La madurez trae en si la verdadera libertad

“La madurez no es nada más que el entendimiento de sí y la disposición para transformarse. Esto es libertador”, dijo el Viejo mientras buscábamos zetas en un bosque próximo al monasterio después de una noche de lluvia. El sol brillaba por entre las hojas, acariciaba nuestros rostros y calentaba la mañana todavía fría. “Entender quiénes somos, nuestras dificultades y bellezas, permite que dejemos atrás lo que en nosotros no sirve más y abre la perspectiva de inventar lo que queremos ser. Este es el poder del Sendero”, complementó. Un bello ruiseñor se posó en la rama de un árbol próximo y nos obsequió una pequeña sinfonía que sólo se escucha en los bosques; después alzó vuelo. Le comenté que todos querian tener alas como los pájaros para alcanzar las alturas. Él replicó de inmediato: “Pájaros vuelan por determinismo biológico. Las alas de la libertad son metafóricas, fruto de la sabiduría y del amor, flor de las decisiones que se toman en cada paso del Sendero”.

Comenté que Mahatma Gandhi cierta vez, cuando estaba preso, dijo que hay hombres más libres en las celdas que vagando por las calles. El viejo objetó: “Gandhi era un iniciado, un alma antigua e iluminada. Claro que no hablaba de las mentes sombrías que se encaminan por las sendas de la criminalidad y de la ignorancia. Él se refería a la libertad de pensar despierto, independiente de preconceptos y condicionamientos culturales y sociales. La libertad de pensar más allá, de percibir que las más crueles prisiones son aquellas que no tienen rejas”. Se detuvo un poco y concluyó: “La libertad es mucho más que el derecho de vagar sin rumbo por las calles o llevar una vida completamente irresponsable. Esto, en general, caracteriza a los foragidos de la vida. Ellos generalmente están presos en la peor de las cárceles, la propia consciencia. La verdadera libertad trae en sí la responsabilidad. La responsabilidad ante sus decisiones y compromisos. Estamos comprometidos con todo lo que amamos y en la medida en que ampliamos nuestra esfera amorosa crecen nuestras alas, permitiéndonos vuelos cada vez más altos. Nuestras alas tienen el tamaño de nuestros corazones. Nuestras decisiones, a su vez, generan consecuencias y tenemos que responsabilizarnos por ellas. La serenidad que trae este entendimiento que aunque implique mayor esfuerzo y trabajo, pues cada cual tendrá los desafios propios según su aprendizaje, se llama madurez”.

El Viejo guardó silencio, estaba encantado con algunos champiñones que había encontrado al pie de un enorme roble. Yo aún metabolizaba sus palabras, cuando él recomenzó: “La libertad es una herramienta poderosa para la evolución, pues está directamente relacionada con tus decisiones, que, a su vez, definen y refinan el alma del viajero. No olvides, sin embargo, la evolución exige esfuerzo, determinación y coraje para enfrentar los desafios y sembrar el bien en los territorios áridos de la existencia. La responsabilidad con todos los que nos rodean es el propio compromiso con el Sendero, sin el cual no habrá libertad ni evolución. Vivir este concepto con alegría se llama madurez”.

En la noche cenamos en el monasterio una sabrosa sopa hecha con los champiñones recogidos por la mañana. Después me retiré, absorto en mis reflexiones, cuando el Viejo se aproximó y quiso saber qué me ocupaba los pensamientos. Le dije que pensaba en las consecuencias de cada decisión que tomamos en la vida y de los compromisos que acabamos asumiendo. Quise saber cuál es el límite de la responsabilidad. Él me invitó a caminar y comentó: “Dijo el poeta que tenemos el sentimiento del mundo y dos manos. Hagamos lo mejor a cada día según los límites de nuestra capacidad de amar y del nivel de consciencia que tengamos y que al día siguiente nos sea permitido amar, entender y hacer un poquito más. Así es el Sendero. Percibirás que cambia a medida que transformas tu manera de andar”.

Lo cuestioné sobre aquellas personas que se niegan a los compromisos. “Pobre de aquel que no se preocupa por alguien. Esto sólo revela al individuo que vive la ilusión de pensar que libertad es no tener compromisos, que vaga desorientado por el desierto del desamor, perdido en el valle de la soledad.”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Ese individuo espiritualmente todavía está en la infancia, se niega a crecer y desea vivir sólo por el placer. Aún no entiende la amplitud y el poder del amor. El sufrimiento será inevitable, pues en algún momento percibirá que se volvió rehén de su egoismo y está encarcelado en su propia soledad. Sólo el amor genera vínculos eternos y le atribuye sentido a la vida. Por lo tanto, como se ve, amar en toda su extensión no es un ejercicio destinado a los débiles”.

Con calma, me explicó que en el universo existen Leyes No Escritas, inexorables en la regencia de la conducta de todo y todos. Una de ellas dice que la vida reacciona en la exacta medida de las actitudes de cada uno. No por castigo y sí como lección. El dolor no es la única manera de aprender, sino el último recurso que el Sendero utiliza para corregir una ruta que lleva al abismo, pues con seguridad todas las señales anteriores fueron ignoradas por el viajero. Como un padre dedicado que no abdica de la mejor educación para el hijo, la Vida encontrará una manera de hacer que el sujeto reflexione y, entonces, Entienda (la sabiduría de la lección), Se Transforme (a sí mismo), Comparta (amar incondicionalmente) y Siga (el infinito viaje). Es escencial para endulzar el ser. De esta manera, tarde o temprano, dependiendo de las elecciones personales, todos logran cerrar sus ciclos de aprendizaje y de evolución.
Le pregunté cuál era el límite de la libertad. El viejo monge sonrrió como si esperase la pregunta y dijo de forma afectuosa: “La verdadera frontera es la dignidad. Sin honestidad en el trato con los otros, y con nosotros mismos, todas las demás virtudes se pudren pues envenenan el árbol. El florecimiento de la dignidad perfecciona las decisiones, herramienta con la cual cada uno ejercerá su libertad. Tú te defines a cada desición que tomas”.

Insistí en la forma de saber cuál es la mejor desición. El Viejo cerró los ojos y dijo: “ Tu escoges por amor o tomarás la desición equivocada. Entender esto es tener madurez para proseguir en el Sendero”. Pensó un poco y finalizó: “El amor es la cinta que entrelaza los corazones libres y despiertos. El amor es el verdadero compromiso y el único puente hacia la felicidad. No hay otra forma”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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