Era encantador constatar que el ave siempre retornaba con su alimento, a pesar de la aridez del desierto. Los ojos sagaces conseguían encontrar algo donde, para ojos desprevenidos, no había nada. Tan pronto el halcón posó en el grueso guante de cuero que el caravanero usaba en el brazo izquierdo, me levanté dispuesto a prepararme para aquel día de travesía. Mientras colocaba mi alforja en el camello, oí la conversación informal de un grupo de mercaderes que también integraban la caravana rumbo al oasis. Uno de ellos, bastante joven, comentaba que pronto esperaba tener condiciones de comprar una bella casa en un apacible barrio de Marrakech y así pedir a su prometida en matrimonio; agregó que necesitaba de un buen lugar para criar los hijos que planeaban tener juntos. Otro dijo que no tomaba vacaciones hacía muchos años; estaba exhausto y necesitaba un descanso, pero solo haría eso cuando abriera su soñado almacén de tapetes en el mercado central de la ciudad, pues quería darles a los hijos una buena educación en escuelas de renombre. Un tercer mercader, el más viejo y que también hacía parte del grupo, comentó que, a pesar de ser dueño de varias tiendas, tampoco tomaba vacaciones hacía mucho tiempo y que deseaba peregrinar a la Meca; esperaba que el hijo volviera del exterior, donde cursaba la universidad, para que asumiera el comando de los negocios de la familia pues no confiaba en nadie más. Con todo arreglado, la caravana se dispuso a partir. Para mi sorpresa, quien se alineó a mi lado fue Ingrid, la astrónoma con quien yo había tenido un malentendido el día anterior. La proximidad de ella me alegraba el corazón.

El primer portal

Integraba la Orden hacía algún tiempo. Siempre había oído hablar de los Ocho Portales del Camino, mas nunca había tenido la oportunidad de saber exactamente de qué se trataba. Dispuesto a entender sobre el asunto, aquel día busqué al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, por todo el monasterio. Lo encontré sentado al final del refectorio, entretenido con un pedazo de torta de avena y una taza de café, en animada conversación con el cocinero. Cuando me vio hizo una seña para que me aproximara. Llené una taza con café y me senté a su lado. El alegre cocinero pidió permiso, pues estaba atrasado con la cena. A solas, cuestioné al Viejo sobre los Ocho Portales, quería saber qué eran y cuando aprendería sobre ellos. El buen monje arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “El Camino es el sendero hacia la luz. Iluminarse es encontrarse a sí mismo, conocerse y liberarse de los sufrimientos que aprisionan; limar las asperezas que ocultan el verdadero diamante: el ser pleno. La plenitud se revela y se completa al conquistar los cinco estados fundamentales del espíritu: la libertad, la paz, la dignidad, el amor incondicional y la felicidad. Así se construye un alma fuerte, capaz de mantenerse serena aún ante las tempestades del mundo”.

El décimo cuarto día de la travesía. Las maravillas de lo transitorio

Desperté con el cielo del desierto todavía estrellado. Al este el sol anunciaba levemente la hora coloreando una pequeña franja del horizonte en tono pastel. Ingrid, la astrónoma que se había adormecido en la arena a mi lado el día anterior, estaba con los ojos abiertos, encantada con las estrellas. Cuando ella percibió que yo también estaba despierto, comentó sobre su fascinación por los astros celestes y por todo el misterio que el universo aún encierra. Le dije que el misterio existe en proporción indirecta a nuestro conocimiento. Sin embargo, curioso, le pregunté en qué pensaba al decir aquello. “Nuestro cielo es el cielo del pasado”, respondió. Dije no haber entendido. Ingrid explicó que como las estrellas están a una distancia absurdamente grande, a muchos años luz de nosotros, significa que las que veíamos en aquel momento ya no estaban en el mismo lugar y posiblemente ya ni existían. La astrónoma mencionó que las estrellas explotan cuando terminan su ciclo de existencia y debido a la enorme distancia la imagen de un hecho ocurrido en el espacio demora años para llegar a la Tierra; por lo tanto, lo que los ojos ven puede que no exista más. Apuntó hacia una estrella cualquiera y concluyó: “Aquella estrella pudo ser tan sólo una ilusión debido a la posibilidad de no existir más. La ilusión permea y se mezcla con la realidad todo el tiempo cuando estudiamos astronomía”. Comenté que tenía la sensación de que en la vida pasaba lo mismo; no siempre era fácil discernir entre ilusión y realidad. Permanecimos en silencio mirando las estrellas, mientras el sol escalaba algunos peldaños y el campamento despertaba. Después de levantar y arreglar nuestras cosas para partir a un día más de travesía, fuimos a desayunar. Mientras bebía un delicioso café fresco observé que una enorme duna, que estaba en frente nuestro la tarde anterior al acampar, había desaparecido barrida por el viento de la noche. Le confesé a Ingrid que la inestabilidad de las cosas me hacía sentir incómodo; ella tan sólo se encogió de hombros como quien dice que es inevitable y se alejó para cuidar de algunos quehaceres. Como me había gustado mucho conversar con ella y deseaba su compañía, le reservé un lugar para que emparejara su camello con el mío, pero dado que hasta el momento de iniciar la marcha ella no había aparecido, pasé los ojos por toda la caravana buscándola; fue cuando la vi lista para proseguir al lado de otra persona. De inmediato sentimientos desagradables se apoderaron de mí.

La fuerza de la mansedumbre

Cada vez que veía la clásica bicicleta de Lorenzo, el elegante zapatero amante de los libros y del vino, recostada en el poste enfrente a su taller, yo me sentía un hombre con suerte. Los horarios inusitados e imprevisibles de funcionamiento del taller ya eran legendarios en la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Había terminado un ciclo más de estudios en la Orden y el tren que me llevaría hasta el aeropuerto más cercano solo pasaría al final del día. La posibilidad de ocupar ese tiempo conversando con Lorenzo me llenaba de alegría. Un mes antes, cuando pasé rumbo al monasterio, el zapatero enfrentaba una delicada cuestión. El hijo del alcalde era un joven empresario, quien acababa de montar una tienda, franquicia de una famosa marca de zapatos. En aquella época, cuando le pregunté si ese hecho podría interferir con sus negocios, Lorenzo me respondió con tranquilidad: “Pienso que no somos competencia, aunque ambos trabajamos con productos de excelente calidad. Los zapatos que él vende son bellísimos, actualizados según las últimas tendencias de la moda, producidos por diseñadores internacionales. Los míos son totalmente artesanales; diseñados y elaborados uno a uno, dependiendo del gusto y de la necesidad de cada cliente. Atendemos a público con intereses distintos”. Hizo una pequeña pausa antes de concluir: “No obstante, la competencia siempre es bienvenida pues desestabiliza la rutina de los días. Cuando esto ocurre somos forzados, por supervivencia, a buscar un nuevo punto de equilibro, entonces avanzamos”.

Mira con quién andas

Hacía casi un mes que estaba en las montañas de Arizona, hospedado en casa de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de transmitir la sabiduría de su pueblo a través de la palabra. En ese período conocí a una joven que vivía en la misma calle e iniciamos un romance. Beth, como se llamaba, era profesora en una escuela local. Durante la semana me dedicaba a estudiar con Canción Estrellada y los fines de semana íbamos, ella y yo, a pasear por los alrededores. Aquel sábado habíamos ido a Flagstaff y al final de la tarde estábamos en un agradable lugar tomando una deliciosa cerveza artesanal, al son de bandas de jazz y blues. Cuando ella regresó del baño, se encontró con una antigua compañera de colegio. De lejos, observé que las dos conversaban y percibí como la expresión de Beth se iba alterando. Tuve la nítida sensación de ver una luz languideciendo poco a poco hasta desvanecerse por completo. Cuando volvió a sentarse a mi lado parecía otra persona. Estaba abatida. Le pregunté qué había sucedido y ella dijo que todo estaba bien. Insistí; le dije que estaba diferente después de conversar con la otra mujer. Ella dijo que la compañera, si bien nunca habían sido íntimas ni grandes amigas, la había abordado para contarle su vida. Habló de su vida maravillosa: un matrimonio formidable, carros lujosos, mansiones, viajes a lugares paradisíacos y amistades con personas famosas fueron los tópicos de la narración. Le pregunté la razón por la cual aquella conversación la afectó. Beth respondió que no había entendido cuál era el motivo para que la compañera le hablara de su vida perfecta en tan pocos minutos, pero que se alegraba por ella. En seguida fui a la barra a buscar otra cerveza. El lugar estaba lleno y cuando el barman me entregó la botella, un hombre me la quitó de la mano. Dijo que aquella cerveza era suya, pues estaba allí hacía más tiempo que yo y antes de salir me insultó. Yo no quise esperar la otra cerveza, algo me había robado la alegría. Cuando nos dirigíamos a buscar el carro, nos encontramos con un joven, vecino de Beth. Ya habíamos sido presentados por Canción Estrellada. El muchacho fue muy atento con ella, mientras a mí me ignoró por completo. Me sentí incómodo con la situación, principalmente porque ella no hizo nada ante el comportamiento indelicado del joven. Ya en el carro, de regreso a casa, después de un tiempo sin dirigirnos la palabra, comenzamos a conversar sobre cualquier asunto y cuando me di cuenta estábamos discutiendo. La discusión subió de tono, intercambiamos acusaciones y peleamos, al punto de terminar la relación. Todo aquello me dejó muy mal; sentía una mezcla de emociones, entre tristeza y frustración. Tuve una sensación extraña y desagradable, como si hubiese permitido que la miel de la vida se me escurriera por las manos. El domingo por la tarde, cuando Canción Estrellada regresó del viaje que también había hecho el fin de semana y me saludó, le respondí de manera triste. El chamán solo sonrió. Al día siguiente al percibir que aún estaba desanimado, me invitó a conversar en la terraza de su casa.

El segundo día de la travessía. El dor nada enseña.

La caravana seguía rumbo al mayor oasis del desierto del Sahara. Mi objetivo era conocer a un sabio derviche, poseedor de “muchos secretos del cielo y de la tierra”. Estábamos en el segundo día de la travesía y yo todavía no me acostumbraba al compás del camello, que me dejaba un poco mareado. Intentaba distraerme con el paisaje, pero no lo lograba. Dunas enormes parecían repetirse dando la falsa sensación de que andábamos en círculos. La bellísima mujer de ojos color lapislázuli, quien me había autorizado a participar de la caravana el día anterior, había desaparecido. El caravanero, montado en su vigoroso caballo blanco, pasaba revista a la comitiva; algunas veces gritaba dando órdenes en un idioma desconocido. Yo, aún impactado con los hechos del primer día, me limitaba a acompañar a los demás integrantes, con recelo de hacer algo que perjudicara el encuentro con el derviche. A pesar del fuerte calor, teníamos el cuerpo completamente cubierto de ropa para evitar quemaduras solares y la deshidratación que podría llevarnos a la muerte. En determinado momento le fue ordenado a la caravana que parara por algunos minutos para que todos hiciéramos una ligera refección. Algunas personas aprovecharon para realizar las oraciones diarias conforme sus preceptos religiosos. Desmontado del camello, anduve sin rumbo hasta que vi al caravanero, un poco distante y solitario, con su halcón que reposaba en el grueso guante de cuero que usaba en la mano izquierda.

Lo perfecto es enemigo de la perfección

Tan pronto el autobús me dejó en la serena villa china localizada en la subida al Himalaya, dejé mi equipaje en la única posada del lugar y me dirigí a casa de Li Tzu. Estaba allí para otro breve período de estudios con el maestro taoísta. Cuando pasé por el portón, Medianoche, el gato negro que habitaba en la casa, me ofreció una mirada displicente y siguió durmiendo. Esperé que Li Tzu terminara una sesión de meditación donde orientaba a un grupo de alumnos provenientes de todos los rincones del planeta. Fui recibido con su habitual alegría serena y pronto estábamos en la cocina para tomar té. Mientras las hiervas aguardaban en infusión, comenzamos a conversar. Él estaba muy feliz, pues se había encontrado recientemente con el Viejo, el monje más antiguo de la Orden, en una solemnidad para antiguos académicos de la universidad inglesa de la cual se habían graduado. Aunque frecuentaron cursos diferentes, fue allí donde iniciaron una sólida amistad que llevaba décadas. Comentó que era muy interesante reencontrase con los compañeros con quienes había compartido aquellos años de estudio y ver cómo cada cual había seguido su rumbo según las circunstancias de la existencia. Notó que el tiempo había sido generoso con algunos; con otros, cruel. Varios compañeros estaban innegablemente mejor. A pesar de la edad, tenían estampada una tranquila sonrisa de aquellas que transmiten felicidad, los gestos suaves de la dignidad y el brillo en la mirada típico de los que conquistaron la libertad interior y la paz de corazón. Otros, entretanto, se mostraban escépticos con relación a la humanidad, desilusionados con la vida, sin ninguna esperanza depositada en un mañana diferente y mejor. También estaban los que necesitaban contar ventajas vanas con la intención de mostrarse mejores que los demás o para creer que tal vez eran felices. Quise saber la razón por la cual el tiempo no agraciaba a todos de la misma manera. Li Tzu se encogió de hombros, como quien dice lo obvio, y expresó: “Por las elecciones; estas dibujan el destino y colorean la plenitud”. Mientras vertía el té en las tazas, complementó: “Aquellos que intentaron conquistar el mundo se perdieron a sí mismos. Los que se encontraron consigo ganaron la vida”.

El décimo primer día de la travesía. Los demonios acompañan la caravana

Estaba temprano. El sol comenzaba a iluminar el desierto tras una enorme duna al oeste. Coloqué mis cosas en la alforja y la dejé lista para acomodarla en el camello a la hora de partir. Fui a la tienda donde era servido el desayuno para llenar una taza con café y me alejé para la oración matinal que solía hacer solitario, siempre acompañada de alguna reflexión. Como de costumbre, el caravanero estaba apartado del grupo con su halcón posado en el grueso guante de cuero que usaba en el brazo izquierdo, para el adiestramiento matutino. En ese momento se me aproximó un peregrino que hacía parte de la caravana y preguntó si podía hacerme compañía. Con el mentón apunté para que se sentara a mi lado. No demoró en colocar tema. Dijo que se llamaba Saúl y mencionó que, así como yo, él también iba al oasis para conocer al sabio derviche. En seguida criticó la estructura de la caravana. Comentó que el valor cobrado por el viaje era muy alto para lo poco que ofrecía y que el caravanero debía dedicarse al grupo con la misma atención que le daba al halcón. Nada respondí para no alimentar aquella conversación con energías que estimulaban la insatisfacción y la discordia. No satisfecho, al no encontrar en mí el apoyo esperado, preguntó si había leído determinado libro. Respondí que nunca había oído hablar ni del título ni del autor. El peregrino me miró con espanto y dijo que aquella lectura era presupuesto para conversar con el derviche, ya que era la base de su doctrina filosófica. Agregó que no todos los que iban al oasis lograban el esperado encuentro, pues el sabio escogía tan solo a algunas personas, aquellas que consideraba aptas para entender sus palabras.

El perfecto espejo

Una vez más, durante mi período anual de estudios en la Orden, me encontré con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la hermandad, sentado en una cómoda poltrona en la agradable terraza del monasterio. Él adoraba aquel lugar, pues allí hacía sus reflexiones diarias ante el bello escenario proporcionado por las montañas. Siempre que deseaba conversar sabía que, generalmente, lo encontraría allí al final de la tarde e, invariablemente, sería recibido con una sonrisa sincera. Aquel día no fue diferente. Llegué con dos tazas humeantes de café, le entregué una en sus manos y me acomodé en la poltrona a su lado. En seguida coloqué tema. Le dije que el foco de los estudios de la Orden era el autoconocimiento como camino que conduce a lo sagrado, dado que no encontraremos a Dios en ningún lugar, salvo dentro de nosotros mismos. Cité las famosas frases “Conócete a ti mismo y conocerás la verdad” y “Conoce la verdad y serás libre”, de Sócrates y Jesús, respectivamente, como eje filosófico conductor de la búsqueda. Agregué que las virtudes eran las herramientas que me permitirían avanzar a medida que las sedimentara en mí, posibilitando la liberación del sufrimiento, esa cruel prisión sin rejas. El monje oía todo con paciencia y tan solo meneaba la cabeza en concordancia. No obstante, con relación al entendimiento de quién yo era en realidad, le comenté que a veces tenía una visión demasiado rigurosa, mientras que otras era excesivamente generoso. La dificultad para observarme con claridad complicaba mi proceso de perfeccionamiento. Confesé que tenía la sensación de no estar avanzando hacía algún tiempo. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa y me orientó con su usual simplicidad: “Presta atención a cómo reaccionas cada vez que eres contrariado; cuando el mundo te dice ‘no’. En las acciones solemos oír antes al corazón y, así, reverberar en luz. Es común ofrecer lo mejor de nosotros. Sin embargo, en las reacciones quienes suelen hablar son nuestras sombras. Es cuando reflexionamos ante la faz aún oscura del ser. Las reacciones nos muestran los rincones que todavía no fueron iluminados”. Hizo una pausa para concluir: “Las reacciones son el perfecto espejo del ser, pues muestran lo que aún no queremos o no podemos ver”.

El décimo día de la travesía. Los demonios del desierto

Era el décimo día de viaje y aún no amanecía. Daba vueltas de un lado al otro sin sueño, así que resolví salir de la carpa. El desierto era iluminado por las estrellas del cielo y por algunos faroles colgados a la entrada de las tiendas. Una brisa fría, que en el transcurso de las horas desaparecía para dar lugar al fuerte calor a medida que el día avanzaba, exigía que me cubriese con una manta. El silencio era absoluto. Se me ocurrió que todavía no había oído a nadie de la caravana hablar de los demonios del desierto. Yo conocía muchas historias, mitos y leyendas sobre aquellos espíritus y no dudaba en que había algo de verdad en ello. Me senté en la arena y permanecí absorto en mis reflexiones. Pronto el cielo cambió de color anunciando el nuevo reinado del sol. Con el despertar del campamento se comenzó a escuchar barullo en las tiendas. Me alegré ante la posibilidad de tomar un café caliente temprano de mañana. La primera persona a quien vi fue al caravanero. Él estaba pensativo, con la mirada perdida en el desierto. Me pareció extraño que no estuviera con el halcón para el adiestramiento matinal. Sin dar importancia a ese detalle, me aproximé y le pregunté por los demonios del desierto. Quería saber si él creía en su existencia. El caravanero me miró rápidamente, después se volteó hacia el desierto y dijo: “Ellos acompañan la caravana y están mezclados entre los viajeros”.

El rompecabezas

Esperé que Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, cerrara las puertas del taller. Aunque todavía era medio día, su horario de trabajo que inició de madrugada, ya terminaba. Los horarios inusitados de funcionamiento del taller eran legendarios en la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Seguimos por las calles estrechas y sinuosas, pavimentadas en piedra, en dirección a un restaurante que nos gustaba mucho para almorzar e intercambiar una conversación banal, como dos buenos amigos que se alegran por el simple encuentro. Al cruzar la plaza donde se localiza el restaurante, vimos a una de las sobrinas del zapatero sentada en un banco, con el rostro bañado en lágrimas. Abordada, la joven dijo que estaba muy triste pues creía que su matrimonio estaba próximo a terminar; la convivencia estaba siendo difícil. Confesó que no era lo que deseaba y aunque vivían en la misma casa, estaban más distantes el uno del otro a cada día. Lorenzo la invitó a almorzar con nosotros para conversar un poco. Argumentó que hablar en esas horas podría ser útil, ya que al oír las razones que sustentan los lamentos, los sentimientos terminan siendo más claros. Una vez aceptada la invitación, nos acomodamos en una mesa, lejos del ruido de la calle. Tan pronto nuestras copas estaban llenas con un buen vino tinto de la región, la muchacha inició un listado de quejas con relación al marido, desde su desinterés en la vida afectiva de la pareja hasta el poco empeño que tenía en la empresa donde trabajaba. Oímos todo con atención y paciencia, sin interrumpirla. Al final, tuve un rápido intercambio de miradas con Lorenzo; fue suficiente para que yo supiera lo que él pensaba, dada nuestra antigua amistad.

El noveno día de la travesía. Cuando el alma se mira al espejo

Atardecía en el noveno día de travesía. Había sido un día monótono, especialmente al compararlo con los anteriores. El caravanero había ordenado montar el campamento un poco antes de la hora que generalmente interrumpíamos la marcha. Aproveché para ir al barbero. Puede parecer extraño, pero la caravana tenía uno. Uno de los encargados llevaba en su equipaje una pequeña jofaina y un espejo, además de los utensilios típicos para la barbería como navajas, tijeras, aceites y cremas. Yo uso barba hace muchos años y tengo la costumbre de cortarla una vez por semana. Como no cuidaba de ella desde antes de partir, sumando las condiciones difíciles impuestas por el desierto, me sentí abandonado por mí mismo cuando me vi en el pequeño espejo. El barbero era un hombre simpático y conversador, veterano de muchas travesías; su oficio era adornado por las diversas historias que contaba a medida que arreglaba barbas y cortaba cabellos. Cuando me senté en la silla y comenté que me había asustado al verme en el espejo debido a los maltratos que el desierto me imponía, él me corrigió diciendo que el desierto era riguroso, pero que cada uno definía los cuidados que tenía consigo mismo. En seguida, narró una historia cómica que según él era verdadera, sucedida muchas travesías atrás, de un hombre que tuvo un serio susto al mirarse en el espejo, pues la imagen reflejada no correspondía a su persona.

Sigue tu corazón

“Sigue tu corazón”, me aconsejó Canción Estrellada al despedirme. Había ido a las montañas de Arizona para participar de algunos ceremoniales nativos en un período que, por coincidencia, era un ciclo de cambio en mi vida. La agencia de propaganda de la cual hacía parte había sufrido una fuerte escisión con la salida de algunos socios y era preciso encontrar nuevos rumbos. Al mismo tiempo se terminaba la relación de algunos años atrás con mi pareja que pensé no tendría fin. En aquel momento necesitaba reinventarme. “Sigue tu corazón”, fueron las palabras que llevé conmigo, las cuales me llenaban de fuerza y me ayudaron a tomar una serie de decisiones, tanto personales como profesionales, que resultaron equivocadas. Algunos meses después y dado el torbellino de discrepancias en las que mi vida se había convertido, aproveché que tendría lugar el tradicional ritual del equinoccio de verano para volver a Arizona. Encontré a Canción Estrellada en la agradable terraza de su casa, sentado en la mecedora. Él me recibió con alegría. Poco tiempo después de estar debidamente acomodado, le confesé al chamán que seguir el corazón había sido un desastre, debido a lo ocurrido conmigo. Peor aún, tenía la nítida sensación de que las cosas se agravarían todavía más. Él me miró como si fuera un niño llorón, encendió su indefectible pipa con hornillo de piedra roja y, después de algunas bocanadas, dijo: “Hay dos aspectos en tu discurso que parece no has entendido. El primero es que, algunas veces, estamos tan arraigados a las viejas formas de vivir que es preciso demoler todo, hasta que no quede piedra sobre piedra, para que sea posible reconstruir una nueva realidad basada en un entendimiento diferente sobre el ser. No se construye una buena casa sostenida con paredes deterioradas”. Volvió a fumar su pipa y concluyó: “Otro aspecto, y no menos importante, es sobre seguir a tu corazón. Será siempre un valioso consejo; sin embargo, no siempre es posible realizarlo, pues para seguir el corazón es necesario aprender a oírlo”.

El octavo día de la travesía: Las tempestades de arena y el alma

La caravana iniciaba su octavo día de viaje. El campamento despertaba. Me alejé para una ligera meditación cuando vi al caravanero, distante de todos, con su halcón posado en los gruesos guantes de cuero que usaba en el brazo izquierdo. Me distraje esperando el vuelo del ave que solía cazar al inicio y al final del día. Me asombró que el halcón se rehusara a volar y cuando el caravanero retornó al campamento con pasos apresurados, entendí que algo andaba mal. Aunque no oí qué decía, vi cuando dio algunas órdenes a los encargados. Pronto llegó la noticia de que una tempestad de arena se aproximaba. Se nos orientó a partir lo más rápido posible en busca de un lugar en el que pudiésemos enfrentar la tempestad con un poco más de seguridad. Yo había oído historias de caravanas enteras que sucumbieron ante las violentas tempestades de arena, equivalente a las avalanchas de las montañas. En pocos minutos estábamos montados en los camellos y caballos, en ayunas, continuando el viaje. Marchábamos en absoluto silencio. Los ojos de todos denotaban angustia patrullando el horizonte en busca de cualquier señal. El cielo, con el natural azul intenso del desierto, me parecía igual al de los días anteriores. La temperatura comenzaba a aumentar a medida que el sol escalaba la bóveda celeste. Nada me pareció diferente, salvo el miedo que amplificaba la extraña quietud de la marcha aquel día. Noté que el caravanero nos condujo hacia un espacio abierto, lejos de las dunas, que se mueven al compás de los vientos para que no nos enterraran durante la tempestad. Cuando paramos para un breve descanso, el caravanero se retiró y se sentó sobre las piernas en posición de oración. Al sentir que me aproximaba, abrió los ojos y me encaró. Hice una señal preguntando si podía acercarme y él lo autorizó con un movimiento de cabeza. Indagué si podíamos rezar juntos. Con la quijada me indicó un lugar para que me sentara a su lado. Le confesé que estaba con miedo y quise saber si él también lo estaba. El caravanero respondió con serenidad: “Todos sienten miedo ante la inminencia de un mal. Pido por luz y protección. Mi oración tiene solamente dos palabras”.

Siempre tengo todo lo que necesito

Allí estaba yo, de vuelta a la pequeña villa china próxima al Himalaya. El viaje, además de pesado debido a las largas horas de vuelos, conexiones necesarias y el trecho realizado en autobús por la precaria carretera que serpenteaba la montaña, me dejó el inconveniente de tener extraviada la maleta por parte de la compañía aérea. Mis reclamos en el aeropuerto habían sido inútiles y la empresa no garantizaba la entrega del equipaje en un lugar tan distante y de difícil acceso, si por ventura aparecía. Tan sólo tenía la mochila con los documentos y alguna que otra pieza de ropa que había llevado para cambiarme durante el largo recorrido. Tan pronto llegué intenté descansar un poco en el único hostal del lugar, mas fue en vano. La irritación y la contrariedad hacían que mi cabeza girara llena de ideas y sentimientos a punto de desbordar en mi interior.

El séptimo día de la travesía. La mesura y el poder del alma

Estábamos en el séptimo día de la travesía. La caravana hizo un pequeño desvío de ruta para abastecerse de agua en un pozo construido y mantenido por una pequeña comunidad de tuaregs que, aunque fueran de naturaleza nómada, se habían establecido en aquel lugar hacía algún tiempo. Eran personas amistosas que se dedicaban a atender a los viajeros. Además del agua potable extraída de un lecho subterráneo del desierto, ofrecían diversos víveres y negociaban camellos. Las mujeres del grupo eran conocidas por tejer ropa colorida y por el delicioso dulce de támaras que vendían. Después de llenar mi cantimplora, probé el famoso manjar y entendí la razón de llamarlo “la miel del desierto”. Me vi obligado a cerrar los ojos ante tal placer. Como no sabía cuándo tendría una nueva oportunidad de comer aquella maravilla adquirí una gran cantidad, suficiente para varios días, y la acondicioné en la alforja de mi camello. Pronto la caravana retomó su curso. Aquel día me deleité con los dulces, comiendo uno tras otro, hasta terminarlos todos, en incesante complacencia. A medida que comía los dulces sentía sed, viéndome obligando a beber una cantidad de agua mucho mayor de lo normal. Al final de la tarde, cuando la caravana volvió a parar para acampar y pernoctar, me sentía mareado y sin agua en la cantimplora. Empalagado, rechacé la refección ofrecida y me alejé dado el malestar que sentía. Busqué al encargado de las provisiones de la caravana y le solicité agua. De modo educado, me la negó. Argumentó que tenía orden del caravanero de proveer agua sólo dos días después de pasar por el pozo, como una forma para que todos colaboraran con el consumo consciente, equilibrando las difíciles condiciones impuestas. Insistí, mas el hombre se mantuvo firme en su respuesta. Volví a alejarme y en poco tiempo, la sensación de sed aumentó exponencialmente hasta volverse insoportable. La irritación me poseyó como efecto de la crisis de abstinencia. De lejos divisé a otro viajero bebiendo agua, un mercader veterano de muchas travesías. Me aproximé y le pedí un poco, explicándole lo ocurrido. Él me miró durante algunos segundos y dijo que me vendería una cantimplora. Percibí que tenía varias en su alforja. Sin dudarlo, acepté pagarle. Él sonrió de manera extraña. En seguida estableció el precio. Era un valor alto, muy alto.

Una sofisticada virtud repleta de otras virtudes

Una de las cosas más agradables para mí era recorrer las calles estrechas y sinuosas de la pequeña ciudad localizada en la falda de la montaña que abriga al monasterio y mejor aún hacerlo de mañana, cuando las calles empedradas están mojadas por el rocío de la madrugada. Aquel día tenía la esperanza de encontrar abierto el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos. El taller era legendario en la región, ya fuera por la maestría de Lorenzo en coser el cuero y las ideas, o por los horarios inusitados e imprevisibles de funcionamiento, cuyo criterio era simplemente el deseo del zapatero. Cuando volteé la esquina y no divisé su clásica bicicleta recostada en el poste, supe que el taller tendría las puertas cerradas. Pasé por una tienda de revistas próxima y el vendedor me dijo que mi amigo había trabajado toda la noche, que acababa de comprar el periódico y que se había dirigido hacia una panadería próxima de allí. Me alegré ante la posibilidad de tener una buena prosa temprano en la mañana, acompañada de café caliente y pan fresco.

El sexto día de travesía. La sombra de la discordia y el alma olvidada

Era el sexto día de caravana. Las precarias condiciones de una travesía por el desierto, por mayores que sean los cuidados dispensados por los viajeros, ya sea por el clima inhóspito o por la falta de una serie de facilidades a las que estamos acostumbrados en las ciudades, traen inevitables problemas. Hay que prestar atención tanto en lo relacionado con las variaciones de humor, tan imprevisibles como las dunas que se mueven al ritmo del viento, como en la salud física que tiende a deteriorarse rápidamente al menor descuido. Cabe al caravanero la difícil tarea de conducir la caravana en armonía, con firmeza y paciencia a la vez. La sensatez es la virtud que permite el equilibrio entre las dos virtudes, puestas a prueba a todo momento en diferentes grados de exigencia.

La luz del mundo es la misericordia

El mundo no es un buen lugar para vivir. Yo estaba convencido de esta afirmación mientras observaba las bellas montañas, sentado en una cómoda poltrona en la terraza del monasterio. Cansado de tantos conflictos, injusticias y maldades, había perdido la esperanza de vivir en un mundo mejor. Mi vida personal también acumulaba una serie de discusiones y decepciones, ya fuera con la familia, entre amigos o en el trabajo. De ese modo, me alegré por mi viaje a la Orden para pasar un periodo de estudios y reflexiones. El monasterio era un buen refugio. Había llegado la noche anterior y aún no me había encontrado con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la hermandad. Él había regresado un poco más temprano; venía de una serie de conferencias en ciudades próximas y se había recogido en su cuarto para descansar. Al día siguiente, al despertarme, pasé por la biblioteca para elegir un libro, llené una taza de café en el refectorio y fui a la terraza. No demoró mucho para que el Viejo fuera a mi encuentro. La barba blanca cuidadosamente arreglada, los pasos lentos pero firmes, y las facciones doradas por el sol de las montañas, se complementaban con la imagen de alegría y jovialidad que lo caracterizaban a pesar de su avanzada edad. Una energía de bienestar y paz lo envolvía, contagiando a las personas a su alrededor. Su calma no era perezosa; era una tranquilidad revitalizadora. Aunque apreciaba el descanso, siempre estaba involucrado en variadas actividades, estudios y no dispensaba la práctica del yoga al despertar. Traía en sí el poder de la ligereza y la fuerza del movimiento. Me ofreció una sonrisa sincera y un fuerte abrazo. Sentado en la poltrona a mi lado, me contó sobre el ciclo de conferencias que acababa de realizar y cómo estaba contento por esto. Dijo que quería hablarme de sus nuevos proyectos, pero que antes deseaba saber cómo estaba. Como las palabras suelen reflejar el equipaje del alma, derramé todas mis frustraciones y lamentos con relación al mundo. Concluí diciendo que ahora me encerraría en mi círculo de vida y seguiría cada vez más ajeno a las iniquidades de la humanidad. En seguida, adicioné que estaba ansioso por iniciar mi periodo de estudios y por el desarrollo espiritual que éste me traería. El Viejo me oyó con atención y paciencia sin interrumpirme. Al final dijo: “El nuevo ciclo de aprendizaje será muy diferente a los anteriores. Creo que será provechoso, aunque dudo que te agrade”.

El quinto día de la travesía. El alma del mundo

Estábamos en el quinto día de la travesía. La caravana proseguía su marcha rumbo al oasis donde vivía un sabio derviche, “conocedor de muchos secretos del cielo y de la tierra”, con quien deseaba reunirme. Entre peregrinos, mercaderes, turistas y encargados, decenas de personas integraban la caravana que viajaba por las arenas del Sahara. En aquella mañana, muy temprano, antes de levantar el campamento, percibí que el caravanero estaba un poco distante del grupo adiestrando a su halcón. Me llamaba la atención el hecho que él, siempre que podía, se alejaba para entretenerse con el ave. Extraña diversión, pensé. Atribuí el hábito a las inevitables diferencias culturales entre los pueblos. Busqué a la bella mujer de ojos color lapislázuli en vano. Después mi atención se concentró en un hombre que cada vez que la caravana hacía una parada, extendía un bello tapete y exponía, en pequeños cestos, porciones de galletas finas. Él se dedicaba a servir té a quien lo deseara. Ese hombre no trabajaba en la caravana como pensé en un comienzo; una vez por año viajaba para encontrarse con parientes. Realizaba el ceremonial del té por placer. Me impresionó el esmero con el cual se dedicaba a esa tarea. Un mercader inglés que solía viajar para negociar tapetes con los hábiles artesanos del oasis, al notar mi interés, se aproximó y dijo: “Es el mejor té que he tomado en la vida.” Respondí que semejante elogio venido de un inglés era para ser tenido en consideración. En seguida, comenté que me parecía un poco exagerado todo aquel ahínco para servir té con galletas en un campamento en el desierto. El inglés comentó como si revelase un secreto: “Dicen que es un maestro”. Pronto mi interés cambió. Me acerqué al hombre, le pregunté si podía sentarme, él sonrió e hizo un gesto con la mano para que me pusiera cómodo. Había acabado de preparar una infusión en la tetera, me sirvió con esmero en una elegante taza de porcelana y me ofreció galletas. Me sentí como un rey. Elogié de manera sincera su té; en realidad, era delicioso. Volvió a sonreír y manifestó: “Eso me alegra el corazón. Me agrada cuando dicen que es un néctar de los dioses.” Le confesé que eso había sido exactamente lo que sentí al probar la bebida. En seguida, interesado en averiguar por la maestría a él atribuida, le pregunté si le gustaba Blavatsky, apreciada escritora rusa en los círculos esotéricos. Él me miró con simplicidad y respondió: “No sé quién es.” Insistí en saber su opinión sobre Krishnamurti, Yogananda, Kardec, Gibran, entre otros. Las respuestas se repetían con un movimiento de cabeza en negativa. Desolado, quise saber qué libros le interesaban. El hombre, cuyo nombre supe después se llamaba Kalil, respondió con humildad: “No sé leer”. En seguida justificó: “Fui criado en un campo de refugiados. Allí no había escuelas” y agregó con enorme estima: “Yo aprendí a hacer té”. Decepcionado, esbocé un rastro de sonrisa como quien dice que entendía la situación. Desocupé la taza, elogié nuevamente el té y cuando hice mención de levantarme, él se mantuvo gentil intentando explicar: “El té que usted bebió es de una flor común del desierto mas rara en las ciudades, la cual debe ir fresca en la infusión, en donde no puede demorar más de tres minutos, bajo el riesgo de alterar su sabor. Tuve suerte de encontrar un pequeño ramo ayer.” Comenté que realmente era un manjar, le agradecí y, como no estaba interesado en saber más sobre tés, me levanté.

Ante el alma

El tambor de dos fases de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de llevar la sabiduría de su pueblo a través de las palabras, sonaba con ritmo acompasado cuando llegué a su “lugar de poder.” Este lugar era próximo a su casa, en lo alto de una montaña en Arizona, en una pequeña planicie donde, además del bello paisaje y profundo silencio, me llamaba la atención un árbol muy antiguo en equilibrio improbable, en la punta de un peñasco. Él decía que todos tienen un lugar donde sienten con mayor intensidad la unión con el Gran Misterio, lo invisible que permea y actúa en lo visible, en armonía entre la fuerza y la sutileza de la vida.

El cuarto día de la travesía. La oscuridad es el pabilo de la luz

Todavía era el cuarto día de la travesía y ya había más movimiento de lo que era capaz de imaginar. Todo lo que quería era un poco de sosiego para reflexionar sobre la vida mientras atravesábamos el desierto que parecía sin fin. Al contrario de lo que yo suponía, no existe tedio cuando se hace parte de una caravana. El desierto es un universo peculiar, que late como un cuerpo vivo, cambia a cada instante por la acción del viento en la arena, tiene fuertes contrastes entre el día y la noche, además de abrigar una incontable cantidad de seres en su interior. Aves migratorias y de rapiña, pequeños roedores, reptiles como lagartos y serpientes, además de pequeños invertebrados, algunos muy peligrosos, como arañas y escorpiones. También había oído hablar de felinos, pero me parecían leyendas, pues dudaba de la existencia de esas especies en regiones tan inhóspitas. Aquel día seguía letárgico, conforme mi deseo. Yo alternaba las horas entre la reflexión, mientras observaba el paisaje, las innumerables fotografías que tomaba para registrar el viaje y la lectura de un libro, el cual ya me había habituado a leer sin marearme, a pesar del movimiento del camello. Quería estar preparado para el encuentro con el sabio derviche, “conocedor de muchos secretos del cielo y de la tierra”, que vivía en el oasis. El caravanero seguía en frente, montado a caballo. Durante algunas horas al día, él trotaba cargando su halcón posado sobre los gruesos guantes de cuero que usaba en el brazo izquierdo. Aquel día todavía no había visto a la bella mujer de ojos color lapislázuli.

El amor. Tan próximo, tan distante.

Había llegado hacía pocos días al monasterio para mi periodo anual de estudios cuando recibí la noticia del fallecimiento de mi abuelo. Había sido un hombre saludable y activo, que cuidó de su pequeño negocio hasta los últimos días de esa existencia. Se sintió mal y fue llevado al hospital, y aunque lo internaron para exámenes más detallados, los médicos creían que no se trataba de algo grave. Lo había visitado antes de viajar; estaba alegre y optimista, características que siempre estuvieron presentes en su forma de ser. Aunque yo estaba seguro de que se recuperaría rápidamente, oré en este sentido y aunque estando lejos, le envié buenas vibraciones de cura. Quedé desorientado cuando me avisaron sobre el fin de este ciclo en su vida. Me hubiera gustado tener un tiempo adicional de convivencia a su lado en esta existencia mía. Fue esto lo que le dije al Viejo cuando lo vi sentado solitario en el comedor, entre una taza de café y un pedazo de torta de avena. El buen monje se levantó sin decir palabra, me dio un fuerte abrazo y después me acomodó una silla en frente suyo. Me llenó una taza con café, volvió a sentarse y me miró con dulzura como quien está dispuesto a darme la atención que necesitaba en aquel momento. Confesé que estaba desorientado con la situación y hasta algo incrédulo en mis estudios. Le dije que la espina dorsal de los estudios de la Orden era el Sermón de la Montaña, enseñanzas legadas por el maestro Jesús en las colinas Kurun Hattin. Agregué que Jesús también había dicho que “todos podrían hacer lo que él hizo y mucho más”. Los libros sagrados narran situaciones en que ciegos retomaron la visión y de parapléjicos que habían vuelto a andar. Sin embargo, ante una situación mucho más sencilla, mis oraciones y vibraciones de cura habían sido insuficientes. Cuestioné la valía de mis conocimientos.

El tercer día de la travesía: El dilema entre la palabra y la verdad

Desperté la mañana del tercer día de la travesía con el cuerpo todavía extenuado por los acontecimientos del día anterior. El cielo ya estaba claro, aunque el sol no había alcanzado la línea del horizonte en el borde del mar de arena que parecía infinito. La agitación para recoger el campamento era intensa. Todos alistaban sus cosas para proseguir rumbo al mayor oasis del Sahara. Yo iba al encuentro de un sabio derviche, “conocedor de muchos secretos del cielo y la tierra”, que allí residía. La gran mayoría de los integrantes de la comitiva eran mercaderes, peregrinos y turistas que marchaban montados en camellos. Los funcionarios de la caravana, encargados de la seguridad, viajaban a caballo en vigorosos puros sangres árabes, lo que les ofrecía mayor agilidad; el caravanero y la enigmática mujer de ojos color lapislázuli, a quien no había visto aquella mañana, también lo hacían. Noté que además de aquellas personas, algunas pocas también seguían a caballo. Como yo no me había acostumbrado al movimiento del camello sobre las arenas del desierto, lo que me dejaba mareado, cuando el caravanero se aproximó cuestioné el privilegio concedido a esas personas que “viajaban en primera clase”. Argumenté que todos deberían tener el mismo tratamiento debido a las condiciones inhóspitas de la travesía. Acrecenté que, como ese no era el caso, a mí también me gustaría seguir a caballo. El caravanero me miró fijamente y dijo: “Todos son tratados de manera justa y reciben un camello para realizar el viaje. No obstante, algunos trajeron o compraron sus propios caballos. No hay nada de errado en esto”. En seguida advirtió: “Cada cual debe vigilarse”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Todos son libres para actuar, desde que no interfieran con la armonía de la caravana”.

La ley del progreso

Estaba sentado en la terraza del monasterio apreciando las bellas montañas que lo acogen cuando se aproximó el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Siempre con su estilo jovial, a pesar de su avanzada edad, traía dos tazas de café fresco que acomodó en la mesa a mi lado. Se sentó en una cómoda poltrona y bromeó al decir que le compartiera mis pensamientos. Le agradecí por el café y le confesé que cuestionaba el hecho de los textos sagrados afirmar que somos hechos a imagen y semejanza de Dios. Mientras Dios es perfecto, nosotros todavía nos esforzamos con los primeros escalones de aprendizaje. Argumenté que, si el origen de todos los males del mundo es la prevalencia de las sombras personales ante las elecciones virtuosas concernientes a cada individuo, sería más sensato que todos hubiéramos nacido perfectos, así como Dios, evitando de esta forma todas las tragedias y sufrimientos provocados por la humanidad contra sí misma; por lo tanto, existía un error por parte del creador con relación a la elaboración de la criatura o una gran equivocación en los textos sagrados.

El décimo segundo día de la travesía. La marca del desierto

Amanecía en el décimo segundo día de la travesía. Agarré una taza de café y me alejé para hacer mis reflexiones matinales. Deambulaba entre mil pensamientos cuando divisé a un hombre que viajaba con la caravana sentado en la arena solitario. Yo ya había reparado en él por el hecho de estar siempre separado del grupo. Nunca lo había visto conversando con alguien. Decidí aproximarme. Le pregunté si podía sentarme a su lado y él asintió con la cabeza. Me presenté y dije que estaba allí para conocer al derviche. Él dijo llamarse Farid y comentó que retornaba al oasis donde nació, después de muchos años, para volver a ver a sus parientes. Había partido en un día remoto en busca de trabajo. Mencionó que tenía un pequeño puesto de granos y condimentos en el mercado central de Marrakech. Le dije que debería estar muy animado por aquel reencuentro después de tanto tiempo. Farid respondió que no mucho; en verdad, volvía porque la madre estaba muy enferma. Confesó que su deseo era regresar solo cuando fuera un rico mercader y así ser admirado por todos. No obstante, lamentó que la vida no lo quisiera así. Comentó que desconocía la razón por la cual su negocio no prosperaba, a pesar de esforzarse y ser honesto, lo cual lo entristecía. Dije que tal vez podría ayudarlo, puesto que yo era publicista y mi agencia había ayudado a construir diversas marcas a lo largo de los últimos años. Farid expresó que tal vez no fuera su caso, pues era tan solo un mercader de granos. Sostuve que el tamaño ni el tipo del negocio importaban, lo importante era crear una marca que no solo lo identificase, sino que lo diferenciara de los demás comerciantes; que lo hiciera único. Le conté sobre una marca de motocicletas que adicionó el concepto de libertad a las motos que vendía. También le hablé de un fabricante de celulares que decía no vender tan solo teléfonos, sino aparatos que podrían cambiar el mundo. Él me miró asustado y me preguntó si aquello era honesto. Le respondí que, dependiendo de la óptica, sí; era posible crear una marca que reflejara con total claridad las cualidades del producto ofrecido. Agregué que los ejemplos no solo resaltaban el poder de la creatividad, como también el alcance que una marca bien construida podría tener. Igualmente mencioné que una marca debía observar tres conceptos importantes con relación al producto: la verdad, la innovación y la utilidad. Farid se mostró interesado.

El zapatero, el industrial y la ironía

Andaba por las calles estrechas y sinuosas del elegante poblado, situado en la falda de la montaña que acoge al monasterio, con la incertidumbre de encontrar el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, famoso por coser el cuero como oficio y las ideas como arte, aún abierta para un café fresco y una buena prosa. Como su taller era legendario en la región por funcionar en horarios inusitados e inciertos, me sentí feliz cuando al doblar la esquina vi su clásica bicicleta, el único medio de transporte que se permitía usar dentro de la ciudad, recostada en el poste en frente al taller.

El primer día de la travesía, cuando menos es más

Era el primer día de viaje. Yo estaba en una pequeña ciudad fronteriza con el desierto del Sahara, al norte de África. Mi intención era hacer parte de una caravana que partiría rumbo a un oasis donde residía un sabio derviche. En los círculos esotéricos él era conocido como un hechicero muy respetado dado el enorme conocimiento que poseía con relación a muchos secretos “sobre el cielo y la tierra”. Yo aún daba los primeros pasos por el Sendero y estaba profundamente impresionado con las historias que oía. Aquella caravana partía apenas dos veces al año, en fechas imprecisas, y era la única manera de llegar hasta el oasis y, en consecuencia, hasta el sabio. La travesía duraba cuarenta días. Entré en una taberna que me habían indicado como punto de contacto. Me pareció un lugar extraño pues no solo vendía bebida y comida, sino todo tipo de cosas para sobrevivir durante varios días entre las dunas y el sol. Las personas, aparentemente, no le daban importancia a mi presencia. Dado que las informaciones que poseía eran bastante vagas, me dirigí al hombre que atendía atrás del mostrador y le pregunté sobre la caravana. Él me miró durante algunos instantes, dudando de mi capacidad para completar la aventura que me había propuesto, y se limitó a indicarme una de las ventanas de la taberna con la quijada, sin pronunciar una sola palabra. Además de los vidrios empolvados, tan sólo vi el cielo azul y las arenas claras, de un tamaño sin fin, de color entre amarillo y beige. Fijé la mirada y a lo lejos pude percibir una figura imponente con la vestimenta típica de los pueblos del desierto y con un halcón que reposaba en su brazo. Con lentes oscuros, por causa de la claridad, y sosteniendo mi sombrero panamá en la cabeza para no perderlo al viento, anduve de manera desaliñada hasta la persona indicada. Durante el corto trayecto observé al ave sobrevolando en círculos, de forma maravillosa, hasta posar las garras en el grueso guante de cuero de su mentor. Le pregunté si era con él con quien debía hablar sobre la travesía. La respuesta fue una simple afirmación con la cabeza. Le dije que quería hacer parte de la próxima comitiva, pues deseaba encontrarme con el sabio derviche. Necesitaba saber la fecha de partida y el costo para hacer parte del grupo. Él me miró profundamente a los ojos y respondió: “La travesía por el desierto es peligrosa. No puedo garantizar que todos los integrantes lleguen a su destino”.

