¿Necesito de esto?

Era un joven y abogado prometedor. Había aprovechado para tomarse unos días de descanso para conocer al Viejo, de quien había oído hablar. Mientras lo llevaba al lugar donde tendría lugar el encuentro, quise mostrarle la belleza de nuestro monasterio, sus columnas esculpidas y las paredes antiguas, en donde hacía mucho se anclaba la paz del silencio, de las oraciones, de los estudios y del servicio caritativo, pero él tenía prisa. Interrumpió mi relato acerca de la abadía para comentar sobre la importancia de los procesos en los cuales actuaba y sobre sus triunfos en los tribunales, donde deslumbraba a los jueces por el peso de su inteligencia. Tenía prisa para encontrarse con el Viejo ya que trabajos de sumo valor lo aguardaban. No obstante, antes de que llegáramos al lugar donde el viejo monje recibía a las personas para conversar, lo encontramos en el jardín interno del monasterio distraído con algunas plantas. El joven fue recibido con sincera alegría por el anciano, como era su costumbre, aunque no lo conociera. Inmediatamente el abogado comenzó a hablar sobre una acción emprendida contra una poderosa multinacional que le daría millones en honorarios. Explicó que al día siguiente tendría que hacer la petición del proceso y pidió que fueran directo al motivo de su visita. “Dinero es una herramienta importante, se pueden hacer muchas cosas buenas con él. Así como con tu profesión, en la lucha por un equilibrio y entendimiento entre las personas. Úsalas con sabiduría”, se limitó a comentar el monje. En seguida le preguntó al joven: “¿Puedo ayudarte en algo?”.

La respuesta era la ansiedad y el estrés. Comentó que por estos motivos había sido internado con problemas cardíacos, tenía dificultad en sus relaciones afectivas y que no podía dormir sin la ayuda de ansiolíticos. Sin embargo creía que ese era el precio por su éxito. “¿Quién te recomendó visitar el monasterio? ”, preguntó el monje. El abogado respondió que había sido un tío suyo llamado Jonás, un humilde carpintero que lo visitó cuando estuvo convaleciente en el hospital. Dejó escapar con algo de verguenza que fue la única visita que recibió, apenas motivada por el cariño, sin ningún otro interés. “¿Eres sobrino de Jonás?”, se alegró el Viejo. “Respeto y admiro mucho a tu tío. Cada vez que un niño ingresa al orfanato de la ciudad él construye y dona una cuna para el pequeño. Usa sus dones y talentos con el corazón. Me gusta mucho estar y conversar con él”.

El joven replicó, pues creía que su tío debía concentrar sus esfuerzos para salir de la vida simple que llevaba. Comprar una casa más grande, montar un taller más moderno. No debía preocuparse con problemas que no eran suyos. El Viejo curvó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Debe ser triste no tener con quien preocuparse. Jonás es un hombre feliz”. El abogado rió y dijo que el tío era un irresponsable.

El Viejo lo miró con ojos compasivos y preguntó: “¿Él necesita de eso?”. La pregunta era apenas retórica y se refería al estilo de vida y bienes que el sobrino creía que Jonás debería perseguir. Antes de que el joven pudiera responder lo invitó a sentarse a su lado en un banco de piedra, a la sombra de un enorme rosal. En seguida comentó: “Ganar el pan de cada día con dignidad es sagrado, así como es legítimo y loable el esfuerzo para tener una vida cómoda. Todos tenemos necesidades básicas de alimentación, vivienda, educación y salud”… La brisa leve de la tarde hacía el jardín mucho más agradable. El Viejo continuó: “El problema es que desde siempre la humanidad parece no estar satisfecha y saciada con lo que tiene y, entonces, continúa su búsqueda desesperada por tener más. No sabe imponer límites, lo que trae de inmediato dos problemas. El primero es que las personas se vuelven eternamente insatisfechas, alimentando un ego ya gordo y cada vez más voraz que se agiganta en las sombras de la vanidad y de la ganancia desmedida. El otro, es que acaba sobrando poco tiempo para pensar y ejercitar las cuestiones primordiales del ser, donde se adquieren las verdaderas riquezas”.

El joven, brillante por oficio en las técnicas de la argumentación y la contienda, refutó diciendo que conocía aquel viejo discurso pero que en realidad el mundo sólo respetaba y reverenciaba a las personas poderosas y, por lo tanto, entre mayor la fortuna más consideración le rendirían y, en el uso de este poder, a futuro, podría contribuir mejor con la caridad. El monje sonrió con los ojos y dijo: “Pienso que tal vez estás equivocado en cuanto a las personas a quienes das valor y consideras importantes. Sin duda, el dinero puede ser un instrumento poderoso para la realización del bien, pero se vuelve desastroso cuando tiene como finalidad alimentar el orgullo. Así como un martillo, su uso definirá si será útil para construir o demoler” y prosiguió: “Al contrario de lo que muchos piensan, la mejor compasión no requiere de dinero y sí de saber priorizar nuestro tiempo, sentimiento e interés; puedes cuidar de tu arte u oficio con maestría mientras interactúas con el mundo ofreciéndole tu corazón, así como Jonás”.

