El cazador de estrellas

Pasé varios períodos de mi vida al lado de Canción Estrellada, chamán del pueblo nativo del Camino Rojo, de quien aprendí mucho. Cierta vez, el Viejo, como llamábamos al más antiguo monje de la Orden fue quien me mandó para allá. El motivo era que yo estaba indisponiéndome a menudo con otros monjes del monasterio, con los comerciantes de la pequeña ciudad más próxima y hasta con amigos y familiares. “Cuando pensamos que el mundo interfiere con nuestros sueños es porque algo anda mal dentro de nosotros”, así él justificó mi cambio temporal de humor.

Fui recibido con la alegría de siempre por el chamán, pero después de los primeros días de vacaciones obligatórias, comencé a indisponerme con algunos miembros de la tribu. Claro que estaba insatisfecho conmigo, mi visión estaba nublada con relación a algunas situaciones y, principalmente, siempre le atribuía a alguien la responsabilidad de mi infelicidad. Por un lado no lo percibía; por el otro, me faltaba coraje para admitir mis propias dificultades que tanto me incomodaban, causantes de aquellos pequeños conflictos puntuales. Canción Estrellada me observó por un tiempo sin decir palabra, hasta que cierta noche me invitó a sentarme a su lado en frente de la hoguera. Estábamos sólos. Yo observaba sus movimientos, mientras él, sin prisa, llenaba con tabaco el hornillo de piedra de su pipa. Teníamos la Vía Láctea en la bóbeda del Infinito como obra de arte. La noche mal comenzaba. Yo quise saber el motivo por el cual siempre me invitaba a conversar ante las llamaradas. “El Gran Misterio utiliza el poder de los cuatro elementales – agua, aire, tierra y fuego – para purificar y alimentar al planeta. Me siento a gusto ante el poder del fuego que ilumina, calienta y quema las viejas formas”, dijo mientras daba la primera bocanada. Lo interrumpí para preguntarle a qué se refería con el término “viejas formas”. “Son sentimientos e ideas que ya no nos sirven y, por anticuados, deben ser transmutados. La vida necesita que siempre haya lugar para lo nuevo, sea en el planeta o dentro de nosotros”, explicó. En seguida me pasó la pipa, sus ojos se fijaron en los míos en señal de amistad y respeto, como exige la tradición. Ví el fuego reflejarse en sus pupilas mientras él hablaba: “Es el momento de conversar sobre el Cazador de Estrellas”. Antes que yo le preguntara de qué se trataba, el anciano explicó: “Es todo aquel que recorre el Sendero Dorado de la Iluminación”.

Movido por mi enorme curiosidad e impaciencia lo interrumpí nuevamente para saber cuál era el significado o alcance de la palabra “iluminación”, pues es utilizada por todas las tradiciones de Oriente a Occidente. Él arqueó los labios con una breve sonrisa y me dijo: “La iluminación es la capacidad de ver más allá de lo mundano, de encontrar sentido en el caos, belleza en todo y en todos, a pesar de las divergencias de la vida. Es construir por sí mismo la verdadera morada de paz con los ladrillos de la sabiduría y la argamasa del amor”. Dió una bocanada antes de proseguir: “La paz habita dentro de tu corazón. No la encontrarás en ningún otro lugar”.

Dimos algunas bocanadas más en absoluto silencio, hasta que él bromeó conmigo al preguntar si podía continuar o si yo aún tenía muchas preguntas. Reímos y le indiqué con la cabeza que prosiguiera. Canción Estrellada cerró los ojos, como buscando la mejor idea dentro de su alma y dijo: “El Cazador de Estrellas es todo aquel que atraviesa los senderos de la existencia en busca de Luz. Él no le transfiere a nadie la responsabilidad de sus errores ni las dificultades que debe enfrentar. Es consciente tanto de su propósito como de su valor. Sabe que los errores son desafios a ser vencidos para que pueda mejorar sus dones y talentos y, cada vez más, se convierta en un maestro en la batalla para iluminar las sombras que lo habitan. Las dificultades, a sua vez, son lecciones ocultas que se presentan para perfeccionar al ser y apalancar su evolución. Así, el Cazador de Estrellas es grato por todas las personas y situaciones que surgen, aún las inconvenientes”. “Es consciente de que transferir al otro sus propios problemas es huir de la gran batalla a la que fue destinado; es desperdiciar la oportunidad de aprender, de transformarse, compartir y seguir; es aprisionarse en un ciclo de la vida, como en una celda sin rejas; es negar la libertad”.