El guardián y el maestro

La conferencia que el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, había impartido en una conocida universidad versaba sobre la necesidad del equilibrio entre el ego y el alma. Aprovechando una figura del lenguaje usada por Teresa De Ávila, comparó lo íntimo de una persona con un castillo de muchas habitaciones. En cada cuarto habita un sentimiento o una idea; algunos densos y pesados, otros leves y sutiles. En el portón de entrada, en contacto directo con el mundo, está el ego. En la sala del trono, en el interior del castillo, habita el alma, centro de las decisiones primordiales. El buen funcionamiento del castillo dependerá de la capacidad armónica y de conexión entre sus habitantes. Aunque el concepto no sea nuevo, es poco conocido y transitó durante siglos apenas entre monasterios y hermandades esotéricas. Al final de la ilustración hubo muchos cuestionamientos, dudas y material para reflexiones posteriores; ésta era la intención del buen monje. Cuando estábamos de salida preguntó por el profesor de estadística Carl Bacon, contemporáneo suyo cuando cursó economía en una universidad inglesa, con quien había construido una sólida amistad. Fue informado que el profesor Carl estaba de licencia debido a una fuerte depresión, que había desistido de la cátedra y pocos creían que él regresaría a las aulas. El Viejo se mostró preocupado y quiso saber dónde encontrarlo. Le dijeron que salía poco de casa, salvo para pasear solitario y sin rumbo por el bosque de la universidad. Agregaron que no tendríamos dificultad para encontrarlo.

La luz del mundo es una torta de naranja

El día amanecía. Yo estaba en la apacible estación de la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña donde está situado el monasterio, a la espera del tren que me llevaría con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, hasta una agitada metrópolis, sede de una prestigiosa universidad. Él era muy solicitado para dar conferencias en instituciones educativas, empresas y centros comunitarios. Nunca rehusaba un llamado. Si le era imposible alguna fecha por tener otro compromiso, no quedaba tranquilo hasta encontrar un día en el calendario para atender el pedido. Como nuestro tren todavía demoraría un poco, fuimos hasta la cafetería de la estación en busca de una taza de café fresco y de la famosa torta de naranja con jengibre hecha por la gentil dueña del establecimiento. Debidamente acomodados, con dos tazas humeantes enfrente, le pregunté si no sentía necesidad de tener más tiempo para descansar. El monje tomó un sorbo de café y dijo: “Descansar es muy importante, así como tener un tiempo para encontrarme conmigo mismo y ‘arreglar la casa’”. Sonrió y complementó: “Hacer limpiezas rutinarias es de extremo valor para poder barrer la polvareda de los sentimientos densos, arreglar las emociones que se rompieron, cambiar la decoración anticuada de las ideas que ya no embellecen la vida, abrir las ventanas para que el aire y el sol entren. Mi casa es mi punto de observación e interacción con el mundo”. Bebió un sorbo más de café y prosiguió: “De la misma manera, es de gran importancia dedicarle un tiempo a la diversión. El arte, a través de cualquiera de sus modalidades, que tanto nos ayudan a ver más allá de las fronteras de los condicionamientos y de la rutina de lo cotidiano, encontrarse con los amigos, con la familia para tener buenas conversaciones y, especialmente, reír bastante, tienen la fuerza de alimentar el alma”. Me miró a los ojos y concluyó: “No obstante, sólo cuando estoy sirviendo siento el poder del universo de un modo diferente. Cuando comparto lo mejor que existe en mí, llevo consuelo al corazón de alguien, ayudo a que brote la sonrisa en el rostro de otra persona o logro, con una palabra, iluminar la oscuridad de los sótanos de un alma, es como si las manos de las estrellas se acoplaran a las mías y todo mi ser ardiera en fuego, tal es la luz que me invade. Es el perfecto sentimiento de lo sagrado”.

El mejor mago del mundo

Eran días letárgicos. Yo andaba desanimado en aquel período de estudios en el monasterio. No podía concentrarme en las lecturas ni en las meditaciones. Las conferencias y debates me parecían demasiado aburridos. Las actividades físicas, como el yoga o las caminadas por las montañas tampoco me generaban interés. A los que me preguntaban sobre la razón de mi “mirada sin vida”, les respondía que ya no alimentaba alguna ilusión con relación a la humanidad. Argumentaba que las nubes de la vanidad, de la envidia, de la ganancia, de la mentira y del miedo habían tomado el mundo para siempre bajo sus sombras. Cuando me deparé con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, acomodado en una poltrona en la terraza del monasterio, entretenido con un libro, lo invité al refectorio para buscar una taza de café, a lo que él accedió con una linda sonrisa. Cuando coloqué la taza en la mesa a su lado, el monje me convidó a sentarme. Sin que me preguntase nada, tan pronto me acomodé, lancé un vendaval de lamentos sobre la inutilidad de la vida. Confesé que no veía sentido en vivir y, tal vez, aquellos que vivían en busca constante del placer estaban correctos. El Viejo se encogió de hombros y dijo: “Depende de aquello que entiendas como placer”.

La realeza del mundo

El tren me había dejado temprano en la estación de la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Como mi transporte hasta la sede de la Orden estaba para el fin de tarde, decidí arriesgarme a encontrar abierto el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, legendario no solo por la habilidad del artesano en remendar tanto el cuero como las ideas, sino también por los horarios inusitados de funcionamiento. Aquel día la tienda estaba cerrada pese a que todo el comercio local estuviese en plena actividad. Un vecino me informó que mi amigo había trabajado toda la noche, cerrando las puertas así que amaneció. Resolví seguir hacia una cafetería en busca de una taza de café fresco, un pan y el delicioso queso de la región; para acompañarme, compré el periódico. Mientras andaba por las calles estrechas y sinuosas con pavimento en piedra, típico de aquel poblado, ojeé los titulares y leí que una famosa reina de un país europeo había fallecido. Aunque el cargo fuese solamente protocolario y simbólico, sin algún poder administrativo, el reportaje relataba una gran conmoción. El entierro ocurriría con toda la pompa.

Al entrar en la cafetería me deparé con Lorenzo, sentado en la última mesa, desayuno mientras leía el mismo periódico. Abrió una sonrisa sincera cuando me vio, se levantó para darme un fuerte abrazo y me convidó a sentarme con él. Era un hombre elegante. Delgado, alto, de cuerpo ágil y erecto a pesar de su edad, cabello completamente blanco. Vestía un pantalón negro de fina confección acompañado de una camisa inmaculadamente blanca, con las mangas dobladas hasta la altura de los codos y zapatos de manufactura propia. Su elegancia siempre me llamó la atención. Sentados, le comenté que me sorprendía que la muerte de la reina hubiera causado tanto alboroto. Sugerí que tal vez fuese por el hecho de la realeza estar ligada a la época romántica del mundo. No porque yo estuviera a favor de cualquier tipo de absolutismo, muy por el contrario, repudiaba la centralización del poder público y el cercenamiento de las libertades, individual y colectiva. Creía que la globalización dejaría al mundo “sin sal”. Reyes y reinas pertenecían a un tiempo en el cual el mundo era más elegante. Hoy, jóvenes de París, Tokio o Rio de Janeiro se visten iguales: jeans, camiseta y tenis. La ropa, que siempre marcó diferencias culturales, era cada vez más parecida, así como los hábitos y los gustos. Le dije que el planeta estaba volviéndose monótono y las personas lo estaban sintiendo.

Lorenzo esperó que la simpática mesera me sirviera el café y que yo lo probara. En seguida, dijo: “No creo. Pienso que muchas personas, inconscientemente, se sienten frágiles y abandonadas. Como reyes y reinas representan una época en la que los soberanos, en teoría, cuidaban de sus súbditos. La muerte de ellos en los días actuales da la sensación ancestral de abandono por parte de la población. Esto sólo ocurre cuando el individuo aún no consigue entender quién es, no puede cuidar de sí, se siente imposibilitado para equilibrar los propios sentimientos o no logra articular con claridad sus ideas; entonces transfiere la responsabilidad de su felicidad y por ello, el fallecimiento de un monarca es interpretado como una pérdida personal, capaz de afectar su bienestar”.

“De otro lado, estoy de acuerdo en que, lentamente, la diversidad cultural del planeta viene mezclándose y haciéndose una, hecho que no considero del todo malo. Esto no hace al mundo monótono, por el contrario, trae un nuevo gusto y sabor. Nos encaminamos a la construcción de una cultura diversificada, una cultura planetaria. Se abre la posibilidad de que cada uno conozca lo que considera más interesante de cada cultura, incorporando a su forma de ser y vivir los aspectos que escoja para sí. Como si todas las diferencias y posibilidades estuviesen a disposición de todos. Esto trae, aunque en segundo plano, pero no menos valioso, la idea del ciudadano planetario, la ruptura de fronteras, la igualdad de condiciones, la aceptación de las diferencias, el respeto por las libertades, las relaciones más justas, los derechos más amplios, siempre y cuando tomemos el debido cuidado para que ninguna característica, de cualquier tipo, quede enajenada en el montaje de ese nuevo mosaico. Por tanto, precisamos de la atención de todos para con todos, principalmente en las relaciones simples y comunes de lo cotidiano. Conozco personas que son así. Ellos son los verdaderos príncipes y princesas del mundo”.

“La nobleza en los días actuales no se caracteriza por esa bobada de títulos nobiliarios ni por lazos sanguíneos. Noble es el individuo que trata a los demás, sea hijo, vecino o un mero desconocido como si fuese la persona más importante del mundo. Y en verdad lo es. Lo hace no por fingir sino por sentimiento, con sinceridad y amor, por la consciencia y responsabilidad de saber el valor de los mínimos gestos individuales para la armonía de la obra colectiva”.

“Reyes y reinas del planeta son, desde siempre, aquellos que se perfeccionan en el arte de amar al otro como a sí propio. Aunque todavía no lo logren por completo, dada la dificultad de la misión, avanzan poco a poco y jamás desisten de tal conquista”.

“Pienso que el mismo raciocinio vale con relación a la moda. En esencia, da igual jeans o pantalón social, camiseta o camisa, traje de alta costura o ropa deportiva. Bonita es la delicadeza en el trato personal, la gentileza con toda la gente. La generosidad es bella. Ser dulce nunca pasa de moda. Es un estilo elegante de vivir la vida”.

“No es diferente con relación a la riqueza. El dinero siempre ha estado asociado con el poder y la nobleza, siendo una marca registrada de la monarquía de antaño. Los verdaderos reyes caracterizan una nueva generación de personas que pueden entender que ‘todo lo que tengo es solamente lo que soy; todo lo que soy es apenas lo que puedo compartir’. Compartir una moneda es muy importante para quien siente frío y hambre. Dar un abrazo y calentar el corazón de quien sufre y está hambriento de amor, ofrecer una sonrisa para espantar la tristeza, brindar una palabra de esperanza para endulzar un alma amarga, mostrar delicadeza en medio de la selva de la impersonalidad, son de una nobleza inconmensurable. Es la posibilidad de la belleza impensada. En esto reside toda la fuerza y poder. El resto son sólo máscaras tontas e ilusiones vulgares”.

Me callé por algún tiempo. Esos conceptos llegaron al fondo de mi alma y permanecí metabolizando las nuevas ideas. En seguida, comenzamos a conversar sobre otros asuntos hasta que la mesera, una estudiante de teatro que se sostenía con el trabajo en la cafetería, al traer mi sándwich, se tropezó y derramó el café en la camisa blanca del zapatero. La joven quedó desconcertada y afligida, pero el trastorno fue rápidamente manejado por Lorenzo, que dio una agradable carcajada y le dijo que no se preocupara, pues le había gustado el nuevo estampado de la tela. Todos reímos. Él, bromeando, dijo lamentar apenas el desperdicio del sabroso café y le pidió que trajera más para completar nuestras tazas. En eso llegó a nuestra mesa el dueño del establecimiento, conocido por su temperamento irascible. Cuando intentó pelear con la funcionaria, el zapatero lo interrumpió de manera educada: “La culpa fue mía. Tropecé con la bandeja mientras ella nos servía. Le pido disculpas por lo ocurrido y por mi falta de atención”. El propietario no dijo nada y salió. Me pareció que el dueño quedó decepcionado al no poder llamarle la atención a la empleada. Cuando la mesera retornó con la jarra de café para completar nuestras tazas, nos brindó una linda sonrisa y murmuró un “gracias” para Lorenzo. Él le sonrió de vuelta y susurró: “Ahora tenemos un secreto”. Reímos y una agradable sensación de bienestar me invadió el corazón.

La imagen de la sonrisa de Lorenzo en la cafetería, con la camisa blanca manchada de café, me vino a la mente en los días siguientes cuando yo estaba en el monasterio. Su elegancia y nobleza eran capaces de transformar el mundo en un lugar mejor para vivir. Percibí que mi amigo era un príncipe de verdad.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Lo sagrado

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de difundir la sabiduría de su pueblo a través de la palabra, cantada o no, fumaba su indefectible pipa de hornillo de piedra roja mientras desde la terraza de su casa, en silencio, observábamos los colores con que el sol poniente pintaba las montañas y el cielo de Arizona. Canción Estrellada mantenía en la sala de su casa un pequeño altar. A diferencia del de mi tradición cristiana, en el cual tengo imágenes de Jesús, Fátima y Francisco de Asís, o al de la casa de Li Tzu, el maestro taoísta, en donde hay pequeñas estatuas de Buda, Shiva y Ganesha por el jardín de bonsáis, en el altar del chamán reposaba una pluma de águila, una garra de oso, sus animales de poder, el tambor de dos caras usado en sus rituales, algunas piedras que él respetaba y reverenciaba como homenaje “al ‘pueblo’ más antiguo, que trae toda la memoria y la energía de los acontecimientos vividos en el planeta desde tiempos inmemorables”, además de muchas plantas. Yo entendía bien cómo funcionaba todo el lenguaje y los rituales chamánicos con sus fuertes y bellas conexiones telúricas. No obstante, algo me causaba curiosidad. Se trataba de un zapato de payaso muy antiguo, de aquellos tradicionales, enorme, colorido y con la punta abierta intencionalmente.

Los desiertos del ser

Cuando entré al refectorio del monasterio en busca de una taza llena de café percibí que el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, conversaba con Valentina, una joven y bella monja de nuestra hermandad. Ella es una de las poetisas más talentosas de su generación y, en su tiempo libre, trabaja como ingeniera en una conocida empresa aeroespacial. Yo había acabado de llegar al monasterio y no sabía que ella también estaba allá para su periodo de estudios. Me puse feliz al verla. Solamente hasta que me aproximé fue que reparé las lágrimas que escurrían por el rostro de la joven. Hice mención de alejarme, mas ella sonrió al verme y me convidó a sentarme con ellos. Valentina bromeó conmigo al decirme que no tuviera miedo de mujeres que lloran. Aunque algo avergonzado, sonreí y moví la cabeza al afirmar que yo no tenía problema con eso, sólo no quería incomodar. Ella insistió en que me sentara. El Viejo abrió una amplia sonrisa al percibir que Valentina mantenía el buen humor y la delicadeza no obstante su dolor. Me indicó con la quijada una silla a su lado y dijo: “Lágrimas son gotas que desbordan cuando los mares del corazón están agitados”.

La frontera entre la riqueza y la prosperidad

Uno de mis socios de la agencia de publicidad consiguió localizarme en la única posada de la pequeña villa china donde vivía Li Tzu. Tanto la señal de celular como la de internet eran precarias e intermitentes por causa de la región, comúnmente azotada por fuertes vendavales. El recado dejado en la recepción era claro: yo tenía que retornar inmediatamente de mis vacaciones e interrumpir los estudios del Tao Te Ching que hacía con el maestro taoísta. Una conocida multinacional nos estaba contactando para cerrar un atractivo contrato. Sin embargo, para atenderla de la mejor manera, teníamos que rescindir los acuerdos con las pequeñas y medianas empresas que siempre fueron una base sólida para la agencia. Toda la paz y la felicidad que estaba sintiendo con los estudios, la meditación y la práctica del yoga, iniciados en aquel viaje, desaparecieron por completo. Me puse tenso y dudaba en ir o quedarme; me debatía entre el riesgo de aceptar un negocio millonario que era susceptible a caer dada la variación de los intereses típicos de una gran corporación, mas que, manteniéndose me haría rico, o permanecer atendiendo las muchas empresas que nos acompañaban desde el inicio de la agencia. Con los nervios exaltados y los socios divididos entre las opciones, acabé discutiendo con uno de ellos al devolver la llamada.

Infierno astral

Aquel año, período durante el cual paso un mes en el monasterio para estudiar y reflexionar, coincidió con la llegada de un gran número de miembros, hecho que me obligó a compartir cuarto con otro monje, como denominamos a todos los iniciados en la Orden. Ambos teníamos hábitos muy diferentes, entre ellos los horarios de dormir y levantarnos. Yo me acostaba más temprano y me levantaba mucho antes que él. Por más que tuviéramos cuidado, luces y ruidos nos incomodaban mutuamente, a veces al uno, a veces al otro, dependiendo del horario. Esto, poco a poco, fue desgastando nuestra convivencia. Paralelamente, en la víspera de mi viaje al monasterio había tenido una gran discusión con los socios de mi empresa pues no concordaba con la manera en que administraban sus departamentos. Había llegado molesto a las montañas. Como si no bastase, pocos días antes había discutido con mi novia por teléfono por un comentario que había hecho en una red social, el cual no me había gustado.

Cierta noche, con dificultades para dormir, me sentí incómodo con la lámpara de cabecera de mi compañero de cuarto, prendida para auxiliarlo en su lectura, y con los ruidos que hacía tanto para ir al baño como para comer o beber alguna cosa. Acabé reprendiéndolo de manera ruda. Tuvimos una desagradable discusión que llegó a tonos altos, por lo que monjes de otros cuartos tuvieron que intervenir para que no llegáramos a otra instancia. Al día siguiente, después de los oficios matutinos, busqué al Viejo, el monje más antiguo de la Orden, para conversar. Lo encontré distraído y feliz, podando los rosales del jardín interno del monasterio. Le dije que estaba en un mal momento y que necesitaba conversar. El guardó el alicate en el bolsillo de la túnica de algodón, me ofreció una sonrisa repleta de compasión y dijo: “Te estaba esperando. Es muy bueno que hayas venido”. Miró hacia el cielo y sugirió: “Creo que pronto comenzará a llover. Vamos a conversar en otro lugar”.

Pasamos por el refectorio, llenamos dos tazas con café y nos acomodamos en la oficina del monje. Tan pronto nos sentamos comencé a reclamar de mi compañero; resalté las diferencias de comportamiento que nos separaban y le solicité que me cambiara de cuarto. El Viejo me miró con bondad y negó el pedido: “La convivencia con personas que piensan igual a nosotros y tienen los mismos gustos es muy agradable, pero está destinada a los débiles. Las diferencias son importantes pues nos desequilibran. La búsqueda por un nuevo punto de equilibrio, además de ayudarnos a caminar, nos permite entender la virtud de la adaptabilidad, un nivel de armonía que debe ser encontrado a través de movimientos suaves, pero firmes. Esto conduce al individuo a otro nivel de comprensión pues le ofrece una nueva manera de pensar y actuar, hasta entonces desconocida. No debemos ser como los camaleones que se camuflan conforme el ambiente, sino permitirnos la posibilidad de ser y vivir de forma diferente. En grados distintos, siempre trae transformaciones evolutivas. La necesidad de adaptación dentro de una nueva realidad, muchas veces impuestas por casualidad, como por ejemplo la convivencia armoniosa con tu compañero de cuarto, puede ser más enriquecedora que todo el estudio que tendrás en la Orden este mes”. Hizo una pausa y concluyó: “Debemos prestar atención a las lecciones que pueden existir con relación a aquel pariente pesado o con el extraño colega de trabajo. Las diferencias suelen ocultar valiosos maestros”.

A disgusto le dije que acataría la sugestión pero que dudaba de las ganancias de la misión. Agregué que estaba atravesando mi infierno astral dadas las múltiples situaciones desagradables y desgastantes de los últimos días. No en vano, aclaré, mi mapa astrológico indicaba un movimiento retrógrado de Plutón hacia Saturno con convergencia en Marte. El Viejo bebió un sorbo de café y dijo seriamente: “Conoces el profundo respeto que tengo por la astrología; sin embargo, no puedes culpar a los astros por tu situación. El desequilibrio no está en los planetas o en las estrellas, sino en tus emociones”. Discordé de inmediato. Añadí que ya era un iniciado esotérico y que estaba aplicado en mis estudios filosóficos y metafísicos. Esto me hacía una persona centrada que está por encima de esos comportamientos vulgares y mundanos. El Viejo arqueó los labios con una ligera sonrisa, como quien está ante un niño que cree dominar todos los secretos de la matemática por el simple hecho de haber aprendido las cuatro operaciones básicas, y explicó con paciencia: “Como sabes, el esoterismo se fundamenta en tres pilares: acción, sabiduría y amor, virtudes que agrupan a todas las demás y que, a su vez, se entrelazan y se complementan. Conocer la virtud no la convierte en una realidad para sí. Es decir, ver la puerta no significa haberla atravesado. Ese paso puede ser dado mañana o, a menudo, demorar siglos. Depende tan sólo del andariego. La serenidad es la prueba externa del equilibrio interno. Cada vez que la irritación nos domina, significa que perdimos la batalla. La puerta aún no fue atravesada”.

Corregí al monje y le dije que yo no había perdido la batalla; por el contrario, que me sentía victorioso pues había puesto en su lugar a mi compañero de cuarto. Le expliqué que yo tenía razón en la discusión. Agregué que me ha había visto obligado a establecer límites y aguardada una disculpa de su parte. El Viejo movió la cabeza en negación e hizo una pregunta retórica: “¿Por qué tanta necesidad en tener la razón?” Sin aguardar respuesta, prosiguió el raciocinio: “Se pelea para tener razón como si fuera posible llevar fortunas de razón en el equipaje del viaje hacia Tierras Altas; o, peor aún, se lucha por vencer en una discusión como si esta efímera victoria, vana ilusión del ego exacerbado, ganara intereses y corrección en una absurda libreta de ahorros emocional. Vencer una discusión no tiene ninguna importancia; pacificar las relaciones sí”.

Indagué si no deberíamos manifestar nuestras verdades o establecer límites de convivencia. El Viejo concordó: “Siempre que sea necesario. No obstante, la manera como lo hacemos marca toda la diferencia. La verdad tendrá más oportunidades de prosperar cuando es expresada de manera serena, clara, sincera y amorosa. La verdad debe ser dicha sólo cuando sirve como herramienta para ayudar a alguien, de lo contrario, debemos callar. La verdad no siempre absuelve; recuerda que muchas veces usamos la verdad con la intención de herir o simplemente castigar. La verdad cumple su objetivo cuando anima e ilumina el corazón ajeno; por tanto, debe estar revestida de alguna forma de amor. Tenemos que tratar la verdad con sabiduría, de lo contrario nos dirigiremos a oídos sordos o, más grave aún, interpretaremos el famoso personaje de moralizador del mundo, capataces de la sociedad. Es más, cada parte siempre entenderá según su exacto límite de expansión de consciencia y capacidad amorosa. Ni un milímetro a más. Por lo tanto, insistir es tontería; imponer es violencia. Sin embargo, mantente siempre de corazón abierto cuando regresen en busca de ayuda, sin tasas o impuestos emocionales”. Bebió un sorbo más de café y prosiguió: “De la misma forma, debemos establecer límites a través de las virtudes de la dulzura y de la firmeza, mezcladas con la sensatez, permitidas a cada caso específico, para no usar una bomba atómica con la intención de detener el abuso de los pasos de una frágil hormiga”.

“En realidad, no existe ninguna victoria sobre el otro. La real victoria será siempre sobre sí mismo, al iluminar las sombras internas, en las transformaciones personales que mueven la evolución del ser, en la pacificación de las emociones y relaciones, en la liberación de toda y cualquier forma de dependencia sobre la voluntad ajena. La victoria sobre el otro es una creación del ego enfermo y primitivo, adicto por dominación y aconsejado por el miedo en los rieles de la ignorancia sobre quién somos. El descontrol emocional revela que los pilares básicos de las virtudes aún no están sedimentados en el individuo. En otras palabras, la irritación llevada al despropósito o a la agresividad es la reprobación de las lecciones esenciales”.

Avergonzado, bajé la mirada. El Viejo dijo con voz suave: “No te dejes dominar por la culpa que pesa y paraliza. El error es un buen maestro si así lo reconoces. Acepta la responsabilidad y comprométete contigo mismo a hacer diferente y mejor en adelante. La Ley de las Infinitas Posibilidades es inexorable. Es así que todos caminamos. Este es un proyecto seguro para la construcción de la paz”.

Sonreí en sincero agradecimiento por las dulces palabras. Ya más tranquilo, comenté que la pelea con el compañero de cuarto no era nada comparado con el altercado que había tenido con los socios de la empresa. Aproveché para contarle sobre la crisis de celos que había tenido con mi novia. Mencioné que parecía que todos me desafiaban o que yo no les importaba. El monje se encogió de hombros, como si yo hablase de algo anunciado, y dijo: “Nota que caes en un espiral de sombras y dolor por rehusarte a aceptar la forma de ser de los otros y, lo más importante, de entender quién realmente eres. Es necesario serenar todas las emociones dentro de ti para saber qué hacer con cada una de ellas. En nuestras venas navegan los mejores y peores sentimientos. Lo que hagamos con cada uno de ellos define quiénes somos y en que trecho del viaje estamos”.

“El sentimiento se transforma en sufrimiento cuando queda perdido dentro de cada cual, deambulando por los rincones mentales, sin orientación, al crecer como una herida dolorosa cuya incomprensión es atribuida a los otros pero, en verdad, es una enfermedad típica de quien sólo se conoce en parte. Sin entendimiento sobre quién eres por entero no habrá cura; el corazón seguirá sangrando y la mente continuará ciega. Por la incomodidad y el sentirse incompleto, a la menor oportunidad de conflicto, continuarás extrapolando el propio dolor en vano intento de transferirlo a otros, aunque ese movimiento sea inconsciente. Entonces, perdemos el rumbo, el paso y el compás de la existencia. Es el reinado de las sombras”.

“La ignorancia sobre sí mismo es la sombra-mor. De esta derivan el miedo y el egoísmo. Estos dos comandan las hileras de los celos, del orgullo, de la avaricia, de la tristeza, de la dominación, de la vanidad, de la envidia y otras variantes, todas bien conocidas en el mundo. Esas tropas te controlan a través de mecanismos como la rabia, la inmoralidad, el moralismo, la falsa moral, la angustia, la tristeza, las máscaras, la victimización personal, la villanización ajena, los personajes sociales que creamos con el deseo de ser aplaudidos, la transferencia de responsabilidades, la venganza, el deseo, el abandono de los sueños, entre otros. Insatisfecho e incómodo con la molestia interna, el individuo acaba manifestando el sufrimiento de diversas manearas. Violencia, conflictos de diversos niveles, mal humor, impaciencia, dependencias de varios tipos, intolerancia, tristeza y depresión son las múltiples consecuencias conocidas del individuo agotado por las propias sombras”.

Quise saber cómo tratar las sombras. El Viejo respondió prontamente: “Con luz, hijo. Las virtudes son los instrumentos de la luz. La humildad, la compasión, el perdón, la simplicidad, la justicia, la pacificación, la mansedumbre, la generosidad, la gratitud, la ligereza, la voluntad, la honestidad, la sinceridad, la prudencia, la dulzura, la paciencia, la tolerancia, el respeto, el equilibrio, la pureza, el coraje, la firmeza, el buen humor, la esperanza, la fe, además, es claro, del amor. El amor es la mayor de las virtudes por estar presente en todas las demás”. Bebió un poco más de café y añadió: “Cada virtud es un puente en el sendero que conduce a la plenitud. La plenitud se compone de paz, libertad, dignidad, felicidad y del amor en su mayor amplitud. El amor es la herramienta y la propia obra; la luz es el destino infinito”.

Hizo una pausa y me ofreció el mapa: “Conócete a ti mismo y conocerás la verdad; conoce la verdad y esta te libertará”. Le pregunté de qué me libertaría; el monje respondió: “Del sufrimiento que aprisiona”. Quise saber a qué verdad se refería, a lo que él explicó: “Es el próximo paso que se revela cuando estamos en el Camino. Así, la verdad se presenta y se transforma según el avance del andariego”. Le pregunté, todavía, qué era el Camino. El Viejo no se hizo de rogar: “Es el proceso consciente de sublimación de las sombras individuales, su transmutación en luz. Es la evolución personal como método eficaz de la necesidad del universo de expandirse en todos sus planos y dimensiones. Nadie quedará rezagado, pues cada cual es parte inseparable y valiosa del todo. De una manera u otra, tarde o temprano, todos somos instados a progresar”.

Reconocí mi comportamiento conflictivo hacia el mundo y me confesé cansado de ser así, con sucesivos descontroles emocionales. El Viejo comentó: “Cuando perdemos el control es porque algo está errado dentro de nosotros; no obstante, insistimos en culpar a los otros. Es por esto que nos estancamos, sufrimos y peleamos. Cuando agredimos a alguien significa que nos perdemos de nosotros mismos, olvidamos quiénes somos y vagamos perdidos en los rincones oscuros del propio ser”.

El buen monje levantó las cejas y explicó: “El infierno astral no es una lectura que hacemos de la bóveda celeste; es la interpretación errada de nuestras emociones. Cualquier sentimiento, aún los más densos, puede tornarse un valioso instrumento de transformación y de la consecuente evolución. No lo niegues ni lo ignores. No lo sofoques, tampoco lo alimentes. Acógelo con amor y sabiduría, acompáñalo hasta su raíz. Entiende qué virtud se oculta allí y revélala”. El Viejo sonrió, guiñó un ojo, y finalizó: “Entonces la luz!”

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

La vida no es corta

Era sábado en la noche cuando el bus estacionó en la rudimentaria villa china donde vive Li Tzu. Dejé mi mochila en el único hostal del lugar y me dirigí a la casa del maestro taoísta. Como siempre, el portón estaba abierto y la poca iluminación tan sólo era provista por muchas velas regadas en todos los rincones, inclusive en el bello jardín de bonsáis. Media noche, el gato negro que también vivía allá, vigilante y desconfiado me acompañó todo el tiempo con los ojos. Llamé al maestro algunas veces, pero no obtuve respuesta. El silencio tan sólo era interrumpido por una melodía alegre que venía de lejos. Me pareció inadecuado esperarlo en su casa y, como estaba sin sueño, me dejé guiar por el sonido animado. Teniendo mis tímpanos como brújula, atravesé algunas calles sinuosas hasta llegar a la casa de donde surgía la música. Subí los escalones de madera de la estrecha escalera y me deparé con una especie de baile abierto al público. Me sorprendí al ver a Li Tzu bailando una animada canción en compañía de una bella joven. En seguida, fue a conversar con un grupo de amigos que parecían felices por la manera como reían y se abrazaban. Me pareció extraño el comportamiento del sereno y silencioso maestro taoísta.

Mi ciudad

En aquel año, cuando entré al monasterio para un período más de estudios, estaba desilusionado con la humanidad. Tan pronto como me encontré con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, me preguntó cuál era el motivo para estar abatido y con los hombros curvados. “Parece que cargas el peso del mundo en la espalda”, comentó. Le dije que estaba desanimado ante tanto egoísmo y agresividad. Comenté que estaba evaluando la posibilidad de cambiar de ciudad, pues donde vivía se había vuelto inhabitable. Agregué que estaba mal administrada, las personas sólo pensaban en ellas mismas y no median esfuerzos para alcanzar sus objetivos. El buen monje respondió: “La violencia bajo cualquier aspecto no es buena. De otro lado, pensar en sí mismo es muy bueno desde que exista cariño para compartir lo mejor que encontremos. Cada persona debe ser administrada como una ciudad. Los sentimientos son como individuos: deben circular libremente. Como no siempre están bien orientados o tienen un hábitat seguro, debemos cuidarlos para que encuentren el debido lugar y la merecida tranquilidad. Las reformas estructurales necesitan atención constante para no impedir el progreso. Los rincones oscuros deben ser iluminados para que de allí no surjan sorpresas desagradables. Las ideas tales como ciudadanos libres, muchas veces entrarán en conflicto y deben ser colocadas para dialogar hasta encontrar la perfecta comunión. Finalmente, y no menos importante, los portones de la ciudad deben estar siempre abiertos para quien quiera o necesite entrar, así causen alguna molestia al inicio. No podemos olvidar que son las dificultades que, al ser tratadas con amor y sabiduría, traen las indispensables mejoras”.  Hizo una pequeña pausa antes de proseguir: “Una ciudad abandonada se torna inservible”. Me miró a los ojos y dijo: “Así sucede con nosotros cuando damos más valor a lo que existe fuera que a lo que hay dentro. Cada cual habita en la ciudad que construye dentro de sí”.

Mitades

La casa de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de transmitir la sabiduría ancestral de su pueblo a través de la palabra, estaba vacía cuando entré. Como la jarra de café aún estaba caliente, me serví una taza y fui a la terraza. Una simpática vecina me informó que él estaba en una escuela próxima de allí, impartiendo una animada conferencia a un grupo de adolescentes. Cuando entré al auditorio, una joven de ojos perspicaces le preguntaba cuál era la razón de nuestra existencia. El chamán respondió de repente: “Evolucionar, simplemente evolucionar”. La joven, lejos de darse por satisfecha con la respuesta, indagó sobre el significado de la evolución. Canción Estrellada arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Evolucionar es ampliar el nivel de consciencia y expandir la capacidad de amar. El amor es el sentido de la vida. No obstante, por su enorme poder y complejidad, necesitamos sabiduría para orientarnos en esa conquista”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Aunque el amor sea nuestra esencia, lo conocemos muy poco”. La joven insistió en sus cuestionamientos y quiso saber cuál era la conquista a la que el chamán se refería. De manera atenta respondió: “Si el amor es la razón de la vida y la esencia de cada uno de nosotros, la conquista a la que me refiero es sobre la parte no revelada; al otro que somos y desconocemos”. Como todo buen contador de historias, hizo una pausa dramática y sentenció: “Mitad de mi sé quién es, la otra parte aún es un enigma”.

El arte de ayudar a otros

Habíamos acabado de almorzar con Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, en uno de nuestros restaurantes preferidos de la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Al saber que aún conversaríamos por buen tiempo el mesero, un viejo conocido, dejó una jarra de café fresco en nuestra mesa, cuando fuimos sorprendidos por Paola, una sobrina querida del artesano. Ella había entrado al restaurante tan sólo para tomar café y divagar sobre algunas cuestiones personales; al vernos se puso feliz. Se sentó con nosotros y dijo que era bueno que estuviéramos allí, pues quería oír lo que el tío pensaba con respecto a algo que la incomodaba en los últimos meses. Hice mención de dejarlos a solas pero Paola, gentilmente, dijo que no era necesario. En seguida contó que, como bien el tío sabía, tenía una relación con Giovani hacía casi cuatro años. El primer periodo había sido de muchas alegrías y descubrimientos, viajes y total sintonía. Con el pasar del tiempo todo parecía desandar y los desentendimientos eran cada vez más constantes.

Después del final del túnel

Junto a Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, buscábamos un restaurante que todavía sirviera almuerzo en el medio de la tarde. Había llovido fuerte durante todo el día, así que aprovechamos la escampada para surcar las calles estrechas e informes de la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Las pesadas nubes dejaban el cielo oscuro, por lo cual las lámparas se habían encendido más temprano que de costumbre. Conversábamos de manera alegre y trivial, como dos amigos que se sienten felices por el simple hecho de estar juntos, mientras esquivábamos los charcos formados en la calzada construida con piedras seculares. Al entrar en el restaurante nos deparamos con Carlo, un amigo en común. Nos asustamos al verlo. No se parecía a aquel hombre seguro, elegante y bien arreglado al cual estábamos acostumbrados a ver. Nos habíamos encontrado hacía menos de un mes y aparentaba estar muy bien. Aquel día era lo contrario a la persona que conocíamos. Carlo estaba abatido, encorvado, sin brillo; parecía un espectro de sí mismo.

Un viaje entre el Tao y la Fe

Li Tzu, el maestro taoísta, me pidió que llegara temprano a su casa. Cuando salí de la posada el cielo parecía un manto salpicado de estrellas. Anduve por las calles de la villa china encantado con la belleza que ofrecía la Vía Láctea, perdido en ilaciones sobre los infinitos mundos existentes en el universo. Encontré a Li Tzu finalizando su meditación diaria. Él extendió dos tapetes para que lo acompañara en sus ejercicios de yoga. Media noche, el gato negro que también vivía en la casa, nos observaba de manera perezosa. Era de esperar que yo no pudiera imitar las complejas posturas que ejecutaba el sereno anciano chino. Al finalizar, nos dirigimos a la cocina y me senté a la mesa, mientras él servía un sabroso té. Le pregunté, por colocar un tema, si él tenía el hábito de mirar al cielo y pensar en todo el misterio que envuelve a las estrellas. Me miró con curiosidad, como si yo le preguntase lo obvio, y dijo: “Entender el todo ayuda a saber quién soy; conocerme permite que sienta el poder del todo en mí”.

Un fiel carcelero

Era domingo. Aproveché la oportunidad que me ofrecía el camión que entregaba leche en el monasterio y bajé rumbo a la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña. Quería asistir a misa en la bella catedral gótica, situada en frente a la plaza. El día apenas despuntaba mientras yo andaba por las calles sinuosas, calzadas con piedras seculares, oyendo el ruido de mis pasos, perceptible ante tanto silencio, en busca de una taza de café para despertar mis pensamientos. Me arriesgué a pasar por el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, donde los horarios inusitados de funcionamiento eran tan famosos como la buena prosa de su propietario. Sonreí conmigo mismo al ver la clásica bicicleta de Lorenzo recostada en el poste. Cuando entré al taller me sorprendí al encontrar a una mujer sentada en el mostrador, al lado del artesano, entre café y lágrimas. Pensé en dar media vuelta pero el zapatero me ofreció una sonrisa sincera al verme y me invitó a sentarme con ellos. Fuimos presentados y Lorenzo, siempre gentil, colocó prontamente una taza humeante con café fresco en mis manos. Nancy era una pediatra muy solicitada y apreciada en la ciudad. Ella fue muy simpática y no le incomodó que yo participara de la conversación. A pesar de ser una mujer de edad madura y muy inteligente, sufría mucho en sus relaciones afectivas. Los celos la atormentaban desde la adolescencia cuando comenzó a enamorarse.

La sal de la tierra

Me encontré por casualidad con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, fuera de los muros del monasterio, quien regresaba de dar un paseo por el bosque localizado alrededor. Como había llovido en los días anteriores y el sol había reaparecido, aquella mañana era perfecta para recoger las zetas que habían germinado a los pies de los robles. Probablemente en la noche tendríamos su famosa sopa. Yo había salido a fumar un cigarrillo. Como siempre el monje estaba de buen humor, manteniendo un equilibrio entre la alegría y la serenidad. Me saludó con una sonrisa sincera, mostrándome la cesta repleta de champiñones y comentó que la colecta había sido provechosa. No profirió ningún comentario sobre el cigarrillo. Cuando hizo mención de proseguir para atravesar los portones del monasterio, le comenté que volvería a fumar para no suicidarme. El Viejo tan sólo enunció: “Trágico, ¿no?” y siguió. Más adelante, hizo una pequeña parada, se volteó y señaló: “Estaré en el refectorio”. Guiñó un ojo como quien cuenta un secreto y dijo: “Oí decir que un buen café es perfecto después del cigarrillo” y prosiguió. Con los ojos acompañé sus pasos lentos, pero firmes, hasta que desapareció entre los muros.

La carta de Pablo

Una conferencia proferida por el Viejo, como era cariñosamente llamado el monje más antiguo del monasterio, para los demás miembros de la Orden había abordado el tema de la indispensabilidad del amor como elemento esencial de las demás virtudes, además de su enorme fuerza de transformación. Como era costumbre, al final iniciamos los debates. Frank pidió la palabra. Él era un joven miembro de la OEMM – Orden Esotérica de los Monjes de la Montaña –, hijo de uno de los fundadores, ya fallecido. A pesar de su corta edad, mal completaba los treinta años, se había graduado de periodista, tenía una maestría y un doctorado en su área de actuación profesional y poseía un discurso articulado y culto. Recientemente, en razón de la crisis económica enfrentada por el país en el que vivía, había sido despedido de un gran periódico donde respondía por la sección cultural. Frank argumentó ser perjudicial para una persona el exceso de virtudes. Explicó que vivíamos en un mundo injusto, habitado por personas imperfectas, generando relaciones humanas complicadas y conflictivas. Agregó que para sobrevivir en la selva, como denominó a la civilización contemporánea, era imprescindible una buena dosis de maldad.

 

Hubo un gran espanto, seguido de un enorme murmullo. Todos parecían querer hablar al mismo tiempo. El Viejo pidió silencio para ordenar las manifestaciones. Garantizó que daría la palabra a todos, uno a la vez. El primer monje a hablar recordó que las virtudes tales como la compasión, la misericordia, la delicadeza, la humildad, la mansedumbre, la generosidad, además claro, del amor, al estar insertas en el medio social permitían que aquel grupo fuese más armonioso, pacífico y feliz. Frank refutó con el argumento de que las sociedades, en general, son dirigidas por personas insensibles que se aprovechan de la generosidad y de la buena fe ajenas.

 

Otro monje sostuvo que la justicia es una virtud que equilibra la bondad, una herramienta adecuada para estancar el mal, sin que sea necesario prescindir de su mejor parte. Recordó que más que punir, la verdadera justicia tiene una función pedagógica. Adicionó que cuando combatimos las sombras con sombras, la oscuridad se agiganta. Es necesario amor para que haya luz.  El Viejo sonrió de manera casi imperceptible.

 

Frank expresó que el colega tenía una postura ingenua, pues sugería ofrecer flores a las fieras; actitud inútil. La respuesta necesitaba de un lenguaje eficiente para que el interlocutor fuera capaz de comprender. Uno de los monjes refutó diciendo que una respuesta eficiente no viene necesariamente con los mismos métodos aplicados por aquel que perjudica la buena convivencia. Tener actitudes firmes para frenar la injusticia no puede representar un espiral en descenso de sufrimiento y desánimo. Tiene que ser eficiente en el sentido de interrumpir el proceso dañino; no obstante, también debe ser eficaz al ofrecer una posibilidad educativa de cambio, para una relación saludable y capaz de apalancar la evolución, sea individual o colectiva. Además dijo que es imprescindible ofrecer la otra cara; la cara de luz, el rostro del amor que necesita florecer ante la vida. Esta era la diferencia angular en las relaciones; la frontera entre la agonía y la alegría.

 

El joven miembro confesó que había dedicado toda su vida al perfeccionamiento personal, conforme la educación aplicada por su amado padre. Había estudiado en las mejores universidades, aprendido varios idiomas, hecho pasantías en notables periódicos y con la llegada de una crisis económica, consecuencia de una política monetaria desastrosa aplicada por políticos incompetentes, había encabezado una extensa lista de despidos por el simple hecho de tener un alto salario, fruto da su calificación esmerada. Consideró que otros profesionales, mucho menos capacitados que él, continuaban empleados justo porque tenían una remuneración menor dada la falta de preparación académica. Otro monje pidió la palabra para recordarle a Frank la existencia de las variadas inteligencias que poseemos: la cognitiva, la emocional y la espiritual, haciendo hincapié en el desarrollo de todas. Explicó que la primera permitía absorber nuevos conocimientos; la segunda, lidiar de manera sabia y amorosa con las frustraciones, importantes recursos evolutivos; la tercera enseñaba sobre el poder de las elecciones como herramientas de transformación. Dijo que las tres eran valiosas y necesarias, pero consideraba la cognitiva la que menos influenciaba la felicidad personal, justo por ser la más pobre en virtudes. En seguida le sugirió al joven que estudiara más el esoterismo como instrumento para enfrentar mejor las dificultades inherentes a la vida. Frank refutó bajo la alegación de que ya había leído todos los libros sobre el asunto. Le recordó a todos quien era su padre, que había sido educado en aquellas tendencias y que no tenía nada más que aprender al respecto.

 

Entonces levanté la mano. Cuando el Viejo me concedió la palabra le pregunté a Frank cuál era el peor defecto o la mayor dificultad personal que él consideraba poseer. Él, rápidamente, respondió que su mayor problema era el hecho de ser una persona demasiado buena. Esto lo hacía vulnerable ante el mundo. Argumenté que quien imagina que su mayor defecto se trata de una cualidad, sin duda, necesita conocerse mejor. Mientras él no supiera quien era de verdad, se sentiría incómodo ante la vida. Agregué que su infelicidad no era fruto de las virtudes y sí de las sombras personales que lo engañaban con dones que no poseía. Lo cuestioné al preguntarle si percibía lo vanidoso y arrogante que era; si entendía el mecanismo por el cual le transfería al mundo la responsabilidad ante la propia felicidad; cuán realmente era pobre aún en virtudes, las cuáles creía poseer en exceso. Le dije que solamente saldría de aquella fase cuando fuera capaz de estar frente al espejo sin encontrar del otro lado al personaje que había creado para sí; sólo ante él mismo, con todas las heridas y verdades que necesitaba enfrentar o no habría cura. Sí, yo estaba profundamente irritado con toda aquella soberbia, lo que hizo que mi tono de voz fuese bastante agresivo. Ofendido, Frank respondió con el mismo timbre y pronto se instaló una enorme confusión. El debate fue inmediatamente terminado para serenar los ánimos.