El joven argumentó con astucia que las personas son diferentes. De igual forma son distintos los conceptos, los objetivos y las necesidades de comodidad. Cuestionó hasta dónde era legítimo concentrarse solamente en sus objetivos antes de pensar en ayudar a los otros. El monje respondió suavemente: “Sí, cada cual es único y en esto reside la fortuna de la vida. Existe un mantra valioso que cualquiera puede recitar: ‘¿Necesito de esto?’. Tenemos que cuestionarnos sobre los verdaderos límites de la propia necesidad. Entre más estrecho es el límite del ego más amplias serán las fronteras del alma. Créelo, las prioridades cambian a medida que el nivel de consciencia se transforma. Me cuestiono sobre la lucha insana por carros más potentes en centros urbanos embotellados y que, al final, llevan apenas el cuerpo, pues el alma, muchas veces, no ha ido a ningún lugar. O sobre casas cada vez más lujosas, en barrios exclusivos, que cuestan montañas de dinero e incluso deudas, como símbolos de ostentación, estatus e irónicamente, aislamiento. Con frecuencia encuentro personas en búsqueda frenética por más ropa, zapatos y relojes. Será que nunca se han preguntado “¿Yo necesito esto?”.

El abogado negó con la cabeza y sus ojos se desbordaron de ironía. El monje ni remotamente pareció ofendido y continuó con su hablar suave: “¿Cuántas veces has pospuesto una reunión de negocios para atender a un hijo que necesita de tu tiempo y de tus consejos para mostrarle los buenos senderos de la vida, serenando su corazoncillo al sentir tu mano fuerte apoyándole? ¿Cuándo fue la última vez que les llevaste a tus padres un poco de cariño o cancelaste un compromiso profesional para oír a un amigo en dificultades?”. Con la expresión amorosa que le era peculiar, el Viejo volvió a preguntar: “¿Hijo, qué es lo que realmente necesitas? Esta respuesta va a revelar tu actual nivel de consciencia y a definir las alegrías y los sufrimientos que te acompañarán en el Camino”.

El joven volvió a explicar, como si se dirigiera a un anciano ingenuo, que trabajaba mucho y a cambio necesitaba darse algunos gustos para cumplir sus deseos. El Viejo respondió de inmediato: “Las sociedades se mueven inconscientemente distrayendo nuestra atención ante las cuestiones primordiales del ser. Veo personas que para relajarse crean una lista de lugares que supuestamente no pueden dejar de visitar, como ruta de escape que les roba el precioso encuentro consigo mismos. ¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que nos lleva a huir de nosotros mismos?”, dio una pequeña pausa y concluyó: “Entiendo el deseo de consentirnos después de una dura batalla. No obstante, podemos agradar al ego o al alma. El resultado es un brillo fuerte de corta duración, que viene acompañado de un gran vacío, o una extraña e infinita luz que brinda una sensación de completud”.

El joven abogado sonrió, sacudió levemente la cabeza como si estuviese oyendo a un loco y se levantó. Educadamente le agradeció al monje por su tiempo y lamentó que la visita no lo hubiera ayudado. Confesó, con algo de sarcasmo, que esperaba recibir una revelación secreta sobre los misterios de la vida. El monje se levantó y lo abrazó. Después le dijo con dulzura: “Lo que muchos llaman de misterio, no es nada más que las lecciones que negamos. Entonces, nos aprisionamos a un ciclo hasta que cada uno lo decodifica para sí. Esto puede traer sufrimiento; sin embargo, la vida florece por la alegría de las almas y pone a disposición la más delicada sabiduría para todos, sin privilegio o distinción. Está en el aire, en el silencio, en las sonrisas y en los abrazos. Basta con prestar atención y tener la osadía de pensar diferente. Nada será más revolucionario que colocar el más puro amor en cada elección al preguntarse “¿Necesito de esto?”.

Quise acompañar al joven hasta los portones del monasterio pero se despidió y partió.

A solas, el Viejo comentó con cariño: “Un día él volverá”. Quise saber si el abogado regresaría al monasterio. “Volverá a su propio corazón. No podrá huir de él por toda la eternidad. En algún momento tendrá que rehacer sus prioridades. Sus necesidades cambiarán cuando se canse del vacío, del desierto y del abandono”. Miró hacia las primeras estrellas que comenzaban a adornar la noche y finalizó: “¿Quién crees que ha encontrado la paz, el joven abogado, rico y talentoso, o su tío carpintero, humilde y misericordioso?”.

Tan sólo bajé los ojos como respuesta. En seguida le ofrecí un té. Él me miró seriamente y recitó el mantra: “¿Necesito de esto?” y enseguida guiñó el ojo y dijo de modo travieso: “¡Mucho!”. Reímos y nos dirigimos al comedor.

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