El arte de la renuncia

Había bajado de la montaña donde se encuentra el monasterio de la Orden y caminaba entre las calles estrechas y antiguas de la pequeña ciudad más cercana. Llovía mucho y estaba más oscuro de lo que la hora determinaba. Era temprano y el comercio comenzaba a abrir sus puertas. De lejos ví la bicicleta de Lorenzo estacionada frente a su pequeño establecimiento. Durante décadas había sido el único medio de transporte que aquel anciano se permitió usar. Sonreí de alegría commigo mismo ante la oportunidad de pasar algunos instantes con tan ilustre persona. Tan pronto entré Lorenzo me miró por encima de sus gafas, soltó el alicate, arqueó los labios y se levantó con los brazos abiertos para recibirme. Como siempre, el hombre alto y delgado estaba impecablemente vestido. El pantalón negro de pliegues, bien puesto, sostenido por tirantes, combinaba perfectamente con su elegante camisa blanca abotonada hasta el cuello y las mangas dobladas a la altura del codo para que no interfirieran en su oficio. Su cabello, del mismo color de la camisa, todavía abundante y bien peinado, daba muestra de su avanzada edad. Lorenzo había sido zapatero desde siempre. En sus horas libres le gustaba apreciar un buen vino y amaba los libros. Sus predilectos eran los vinos tintos y los libros de filosofía.

Había ido por causa de mis sandalias cuyas tiras de cuero, cansadas del uso, se habían rebentado. Aunque viejas, me gustaba la comodidad que me proporcionaban; parecía que mis sandalias y mis pies habían sellado la paz hacía tiempo. Después de saludarnos y tomar una taza de café bien caliente para ahuyentar el frío, le pregunté si las sandalias tendrían arreglo o me restaría buscar unas nuevas. “Pienso que las personas están perdiendo el buen hábito de arreglar las cosas y esto puede verse reflejado en las relaciones. Es necesario tener sensibilidad para percibir lo que ya no sirve y lo que merece ser remendado. Si la vida y todo en ella se vuelve desechable en breve mi profesión, así como la razón de mi existir, perderán el sentido”, dijo con algo de humor y de razón, mientras llevaba las sandalias a su mesa de trabajo. “Siéntate. Intercambiaremos una prosa mientras las arreglo”.

Aproveché el comentario para provocarlo y le pregunté cómo saber cuál era el momento para arreglar algo y cuál el de soltarlo. “Es indispensable entender la diferencia entre cada una de las decisiones. En esto reside el arte”. Me acomodé en un pequeño banco, pues sentí que aquella mañana aún podría ser soleada.

“Preferir el silencio como respuesta cuando la injuria nos alacnaza, es renuncia. Rehusarse a atender una mano afligida que ruega auxilio, es abandono. Abdicar de un bien material para evitar una pelea familiar de consecuencias impensables, es renuncia. Usar las imperfecciones del mundo para ocupar una tarde con lamentos en vez de trabajar, es desistencia. Solamente lo que transforma el alma tiene importancia, esto es sabiduría”, dijo el zapatero mientras cortaba nuevas tiras de cuero.

Argumenté que había entendido los ejemplos, pero la esencia de la diferencia se me había escapado. “La decisión por el abandono significa la incomprensión ante las Leyes de la Vida; la desistencia evidencia debilidad ante las dificultades que se presentan para apalancar nuestra evolución. Sin embargo, la renuncia ocurre cuando cambiamos conscientemente la apariencia del mundo por la esencia de la vida”. Le comenté que, a veces, la diferencia podría ser demasiado tenue. Lorenzo prosiguió con la explicación. “Lo esencial de la cuestión está en soltar la pasión para abrazar el amor. El ego ha generado la palabra egoísmo, sentimiento movido por pasiones mundanas de alto brillo y poca sustentación. De esta manera crea conflictos movidos por intereses menores y efímeros, hasta que, tarde o temprano, se percibe un gran vacío existencial. Valores que hasta entonces dirigían tu vida no pueden llenar la oscuridad que ahora la envuelven y causan angustia. Sediento por un haz de luz, comienzas a entender el poder del amor. El amor es la alegría de compartir la vida con el otro, de aprender y de enseñar, de entender las limitaciones y buscar la superación. Es la materia prima de todas las transformaciones del ser. Tu caminas por amor o no habrá ocurrido ninguna evolución”. Hizo una pausa mientras martillaba pequeños clavos para fijar las correas de las sandalias y en seguida reveló:

“La renuncia es la frontera entre la pasión y el amor. Es necesario dejar de sentirse el ombligo del mundo para reposar en el corazón del otro”, dijo el elegante zapatero cuando yo le pedí que fuera más claro. “La vida se rige por un Código de Leyes no escritas y el hilo que las conecta es el amor”. El noble zapatero hablaba sin desviar los ojos del oficio. “El ansia de la pasión encubre la verdad con un velo que solamente la serenidad del amor puede desvendar”. Yo sabía que él se refería a las Leyes del Camino, pero quería un ejemplo más palpable sobre las diferencias de las cuales hablaba. Protesté y le dije a mi bondadoso amigo que todo aquel discurso era muy bonito, pero que carecía de una mejor definición. Él me miró a los ojos y sonrió, sabía que lo estaba provocando. Reposó las herramientas sobre la mesa de trabajo y acomodó su silla en mi dirección. Colocó un poco de café en nuestras tazas y en seguida dijo:

“Cierta vez le preguntaron a un sabio cual era la diferencia entre la pasión y el amor. El sabio pidió que imaginaran a una persona que caminaba por el desierto hace días, bajo el calor ardiente, y de repente encuentra un jarro de agua fresca y bebe toda el agua para saciar su sed. Esto es pasión. No obstante, si esa misma persona, en las mismas condiciones, con el mismo calor y sed, bebe la mitad del jarro y además se preocupa por dejar el resto del agua para quien viene atrás”, hizo una pausa dramática con todo propósito y finalizó: “Esto es amor”.

Mi amigo zapatero era un lord. Claramente no poseía títulos aristocráticos. Su realeza venía de la gentileza en el trato con los demás y la elegancia al traducir los sentimientos en palabras para que fuesen usados de la mejor manera por cualquier persona. Arreglar zapatos era su oficio. Remendar corazones, su arte.

Calcé mis sandalias y le dí un fuerte abrazo. “Así como no hay transformación sin amor, es imposible amar sin renunciar”, le confesé. Él apenas sonrió en respuesta como diciendo que había aprendido la lección.
Cuando volví a andar por las calles empedradas de la antigua ciudad, todavía llovía fuerte bajo un manto espeso de nuves grises, pero no estaba oscuro. Desde arriba, la luz del sol me indicaba el Camino.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Martha Lucía 12 de septiembre de 2020 on 15:28

    Reventar!!!😉😉🙏

  • Caetano 2 de septiembre de 2020 on 14:45

    Gracias siempre.