 

Solitario, fui a la terraza del monasterio y me senté en una de las poltronas. El sol desaparecía entre las montañas. Necesitaba calmarme y encajar todos los acontecimientos de aquella tarde. Tomé un cuaderno y un lápiz para hacer algunas anotaciones. Escribir me ayuda a entender la vida y a descubrir quien todavía no soy. Pasados largos minutos, el Viejo se aproximó con dos tazas de café. Me entregó una y se acomodó a mi lado. Con el fin de mimar mi ego, retomé lo ocurrido. Comenté cómo Frank había tenido una postura soberbia y, para resaltar mis argumentos, repetí algunas de sus frases más arrogantes. Agregué que le había faltado humildad, virtud esencial para el primer portal del Camino. El monje permaneció algunos segundos en silencio, como si quisiera escoger las mejores palabras, bebió un sorbo de café y dijo: “Todo lo que mencionas está correctísimo y repleto de verdades”. Esbocé una leve sonrisa de satisfacción.

 

En seguida el Viejo prosiguió con su raciocinio: “No obstante, la verdad es como la mano. La mano que socorre también puede abofetear”. Hizo una pausa por instantes, mientras mi ilusión de victoria se desvanecía en el aire y continuó: “La cuestión es saber cuál es el sentimiento que te mueve. Esto define si pretendes usar la verdad para educar o para herir”.

 

Argumenté que la sinceridad es una valiosa virtud, a la cual no podemos renunciar. Adicioné que la verdad tiene el poder de curar. El Viejo meneó la cabeza y dijo: “Sí, es verdad, desde que esté acompañada con amor, virtud que debe estar contenida en todas las demás virtudes, tema de la conferencia de hoy. La sinceridad es una virtud importantísima, es el vagón en el cual viaja la verdad que sólo completa la jornada virtuosa cuando es usada para curar. Cualquier otra intención vacía de amor es como locomotora sin maquinista que descarrila el tren de la verdad con destino a la luz”.

 

Refuté diciendo que mi intención había sido buena. El Viejo me miró con dulzura y dijo: “La postura de Frank te irritó. Sin invalidar el perfecto análisis que hiciste de las sombras que ilusionan a nuestro hermano, al permitirte la rabia desperdiciaste la oportunidad para que floreciera la compasión y la misericordia, virtudes primordiales de aquellos que entienden el sufrimiento ajeno y usan el propio corazón como antídoto para la arrogancia. Es el portal de la paciencia y del respeto para consigo, para con la vida y con el mundo. La humildad y la sencillez son los remedios para cauterizar la vanidad y el orgullo en sí mismo; la compasión y la misericordia cumplen el mismo papel en nuestro corazón para con las sombras ajenas. Sí, en todas las situaciones hay que tener sinceridad y honestidad, desde que transborden amor”. Me miró a los ojos y concluyó: “Son las sutilezas de la verdad”.

 

“Al dejarte llevar por la irritación dejaste de ayudarlo a construir nuevas ideas, para derrotar los argumentos sustentados por él. Debes entender que el orgullo y la vanidad que te incomodaban de Frank acabaron estando presentes en ti, dada la manera agresiva con la cual quisiste imponerle tu verdad”.

 

Permanecimos un tiempo que no puedo precisar sin pronunciar palabra. Rompí el silencio para decir que lamentaba la oportunidad desperdiciada. El Viejo me miró con dulzura y señaló: “No te culpes por lo ocurrido, hace parte del aprendizaje de todos los involucrados, cada cual a su manera. Tan sólo asume la responsabilidad de hacer diferente y mejor de aquí en adelante, pues la vida es incansable en sus ofertas cuando estamos dispuestos al perfeccionamiento. Tampoco dejes que los hechos de esta tarde afecten la amistad y la buena convivencia con Frank. Al contrario, ese lazo debe ser aún más fuerte, pues tuvieron la honra de compartir la misma lección”.

 

El Viejo señaló con la quijada el cuaderno sobre la pequeña mesa y quiso saber si me gustaría anotar el trecho de una carta que enseña sobre sabiduría y amor. Respondí afirmativamente. El Viejo cerró los ojos y la recitó de memoria:

 

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe”.
“Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.”.

“Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

“El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad”.

“El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

 

“El amor nunca falla; es la centella de la transformación capaz de tornar perfecto todo aquello que, por ventura, aún es imperfecto”.

 

Con los ojos húmedos, me confesé emocionado con aquel poema. Le pregunté quién era el artista, pues me gustaría conocer más sobre su obra. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa y finalizó: “Son las Cartas de Pablo, el apóstol de las multitudes. Esta fue escrita a los corintios. Desde tiempos inmemoriales, la sabiduría enseña que el amor forma los pilares de la verdad y conduce al ápice de la luz”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

El maratón

Estaba de regreso a la pequeña villa china, incrustada en el Himalaya, próxima a Bután. Quería estudiar un poco más con Li Tzu, el maestro taoísta. El bus me había dejado muy temprano en la única posada local y como sólo habría cuartos disponibles después del mediodía, dejé mi mochila y seguí para la casa de Li Tzu con la esperanza de acompañarlo con un buen té caliente. El sol se mostraba con sus rayos tímidos y casi no había personas en las calles. El portón de la casa del maestro taoísta nunca estaba trancado. Entré sin hacer ruido. Sentí el perfume del incienso y una paz absoluta. Encontré a Li Tzu sobre un pequeño tapete, extendido en el jardín de bonsáis, haciendo complicados ejercicios de yoga. Un gato negro, llamado Medianoche, que también vivía en la casa, acostado al lado observaba todo de manera perezosa. Fui recibido con una sonrisa sincera y sin cesar su práctica, el maestro taoísta me dijo que me sirviera té. Fui hasta la cocina; sobre el fogón había una tetera con una mezcla deliciosa de hiervas y flores en infusión. Volví con una taza llena, me senté a su lado y le ofrecí colocar una melodía desde mi celular para acompañar su práctica. Li Tzu respondió: “Lo agradezco, pero aprecio la voz del silencio. Hay bastantes ruidos y barullo durante el día. No quiero perder este manjar que el amanecer me permite”. Fue imposible no percibir las difíciles posturas de yoga ejecutadas por el maestro taoísta, dada su avanzada edad. Él había sido compañero de facultad del Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en una prestigiosa universidad inglesa cuando ambos eran jóvenes. Comenté eso mientras, sentados en la mesa, desayunábamos. Aunque la alimentación de Li Tzu era frugal y su cuerpo delgado, sus facciones demostraban salud además de una extrema serenidad. Agregué que, aunque yo fuera mucho más joven, no sería capaz de realizar ninguno de aquellos ejercicios. Él me miró como a un niño y explicó: “El Tao nos enseña que todo es posible. El Tao viene del cielo y estamos debajo de él”.

La belleza de ser único

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de perpetuar la filosofía de su pueblo a través de la palabra, cantada o no, hacía sonar en su tambor de dos fases una melodía sentida mientras el día amanecía. La música es una oración de comunión por la alegría de sentirnos parte esencial del universo y, en respuesta, todo ese poder vibraba en nuestro ser. Apagamos la hoguera y bajamos la montaña. Cuando llegamos a la casa del chamán, uno de los habitantes de la aldea lo aguardaba para pedirle ayuda. El motivo de su tristeza era su hijo, siempre inseguro y miedoso, bastante diferente de los otros chicos de su edad y del propio padre. Lamentó que el joven hubiese nacido cobarde. Canción Estrellada lo invitó a sentarse en la terraza, nos sirvió café, encendió sin prisa su inseparable pipa con hornillo de piedra roja mientras oía al padre, quien explicaba que el hijo tenía trece años y en breve tendrían en la aldea el ritual de paso hacia la vida adulta. La Ceremonia de Iniciación, tenía como prueba principal los combates cuerpo a cuerpo entre los muchachos, como demostración de coraje y habilidad. El chamán aspiro el humo de la pipa y dijo: “Nadie nace débil; ser fuerte es una elección permitida a todos. No obstante, conocer la propia fuerza es la raíz de la magia personal; percibir la dimensión y el poder del universo en sí y ante sí alimenta el coraje, enseña sobre la humildad y transforma el ser. Tráelo aquí mañana”.

Los seres pájaro

Encontré al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, sentado en la agradable terraza del monasterio con la mirada perdida en las maravillosas montañas de los alrededores. Le ofrecí una taza de café y él aceptó con una sonrisa. Cuando coloqué la taza en la mesita a su lado me invitó a sentarme. Quiso saber si algo me preocupaba. Negué. Entonces el monje me preguntó qué motivaba la tristeza en mis ojos. Era difícil esconder los sentimientos de la aguda percepción del Viejo. Me acomodé en la poltrona a su lado y le conté que había comenzado a salir con una mujer que ocupaba un cargo importante en la empresa con la cual mi agencia de publicidad había firmado un importante contrato. Nos habíamos conocido durante las reuniones para el cierre del negocio. La relación evolucionó bien hasta que perdió el encanto para mí sin ninguna razón específica. Ella era una mujer bonita, inteligente y tierna. Nuestras conversaciones eran dulces, así como sus besos. No obstante, algo se había apagado en mi corazón. Cuando terminé la relación ella me acusó de haberme involucrado por interés comercial en vez de haberlo hecho por un sentimiento sincero. Yo estaba triste porque no quería que ella tuviera aquella imagen de mí.

Aquí y ahora

Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, llenó nuestras tazas con café fresco para iniciar una conversación banal cuando fuimos sorprendidos por Zinedine, un simpático artista plástico local que se dedicaba a esculpir piezas en bronce. Aunque tenía talento y sensibilidad, la mayor parte de sus obras estaban inacabadas. A veces porque mientras esculpía una pieza se le ocurría otra idea que consideraba mejor y abandonaba la anterior; otras, abandonaba el trabajo a la mitad pues no lo consideraba lo suficientemente bueno. Tenía la sensación de que el tiempo pasaba con rapidez y estaba agotando la herencia dejada por la familia. Tenía gran urgencia de que el arte pasara a ser también un oficio y fuente de sustento, hecho que lo dejaba cada vez más agobiado. Nos contó que acababa de llegar de un viaje y aunque había sido muy agradable, confesó que a partir de determinado momento comenzó a extrañar su casa. Al cabo de algunos días de haber regresado, ya tenía unas ganas enormes de volver a viajar. Lorenzo le ofreció una taza de café y le dijo: “Viajar puede tener un efecto parecido a renovar el guarda ropa del alma, pues nos depararnos con otras culturas, maneras diferentes de ser en la vida y de estar en el mundo. Esto amplía las posibilidades e indica rumbos nunca antes imaginados, lo que es maravilloso. Sólo extrañamos lo que es bueno, hecho que revela que en casa introducimos a lo cotidiano los hábitos que nos agradan y alegran. Si después de estar fuera, en un determinado momento no extrañas tu casa y tu rutina, revela que hay algo errado en tus elecciones o que todavía no sabes dónde está tu casa, ni has entendido la rutina que debes construir para ti. El viaje tiene el poder de revelarnos el camino a casa”, hizo una pequeña pausa antes de concluir: “En todos los sentidos”.

El regateo

Era domingo de primavera. Habíamos ido con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio para asistir a una misa. A menudo el Viejo era convidado por el párroco local, su amigo personal, para hablar sobre algún asunto. Le pregunté sobre qué tema disertaría en aquella mañana; él me respondió que aún no lo sabía. Como habíamos llegado temprano aguardábamos en la plaza, en frente a la iglesia, sentados en un enorme banco de madera aprovechando el sol que nos calentaba, mientras los niños, acompañados por los padres, corrían en alegre algarabía. Dos hombres pidieron permiso de manera educada, se sentaron a nuestro lado y comenzaron a conversar entre ellos. Percibí que el Viejo, disimuladamente, prestaba atención a la conversación y lo reprendí con una mirada severa. Él se rió de manera traviesa y continuó. Al cabo de un rato yo también estaba escuchando la conversación de los dos. Uno de ellos le comentó al otro que los negocios no iban bien. Nada parecido a como andaban en el pasado. Serio, dijo que había hecho una apuesta en la lotería cuyo premio estaba acumulado en muchos millones y que si se la ganaba adoptaría a un niño. Agregó que sus hijos ya estaban encaminados en la vida y tal vez era hora de dar ese paso. No obstante, solamente lo haría con la debida tranquilidad financiera. Su amigo estuvo de acuerdo y le recordó los altos costos que acarrean criar a un niño. Dijo que también había apostado en la lotería, pero que si salía premiado no llegaría al punto de la adopción, en vez de eso haría un sustancioso aporte económico en favor de alguna institución filantrópica. En ese instante comenzaron a tocar las campanas para la misa y la gran mayoría de las personas que estaban en la plaza se dirigieron hacia la iglesia.

Pequeñas grandes cosas

Desperté antes que el sol. Me hospedaba en casa de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de sembrar la sabiduría de su pueblo a través de la palabra y de la música, y fui hasta la terraza. Él estaba sentado en una mecedora y tenía los ojos fijos en el Oeste, “la casa del águila”, como solía decir, a la espera del amanecer. Me sirvió una taza de café y continuó colocando humo en el hornillo de piedra roja de su indefectible pipa. Sopló algunas veces y enseguida tomó su tambor de dos caras para entonar una sentida canción en el dialecto nativo que, en traducción no literal, significa “Los ciclos de la vida”, con la cual agradece al Gran Espíritu por las infinitas oportunidades ofrecidas a cada día para renovarse y proseguir en el Largo Sendero Dorado. No mucho tiempo después, aún extasiados en nuestras oraciones y reflexiones, fuimos interrumpidos por la hermana del chamán, acompañada por su hijo menor, que acababa de entrar en la vida adulta. Ella vino a pedirle a su hermano que aconsejara al joven que, aunque muy inteligente, andaba desinteresado en los quehaceres simples de lo cotidiano al considerarse predestinado a realizar algo grandioso. Esto también lo hacía negligente en el trato con los otros pues, a su entender, las personas no eran capaces de comprender su enorme capacidad y su brillante destino. Canción Estrellada apenas cerró los ojos y meneó levemente la cabeza como manera de decir que entendía y que estaba dispuesto a atender el pedido. La hermana sonrió en agradecimiento y se retiró. Quise saber si también debía salir, pero él hizo un gesto con la mano para que me quedara. El chamán cerró los ojos y se mantuvo en silencio. Impaciente, el joven no paraba de moverse en la silla hasta que dijo que aquello era una pérdida de tiempo. Canción Estrellada miró al sobrino con dulzura y comenzó a contar una historia:

Encuentro agendado

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, me reprendió sólo con la mirada, sin pronunciar palabra. Yo estaba en el jardín interno del monasterio hablando por el celular, cuando tan sólo es permitido usarlo en la noche, en el cuarto, para no desperdiciar lo mejor de la vivencia ofrecida en el monasterio. La OEMM – Orden Esotérica de los Monjes de la Montaña – es una hermandad secular dedicada al estudio de la filosofía y de la metafísica. Los monjes y aprendices, como se denominan sus miembros, tienen el compromiso de pasar al menos un mes por año en el monasterio para estudios, debates y reflexiones. Una vez que retornan a sus casas, familias, trabajos y actividades cotidianas, deben intentar aplicar el aprendizaje asimilado. El conocimiento sólo se transforma en sabiduría cuando es utilizado en nuestras relaciones del día a día; caso contrario, no pasará de una herramienta oxidada por ser inútil. Terminé la llamada y fui a disculparme con el monje. Le expliqué que estaba próximo a cerrar un importante contrato para mi agencia y que necesitaba tomar algunas precauciones. Confesé la tensión que me envolvía, pues temía que el negocio no se cerrara como ya había ocurrido en otra ocasión, aunque fueran personas diferentes. El Viejo apenas oyó mis explicaciones y nada comentó.

Una delicada virtud

Los fuertes vientos de final de otoño anunciaban la llegada del invierno y asolaban la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Yo caminaba por sus calles sinuosas intentando protegerme del frío, cuando vi la clásica bicicleta de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, recostada en el poste en frente del taller. Fui recibido con alegría y una taza de café. Sentados cerca del antiguo mostrador de madera, íbamos a comenzar una conversación banal cuando un sobrino del artesano entré al taller en busca de abrigo y prosa. El joven había realizado una audiencia para su agitado proceso de divorcio en el sencillo foro de la ciudad y el tren que lo llevaría de vuelta a la ciudad, donde ahora vivía, sólo partiría al anochecer. Él estaba bastante molesto y pronto comenzó a desahogarse con el tío sobre el enorme disgusto que el divorcio le causaba, todo por causa de la separación de bienes. Explicó que la ex esposa se negaba a reconocerle sus derechos y a entregarle lo que era suyo por justicia. Dijo que la ley era clara y definía lo que le pertenecía a cada uno. El artesano lo interrumpió con un sutil comentario: “La ley puede ser clara, la justicia no tanto”.

Las maravillas de la duda

“¿Qué es lo correcto?”, me preguntó el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, como lo hacía Sócrates, el filósofo griego que devolvía con una pregunta a otra como método de raciocinio. Estábamos sentados en el refectorio del monasterio ante una taza de café y un pedazo de torta de avena. Siempre me había sentido incómodo con una serie de dilemas de lo cotidiano: desde cuestiones políticas y sociales que de alguna manera nos tocan a todos, hasta incertidumbres con relación a mi vida personal, como cambiar de novia, trabajo, ciudad o estilo de vida. Argumenté que a cada instante nos deparamos con dudas que nos incomodan a diferentes escalas, algunas son banales, otras mucho más serias. Lo malo es que las dudas causan bastante incomodidad. Para empeorar y dadas mis incertidumbres, yo me deparaba con personas de opiniones divergentes, en contra o a favor, todas convencidas de sus posiciones y con fuertes argumentos. Comenté que quería librarme de la incomodidad de la duda y saber siempre qué era lo correcto a hacer. En ese momento vino la pregunta del Viejo sobre qué era lo correcto. Respondí que si yo había hecho la pregunta era porque no lo sabía y necesitaba una respuesta. El monje bebió un sorbo de café y dijo: “Mi respuesta dibuja mi verdad, no necesariamente la tuya. Es necesario que te esfuerces para encontrar aquella que te completará, por esto la incomodidad. ¡Bendita sea la duda!”.

El escondrijo del mal

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de transmitir la sabiduría ancestral de su pueblo a través de la música y de las historias que contaba, encendió el hornillo de piedra roja de su imperecedera pipa y dio una bocanada. Era un fin de tarde de otoño, estábamos sentados en la terraza de su casa y nos cubríamos con mantas coloridas para ahuyentar el frío típico de las montañas de Arizona en esa época del año. Yo había acabado de llegar de viaje y la primera cosa que el chamán me preguntó, después de saludarnos, fue el motivo por el cual yo “parecía cargar tanto peso en la espalda”. Sí, era verdad, yo estaba mal. Sonreí sin gracia, como quien es visto sin la ropa del personaje que creamos para interpretar quien no somos en los escenarios de la vida, y declaré que el mundo no era un buen lugar para vivir. En seguida le relaté algunos problemas que enfrentaba debido a la posición absurda de algunas personas contrarias a mí. Sentencié que, sin lugar a duda, el planeta estaba habitado por gente atrasada, insensible y mala.

Así nacen las alas

Llovía mucho así que me apresuré. Tan pronto doblé la esquina de la calle estrecha y sinuosa donde se localiza la oficina de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, vi su clásica bicicleta recostada en el poste, lo que fue motivo de alegría. Al entrar en la zapatería sentí una profusión de perfumes: el olor a cuero y café fresco se mezclaban con el de las flores. Fue una grata sorpresa ver a Valentina sentada en el mostrador; ella acababa de llegar. Aunque también era monja de la Orden, no siempre nos encontrábamos, ya que el compromiso asumido por todos los integrantes de la hermandad era pasar un mes al año en el monasterio para estudiar, debatir y reflexionar. Nuestras fechas no habían coincidido últimamente. Valentina tenía la poesía como arte, la ingeniería como oficio. Yo la consideraba una poetisa singular, digna exponente de su generación. Fui recibido con alegría por ambos. De inmediato estaba sentado ante una taza humeante de café. Le pregunté por el próximo libro y ella contó que estaba terminando una recopilación de poemas sobre el amor. Dijo que pensaba dividir la obra en dos partes: en una abordaría las tristezas que éste provoca, mientras que en la otra mostraría su poder encantador. Comenté que el dolor era la parte putrefacta del amor. Ella estuvo de acuerdo hasta cuando fuimos interrumpidos por Lorenzo: “Ustedes entienden muy poco sobre el amor”, dijo.

La poetisa sostuvo que toda relación afectiva provoca decepciones y frustraciones, no sólo con relación a las posibilidades existentes y mal aprovechadas, sino también del amor ofrecido y ni siempre correspondido. Adicionó que ese era el rostro dramático del amor. Lorenzo meneó la cabeza y expresó: “Para comenzar, es fundamental establecer la diferencia entre pasión y amor. Existe confusión con esos sentimientos, aunque sean muy diferentes tanto en el trato consigo mismo como con los otros”. Valentina le pidió que se explicara mejor y el zapatero mostró la gentileza que le era característica: “La pasión es el resorte propulsor del ego; el amor mueve el alma. La plenitud se revela en el instante en que el ego también pasa a deleitarse con el amor en detrimento de la pasión, como paso definitivo de unificación y evolución del ser”.

“Todos buscan la felicidad; dónde y cómo encontrarla es lo que nos diferencia y define como personas. Por más absurdo que parezca, aquellos todavía en estados primitivos de evolución, que matan o roban, sólo para quedarnos en los ejemplos más básicos, creen que pueden ser felices practicando el mal, que los productos de sus crímenes les traerá la anhelada felicidad. Separando las indispensables diferencias, algo parecido ocurre entre pasión y amor. Nos apasionamos por otra persona y nos ilusionamos con el amor que sentimos”. Lo interrumpí para comentar que la explicación me estaba confundiendo.

El dulce artesano sonrió y fue didáctico: “La pasión es instrumento de felicidad del ego, preocupado con las propias alegrías y placeres. El ego le declara al ser que tiene derecho a ser feliz. Sin duda lo tiene, pero al no saber cómo construir o encontrar ese estado de plenitud en sí mismo, va a buscarlo en la vida del otro, en el atajo cómodo de la transferencia de responsabilidades. ‘Seré feliz al tener esa persona a mi lado’, estableciendo la sentencia. En ese exacto momento renuncia al poder sobre la propia vida y es entregado a otro, pues las alegrías y tristezas varían de acuerdo con las elecciones ajenas. La dependencia se torna absoluta y el sufrimiento inevitable. La pasión nos hace creer que la felicidad es un banquete obligatorio ofrecido por el otro, como disculpa ante el propio rechazo de entrar a la cocina, elaborar la receta personal con los ingredientes inherentes a cada uno y disponibles para todos. No olvidemos que nadie puede soportar el peso de hacer feliz a alguien, todos los días. Así como fuegos artificiales la pasión surge, hace ruido, tiene brillo y después del show se va”.

Le preguntamos sobre el amor. El zapatero explicó de forma dulce: “Las virtudes son las herramientas que hacen que el alma sea plena. Sin plenitud no hay felicidad. El amor es la más importante de las virtudes por el hecho de estar presente en todas las demás; por lo tanto, es imposible ser feliz sin amar”.

“No obstante, es preciso entender el amor bajo el riesgo de no poder vivirlo. Si estás sufriendo, ten la certeza de que no es por amor sino por falta de él”. Casi que en coro, Valentina y yo discordamos con el artesano. Argumentamos que todas las personas ya habían sufrido por amor al sentirse frustradas en sus relaciones justamente por amar demasiado. Él meneó la cabeza y dijo: “Esta es la cuestión. Deseamos ser correspondidos en la medida de aquello que creemos ofrecer o merecer. Esto es pasión, no amor. Es el ego exigiendo actitudes donde no debe, entrometiéndose en la consciencia de los otros; son sus sombras transfiriéndole al mundo la responsabilidad por la propia alegría y bienestar”. Bebió un sorbo de café antes de proseguir: “El amor es lo inverso de la ecuación, es la superación del sufrimiento. El amor, por ser amor, trae en sí virtudes esenciales: la sabiduría de entender que cada cual es responsable por la propia felicidad; la compasión para no delegar la carga de afecto que deseamos, pues no se puede exigir lo que el otro no posee; la humildad se hace indispensable para comprender que no es justo esperar la perfección ajena, ya que no la tenemos para ofrecer; la sensatez de aceptar que no podemos imponer nuestros deseos a la voluntad de los otros y tampoco somos prioridad en la vida de nadie”.

“Así, el amor traspasa las dificultades tan comunes en las relaciones y los hechos mundanos que vulgarmente llamamos ‘problemas’ son trascendidos. El amor lleva a otro nivel de percepción y hace que el individuo no sea alcanzado por el torbellino de emociones desencontradas que lo mantienen suspendido en el aire. Sólo el amor hace posible que florezca desde la esencia toda transformación. El Universo en respuesta le entrega todo y mucho más al individuo que se completa en sí mismo, alejando las brumas de la ilusión que tanto engañan, conquistando la plenitud y consecuente estado de paz y felicidad. Este es el poder. El amor se hace sagrado al despertar lo divino que duerme en cada uno de nosotros. El amor es el único puente entre el desierto y las Tierras Altas. Vivir el amor es hacer la travesía”.

Valentina tenía una mirada distante como si estuviera encantada con un paisaje inusitado. Yo estaba inconforme con aquellas ideas y afirmé que los amantes también sufren. El zapatero discordó: “Sólo existe resentimiento entre los apasionados, nunca en una relación de amor verdadero. El amor es la perfecta cura del dolor. El amor trae en sí la comprensión, la paciencia, la tolerancia y, si es necesario, el indispensable perdón”. Refuté diciendo que tal sentimiento era un sueño casi imposible de alcanzar. Lorenzo levantó las cejas y explicó: “Será difícil mientras estemos presos a la obsoleta manera de pensar, condicionados a recibir en vez de ofrecer, sin entender que todo el amor que se posee es tan sólo aquel que se es capaz de dar.” Hizo una pequeña pausa para beber un poco de café y dijo: “Aquello que no somos capaces de dar, aún no estamos preparados para vivirlo”.

Argumenté que muchas veces doné mucho de mí y no recibí nada a cambio. El zapatero me miró como si fuera un niño y preguntó: “¿Y cuál es el problema, no era amor? Donde existe donación no se puede exigir nada a cambio. Cuando es amor nunca habrá recibos, cuentas o impuestos. Debemos alegrarnos por la belleza y encanto que provocamos, nada más. No obstante, si esperabas algo en retribución no había pureza en tus intenciones, pues estabas más interesado en ti que en el otro, solamente ofrecías para recibir, por lo tanto, no era amor. El amor cuando es puro, y sólo así será verdadero, no sufre, no se deteriora y es capaz de florecer bajo las más terribles tempestades; por ello no germina en suelo adobado por intereses extraños a las virtudes esenciales”.

Recordé cómo es agradable sentirse amado. Lorenzo estuvo de acuerdo: “Sin duda, es maravilloso. El amor que recibimos calienta y reconforta, pero no olvides que solamente el amor ofrecido transforma y eleva”.

“En la pasión la felicidad se traduce en el afecto que se recibe. En el amor encontramos la plenitud al ofrecer lo mejor que nos habita; la felicidad es mera consecuencia”. Levantó las cejas, gesto que hacía siempre que aumentaba el tono de seriedad en sus palabras y dijo: “Lo más grave y la causa de los mayores sufrimientos es justamente condicionar la felicidad a recibir cariño y atención. Esta mentalidad se vuelve un vicio cruel; y lo peor, para mantenerlo necesitamos controlar las elecciones ajenas. Entonces creamos reglas de comportamiento absurdas y coercitivas, revelando el condicionamiento ancestral y atávico de dominación existente en el inconsciente colectivo, fruto del miedo ante el abandono, de la agonía típica al sentirse incompleto y de la ansiedad al no entender cuál es el pedazo que falta; de la ignorancia al no percibir que para ser entero basta despertar las virtudes latentes en lo más íntimo del ser, posibilidad que está al alcance de cualquier persona. Nos ilusionamos al pensar que encontraremos en el otro aquello que no podemos encontrar en nosotros mismos. Aprendemos mucho con los otros, nos sentimos bien al lado de ciertas personas por la afinidad energética dada la misma sintonía de ideas y sentimientos; amamos mucha o poca gente, sin embargo, creer que alguien irá a completarnos es una enorme sombra y raíz de mucho dolor. Por otro lado, cuando entendemos que el amor se vuelve perfecto por el simple acto de donar lo mejor de sí sin pedir absolutamente nada a cambio, al ejercitar sin contrapartida las virtudes ya consolidadas, nos liberamos de la terrible prisión sin rejas llamada dependencia emocional. Así nacen las alas”.

“El Universo en su inconmensurable sabiduría nos ofrece la experiencia de los hijos y de la familia, entre otros motivos, como oportunidad de vivenciar el amor incondicional en su forma más básica. Padres que aman a sus retoños se sienten repletos de felicidad al ver la sonrisa en el rostro de sus hijos. No miden esfuerzos o sacrificio, apenas se alegran con la alegría de la prole, ¿no es así? Sólo nos queda aprender a expandir ese amor al mundo y a toda la gente”.

Permanecimos un tiempo en silencio. El zapatero fue a preparar un poco más de café, cuando reparé que Valentina garabateaba en un bloque de papel sobre el mostrador. Le pregunté qué escribía y ella hizo un gesto con la mano para que yo esperara un poco. Cuando el artesano regresó con café fresco y llenó nuestras tazas, ella leyó la propia creación:

“En la infancia de la existencia me alegro
con mi pelota,
mi muñeca,
mi bicicleta,
y cuando mis amigos no están
en el estante,
a mi disposición,
peleo, peleo y peleo.
Sufro, siento dolor”.

“En la madurez de la vida me completo
con las flores que planté,
con el pote de agua que dejé,
con las sonrisas que provoqué,
con los abrazos que intercambié.
Y sigo.
¿Qué me llevo?
Tan y solamente
el amor que sembré”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

La puerta estrecha

El Sermón de la Montaña es el eje central de los estudios de la Orden, todos los demás textos, oriundos de las más diversas tradiciones filosóficas y metafísicas, son variantes que profundizan y colorean ese valioso pensamiento. Yo estaba sentado en una cómoda poltrona en la biblioteca del monasterio, con la mirada perdida en el bello paisaje que sus ventanas ofrecen, reflexionando sobre las palabras proferidas en las colinas de Kurun Hattin, cuando fui sorprendido por el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Había traído del refectorio dos tazas de café; colocó una de ellas sobre la pequeña mesa a mi lado y fue a la estantería para escoger un libro. Sonreí en agradecimiento por la gentileza y lo invité a sentarse en la poltrona del frente; aprovecharía que estábamos a solas para conversar un poco. Él aceptó, se acomodó, bebió un sorbo de café y quiso saber lo que estaba leyendo. Respondí que leía ese precioso legado filosófico, más precisamente la parte que trataba sobre la puerta estrecha: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso es el camino que conduce a la perdición y numerosos son los que por allí entran. Estrecha, sin embargo, es la puerta y difícil el camino de la vida y raro son los que lo encuentran”, leí el pequeñísimo trecho. Comenté que el texto podría ser un poco más extenso para proveer más detalles y explicaciones con relación a su contenido. El Viejo balanceó la cabeza y dijo: “El texto es perfecto en su concisión. Recuerda que fue elaborado no para algunos, sino para todos. Es preciso que, a su modo, alcance los más diversos niveles de consciencia. Cada cual encontrará la profundidad a la que esté dispuesto a sumergirse. El Sermón de la Montaña es el Código del Camino, pero respeto a quien lo vea como una gran bobada”.

La ley de acción y reacción

Había ido en busca de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, a una agradable taberna próxima a su taller. Tan pronto el mesero llenó nuestras copas fue inevitable desviar la atención hacia la mesa contigua. Una pareja comenzó a discutir en voz alta hasta que la joven se levantó y antes de partir dijo “todo es acción y reacción”. Permanecimos algunos minutos en silencio hasta que el artesano comentó displicente: “Las leyes de la vida son inexorables”. Yo lo corregí, acrecentando que la Ley de Acción y Reacción era una ley de la Física, más exactamente una de las tres Leyes del Movimiento de Isaac Newton, renombrado físico inglés. Con aire de profesor, le expliqué que para toda acción existe una reacción de igual intensidad y sentido contrario. Lorenzo me miró con dulzura como si estuviese ante un niño pretencioso y dijo: “Exacto. Por tratarse de una ley de la Física es una ley del Universo; por lo tanto, una ley de la vida, que afecta no sólo cosas y objetos, sino también las relaciones y define el destino próximo de cada persona. Como una sabia y amorosa bordadora, el Universo teje la red de la vida de todos nosotros usando las leyes como trama para que no quede ningún hilo suelto”. Estuve algunos instantes reflexionando sobre aquellas palabras hasta que me di por vencido y confesé que no había entendido todo el sentido del racionamiento.

El campo de batalla

 El cielo estaba azul después de días grises de mucha lluvia. Todos parecían estar alegres en el monasterio, menos yo. Un dilema personal me corroía y hurtaba mi paz. Sentado en el comedor divagaba entre dudas ante una taza de café y un pedazo de torta de avena cuando mis pensamientos fueron interrumpidos por el Viejo, como llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Él me invitó a ayudarlo a recoger champiñones en el bosque situado alrededor del monasterio. Explicó que el sol fuerte, después de días lluviosos, era perfecto para que esos manjares germinaran a los pies de los robles de la montaña. Manifestó que pretendía hacer su famosa sopa de champiñones para la cena. Tan pronto entramos en el sendero, el monje dijo que había percibido mi agonía y me preguntó cuál era el motivo. Le expliqué que un gran amigo me había invitado a acompañarlo durante las vacaciones a un campamento de refugiados en África. Él hacía parte de una organización internacional de médicos que prestaba ayuda en varias regiones del planeta donde había carencia de cuidados para el mantenimiento de la vida. El Viejo se volteó hacia mí manteniendo su paso lento pero firme y dijo: “Es un servicio maravilloso e indispensable prestado por hombres y mujeres, médicos o no, con la intención de llevar un poco de bienestar y mucha cura a lugares donde hay ausencia de condiciones básicas de supervivencia. Yo estuve en uno de esos campamentos años atrás, durante una insensata guerra local y confieso que me encantó la compasión, la misericordia y la generosidad depositada en forma de amor incondicional. A pesar de tanto dolor y sufrimiento, la grandeza de la vida y las maravillas de la superación en el esfuerzo de hacer diferente y mejor son extraordinarias”.

Los tonos de la prudencia

Cuando doblé la esquina para entrar en la estrecha calle donde se situaba la oficina de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, me alegré al ver su clásica bicicleta recostada en el poste. Estaba temprano. El sol acababa de surgir para evaporar el sereno que humedecía el revestimiento de piedras, dando así una agradable sensación de andar entre brumas. Fui al taller en busca de café y un poco de prosa. Al entrar me deparé con otros amigos del artesano. Sentados, mientras Lorenzo les llenaba las tazas, estaban reunidos en una especie de asamblea informal. El zapatero me recibió con la alegría habitual, me acomodó sobre una caja de madera y luego me entregó un pocillo humeante para ahuyentar el frío de la mañana y despertar las ideas. Aquellos hombres tenían entre sí una amistad que los unía hacía mucho tiempo. Él me explicó que el grupo tenía un integrante adicional, René, el dueño del puesto más tradicional de revistas de la ciudad, quien había fallecido recientemente. En frente al puesto de revistas, todos los días y muy temprano, estos amigos se habían reunido durante años para conversar sobre cualquier asunto, mientras aguardaban la llegada del periódico. Era un ritual que hacía parte de la historia de todos ellos. El hijo de René había asumido el negocio desde el tratamiento del padre pero ahora, por causa de una deuda, el distribuidor se negaba a entregar nuevos periódicos y revistas. Sin renovar el material para trabajar, el local estaba a punto de cerrar. El hijo los había buscado para pedirles un préstamo para pagar la deuda y evitar que el tradicional negocio cerrara las puertas. El problema era que el hijo, quien había vivido fuera por mucho tiempo, no tenía buena fama en la ciudad.

De vuelta a casa

Cuando doblé la esquina y no vi la clásica bicicleta de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, recostada en el poste en frente a su taller pensé que no estaba con suerte aquel día. Los horarios improbables e inusitados de funcionamiento de la zapatería ya eran leyenda en la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Yo estaba triste. Desde siempre, la relación con mi madre había sido complicada, como si amor y dolor alternasen en el palco de la vida, generando memorias que interferían en los días por vivir. Tuvimos otra discusión y yo quería reunirme con el buen artesano. Necesitaba hablar para recordar lo que ya sabía y oír para aprender lo que todavía no sabía. Era hora de almuerzo y decidí ir a un agradable restaurante cerca de allí. Como si la casualidad existiera, cuando entré me deparé con el zapatero sentado en la mesa con una mujer más joven que él. Yo no la conocía. Cuando me aproximé percibí que ellos estaban tomados de las manos y tenían el rostro mojado con lágrimas. Retrocedí pero él me vio, sonrió de manera sincera y me llamó. Me regaló un fuerte abrazo y me presentó a la joven. Era su hija menor. Ella había salido muy temprano de casa. Después de muchas peleas con el padre abandonó la universidad sin la debida conclusión y permaneció años sin dar noticias. Yo conocía la historia y sabía que Lorenzo la había buscado durante mucho tiempo sin éxito. Ella acababa de volver. La alegría por el reencuentro transbordaba en ambos.

La Estación

En la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio hay una antigua estación de tren. Estaba con Lorenzo, el elegante zapatero amante de los vinos y de los libros, sentados en un antiguo banco de madera a la espera de su sobrina, que a pedido de la madre, una de las hermanas del artesano, pasaría algunos días con el tío, con la intención de ayudarla a disolver la angustia que la sobrecogía. Estaba muy temprano y el sol aún no ganaba fuerza para ahuyentar el frío de la madrugada. Percibí que Lorenzo estaba encantado con todo aquel movimiento de llegadas y partidas, típico de cualquier estación. Antes que yo indagase sobre el asunto, apareció su sobrina. La joven tenía alrededor de treinta años. Muy bonita, aunque bastante desanimada. Se abrazaron fuertemente como hacen los que se aman al encontrarse. Fuimos presentados y ella fue muy gentil. La joven dijo que deseaba un café. Nos dirigimos a una cafetería próxima. Cuando la simpática mesera colocó sobre la mesa las tazas humeantes acompañadas de pan caliente con el delicioso queso de la región, la sobrina abrió su corazón. Lamentó que la vida hubiera dado un vuelco.

Belleza oculta

En las mañanas era común encontrar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en el jardín del patio interno del monasterio, cuidando de las plantas. Su predilección eran las rosas, a las cuales les dedicaba horas y horas. Siempre que era posible me gustaba acompañarlo, no por el gusto a la jardinería sino por las conversaciones proporcionadas. En ese día, una joven fue a buscarlo. La muchacha se declaró desencantada ante la vida. Nada le entusiasmaba, sus días eran grises y las personas le parecían desprovistas de encanto. Confesó que la alegría la irritaba pues le parecía una tontería. Los días no era más que una sucesión de errores y frustraciones. No existía razón para sonreír. Al terminar con sus lamentos le preguntó al Viejo si era feliz. El monje que oyó todo con paciencia y atención mientras cuidaba del jardín, le mostró una oruga que tenía en la palma de la mano sacada de las flores, la guardó en el bolsillo de la túnica para después soltarla en el bosque y dijo: “Siempre habrá motivos para sonreír; la alegría es una semilla que puede germinar incluso en el desierto. La alegría es una elección de la sabiduría y del amor”.

El ánfora de la humildad

Yo estaba de vuelta al Himalaya. Era una promesa hecha a mí mismo: regresar una vez al año a la villa china, próxima al Tíbet, para estudiar el Tao con Li Tzu. La única posada que había en el lugar estaba siempre llena de alumnos de toda parte del mundo, sedientos por conocer un poco más sobre el milenario Tao Te Ching, el Libro del Camino y de la Virtud. Las reservas eran de poca utilidad y no garantizaban el hospedaje. Los reclamos no surtían efecto, pues la anciana responsable por la posada respondía siempre sonriendo, en inglés o mandarín, según su conveniencia para hacerse entender. En el pequeño espacio que servía de recepción yo disputaba con un hombre enorme de más de dos metros de altura, fuerte como un halterófilo, sobre quién se quedaría con el último cuarto disponible. Ambos teníamos reserva, la mía era anterior a la suya, pero él había llegado al albergue minutos antes que yo. Discutíamos, cada cual con sus razones y argumentos, ante la anciana quien parecía divertirse pues no paraba de sonreír aunque el tono de la discusión fuese aumentando a cada palabra proferida, hasta que él tomó la llave del cuarto de las manos de ella y dijo que la cuestión estaba resuelta: él se quedaría con el cuarto, salvo que yo fuera capaz de quitarle la llave. Repleto de rabia, no reaccioné. La diferencia de fuerza física anunciaba una gran paliza si yo aceptaba jugar con las reglas de mi oponente. Le pedí a la anciana que tomara una actitud ante aquella arbitrariedad; ella apenas levantó los hombros y respondió en su idioma, sin abandonar la sonrisa, algo que interpreté como “nada puedo hacer”. Como si no bastara, y con efecto devastador para mí, escuché una serie de provocaciones y chistes desagradables por parte de mi adversario mientras me retiraba de la posada.

La Flor de la Sencillez

Estábamos el Viejo y yo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en una prestigiosa universidad para dar un ciclo de conferencias sobre las variadas faces de la inteligencia: cognitiva, emocional, artística y espiritual. Hablarían científicos, profesores, psicoanalistas, filósofos y artistas. En el intervalo, después de la reciente intervención de un famoso intelectual, fuimos a tomar un café. El otoño ofrecía un clima agradable y las mesas en la parte externa de la cafetería permitían una integración amena con el campus arborizado. El sol nos acariciaba entre las hojas. Le comenté al monje que no me había gustado el último conferencista. En verdad, adicioné que el discurso me había parecido innecesariamente rebuscado, pomposo, repleto de palabras no usadas en el día a día y, lo peor, confuso. El Viejo bebió un sorbo de café y dijo: “Las aguas necesitan ser turbias para no percibir que son rasas”. Le pedí que se explicase mejor. El Viejo fue didáctico: “Quien desea que sus ideas sean entendidas se expresa de manera clara, salvo que el fruto aún no esté debidamente maduro para ser recogido del árbol. Algunos confunden hermetismo con sofisticación. La verdadera sofisticación reside en la sencillez; consiste en hacer simple una idea elaborada o difícil. La sabiduría es sencilla; la sencillez es una virtud poderosa y rara, indispensable para otras virtudes”.

El mundo es el espejo de tu alma

La angustia me dominaba cuando entré en la biblioteca del monasterio en busca de alguna lectura que aliviase la aflicción de mi alma. Sentado en una cómoda poltrona, con un libro sobre el canto, el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, miraba hacia las montañas a través de una de las ventanas, cuando sentí su atención desviada hacia mí. Al percibir en mi semblante el desorden interno que imperaba, levantó las cejas en forma de pregunta para saber qué había sucedido. Reclamé del desdén de las personas en el trato personal, de cómo eran insensibles, materialistas e individualistas. Relaté varias situaciones para ejemplificar la razón de mi sentimiento. Mencioné cómo ese comportamiento provocaba tragedias innecesarias. Yo me sentía abandonado y desubicado. Definitivamente, concluí que la humanidad estaba perdida y que el mundo no era un buen lugar para vivir. El monje sonrió, como si se divirtiera con un niño que reclama porque no recibió un dulce, se levantó y guardó el libro en la estantería apropiada y fue hasta otro escaparate en busca de un título diferente. Buscó algo en las páginas por breves instantes, lo guardó en el bolsillo de la túnica, me agarró del brazo, me condujo hacia afuera de la biblioteca y dijo: “Vamos a conversar en el refectorio, necesito una taza de café”. Algunos minutos después, ante  dos tazas humeantes, el Viejo inició la conversación: “Si tú estás bien contigo estarás bien con el mundo. La visión que cada cual tiene sobre sí mismo será el lente con el cual verá la vida. Esto definirá la claridad, los colores y la extensión del universo que es el mismo para todos, pero diferente para cada uno de nosotros. El mundo, feo o bonito, será siempre el espejo de tu alma”.

Amar es un arte de muchas virtudes

Estaba acompañando al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a un ciclo de conferencias que él impartía, cuando recibí la invitación para celebrar los ochenta años de un pariente muy querido. Sería en una ciudad próxima a donde estábamos. Invité al Viejo a ir conmigo y aceptó de inmediato. Le confesé mi contrariedad por tener que ver a algunos parientes con los cuales había tenido desavenencias en el pasado. Comenté que en la fiesta me encontraría con un primo, que fue uno de mis mejores amigos en la adolescencia, pero que en un determinado momento nos desentendimos y peleamos. Yo no le dirigía la palabra hacía años, así que le dije que no se le hiciera extraño. El Viejo comentó: “Las ceremonias ya sean personales, familiares, profesionales o religiosas son importantes rituales tanto por la celebración de la vida, por la aproximación entre iguales que vibran en la misma sintonía energética, como por la oportunidad de encuentro entre aquellos que poseen divergencias que necesitan ser apaciguadas. La diferencia de puntos de vista nunca debe ser motivo para el distanciamiento del corazón. Son indispensables las flores del respeto, la compasión, la humildad, la paciencia y el coraje en el jardín del amor. Para amar no basta querer. El amor es un arte de muchas virtudes”.

El ser entero

Había hecho calor el día entero. La brisa que bajaba de las montañas hacía bastante agradable el fin de tarde en el monasterio. Encontré al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, sentado en una cómoda poltrona situada en uno de los balcones que ofrece una bellísima vista de los valles vecinos de nuestra sede. Le pedí permiso para sentarme a su lado y él asintió con un movimiento de cabeza. Por conocerme hacía algún tiempo fue directo al punto: “¿Qué te aflige?”. Le expliqué que muchas veces, aún seguro de tomar la decisión correcta, alguna incomodidad se instalaba en mí, lo que era contradictorio. Me pidió que fuera más específico y adicionó: “Vamos al caso concreto”.

Le comenté que un gran amigo me había pedido dinero prestado; era un valor considerable. Aunque tenía la cuantía que estaba guardada para otros fines le negué el préstamo. Esto estaba robando mi paz en los últimos días. Ponderé que desconocía  mis propios sentimientos pues la convicción de mi decisión debería apaciguar mi corazón. Con los ojos vagando en el horizonte el Viejo dijo: “El espíritu, la verdadera identidad eterna de todos nosotros, en su infancia, nuestro nivel actual, tiene el ego distante del alma como si estuviéramos divididos en dos. Por un lado, el ego se empeña en las conquistas materiales y los placeres sensoriales, los aplausos y el brillo social. Por otro, el alma se alegra con las victorias de los sentimientos sobre los instintos, con la superación de las dificultades, con la transmutación de las propias sombras en luz. El ego quiere el reconocimiento del mundo; el alma quiere que lo mejor de sí brote para el mundo. El ego está ligado a las pasiones; el alma al amor. El ego está en el ámbito del yo; el alma piensa en nosotros. En el viaje del perfeccionamiento el Camino nos impone elecciones. Con el ser dividido en dos las decisiones crean conflictos internos. Estos conflictos generan desequilibrio a todo nivel”. Hizo una pausa antes de acrecentar: “Tenemos que alinear el ego con el alma, en el sentido que los deseos de aquel estén en armonía con las búsquedas de ésta. De la misma manera tenemos que trabajar el ‘yo’ sin olvidar el ‘nosotros’, siendo que lo contrario también se aplica. Es decir, cuidar del mundo sin olvidarse de sí. Son partes del mismo arte; de esta manera el ser se torna uno, se libera de las angustias mundanas, conoce la plenitud y la paz”.