Canción Estrellada dió una bocanada más, me observó durante algunos instantes y prosiguió: “Al contrario de lo que se cree, al transferir la responsabilidad no nos libramos de ella. El individuo quedará preso a un ciclo de vida que se repetirá indefinidamente hasta que tenga la consciencia y el coraje de enfrentar y superar la cuestión. Es necesario aprender la lección para cerrar el ciclo. Dos ciclos no pueden cohabitar, es necesario terminar con lo viejo para iniciar lo nuevo. El Gran Misterio exige que cada cual entienda el Camino en la medida en que avanza, sólo así dará un paso en la Rueda de la Vida. Cuando le atribuímos al otro la razón de nuestro descontento, sólo demostramos el estado primario de nuestra consciencia al rehusarnos a la transformación interna que la vida, al mismo tiempo, nos exige y nos oferece en aquel momento”.

Canción Estrellada marcó el ritmo de una bella canción nativa con su tambor de dos caras; en ella dice que tenemos que hacer que nuestro corazón lata al compás de la pulsación del planeta para que seamos uno sólo. Cerré los ojos y arqueé los labios como forma de agradecimiento por aquella oportunidad. Nos dejamos arrullar por un tiempo que no pude precisar. Más tarde le pregunté cuál era la razón de la expresión “Cazador de Estrellas”. Él respondió con voz suave y ronca: “Las estrellas son las fuentes de luz del universo físico donde habitan el amor y la sabiduría en la esfera espiritual. Así como nuestros ancestros tenían la caza como medio de sobrevivencia, moverse en el sentido de la Luz dignifica la vida y alimenta el alma”.

Volvimos a quedar en silencio durante largo tiempo hasta que él me trajo de regreso: “Quiero contarte un poco más sobre el Cazador de Estrellas. Para cumplir su misión, el cazador tiene que atravesar tres portales. El primero se refiere a los dones y talentos. Todos, sin excepción, los poseen. Son las herramientas que el Universo dispone para que entendamos y recorramos el Camino. Cada cual tiene los suyos. Son las habilidades que nos hacen únicos y que conceden la magia de la levedad a través de las inherentes dificultades de la jornada. Es preciso desarrollar el dominio y el atributo de estos instrumentos. Sin embargo, es indispensable que hagamos uso de ellos con creatividad y osadía, pues todo puede ser diferente y mejor. Los dones y talentos de cada uno tienen el poder de polinizar los Jardines de la Humanidad”.

“El segundo portal es el de la cura. La vida no es más que un infinito proceso de cura. Hablo de las heridas del alma. Las tristezas, los recuerdos dolorosos que tanto nos entristecen y generan sombras peligrosas como la rabia, los celos, la envidia, entre otros sentimientos de baja vibración. Por tanto, el Cazador de Estrellas necesita sabiduría para admitirlos y entender cuánto esto le hace daño y que sólo el amor, en sus variadas manifestaciones, como el perdón, la paciencia y la compasión, tiene la fuerza de la cicatrización definitiva. En este portal el Cazador de Estrellas descubrirá que las más importantes batallas son libradadas donde se esconde la paz: en el corazón”.

“El tercero es el del intercambio. No somos nuestro discurso; somos lo que elegimos. Nuestras decisiones nos revelan y perfeccionan. El único escenário disponible para el ejercicio de nuestra espiritualidad es la convivencia social. No hay otro medio. Sólo en el trato con toda la gente podremos enseñar y aprender, descubrir quiénes somos, recomenzar y transformarnos. Así florecerá lo mejor de nosotros a la luz de cada estrella alcanzada. Esta es la magia del Camino”.

La mañana daba muestras de su llegada y en el horizonte ya podíamos ver los primeros trazos de claridad. Habíamos fumado lo que había en el hornillo y la hoguera se extinguía. Canción Estrellada me miró con su infinita dulzura y finalizó: “Agradece a todo y a todos los que se crucen por tu camino, aún por aquellos que aparentemente te trajeron infortunio, pues son portadores de la indispensable transformación en nuestra forma de ver y vivir. No son los otros que tiene que cambiar para adecuarse a nuestros deseos; somos nosotros quienes tenemos que transmutar las viejas formas que todavía nos cubren para no permitir que algo o alguien nos hurte la paz del corazón. No le concedas a nadie tal poder. El verdadero Cazador de Estrellas es inquebrantable de espíritu”.

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