Una cuestión de respeto

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de perpetuar la sabiduría ancestral de su pueblo a través de la palabra, tocaba de manera acompasada su tambor de dos faces. Le pedí autorización para sentarme en frente de él en la manta de colores extendida al otro lado de la hoguera. Sin abrir los ojos, a penas sonrió y meneó la cabeza de modo sutil. Mientras me acomodaba, el chamán comenzó a cantar una canción en agradecimiento por estar allí , en aquella noche sin luna y con el cielo salpicado de estrellas, en comunión con la Madre Tierra. Al silenciar la melodía dije que necesitaba conversar; le conté que estaba muy molesto. Había tenido una discusión con uno de mis mejores amigos, quien se había comportado de manera bastante irrespetuosa conmigo en una determinada situación y no nos hablábamos hacía un tiempo. Canción Estrellada encendió su pipa con el hornillo de piedra roja, sin prisa, como si la noche no tuviese fin; aspiró dos veces, me convidó a fumar y no pronunció palabra.

El tamaño de un sueño

Era una mañana de primavera, el sol equilibraba la brisa helada de la montaña y ofrecía una agradable sensación térmica. Yo estaba en la entrada del monasterio apretando los tornillos de las bisagras del enorme portón principal, cuando desvié la atención hacia un carro lujoso que estacionó en el patio externo, del cual bajó un enano. Pronto lo reconocí, era un famoso comediante de programas de TV. Sin duda era un actor talentoso que nunca usó su altura como subterfugio para broma alguna. Su humor era fino e inteligente. En los últimos años conducía un “talk show” de gran audiencia. Se dirigió a mí de manera educada y pidió hablar con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Mientras nos encaminábamos hacia el refectorio donde el Viejo solía conversar con las visitas, casi siempre alrededor de una mesa con galletas, bizcochos, quesos y café, haciéndoles sentir a gusto como si estuviesen en casa, el hombre mencionó que ya había estado allí una vez hacía casi dos décadas, cuando aún era un aspirante a los palcos, y que aquel día había sido fundamental en su vida.

El día de la independencia

Sentí alegría al ver la clásica bicicleta de Lorenzo, el elegante zapatero amante de los vinos y de los libros, recostada en el poste en frente a su taller. Yo estaba mal. Una serie de acontecimientos con diferentes personas hacían que me sintiera en un carrusel de emociones que variaban entre la irritación y la tristeza. Fui recibido con un fuerte abrazo y alegría sincera. El artesano pidió que me acomodara mientras hacía café fresco para animar nuestra conversación. Le dije que necesitaba desahogarme e intercambiar ideas, pues parecía que el mundo conspiraba contra mí. De un momento a otro muchas de mis relaciones se habían vuelto problemáticas o frustrantes. Relaté algunos desentendimientos y decepciones que habían ocurrido algunos días atrás con diversas personas a quienes apreciaba mucho. Agregué que todo había sucedido al mismo tiempo y hasta bromeé diciendo que parecía karma. Lorenzo colocó dos tazas llenas de café sobre el mostrador y dijo: “Karma es aprendizaje. Todo karma es un maestro que va a perfeccionar y a  fortalecer al aprendiz. Entendidas las lecciones el karma desaparece así como aquel tipo de situación, hasta entonces recurrente, pues ya no hay más razón para que exista. Por otro lado, el Karma se prolonga y hasta se endurece en la medida que nos rehusemos a evolucionar. Si la vida es una universidad, el karma se resume a las materias que debemos cursar”.

De vuelta a la cima del mundo

Le comenté al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, que pasaría mi cumpleaños en el monasterio de Takshang, próximo a la ciudad de Paro, en Bután. Deseaba el silencio y la energía de ese monasterio budista, de difícil acceso, incrustado en el Himalaya, para meditar y reflexionar sobre el momento en que me encontraba, más precisamente con respecto a la empresa de la cual era socio. Habíamos recibido una propuesta de otra compañía, mucho mayor y de ámbito internacional, para una fusión que traería grandes lucros financieros y un cambio significativo en mi estilo de vida: Desde tener que usar traje en el día a día hasta vivir en otra ciudad, sin contar las incontables reuniones y rutinas típicas de las grandes empresas. Mis socios, éramos tres, estaban animadísimos con la posibilidad que se presentaba. Mi corazón no me dejaba compartir tal entusiasmo. Nuestra empresa navegaba con tranquilidad, no éramos ricos pero teníamos una vida cómoda y, especialmente, tenía tiempo para dedicarme a otras actividades que me eran valiosas como la Orden, los estudios, la escritura, los encuentros con amigos, la convivencia familiar, entre otros bienes intangibles. No obstante, no es siempre que surge una oportunidad para incrementar el nivel financiero y todos me presionaban para que decidiera pronto. El cambio en la manera de vivir era lo que me angustiaba. La duda me corroía.

La cima del mundo

Llené una taza de café en el refectorio y me dirigí a la biblioteca del monasterio. Era final de tarde y ansiaba por un poco de lectura y reflexión. Me encontré con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, sentado en una confortable poltrona con la mirada perdida en las montañas que se veían a través de las enormes ventanas. Él me saludó con una sonrisa sincera. Al percibir que estaba extraviado en las estanterías entre los innumerables buenos títulos desde Yogananda a Fernando Pessoa, de Chico Xavier a Lao Tsé, paseando entre Espinosa y Jung, el monje susurró: “Haz como Pablo, el apóstol de las multitudes. Dicen que él siempre abría la Biblia al azar cuando quería un texto para meditar. Como el azar no existe, él siempre encontraba las palabras que necesitaba”. Me senté con las Escrituras y la página que se presentó hablaba de un pasaje que me incomodó desde la primera vez que lo leí, en el cual el maestro Jesús dice que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Cielo. Leí y releí todo el capítulo. Insatisfecho, le pregunté al Viejo si el dinero era un impedimento para la iluminación. Él me miró como si fuese un niño y dijo con su voz suave: “Claro que no. El dinero es una herramienta maravillosa, capaz de sembrar buenos frutos desde, es claro, que  sea utilizado de manera correcta”. Argumenté que eso no era lo que estaba escrito.

El pasado es un veneno

Lorenzo, el elegante zapatero amante de los vinos y de los libros, cerró el taller al medio día y andábamos por las calles estrechas y sinuosas del secular poblado localizado en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Era un típico sábado de otoño, con cielo claro, sin niebla y el sol calentaba la piel sobre el suéter delgado. Caminábamos alegres rumbo a nuestro restaurante predilecto para almorzar y, claro, beber algunas copas de vino. Trivialidades eran la pauta del día. Allí nos encontramos con Helena, una amiga en común, quien estaba muy conmovida y con ojeras profundas en el rostro como registro de noches mal dormidas. Aceptó al instante la invitación para sentarse a la mesa con nosotros y, sin preguntarle nada, comenzó a hablar sobre las causas del desorden emocional que la trastornaba. El dolor parecía no caber dentro de sí y por esto necesitaba desahogarse. Acababa de terminar otro matrimonio. Ya era el quinto o sexto, tuvo alguna dificultad para saber si uno de ellos podría ser considerado como tal dada su corta duración. Dijo estar decepcionada con las personas en general. Confesó que la intimidad revelaba facetas desagradables que impedían la convivencia a largo plazo. Habló por buen tiempo, lamentándose; oímos con paciencia hasta que el artesano quiso saber si ella ya había sido feliz alguna vez en el amor. En ese instante los ojos le brillaron y una sonrisa, que parecía imposible, surgió en su bello rostro.

El amor no necesita ser perfecto

Cuando entré ellos ya estaban conversando. Lorenzo, el zapatero amante de los vinos y de los libros, escuchaba los lamentos de un sobrino sobre las dificultades que tenía con las relaciones afectivas. Fuimos presentados. El joven, bastante educado, dijo que no se sentía incómodo si yo participaba de la conversación; en verdad, le parecía muy bueno pues sería una opinión adicional para aclarar sus ideas. El elegante artesano fue a preparar café mientras el joven me explicaba que, en suma, entre más conocía a una persona mayor era su decepción. Sentenció que las máscaras no se sostienen en la convivencia personal y lo que se revelaba definitivamente nunca le agradó.

Las herramientas del amor

Cuando el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, entró a la agradable biblioteca del monasterio, yo estaba inmerso en la reflexión de un trecho del libro de parábolas de Rami. El monje retiró un libro del estante y se acomodó a mi lado en una confortable poltrona. Reparé que era el milenario Tao Te Ching, El Libro del Camino y de la Virtud, de Lao Zi. Como estábamos solos en la biblioteca osé poner tema. Le comenté que casualmente leía un libro que también abordaba el valor de las virtudes y, además de enaltecer el coraje como una de ellas, sentenciaba que ‘el amor es para los fuertes’. El monje con su voz siempre suave, fue lacónico en su comentario: “Sí, es verdad”. Discrepé bajo el argumento de que el amor, dada su importancia, estaba a disposición de todos indiscriminadamente. El Viejo me miró con su enorme paciencia y dijo: “Sí, también es verdad”. Meneé la cabeza y agité las manos, como si esos movimientos pudiesen amplificar mis razones, y le dije que estaba siendo incoherente: el amor era para todos o sólo para los fuertes. Le pedí que se decidiera. El monje arqueó los labios con una leve sonrisa y explicó: “Confundes todo, Yoskhaz. ¿No te das cuenta que se trata de cosas diferentes? O mejor, de situaciones en que el amor se presenta de maneras distintas”.

Valiosos pilares

En el elegante poblado localizado en la falda de la montaña que acoge al monasterio, los sábados todo el comercio cierra actividades al medio día salvo restaurantes, cafeterías y bares, puntos de encuentro para animados almuerzos o reuniones entre amigos. La famosa excepción era el taller de Lorenzo, el elegante zapatero, amante de los libros y de los vinos. La tienda de Lorenzo funcionaba en horarios irregulares e inusitados. Encontrarla abierta a cualquier hora del día o de la noche era un auténtico juego de azar. Aquel sábado por la tarde, antes de regresar al monasterio, me arriesgué a encontrarlo para tomar un café y tener una conversación trivial. El taller estaba cerrado. Como mi transporte me recogía sólo en la noche me dirigí a una taberna poco concurrida, la cual él apreciaba mucho. Allí encontré al artesano acomodado en una confortable poltrona, al lado de una pequeña mesa, con una copa de vino tinto y una lámpara que le permitía leer El Libro del Desasosiego, de Fernando Pessoa, con envidiable tranquilidad. Cuando fui a saludarlo se aproximó, casi al mismo tiempo, otro amigo suyo. El hombre estaba con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. De inmediato contó que en la noche anterior había sido sorprendido con la culminación de un romance que, aunque no había durado mucho tiempo, había sido intenso. Lorenzo, al percibir que el amigo no me había notado, nos presentó. René, éste era su nombre, me trató de manera educada. El zapatero pidió que acercásemos las sillas para quedar más próximos a él, pues su tono de voz era siempre muy suave. Le dijo a René que podrían conversar sobre su dilema en otra ocasión ya que mi presencia podría avergonzarlo. El hombre respondió que no tenía ningún problema pues necesitaba desahogarse y oír algunas palabras que pudieran calmar su dolor.

La semilla

Caminaba por las montañas de Arizona junto a Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de usar la música para perpetuar la sabiduría de su pueblo, cuando paramos en una pequeña planicie con una vista encantadora. Él extendió su manto de colores en el suelo, encendió la inconfundible pipa con hornillo de piedra roja y me pidió que preparara la hoguera. Después entonó con su tambor de dos faces una sentida canción ancestral en la cual pedía protección para nunca abandonar ‘el lado asoleado del sendero’. Permanecimos un tiempo sin pronunciar palabra, el cual no puedo precisar, como viajantes en el mundo de las ideas hasta que el chamán quebró el silencio: “Hay muchos elementos en la naturaleza que considero sagrados por el simbolismo que representan. El nacimiento del sol por la importancia de la luz en nuestras vidas; el vuelo del águila porque me enseña a ver todas las cosas desde lo alto; las estrellas para recordar que existen otros mundos además de este; el cambio de estaciones por la lección de la renovación de los ciclos; la mariposa por hacerme ver que la oruga puede tener alas; el río para no olvidar que todas las aguas un día llegan al mar. No obstante, nada me encanta tanto como la semilla”. Dio una bocanada y prosiguió: “En fin, hay lecciones por todas partes. Lo sagrado se mezcla con lo mundano a la espera de ser revelado”. Cuando iba a interrumpirlo para preguntarle sobre la semilla, la conversación cambió de curso. Él dijo: “Así como la magia aguarda el momento del hechicero”.

La mayor de las mentiras

Lorenzo, el zapatero que remendaba el cuero como oficio y las ideas como arte, caminaba a mi lado por las estrechas calles empedradas del elegante poblado ubicado en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Buscábamos un restaurante para almozar. Escogimos uno tranquilo para poder prosear a gusto. Tan pronto entramos Lorenzo se encontró con una vieja amiga, una artista plástica que se hizo muy famosa debido a sus cuadros. Viajaba por todo el mundo gracias a invitaciones a exposiciones, pero cada vez que le era posible regresaba a la pequeña ciudad a fin de reencontrar sus raíces, como manera de mantener la esencia que la movía. ‘El conocimiento sobre mi aldea es el que me concede el poder ante el mundo’, repitió la famosa frase cuando el zapatero le preguntó qué hacía allí en vez de estar en Nueva York, Londres o París. Inmediatamente ella nos invitó a acompañarla en su mesa. Yo la conocía por fotos de revistas, mas me impresionó su elegancia y, principalmente, su magnetismo aunque no parecía esforzarse por una cosa ni por otra. Debía tener la edad de Lorenzo. Llevaba el cabello blanco y corto como el del zapatero. Había decidido no volver a usar tintura; el maquillaje era mínimo. Alegó que daba mucho trabajo y además ya tenía suficiente tinta en su vida. Reímos. Me quedé pensando si la elegancia no residía en su sofisticada simplicidad. Al preguntarle sobre las novedades, dijo que debía ir a Madrid dentro de algunos días pues uno de sus cuadros había sido escogido para componer una muestra en el Museo del Prado sobre ‘sentimientos ocultos’. Sacó de la cartera una foto del cuadro para mostrárnoslo. Era una pintura bellísima, de enormes dimensiones, de aquellos que ocupan una enorme pared, en el cual retrataba a una mujer joven y solitaria en el salón de una fiesta. Ella dijo que bautizó el trabajo como “La Mayor de las Mentiras”. Quise saber la razón del título. La artista me respondió que después que terminó al obra percibió la tristeza en la sonrisa de la mujer retratada. Confesó que se sintió incómoda con la pintura sin embargo resaltó que no sabía, ni intentaba entender, la razón de aquella interpretación pues pintaba con el inconsciente.

El sentido de la victoria, a través de otra vertiente

Acompañaba al carpintero que cambiaba las bisagras del portón del monasterio cuando fui sorprendido por la llegada de un sobrino del Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. El joven, con alrededor de treinta años de edad, tenía la expresión trastornada. Había ido en busca del tío para que a través de sus palabras pudiera explicarle la tempestad que asotaba su matrimonio. Al encaminar al muchacho, encontramos al Viejo en la biblioteca del monasterio leyendo Las Parábolas de Rumi. Aunque era un lugar de absoluto silencio, como estábamos a solas, el monje decidió que allí mismo conversaría con su sobrino, al menos hasta que llegara alguien más. Hice mención de retirarme, pero el monje pidió que me quedara. Sin demora, el rapaz desató toda su incomprensión y dolor sobre lo que estaba sucediendo. Explicó que el inicio del matrimonio había sido muy complicado y que después de muchas peleas pudo convencer a su esposa de la necesidad de cambiar su comportamiento con relación a diversos aspectos de su vida social y profesional. Era necesario entender que era una mujer casada. Acrecentó que había sido una victoria, después de muchas discusiones, el cambio de actitud de la esposa. No obstante, al poco tiempo ella empezó a ponerse triste sin motivo aparente. Deprimida, buscó la ayuda de una conocida psicoanalista. El tratamiento hizo efecto pues, poco a poco, recuperó su sonrisa alegre y encantadora. Sin embargo, algunos días atrás ella le había comunicado que deseaba el divorcio. El joven no entendía la falta de reconocimiento de la esposa, pues él había atravesado a su lado el periodo más sombrío del romance y cuando todo parecía estar resuelto, ella había decidido partir. No, no aceptaba ni entendía la separación. Incluso así, la mujer se fue llevando consigo apenas lo que cabía en una maleta.

La revelación

Mi primera fase como discípulo en la Orden estuvo representada por muchas preguntas relacionadas con los misterios que envuelven la vida; algo que siempre consideré positivo, ya que me impulsaba a la reflexión y también me enseñó mucho sobre paciencia y serenidad, pues las respuestas apenas son permitidas cuando estamos listos para entenderlas. No que ellas sean negadas, sólo que no conseguimos verlas, como si un manto de invisibilidad las envolvieran, hasta que nuestros ojos cambian. Yo había terminado de barrer el jardín y antes de seguir hacia la biblioteca del monasterio pasé por el refectorio para buscar una taza de café. Libros y café son una combinación que siempre he adorado. Encontré al Viejo, ante un pedazo de torta de avena, con la mirada distante. Pedí permiso para interrumpir sus pensamientos y sentarme a su lado para conversar un poco. Él me autorizó con una dulce sonrisa. Le dije que había leído un poema atribuido a un antiguo alquimista persa que relataba el diálogo entre un caravanero y un grano de arena. Había una parte que me intrigaba mucho:

La verdad no duele

Caminábamos por las calles estrechas y sinuosas del elegante poblado localizado en la falda de la montaña que acoge al monasterio. El sol de fin de tarde realzaba los colores de las casas y del empedrado. Lorenzo, el zapatero que remendaba el cuero como oficio y cosía las ideas como arte, estaba con hambre así que fuimos rumbo a la cafetería de Sophie, donde son hechos los mejores sándwich del planeta, en busca de su predilecto: pan artesanal, lonjas de jamón, un poco de miel y canela; generosas tajadas de parmesano y un huevo blando por encima; gratinado en el horno. Café para acompañar hasta el ocaso; allá sólo sirven vino en la noche. Son las rigurosas reglas de la casa. La mesera que vino a atendernos era Regina, una antigua compañera, que se puso feliz al vernos. Ella dijo que su turno ya había terminado y preguntó si podía sentarse con nosotros. Permiso concedido, delantal guardado y a nuestro lado, una persona que necesitaba hablar, como aquel niño que corre para mostrar todos sus juguetes cuando llega una visita. De repente, ella reveló que vivía una grave crisis conyugal. Vivía hace algún tiempo con otra chica, mucho más joven, de quien estaba enamorada. Sin embargo, siempre la presentó a todos como una sobrina que había venido a pasar un periodo en la ciudad. La noche anterior habían tenido una grave discusión, en la cual su pareja la acusaba por no admitir ante los demás el verdadero afecto que las unía, ya fuera por la diferencia de edad o por el hecho de ambas ser mujeres.

El arte de estar suspendido en el aire

Cuando entré a la Orden tenía la errónea idea de que la vida en el monasterio era solamente contemplativa, alejada de todas las impurezas del mundo como manera de mantener a los monjes puros. Aunque había un periodo inicial de recogimiento para la adecuada iniciación, de mucho estudio y meditación, pronto éramos enviados de vuelta al mundo como método eficaz de conocimiento y perfeccionamiento de sí mismo. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, solía decir que “lo sagrado no está separado de lo mundano, sino oculto en él”. Es en la convivencia común de lo cotidiano que podemos entender mejor nuestras reacciones y las asperezas que aún nos hace sangrar. Limarlas es el perfeccionamiento necesario; el perfeccionamiento lleva a la transformación; la transformación se traduce en evolución. Los periodos de soledad y reflexión son tan fértiles como las fases de convivencia social o profesional. En verdad, son partes distintas de una misma clase. Ellas se diferencian para complementarse.

El destinatario del amor

Era una fría mañana de otoño. El sol me calentaba el cuerpo sobre el pesado abrigo de lana. Andaba por las calles estrechas y retorcidas de la elegante ciudad, que está en la falda de la montaña que acoge al monasterio, en busca del taller de Lorenzo para tomar un café caliente y tener un poco de prosa. Me sentía triste por la ingratitud de algunas personas con quienes convivía por no corresponder al amor que yo les ofrecía. El zapatero, que remendaba el cuero como oficio y las ideas como arte, me recibió con la alegría habitual y en seguida estábamos sentados en el mostrador con dos tazas humeantes. Después de exponer mis insatisfacciones, cuestioné a mi amigo sobre el hecho del amor ser la causa de tanto sufrimiento. Me parecía contradictorio, ya que ese sentimiento está innegablemente ligado al bien y a la luz. Al final, siendo el amor algo tan bueno, no debería permitirse el sufrimiento en su nombre. El artesano bebió el café y respondió como quien dice algo obvio: “Sufren por el simple hecho de no entender el amor”. Discrepé. Dije que el amor es inherente a todas las personas. Añadí que no debe haber un único ser humano en la faz de la Tierra que desconozca el amor. Lorenzo sonrió y dijo: “Sí, es verdad. No obstante, tenerlo con nosotros no significa que ya sepamos descifrarlo. Es más, no es apenas amor lo que corre por las venas de toda la gente sino todos los sentimientos, tanto los mejores como los peores, sin excepción. Identificar cada uno de ellos es fundamental; no permitir que unos contaminen a los otros es parte del arte del andariego”.

Las llaves de la evolución

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, había acabado de dar una conferencia en una prestigiosa universidad. Yo había sido designado para acompañarlo en el viaje. Cuando andábamos en busca de un taxi que nos llevara a la estación ferroviaria fuimos abordados por una profesora de la institución que, de manera educada, dijo que había asistido a la conferencia y estaba intrigada. Nos invitó a almorzar en el restaurante de la propia universidad, pues quería conversar un poco más con el monje. La invitación fue aceptada. La mujer fue directo al grano. Dijo que le había gustado mucho toda la exposición, pero que algo la intrigaba. Por lo que entendió, el Viejo había afirmado que el único objetivo de todos nosotros era evolucionar; tan sólo esto. El monje movió la cabeza confirmando. Ella, siempre gentil, dijo que estaba en desacuerdo. Afirmó que no creía que la vida continuara después de la muerte. Explicó que las ideas de reencarnación o de cualquier especie de Dios eran frutos de mentes poco desarrolladas o supersticiosas, que tenían miedo de encarar la realidad de que la muerte era el fin. Por lo tanto, sostuvo, el sentido de la vida era tan sólo la búsqueda de la felicidad.

Las herramientas de la luz

El sol aún no había nacido cuando llegué a la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Había aprovechado que un camión de entrega me llevara hasta allí y vagaba sin rumbo por las calles estrechas y sinuosas, adornadas con un bello piso de piedra. La humedad del rocío reflejaba la luz centelleante del alumbrado de la ciudad, componiendo un bonito escenario. El ruido de mis pasos maculaba el imperioso silencio en aquella hora de la madrugada. Decidí arriesgar y caminé hasta el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los vinos y de los libros; los tintos y los de filosofía eran sus preferidos. Remendar el cuero era su oficio; coser ideas, su arte. La tienda del artesano era famosa por los horarios improbables e inconstantes de funcionamiento. Cuando giré en la esquina, a la distancia divisé su clásica bicicleta recostada en el poste. Percibí que aquel sería un buen día. Fui recibido con la alegría habitual y prontamente estábamos sentados con dos tazas humeantes de café sobre el mostrador. Le dije que precisaba desahogarme y conversar un poco, pues me veía ante una delicada situación: en un viaje reciente a una gran metrópoli donde fui a acompañar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en un ciclo de conferencias que él impartió dentro de una universidad, vi a la esposa de un primo en una clara situción extraconyugal. Ella, al percibir que yo había presenciado la escena, me buscó para que no revelase nada. Me contó que era un caso antiguo y mal resuelto que necesitaba ser aclarado dentro de ella. Adicionó que amaba a mi primo y que no quería destruir la familia que había construído con él y con los dos hijos de la pareja. Además dijo que al solucionar el enigma en su corazón estaría segura de ser una esposa mucho mejor. Me pareció que hablaba con sinceridad. De hecho, ella y mi primo, con los hijos, parecían formar una familia feliz. No obstante, la omisión muchas veces es casi una mentira. Contar o no contar, éste era mi dilema pues yo tenía un compromiso conmigo mismo de ser siempre honesto, no abandonar la verdad y nunca distanciarme de la buena moral.

La puerta

De todos los lugares del monasterio, la biblioteca siempre fue mi preferido. Escoger uno de los innumerables títulos disponibles, acomodarme en una de sus confortables poltronas y repartir la atención entre las letras y el maravilloso paisaje de las montañas, proporcionado por las enormes ventanas, permiten momentos de pura magia. Muchas veces encontré al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en algún rincón encantado con la lectura o en viaje profundo en los mares de la reflexión. En ese día yo había acabado de escoger un libro cuando percibí que él me observaba. Levantó las cejas queriendo saber qué había escogido. Le mostré la portada y él sonrió en aprobación. Era una antología de conferencias de Yogananda. Aproveché que había una silla libre a su lado y me senté. Le pregunté qué leía. El monje respondió con un susurro: “El Sermón de la Montaña”. Cierta vez, él me había revelado que leía ese pequeño texto todos los días antes de iniciar cualquier otra lectura, pero no imaginaba que lo decía en sentido literal. Ante mi expresión de asombro el Viejo dijo: “Las letras del Sermón están vivas y siempre me traen enseñanzas sin fin”. Yo ya lo había leído varias veces y le pregunté sobre qué trecho estaba meditando. El monje dijo con voz suave: “Aquella parte que dice que ‘estrecha es la puerta y apretado el camino de la vida. Raros son los que lo encuentran’”. Dije que sabía de que se trataba y me adelanté para mostrarle toda la erudición que pensaba tener. Dije que aquel capítulo tenía la función de orientar sobre el cuidado de no insistir en los senderos anchos de la perdición. Complementé diciendo que no encontraba mayores dificultades en su interpretación, bastaba que fuésemos siempre honestos. Así de simple. El Viejo me ofreció una dulce sonrisa de agradecimiento como respuesta y volvió a concentrarse en la lectura y en sus pensamientos. Me sentí orgulloso de mí mismo.

La buena batalla

Me sentía insatisfecho con la vida. Deambulaba por las calles sinuosas y estrechas de la pequeña y elegante ciudad que está en la falda de la montaña, que acoge al monasterio, cuando pasé en frente a una panadería. El aroma del pan fresco era irresistible. Me senté y pedí un sándwich con mantequilla, miel, canela y una rebanada generosa de queso y para acompañar, una taza de café. En ese instante Lorenzo, el elegante zapatero, irrumpió por la puerta. Al verme sonrió de manera sincera y con los brazos abiertos se aproximó. Tras un fuerte abrazo, pregunté si fue el olor del pan o la casualidad que nos atrajo hasta allí. Me miró como si fuera un chico y dijo: “La casualidad no existe”. Comenté que había pensado en pasar por su taller, pero que no había querido interrumpir el ritmo de su trabajo en el medio de la tarde. Él, que era famoso en la ciudad por tener horarios inusitados para abrir o cerrar la tienda, dijo: “Terminé el trabajo por hoy. Vine a conversar contigo”. Reí y le comenté que él no podía saber que yo estaba en la panadería, pues ni yo mismo sabía que estaría allí hacía cinco minutos atrás. Lorenzo se encogió de hombros, como si fuese obvio, y dijo: “Tampoco lo sabía, por lo menos hasta entrar aquí y ver la agonía dibujada en tu rostro; entonces entendí”. Agaché la mirada y le agradecí en silencio.

El equipaje

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, había sido invitado a dar una serie de conferencias sobre diversos temas en otro monasterio, bastante distante del nuestro, donde funciona una hermandad con preceptos distintos a los nuestros. En esencia, las diferencias nos aproximan más que alejarnos. En aquella época yo era el discípulo designado para acompañar al monje. Todos estaban encantados con el Viejo. Una imagen serena, siempre con una sonrisa discreta en el rostro, la mirada que reflejaba paciencia, las palabras sabias pronunciadas en voz suave y, principalmente, con actitudes, aún en los pequeños gestos, que desbordaban el más puro amor. Él decía que servir como ejemplo es el argumento más poderoso que alguien puede ofrecer; es la “verdad viva”. En dos ocasiones durante ese viaje, el monje me pidió que iniciara la conferencia del día con introducciones rápidas sobre el tema que él abordaría en seguida, hecho que me mereció algunos elogios, mucho más como reflejo de las clases del Viejo que por mérito propio. No obstante, yo estaba mal. Un alumno de aquel monasterio quien me cedió un espacio en su cuarto durante los días que allí permanecimos me venía perturbando con un torrente de críticas, ya fuera con relación al breve discurso con el que iniciaba las charlas, o a causa de algún comportamiento mío que él consideraba inadecuado. En todo veía defecto. Cuando el Viejo entró en el cuarto para saber si ya estaba listo para nuestro viaje de regreso, me encontró arreglando la maleta tal y como se encontraba mi corazón: en total desorden y descuido.

El ladrón de la magia

Cada vez que era posible volvía a las montañas de Arizona para pasar una temporada al lado de Canción Estrellada, el chamán que sembraba la sabiduría ancestral de su pueblo a través de la palabra, cantada o no. Llevaba cerca de un mes allá cuando él me llamó para conversar al calor de la hoguera. Tal invitación era siempre recibida como un honor y confieso que ansiaba aquel momento cada vez que lo visitaba. Esos encuentros eran por la noche, bajo el abrigo de las estrellas. La mayoría de las veces el chamán me aguardaba sentado alrededor de la hoguera. Como explicó cierta vez, el fuego es un importante elemento que ayuda a transmutar las viejas formas. Me hizo una seña con la cabeza para que me acomodara sobre una manta extendida a su lado. Canción Estrellada entonó una sentida canción, acompañado por su tambor de dos caras, en la que agradecía al Creador por la oportunidad de estar allí en aquel momento y por las intuiciones e inspiraciones concedidas, expresadas a través de las palabras. Después encendió su inconfundible pipa con hornillo de piedra roja. En esos pequeños rituales era común que fumáramos juntos de la misma pipa, como gesto de admiración por la sabiduría y el coraje del uno por el otro.

La mejor novia

Cuando entré al taller de Lorenzo, el elegante zapatero decidió terminar la jornada aunque todavía estábamos a mitad de la tarde. Apreciador de los vinos tintos y de los libros de filosofía, tenía en el martillo y en el alicate las herramientas de su oficio; las ideas con que coloreaba el mosaico de la vida, los instrumentos de su arte. Su taller no tenía hora determinada para abrir o cerrar. El funcionamiento variaba según la voluntad del artesano y, en la pequeña ciudad, los horarios inusitados del local ya se habían vuelto una leyenda. Los dos veríamos un juego de fútbol por televisión en una animada taberna. Era uno de los tan anhelados juegos finales del campeonato. Lorenzo creyó que aún había tiempo para conversar un poco antes de irnos y fue a hacer una jarra de café para animar las palabras. Cuando colocó las dos tazas humeantes sobre el mostrador fuimos sorprendidos por un tornado en forma humana. La hermana menor del zapatero invadió el pequeño taller y nos dio la sensación de que su ímpetu agitaba todo a su alrededor. Lucy era su nombre. Hacía mucho había dejado de ser una niña y aunque ya tenía más de medio siglo de existencia, todavía mantenía el frescor de la juventud. Sus ojos azules contrastaban con la piel morena y el cabello negro; era bellísima. Una persona agradable en el trato, atenta y buena amiga. Muy dedicada a los estudios, se había vuelto una respetable jueza de derecho de la región, lo que le proporcionaba una vida cómoda económicamente. A pesar de tantos atributos no era feliz. Uno de sus deseos era tener un matrimonio estable, al lado de una persona con quien pudiese compartir todos los momentos de la vida. Con muchas cualidades personales, sus relaciones afectivas eran efímeras y, por razones que no podía entender, no se sostenían. Este era el motivo de aquella visita repentina; su último novio había acabado de terminar el romance.

El otro y yo

El mesero abrió la botella y gentilmente llenó nuestras copas. Yo estaba en uno de aquellos días en que sentimos ganas de conversar sobre la vida y escuchar la opinión de quien respetamos. Un tío muy querido, que había pasado recientemente por situaciones difíciles y que no sabía cómo equilibrar su lado emocional, me tenía preocupado. Aproveché que había ido a la pequeña y secular ciudad situada en la falda de la montaña que abriga al monasterio e invité a Lorenzo, el elegante zapatero, amante de los vinos y de los libros, a conversar. El vino tinto y la filosofía eran sus predilectos. Arreglar el cuero era su oficio; remendar la vida, su arte. La taberna estaba vacía y silenciosa, al fondo se podía oír una radio que tocaba jazz, nada que nos hiciese aumentar el volumen bajo de la voz. Le relaté al buen artesano los acontecimientos con mi tío, a quien apreciaba mucho y quien había estado muy cerca en mi infancia y adolescencia. Él había perdido a su único hijo en un accidente y, en seguida como consecuencia de ésto, su matrimonio entró en crisis, culminando en el divorcio. Yo había estado con él y lo encontré bastante deprimido, con la clara expectativa de que yo tomara vacaciones de mis actividades profesionales y abandonara mi trabajo en la Orden para ir a ampararlo. Si por un lado yo sentía deseos de ayudarlo, por otro no quería modificar mi vida a tal punto. En fin, yo estaba dividido.

El juego de las sombras

Aún no había amanecido cuando entré a la cocina del monasterio. Había dormido mal, sueño intermitente y las ideas a millón. Cuando la mente no descansa el cuerpo paga las consecuencias por la desarmonía que invade y ocupa, corrompiendo al ser como un todo. El cansancio, al potencializar la irritación y el sufrimiento, siempre será un pésimo consejero. Esa era mi situación en aquel momento. Hace algunos días venía en creciente discordia con otro discípulo de la Orden. Todo comenzó por un motivo bobo, una pequeña crítica que él hizo al trabajo filantrópico que yo coordinaba. Retribuí señalando fallas de conducta en aquel que me censuró. Él replicó subiendo el tono de la crítica. El intercambio de ironías fue ganando dimensiones inesperadas y, la tarde anterior en áspera discusión, casi perdemos el control. Es decir, faltó poco para intercambiar patadas y puños. Las ofensas verbales no pudieron ser evitadas.

El sufrimiento es una opción

Había llegado temprano a la pequeña y elegante ciudad situada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Sus calles seculares de piedra parecían aún adormecidas cuando, para mi sorpresa, vi la antigua bicicleta de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, recostada en el poste en frente a su taller. El horario de funcionamiento de su tienda era imprevisible e improbable. Nunca se sabía cuándo estaría abierta. Fui recibido con alegría y con una sonrisa sincera. Mi amigo acababa de hacer café y nos sentamos en el mostrador con dos tazas humeantes para conversar. El elegante artesano tenía en el remiendo del cuero su oficio; la costura de la vida con los hilos de su extraña filosofía, era su arte. Aquel día no fue diferente, una vez más él me desconcertó con lo imponderable. El zapatero comentó que una de sus sobrinas, hija de su hermana, había acabado de salir del taller. Ella estaba muy agitada pues su marido había resuelto disolver el matrimonio. Había ido en busca de una palabra de consuelo, de una idea que le sirviera de linterna para iluminar sus pasos.  Le pregunté si la joven había salido mejor después de la conversación con el tío. Entonces Lorenzo me sorprendió: “Creo que no. En verdad, salió de aquí peor de lo que entró, pero con el tiempo entenderá lo que intenté explicarle”. Quise saber qué le había dicho para aliviar la aflicción de la joven que generó el efecto contrario. El zapatero respondió con naturalidad: “Todo sufrimiento es una elección”.

El mejor de los mundos

En el monasterio es fabricado, tan sólo en algunos meses del año, una pequeña y apreciada cantidad de chocolate en barra. Confeccionado de manera artesanal, con las mejores semillas de cacao, oriundas de países tropicales, vainilla y miel elaborada por cuidadosos productores de la región, que sigue estrictamente una receta secular sólo conocida entre los monjes. El chocolate es famoso entre aficionados y toda la producción es vendida de inmediato, aunque la cantidad individual de compra sea limitada. El valor recaudado ayuda a costear buena parte de los gastos de la Orden pero no toda.

Cierta vez el Viejo, como cariñosamente llamamos al decano de la Orden, tuvo que viajar y me dejó como asistente de Lucca, un tranquilo monje que desde hacía décadas era el responsable por la producción del chocolate. Nada parecía ser tan importante o brindarle tanta alegría al monje. Meticuloso, no permitía que cambiara nada en la receta para no alterar el sabor del manjar. Historias contadas como leyendas de un periodo anterior a mi ingreso a la Orden, relatan que cierta vez él prohibió la venta cuando un auxiliar alteró, en cantidades mínimas, la exacta proporción de los ingredientes. Se mantuvo inflexible, aunque todos en el monasterio elogiaron el sabor pues la diferencia era casi imperceptible con relación a la receta original. En otra ocasión, se negó a producir el chocolate al rechazar las semillas de cacao recibidas que, a su entender, no tenían la calidad indispensable. Fueron años en los que el monasterio enfrentó dificultades financieras debido a la ausencia de la renta proveniente de la venta del chocolate.

La ley de las infinitas oportunidades

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, ya me había hablado del código no escrito, un conjunto de leyes universales que regula la vida en diversos planos de la existencia y que dirige el destino de todos. El entendimiento de cómo funcionan esas reglas amplía la consciencia, afina las decisiones y pavimenta el Camino. Ya habíamos conversado sobre la ley de los ciclos y su importancia. Yo había oído hablar de la existencia de las leyes de la evolución, de la afinidad, de la acción y reacción, entre otras. Tan pronto tuve la oportunidad de estar a solas con él, quise saber más sobre la ley de las infinitas oportunidades. El Viejo estaba en la cocina preparando una sopa de champiñones frescos, un manjar famoso en el monasterio. Me sugirió que lo auxiliara mientras cocinaba: “La alquimia nació en la cocina”, dijo de manera jocosa. En seguida comenzó a explicar: “Tal vez ninguna otra ley sea tan clara para demostrar la inconmensurable generosidad de la vida y la enorme sabiduría del universo. Ella habla de nuestros errores y del amor con que somos tratados”.

El muro

El edificio del monasterio es una sólida construcción con paredes de piedras que atraviesa los siglos con la misma firmeza de la montaña que lo abriga, o casi. Uno de los muros comenzó a dar señales de deterioro y fui el responsable por el mantenimiento. Entre las múltiples opciones, escogí una constructora cuyo dueño era un amigo de la época de colegio y que aparentemente tenía la capacidad de llevar a buen término la tarea. A pesar de todos los avisos de que no se trataba de un simple arreglo y sí de una restauración, en la cual todas las características originales debían ser mantenidas, el resultado fue desastroso. Yo estaba muy irritado cuando me encontré con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Era fin de tarde, horario en el cual él se dedicaba a la lectura. Me pidió que lo acompañara hasta la biblioteca. Nos sentamos en confortables poltronas al lado del enorme ventanal, teniendo como paisaje el bello bosque de los alrededores. Nos servimos dos tazas humeantes de café. En seguida comencé a recitar mi rosario de lamentos sobre la reforma del muro. Le dije que estaba muy decepcionado con aquel amigo, quien hizo un trabajo muy inferior a lo contratado y, lo peor, a lo prometido. El Viejo comentó con dulzura: “De hecho quedó muy mal, tendremos que rehacerlo”.

Le dije que lamentaba la elección, aunque ya había tomado las medidas necesarias. Había enviado un duro mensaje relatando la queja, exigiendo que el muro fuese rehecho dentro de los estándares exigidos. No satisfecho, lo llamé y le hice críticas con duras palabras. El monje me observó con ojos repletos de compasión y preguntó: “¿Cómo te sientes?” Le confesé que estaba mal, una mezcla de sentimientos que migraban entre la tristeza de haber peleado con un amigo y la rabia por haberme decepcionado. El Viejo refutó: “Esto es mucho peor que lo del muro mal remendado. Nadie precisa de un muro perfecto para ser feliz; de un corazón tranquilo sí”.

Acrecenté que no debíamos ser indulgentes con los errores, pues en caso contrario la humanidad no avanzaría. El monje frunció el cejo y dijo: “La mejor manera de cuidar del mundo es perfeccionándose a sí mismo. No te detengas para criticar el nivel evolutivo de nadie, salvo el tuyo mismo. Entiende que cada cual tiene sus propias limitaciones y sólo ofrece  lo que tiene para dar. Seamos pacientes con las limitaciones ajenas para que podamos construir un ambiente de tolerancia y paz”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “El Universo, como buen educador, aplicará a cada cual la lección necesaria para apalancar las transformaciones indispensables que permitirán la adecuada evolución”. Cuestioné si no deberíamos manifestar el desagrado y luchar por nuestros derechos. El monje respondió de inmediato: “Siempre. No obstante, la forma que escogemos para hacerlo marca toda la diferencia y puede ser la frontera entre las sombras y la luz”.

Le dije que aunque había usado palabras duras, tan sólo había dicho la verdad. Era la mejor manera para que él aprendiera a esmerarse más o a no comprometerse con algo que no fuera capaz de realizar. El monje quiso saber: “¿Entonces por qué te estás sintiendo tan mal e irritado?” Dije que aunque había sido justo, me sorprendió que mi amigo hubiera quedado sentido. Algo que yo consideraba absurdo, pues el perjudicado no había sido él. El Viejo fijó sus ojos en los míos y dijo con ternura: “¿Percibes cuál fue el sentimiento que te movió al trazar las críticas? ¿Entiendes que la emoción que impulsó tus palabras no fue la de enseñar, y sí la de herir? Por esto estás sintiéndote tan mal”.

Estuve en desacuerdo vehementemente. Volví a insistir que me había atenido a la verdad y que mis palabras eran justas. El monje me corrigió: “No me cabe la menor duda de que te manifestaste en los exactos límites de la verdad. Sin embargo, dudo sobre el hecho de haber sido un acto de justicia”. Quedé indignado, era sólo lo que faltaba. El sujeto nos causó un perjuicio y como si no bastase, se convertía en víctima. El Viejo no dejó que mi impaciencia lo contagiara y continuó con su tono de voz suave: “No hay víctimas y, con frecuencia, repudio la figura de esa máscara que tanto atrasa la marcha de las personas. Pienso que todos deben entender la responsabilidad, no sólo de sus acciones sino también de sus reacciones. Devolver mal por mal no trae avance, solamente alimenta las sombras. Percibir el sentimiento que impulsa tu respuesta es la perfecta diferencia entre justicia y venganza; si quieres enseñar o tan sólo punir. La frontera entre la justicia y la venganza es el amor. No hay justicia sin que la decisión envuelva la realidad del perdón, sin que se le permita al otro la oportunidad de la renovación”.

“Esto tal vez explique el hecho de que te sientas tan mal, aunque hayas trabajado a penas con la verdad, perdiste la oportunidad de ser justo. La justicia está un escalón arriba de la realidad de los acontecimientos. Al menos en la acepción más elevada del concepto. Tal vez lo mejor para hacer es buscar a tu amigo y pedirle disculpas”.

No era en serio. O no podría serlo. El buen monje sólo podría estar bromeando. Yo había sido el ofendido, pasé por la verguenza ante toda la Orden por ser el responsable de aquella elección, estaba decepcionado con la palabra no cumplida de un amigo que conocía hace mucho tiempo y, ¿todavía tenia que disculparme? No, era mucha humillación. El Viejo volvió a corregirme, siempre con dulzura: “Sólo hay humillación cuando aceptamos la ofensa, nunca cuando ofrecemos lo mejor de nosotros. Entender las propias dificultades nos permite ser tolerantes con los límites de los otros. Así, restará la grandeza de la humildad”. Refuté diciendo que el hecho que originó toda la situación me daba toda la razón. El monje insistió: “Quién tiene razón es lo que menos importa. Lo importante es no perder la oportunidad para decodificar nuestros sentimientos; cuando nos ponen tristes están orientados por las sombras. Sin embargo, siempre tendremos la posibilidad de la transmutación, basta iluminarlos. Para ello, todo se resume en reinventar el contenido del binomio: entendimiento-elección. Así, nos permitiremos rodearnos de una esfera de alegría y ligereza a medida que osemos pensar diferente y abrirnos a la posibilidad de modificar nuestras elecciones para ofrecer lo que, hasta entonces, era inimaginable. La carga, hasta aquí pesada, se transformará en alas”.

Le dije que mi amigo era una persona muy orgullosa y su dolor era un truco para no admitir los propios errores. El Viejo explicó con paciencia: “El orgullo es una limitación del ego que, ilusionado por las sombras y movido por el miedo, piensa en protegerse. Tu no puedes permitir que el orgullo domine tus decisiones, bajo pena de contaminarte con el ambiente sombrío que aprisiona en una misma cárcel a todos los involucrados emocionalmente con la situación. Si él quiere insistir en esa reacción es su problema y no hay como impedirlo. Sin embargo, tu puedes liberarte de la peligrosa zona de tinieblas que tales emociones suelen encerrar. Por tanto, es necesario actuar de acuerdo con los movimientos de la luz en la práctica de tus sentimientos más puros y sutiles. Deshacer el mal practicado, aunque infinitamente menor al mal sufrido, es el camino hacia la plenitud”, concluyó con la mirada perdida en las montañas: “Ofrece lo mejor de ti siempre aunque el otro no lo quiera aceptar. La negativa es una dificultad de él. El perdón no precisa de consentimiento, es unilateral. Pides sinceras disculpas por tu error, perdona a quien te hizo mal, libérate de la masmorra creada por la situación y sigue”.

Argumenté que yo tenía que protegerme y no podía exponerme gratuitamente. El monje frunció las cejas y cuestionó: “¿Percibes que lo que roba tu paz es el ego que intenta  protegerse detrás de la sombra del orgullo, alimentado por el miedo de que el otro no reconozca tu razón? ¿Por qué el vicio por la aceptación y aplausos ajenos? ¿Por qué tanta dependencia? ¿Entiendes que es innecesario? Esta es la raíz de la desarmonía del ser y de todas nuestras relaciones. Sea cual sea la reacción de tu amigo, ella no puede impedir tu mejor acción. Esto te hace un espíritu verdaderamente libre”.

Permanecimos un largo tiempo sin pronunciar palabra. Le pedí permiso y me retiré. No estaba convencido sobre los argumentos del monje, pero quería reflexionar sobre ellos.

A la mañana siguiente nos encontramos en el comedor. El Viejo se aproximó sin que yo lo percibiera y me preguntó: “¿Qué sucedió? Tu expresión cambió, te ves más leve”. Le relaté que la noche pasada, después de meditar sobre nuestra conversación, llamé a mi amigo y le dije que, a pesar de que la obra del muro no fue del agrado, quería  disculparme por las palabras duras que había usado para manifestar mi insatisfacción. El fue amable conmigo, aunque no reconoció cualquier error de su parte. Alegó que no sabía que se trataba de una restauración, aunque le dije esto varias veces antes de la obra, pero no insistí más. Entendí que el argumento de él era un detalle sin importancia, pues cada cual siempre actuará de acuerdo con su exacto nivel de consciencia. El malestar fue deshecho y me restó la certeza de que la verdad, colocada de forma clara y tranquila es como una buena semilla que germinará después de la lluvia. Mi alegría había vuelto y con ella la paz.

El Viejo sonrió y dijo: “Esa es la lección del muro, en todas sus dimensiones existenciales”. Como mis ojos mostraron un enorme signo de interrogación ante esas palabras, el monje fue más claro: “La idea del muro, desde tiempos inmemoriables, está ligada a la necesidad de protección. No obstante, debemos tener cuidado con el muro que construimos para resguardarnos de la vida, pues el mismo muro que protege es el que nos impide ver e ir más allá. Vivir es mucho más que la seguridad intramuros, es el fantástico y definitivo vuelo sobre el abismo del miedo”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Drácula y el mito de la inmortalidad

Estaba cerrado el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos. Filosofía y vino tinto eran sus preferencias. Me dirigí a una acogedora taberna, en donde mi amigo acostumbraba a beber una copa antes de ir a casa. Tuve suerte. Allí estaba él, sentado en una cómoda poltrona, al lado de una lámpara, entretenido con la lectura. Fui recibido con la alegría de siempre por el artesano, elegante en el vestir y en el actuar. Cuando reposó el libro sobre la mesa reparé que era Drácula, del escritor irlandés Bram Stoker, un clásico de la literatura. Comenté que nunca había leído aquella obra, aunque la historia del vampiro fuera comúnmente conocida y yo hubiera visto la película del mismo nombre, dirigida por Francis Coppola. Pedí una copa de vino para acompañar al buen zapatero y le pregunté si la película era fiel copia del libro. Lorenzo se acomodó en la silla y dijo: “Eso es lo que menos importa”. Antes que yo pudiera decir algo él prosiguió: “La cuestión contenida en Drácula es el mito de la inmortalidad que la historia tiene como telón de fondo. Toda fascinación por el vampirismo, que es anterior al propio Drácula, nace del deseo incontrolable de la humanidad, desde el inicio de los tiempos, de vencer la muerte. Dentro de toda la inconstancia característica de la vida de cualquier persona, la muerte siempre ha sido la única certeza; sin embargo, siempre ha incomodado porque está ligada a la idea del fin”.

Argumenté que los alquimistas siempre se empeñaron en buscar no sólo la piedra filosofal que permitía transformar el plomo en oro, sino también en descubrir el secreto del elíxir de la vida eterna, con la esperanza de que la vida fuera infinita y las conquistas personales no se perdieran en el vacío de la existencia. El artesano arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “La diferencia está en que mientas el vampirismo glorifica la perennidad del cuerpo, los alquimistas descubrieron que la inmortalidad está presente a través del espíritu, la verdadera esencia de cada uno. El espíritu es eterno, por tanto somos todos eternos. El cuerpo es tan sólo una vestimenta provisional, necesaria para frecuentar la universidad de esta existencia, en este planeta. Se cambia de ropa hasta que no necesitemos más de ella”.

Hizo una pausa para beber un sorbo de vino y prosiguió: “Resuelta la cuestión del elixir fueron a procurar la piedra filosofal que, como su nombre indica, es inmaterial, tan sólo es un concepto; surge y se deshace en el aire. Entendieron que la piedra se resume en la capacidad de transformación del propio espíritu. Lo que no es poco. Al contrario, traduce la esencia de la vida. Las transformaciones a las que se referían son aquellas que apalancan la evolución del alma, la iluminación de las propias sombras y la cura de las fracturas sentimentales, representadas simbólicamente en la transmutación del patrón ceniza del plomo por la luz dorada del oro. Nunca en el aspecto material y sí en la verdadera riqueza de la espiritualidad. El oro es vano; se pierde, es robado, cambia de mano y no puede ser llevado a la próxima estación. La luz, por el contrario, es la herencia que te acompañará al infinito y te mostrará la fuerza, la belleza y la magia del amor”.

Cuestioné el motivo por el cual el vampirismo aún despierta tanto interés. Lorenzo bebió vino y dijo: “Los vampiros habitan el inconsciente colectivo porque están ligados al ego y al cuerpo. Sin que las personas lo perciban, el mito se sustenta entre aquellos que tiene gran dificultad para modificar su visión y sus actitudes. A menudo luchan de manera insana contra el envejecimiento inevitable del cuerpo, que es muy diferente a llevar una vida saludable. Son personas que no saben relacionarse con el tiempo ni con el alma, ya sea porque el ego se imagina perfecto o maravilloso o por el miedo de lo que vendrá, de lo desconocido, de lo nuevo. No es de extrañar que en la infancia de la evolución tengamos mayor facilidad para entender y relacionarnos con el cuerpo, y entre cuerpos, que entender el alma y convivir con otras almas. Así, es entendible por qué algunos están más ligados al placer y otros al amor”.

“Si prestas atención, el vampiro es aquel que no quiere evolucionar pues tiene un ego enorme, se considera poderoso, se cree maravilloso. Al contrario, quiere que el mundo se adecue a sus deseos y necesidades. Mientras el alma es dinámica por necesidad, naturaleza y filosofía, el ego es estático. El vampiro no tolera el movimiento. Quiere mantener el pasado como eterno presente. El presente como transformación para el futuro es entendido como la destrucción de su mundo, en consecuencia, de su ego hiperdimensionado. No es extraño que en la ficción el vampiro tenga aversión a la luz del sol, símbolo de la evolución en la alquimia, representación poética de la sabiduría y de la libertad. Por motivos análogos, le teme al crucifijo que representa renacimiento,  transformación; no obstante el mundo cambia y la humanidad avanza inexorablemente”.

“En el cajón en que reposa, metáfora del ser abandonado y debilitado dentro de sí mismo, cuando la noche es más oscura, es decir, cuando sus propias sombras se hacen más fuertes, parte sediento por la sangre ajena ya que necesita de la energía de otras personas, pues no puede mantenerse por sí sólo. Se vuelve incapaz de generar vida en su interior, algo simple para un ser de luz. No satisfecho con aprovecharse del otro, lo obliga a adecuarse a su estilo sombrío de vida, al imponerle también la condición de vampiro, esclavizándolo en su ambiente tenebroso. Volverse un vampiro no es transformación, es estancamiento, aprisionamiento”.

“El mito del vampirismo trae oculto el deseo ancestral de dominación. El vampiro ansia  poder sobre todo y todos. La riqueza material que anhela a través de los siglos; las personas que atormenta y manipula. Dinero y dominación. Es el baile de las tinieblas que los egos inflados sueñan danzar”.

Mientras asimilaba todas aquellas ideas en la mente, comenté que estaba impresionado con el hecho de que este mito haya sobrevivido al tiempo. El zapatero levantó las cejas y explicó: “El mito estará presente mientras represente lo íntimo de las personas. El vampiro es la representación artística que los contadores de historias encontraron para revelar las sombras de la humanidad. ¿Has reparado en cuántos vampiros conoces? Es más, ¿puedes percibir cuánto de vampiro existe en ti?”

Antes que yo me sintiera ofendido, el buen artesano me trajo a la realidad: “Cada vez que  damos valor al ego en detrimento del alma, que nos identificamos más con nuestro cuerpo que con nuestro espíritu, que negociamos con las sombras en perjuicio de la luz, que atormentamos a alguien para quitarle la energía, que manipulamos o dominamos al otro en vez de respetar su derecho inalienable de elección, revelamos la cara oculta del vampiro que aún nos habita”.

Quise bromear y le dije que los vampiros me parecían elegantes, cuando Lorenzo me desconcertó: “Encontrar encanto en la tristeza tan sólo sirve en la ficción. ¿Percibes que todo vampiro es infeliz gracias a la enorme dependencia que todo dominador tiene?. La eterna búsqueda por el poder sobre el otro lo envuelve en una esfera de agonía, de sufrimiento; es pan que no alimenta, es el prisionero de la mazmorra que construyó para sí mismo. Lo mejor de la vida se celebra con alegría. Encantador es la búsqueda de la libertad, la belleza de caminar por el lado soleado del sendero, la ligereza de entender que lo mejor de sí es eterno, inmaterial y reside en el alma, que no hay evolución sin transformación”.

“Drácula es la representación artística de una triste realidad, presente cada vez que ‘vampirizamos’ a alguien chupando no su sangre sino su energía, la alegría, la belleza de vivir, con la ilusión de que toda esa riqueza sea transferida a nosotros. Sin embargo, no existe felicidad en el mal, sus ganancias son efímeras y pueriles. No es extraño que todo vampiro viva en ambientes mal iluminados en la ficción, lo que representa adecuadamente el estadio actual de su alma en la realidad”.

“En la ficción, el vampiro no puede ver la propia imagen reflejada en el espejo; en la simbología, es aquel que no puede percibir quien realmente es, que no ve las heridas abiertas del alma, haciéndolo incapaz de entender los cambios necesarios. Entonces se hace indispensable la destrucción del vampiro mediante la renovación y la luz, representadas en el crucifijo y en el sol. De esta manera ‘matamos’ al vampiro que existe en nosotros cada vez que renunciamos a los conceptos de dominación, a cambio de ideas y prácticas que nos lleven a la verdadera liberación”.

Quise saber cómo alcanzar esa maravillosa liberación. Lorenzo levantó la copa para brindar y finalizó: “Recitando diariamente un mantra: todo, absolutamente todo, puede ser diferente y mejor”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

 

 

El puente hacia la felicidad

El Viejo y yo, como cariñosamente llamábamos al decano de la Orden, llegábamos al monasterio después de un viaje cuando fuimos abordados por un joven en el portón, quien de manera educada le pidió al monje que le dedicara dos minuticos para conversar. Desconociendo el cansancio, el Viejo invitó al visitante a tomar un café en el refectorio donde podrían charlar con más calma. Mientras calentaba el agua, yo escuchaba la conversación de los dos. El joven se mostró desilusionado del mundo. Ninguna de las posibilidades que la vida  le presentaba le era satisfactoria ni lo hacía un hombre feliz. Se sentía amarrado a las estructuras impuestas por la sociedad, a la cual culpaba de su agonía; se sentía incomprendido por amigos y parientes, causantes de su insatisfacción.  El monje rápidamente ponderó el raciocinio del visitante: “Nadie puede impedirte ser feliz, salvo tú, a tí mismo. No transferir responsabilidades es un buen inicio”.

El joven dijo que estaba cansado de la tristeza y del sufrimiento que lo acompañaban desde hacía mucho tiempo. Confesó no saber qué hacer. El monje lo miró con bondad, esperó que les llenara las tazas con café, se sirvió un pedazo de torta de avena con frutas silvestres y dijo: “La vida dispone a cada cual, de acuerdo al nivel de consciencia y amplitud amorosa, las perfectas condiciones para la búsqueda de la felicidad, la cual está oculta en lo más íntimo de cada ser, con la justa intención de que el viaje sea interno para que todos tengan acceso. Cada paso es una etapa de la evolución a la que todos estamos destinados”. El joven lo interrumpió y dijo que no sabía por dónde comenzar. El Viejo explicó: “La estación inicial es una sala con espejos que tiene por objetivo mostrarle al viajero todas las heridas de su alma, inclusive aquellas que él niega o relega al olvido. Son traumas, resentimientos, infortunios, decepciones y otras fracturas sentimentales que le impiden caminar; son las sombras que, al ser ignoradas, alimentan el sufrimiento con la falsa ilusión de estar saludables. El conocimiento sincero sobre sí mismo y el coraje para la superación son partes esenciales del tratamiento; amor y sabiduría son los ingredientes del remedio; la plenitud es la cura”. Hizo una pausa y concluyó: “En el camino hacia la felicidad el andariego tiene que atravesar un puente. Dos pilares lo sostienen. Este es uno de ellos, la plenitud”.

El chico rápidamente preguntó cuál era el otro pilar. El monje respondió: “La libertad”. El joven le pidió que profundizará y el Viejo lo atendió: “Todas las formas de dependencia, sea afectiva, material, social o cultural, son cárceles de la existencia y todas se desmoronan en el aire al transformar la visión y las elecciones. Pronto, el ser libre tiene por principio no cambiar el eje de la responsabilidad que le corresponde en la conquista de la propia felicidad. Cada vez que le atribuimos a alguien la causa de nuestra insatisfacción o tristeza renunciamos a la libertad de efectuar las transformaciones que podríamos operar en nuestras vidas. Así, cada cual se condena a  un periodo más de estancamiento. Aceptar que los obstáculos no son impedimentos, sino trampolines para la evolución es una actitud típica de las personas libres. La libertad nunca será un regalo concedido por alguien y sí una construcción consciente y valiente, vivida a través del perfeccionamiento de las elecciones personales, necesarias cada vez que alguna situación intenta oponerse a la felicidad. Lo que muchos consideran como un muro que obstruye el camino, el ser libre lo interpreta como el momento adecuado para usar las alas y sobreponerse a aquello que lo oprime. La dignidad es el único límite para la libertad”.

El joven quiso saber en dónde podría adquirir mayores conocimientos sobre el asunto. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa y respondió: “En la vida. Los verdaderos maestros están escondidos en cada conflicto o problema que se presenta. Las oportunidades son tantas que desbordan. Cada dificultad indica una posibilidad de transformación y avance. Cada obstáculo ofrece la oportunidad para la evolución en el ver, sentir y actuar; de hacer diferente y mejor. Cada conflicto contiene la exacta lección en la cual el aprendiz está en condiciones de avanzar. El universo, en su inconmensurable sabiduría, no va a suministrar clases de trigonometría a almas del jardín de infancia”. Hizo una breve pausa y acrecentó: “No obstante, comúnmente nos comportamos como aquellos niños que quieren tan sólo la diversión proporcionada por la escuela y torcemos la nariz a la hora del esfuerzo necesario para el estudio y el enfrentamiento de las pruebas. Entonces reclamamos del colegio, de los profesores y de los amiguitos, como causantes de nuestra dificultad, olvidando que nos negamos a hacer la parte que nos correspondía. Así, repetimos de año; no por casualidad la vida es un enorme ciclo compuesto de muchos ciclos menores que se repiten indefinidamente hasta que aceptemos la evolución. Por tanto, las lecciones se vuelven más severas, no como castigo sino por el amor de los profesores hacia sus alumnos”. Miró con dulzura al muchacho y le preguntó: “¿Percibes que todos ya tienen sus maestros? ¿Qué las fuentes de sabiduría son abundantes y emanan por todo lado? Podemos aprovecharlas o no. Sólo necesitamos de la mente despierta y del corazón abierto para aprovechar las clases ofrecidas”.

El muchacho dijo que empezaba a entender y que pronto comenzaría a construir los pilares de la plenitud y de la libertad para atravesar el puente hacia la felicidad. Hizo mención en despedirse cuando fue sorprendido por el monje: “Los pilares de nada sirven sin el piso del puente para apoyar los pies”. El joven preguntó cuál sería el piso del puente a ser recorrido. El Viejo frunció el entrecejo y dijo: “El amor”.

“La plenitud y la libertad no pueden conducirnos al aislamiento ni al egoísmo. La búsqueda desenfrenada por la sensación maravillosa que proporcionan pueden llevar a la ilusión de la victoria al ignorar al otro; tener disculpa por falta de tiempo; envolver con el manto sombrío de la indiferencia; convencer que seguir adelante es lo mismo que atropellar a quien, por descuido o de propósito, se opone a nuestra trayectoria hacia la felicidad; nos excusamos de ayudar bajo las más tortuosas justificaciones. En fin, con frecuencia nos volvemos egoístas en la búsqueda de la felicidad. Acabamos generando conflictos innecesarios, distanciamientos, volvemos a abrir heridas al traer un enorme equipaje de abandonos y sufrimientos. De esa manera, en contravía del deseo de volar tomamos decisiones que nos mantiene en una terrible cárcel sin rejas; al ansiar la cura olvidamos usar el remedio”.

“Para alcanzar la felicidad es necesario invertir los valores. Ser libre es una elección individual, pero necesitas del otro para ejercitar el desapego a las viejas formas. Tu no necesitas autorización de nadie para ser pleno, pero necesitas del otro para que florescan tus mejores virtudes. Es en la convivencia que entendemos nuestras reacciones y cuánto nos falta por aprender. La evolución es personal, pero es imposible evolucionar sólo. Por ello la necesidad del amor para que libertad y plenitud no sean partes disonantes de un puente inacabado. El amor, en esencia, y por ser esencial, enseña a transformar todo aquello que no es imprescindible. El andariego al saber que está lejos de la perfección, nunca olvida que siempre puede ser diferente y mejor. Esto es liberador. En el egoísmo no existe libertad, tan sólo individualismo. En la ausencia de amor no existe plenitud, sólo vacío. La caridad, la compasión y la misericordia son extrañas virtudes que nos enseñan que el amor es una compleja ecuación que a medida en que dividimos las partes multiplicamos el todo. Esto es vivir el amor en toda su plenitud”.

El muchacho argumentó que si necesitamos del otro dependemos de él y por lo tanto no se puede hablar de libertad o plenitud. El Viejo le ofreció una bella sonrisa y dijo: “Necesitamos relacionarnos con otras personas, no obstante la felicidad no depende de las actitudes ajenas; no importa como el otro actúe o reaccione, nada de lo que haga será suficiente para impedirte seguir en frente. Basta el sincero sentimiento de que en aquel momento ofreciste lo mejor. Nada se puede hacer si el otro no entendió o no aprovechó. Tan sólo acepta que él aún no estaba listo para comprender y usufructuar de la belleza del momento. No insistas en convencerlo, esto es esfuerzo de tontos. No hay necesidad de sufrir pues en algún momento, tarde o temprano, él entenderá y entonces seguirá; la dificultad es de él, aunque cuente con tu honesta solidaridad, no puede impedir que sigas tu jornada personal. Nunca te olvides de amarte a tí mismo mientras amas a otro. Esa es el maravilloso equilibrio alcanzado a través de la armonía entre la libertad y la plenitud.”.

“La felicidad se procesa según las transformaciones personales y el perfeccionamiento de tus elecciones. Cada persona a su ritmo según su nivel de consciencia y amplitud amorosa, sin embargo todos conectados. Del mismo modo que la soledad y la quietud son fundamentales, la convivencia con toda la gente es parte primordial del refinamiento del alma, sea en la superación pacífica de conflictos, sea en el ejercicio de lo mejor que habita y fructifica en el corazón. Una simbiosis sagrada entre aprender con algunos y enseñar a otros. El otro no es tan sólo un aliado o un villano en el Camino, sino tu contrapunto y espejo, al permitir que entiendas las aristas que aún necesitan ser trabajadas. Así caminamos todos, pero cada cual seguirá adelante en marcha propia, según las lecciones aprendidas, los ciclos terminados, las transformaciones personales ya integradas al alma y compartidas con el mundo”.

El joven bebió el resto de café y confesó que entendía tan sólo en parte todo lo que el monje le había explicado y que reflexionaría sobre aquella conversación para que las nuevas ideas pudieran encontrar su lugar. El Viejo balanzó la cabeza concordando y finalizó: “Fuímos acostumbrados a pensar la felicidad como algo externo, ligada a las conquistas materiales, al éxito y a los aplausos; aunque sean cosas agradables, no percibimos como todo esto es vano, efímero y, lo más grave, genera aprisionamiento. Terminan volviéndose fuentes de agonía, tristeza y sufrimiento por ser ajenas y estar más allá de nuestra capacidad personal de decisión y gerenciamiento. Entonces nos lamentamos por las frustraciones, dejamos de ejercer el verdadero poder que nos cabe y que define la paz y la felicidad de los días próximos: las infinitas posibilidades cuando se tiene una visión iluminada; la capacidad transformadora de las elecciones disponibles a todo momento; la verdadera riqueza traída por los buenos sentimientos. Vivimos con gusto amargo al no entender que la miel de la vida brota de dentro y no de fuera de cada uno”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

Abrazando las sombras

A todos los discípulos de la Orden se les había avisado que, en breve, uno de nosotros sería consagrado monje en ceremonia permitida sólo a los iniciados. No tuve dudas de que yo sería el escogido. Aunque no era el alumno más antiguo, era el más cercano al Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano del monasterio. La ansiedad se apoderó de mí, me sentía orgulloso; permanecí sin dormir algunas noches imaginando como sería el ritual de pasaje, tan comentado de discípulo a monje en los corredores, hasta que llegó la noticia de que el aprendiz que sería consagrado era otro. Lo que parecía ser día se volvió noche. La brisa agradable que me acariciaba el ego se volvió una violenta tempestad, capaz de barrer mis mejores sentimientos hacia un lugar tan distante que tuve la sensación de que nunca más los encontraría.

Los celos me convencieron de que aquella decisión era injusta. La envidia llegó para  avisarme que la vida era así, injusta por naturaleza. Para empeorar, el escogido para convertirse en monje había sido el aprendiz con quien yo más debatía y combatía en las clases de filosofía y de metafísica. La tristeza me cubrió con un espeso velo para secretear que buenos sentimientos son frutos del árbol de la ingenuidad: un cordero no sobrevive en medio de lobos. Sí, yo era la víctima perfecta.

Un espíritu libre

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de sembrar la filosofía de su pueblo a través de la palabra, cantada o no, conversaba con su sobrina en una mesa al aire libre, debajo de un enorme árbol frondoso. El sol de la primavera calentaba el cuerpo y traía bienestar al alma. Los vi desde lejos. El anciano y la bella joven, con aproximadamente veinte años, de trenzas largas y ojos rasgados como los del tío, reían con ganas. Ella aprovechaba las vacaciones de la universidad para visitar a la familia. Se vestía como una joven de su edad, con jeans, camiseta y tenis. Al percibir mi presencia el chamán hizo una señal para que me aproximara. Ellos hablaban sobre la postura divergente de la sobrina con relación a determinados comportamientos de varios alumnos, con los cuales ella no concordaba. Sin embargo, de tan enraizados, ninguno de sus compañeros osaba pensar diferente, haciendo con que actuaran por automatismo en vez de permitirse nuevas posibilidades. Claro que la joven comenzaba a sentir rechazo y desafecto. En seguida la joven pidió permiso para retirarse pues iría a ayudar a su madre con los deberes. Al despedirse, Canción Estrellada la miró a los ojos y le dijo de manera serena: “Lo nuevo siempre asusta a las mentes perezosas. Es como llegar a casa y encontrar a un extraño. Con el tiempo, percibimos que la casa no es nuestra sino del extraño. Es más, él no quiere que tú te vayas. Tan sólo desea que aprendas otra manera de  relacionarte con la realidad. Recuerda, todo espíritu libre está habituado con lo nuevo”.

Jamás

Estábamos en el tren. El Viejo y yo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, íbamos en demorado viaje rumbo a una renombrada universidad donde él daría una conferencia. Aproveché la oportunidad para cuestionarlo sobre las dificultades del perfeccionamiento personal. Sugerí la existencia de un manual más sencillo que nos orientara en el Camino, pues los textos sagrados eran demasiado complejos y, a menudo, poseían interpretaciones herméticas y codificadas. El Viejo levantó los hombros y dijo: “No hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti”, hizo una pequeña pausa para que yo reflexionara un poco sobre lo que acababa de decir y concluyó: “Todo perfeccionamiento del ser consiste en vivir esa lección mayor. ¿Quieres algo más sencillo que eso?”

La otra cara, otra vez

La biblioteca del monasterio es encantadora, por su enorme variedad de títulos en un ambiente de silencio y comodidad, además de la vista espectacular de las montañas que ofrecen sus enormes ventanas, como estimulante invitación a la reflexión. Allí era común encontrar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, al final de la tarde, sentado en una de las poltronas, con los ojos perdidos entre las letras y el paisaje. Recuerdo cierta vez, todavía en los días de mi iniciación, que me aproximé y ávido de conocimiento, le pedí una lista de libros para profundizar mis estudios. Él me observó con bondad y dijo: “Comienza por leer cualquiera de los libros, lo importante es iniciar. Poco a poco tu propio interés direccionará la lectura según tu necesidad”. Argumenté que la explicación estaba errada, pues no podía dejar a la suerte la dirección de mis estudios. El monje arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “La casualidad no existe. Lo importante es que tu estés por entero en cada página leída y que tu gusto te mantenga para que no haya abandono. De alguna extraña manera, todos los caminos conducen al destino”. Rechacé la respuesta; entonces le pregunté si, hipotéticamente, apenas le fuera permitido leer un único libro en toda su vida, cuál escogería. La nueva respuesta fue rápida y objetiva: “El Sermón de la Montaña”.

El mejor mantra

Eran mis primeros días en el monasterio y volverme discípulo de la Orden no pasaba por mi cabeza. Había sido invitado a hospedarme durante un corto periodo. Vivía momentos de grandes turbulencias, problemas sobre problemas. Como si no bastara, dudas existenciales me azotaban. Estaba allí en busca de una fórmula que me permitiera solucionar los conflictos. La figura del Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano del monasterio, era lo que más me llamaba la atención, ya fuera por su modo cautivador o por la visión desconcertante frente a la vida.  En aquella mañana, él hizo una reflexión para todos los presentes sobre el poder transformador del amor. Sus palabras suscitaron en mí muchos cuestionamientos, pero no oí nada que me ayudara de manera objetiva. En seguida lo encontré en el comedor tomando café. Aproveché la oportunidad para relatarle un conflicto reciente con un pariente sobre cuestiones de herencia, hecho desencadenante de una serie creciente de confusiones en mi familia. Le comenté que no sabía como pacificar la pelea. El monje dijo con voz serena: “Debes entender que cada cual sólo puede viajar hasta la frontera de la propia consciencia.  Percibir la sombra ajena es un paso importante para iluminar la tuya. No obstante, para transmutarla será necesario que tus elecciones sean diferentes y mejores de lo que han sido hasta ahora”. De repente le pregunté cómo debería actuar. El Viejo sonrió levemente y dijo: “¿Está mal? Espolvorea con amor”. Por un lado me pareció interesante, por el otro enigmático.

A la mañana siguiente lo encontré en el jardín interno del monasterio podando los rosales. Le pregunté si podríamos conversar un poco. Él asintió con la cabeza y sonrió con los ojos. Le conté cómo la terminación de una relación amorosa hacía tiempo aún me atormentaba. El monje frunció las cejas y dijo: “Agradece por la nostalgia, pues ésta sólo existe donde hay amor, fuera de esto apenas resta el vacío. La miel de la vida está en deleitarse con el vuelo, no en construir jaulas”. Afligido, le confesé que no sabía cómo hacer para aliviar mi sufrimiento. El Viejo apenas dijo: “¿Está mal? Espolvorea con amor”. Por un lado me pareció poético, por el otro poco práctico.

En aquella noche, después de la cena, surgió una nueva oportunidad de estar a solas con el Viejo. Reclamé de mi insatisfacción con relación a la actividad profesional que ejercía. Le comenté sobre mi dificultad, cada vez mayor, de trabajar con lo que no me  gustaba. Él arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Todos tenemos un don que nos diferencia. Es el uso de tu don que le dará alas a tus sueños, ya sea a través de un oficio o arte. El ejercicio del don, por más sencillo que sea, trasciende lo mundano y nos conecta con lo sagrado. El don es el talento personal ligado al dharma, a tu propósito de vida. Abandonar el don oxida la esencia del ser” y antes de que yo hiciera cualquier comentario, el Viejo finalizó: “¿Está mal? Espolvorea con amor”. Por un lado me pareció elegante, por el otro patético.

Irritadísimo le dije que estaba perdiendo mi tiempo allí dentro mientras mi vida se volvía un infierno allá afuera. Le agradecí con sarcasmo y le avisé que partiría inmediatamente. El Viejo apenas cerró los párpados de modo suave, como hacía cada vez que oía algo lamentable. No pronunció palabra.

Arreglé mis cosas y salí. En el patio externo del monasterio, utilizado como estacionamiento por los visitantes, un hombre muy delgado estaba al borde de un ataque de histeria por el hecho que otro carro estaba estacionado fuera de la franja, lo que le dificultaba bastante maniobrar, pero sin imposibilitarlo. Era mi carro. Al percibirlo, el pequeño hombre se dirigió a mí de manera agresiva, acusándome de todos los males del mundo. También irritado, fui rápidamente llevado a la furia y consideré seriamente  silenciarlo con un golpe, lo que no me sería difícil dada la desproporción de nuestros tamaños. En ese exacto instante, a los gritos, él dijo que no soportaba estar ni un minuto más en aquel lugar. Había venido en busca de ayuda y apenas había oído un montón de tonterías. Aquellas palabras detuvieron mi puño pues percibí que él era mi perfecto espejo. El descontrol y la visión nublada eran sensaciones parecidas a las mías. “Espolovorea con un poco de amor”, oí la voz suave del monje susurrando en mi corazón. En ese instante percibí que toda la rabia de aquel hombre, aunque estuviera dirigida a mí, no eran para mí. Revelaba apenas su agonía ante la incapacidad para solucionar los propios problemas. ¿Muertes? ¿Quiebras financieras? ¿Enfermedades? ¿Separaciones? ¿Frustraciones? Yo no conocía el motivo pero percibía, por primera vez y de manera cristalina, el sufrimiento y la confusión en los ojos de alguien. Emociones densas que entremezcladas, estallaban en odio y era necesario transferírselas a alguien. Me vi reflejado en aquel hombre desesperado y entendí que yo no quería ser así. En aquel instante aprendí sobre la importancia que el otro tiene en mi vida y también sobre el significado y la belleza del amor manifestado allí mediante la compasión. Sentí compasión por él y por mí. Todo cambió en mi interior en fracción de segundos.

Le pedí disculpas, lo que no sirvió de mucho. El frágil hombre continuó lanzando improperios y absurdas acusaciones. Sin embargo, todo aquello había perdido el poder de herirme o irritarme. El amor me protegía, tanto de él como de mí mismo, ya que la ofensa sólo nos alcanza si nos permitimos estar en la misma frecuencia vibratoria del otro. No obstante, algo había cambiado. Toda mi ira acabó transformándose en comprensión y paciencia. Estaba en un lugar donde las ofensas no podían llegar. Entendí que el amor funciona como un escudo. Es más, comenzaba a percibir la fantástica fuerza transformadora del amor. Después de maniobrar el carro él partió no sin antes bajar el vidrio y gritar la última ofensa. Sonreí y le agradecí por la maravillosa lección. Me di la vuelta y regresé al monasterio.

Me informaron que el Viejo estaba leyendo en la biblioteca. Subí las escaleras dando saltos. Él estaba sólo y me recibió con una sonrisa que jamás olvidaré. Me senté a su lado y le relaté el hecho ocurrido en el patio. Le confesé que estaba maravillado al percibir que el Universo siempre conspira a nuestro favor. El monje se rió con ganas y complementó: “Sí, es verdad. El Universo insiste en ayudarnos, lástima que nosotros insistamos en interferir. No lo dudes, aún cuando los planes no salen bien es la vida corrigiéndonos la ruta, adecuando los deseos del ego a las necesidades del alma”.

Le rogué que profundizara un poco más sobre el poder transformador del amor. El buen monje dijo con enorme paciencia: “Estamos en este planeta únicamente para evolucionar. Nada más. Es un viaje infinito compuesto de innumerables trechos llamados ciclos evolutivos. Cada uno de ellos posee cuatro momentos distintos: Aprender, Transmutar, Compartir y Seguir. De esta manera continuamos, de estación en estación, la jornada rumbo a las Tierras Altas. Evolucionar es expandir el nivel de consciencia y esto es apenas posible cuando, concomitantemente, ampliamos la capacidad del corazón. La sabiduría necesita de grandes dosis de amor para alcanzar su real valor y mejor sentido. Solamente así apalancamos nuestra evolución. Sabiduría sin amor apenas agigantan las sombras que nos habitan. Sin amor la más fina sabiduría es incapaz de destapar el velo que cubre la esencia de la vida. El amor es el camino de la luz y el perfecto destino. Nada fuera de él nos traerá alegría o paz”.

Permanecimos sin pronunciar palabra por un tiempo que no puedo precisar. Comencé a reflexionar sobre todos los conflictos que me hurtaban la tranquilidad y me llevaron hasta allí. Observando a través de los lentes del amor se me presentaban soluciones simples y al mismo tiempo desconcertantes, osadas y fuera de mi patrón de comportamiento hasta aquel día. Los sencillos consejos del Viejo, absurdos hasta aquel momento, empezaban a hacerse absolutamente geniales. A medida que avanzaba en  mis reflexiones todo se llenaba de colores hasta entonces desconocidos, ofreciéndome elecciones impensables; pura Luz. Yo reía y lloraba al mismo tiempo.

Le comenté al monje que todo parecía resolverse como por arte de magia. Él sonrió y dijo: “Por primera vez estás dándote cuenta de que vives un milagro. Los milagros no son nada más que transformaciones movidas por el infinito poder del amor. Ellos son muy comunes, lástima que la mayoría de las personas no tienen la capacidad de percibir y esperar siempre por aquellas situaciones cinematográficas”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Todo el encanto de este momento se explica por el inicio del cierre de un ciclo. Hoy aprendiste una valiosa lección gracias a una situación ordinaria y aparentemente común que ya debe haber sucedido innumerables veces en tu vida, pero que no habías podido percibir cuando se presentaba la oportunidad. La lección fue aprendida. Ahora pasarás un tiempo transmutando ideas, conceptos y actitudes. En fin, transformándote. Después irás a compartir con toda la gente esa nueva forma de ser. El amor y la sabiduría no pueden descansar en la teoría, necesitan que tu los vivencies en las menores cuestiones del día a día; entonces estarás listo para seguir”.

Volvimos a quedarnos un buen tiempo sin pronunciar palabra, hasta que el Viejo rompió el silencio: “Voy a enseñarte un poderoso mantra”, dijo. Él me observó por instantes. Sus ojos parecían haber visto de todo un poco en esta vida. Sonrió, guiñó un ojo de manera pícara, como siempre lo hacía cuando contaba un secreto, y dijo: “¿Está mal? Espolvorea con amor”. Reímos. Entonces finalizó diciendo: “El amor es la sal de la Tierra, el condimento de la vida. Sin él todo es insípido y desagradable”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares,

El espectro de la dominación

“La necesidad de dominar al otro permea todo mal desde el inicio de los tiempos”, dijo Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de trasmitir la sabiduría de su pueblo mediante la palabra, cantada o no. La noche llegaba a hurtadillas extendiendo su bello manto de estrellas en el firmamento. Él me había pedido que encendiera la hoguera mientras llenaba de humo el hornillo de piedra roja de su inseparable pipa. Conversábamos sobre el hilo que teje la cortina de sombras que nos impide ver claramente. Exponía su punto de vista: “La raíz de ese mal es la ignorancia y la comprensión equivocada sobre el miedo. El Gran Espíritu nos ofreció el miedo como herramienta para alertanos sobre los peligros inherentes a la vida, comunes en la naturaleza. Los ruidos en la noche oscura, los predadores traicioneros, el peñasco resbaladizo. Sin embargo, en vez de integrarnos con la naturaleza, en absoluto respeto con todos los seres que la componen, decidimos dominar todo lo que la envuelve, en total descontrol del ego inseguro. A algunos animales los domesticamos; a los que por su temperamento salvaje no fue posible, los matamos o los encerramos en jaulas como trofeos a ser exhibidos. No satisfechos, también decidimos dominar a las personas en nuestras relaciones. En estado primitivo de sabiduría, la libertad ajena asusta al considerar que solamente estaremos seguros si dominamos todo y a todos a nuestro alrededor. La alegría de la convivencia es cambiada por el deseo insensato de ser dueños de las personas y de las cosas con las cuales nos relacionamos. Así, debido a condicionamientos sociales, culturales y ancestrales escogimos el conflicto en vez de la armonía. Muchos se ilusionan con ese ejercicio vano de poder, sin percibir que se hacen esclavos de lo superfluo y víctimas infelices de sus engaños”. Hizo una pequeña pausa para soplar la pipa y mantener el hornillo encendido, después dijo: “Entonces, surgen los sufrimientos inherentes para quienes quieren la vida según las riendas de sus deseos. Son los jardineros de las lágrimas y de la agonía”.

“Es imprescindible enfrentar el miedo, pues la cobardía no mejora el destino de nadie. No te menosprecies por sentir miedo. Sólo hay coraje donde antes existía miedo. La sabiduría consiste en entender el miedo. El miedo es la semilla de la flor del coraje. Todo comienza con una sucesión de malentendidos. La ignorancia nos hace creer que tan sólo conquistaremos la paz al dominar lo que nos asusta. Para empeorar, acabamos viciando al ego con sensaciones de poder al interpretar la subyugación del otro como una victoria. Sólo existe paz en la alegría de escoger por amor. Sólo existe amor cuando se entiende que conquistar la propia libertad también consiste en respetar la libertad ajena. Una no existe sin la otra”.

Mencioné la dificultad de convivir con los otros, aunque no percibía la sombra de la dominación tan presente entre las personas. Canción Estrellada desvió los ojos que estaban fijos en las llamaradas, me miró con compasión y dijo: “¿Cómo no, hijo? Veamos por ejemplo los celos, una emoción muy común a todos. Nace de la ignorancia por no tener una exacta comprensión del amor. El amor, por definición, es un sentimiento ligado no sólo a la libertad, sino también a la propia evolución del ser. Entre más amor y libertad quepa en las elecciones, más iluminada será la criatura. Por tanto, no se debe amarrar o imponer condiciones a la existencia de esas virtudes. Si se encadena o se imponen tributos de cualquier naturaleza, con seguridad, no hay libertad ni amor”.

Frunció el ceño, gesto que hacía cuando hablaba seriamente y dijo: “Una persona tiene cierta admiración por otra y le proyecta toda su deseo de vivir el amor. Sin embargo y en paralelo, un enorme miedo de que su sentimiento, de alguna manera, no sea correspondido lo invade. ¿Qué hace? Dispara uno o varios de los mecanismos de dominación. Controles, límites, cobros, prohibiciones de diversos tipos. ¿Percibes que es muy parecido a como siempre se hizo con los animales en tiempos remotos? Lo que no se puede domesticar, se intenta aprisionar. Y lo peor, en casos más graves, se agrede, destruye o mata”.

El chamán me pidió que le pasara un cobertor para abrigarse pues la noche comenzaba a enfriar. En seguida, prosiguió: “Los celos son una sombra que se manifiesta en el preciso instante en que surge el miedo de perder a la persona amada; ¿pero cómo perder lo que no se puede tener? Se debe sentir y vivir el amor, lo que es muy diferente de intentar controlar o aprisionar al otro. ¿Notas la diferencia? En vez de alzar el propio vuelo y permitir el vuelo ajeno como respeto y admiración al amor y a la libertad, negamos la belleza del Camino cada vez que manipulamos para podar las alas de alguien. Sin percibirlo, acabamos pisando las flores de nuestro propio jardín. Por esto oímos equivocadamente que ‘no hay paz en el amor’. Claro, nos rehusamos a entender el amor”.

Permanecimos un largo periodo sin pronunciar palabra. Yo observaba el fuego, él viajaba en las estrellas. Resolví romper el silencio y le pregunté en qué otras situaciones el deseo ancestral de dominación nos llevaba al mismo comportamiento de antaño. Canción Estrellada explicó con paciencia: “Todavía nos comportamos como si apenas fuera posible la dualidad en ser señor o esclavo; una eterna e inevitable relación entre poseedor y poseído. En la tribu, en el trabajo, en la familia o en la cama. ¿Por qué? Inseguridad es la respuesta. Tenemos dificultad en convivir con y como seres libres. La libertad parece asustar y amenazar. ¿Por qué? Simplemente porque no fuimos educados para relacionarnos de modo saludable con la libertad y con el amor. Cuántas veces hicimos uso de la fuerza bruta, del poder financiero o de la lógica tortuosa, como elementos para cercar y dominar al otro, cercenando su libertad de elección, ya sea porque ella nos incomoda por rehusarse a aceptar cualquier comando, ya sea tan sólo para ejercitar la nefasta sensación de dominación. Así, sin percibirlo, insistimos en sustentar la apariencia en frágiles estructuras que llamamos de ‘orden’ en vez de hacer un cambio definitivo hacia la paz. El orden es de razón social; la paz es un tesoro exclusivo del alma plena. El orden es el deseo de los dominadores; la paz, una conquista de los libertadores de sí propio”.

Quise saber cómo escapar de todo ese proceso nocivo y obsoleto de dominación. Canción Estrellada volvió a fruncir el ceño y dijo: “Una valiosa lección es entender que ‘cualquier persona sólo tendrá sobre tí el poder que tú le consientas a ella’. No le concedas a nadie tal poder, pues cada vez que lo hagas conocerás la agonía y el sufrimiento de la esclavitud moderna. Nacimos para volar, no para decorar la jaula ajena. En sentido inverso también se aplica: abandona la idea, bajo cualquier pretexto, de ser dueño de alguien. Jaulas o alas. Es una decisión que tomamos todos los días”.

“A lo sumo, vigila y vigila. No al otro, sino a tí mismo, pues nadie será un enemigo tan poderoso como las sombras que te aconsejan. Dominador o dominado, ambos se pudren en la misma cárcel. Dentro de la necesaria interdependencia de todas las relaciones, la libertad es presupuesto indispensable para la alegría y para la paz”. Hizo una breve pausa y concluyó: “Y del amor, lógicamente”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Transgredir es necesario

Era la hora de los estudios. Lectura y reflexión en la biblioteca del monasterio; silencio y quietud. La luz de fin de tarde entraba por la ventana ofreciendo claridad y el bello paisaje de las montañas. Como de costumbre, pasé antes por el comedor para buscar una taza de café. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, conversaba con un joven que fue a visitarnos, sentado a la cabecera de la enorme mesa. Al aproximarme fui sorprendido por las palabras del monje: “Transgredir es necesario”. Al percibir el impacto que la frase causó en mí, me hizo una señal con los ojos para que me acomodara junto a ellos.

El joven decía estar sin rumbo. Era una persona serena, trabajadora y cumplidora de su deber. Seguía con tranquilidad los senderos de la vida para la cual fue educado, sin ninguna anormalidad salvo un enorme vacío. El mundo le parecía una enorme esfera, con un montón de gente, sin sentido. No había brillo en su mirada; claramente estaba infeliz.

El Viejo dijo de manera suave: “Estamos aquí solamente para evolucionar. Nada más. No obstante, hay que entender el proceso. Sólo existe evolución cuando hay transformación. Por lo tanto, tenemos que permitirnos atravesar la frontera del miedo, de los límites impuestos por el mundo; volar más allá del pensamiento común. La dignidad es el único límite”.

El muchacho preguntó cómo eso era posible. “Es indispensable tener la osadía de ver y creer que todo puede ser diferente y mejor; atreverse a ser todo, todo lo que soñamos, a ser pleno, a revelar el propio don que se manifiesta secretamente en las entrañas. Esto nos da la fuerza, el poder y la magia”, resumió el monje. Sin embargo, el semblante del joven mostraba enormes signos de interrogación. Era necesario no quedarse en el bosquejo de la poesía y por ello el Viejo explicó a profundidad: “El Universo está bastante interesado en la evolución de cada persona. El motivo es simple: como cada uno es parte esencial del todo, la armonía cósmica solamente será alcanzada con el avance colectivo. No obstante, la jornada es individual; es decir, aunque la convivencia social sea de innegable valor para el perfeccionamiento del ser mediante lecciones infinitas de amor y sabiduría, escuela donde pulimos los sentimientos, iluminamos las sombras y esculpimos las nobles virtudes, los avances son personales ya que, en su justa medida, cada cual se capacita para el próximo paso. Todo este proceso es un enorme ciclo compuesto de innumerables ciclos pequeños, cada uno con sus lecciones. Cuando el alumno se rehúsa a aprender, por el motivo que sea, las lecciones se hacen más severas y con ello viene el dolor. No por castigo, mas con la finalidad de enseñar. A medida que el aprendiz avanza, consigue transformar el sufrimiento en polvo de estrellas al traer luz a los rincones oscuros del Camino. Esta es la alquimia de la vida”.

“Los cambios son piezas fundamentales en el progreso de la humanidad. Cuando progresamos, todo a nuestro alrededor es promovido. Así, tenemos el poder de alterar la realidad parcialmente. El vacío existencial, un tono leve de los variados matices del sufrimiento, surge cada vez que percibimos, inconscientemente o no, que no podemos caminar espiritualmente. La evolución es la llama que ilumina la naturaleza humana; el dolor es un maestro para los discípulos indisciplinados. La Ley de la Evolución es una de las leyes inexorables del Código No Escrito”.
El Viejo hizo una pequeña pausa y prosiguió: “No obstante, sólo caminamos cuando tenemos el coraje de vivir nuestros propios sueños, de despertar los talentos aún adormecidos en nuestro interior y aceptar que otra realidad sea posible. Entonces, es hora de transgredir. No digo esto apenas para las grandes acciones colectivas que alteraron los acontecimientos del mundo y que dieron nuevas páginas a los libros de Historia. Me refiero a los pequeños gestos, a las decisiones más íntimas, aquellas que están al alcance de cualquiera, las cuales tienen inconmensurable valor en el desarrollo del planeta y, sin duda, son las más importantes. Despertamos lo mejor que habita en nosotros o dejaremos de ser la sal de la tierra y perderemos el gusto por la existencia”.

“Es necesario estar dispuesto a traspasar las barreras del sentido común; creer que existe vida más allá de los muros altos que aprisionan en vez de proteger. Negarse a repetir fórmulas desgastadas, las cuales nos hicieron creer que el miedo es necesario para la paz. Esto aprisiona. ¡Liberarse es transgredir! Coraje y osadía no son hiervas dañinas que brotan en el jardín del corazón como maleza; son semillas escogidas por el jardinero que entiende la fuerza y el poder de esas flores”.

El joven pareció no haber entendido y dijo que era un sujeto calmado al que no le gustaba la brutalidad ni quería volverse un criminal. El Viejo frunció la frente y dijo: “¡Por el amor de Dios, hijo! Aunque exista la necesidad de entender que ley y justicia no están siempre del mismo lado, no hablo de los que se encaminan por los senderos de la criminalidad y de las tinieblas. Tampoco me refiero a la fuerza física. Los verdaderos revolucionarios, aquellos que impulsaron y cambiaron el rumbo del planeta eran totalmente pacíficos y pacificadores. Jesús, Buda, Francisco de Asís, Gandhi, Luther King, Teresa de Calcuta, Chico Xavier, sea en la Historia remota o reciente, apenas para citar los más conocidos, todos fueron transgresores en sus épocas. Ellos creían que podían hacer diferente al identificar lo absurdo del sentido común, detestaban cualquier forma de violencia, incluso la verbal o de pensamiento. Tenían la sabiduría de aliar el amor con la firmeza necesaria para seguir adelante. Estremecieron las bases sociales sin valerse de mentiras o de la brutalidad. Sus semillas continúan germinando al ofrecer los mejores frutos que ya hemos probado, pues a lo sumo, todavía dejan la dulce miel del amor. La bandera de ellos era la paz y la unidad entre las personas; la belleza de ser único y, al mismo tiempo, hacer parte del todo. Ellos sabían que la transformación de la humanidad apenas sucede cuando está cimentada en la metamorfosis de cada ser. El mundo sólo se altera a cada paso de los cambios individuales”. Miró al joven a los ojos y dijo de manera sentida: “Todos los demás que intentaron imponer la propia verdad o interés valiéndose de la violencia o de la mentira no generaron cambios, tan sólo maquillaron al mundo con los pinceles de la intolerancia y con las pinturas de la sangre”. Volvió a hacer una pausa antes de concluir: “Absolutamente nada posee tanta fuerza transgresora como el amor. La paz es su único idioma. Transfórmate a tí mismo y verás como tu ejemplo promueve una enorme revolución a tu alrededor”.

El muchacho confesó que si bien algunas veces sentía ganas de hacer algo diferente, nunca se imaginó usando ropas y cabello extravagantes. El Viejo se rió con gusto y dijo: “Pienso que cada uno se debe vestir como mejor le parezca y respeto mucho esto, cada cual según su gusto y necesidad de expresarse. Sin embargo, transgredir los cánones de la sociedad no es alterar la apariencia, y sí cambiar la esencia. Los hábitos pueden ser sencillos, pues la sofisticación está en el pensar y sentir. En esto reside la transformación. El cambio es de contenido, no de forma. La diferencia no está en lo estético y sí en la actitud. La autoridad no está en el cargo, en la retórica o en las condecoraciones. Está en cada una de las muchas las decisiones que tomamos a lo largo de cada día”.

El joven argumentó que tenía dificultad para realizar cambios, pues no era capaz de vislumbrar alternativas. El Viejo respiró profundo y dijo: “¿Por qué nos negamos a aceptar el poder inconmensurable que tenemos? Cada cual puede hacer lo que quiera con la propia vida. ¿Puedes imaginar las infinitas posibilidades? Claro que toda la libertad trae en contrapartida la misma dosis de responsabilidad. Efecto inexorable de la Ley de Acción y Reacción. Las decisiones son libres, las consecuencias las acompañan con perfecta justicia. Esto es maravilloso, pues te responsabiliza por el propio destino. Entender las elecciones es plantar las raíces de la madurez en el suelo de la existencia. Después es abrir la cárcel de invisibles rejas para ir en busca de los sueños. Acepta definitivamente tus alas. ¡Úsalas! Todos tiene el derecho de hacerlo. Cada vez que retrocedemos por miedo, éste mueve nuestras vidas hacia el lado errado”.

“Transgredir también es ver la importancia de las divergencias. Es permitirse las infinitas posibilidades en ser y del ser. Las tuyas y las de los otros. Es la sabiduría de respetar y permitir que todas las diferencias coexistan en perfecta armonía. La elección de un “no” no anula ni se sobrepone la preferencia del otro. Esto se llama respeto. Hay una belleza incalculable en esto. Finalmente, transgredir es tener buenos ojos ante lo nuevo. No me refiero a las novedades típicas de la moda o tendencias de comportamiento que no van más allá de válidos intereses comerciales, pero de superficie poco profunda. Me refiero a la profundidad de la renovación al despojarse de un ropaje pequeño para el alma, vistiendo trajes más adecuados que permitan la libertad de los nuevos movimientos del ser que emerge de la noche rumbo a la mañana. La verdadera transgresión va más allá de las fronteras de la apariencia, pues se trata de un viaje para transmutar la esencia”.

Atónito, el chico preguntó si el monje estaba proponiéndole que naciera nuevamente. El Viejo sonrió y dijo: “Sí, de preferencia todos los días. Transgredir es reinventarse siempre y hacer las paces con tus sueños más lindos; es revelar lo sagrado que habita en tu alma, es aceptar que debemos movernos a través de la fuerza transformadora del amor o apenas repetiremos el grito de quien está perdido en la narrativa de la propia historia”.

El joven afirmó que entendía las palabras del monje y aunque sentía la necesidad de cambiar, confesó que no sabía cómo hacerlo. El Viejo esbozó una dulce sonrisa y dijo: “Comenzamos no permitiendo involucrarnos más en situaciones que sabemos que nos hacen mal. Detente y sal del mundo durante algunos instantes. En la quietud y en el silencio, encuéntrate contigo mismo para entender qué no sirve más; qué ideas y actitudes necesitan ser modificadas para alinearlas a tu nuevo momento. Este es el proceso de liberación de todo el sufrimiento: transgredir la visión para transformar el ser. Abre los sótanos oscuros y deja que el sol entre. Dirán que el brillo de tus ojos está más intenso, un agradable perfume con sensaciones de amor y paz emanará de tu alma. Cambiarán, por afinidad, las personas y las situaciones que te rodean”. El Viejo bebió un sorbo de café y comentó: “¿Has notado que cuando cerramos la puerta del corazón, impidiendo que alguien entre, experimentamos una sensación desagradable? Presta atención que cada vez que dejamos de escoger por amor, aunque el ego sienta una vana satisfacción mundana, acaba por dejarnos un gran vacío. El amor tiene el infinito poder de transformar cualquier situación en un momento sagrado. Así de simple, así de grandioso”.

De esta manera, poco a poco, refinamos la consciencia y alteramos el destino. Entiende, perfecciona y valoriza el fantástico poder de las elecciones. Son herramientas valiosísimas”. El joven volvió a interrumpirlo y dijo que siempre escuchó que dinero, poder y sexo movían el mundo. El Viejo lo miró profundamente a los ojos y le preguntó: “¿Hacia dónde lo mueve, hijo?” La pregunta era apenas retórica, así que el monje respondió: “Lo mueve hacia el lado errado”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “No suelo encontrar serenidad, alegría y paz en quien busca esos objetivos como primordiales. Veo mayor sufrimiento, lágrimas y mucha agonía. Esos son los dominadores que a diferencia de los transgresores, no buscan cambios en favor de la evolución, y se pierden en los engaños de la dominación y en las ilusiones del poder. No perciben cuán efímero es este poder. Todo dominador es un esclavo de la propia dependencia, a cualquier nivel, desde las políticas gubernamentales hasta las relaciones afectivas. Hay dominadores de muchas especies. Créeme, todos ellos sufren”.

La campana del monasterio sonó. Era la hora de la meditación que antecede a la cena. El joven le agradeció al monje por sus palabras. El Viejo pidió permiso, se levantó y antes de salir dijo: “El transgresor es un ser libre, pues el amor es la fuerza que orienta sus pasos y, al ser amor, con toda su belleza, no permite que haya dominador ni dominado. Tan sólo libertad. Créelo, el amor es la única energía capaz de transformar para siempre y apalancar la evolución. Todo lo demás es ilusión y sombras”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Desapego es transformación

Allá estaba. La bicicleta apoyada en el poste fue la primera cosa en la que reparé cuando doblé la estrecha y sinuosa calle del taller de la elegante ciudad cercana a la montaña que abriga al monasterio. El sol del atardecer se reflejaba en las calles de piedra y matizaba las construcciones con tonos pasteles. Como la tienda de Lorenzo, el zapatero amante de los libros de filosofía y de los vinos tintos, no funcionaba en horarios regulares, encontrarlo era siempre un juego de azar. Me saludó con la alegría y la elegancia habituales. Preparó café fresco y cuando nos sentamos ante las tazas humeantes, fuimos sorprendidos por la llegada de una sobrina del artesano. Una joven bonita, educada y con rasgos de incertidumbre en el rostro; había venido a pasar unos días de descanso en el interior. Después de los saludos de rigor, la joven fue bastante objetiva. Siempre oía al tío hablar sobre la importancia del desapego. Ella era paciente de un prestigioso sicoanalista de la capital y en la última consulta, le aconsejó que no abandonara sus deseos, pues esto significaba desistencia y, en consecuencia, una señal de debilidad.

Lorenzo escuchó con paciencia y en silencio. Al término, ante la mirada afligida de la sobrina, dijo con voz serena y suave: “Soy un lector interesado y un observador atento. No obstante, como sabes, no tengo formación académica. Apenas digo lo que siento y expreso mi visión sobre todas las cosas. El riesgo de que esté equivocado es enorme”. Me entrometí y bromeé diciendo que los alquimistas son autodidactas. Era innegable la magia del artesano en transformar plomo en oro, o al menos en lo referente a transmutar en luz las sombras que habitan en todos nosotros. La joven insistió en que él hablara, ya que le encantaba escuchar la opinión del tío, que clasificó como desconcertante. El zapatero le pidió que se sirviera un café y que se sentase. En seguida dijo: “La palabra tiene el poder de vestir y revestir una idea. Ella da forma al pensamiento, de ahí su gran poder. Los antiguos decían que somos hechiceros de palabras, pues con ellas podemos sembrar coraje o esparcir miedo. Digo esto, por la necesidad de adecuar lo que pienso en el exacto contexto, con la mejor palabra”.

“Desapego no es desistencia. No, de ninguna manera. Desapego es transformación, herramienta indispensable para la evolución”. La joven lo interrumpió y dijo que no estaba entendiendo. El artesano sonrió con ternura y le explicó: “Sufrimos con condicionamientos culturales, sociales y ancestrales que ejercen una fuerte influencia en la formación de las ideas, en la interpretación de las emociones y, en consecuencia, influyen en nuestras decisiones. Muchas veces, esta influencia compulsiva nos lleva a crear metas y deseos que relacionan el éxito y la felicidad con objetivos meramente materiales y con placeres sensitivos. La gran mayoría de las veces están ligados a dinero, fama, poder y sexo. El ego quiere los aplausos y los brillos de la tribu, conquistas aparentes, y no nota el vacío que esto ocasiona a largo plazo. En algún momento, la persona más atenta percibe que los conceptos que estructuraron su trayectoria pueden estar obsoletos, ya que no se tradujeron en la felicidad prometida y con ello entiende que es necesario cambiar de ruta. Seguir la melodía con el viejo patrón a medida que la ópera avanza, ya no sostiene la ligereza ni la plenitud de la canción. Aquella sinfonía ya no llega al corazón. Resta apenas un enorme vacío, donde el sonido no se propaga”. Hizo una pequeña pausa para observar los ojos atentos de la sobrina antes de concluir: “Entonces, se percibe que es necesario reinventar los conceptos que nos hicieron andar un largo trayecto sin llegar a ningún lugar. Se comienza a entender que el éxito no se mide con la regla financiera y sí con el compás de la plenitud. Tener no lo es todo y sí ser todo. El desapego se refleja en la transformación de las viejas formas. Es alquimia pura”. La joven volvió a interrumpirlo para que fuera más claro. Lorenzo no se hizo de rogar y dijo: “Lo que denominamos ‘viejas formas’ es un conjunto de ideas, preconceptos y condicionamientos que nos atan a patrones que, en algún momento, se muestran anticuados pues se vuelven ineficientes o inútiles. Es la hora de la metamorfosis. La transmutación es vital para dejar atrás toda aquella manera de pensar y de vivir que no sirve más, pues no ofrece el contenido vital que impulsa la evolución. Es entender que todos los deseos se desdibujaron al conquistar la verdadera felicidad, pues no proporcionaban los colores de la inconfundible sensación de paz. Es hora de entrar en el capullo para entender y, después, liberar los sueños; de que la oruga deje de arrastrarse y despliegue las alas de mariposa”.

“Aquí se hace imprescindible distinguir correctamente entre deseo y sueño. El deseo está ligado al ego, a la vanidad, al prestigio social, a las conquistas meramente materiales, a las pasiones, al brillo. El sueño es el propósito del alma, de lo más profundo del ser y refleja los dones y talentos utilizados en las conquistas inmateriales de amor y dignidad para la evolución espiritual. Está ligado a la luz. Mientras el deseo alimenta el orgullo, el sueño le da sentido a la humildad; el deseo lleva a las condecoraciones de la aldea y a los titulares de las revistas, el sueño hace con que, en silencio, el cielo entre en fiesta; el deseo quiere la fama del brillo, el sueño ansía la llegada de la mañana. Entender el sentido y la diferencia entre deseo y sueño es percibirse inmortal y convertirse en andariego de un viaje sin fin. Saber que estamos aquí para aprender, transmutar, compartir y, entonces, proseguir”.

“Desapego no es desistencia, así como desapego no es cobardía. Al contrario, es una decisión de profundo coraje soltar lo que muchas personas alrededor aclaman como victoria. Lo que la mayoría llama de gloria para ti ya no tiene ningún valor. Creer que desapego es cobardía es lo mismo que engañarse al pensar que ser manso y pacífico, al decidirse por la no violencia como instrumento de lucha, es característica de los cobardes. Es no entender la esencia de la vida, la fuerza revolucionaria de la paz. Es necesario fuerza de voluntad y coraje inconmensurables para renunciar a las referencias sociales y culturales en la construcción de un nuevo ser, ahora comprometido con las verdaderas conquistas, aquellas que no se oxidan, que no pesan ni se deterioran. Es escoger la fruta por el poder multiplicador de la semilla y no por el brillo efímero de la cáscara”.

“A menudo veo profesionales exitosos y famosos, sin cualquier dificultad financiera, con condiciones para usufructuar de toda la comodidad y tecnología que la modernidad ofrece. Sin embargo, están envueltos en una esfera de depresión, pánico, miedo, completamente perdidos. Alcanzaron el más alto escalón de la jerarquía proyectada por los antiguos conceptos. Tienen dinero, son realmente buenos en lo que hacen, reciben el justo homenaje por sus realizaciones, no obstante comprimidos de ansiolíticos, cajas de antidepresivos, interminables terapias, fanatismo de todo orden, deseos inconfesables de suicidio rondan a esas personas como fantasmas en mansiones asombradas. No tuvieron el entendimiento para cambiar la apariencia por la esencia, prefirieron vivir ante la expectativa del mundo en vez de permitir que el silencio les susurrara la propia verdad y les indicase el Camino. Faltó coraje para desapegarse de los deseos y vivir los sueños. Están en el vacío vital; sienten sed de luz”.

Hizo una pausa, miró a la sobrina con seriedad y dijo: “Desapegarse de las pasiones para que el amor florezca no es para los débiles. El amor está reservado a los fuertes. Es imposible amar sin desapego. Es imposible ser libre sin desapego. Sólo así nos permitimos la ligereza para que las alas se manifiesten. Sin ellas no se llega a Tierras Altas, donde se cimientan los pilares de la paz. Solamente quien entiende la dimensión del desapego es capaz de comprender la distancia entre el amor y la pasión”, explicó Lorenzo. La joven quiso saber cómo diferenciar el amor de la pasión. El buen artesano sonrió levemente de alegría y dijo: “Imagínate a una persona atravesando un desierto, bajo el sol abrasador y con mucha sed. Ella encuentra una enorme jarra con agua fresca y se sacia hasta la última gota. Esta sensación es pasión”. Permaneció algunos instantes en silencio y cerró los ojos para hablar despacio, de manera sentida: “Amor es cuando enfrentamos el mismo desierto, bajo el mismo sol y la misma sed. Encontramos la misma ánfora con agua… bebemos la mitad… y la dejamos por la mitad para quien viene atrás”.

Una lágrima escapó por el rostro de la joven que en seguida se iluminó con una bella sonrisa. Ella abrazó al elegante zapatero en sincero agradecimiento. No pronunció palabra y se fue. Ya no era más la misma que había entrado hace poco al taller.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Trampa contra la paz

“Cada vez que piensas, hablas o actúas motivado por las pasiones densas y pesadas, alimentas el poder de las sombras, dentro y fuera de tí” dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. En seguida concluyó: “Por más absurdo que pueda parecer, nadie te perjudica más que tu mismo, créelo. Esto aplica para todos”.

Estábamos apenas los dos sentados en el comedor del monasterio, apreciando el sabroso té que el Viejo preparaba con una mezcla de hiervas que recogía del bosque cercano, mientras admirábamos la puesta del sol entre las montañas. Él me había invitado a conversar al percibir la alteración de mi comportamiento después de recibir una llamada telefónica. El monje me ofreció una taza acompañada de una pregunta: “¿Cuál es el único precepto del Código de Ética de la Orden?” Como permanecí callado, él mismo respondió: “Nunca alimentar las sombras”. Hizo una pequeña pausa para que yo, lentamente, madurara la idea y prosiguió: “ ¿Sencillo, cierto? Al final todos somos buenos y, en principio, no queremos compromiso con el mal”. El monje esperó que yo estuviera de acuerdo antes de corregir: “Errado, no es nada fácil. Tenemos una enorme dificultad en identificar las propias sombras y todo lo que las estimula, dentro y fuera de nosotros”. Volvió a callar por instantes y dijo: “El gran truco de las sombras son sus mil disfraces, al punto que piensas que ellas no se esconden en tus entrañas”.

Ser libre es simplemente ser

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano de la Orden, era siempre invitado a dar conferencias en universidades y colegios de todo el mundo. En general, esas instituciones se sitúan en grandes metrópolis, donde nos hospedábamos por dos o tres días. En esa época, ya acostumbrado al silencio del monasterio, confieso que tuve un periodo en que me sentía incómodo con el cambio de ambiente, al contrario del monje que poseía una fantástica capacidad de adaptación. Él deambulaba por las anchas avenidas admirando el movimiento de las tiendas, la correría de las personas o hasta el ruido urbano con la misma ligereza y encanto con que recorría la montaña en silencio, observando las flores silvestres y recogiendo champiñones para las sopas que tanto le gustaban. Cuando me veía irritado con todo aquel alboroto y prisa, me decía: “La paz habita en ti. No concedas permiso para que nada ni nadie la perturbe”. Después arqueaba los labios con una breve sonrisa y agregaba: “Ese poder es tuyo, aprende a usarlo”.

Bailando con la nostalgia

Conocí a Lorenzo, el sabio zapatero, hace muchos y muchos años, en una funeraria. Yo acababa de ingresar a la Orden y fui designado para acompañar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, al velorio de un gran amigo suyo que había partido. Nos dieron un aventón y durante el viaje por la sinuosa carretera que baja en sentido a la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña, el monje fue silbando una alegre canción. Parecía feliz. Se me hizo extraño, pero guardé silencio. En el velorio, la capilla parecía pequeña ante tanta gente; la viuda estaba inclinada sobre el cajón, en lágrimas y desconsolada. Lamentaba profundamente su pérdida. A quien iba a darle el pésame le preguntaba cómo haría para entrar en casa y no encontrar más al fallecido allí. Decía que no tendría fuerzas para desocupar el armario o dormir en el cuarto matrimonial. Algunos le daban coraje, otros le aconsejaban que tuviera fe. El ambiente me pareció apropiadamente dramático para un entierro y me relajé. El Viejo, con una sonrisa constante en el rostro, hablaba con todos de manera discreta y descontraída. Era el único que me parecía que estaba a gusto ahí. Me acomodé en un rincón para observar cuando llegó el hermano del difunto. Era Lorenzo, el elegante zapatero, amante de los libros y de los vinos. Su rostro era parecido al de un actor italiano y tenía el porte de un bailarín español. En aquella época su cabello todavía era gris, vestía un pantalón caqui de fina confección y una bonita camisa inmaculadamente blanca, contrastando con los colores oscuros del ambiente. Así como el Viejo, estaba sonriendo y me pareció que estaba feliz. Saludó a todos con discreción, sin alterar la bella sonrisa que le coloreaba el rostro, lo que generó muchas miradas de repudio. Al dirigirse a la viuda, ella rechazó su abrazo. Sin sentirse ofendido, el zapatero sacó una pequeña harmónica del bolsillo del pantalón y pidió educadamente permiso para tocar una canción. En sencillo homenaje, tocaría la canción que más le gustaba oír a su hermano. Una vieja canción irlandesa, de ritmo alegre, cuyos versos hablaban de la belleza de vivir. En cólera, la viuda lo acusó de estar festejando la muerte del marido en actitud de total irrespeto, tanto por los colores claros de la ropa así como por su manera jovial. Oí algunos breves comentarios apoyando a la mujer.

Lorenzo escuchó todo sin pronunciar palabra. Cuando ella se calló él dijo: “Amo a mi hermano. Desde siempre fuimos los mejores amigos. Lo que tu ves como el final de una historia, yo lo veo como el inicio de un largo viaje hacia tierras distantes, donde él podrá vivir días mucho mejores y recoger perfumadas flores, pues en esta existencia cosechó amor por donde pasó. Esta capilla es tan sólo la plataforma de la estación. Respeto, mas no veo motivo de tristeza. Quiero conmemorar el bello hombre que fue, el gran espíritu en el que se transformó, celebrar mi nostalgia con alegría y darle un ‘hasta luego’”. Lorenzo fue interrumpido por los gritos de censura de la viuda y se formó una pequeña confusión. El Viejo rápidamente pasó el brazo sobre los hombros del zapatero, me hizo una señal con la cabeza y salimos de allí.

Fuimos a una taberna no muy distante. Lorenzo pidió el vino predilecto del hermano y brindamos. Es decir, ellos brindaron pues yo me rehusé. Entre asustado y contrariado, condené la postura del monje y del zapatero. Les dije que no habían sido considerados y ni habían mostrado respeto hacia la viuda ni hacia el muerto. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa, me miró como si fuera un niño y le preguntó al artesano: “¿Tu le explicas”? El zapatero asintió con la cabeza, apuntó su dedo hacia mí y dijo: “Tu vas a morir”.
Aquella afirmación me provocó malestar y ante lo extraño de toda aquella situación, nada respondí. A Lorenzo no le importó y prosiguió: “Tu expresión facial es la de alguien que acaba de ser maldecido”. Mi silencio corroboraba lo que sentía en aquel momento, aunque fuera consciente de lo obvio de aquella afirmación. Sí, yo iba a morir, sólo no sabía cuándo ni cómo. No obstante me incomodaba pensar en este asunto. Él continuó: “¿Por qué relacionarse tan mal con la única seguridad que tienes en la vida? ¿Ya que la muerte es algo seguro en la vida de todos, por qué motivo la tememos en vez de convertirla en una poderosa aliada? La manera como iluminamos nuestros miedos definen los sufrimientos y las alegrías del Camino”.

Argumenté que la muerte era el fin de la existencia. El zapatero asintió con la cabeza y dijo: “Sí, pero no significa el fin de la vida que continua en viaje fantástico e infinito rumbo a la Luz. La muerte marca el fin de un ciclo e, invariablemente, el inicio de otro. La muerte es apenas el fin del cuerpo físico, ropaje provisional que abriga al espíritu, quien realmente eres, el cual es eterno. Nacemos y morimos muchas veces en repetidos ciclos de lecciones y evolución, hasta que ese proceso de aprendizaje ya no es necesario y migramos definitivamente hacia tierras donde reinan niveles de sabiduría y amor más amplios, los cuales ya estaremos en condiciones de habitar. No hay duda de que ya recorrimos esferas más densas y seguimos hacia otras más sutiles. El fin de una historia siempre será el inicio de otra”.

Comenté que, independiente de eso, deberíamos respetar el padecimiento de aquellos que sufren con la pérdida de un ente querido. Lorenzo abrió los brazos como quien dice que yo no estaba entendiendo nada y dijo: “¿Pérdida? ¿Qué pérdida? ¿Hasta cuándo insistiremos en esa visión trágica cuando en realidad no existe ningún drama? El cuerpo, como todo en este planeta, tiene plazo de validad, un tiempo finito para que podamos cerrar un ciclo de la jornada, evaluar los logros morales alcanzados, la expansión de la consciencia, la ampliación de la capacidad de amar y las batallas que vencimos ante las sombras que nos habitan. A partir de esos puntos podemos trazar nuevos vuelos o rehacer lo que, por ventura, fallamos. Volveremos cuantas veces sea necesario, como muestra de infinita paciencia y amor de aquellos que nos enseñan y de la enorme sabiduría de las Leyes No Escritas, hasta que estemos preparados. Así caminamos”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Nunca habrá pérdida, tan sólo transformación”.

Discursé sobre la nostalgia que deja la muerte de alguien, como un puñal que hiere profunda y dolorosamente. El zapatero meneó la cabeza, rió y dijo: “Nostalgia, incomprendida nostalgia”. Permaneció en silencio durante breves instantes, como si recordara algo y prosiguió: “La nostalgia es un privilegio de los que aman. Sólo los que aman sienten nostalgia; sólo lo que fue bueno se extraña, y por esto la nostalgia debe ser conmemorada con mucha alegría”. Observó mi reacción por instantes y continuó: “No tiene sentido recordar con tristeza a quien sólo te trajo felicidad y amor. Entender el viaje es aceptar con alegría las partidas y las nuevas llegadas. Negar la lección es llamar para sí el dolor y el sufrimiento; es no percibir las bendiciones de la nostalgia”.

¿Bendiciones de la nostalgia? ¿La nostalgia es una cosa buena? Manifesté que no entendía. Él fue claro: “La nostalgia es maravillosa, pues es la memoria de los mejores momentos de la vida de cada uno de nosotros. La nostalgia escribe las mejores páginas del libro de tu vida. Sólo siente nostalgia quien amó y fue feliz. La alternativa para la nostalgia es la oscuridad del vacío de quien no conoció el amor, se escondió de la vida o no consiguió iluminar el corazón”. Levantó la copa y brindó con el Viejo: “La nostalgia es un regalo para quien amó demasiado. ¡A la salud de todas mis nostalgias!” El monje retribuyó: “Bien aventurados los que sienten nostalgia, pues conocen el amor y la felicidad”.

Argumenté que entendía perfectamente el sufrimiento de la viuda al no tener más a su lado al compañero de tantos años. Los ojos del buen zapatero se humedecieron y preguntó con algo de emoción: “¿Conoces el origen de la palabra compañero?” Respondí que no. La respuesta vino en seguida: “Significa aquellos que ‘comen del mismo pan’”. Se detuvo durante unos segundos y prosiguió: “Amo profundamente a mi hermano. Fuimos y somos grandes compañeros, pues el cambio de esferas no corta los lazos imperecederos del amor. Sólo tenemos que aprender a tener paciencia hasta el momento del próximo reencuentro. La Ley de la Afinidad es inexorable y nos unirá infinitas veces”.

“Mi hermano enfrentó durante años un carcinoma y sus metástasis agresivas. Los dolores físicos y la incomodidad de la quimioterapia fueron enormes. Él enfrentó todo con bastante dignidad y coraje, sin cualquier lamento. Un poco antes de partir, me confesó que la enfermedad le había traído valiosas lecciones pues entendió algunos valores cuya importancia aún desconocía. Me dijo con una sonrisa sincera en el rostro que la enfermedad refinó su percepción sobre todas las cosas. Él siempre fue un hombre alegre, sin embargo, no recuerdo haberlo visto tan feliz como en aquel día. Su comprensión sobre las Leyes se hizo enorme y esto transformó todo y cualquier sufrimiento en polvo de estrellas. De esta manera, la muerte le fue generosa y como un acto de amor le curó los dolores corporales y liberó el espíritu para volar más allá de la densa materia y vivir otras historias”.

Le pregunté cómo sería en caso de que la muerte fuera súbita por accidente o infarto fulminante, por ejemplo, sin tiempo para despedidas. El artesano respondió: “Nada sería diferente, fuera de la sorpresa de la visita repentina. Hacer de la muerte una aliada es entender que todo y cualquier día es bueno para morir. Aceptar que la muerte es una herramienta de la Inteligencia Cósmica en nuestro proceso de evolución es sentir todo el amor que rebosa en el Universo. La muerte tiene dos significados, uno: habrá llegado la hora de nuevos aprendizajes o, dos: es el momento para urgentes ajustes de ruta. Percibir que ‘todo lo que sucede en nuestras vidas es para nuestro bien’, aleja el drama y amplía la consciencia en el sentido de absorver la correspondiente lección”. Me miró profundamente y dijo: “Por más extraño que pueda parecer, el sufrimiento por la muerte de alguien no revela amor. Al contrario, tan sólo demuestra un profundo egoísmo. Al final, el verdadero amor es un sentimiento generoso y comprensivo, capaz de entender que el momento y las necesidades del otro son diferentes de las tuyas. El amor puro es un acto de profunda sabiduría. Apenas sentimientos mesquinos desean aprisionar a alguien a nuestro lado a cualquier costo, ante cualquier dolor. Vivir exige ligereza, la felicidad clama por desapego y el amor necesita libertad”.

Dije que todo aquel discurso era bonito y sensato, sin embargo los condicionamientos culturales me ataban a antiguos conceptos en el pensar y el actuar. De esa vez fue el Viejo quien habló: “Sí, Yoskhaz. Liberarse de las viejas formas es transmutar sombra en luz, es abandonar la cárcel sin rejas de la consciencia prisionera. Es necesario ir más allá de la realidad estática, pues la sabiduría es dinámica. Si la oruga negara el capullo porque no cree en la metamorfosis, no conocería el poder de sus propias alas”. Me miró con bondad, arqueó los labios en una sonrisa leve y con dulzura finalizó: “La muerte es una aliada importante en nuestro proceso de cura espiritual pues trae en sí dos de las poderosas Leyes No Escritas: La Ley de la Renovación y la Ley de las Infinitas Oportunidades. Así, la muerte es un instrumento del más puro amor dentro de la Gran Sinfonía del Universo y la nostalgia una de sus más bellas sinfonías. ¡Aprovecha y danza con ella!”.

Lorenzo se valió de la oportunidad, sacó la harmónica del bolsillo y tocó la alegre canción celta de la cual su hermano tanto gustaba. Poco a poco, las personas que estaban en la taberna comenzaron a acompañar la cántiga con las palmas. “Estoy seguro de que en este momento, mi hermano canta con nosotros. Él me amaba y, por tanto, está feliz al verme feliz”, comentó Lorenzo. El Viejo meneó la cabeza concordando. Pedí una copa de vino y brindé a la salud, el amor y la vida sin fin.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

La ley de la renovación

“Es necesario, de vez en cuando, desocupar las gavetas del corazón” me dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio. Él me había invitado a dar un paseo por los alrededores del bosque al percibir mi inquietud e irritabilidad con los demás monjes y discípulos de la Orden. Una nueva situación familiar había removido recuerdos desagradables que alteraron mi mi paz personal y mi humor en el trato con los demás. Me quejé bastante por la manera en que algunas personas me habían maltratado en el pasado. Él me miró con su enorme compasión y dijo: “El resentimiento crea un verdadero grillete energético que te mantiene atado al ofensor, en una terrible prisión sin rejas que llena de basura tu armario sagrado, el corazón. La rabia envenena las aguas que abastecen la fuente de la vida, el amor”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Es imposible ser feliz sin perdonar”.

Argumenté que ya había perdonado pero me negaba a olvidar para no permitir que me maltrataran de nuevo. El Viejo se rió con ganas cuando dije esto, lo que me produjo más irritación todavía. Después me miró como si se dirigiera a un niño y me instigó: “Tú no conoces el perdón”. Le dije que estaba equivocado, pues yo no le deseaba ningún mal a aquellos que me ofendieron y con ello, ya había decretado el perdón. El Viejo balanceó la cabeza negando y dijo: “No, Yoskhaz. No desear el mal es el primer escalón hasta el perdón; después limpiamos los compartimientos del alma hasta olvidar la ofensa; finalmente, deseamos el bien al agresor. Este es el camino hasta el perdón”.

Equilibrio improbable

Caminaba por las montañas de Arizona al lado de Canción Estrellada, el chamán que poseía el don de trasmitir la sabiduría de sus ancestros a través de la palabra cantada o no. Él quería mostrarme su “Lugar de Poder”, como se denomina en la mitología nativa al sitio en donde cada cual se siente más cómodo para conectarse con la inteligencia cósmica. “En todos los lugares del planeta es posible abrir un canal o un puente; no obstante, existen sitios que, por diversas razones, la conexión es más intensa. El mar es un santuario; la montaña, una catedral; tu casa, un templo. Ya sea por la quietud, por el sonido de las estrellas o por la integración con la Madre Tierra. Por alguna razón personal o por ser un lugar donde las personas van hace siglos a rezar, como las iglesias, anclando la fuerte vibración del universo, cada individuo debe encontrar el lugar donde sienta la fuerza de esa conexión”, explicó el chamán. Al llegar a una pequeña meseta muy próxima a la cumbre, el Lugar de Poder de Canción Estrellada, había un árbol que no podían pasar desapercibido pues estaba sujeto por las puntas de la raíz al borde de un peñasco, resistiendo con bravura, de manera elegante e impensable, al viento, la lluvia, el sol, la nieve y la gravedad. Comenté que no podría aguantar por mucho más tiempo. El chamán sonrió y dijo con su rostro arrugado por las decenas de inviernos que había atravesado: “Está en esa condición desde que yo era un chico y venía a pasear a esta montaña con mi abuelo. Probablemente continuará así después de que yo realice el gran viaje”. Hizo una pequeña pausa y continuó: “Una raíz fuerte es indispensable para enfrentar las tormentas de la vida. No es diferente para nadie”. De repente le pregunté qué necesitaba para tener una raíz poderosa, capaz de mantenerme inmóvil ante las peores tempestades.

“Las raíces de cada uno son el conjunto de tres cosas: saber exactamente quién eres y no huir del combate de perfeccionamiento personal”. Le dije que estaba faltando la última. Él miró hacia el árbol malabarista antes de concluir: “La tercera parte de la raíz consiste en dominar el arte del equilibrio improbable. Recordarme esto fue la función de este árbol durante toda mi vida. Esto la hace sagrada para mí”.

La ley de los ciclos

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, había sido invitado a dar una conferencia en una universidad. En esa época, yo era el discípulo designado para acompañarlo. Al final de su discurso, como de costumbre, respondía a una infinidad de preguntas. Su abordaje sobre los múltiples aspectos de la vida era siempre desconcertante. Esa vez no fue diferente; atendió a todos con cariño y paciencia. Ya en el metro, de regreso al hotel, una mujer se acercó para hablar con nosotros. Dijo que había estado en la conferencia y que quería invitarnos a almorzar; bromeó al decir que era una manera de aprovechar un poquito más al monje. Aceptamos la invitación y fuimos a un restaurante cercano. Cuando nos acomodamos ella habló un poco sobre su vida y se lamentó sobre determinada situación que siempre se repetía, como si fuera una historia que insistía en ser recontada infinitas veces, algo que la entristecía y se quejó de su propio karma. El Viejo la miró con bondad y le dijo: “Pienso que hay una equivocación con relación a lo que los antiguos denominaron como karma. Hoy en día se refieren a él como si significara punición. No, de ninguna manera. Karma es aprendizaje”.

La cara oculta de los celos

Los domingos, cuando me es posible, asisto a misa en la catedral de la pequeña y encantadora ciudad situada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Aquel día el sermón del padre llamaba la atención de lo que consideraba una banalización de las relaciones afectivas, en las cuales las personas invertían poco, según él, no sólo en la construcción y adecuación de la vida en pareja, como en la convivencia social en sí. Él clamaba por paciencia y compasión con relación al otro. Según sus palabras, la humanidad está renunciando a sí misma con mucha facilidad. Después de finalizada la ceremonia mientras caminaba entre las callejuelas de piedras silenciosas reflexionando sobre todo lo que fue dicho, con los variados aspectos que involucran la cuestión, fui sorprendido por Lorenzo -amante de los vinos y de los libros- quien cruzó mi camino en su antigua bicicleta. Buena señal pensé. El artesano era uno de los últimos baluartes en remendar bolsos y zapatos como una opción frente al cambio. La zapatería era su oficio; con la filosofía ejercía su arte. Feliz al verme, sugirió que nos sentáramos en una cafetería próxima.

Con dos tazas humeantes en frente, inicié la conversación hablando sobre el sermón dominical y la complejidad de una tendencia actual, con variadas facetas. El zapatero bebió un poco de café y cuando iba a hacer un comentario nuestra atención fue desviada hacia una joven pareja que discutía en la mesa contigua. Aunque hablaban en voz baja, casi inaudible, sus expresiones revelaban una torbellino de sentimientos conflictivos. El muchacho se retiró de manera repentina. En seguida, los ojos de la joven se bañaron en lágrimas. Lorenzo la invitó a sentarse con nosotros y le dijo que se sintiera cómoda para conversar o apenas oír. Le dio su palabra de que no haríamos ninguna pregunta. La intención, sin que fuera dicha, era tan sólo que ella no tuviera la eventual sensación de abandono. La joven aceptó y confesó que necesitaba desahogarse. El artesano estuvo de acuerdo: “Lo más importante en una conversación ni siempre son los consejos que recibimos y sí oír la propia voz. Hablar suele revelarnos secretos inconfesables del propio inconsciente”.

La pena más allá de la pena

Cada vez que iba a la pequeña y encantadora ciudad situada en la falda de la montaña que abriga al monasterio, no perdía la oportunidad de visitar a Lorenzo el elegante zapatero, amante de los libros y de los vinos. Remendar cuero era su oficio; coser ideas, su arte. No siempre lo encontraba pues su taller funcionaba en horarios aleatorios. En aquel día, ya al final de la tarde, me alegré al ver su antigua bicicleta recostada en el poste al frente del taller. Buena señal. El buen amigo me pidió que lo esperara un poco mientras terminaba un trabajo y, en seguida, nos dirigimos a una silenciosa taberna en busca de buena prosa y una copa de vino. Pidió un pedazo de queso de marca famosa para acompañar el vino al mesero que nos atendió. De inmediato repliqué al recordar que el dueño de aquella conocida empresa de productos lácteos había sido condenado por un crimen gravísimo. Le dije que no me sentía a gusto en comer aquella marca de queso y le sugerí que pidiésemos otra cosa. Intrigado el artesano preguntó: “¿Comer del queso te hará cómplice del crimen”? Respondí que no iría a confabular con actitudes ultrajantes y añadí que actuaba de acuerdo con mi consciencia. Él me miró con bondad antes de decir: “Sí, debemos actuar siempre en sintonía con nuestras mejores razones. No es bueno cuando esto no sucede. Sin embargo, permitir la expansión de la consciencia más allá de los condicionamientos sociales y culturales, será siempre un ejercicio de transformación y ligereza. No obstante, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué sentimiento me mueve? Ya que definimos quienes somos de acuerdo con nuestras elecciones”.

Respondí que el deseo de hacer justicia me hacía tomar aquella decisión. Lorenzo refutó con una nueva pregunta: “¿El sujeto ya no cumple la pena impuesta por una sentencia condenatoria aplicada por un juez de derecho? Toda sociedad es regulada por un conjunto de leyes que establecen derechos y deberes; reglas y límites objetivando la buena convivencia”. Lo interrumpí alegando que muchas leyes son injustas, algunas demasiado rigurosas, otras demasiado indulgentes, sin mencionar las que benefician a determinados grupos en detrimento de otros. “Es verdad”, concordó el zapatero y agregó en seguida: “Sin embargo, toda legislación refleja el punto de evolución de una sociedad, la cual sólo avanza a medida que se multiplican las transformaciones personales. Imponer cambios sin la debida concientización se asemeja a un edificio sin cimientos; no se sustenta. Cada cual debe actuar como fiel retrato de la sociedad que desea. Las leyes, naturalmente con algún atraso, llegarán como consecuencia de los avances; es decir, cambiamos la sociedad según la exacta medida de nuestras transformaciones individuales”.

Memorias contaminadas

Uno de los trabajos que más me gustaba realizar era el de ayudar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a cuidar del jardín del monasterio. Aprendí que todo en el mundo reacciona según la exacta medida de nuestros sentimientos, en un intercambio incesante. Con las plantas no es diferente. Adicionalmente, conversaba con el monje y oía su conversaciones con otras personas. Todo era aprendizaje. En aquel día, lo recuerdo bien, el frío no era muy intenso, el cielo estaba azul y el calor del sol brindaba una agradable tibieza al cuerpo, cuando el monje fue sorprendido por la visita de una sobrina. La joven, alrededor de los veinte años, estaba con el alma agitada; no podía alinear sus ideas y sentimientos. El motivo era la relación con su padre. Desde la cuna la joven vivió apenas con la madre, quien pronto se casó y tuvo otro hijo. Siempre tuvo una buena convivencia en casa con el hermano y el esposo de la madre. El padre, pese a las grandes diferencias con la madre, nunca dejó de buscar a la hija, aunque no de la manera que la muchacha deseaba. En los últimos tiempos los intentos del padre para estar más presente le incomodaban de tal manera que no sabía explicar, aunque no lo admitiera, lo que demostraba una oscura laguna sentimental que necesitaba ser coloreada. Ella generalmente no reaccionaba bien a esas investidas paternas.

Sentados en una banca de piedra la joven recitó un rosario de situaciones pasadas en las que señalaba la ausencia del padre y en las cuales consideraba que él debía haber sido protagonista. Su presencia, ahora más intensa, la hacia sentir de alguna manera incómoda. El Viejo la escuchó con enorme paciencia hasta que agotó todas las críticas. Después le dijo con ternura: “Existe un mar de resentimientos y al parecer te ahogas en él. Sobrevivir en las aguas del resentimiento sólo es posible con el salvavidas del perdón; perdonar es respetar el derecho del otro a tener las mismas e infinitas oportunidades que tu tuviste o tienes”. Miró a la sobrina a los ojos y le preguntó: “¿Dónde estarías si a cada error no te fuese permitido renovar las oportunidades?” Sin esperar respuesta, complementó: “Solamente el conocimiento de sí mismo concede las bendiciones de la tolerancia con toda la gente, escalón fundamental para la paz”.

La joven sosotuvo que la falta de cariño estaba ligado a la memoria de muchas decepciones. En ese sentido contabilizaba fines de semana en que él no apareció o en fiestas escolares en las que no se hizo presente. El monje la miró con dulce compasión y dijo: “Es muy cómodo elegir a alguien para ser el responsable de todas nuestras tristezas y frustraciones. Esto nos disculpa del esfuerzo transformador al ofrecer siempre lo mejor. Evita el trabajo de entender al otro, aprender sobre nosotros y buscar soluciones diferentes que traigan armonía y equilibrio en la convivencia. Así, la supuesta víctima siempre clama por cambios en el comportamiento ajeno y olvida que la vida no compagina con el estancamiento ni con lamentos. Se niega a entender la parte que le corresponde. El sufrimiento estará siempre al servicio de una visión equivocada sobre todas las cosas”.

La sobrina se irritó con el Viejo, se dio un golpe de pecho y lo cuestionó preguntando si él no creía en sus memorias, en las situaciones que ella había vivido, en todo lo que sufrió. Él la agarró de las manos con ternura y le dijo: “Estoy absolutamente convencido de que todos tus relatos son reales. Percibo tu dolor, pero sé cómo la memoria esta contaminada por el ambiente en que vivimos, se altera por el nivel de consciencia que alcanzamos y, principalmente, se mezcla con el bagaje emocional que cargamos. Este paquete tiene el poder de nublar la mejor verdad. Mientras creas que cada ausencia de tu padre se transformó en una deuda afectiva que nunca podrá ser saldada dada tu necesidad de verlo como eterno deudor, no conocerás la fuerza liberadora del perdón, no experimentarás todo lo bueno que habita en ambos y, por tanto, no te permitirás la miel de la vida”.

Irritada, la joven volvió a relatar las esperas en vano, los paseos que nunca sucedieron, los abrazos que deseaba y no existieron, los besos que se disolvieron en el aire. Le preguntó al tío si él despreciaba sus sentimientos y todo lo que había vivido. El monje mantuvo la serenidad en su tono de voz: “Claro que no, mi querida. Apenas percibo tu insistencia en cargar un inútil libro contable, en el cual contabilizas tus penas, o los supuestos errores de tu padre. Mientras mantengas el mismo comportamiento, no habrá avance. Es indispensable quitarse la ropa pesada y oscura de la memoria y prestarle una más suave y colorida que permita mayor desenvoltura en tus próximos pasos. Es necesario otra visión. Recordar los eventos escolares a los que él asistió y permaneció sentado en un rincón sin alguna atención, haciendo el papel de extra; los fines de semana que fueron cancelados porque tu tenías un programa más interesante con tus amigas o alegabas estar resfriada; de los encuentros en los que te comportaste de manera tan reactiva que se volvieron aburridos dificultando cualquier manifestación de cariño”.

“Recuerdo haberlo encontrado cierta vez después de una fiesta de cumpleaños y le pregunté el motivo de su ausencia. Él confesó, con los ojos mojados, no haber sido invitado”, hizo una breve pausa y concluyó: “Si por un lado él no fue el mejor padre que podría haber sido, por el otro, fue el mejor padre que le fue permitido ser”. La sobrina bajó los ojos, el Viejo le acarició el rostro y prosiguió con dulzura: “No hay perfección en ninguno de los lados. Tu madre es mi hermana, sé que es una dulce criatura y que te crió con enorme amor, pero también sé del sufrimiento de ella con tu padre, de los celos del marido. Entiende que el ambiente era hostil para que una niña desarrollara la mejor imagen del padre, aunque sin cualquier acusación frontal. Tu memoria afectiva de la relación paterna quedó contaminada. ¿Errores de tu padre? Hubo muchos, sin embargo no fue un privilegio exclusivo. Todos tropezaron. Todos tenían motivos y justificaciones. Entender esto es comprender el significado mayor de la valiosa lección de ofrecer la otra cara, al permitirte ver a través de la óptica ajena. Esto no significa necesariamente darle la razón y sí respetar las sagradas razones del otro”.

Permanecieron algún tiempo en silencio hasta que la joven dijo que estaba dispuesta a darle una segunda oportunidad al padre. “Al hablar de una segunda oportunidad ya te colocas en un nivel distinto al de él, en posición superior, manteniendo el abismo que siempre los separó. ¿Por qué hablar de segunda oportunidad? ¿Será que él tuvo una primera? Ustedes se separaron desde temprano y la convivencia sufrió muchas interferencias indebidas. La convivencia entre padre e hija nunca tuvo la paz necesaria para florecer. Intenta acallar la voz del mundo, aquella que siempre señala los defectos de todos; escucha en el silencio lo que el corazón susurra al indicar la belleza existente en cada uno de nosotros. Es necesario consolidar las fracturas emocionales; descontaminar el pasado. Sólo así será posible la ligereza imprescindible para seguir en el Camino”. Hizo una pequeña pausa y finalizó: “Comúnmente imaginamos que nuestro discurso nos define; mera bobada. Muchos creen que nuestras acciones tienen la autoridad para hablar por nosotros; pura verdad. Sin embargo, nada revela mejor la esencia del alma que la manera como reaccionamos a cada movimiento del otro; este es el perfecto espejo. Toda convivencia trae en sí maestros ocultos. Agradece por todos ellos”.

El monje abrazó a la sobrina y le dijo: “A pesar de todos los desencuentros y espinas, nunca te olvides de lo más importante: tu padre nunca te abandonó. Durante todos estos años él se esforzó, dentro de los límites de la propia capacidad, para estar a tu lado. Si miras al margen de los resentimientos y decepciones, encontrarás el amor que tu padre siempre quiso ofrecerte sin haberlo podido entregar. La dificultad en aceptar el amor de tu padre puede estar en el miedo a derrumbar la imagen que tenías de él y de ti misma y a aceptar que todo lo que viviste hasta ahora haya sido una equivocación o una farsa. Renunciar al cómodo pero a la vez paralizante papel de víctima no siempre es fácil. Encara la oportunidad de escribir una nueva historia, en la cual haya lugar para la felicidad. Negar una oportunidad al amor es la mayor de las equivocaciones”.

La joven, con una lágrima escapando por los ojos, dijo que una buena sensación le invadía el cuerpo y que buscaría al padre en aquel mismo día para obtener los abrazos perdidos. Le dio un beso en la mejilla al tío y partió casi saltando, como si fuera una niña que descubre que el mundo puede ser un buen lugar. A solas con el Viejo le pregunté quién creía que tenía la razón en aquel embrollo. Él me miró con la piedad de quien tiene que explicar lo obvio y dijo: “Esto es lo que menos importa. Para todo hecho existen como mínimo dos versiones más allá de la verdad”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “La magia de la vida está en los encuentros. Allí te revelas, superas y entregas lo mejor de tí. Sólo entonces, más leve por haberte quitado tanto peso de la espalda, estás en condiciones de seguir adelante”.

Gentilmente traducido Maria del Pilar Linares.

 

Villanos maravillosos

En la pequeña y secular ciudad, situada en la falda de la montaña que abriga al monasterio, hay un antiguo y encantador cinema en frente a la plaza de la iglesia que yo frecuentaba siempre que los quehaceres de la Orden lo permitían. Esa noche, al final de la sesión, me encontré con Lorenzo mi amigo artesano, amante de los libros y de los vinos. Filosofía y vino eran sus preferidos. Arreglar zapatos era su oficio; remendar almas, su arte. Pronto me invitó a tomar una copa en una silenciosa taberna próxima. La conversación versó sobre la película que acabábamos de ver. Yo le dije que lo que más me llamaba la atención era el hecho de que el villano se hubiera “robado” la escena, dado el excelente trabajo del actor en la interpretación del personaje. El elegante artesano bebió un sorbo antes de hablar: “Entre mejor el villano, más interesante es el héroe. El villano es esencial en la vida del héroe pues lo ayuda a perfeccionarse, tanto en el arte como en la vida”.

No estuve de acuerdo de manera vehemente. Yo conocía personas insoportables y mi deseo era simplemente hacerlas desaparecer como por arte de magia. Lorenzo se rió y dijo: “Si todos nosotros tuviéramos ese poder perderíamos las mejores oportunidades de aprendizaje y, como consecuencia, de evolución. Los villanos tienen un papel importante en nuestras vidas, así como en las pantallas. Son los conflictos que mueven las historias tanto en la realidad como en la ficción y, por lo tanto, es indispensable que el antagonista provoque al protagonista para que descubra lo mejor de sí”.

La mejor parte

Cuando el hombre llegó al monasterio el cielo aún era un manto de estrellas. Bajó del carro para apreciar la belleza de la construcción apenas perceptible en sus contornos dadas las pocas luces encendidas. Alguien le había comentado sobre la Orden, de su raíz secular, de los estudios de filosofía y metafísica a los cuales sus monjes se dedicaban, además de los trabajos comunitarios. Los únicos sonidos que escuchaba provenían de los animales nocturnos del bosque cercano. Él todavía era joven y había abandonado la medicina dos años después de graduarse, al terminar la especialización en siquiatría, para conformar una sociedad empresarial con un buen amigo. Los negocios tuvieron éxito y había ganado mucho dinero. Compró un apartamento cómodo en un renombrado barrio de una metrópolis muy reconocida en tarjetas postales; tuvo coches caros, mujeres lindas y codiciadas, viajó por el mundo, mas nada le quitaba o le llenaba el vacío en su pecho, que percibía como una especie de hoyo negro que lentamente engullía toda su luz. Fue sorprendido por el ruido de pasos venidos del matorral, pero no sintió miedo. Se volteó y vio un haz de luz aproximarse poco a poco. Un monje, con la cabeza cubierta por la capucha protegiéndose del frío, caminaba a pasos lentos pero firmes, con un pequeño cesto en una de las manos y una linterna en la otra. “Las moras son más sabrosas cuando son recogidas bajo el rocío”, dijo el monje al aproximarse para mostrarle las pequeñas frutas acomodadas en el cesto. “Me encanta la mermelada”, comentó con absurda naturalidad como si esperara una visita desconocida en aquella hora de la madrugada. Lo invitó a entrar y tomar un café. El joven se presentó mientras se dirigían al comedor y quiso saber el nombre del monje. “Todos me llaman el Viejo”. Ante la cara de espanto del otro, añadió el anciano: “Pienso que es un buen nombre. La vejez me ha traído evidentes limitaciones físicas, un aviso para que yo perciba que la próxima estación está cerca. Por otro lado, me liberó de miedos e iluminó sombras. Me permitió entender el Camino, ser leve, aprender el valor de la dignidad, el sentido de la libertad y la importancia del amor sobre todas las cosas y personas. Me dio la plenitud en el sentir que el vigor de mi juventud no me ofreció y el mérito de traerme hasta aquí”. Se retiró la capucha para que el hombre pudiera apreciar el rostro arrugado y complementó: “Cuando me miro al espejo veo cada arruga como un capítulo de mi vida, que cuenta las guerras que tuve que atravesar para entender el valor de la paz, como un caravanero que necesita enfrentar el desierto inhóspito para entender toda la belleza y el valor del oasis, que irónicamente siempre estuvo escondido dentro, esperándole”, finalizó con voz dulce y una sonrisa sincera.

Sentados ante las tazas de café fresco, el hombre narró su vida al Viejo, que lo oyó atentamente. Habló sobre la inmensa melancolía que lo asaltaba a cualquier hora del día. Bebidas, además de lugares llenos y ruidosos le ayudaban a acallar ese sentimiento. Sin embargo, duraba pocas horas pues después aquella emoción densa regresaba todavía más cruel, como un verdugo que lo maltrataba sin piedad, cobrándole los parcos momentos de diversión. Lamentó haber abandonado la medicina y aunque hubiese ganado dinero en su otra actividad, no existía un único día que no pensara en cómo sería su vida si hubiese tomado otra decisión. Se sintió muy mal al ver un reportaje en una prestigiosa revista sobre un compañero de universidad que se convirtió en un médico muy reconocido, con amplia experiencia de cura en su especialidad. Culpó a sus padres y a su amigo, ahora socio, por influenciarlo en sus decisiones algunos años atrás. Su empresa, aunque bastante lucrativa, no le brindaba alegría o estímulo intelectual. Finalmente, cuando el hombre calló, el monje bebió un sorbo de café y dijo: “Condicionamientos culturales, sociales y ancestrales nos llevan a asociar el éxito personal con la ganancia financiera, como si éxito y dinero estuvieran relacionados. La riqueza no borra el rastro de lo que se perdió en el camino”.

El hombre alegó que una cosa no anulaba la otra. “Estoy de acuerdo contigo”, asintió el Viejo. “ No obstante, el viento que conduce hacia el sur es el mismo que impulsa hacia el norte. Es necesario entender en qué posición colocas las velas de tu barco: la riqueza como consecuencia natural de la búsqueda por la integridad del ser adiciona herramientas útiles; el dinero como objetivo primordial de vida substrae elementos esenciales para alcanzar la plenitud indispensable para la paz. Encontrarás tan solamente lo que estés buscando, nada más. ¿Percibes que tus padres y amigos apenas alimentaron un deseo que ya estaba latente en ti? Es decir, te dijeron lo que querías oír. Culpar a los otros por tus elecciones es transferir la responsabilidad que te cabe en las decisiones inherentes a la propia vida y, peor, desperdiciar la preciosa lección. Tu renunciaste a un sueño en busca de un deseo y ahora percibes que tus decisiones, aunque alimenten el ego, son insuficientes para el alma. El vacío que tu sientes es el hambre por Luz”.

El hombre confesó que si pudiera volver en el tiempo tomaría otras decisiones. El monje arqueó los labios repletos de compasión y dijo: “Mantén la calma, todo eso es común en el proceso de aprendizaje y ya comienza a mostrar su valor, por la voluntad de tu alma, al sacar a la luz tu esencia. Un ángel que estuvo recientemente encarnado entre nosotros enseñó que ‘es imposible reescribir el pasado, sin embargo podemos construir un futuro diferente’. El pasado es lección; el presente es transformación; el futuro es inspiración. Pienso que es esto lo que te corresponde. Por lo tanto tendrás que aprender a alinear el ego con el alma, rescatar tus sueños, ejercer tus dones y dejar atrás conceptos y actitudes que ya no te sirven más”.

El joven se mostró interesado y le preguntó al Viejo como hacer. El anciano respondió de repente: “No tengo la menor idea”. Atónito, el hombre confesó que la razón de su visita era la búsqueda por la exacta respuesta, la receta de ‘cómo’ realizar. El Viejo dijo con su voz suave: “Administrar la vida ajena puede parecer fácil y ser una tentación, no obstante es un tonto ejercicio de arrogancia y ligereza. Muchos tienen soluciones para la vida de los otros, pocos para la suya. Tendrás que encontrar tu propio camino, en búsqueda profunda por conocerte mejor y por entero. Iluminar tus sombras y abrazar tus sueños. Entender y tener el coraje de ser tu mismo. En la belleza de ser único, aceptar que cada cual tiene un sendero propio, que se entrelaza con el sendero de todos para converger en el Infinito. Esto es lo que hace la vida de cualquier persona una aventura mayor que cualquier película del cine. Tú eres el héroe y el villano de tu propia historia, ya que tan sólo tu puedes salvarte a ti mismo; por otro lado, nadie te perjudica más que tu mismo. Vivir conscientemente este discurso te hace grande”.

El joven quiso saber si el anciano podría ayudarle de alguna manera, pues no sabía por dónde comenzar. El monje respondió: “Puedo hablarte de la importancia del amor, de la belleza de la paz, del valor de la dignidad, de la magia de la transformación, mas nunca sobre ‘qué’ y ‘cómo’ hacerlo. Encontrar tu verdad, entender como ella evoluciona, es vislumbrar el Camino. Esto es personalísimo. Las elecciones son las únicas herramientas disponibles para ejercer tu espiritualidad, convertirte en un andariego y permitir que florezca lo mejor que habita en ti. Ellas definen tu corazón y tu mente; son el fuego y la forja de tu perfeccionamiento. Tus decisiones revelan cuánto de lo divino ya descubriste en ti y cuánto te falta. Esta es el infinito viaje y el Camino es el único maestro, el maestro de todos”.

El hombre sonrió por primera vez desde que llegó. Dijo que estaba dispuesto a hacer serios cambios en su vida y que no permitiría más interferencias ajenas en sus decisiones personales. El Viejo meneó levemente la cabeza señalando que el joven aún no había entendido: “Aquí en el monasterio tenemos una pequeña cría de ovejas que pastan en la montaña. Raramente perdemos una debido a ataques de algún predador, pero en general, cuando una de ellas resuelve pastar en los senderos de las vacas, acaban perdiéndose. El poder es y siempre ha sido tuyo. Es a ti a quien debes vigilar para comenzar a hacer buen uso de él”.
Con los ojos llorosos, el joven dijo que la atmósfera del monasterio le traía una extraña y agradable sensación de calma. Le preguntó si podría quedarse algunos días y participar de la rutina de los monjes. “Quédate el tiempo que quieras. Involúcrate en nuestros trabajos y estudios. Cuando creas que llegó la hora, parte. El mundo, a pesar de lo que dicen algunos, es un lugar maravilloso para ser feliz. ¡Deléitate Yoskhaz!”, finalizó el Viejo, hace muchos años atrás.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

El encanto de los rituales

La mañana parecía soñolienta. Era el último día del año y yo estaba viendo por internet los preparativos para las fiestas en varios lugares del mundo. Todos los periódicos mostraban las mismas noticias. La pereza y el mal humor estaban instalados en mis entrañas. Después del desayuno el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, percibiendo mi desgana, me invitó a caminar por uno de los senderos del bosque localizado en la montaña que abriga al monasterio. Por algún motivo que no puedo explicar, andar activa mi mente así que comencé a exponer mis lamentos sobre las celebraciones de Año Nuevo al considerarlas innecesarias, pues al final es una noche como cualquier otra, con nubes o estrellas y el sol inexorablemente saldrá por la mañana. El monje no comentó nada. Animado al imaginar que estaba de acuerdo conmigo, quise saber lo que pensaba. El Viejo me miró rápidamente, me brindó una sonrisa traviesa y dijo: “Creo que estás muy tedioso, Yoskhaz” y continuó caminando.

Tristes acreedores

El viento frío del otoño circulaba junto a mí por las estrechas y sinuosas calles de piedra del secular pueblo situada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Era mitad de tarde, ya había acabado mis quehaceres y aguardaba un aventón que sólo ocurriría en la noche. Mi cuerpo encogido se protegía de la ventisca que se colaba entre los muros y hendiduras de las encantadoras construcciones, hasta que vi la antigua bicicleta de Lorenzo, el elegante zapatero, amante de los libros y de los vinos, apoyada en el poste en frente a su taller. Arreglar zapatos era su oficio; remendar almas, un don. Satisfecho con mi suerte, pensé que nada podía ser mejor que un café caliente acompañado de una buena conversación en un fin de tarde solitaria. Tan pronto entré a la zapatería fui atropellado por una bella mujer, de edad madura, que salió como un tractor descarriado por la propia irritación. El buen artesano me recibió con su mejor sonrisa y después de sentarnos ante dos tazas humeantes colocadas sobre el balcón del taller, dijo refiriéndose a la mujer que por poco me tira al piso: “Es una acreedora emocional. Una triste y eterna acreedora”, hizo una pausa antes de completar: “Por lo menos es así que se muestra ante todos los que se cruzan por su camino”.

Las sutilezas de la verdad

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, cuidaba del jardín en el patio interno del monasterio cuando llegó un hombre en busca de amparo ante sus aflicciones. Se sentía atormentado con una serie de actitudes del pasado que ahora le corroían la consciencia. El Viejo, sentado a la sombra del rosal, me pidió que lo atendiera. El hombre me contó una triste historia donde infringió dolor y sufrimiento a otras personas. Indignado, fui duro en mis palabras, sin esconder mi incomodidad ante lo que acababa de oír. Visiblemente avergonzado, el hombre agradeció, por educación y no por sentimiento, se levantó y se retiró. El monje que estaba viendo la situación dijo: “La sabiduría milenaria nos enseña que ‘no es no, sí es sí’; sin embargo, tenemos la opción de decir la verdad con miel o con hiel”. Le respondí diciendo que no podemos vacilar con la verdad. Dura o amarga ella tiene que ser dicha. “En ese caso, él ya tiene la exacta medida de los errores del pasado y necesita más de compasión que de reprimenda”… El monje expuso su punto de vista.

El Viejo colocó el alicate en el bolsillo, me ofreció una sonrisa bondadosa y dijo: “La verdad siempre será un valioso remedio. Como todo medicamento, la dosis inadecuada se vuelve veneno. La verdad es terapia esencial de cura. Imposible atravesar el Camino sin aliarnos a ella. Solamente la verdad ilumina las heridas que tanto incomodan y que todavía no diagnosticamos. No obstante, la elección de las palabras, la manera y el momento de hablar son dosis de ese valioso remedio. No podemos dirigirnos a todos de una única forma o en el mismo momento. Algunos ya tienen la capacidad de soportar dosis mayores; en otros, tenemos que comenzar suministrando pequeñas gotas para que no haya rechazo, casos en los que almas enceguecidas y desprevenidas entran en colapso y se niegan a proseguir el tratamiento de cura”. Hizo una pequeña pausa y dijo: “Recuerda que la verdad absoluta nos aguarda en una estación distante. Ella va presentándose paso a paso, a todos sin distinción, según la medida del andar y del ritmo de cada uno en el Camino. No es diferente para mí o para ti”, dijo el Viejo.

El escape del mundo

Era un típico día de invierno. El cielo azul, sin ninguna nube, permitía que el sol nos acariciara la piel sobre el abrigo de lana; agradable y acogedora sensación. El día amanecía cuando fui llamado al portón para guiar a un señor que deseaba conversar con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano de la Orden. Como estaba temprano, el monje sugirió que la conversación transcurriera en el comedor pues imaginaba que el visitante había partido de madrugada, cuando aún estaba oscuro, para llegar al monasterio localizado en la montaña. Como ya habíamos realizado la meditación, primera actividad del día, y estábamos en ayunas, todos nos sentamos en la enorme mesa. Cuando los demás monjes se retiraron a sus quehaceres, el Viejo le preguntó al visitante cómo podría ayudarlo. El hombre manifestó que tenía ganas de huir del mundo, ya que la soledad lo corroía al sentirse abandonado por los hijos y nietos, cuyas visitas eran cada vez más raras. Tenía la fuerte resolución de abrazar la vida monástica, adhiriéndose a las hileras de la Orden. Con la mirada suave y la voz repleta de bondad, el monje le explicó: “Soledad no significa desistencia, tampoco huir del mundo traerá la deseada paz. Es necesario entender la búsqueda para direccionar el rumbo del destino”. El hombre declaró que estaba cansado de la ingratitud de la vida en sociedad, que se había dedicado al trabajo y a la familia durante su existencia para recibir tan sólo el olvido como moneda de pago. Amargado, confesó que si no era importante para los suyos prefería alejarse.

El sentido de la victoria

Era fin de tarde, estábamos sentados en la estación esperando el tren que nos llevaría hasta la pequeña ciudad al pie de la montaña que acoge al monasterio. Habíamos ido a visitar a una joven que estaba pasando por un tratamiento oncológico en un moderno hospital de una metrópolis no muy distante. Como de costumbre el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, parecía encantado con todo a su alrededor. El movimiento, las tiendas, las personas; la alegría y la tristeza por las llegadas o partidas; los abrazos emocionados, sonrisas y llantos ante los encuentros y las despedidas; los solitarios. “Esta plataforma es la síntesis del mundo”, comentó sin mirarme, sabiendo que yo lo observaba. Le dije que me parecía extraña la manía que tenía de encontrar belleza en todo y en todos. “Es necesario ejercitar el ver más allá de las apariencias, de las formas y, principalmente, de la ilusión. Es necesario deleitarnos con la esencia. El Maestro nos enseñó que ‘cuando el ojo es bueno, todo el cuerpo es luz’, citando un pequeño trecho del Sermón de la Montaña.

Refuté diciendo que la práctica era muy distinta de la teoría. Usé como ejemplo a la joven enferma que habíamos visitado aquel día. El médico no le había dado ninguna garantía de éxito en el tratamiento y el futuro de ella era una incógnita. Como agravante, ella vivía como si tuviese un cuchillo afilado en el cuello ante la inminencia del corte. “Todos lo tenemos, tan sólo desconocemos la hora y la forma del golpe. Las láminas se presentan en innumerables facetas. Accidentes, catástrofes, asesinatos; enfermedades inesperadas, lentas o fulminantes; vicios y tristezas, graves variantes de suicidio inconsciente; el conteo variable, inconstante e implacable de la ilusión del tiempo”, hizo una breve pausa y comentó: “A propósito, ¿te diste cuenta de lo feliz que ella estaba?”.

Respondí que todo era parte del teatro para intentar alegrar a los parientes que tanto la amaban, pues nadie podría estar bien ante aquella situación. El monje aparentó no haber entendido nada y comentó: “Estuve conversando mucho con ella. La enfermedad le hizo reflexionar sobre la muerte, lo que le permitió alterar el sentido de la vida, pura expansión de consciencia. Hubo un cambio de valores. Situaciones relegadas a un segundo plano, sentimientos adormecidos y compromisos olvidados o pospuestos tomaron importancia y emergieron para ganar fuerza y poder. Cosas que siempre fueron urgentes acabaron por demostrar su irrelevancia. Todo cambió. A veces la enfermedad del cuerpo es el remedio del alma. Para algunos es el método más eficaz de cura. No lo dudes, la felicidad y la paz que ella siente son sinceras y probablemente nunca las tuvo antes, al menos no en tal magnitud”.

“Dificultades y decepciones pueden abatir y consumir nuestras fuerzas o nos pueden enseñar valiosas lecciones de perfeccioamiento y darnos la fuerza necesaria para el próximo combate, que siempre llegará. Sea de una manera o de otra, el Universo conspira a nuestro favor y cabe a nosotros entender y aprovechar, en vez de obstaculizar o lamentar. En todas las situaciones, sean victorias o derrotas, dolores o delicias, la vida siempre nos ofrece un cáliz repleto de veneno y otro de miel. Somos nosotros que escogemos cual beber”.

Le dije que tal vez de nada servirían todos los beneficios espirituales adquiridos por la joven si le restaba poco tiempo de vida. El Viejo movió la cabeza contrariado antes de decir: “Esto no tiene importancia”, y antes de que yo articulase cualquier palabra prosiguió: “¿No percibes que esa nueva visión es herencia eterna, tesoro inmaterial que ella llevará en el equipaje para el próximo trecho del Camino? ¡Esta ganancia es real! ¿Estás olvidando que el viaje no tiene fin? La enfermedad fue apenas el calderón, pero podría haber sido una separación conyugal o una pérdida del trabajo. Lo importante es que ella se permitió añadir el ingrediente esencial: el amor sobre todas las cosas. Después lo revolvió con la cuchara de la sabiduría concedida por la propia expansión de la consciencia. Listo, aquí está la magia de la transformación del plomo en oro. Esta es la alquimia de la vida”.

Solamente en aquel momento recordé algunos casos conocidos de personas que se volvieron mejores y más interesantes después de dolorosas situaciones de divorcio o falencia. Vieron su mundo derrumbarse, enfrentaron terribles tempestades y sobrevivieron para reinventarse y volar más alto de lo que eran capaces de imaginar antes de que surgieran las dificultades.

Como si conociera mis pensamientos, el Viejo comentó: “La derrota o la victoria, independiente del aparente júbilo o tragedia, se definen según la amplitud de tu mirada. Es una elección del alma. Algunas veces la victoria sólo es permitida en la derrota”. ¿Cómo así? Le confesé que no había entendido. El monje mantuvo su enorme paciencia para que yo comprendiese lo obvio: “Ganar no siempre es vencer, pues existen dos aspectos verdaderos y ocultos en esta frase. El primero es que no se alcanza la victoria ganando a cualquier costo. Hay que recorrer el inevitable camino de la dignidad o nada tendrá valor. El otro, nace de la lógica invertida: perder no siempre significa derrota. Mientras el desesperado llora por la tragedia, el sabio agradece por las alas”.

Ante mi espanto, puso un ejemplo para ayudarme: “Para el enfermo la proximidad de la muerte puede ofrecerle la infinita dimensión de la vida. Cuando esto sucede la felicidad y la paz son indescriptibles. Se pierde el cuerpo y se gana el alma”. “¿Cuántas veces el distanciamiento de la persona amada fue la oportunidad para aproximarse y conocerse a sí mismo? Se pierde al otro y se gana a sí mismo”. “La pérdida del empleo que significaba la ilusión de la estabilidad puede proporcionar el desarrollo de dones y talentos, rescatar el sueño escondido y permitir el despertar de todo el potencial personal y profesional adormecidos. Se pierde un puesto y se gana el mundo”. “Esos son los milagros de la vida. Las transformaciones indispensables que harán florecer lo mejor que nos habita. Por lo tanto, algunas veces es necesaria la fuerte presión de la tierra para que la semilla explote y germine”. Hizo una pequeña pausa, me miró profundamente a los ojos y dijo: “La felicidad y la paz no nunca serán una condición material y sí una decisión filosófica para aprender, transmutar, compartir y seguir”. En este instante el tren se acercó a la estación y ante mi desconcierto, yo aún intentando alinear todas aquellas palabras, el Viejo sorriso de manera picaresca, apuntó hacia el vagón con la quijada y dijo: “Es hora de partir, Yoskhaz. ¿O prefieres quedarte?”

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

El poder de las elecciones

“Ser fuerte es una elección. Nadie nace valiente o cobarde; no obstante todos los días, en cualquier momento, escogemos huir o enfrentar la batalla que se presenta dentro y fuera de nosotros” dijo Canción Estrellada, el chamán que mediante la palabra, cantada o no, narraba la sabiduría ancestral de su pueblo. Estábamos sólos, sentados alrededor de una pequeña hoguera y el manto de estrellas inspiraba nuestra conversación. En aquel día había tenido lugar una ceremonia destinada a los jóvenes de la tribu que sellaba el paso de la adolescencia a la vida adulta. Recordé las palabras dichas por el chamán al finalizar el ritual: “Comprender que eres capaz de resolver los problemas que surgen, aceptar la responsabilidad que te corresponde y tener el coraje para luchar, perfilan la madurez forjada en el guerrero que solamente después de ser pulido en muchas batallas estará listo para sentarse entre los sabios”.

Comenté que admiraba la valentía de algunas personas que eran determinadas en sus objetivos y verdades. Por fin le confesé, no sin un atisbo de verguenza, que a mi me gustaría ser uno de ellos. El chamán dio una larga bocanada de su pipa de hornillo de piedra, me observó por algunos instantes y dijo: “Todos los héroes que he conocido han navegado los mares de la duda y han transitado por los bosques del miedo. Son tiempos sombríos, de incertidumbres internas pero necesarias. Buscaron en la quietud y en el silencio las respuestas que necesitaban. Las dificultades perfeccionan el carácter y fortalecen el espíritu. Sólo así cimentamos la fuerza dentro de nosotros y perfeccionamos nuestras elecciones”. Comenté de repente que no había comprendido todo el alcance de sus palabras. Canción Estrellada me miró a los ojos y dijo: “Las elecciones son las únicas herramientas que tenemos para ejercitar la espiritualidad. No hay otra, de allí su valor. A través de ellas aprendes absolutamente todo lo que necesitas: a diferenciar el bien del mal; la esencia de la apariencia; la justicia de las leyes; que para ser grande es necesario ser verdaderamente humilde; que los verdaderos revolucionarios son mansos, pues saben que las transformaciones que cambian al mundo son interiores; que sin pureza en el corazón no existe victoria; que es imposible ser feliz sin perdonar; que sin compasión no existe vida en común; que sin renunciar no se puede amar y, finalmente, que siempre es posible escoger diferente y mejor”. Hizo una larga pausa, con los ojos perdidos en las llamaradas, y volvió al asunto: “Nos gusta pensar que somos el discurso que narramos de nosotros mismos cuando nos mostramos a los otros, pero no. En verdad, somos la sumatoria de las elecciones que hacemos en el transcurso de la existencia. Ellas nos permitieron llegar hasta donde estamos, entre errores y aciertos, dolores o delicias. Las elecciones nos definen e indican el futuro próximo, pues están inexorablemente vinculadas a la Ley de Acción y Reacción. Las elecciones muestran como atraviesas el Camino, sus percances o beneficios”.

El escudo contra el mal

El escudo contra el mal

“Solicitar ayuda a las fuerzas luminosas del Universo ante una dificultad de la cual no se tiene ningún control es loable, pues demuestra humildad”, le dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a un hombre que fue al monasterio en busca de auxilio pues pasaba por una situación que lo afligía. En seguida advirtió: “No obstante, pedir auxilio para que hagan el trabajo que te corresponde tan sólo revela la falta de entendimiento de las Leyes y no sucederá. La vida no es dura para maltratar y sí para enseñar. No hay privilegios, apenas lecciones”.

Como una tempestad que llega sin anunciarse, la vida de este hombre de un momento a otro tomó un giro inesperado. Conflictos familiares sin sentido y complicaciones profesionales lo llevaron a serias dificultades financieras, como consecuencia inmediata y visible del infierno que vivía en suelo terreno. Con ojos llorosos confesó que estaba desorientado para continuar en la lucha. Los tres estábamos en el comedor y yo les servía café con pastel de maíz. El hombre muy culto y con óptima apariencia relató que hasta hace pocas semanas navegaba en aguas tranquilas por los mares de la vida. Una familia aparentemente bien estructurada, socio de una empresa que generaba lucros suficientes para sostener una condición material por encima del promedio, hasta que en algún momento todo cambió.

Mi personaje favorito

Estaba con Lorenzo en una taberna en la pequeña y secular ciudad próxima a la montaña que acoge al monasterio. Habíamos acabado de intercambiar ideas sobre sufrimientos y decepciones. El buen zapatero fundamentó con maestría que el amor no es la causa de ningún dolor y que desde siempre viene siendo agraviado, pues damos oídos a las sombras, emociones sin nobleza, en vez de comprender toda la grandeza de un sentimiento capaz de transformar al mundo por su capacidad para hacer florecer lo mejor que existe en nosotros. Ya habíamos solicitado la cuenta cuando, de repente, él dijo: “Pienso que no es sólo esto. Siempre que hablamos de las sombras nos referimos a las más conocidas como la envidia, el miedo, los celos, la vanidad y la ignorancia. Muchas veces olvidamos la mentira, tal vez por ser tan íntima”. Confieso que quedé atónito. Lorenzo lo percibió, sonrió y explicó: “De todas las sombras, tal vez la mentira es la cárcel de más difícil liberación por ser la más furtiva. Me refiero a la mentira que nos contamos a nosotros mismos; ella nos hace huir de la realidad ante la ilusión de comodidad de quienes temen a las tribulaciones de una buena batalla. Esta sombra nos lleva a crear y a interpretar papeles distantes de la verdad”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Existe más de nuestra esencia en la parte que escondemos que en la parte que mostramos; hay cosas más ocultas en el fondo del cajón que aquello expuesto en la vitrina. Esto es lo que vendemos de nosotros, aquello es lo que somos. Esta es la razón de muchas frustraciones”.

Nadie sufre por amor

Era aquella hora indefinida en que no sabemos si es día o noche. Algunas tiendas ya comenzaban a prepararse para cerrar. Apresuré el paso por las estrechas y sinuosas calles de la ciudad secular cercana a la montaña que acoge al monasterio de la Orden. Deseaba que la oficina de Lorenzo estuviera todavía abierta para invitarlo a tomar una copa de vino y conversar. El elegante zapatero era amante de los libros y de los vinos. Filosofía y los tintos eran sus preferidos. Su antigua bicicleta recostada en el poste era señal de que yo estaba con suerte. Cuando entré en la tienda me tropecé con una bella joven que salía. Noté en su semblante cierta tristeza y sus ojos hinchados de llorar. Fui recibido con la alegría de siempre. Lorenzo era un príncipe, su reino era la nobleza en el trato personal con toda la gente, la elegancia de los gestos y del pensamiento. Él solía decir que “Es necesario iluminar los pasos y no empujar hacia el abismo. La hora y la manera de usar las palabras es un arte”. Sin necesidad de que le preguntara, me dijo que la muchacha era su sobrina y había ido a conversar sobre la reciente separación. La joven estaba inconsolable.

Seguimos a la taberna y, después del primer sorbo, le comenté que me llamaba la atención el hecho de que las personas se abrieran tanto con él. “Tal vez porque nada pregunto. Considero que esto las deja a gusto para hablar”. Conversamos un poco sobre el motivo del sufrimiento en las relaciones afectivas. Aproveché para hablar sobre algo que me intrigaba: Si el amor es algo tan bueno, ¿por qué este precioso sentimiento causa tanta tristeza?

Alegria, alegria

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, había sido invitado por el vicario de la iglesia localizada en la pequeña y encantadora ciudad próxima a la montaña que abriga al monasterio a proferir algunas palabras durante la misa de domingo. Eran viejos amigos. El monje me pidió que lo acompañara; llegamos temprano y aguardamos en el banco de la plaza en frente a la iglesia. El Viejo disfrutaba del sol que calentaba su cuerpo en aquella mañana fría de otoño. El sol, el frío, las ardillas, padres que paseaban con sus hijos pequeños, hijos que paseaban con sus padres ancianos, la algarabía de los niños, los jardines y los pájaros, en fin, la vida pulsante en todas sus manifestaciones deleitaba al monje. “Todo esto alimenta mi silencio”, comentó.

La misa transcurrió tranquilamente en su ceremonial hasta que el Viejo fue llamado a subir al púlpito. El vicario previno a los presentes diciendo que no se extrañaran por la línea de discurso del monje, aunque profundamente cristiano, pertenecía a una orden esotérica secular dedicada al estudio de la filosofía y de la metafísica. El Viejo agradeció e inició su discurso: “Voy a proferir algunas palabras sobre la grandeza de la gratitud, virtud tan mal interpretada”.

El enigma de la paciencia

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, parecía encantado con los rosales del patio y los podaba como buen jardinero. Le pregunté si podía hacerle compañía. Él asintió con la cabeza y sus ojos indicaron un banco próximo para sentarme. Permanecimos en silencio por buen tiempo alimentando el alma con la quietud de las horas, hasta que le pregunté si podíamos conversar. El monje arqueó los labios en breve sonrisa que interpreté como un consentimiento. Expuse mis reflexiones y dudas sobre la virtud de la paciencia y su importancia para la felicidad. Él me escuchó sin decir palabra, después tomó el alicate del bolsillo, se acomodó en un banco a la sombra en frente a mí y dijo mientras se distraía con una pequeña oruga en la palma de la mano que acababa de arrancar del rosal: “La paciencia es alimento indispensable del alma en el camino hacia la plenitud del ser, en donde reside la paz”, hizo una pausa por algunos instantes como si buscara las mejores palabras y prosiguió: “Sin embargo, la paciencia es una virtud valiosa que posee un precioso enigma. La llave para descifrarlo es la sensibilidad”.

Lección de casa

Había terminado un largo y productivo periodo de estudios. Lecturas, meditaciones, reflexiones y conversaciones profundas fueron partes importantes en la búsqueda de conocimiento que cerraban un ciclo. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano del monasterio me recordó que teoría sin práctica es remedio olvidado en el cajón, pues pierde la razón de existir por no curar. “Conocimiento sólo se traduce en sabiduría cuando es vivido en todas nuestra relaciones”, advertía el monje a sus discípulos. Yo me veía de manera diferente como si poseyera una importante herramienta, buscando la mejor oportunidad para usarla. Cuestioné al viejo monje al preguntarle cuál sería la mejor aplicación de mis dones y talentos. Él estaba entretenido en la poda de un rosal; como siempre paciente con todos, me miró por encima de las gafas y dijo: “No tengo tal información. Toda decisión es importante y no es aconsejable transferirla a nadie, por más querido y bien intencionado que sea el interlocutor. El poder de decidir sobre el destino es, o debería ser, personalísimo. No renuncies a la libertad que la vida te concede en tus decisiones pues de cualquier forma, sea siguiendo a tu corazón o a la lógica ajena, no escaparás de las responsabilidades y consecuencias; por lo tanto, erras o aciertas por tus verdades. La Vida te impone el caminar como única manera de entender el Camino”.

La gran aventura

Caminaba por las calles medievales de la pequeña ciudad localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Era acosado por los vientos fríos de otoño que me obligaban a protegerme entre las paredes y los muros de las antiguas construcciones. Me alegré al ver la clásica y bien conservada bicicleta de Lorenzo apoyada en el poste en frente a su taller. Encontré al buen zapatero elegantemente vestido, como de costumbre, trabajando en una cartera cara de una bellísima mujer, la cual esperaba el arreglo. Fuimos presentados y el hábil artesano me explicó que la joven había sido amiga de su hija en el colegio, por lo tanto, la conocía desde que era niña. Contento al verme, me pidió que lo esperara un poco pues quería que tomáramos un café mientras me contaba sobre un nuevo libro de filosofía. Trabajar sobre el cuero era el oficio de Lorenzo; prosear sobre filosofía era su arte. Ni me había acomodado en una esquina cuando la bella mujer comenzó a hablar de los viajes que había realizado por exóticos lugares. Paseos en globo sobre volcanes, saltos en paracaídas, peligrosas corrientes en frágil kayac, entre otras hazañas. Finalizó afirmando su enorme gusto por aventura. El sabio artesano, inmerso en el trabajo, no pronunció palabra. En seguida, como si tuviera dificultad con la quietud y el silencio, la joven dijo que no veía la hora de iniciar la escalada al Everest que estaba programada para el próximo verano y comenzó a explayarse en los preparativos y riesgos de la nueva aventura hasta que, en determinado momento de la narración, dijo que ese gusto por la aventura lo había adquirido del ex marido. En ese momento el zapatero, sin levantar la cabeza, me miró por encima de las gafas que le corregían la vista cansada, permaneció callado y volvió al trabajo. Como en una ópera previsible en seguida ella contó cómo había sido feliz en aquellos años, pero quiso subrayar, sin parecer muy sincera, que no le gustaría encontrárselo en alguno de esos viajes. De inmediato dejó traslucir cierta tristeza por el término del matrimonio que, evidentemente, ocurrió contra su voluntad. Lorenzo levantó la cabeza, miró a la bella joven a los ojos y le dijo con bondad: “Lo más interesante de las personas no es lo que ellas muestran y sí lo que esconden”.

Por el prisma de la Luz

“Lo que nos hace buenos o malos no es lo que nos sucede y sí como reaccionamos al hecho”, dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, provocando una gran discusión en la universidad de una gran metrópolis, donde fue invitadado a una mesa de debates con filósofos, profesores, científicos y artistas. Uno de los participantes, hombre culto y gentil, discordó totalmente argumentando que las personas son fruto del medio en el que viven. Articulado con las palabras y una óptima retórica, sustentó que las experiencias de la convivencia social condicionan y aprisionan las decisiones, a través de sus hechos y traumas. El Viejo volvió a discordar: “Atribuirle al mundo la responsabilidad de nuestros errores es vestir el disfraz de la pobre víctima. Esto no ayuda a nadie, en nada. Es fundamental deshacerse del personaje para entender que es posible actuar diferente. Seguir sin la culpa que limita pero con la responsabilidad de que de ahora en adelante hará lo mejor, pues estará comprometido con la Luz”.

La luz de la verdad

Andaba malhumorado por los rincones del monasterio. Evitaba tareas en las que tuviera que conversar con los otros discípulos o monjes. Todo me incomodaba. Al percibir mi descontento, el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, me invitó a dar un paseo por el jardín. Él intentaba conversar mientras que yo insistía en respuestas monosilábicas que demostraban mi estado de ánimo. En cierto momento el Viejo dijo: “Entre más iluminado es un espíritu, más bienhumorado es su comportamiento. Las Esferas Superiores, independientemente de la forma como tu las concibas, están revestidas de un ambiente alegre. Al contrario de lo que muchos intelectuales imaginan, no existe sabiduría en la irritación y en la impaciencia. La verdad es liberadora, tornándose fuente de infinita alegría y paz”. En ese instante me detuve, miré al monje y le dije que el motivo de mi desánimo estaba relacionado con la humanidad, pues la verdad de una persona no era necesariamente la verdad de la otra; por ello no veía un final feliz para el mundo. El Viejo se sentó en un banco de madera, como quien no tiene prisa, y con voz suave dijo: “La verdad es aparentemente inestable pues la consciencia de las personas está en diferentes niveles y en constante evolución”. Lo interrumpí alegando que ese era el motivo de eternos conflictos. “No”, refutó el monje. “Exactamente es en este punto donde reside la Inteligencia Cósmica. Al imponer la convivencia entre aquellos que se encuentran en diferentes momentos evolutivos, permite que unos enseñen a los otros. Ella nos hace alumnos y profesores a través de incesantes lecciones. Tenemos la oportunidad de experimentar la belleza de compartir amor y sabiduría mediante la convivencia. A medida que el entendimiento se amplia, las personas, cada cual en su momento, comienzan a percibir la importancia de los bienes inmateriales en detrimento de las riquezas aparentes; dan valor a los sentimientos más sublimes en lugar de las emociones más sensoriales. Poco a poco el amor muestra su grandeza ante el odio; el perdón libera el dolor. Solamente en la belleza de la transformación individual será posible modificar y alinear el planeta”.

La voz del corazón

Canción Estrellada – el chamán que recibió este nombre gracias a su don de preservar y sembrar la tradición de su pueblo a través de la palabra, cantada o no – estaba cambiando el cuero de su tambor de dos caras en frente a su tienda. Yo había resuelto salir de la ciudad durante un tiempo, estaba incómodo con las duras críticas que los originales de mi última novela habían recibido, al punto de hacerme dudar de mi propio talento como escritor. Había recibido algunos elogios, sin embargo las críticas fueron feroces y la tristeza me corroía las entrañas. Tan pronto lo vi, derramé todas mis quejas. Como él estaba trabajando, continuó y sin levantar los ojos dijo: “Tú no sabes darle la exacta medida a las opiniones ajenas. No todo elogio es sincero ni toda crítica es justa”. Paró de encordar el tambor por algunos instantes, me miró a los ojos y habló con voz suave y ronca: “Ya te enseñé sobre el Portal Sur, pienso que llegó la hora de hablar sobre el Portal Oeste, donde vive el oso en la Rueda de Cura”. Me mandó a descansar y pidió que fuera a su encuentro cuando “el Gran Misterio cubriese la Tierra con su manto de estrellas”.

En la noche encontré al chamán sentado, solitario, en frente a una pequeña hoguera. Me convidó a que fumáramos juntos su inseparable pipa de hornillo de piedra. Después de dar algunas bocanadas en silencio dijo: “La Rueda de Cura es el símbolo sagrado que representa la vida de cada uno en esta existencia. La vida es el tratamiento de cura del espíritu. A cada lección aprendida o herida cicatrizada avanzamos un aro de la Rueda”. Dio una pausa y prosiguió: “En el lado Oeste de la Rueda, donde el sol se pone, está el espacio sagrado del Oso, su caverna, donde se retira para el sueño invernal después de probar todos los alimentos de las demás estaciones”. Aguardé sin decir palabra, pues no estaba entendiendo a dónde quería llegar Canción Estrellada. “El oso busca el silencio de la caverna para apaciguarse y dedicar un largo periodo para digerir todo lo que comió. Con la llegada de la primavera despierta más fuerte para enfrentar y vivir la vida. Esta es la lección y el poder del oso. Con nosotros no es diferente”. Insistí en que continuaba sin entender. Él me miró con enorme paciencia y dijo: “Cada vez más las personas oyen todas las voces en detrimento de las palabras del propio corazón. Escuchan mucho pero entienden poco. Percibo una enorme búsqueda por distracción y diversión, no es que ésto sea malo, pero están desaprendiendo a oír su propia verdad, pues cada vez más tienen dificultades para estar apenas consigo, como si no entendieran que la soledad es un ejercicio necesario para escuchar la voz del corazón. ¿O será que están huyendo de encontrarse consigo mismas? ¿Por qué tanto temen ese encuentro?”.

Argumenté que oír es importante, pues aprendemos mucho de los otros. “Sin duda; sin embargo sólo tú podrás escoger en qué dirección seguir”, respondió y continuó: “Por lo tanto es necesario filtrar, depurar y contextualizar las voces del mundo, sin olvidar que sólo tú sabes y puedes decidir sobre tu propia vida. No puedes temer a tus elecciones, pues son los únicos instrumentos de los que dispones para tu mejoramiento, lo que te diferencia y te hace único al ejercer los dones que te pertenecen. Seguir a la manada no te hará escapar de las responsabilidades que te caben, tan sólo impedirá que florezca lo mejor que existe en ti. Aquellos que caminan en belleza no pueden renunciar de la valiosa lección del oso, la búsqueda de sí mismo y el encuentro con la verdad”.

Le pregunté cómo podría vivir las enseñanzas del Portal Oeste. El chamán dio una larga bocanada, sus ojos parecían perdidos en las estrellas. “Son tres pasos”, dijo. “El primero es la introspección. En la quietud y en el silencio, penetra en tu espacio sagrado en una inmersión profunda en las aguas tranquilas de la esencia de tu ser. Estar apenas contigo es maravilloso”. Me observó por algunos instantes y preguntó: “Me gusta  confraternizar con mi pueblo pero ¿puedes percibir la importancia de la soledad?”. La pregunta era apenas retórica, pues no esperó mi  respuesta y continuó: “El segundo paso es tener la sabiduría para oir la propia voz y saber discernir entre la voz del ego y la voz del alma. Solamente ésta última te dirá la verdad sobre el Camino. Mientras el ego te habla sobre las pasiones, el alma te revelará todo lo necesario sobre el amor. ¡Calma al ego, permite que el alma brille con toda su luz y deléitate!”.

Quise saber sobre el tercer paso. Canción Estrellada dijo: “Después hay que estructurar toda tu vida en función de la verdad revelada. No creas que será fácil, pues es necesario coraje y desapego para abandonar las viejas formas contenidas en conceptos y comportamientos que no te sirven más, pues fueron impuestos por patrones culturales y sociales o por las expectativas que los otros tienen sobre ti; o peor aún, son límites impuestos por quien no cree en su capacidad de crear y transformar al propio ser y, consecuentemente, la vida. Sin embargo, al final de la introspección invernal el oso está listo para salir de la caverna, él se perfeccionó y ajustó sus decisiones al compás de su propia verdad. Es consciente de su capacidad y talento. Ninguna tempestad le impedirá seguir adelante, pues trae consigo la fuerza del Camino. ¡Es el momento de revelar todo su poder y magia!”.

Nos quedamos mirando hacia el infinito sin decir palabra por un tiempo que no puedo precisar, hasta que Canción Estrellada rompió el silencio: “Entender los ciclos a que cada uno de nosotros está sujeto es fundamental para vivir con serenidad. Cada ciclo sólo se cerrará en la medida que estemos perfeccionados y fortalecidos para el nuevo momento, así como la mariposa sólo rompe el capullo cuando sus alas están maduras para alzar el vuelo”. Quise saber cómo podría aplicar todas aquellas palabras en mi actual momento profesional. “Tú puedes aprender con los otros, pero nunca permitir que quien quiera que sea te estremezca y te hurte la paz. Si esto aún sucede, es porque todavía no te has encontrado contigo ni has fortalecido tus alas para volar”.

Le comenté que temía que este fuera mi caso. Canción Estrellada sonrió con los ojos y finalizó: “Es hora de vestir la piel del oso, entrar en la caverna para tener un importante encuentro contigo mismo y buscar el precioso diamante que te aguarda”, antes que yo preguntara de que se trataba, él concluyó: “Las voces del mundo siempre comparan unos con  otros. Aprender a oír la voz del corazón es descubrir la belleza de ser único”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

Sabemos más de lo que somos

Un día más de trabajo terminaba en la pequeña y antigua ciudad cercana a la montaña que acoge el monasterio de la Orden. Aceleré el paso con la esperanza de encontrar el taller de Lorenzo todavía abierto, no porque tuviera que hacer algún arreglo sino porque quería conversar un poco con mi querido amigo. De lejos pude ver su bicicleta recostada en el poste de luz, señal de que yo estaba con suerte. El zapatero, elegante como siempre tanto en el vestir como en el actuar, me recibió con alegría y para mi sorpresa, estaba con Sara, la Morenaza, como cariñosamente llamaba a su hija, una bellísima y joven mujer de cabellos largos y negros, motivo de su apodo. Ella, que ahora vivía en la capital donde trabajaba y cursaba el doctorado en una prestigiosa universidad, había venido a pasar unos días con su padre. Muy dulce y educada dijo que nos dejaría a solas para que conversáramos y que lo aguardaría en casa más tarde. Lorenzo me mostró los nuevos libros de filosofía que su hija le había traído de regalo. La filosofía era la otra pasión del buen zapatero. Me invitó a tomar una copa de vino en una silenciosa taberna próxima de allí. Fuimos a pie y antes de llegar le pregunté por la experiencia de educar una hija sólo. “Sabemos más de lo que somos. Todos tenemos conocimientos que no podemos ejercer, entonces la vida, con su infinita inteligencia, nos impone conflictos y dificultades para que entendamos su belleza y nos obliga a vivirlos. Cabe a nosotros mismos aprovechar las preciosas lecciones con alegre resignación”, comentó con el fin de demostrar los fundamentos del raciocinio que construía.

La otra cara

Profundamente irritado, fui a sentarme al final de la enorme mesa donde tanto discípulos como monjes tomaban sus alimentos en el monasterio. Acababa de tener una seria discusión en el patio con otro joven discípulo. El Viejo, como llamábamos cariñosamente al decano de la Orden, me observó durante algunos momentos durante el almuerzo mas no dijo nada. Después de que todos se retiraron en silencio, el viejo monje se aproximó y me invitó a dar un paseo por el jardín. Antes de que preguntara cualquier cosa, saqué toda mi indignación con relación al compañero que había sido bastante severo en sus críticas para conmigo. Una madre afligida nos había ido a visitar en busca de apoyo emocional y espiritual, debido a su inmenso dolor por la pérdida de un hijo. La orienté para que se dirigiera al orfanato que mantenía nuestra hermandad en la pequeña ciudad, en la falda de la montaña que abriga al monasterio, para que sirviera voluntariamente durante dos semanas y, solamente entonces, nos buscara nuevamente para conversar. Mi intención, le expliqué al monje, era que la madre entendiera que siempre existen dificultades mayores que las nuestras y que allí también podría depositar todo el amor que ella tenía en el corazón. Transferir el sentimiento que nutría al hijo que partió a los niños que no tienen padres ayudaría a refrescar su dolor, le daría sentido a la vida e iluminaría sus pasos. Cuando regresara para conversar con nosotros estaría más receptiva a escuchar las palabras que la confortarían y entendería las Leyes no Escritas del Camino. Sin embargo, el otro discípulo me recriminó. En su opinión yo había sido insensible al no disponer de más tiempo para consolar a la madre cuando ella más lo necesitaba, pues una palabra de aliento tiene el poder de estancar el dolor que sangra. Éste era el conflicto y el motivo de la discusión.

Le pregunté si yo estaba equivocado. “No”, respondió el Viejo. De inmediato quise saber si llamaría al otro discípulo para sostener una conversación seria con él, reprenderlo y hacer con que se disculpara. “No”, volvió a decir el monje. ¿Cómo así? ¿El error no debía ser reparado? ¿No somos responsables por nuestros actos? Apedreé al Viejo con preguntas repletas de indignación.

El monje me miró con sus bellos ojos, brillantes de compasión, enmarcados en una piel arrugada por el tiempo y por la lucha, antes de decir: “Cuando dos personas discuten, ambas pueden tener razón. En este caso no había una solución errada y cualquier medida sería apropiada”. Alegué que la verdad era única. Él discordó: “La verdad está relacionada con el nivel de consciencia de las personas y altera, por causa y consecuencia, su sensibilidad ante el sentimiento del mundo. Lo que era absoluto para ti hace algunos años, hoy ya no se reviste de convicción. La Verdad es una, no obstante, su real entendimiento ocurre con cautela, poco a poco, según cada paso dado en el Camino”. “Es más”, prosiguió, “no debemos tomar partido o escoger un lado en las desavenencias. En vez de alimentar la separación, hay que fomentar la unión. Al final, ¿no fue así que Francisco nos enseñó en su bella oración? No basta saber, es indispensable vivir el conocimiento. Sólo así se torna sabiduría”.

Sostuve que todos deben tomar una posición ante lo correcto o incorrecto, para que el mundo encuentre definitivamente su sendero. El monje respondió con su infinita paciencia: “Yo tomo una posición cuando la decisión me corresponde, o sea, cuando es el momento de actuar en el escenario de la vida, en las decisiones que me son inherentes y no actuando como juez planetario, donde apenas enardeceré, como acto repleto de ligereza o arrogancia, los ánimos ya exaltados. Créeme, de esta manera nacen las guerras”.

“Aprovecha la oportunidad para ofrecer la otra mejilla. Es más, la expresión ‘si alguien te golpea la mejilla derecha, ofrece también la otra’ tiene diversas y bellas interpretaciones. La mía, y humildemente acepto que existen otras más completas, es que es más que un himno a la no violencia; es una orientación clara para no reaccionar con el mismo tono, para no pagar con la misma moneda, para negarnos a vibrar en la misma sintonía; en fin, recusar la invitación para danzar en el baile de las tinieblas. Es una lección de compasión y misericordia, es la clara y simple opción de que la paz sea construida dentro de mí y sólo sosteniéndola en mi corazón se volverá planetária”.

“Ofrecer la otra mejilla significa también ver con los ojos del otro, es decir, colocarse en su lugar, observar según su punto de vista y respectiva capacidad de comprensión, pues él tiene sus propias vivencias e historias, repletas de condicionamientos sociales y culturales. Esto puede generar un gran aprendizaje cuando percibimos que el otro ya es capaz de ver más allá de lo que fuimos capaces de ver hasta ahora o, por otra parte, un bello ejercicio de paciencia y tolerancia al entender los límites y las dificultades ajenas, así como nosotros en un pasado reciente con nuestras propias sombras. Una sabia y bonita manera de amar”.

Mi indignación no cedía. Me quejé y le dije al Viejo que la sensación de incomprensión y, hasta de injusticia, me corroía las entrañas como un veneno amargo, pues mis actitudes con aquella madre estaban revestidas con mis mejores sentimientos. Argumenté, una vez más, que yo apenas la estaba preparando emocionalmente para tener condiciones de entender las palabras que le encenderían el corazón. La respuesta del monje vino recubierta con su voz suave: “Tenemos que respetar el derecho a la opinión ajena, principalmente cuando es contraria a la nuestra. De la misma forma debemos exponer nuestras ideas de manera clara y serena, sin la preocupación ante los aplausos y la aprobación. Concentrémonos solamante en hacer la parte que nos corresponde de la mejor manera. Las contradicciones hacen parte de este mundo, pues son las palancas que impulsan el aprendizaje; imponen la reflexión; sirven de espejo al revelar lo que no nos sirve más por ser inadecuado y, así, transformamos nuestro interior”. Quedó en silencio por algunos segundos y dijo: “No obstante, lo que más me llama la atención es otra cosa”. Esta última observación me dejó tenso.

“La opinión de los otros no puede tener el poder de robarte la paz. Recuerda que las personas sólo tienen sobre nosotros el poder que les concedemos. Por tanto, no permitas que nada ni nadie tenga sobre ti la capacidad de impedir tu propio vuelo. Si más adelante te das cuenta de que estás equivocado corrige y repara en la medida de las posibilidades, pues somos responsables por nuestros actos, transmutando el orgullo y la vanidad, para que éstas sombras no interfieran más. Si estás en lo correcto, lánzate a las alturas, impulsado por las alas de la compasión, con la seguridad de que todos, tarde o temprano, alcanzarán la próxima estación del Camino. La paz es un instrumento poderoso que se aprende a sintonizar en el corazón del ser y es indispensable para que puedas danzar la alegre melodía de la Gran Sinfonía del Universo”.

El monje se levantó y me pidió que meditara sobre el asunto. Antes de salir el Viejo, que había dado apenas unos tres o cuatro pasos, se volteó y dijo: “Casi olvido lo más importante”. Quedó en silencio por algunos instantes para finalizar con su voz dulce. “Lo antes posible, reconcíliate con aquel que te hizo daño. Es una bella oportunidad para experimentar dos de las ocho bienaventuranzas, los ocho portales del Camino: la de ser pacífico y pacificador. Piensa en esto”.

En aquella misma noche fui al encuentro del otro aprendiz. Conversamos hasta tarde y nos entendimos bien. Después de muchos años, forjamos una sincera amistad, nos hicimos grandes amigos y realizamos buenos trabajos juntos. Hoy, así como yo, él se tornó monje de la Orden y nos divertimos mucho al recordar episodios como éste. De esta pequeña historia, dos cosas llaman la atención: como, dependiendo del nivel de consciencia de los involucrados, aún existe la necesidad del conflicto para alcanzar la armonía, siendo ésta siempre posible cuando existe el amor en forma de tolerancia y compasión, además de la sabiduría para evolucionar y transformarse. Llegará el momento en que la vía del conflicto ya no será necesaria para el entendimiento. La otra fue la actuación del Viejo como pacificador, escalón más alto entre los portales del Camino, una bella lección ofrecida por el más fino ejemplo. Pasados tantos años, cierro los ojos y lo veo tarareando la poesía de Francisco: “… hazme instrumento de vuestra paz …”

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

El mercader de sueños

Era casi medianoche y no podía dormir. Resolví salir de la tienda y me encontré con Canción Estrellada – el chamán que recibió ese nombre gracias a su don de compartir la sabiduría nativa mediante historias, cantadas o no – fumando su inconfundible pipa de hornillo de piedra. Le pedí permiso para sentarme a su lado y me lamenté ante la dificultad para dormir. Él me miró de manera serena, dio una larga bocanada y dijo: “Necesitas tener una conversación seria con el Mercader de Sueños”. Obviamente no entendí de que hablaba y le pedí que fuera más claro. “¿Tú sabes por qué los indígenas se pintan el rostro cuando van a una ceremonia o cuando antiguamente iban a la guerra?”. Su pregunta hacía que mi mente estuviera aún más confusa. Ante la negativa dijo: “Las pinturas no son aleatorias ni estéticas, pero revelan, según los colores y los trazos, la magia de cada uno”. ¿Magia? Quise saber a qué se refería con este término. “Todos, sin excepción, tenemos nuestros dones y talentos que debemos usar con creatividad. Esa magia particular es lo que nos hace especiales; ella puede expresarse de diversas maneras ya sea por el don de la sabiduría a través del talento de enseñar, de la compasión para acoger a los necesitados, de la verdad para sembrar justicia, del coraje para ofrecer seguridad, de la sensibilidad para ayudar a aflorar los sentimientos. En fin, son innumerables los dones y talentos que se manifiestan en la esencia de cada persona y que se reflejan en la manera como ella camina en belleza, sembrando buenos frutos por donde pasa. Es la espada del guerrero, como los ancestros metafóricamente decían. Estos dones tienen que ser aplicados en el trabajo o profesión, pues cuando el guerrero no usa su espada se oxida y él se vuelve amargo”.

¿Necesito de esto?

Era un joven y abogado prometedor. Había aprovechado para tomarse unos días de descanso para conocer al Viejo, de quien había oído hablar. Mientras lo llevaba al lugar donde tendría lugar el encuentro, quise mostrarle la belleza de nuestro monasterio, sus columnas esculpidas y las paredes antiguas, en donde hacía mucho se anclaba la paz del silencio, de las oraciones, de los estudios y del servicio caritativo, pero él tenía prisa. Interrumpió mi relato acerca de la abadía para comentar sobre la importancia de los procesos en los cuales actuaba y sobre sus triunfos en los tribunales, donde deslumbraba a los jueces por el peso de su inteligencia. Tenía prisa para encontrarse con el Viejo ya que trabajos de sumo valor lo aguardaban. No obstante, antes de que llegáramos al lugar donde el viejo monje recibía a las personas para conversar, lo encontramos en el jardín interno del monasterio distraído con algunas plantas. El joven fue recibido con sincera alegría por el anciano, como era su costumbre, aunque no lo conociera. Inmediatamente el abogado comenzó a hablar sobre una acción emprendida contra una poderosa multinacional que le daría millones en honorarios. Explicó que al día siguiente tendría que hacer la petición del proceso y pidió que fueran directo al motivo de su visita. “Dinero es una herramienta importante, se pueden hacer muchas cosas buenas con él. Así como con tu profesión, en la lucha por un equilibrio y entendimiento entre las personas. Úsalas con sabiduría”, se limitó a comentar el monje. En seguida le preguntó al joven: “¿Puedo ayudarte en algo?”.

La respuesta era la ansiedad y el estrés. Comentó que por estos motivos había sido internado con problemas cardíacos, tenía dificultad en sus relaciones afectivas y que no podía dormir sin la ayuda de ansiolíticos. Sin embargo creía que ese era el precio por su éxito. “¿Quién te recomendó visitar el monasterio? ”, preguntó el monje. El abogado respondió que había sido un tío suyo llamado Jonás, un humilde carpintero que lo visitó cuando estuvo convaleciente en el hospital. Dejó escapar con algo de verguenza que fue la única visita que recibió, apenas motivada por el cariño, sin ningún otro interés. “¿Eres sobrino de Jonás?”, se alegró el Viejo. “Respeto y admiro mucho a tu tío. Cada vez que un niño ingresa al orfanato de la ciudad él construye y dona una cuna para el pequeño. Usa sus dones y talentos con el corazón. Me gusta mucho estar y conversar con él”.

Los pilares de la paz

La pequeña ciudad, en la falda de la montaña que abriga al monasterio, despertaba. Sus calles antiguas, estrechas y sinuosas, aún estaban mojadas por el rocío de la noche. Como había llegado temprano para mis deberes, seguí hasta la pequeña tienda de Lorenzo con el fin de invitarlo a un café. De lejos pude ver su antigua bicicleta recostada junto a un poste, en frente a la puerta ya abierta. Fui recibido con la alegría de siempre por mi amigo, tan elegante en su vestir y en sus actitudes. Alto y delgado, su vasta cabellera blanca no escondía su edad avanzada. Pantalón bien ceñido de color negro contrastando con la camisa de blanco inmaculado, ambos de fina confección. El zapatero reposó las herramientas sobre el mesón de trabajo y salimos, como buenos muchachos, riendo por las calles en dirección a la panadería. Sentados, con las tazas calientes en frente, a la espera de pan fresco, no pude dejar de notar algo que siempre me llamaba la atención: la paz permanente que irradiaban la mirada y las palabras de aquel zapatero. Siempre me preguntaba por tal poder. Sin embargo nuestra conversación versó, como siempre, sobre filosofía, la pasión de Lorenzo, quien devoraba todos los libros que le llegaban a las manos. “A pesar de todos los avances, y estos son innegables, mis preferidos son los griegos. Todo lo que necesitamos aprender ya se sabía hace tres mil años”, comentó. Le pregunté si esa era la fuente de la que él bebía para exhalar la serenidad que yo tanto admiraba. “Toda la paz que necesitas nace del entendimiento de que ningún acontecimiento en el mundo, por más trágico que pueda parecer, podrá sacudir los cimientos de tu alma sin tu permiso”.

LOS LABERINTOS DE LA VIDA

Todo sábado por la mañana hay una deliciosa feria en la plaza principal de la pequeña ciudad próxima a la montaña que acoge el monasterio. Las calles son sinuosas y estrechas, pavimentadas con piedras para no negar su origen medieval. Golosinas, artesanías, encurtidos, quesos, frutas y hortalizas frescas son vendidos por los habitantes y agricultores de la región. La música alegre interpretada por jóvenes y ancianos en el centro de la plaza colorea el estado de espíritu que predomina en el rostro de todos. En aquel día, el sol agradable de la primavera calentaba las primeras horas frías de la mañana y las coloreaba con tonos típicos de la estación. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, me había inivtado a acompañarlo a la feria con la disculpa de que necesitaba comprar miel para la receta de una tarta apetecida por todos los monjes. En verdad, él admiraba mucho el intercambio espiritual entre toda la gente, tanto dentro como fuera del monasterio. Con su sonrisa franca, ojos brillantes y hablar pausado, conversaba con todos aquellos que se cruzaban ante sus pasos lentos pero firmes. Era impresionante percibir como él era apreciado, a pesar de no poseer ni un níquel para ofrecer. En determinado momento se encontró con una jóven mujer, muy bonita y bien vestida, cuya familia, proprietaria de vasta extensión de tierras en los alredores, remontaba a una aristocracia tendiente a desaparecer. Su fisonomía demostraba tristeza, sus ojos parecían sin vida. Ella se veía contenta al encontrarse al Viejo y nos invitó a sentarnos en una cafetería cercana.

Con nuestras tazas humeantes en frente, la mujer comenzó a desfilar su enorme tristeza relacionada a los infortunios del destino. A pesar de la gran herencia que le había sido destinada y de tener acceso a lo más caro del mundo, no podía ser feliz ni encontrar encanto en las cosas. Nada le daba alegría. El viejo monje la oyó con sincero interés por largos minutos, sin decir palabra. Al final, con los ojos encharcados, una lágrima escurrió por el bello rostro de la jóven. Él le ofreció una sonrisa amable y le preguntó: “¿Tú sabes que es un laberinto?”. La jóven afirmó con la cabeza y respondió que era una maraña de corredores que parece no llevar a ningún lugar, cuya salida es difícil de encontrar. “La vida, a veces, se presenta como un laberinto”, comentó el Viejo de manera enigmática construyendo su raciocinio. La mujer quiso saber más. Él la miró a los ojos con dulzura antes de completar: “Quien no sabe a dónde necesita ir estará siempre perdido”. “El viajero busca la salida por las paredes externas de los corredores cuando, en realidad, la puerta está en su interior. Éste es el secreto del más sofisticado laberinto que ya existió, la vida”.

El cazador de estrellas

Pasé varios períodos de mi vida al lado de Canción Estrellada, chamán del pueblo nativo del Camino Rojo, de quien aprendí mucho. Cierta vez, el Viejo, como llamábamos al más antiguo monje de la Orden fue quien me mandó para allá. El motivo era que yo estaba indisponiéndome a menudo con otros monjes del monasterio, con los comerciantes de la pequeña ciudad más próxima y hasta con amigos y familiares. “Cuando pensamos que el mundo interfiere con nuestros sueños es porque algo anda mal dentro de nosotros”, así él justificó mi cambio temporal de humor.

Fui recibido con la alegría de siempre por el chamán, pero después de los primeros días de vacaciones obligatórias, comencé a indisponerme con algunos miembros de la tribu. Claro que estaba insatisfecho conmigo, mi visión estaba nublada con relación a algunas situaciones y, principalmente, siempre le atribuía a alguien la responsabilidad de mi infelicidad. Por un lado no lo percibía; por el otro, me faltaba coraje para admitir mis propias dificultades que tanto me incomodaban, causantes de aquellos pequeños conflictos puntuales. Canción Estrellada me observó por un tiempo sin decir palabra, hasta que cierta noche me invitó a sentarme a su lado en frente de la hoguera. Estábamos sólos. Yo observaba sus movimientos, mientras él, sin prisa, llenaba con tabaco el hornillo de piedra de su pipa. Teníamos la Vía Láctea en la bóbeda del Infinito como obra de arte. La noche mal comenzaba. Yo quise saber el motivo por el cual siempre me invitaba a conversar ante las llamaradas. “El Gran Misterio utiliza el poder de los cuatro elementales – agua, aire, tierra y fuego – para purificar y alimentar al planeta. Me siento a gusto ante el poder del fuego que ilumina, calienta y quema las viejas formas”, dijo mientras daba la primera bocanada. Lo interrumpí para preguntarle a qué se refería con el término “viejas formas”. “Son sentimientos e ideas que ya no nos sirven y, por anticuados, deben ser transmutados. La vida necesita que siempre haya lugar para lo nuevo, sea en el planeta o dentro de nosotros”, explicó. En seguida me pasó la pipa, sus ojos se fijaron en los míos en señal de amistad y respeto, como exige la tradición. Ví el fuego reflejarse en sus pupilas mientras él hablaba: “Es el momento de conversar sobre el Cazador de Estrellas”. Antes que yo le preguntara de qué se trataba, el anciano explicó: “Es todo aquel que recorre el Sendero Dorado de la Iluminación”.

El espejo de mi alma eres tú

“Una mirada perfecta es aquella capaz de encontrar belleza en donde todos apenas ven desastre”, dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al más antiguo monge de la Orden, cuando pasé a su lado y no lo noté debido a mi irritación. Su visión serena percibió que mi corazón estaba atormentado. Me volteé y descargué toda la insatisfacción que traía por hechos recientes. Con un largo discurso le narré al Viejo toda mi indignación con relación a la ignorancia que todavía anda suelta en el mundo. Él me oyó pacientemente hasta que mostré mi último vestigio de intolerancia y después con su forma suave comentó: “Lo que más nos incomoda de los otros es el reflejo de nuestros más graves defectos”.

Manifesté mi desacuerdo vehementemente, pues ciertos comportamientos eran totalmente incompatibles con los míos. “La mayoría con seguridad sí; otros no. Es justamente en estos comportamientos que tu alma, manifiestada a través del inconsciente, reconoce las propias dificultades. De otra parte tu ego, en la ilusión de protegerte, repudia la sombra ajena pues teme que el mundo vea otra igual en ti”. Dió una pequeña pausa, me observó durante algunos instantes y concluyó: “¿Percibes que lo que desequilibra y rasga tu serenidad es el hecho de tener que convivir con el error que existe en el otro, justamente porque te recuerda que existe en ti una dificultad muy parecida y familiar? Es exactamente lo que quieres olvidar y te engañas al pensar que no hace parte de tu personalidad. Esta afinidad funciona como un espejo y el narciso no quiere verse feo. Sin embargo, lo que el ego esconde el alma apunta para que pueda ser transformado”. Bajé la mirada y no pronuncié palabra.

El arte de la renuncia

Había bajado de la montaña donde se encuentra el monasterio de la Orden y caminaba entre las calles estrechas y antiguas de la pequeña ciudad más cercana. Llovía mucho y estaba más oscuro de lo que la hora determinaba. Era temprano y el comercio comenzaba a abrir sus puertas. De lejos ví la bicicleta de Lorenzo estacionada frente a su pequeño establecimiento. Durante décadas había sido el único medio de transporte que aquel anciano se permitió usar. Sonreí de alegría commigo mismo ante la oportunidad de pasar algunos instantes con tan ilustre persona. Tan pronto entré Lorenzo me miró por encima de sus gafas, soltó el alicate, arqueó los labios y se levantó con los brazos abiertos para recibirme. Como siempre, el hombre alto y delgado estaba impecablemente vestido. El pantalón negro de pliegues, bien puesto, sostenido por tirantes, combinaba perfectamente con su elegante camisa blanca abotonada hasta el cuello y las mangas dobladas a la altura del codo para que no interfirieran en su oficio. Su cabello, del mismo color de la camisa, todavía abundante y bien peinado, daba muestra de su avanzada edad. Lorenzo había sido zapatero desde siempre. En sus horas libres le gustaba apreciar un buen vino y amaba los libros. Sus predilectos eran los vinos tintos y los libros de filosofía.

Había ido por causa de mis sandalias cuyas tiras de cuero, cansadas del uso, se habían rebentado. Aunque viejas, me gustaba la comodidad que me proporcionaban; parecía que mis sandalias y mis pies habían sellado la paz hacía tiempo. Después de saludarnos y tomar una taza de café bien caliente para ahuyentar el frío, le pregunté si las sandalias tendrían arreglo o me restaría buscar unas nuevas. “Pienso que las personas están perdiendo el buen hábito de arreglar las cosas y esto puede verse reflejado en las relaciones. Es necesario tener sensibilidad para percibir lo que ya no sirve y lo que merece ser remendado. Si la vida y todo en ella se vuelve desechable en breve mi profesión, así como la razón de mi existir, perderán el sentido”, dijo con algo de humor y de razón, mientras llevaba las sandalias a su mesa de trabajo. “Siéntate. Intercambiaremos una prosa mientras las arreglo”.

La belleza del perdón

“Es imposible ser feliz sin perdonar”, dijo el Viejo a una joven mujer que fue al monasterio en busca de consuelo. Estábamos sentados en el comedor y yo les servía una taza de café caliente. Ella acababa de narrar su drama personal y estaba inconsolable, pues no se sentía merecedora de aquel destino. Afligida, la mujer confesó que lo que la mantenía en pie era ver el sufrimiento de quien la había ultrajado y por esto no lo perdonaría jamás. El Viejo frunció el ceño ante su intolerancia, sin embargo, los ojos brillantes en su rostro arrugado desbordaban misericordia. “Las penas eternas constituyen una adaptación a las sombras y no son congruentes con las ideas trabajadas con la Luz, siempre dispuesta a conceder nuevas oportunidades. El error hace parte del aprendizaje y, por lo tanto, requiere innúmeras oportunidades. Sólo un ángel podría listar todos los errores de la propia vida”.

La mujer refutó diciendo que ya había cometido algunos errores, pero nunca por maldad. El monge mantuvo el tono sereno en su voz. “La desarmonía entre las personas reside en que juzgamos a los otros a través del rigor de los hechos, de las heridas que nos causaron y de desear que seamos juzgados por nuestras intenciones. Siempre tenemos motivos que justifican nuestros actos, ¿no es así?”. Hizo una pequeña pausa para que la mujer refleccionara sobre sus palabras y continuó: “Esta es la cuestión. La discordia es la raíz del conflicto en las relaciones. Por esto es necesario sumergirse en lo más profundo de sí mismo. Olvidar las máscaras y los personajes sociales que hemos creado con el ego, en el afán de protegernos, al desear ser aplaudidos en público. Hablo de las sombras que escondemos, que ansian la luz en los rincones aún oscuros del alma, que sólo desean destacar los defectos ajenos con la vana esperanza de esconder los nuestros. Perdemos demasiado tiempo en la ilusión de corregir los errores de los otros en vez de perfeccionar nuestro propio corazón, para que pueda reflexionar sobre la belleza de las actitudes que todavía no poseemos. Puede estar segura de que al conocernos realmente nos volvemos más tolerantes con los demás”.

La magia de encontrarse consigo mismo

Canción Estrellada estaba sentado en la puerta de su tienda. Soltaba una bocanada de humo de su pipa. Era aquella hora en que el día se vuelve noche. El sol ya se había ido y la luna aún no había llegado. Yo me sentía cansado, había acabado de llegar de la ciudad y estaba bastante molesto con una serie de problemas personales. Hacía días andaba malhumorado. “Hay momentos en que dan ganas de desaparecer”, lamenté la suerte cuando pasé al lado del chamán. “Huir del mundo no te hará escapar de la vida”, me respondió con una sonrisa irónica. Me callé e intenté seguir. Apenas quería bañarme y dormir, pero él me mandó a sentar. “Hoy voy a enseñarte sobre la Puerta del Sur” dijo, y en seguida me pasó su pipa para que fumaramos juntos, en señal de confianza y respeto. Agarró su tambor de dos caras para marcar el ritmo de una sentida canción nativa. Cerré los ojos y me dejé envolver en aquel ambiente de paz. “En la Tradición del Camino Rojo, la Rueda de la Vida – o Rueda de Cura, pues la vida no es más que un infinito proceso de cura del espíritu, según la justa medida de su evolución – posee cuatro portales, representados por las direcciones magnéticas del planeta. Generalmente me gusta comenzar por el Este, en donde habitan los antepasados que aprendieron a cavalgar con el viento. No obstante, contigo voy a comenzar por el Sur”, explicó. Antes de que tuviese tiempo de preguntar el motivo me dijo: “Existe una necesidad urgente de que te desnudes del personaje que creaste en la vana ilusión de protegerte de todo y de todos; te engañas al intentar mostrar que eres fuerte, pues allí habita tu debilidad. Esto hizo con que hayas abandonado tu verdadera fuerza. Todo lo que no hace parte de nosotros, incomoda por inadecuación”.

Los milagros son transformaciones ocultas en nosotros

“Lo que se llama magia recibe el nombre de milagro en otras tradiciones. El nombre cambia pero es la misma fuerza y poder”, dijo Canción Estrellada, anciano nativo del Pueblo del Camino Rojo, mientras preparaba la pipa de cuenco de piedra. Estábamos sentados alredeor de una pequeña fogata bajo el manto fantástico de la Vía Láctea, haciéndonos preguntas sobre los misterios del universo. Esperé a que él diera una pequeña bocanada y con ello invitase a sus ancestrales, que ya cabalgaban con el viento, a participar de nuestra conversación. Me miró con las llamas reflejadas en sus ojos y dijo: “Magias o milagros son como llamamos a las transformaciones que aún no podemos explicar. Lo importante es entender que eres parte del milagro. La semilla germina cuando encuentra suelo fértil; cada cual es su propio jardinero y sin el debido trabajo ninguna rosa florecerá. El sol y la lluvia es para todos pero la siembra es personal e intransferible. Lo esencial es entender que cada cual tiene que hacer su parte para deleitarse con la magia de la vida”.

También explicó que hay un intercambio incesante entre esferasy que los aliados del plano invisible solamente pueden intensificar el trabajo con nosotros si estamos preparados: “Somos los pilares del puente por el que atraviesan; por lo tanto, entre más firmes sean los cimientos, mayor tránsito habrá. Sin el desarrollo de un código moral propio, donde no se practique ningún mal a cualquier cosa o persona, no se llega a ningún lugar. Tales conceptos son los sólidos fundamentos del alma”, acrecentó.

La madurez trae en si la verdadera libertad

“La madurez no es nada más que el entendimiento de sí y la disposición para transformarse. Esto es libertador”, dijo el Viejo mientras buscábamos zetas en un bosque próximo al monasterio después de una noche de lluvia. El sol brillaba por entre las hojas, acariciaba nuestros rostros y calentaba la mañana todavía fría. “Entender quiénes somos, nuestras dificultades y bellezas, permite que dejemos atrás lo que en nosotros no sirve más y abre la perspectiva de inventar lo que queremos ser. Este es el poder del Sendero”, complementó. Un bello ruiseñor se posó en la rama de un árbol próximo y nos obsequió una pequeña sinfonía que sólo se escucha en los bosques; después alzó vuelo. Le comenté que todos querian tener alas como los pájaros para alcanzar las alturas. Él replicó de inmediato: “Pájaros vuelan por determinismo biológico. Las alas de la libertad son metafóricas, fruto de la sabiduría y del amor, flor de las decisiones que se toman en cada paso del Sendero”.

Esto no tiene importancia

“La magia de la vida sucede mientras vivimos las cosas banales del día a día”, decía el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monge más antiguo del monasterio. Recuerdo esto al percibir como desperdiciamos tiempo y energía en situaciones que no tiene ninguna importancia en nuetras vidas y, de esta manera, terminamos atrasando el fantástico viaje al permitir que naveguemos en circulos. “Esto no tiene importancia” es un mantra de una única frase que él repetía y enseñaba todo el tiempo. Todos los días hay por lo menos un momento mágico que puede transformar la vida. El secreto para ver y atravesar ese portal reside en tus desiciones y, para ejercerlas a plenitud, no se puede estar distraído o debilitado con lo que no tiene importancia. Las cosas urgentes e innecesarias son trampas del camino.

Lo sagrado habita en el corazón.

Alguna vez vi una película, estilo Hollywood, con mucha acción, donde el protagonista era un frío asesino profesional que era perseguido tanto por la policía como por la mafia. Su aparente indiferencia con relación a cualquier tipo de sentimiento era clave en su personalidad y la principal razón de su nefasta eficiencia. Sin embargo, durante una fuga llevó consigo todo el tiempo una planta, y si no me engaño, era una orquídea. Aquella simple flor recibía todo y el único amor que este hombre conocía. Él se preocupaba por ella, la colocaba al sol, la regaba y la cuidaba en caso de eventuales plagas para que no muriera. La planta era el motivo de su preocupación, pues dependía completamente de él para vivir; la orquídea tenía la capacidad de hacer florecer lo mejor de un hombre enceguecido en consciencia. Aquella flor era sagrada.

Las mejores historias son las de superación».

A menudo escucho a las personas diciendo que harían todo “exactamente igual” si comenzaran nuevamente su trayectoria de vida. Si es simplemente una alusión a cómo aprendieron con sus propios errores y cómo éstos los ayudaron a llegar a donde están, lo entiendo. Sí, a veces los errores son maestros valiosos que nos ofrecen importantes lecciones, aunque la vida dispone de otros medios como la percepción y el amor, que nos permiten acortar el tiempo y pavimentar el camino. Son las mismas lecciones ofrecidas por el error, aunque suministradas de forma suave; al final se aprende por gusto o por imposición. La opción siempre es nuestra. Sin embargo, en la mayoría de los casos, veo algunos amigos sosteniendo verbalmente la repetición de la trayectoria de vida por verguenza, negación u orgullo. Es una pena, pues al no aceptar el propio camino labrado estaremos impedidos para entender quiénes realmente somos y, como consecuencia, no podremos ver las transformaciones que debemos realizar en nosotros, atrasando el viaje evolutivo y con ello, la paz de la plenitud que tanto anhelamos.

Solo hay valor donde antes había miedo.

Las historias de ficción han fascinado a la humanidad desde el inicio de los tiempos porque revelan secretos escondidos en el inconsciente; aunque interfieren en nuestra manera de ser, con frecuencia, demoran en ser decodificados. Justamente allí, en el inconsciente, por ser territorio selvaje, las sombras actuan y terminan alterarando nuestras vidas. A través de las aventuras imaginarias narradas en los libros o en las pantallas de televisión, el héroe enfrenta villlanos peligrosos, se le presentan dificultades inesperadas, necesita superar límites, aprende con pérdidas y frustraciones para finalmente encontrar el mayor tesoro: a sí mismo.

Jardineros del alma.

“Somos herederos de nosotros mismos”, dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Subíamos una pequeña montaña próxima al monasterio por un estrecho sendero en una mañana todavía fría de la primavera. Éramos recibidos por pequeñas y coloridas flores silvestres que ya mostraban todo el esplendor de la estación y, subliminalmente, nos enseñaban la lección de las fases de la vida: tras el rigor del invierno, que es indispensable para fortalecer la determinación del espíritu, llegará la dulzura de la primavera para calentar el corazón.

Todos los ciclos personales – el Sendero es un gran ciclo formado por innúmeros ciclos menores – tienen su razón de ser y encierran valiosas enseñanzas ocultas e indispensables para la evolución. Situaciones conflictivas y recurrentes al punto de preguntarnos la razón de la aparente repetición, revelan nada más que la negativa a cambiar nuestra manera de ver y actuar, de entender y hacer diferente, en fin, de evolucionar. Aprendida la lección, se encierra aquel ciclo e, inexorablemente, uno nuevo se presentará con otros momentos libre de los viejos problemas. “Quien se queja del camino es porque no quiere cambiar su manera de caminar”, comentó con su forma peculiar de hablar.

El ego desea brillo, el alma ansia por luz.

Sólo la claridad para comprender realmente quien se es podrá transformarte en la persona que buscas dentro tí. El ego, la parte de la consciencia más conectada a las sensaciones primarias e inmediatas, repleto de condicionamientos sociales y ancestrales, piensa protegerte al crear un personaje acuñado en un modelo de presunta aceptación y admiración que engaña sobre el sentido de la existencia. El ego estimula al individuo a ser más bello, rico e importante, alimentando el vicio del aplauso fácil en el rastro del brillo efímero del show de las ilusiones terrestres, de placeres baratos, resultados vacios y soluciones improductivas. Las consecuencias, imediatas o no, pero que un día vendrán, son el sufrimiento y las dificultades en las relaciones personales, además del disgusto consigo mismo. El ego, repleto de buenas intenciones, inventa virtudes que aún no ejercemos, derechos que no poseemos y comunmente nos victimiza con relación a los movimientos del mundo, creando falsos motivos de rebelión. Más aún, nos fuerza a huir de la realidad cuando se vuelve desagradable. En cualquiera de estos casos lleva al estancamiento, pues nos impide enfrentar la situación con la madurez necesaria para entender, transformar, compartir y seguir en frente.

Ser buena persona nunca pasa de moda.

 La necesidad de estar a la moda, la angustia inconsciente de estar en sintonía con lo que se imagina ser moderno, revela una búsqueda por identificación y aceptación, un deseo generalmente no percibido de encontrar un lugar para vivir en paz. La moda nace de la necesidad cultural de las personas de entender quiénes son y para dónde van. Ropa, accesorios, carros, ideas enlatadas, maneras de actuar y hablar intentan desesperadamente rotular al ser en el intento de hacerlo creer que por la cáscara se reconoce el valor de la fruta. En vano.

Se pierde la belleza de inventarse a sí mismo y la fuerza de ser único. La moda trae consigo el peligro de proyectar un supuesto ideal que con seguridad no somos.

La limitación de la forma establece fronteras. Cualquier modelo listo para  usar roba la originalidad del individuo, la belleza de los vuelos solitários en altitudes inimaginables, donde, sólo entonces, se encararán  mundos y posibilidades apenas accesibles para quien tiene la osadía de ir más allá de la normalidad y de las aprobaciones mundanas. El ejercicio de la creatividad desarrolla las alas de la libertad.

La vida exige ligereza.

«Cuanto menos necesito más libre soy. La libertad trae consigo la ligereza de espíritu», me dijo un anciano y sabio chamán del Pueblo Nativo del Camino Rojo, sentado alrededor de una fogata una noche en la víspera de Pothlach. Canción Estrellada -como fue conocido después que descubrió su don de iluminar el camino a las personas de su clan a través de la palabra, cantada o no, como una linterna de proa que muestra las olas que se acercan- me explicaba con paciencia la ceremonia del día siguiente, donde cada uno donaría un objeto de su estimación.

El desapego de los bienes materiales es un buen ejercicio para renovar ideas y conceptos que, a veces, al estar obsoletos, interfieren en nuestra jornada. La simbología del ritual consiste en que cada uno vea y entienda la necesidad de renovarse emocional, intelectual y espiritualmente. Al renunciar a algo que estamos apegados, aprendemos a transformar sentimientos y pensamientos que, al guardarlos inutilmente, se vuelven pesados e interfieren en nuestro caminar. Entendemos que todo puede ser diferente. La vida exige ligereza.

El caos es bueno.

Generalmente usamos la palabra caos para referirnos a situaciones de desorden y confusión en el mundo o en nuestras vidas. En diversas tradiciones mitológicas el caos significa un vacío informe e ilimitado que propició el surgimiento del universo. En la tradición platónica es un estado de desarmonía que precede un nuevo orden. El I Ching enseña que el caos trae la tempestad que le permite a la vida florecer nuevamente. En la Física el témino es utilizado para explicar un sistema dinámico que evoluciona de acuerdo a la ley determinista, sensible a pequeñas alteraciones iniciales. De cierta manera todas las definiciones se encajan. El caos es una palanca para la evolución personal y de toda la humanidad.

La ley de la evolción es inexorable. Avanzamos por gusto o imposición, lo que define el grado de dificultad y el tiempo del proceso. El entendimiento y las elecciones determinan en cada uno los dolores y las delicias de la travesía.

Tus alas son del tamaño de tu corazón.

A menudo nos encontramos al borde del abismo. Conflictos afectivos, problemas profesionales, disputas familiares, se asemejan a una figura en el acantilado que nos amenaza con caer y nos roba la paz. El deseo sincero de cambiar el rumbo de nuestras vidas, comenzar un nuevo trabajo que se adecue más a nuestros verdaderos dones y talentos, una relación amorosa despojada de mentiras y preconceptos, un hilo nuevo para coser el deshilachado tejido familiar cuyo desgaste, que de tan viejo, se perdió en los rincones de la memoria, son cuestiones actuales que devastan a todos con gritos silenciosos desde lo más íntimo de las conciencias y los corazones.

¿Cuál es la manera más sabia de pasar por un desierto abrasador, con sus peligros inherentes, ausencias de agua y vida, serpientes y escorpiones que lo habitan? ¿Cuál es la forma más inteligente de alcanzar la cima de una montaña, enfrentando las asperezas de la roca vertical y del fuerte viento que sopla en tus oídos bajo el inminente peligro de caída?

A través de los tiempos, caravanas y alpinistas nos han ofrecido valiosas lecciones de determinación y desapego necesarias para enfrentar semejantes desafíos.

Ser más allá de estar.

Todo texto o palabra es sagrada si tiene la fuerza de iluminar el camino. Entre los muchos libros que nos sirven de guía en este infinito y fantástico viaje, la Biblia se mantiene como fuente inagotable de sabiduría y amor, elementos indispensables para nuestra transmutación personal. Así, poco a poco, transformamos el mundo.

Narran los evangelistas, en varios pasajes de los cuatro libros, que Jesús al entrar en cualquier casa o lugar saludaba a todos de manera serena, «que la paz sea contigo».

Por algún tiempo creí que se trataba de un error de traducción, ya que la Escritura fue hecha en arameo para posteriormente ser traducida al griego y solamente después llevada a los demás idiomas. Todos conocemos la dificultad de traducir de un idioma a otro. Pensaba que el verbo correcto sería esté em lugar de sea. «Que la paz esté contigo» me parecía la construcción correcta y, por lo visto, para muchos otros, pues ya ví textos y sacerdotes referirse así a la palabra del maestro. Yo estaba equivocado.

Alquimistas modernos.

Uno de los grandes sueños de la humanidad, a través de los tiempos, ha sido transformar el hierro en oro. El otro es la imortalidad. Así, la humanidad ha atravesado los siglos alimentando la ambición de vivir para siempre, de manera ostentosa y sin el esfuerzo del trabajo cotidiano. Bastaría un pedazo de metal barato dentro del calderón en ebullición para  transformarlo en el producto más antiguo y precioso para que el mercado se enterara de la noticia. Castillos lujosos, comida en abundancia, todos los placeres para siempre.

Existe una buena cantidad de literatura medieval sobre aquellos científicos que sobrevivieron a las explosiones y al tiempo. Textos con criptografías próprias y en códigos para que apenas los iniciados en asuntos esotéricos fueran capaces de leer. Para algunos el motivo del secreto era resguardar la fórmula que garantizaría la transformación y la fortuna, pues si el valioso metal estuviera a disposición de todos perdería su noble valor. Para otros todo esto es una gran tontería.

El desequilibrio es fundamental.

La vida es un infinito y fantástico viaje hacia el camino de la luz. Esta vida es apenas un tramo del trayecto. Viajar significa evolucionar; evolucionar exige transformación. Nadie nace listo. Entender que lo que trajimos en el equipaje hasta aquí nos ha sido útil y que puede que no nos sirva más, es señal de sabiduría. Se hace necesario dejar algunas cosas atrás para dar lugar a otras. Reinventarse todos los días. Nada nos atrasa tanto como el tren perdido del preconcepto, el vuelo cancelado de las ideas obsoletas y el callejón sin salida da las actitudes anticuadas. Orgullo, vanidad y terquedad son piedras pesadas que, a menudo, guardamos escondidas en el fondo de la maleta, debajo de la blusa de los celos y del pantalón del egoismo. Necesitamos de levedad para andar. Es fundamental abrir espacio para lo nuevo, cambiar el equipaje.

Analiza tu mochila con cariño. El amor es el mejor manual para indicar  el contenido esencial.

El pensamiento libre no es sólo pensar.

Las peores prisiones son las que no tienen rejas. La ilusión de la libertad es la más cruel de las cárceles pues no permite tener consciencia de los límites de nuestras elecciones, al no percibir que las fronteras son cada vez más estrechas y, al contrario de lo que parece, apenas limita el tamaño y empalidece los colores del mundo. El pensamiento libre, la autonomía de las ideas, el espacio para aceptar lo diferente exige esfuerzo, osadía y coraje, mercancias raras en los estantes de los corazones y mentes.

Al mundo siempre le han parecido extrañas voces y actitudes disonantes que interfieran en la administración, el control y los negocios de quienes piensan que los otros están ahí para servir y no para compartir. Quien no se adecua queda relegado del mundo, son marginales.

El problema no es el problema.

El problema no es el problema, se trata mas bien de la incapacidad de proseguir ante la adversidad. Es la pérdida ante la posibilidad de  transformación, una decisión puramente interna, que depende solamente de uno mismo.

Tú tendrás dos interlocutores durante el proceso: el ego que te hará sentir agraviado, para asegurarse de que no era digno de acontecimientos difíciles y aplicará la más insalubre prisión: la victimización. Por otro lado tenemos el alma, el espíritu eterno que somos, que ansia la evolución y que sabe que la covardia no cambia la realidad.

La dificultad es grave? Muerte, enfermedades con secuelas irreversibles, amores que se van, quiebras dolorosas… Y entonces?… Imposible revertir la situación externamente? Puede ser la Vida misma mostrándonos que los cambios deben hacerse internamente.

No, no es fácil y nadie afirma lo contrario.

Hablas así porque no sucedió contigo, gritarían muchos. No lo fue, o por lo menos no de esta vez. Todos, sin excepción, enfrentarán sus batallas.

Esclavos contemporáneos.

Un día te cansas de tí mismo. Del paisaje descolorido de tu cuarto oscuro, de ser tu propio carcelero. Sí, las prisiones más crueles tejen sus rejas en la ingeniería de ideas enlatadas, preconceptos o covardías impuestas por miedos ajenos y ancestrales, o por alguien. Llega el momento de probar las alas que siempre fueron tuyas y que nunca usaste. Entonces te lanzas en un vuelo absurdo en las profundidades coloridas y alturas iluminadas de un universo desconocido y fantástico que se despliega en la medida de tu ligereza, coraje y osadía. Es así que sucede cuando se asume el protagonismo de la propia vida. El poder, la magia y el encanto son tuyos, traélos de vuelta!

A veces somos prisioneros de conceptos que nos fueron impuestos y que simplemente aceptamos por miedo o comodidad; otras veces estamos subyugados por personas y, por algún motivo, no podemos rebelarnos contra la dominación permitida. Las personas sólo tienen sobre ti el poder que tu mismo les concedes. Entender este sencillo concepto es verse fuerte frente al espejo de la vida.

La cura por la verdad.

Los pueblos nativos americanos, adeptos al chamanismo, tienen un símbolo sagrado llamado “Rueda de Cura o Rueda de la Vida”. No en vano entienden que vivir es un proceso infinito de cura; transitar en belleza por el infinito camino de la vida, según palabras de un anciano Navajo. El símbolo tiene la sagrada misión de recordarnos que, a través de nuestras relaciones, vamos a encontrar el remedio o el veneno para nuestros dolores. En la medida en que aprendemos quiénes somos y pacificamos  nuestra convivencia con todo y con todos avanzamos un aro en la Rueda de la Vida. Nos volvemos más fuertes para seguir adelante.

Cierta vez oí de un sabio monge tibetano que el Budismo no era religión, ni tampoco filosofía. El Budismo es convivencia social, aclaró, pues toda teoría sólo tendrá algún valor si se aplica en las relaciones cotidianas. Conocimiento que no es vivido es como pan en la vitrina que aunque llena los ojos, no sacía el hambre.

La mágia de las palabras.

Todos somos magos y la palabra es el principal ingrediente del calderón. A través de lo que se dice o se escibe podemos invitar a la gente a danzar, sembrando alegría y esperanza o podemos construir muros, difundiendo odio y miedo. Este es el poder y él es tuyo. De esta manera, cada manifestación se vuelve un acto de mágia y define el tipo de mago que escogemos ser.