Sabemos más de lo que somos

Un día más de trabajo terminaba en la pequeña y antigua ciudad cercana a la montaña que acoge el monasterio de la Orden. Aceleré el paso con la esperanza de encontrar el taller de Lorenzo todavía abierto, no porque tuviera que hacer algún arreglo sino porque quería conversar un poco con mi querido amigo. De lejos pude ver su bicicleta recostada en el poste de luz, señal de que yo estaba con suerte. El zapatero, elegante como siempre tanto en el vestir como en el actuar, me recibió con alegría y para mi sorpresa, estaba con Sara, la Morenaza, como cariñosamente llamaba a su hija, una bellísima y joven mujer de cabellos largos y negros, motivo de su apodo. Ella, que ahora vivía en la capital donde trabajaba y cursaba el doctorado en una prestigiosa universidad, había venido a pasar unos días con su padre. Muy dulce y educada dijo que nos dejaría a solas para que conversáramos y que lo aguardaría en casa más tarde. Lorenzo me mostró los nuevos libros de filosofía que su hija le había traído de regalo. La filosofía era la otra pasión del buen zapatero. Me invitó a tomar una copa de vino en una silenciosa taberna próxima de allí. Fuimos a pie y antes de llegar le pregunté por la experiencia de educar una hija sólo. “Sabemos más de lo que somos. Todos tenemos conocimientos que no podemos ejercer, entonces la vida, con su infinita inteligencia, nos impone conflictos y dificultades para que entendamos su belleza y nos obliga a vivirlos. Cabe a nosotros mismos aprovechar las preciosas lecciones con alegre resignación”, comentó con el fin de demostrar los fundamentos del raciocinio que construía.

Sentados en la mesa con dos copas de vino tinto, volvimos al asunto. “No somos lo que pensamos o lo que hablamos y sí lo que hacemos. Nuestras elecciones nos definen”. Dio una pequeña pausa antes de proseguir: “Cuando la madre de Sara partió en busca de su sueño de ser actriz y me dejó con la responsabilidad de cuidar y educar a una niña aún en la infancia, en un primer momento quedé muy molesto al sentirme traicionado y abandonado con mi hija. Lo más curioso fue que en la época yo ya había consolidado en mi mente todos los conceptos de respeto a la libertad ajena”. Lo interrumpí argumentando que toda libertad trae consigo una dosis exacta de responsabilidad y la madre también tenía el deber de cuidar a Sara. “Sin duda”, respondió el elegante zapatero. “Sin embargo, no podemos volvernos quejumbrosos, amargados, atados y dependientes por las decisiones de alguien. ¿Acaso yo ya no era responsable por la crianza de mi hija antes de que ella partiera? Era apenas una cuestión de cambiar el foco, de adaptación, de aprender a adecuarme a una situación diferente, de obligarme a cerrar un ciclo ya terminado y permitir que uno nuevo comenzara”. Refuté diciendo que dividir la tarea la hace más leve. “Pero no más fuerte y sabio”, respondió y luego explicó: “Siempre hay ganancias, puedes estar seguro. Aprendí tanto o más que en los libros de filosofía, o mejor, fui llevado a colocar en práctica todo aquel conocimiento adquirido en millares de páginas. Sólo así tuvieron sentido y permití que el conocimiento se transformara en sabiduría. Este tal vez haya sido la mayor de todas ellas”.

Quise que fuera más específico. Lorenzo bebió un sorbo de vino y dijo: “Orientar a un hijo sobre el valor de las buenas virtudes es importantísimo; dar ejemplo es indispensable. En la convivencia social cuando el discurso se divorcia de la práctica, la buena palabra termina por perder su poder, así como agua pura que se derrama en el suelo para hacer lama”. Se quedó algunos momentos en silencio, me miró a los ojos y prosiguió: “¿De qué sirve toda una teoría de respeto a la libertad de opinión y elección de los otros, si mi hija podía percibir mi dolor ante la decisión de su madre de partir?”. El zapatero estaba visiblemente emocionado, quizá por los recuerdos de toda una existencia. Pensé en cambiar de asunto, pero su voz estaba serena como de costumbre. Él continuó con su manera dulce: “Entendí que evolucionar no es más que iluminar las propias sombras. El dolor por el abandono necesitaba se transmutado en respeto por el sueño de la madre de Sara al decidir al respecto de su propia vida, aunque yo discordara totalmente. Mi hija podría crecer en un lugar en el que oiría que su madre era loca e irresponsable o en un hogar armonioso donde entendiera a la madre por renunciar a cosas importantes en búsqueda de su sueño y la respetase por esto. Habían por lo menos dos visiones sobre la cuestión: la que alimentaría las sombras o la que iluminaría el futuro de nosotros tres. ¿Te das cuenta que siempre podemos elegir? Sólo así fue posible para mi hija entender el verdadero valor y respeto por la libertad que está contenido en la decisión del otro, creciendo sin resentimientos o distribución de culpas inadvertidamente. Y por esto, y gracias a esto, yo aprendí cuán sagrada es la vida pues nos impulsa a ejercitar el amor más puro y la sabiduría más límpida mediante caminos que a veces sólo entenderemos mucho tiempo después. Fueron lecciones valiosas sobre sensatez, tolerancia y paciencia, a la espera del dulce fruto de la ardua siembra, pues la vida tiene su propio tiempo de maduración sobre todas las cosas. Nuestras relaciones y la convivencia social son los adobos del jardín que fomentan la práctica de la teoría que sabemos y aún no practicamos, como la semilla que necesita de la presión de la tierra para reventar y germinar. De esta manera Sara se convirtió en una bella y preciosa flor”.

Estuve de acuerdo con él sobre el valor de tener las mejores actitudes corroboradas por las buenas palabras, pues de lo contrario tendremos una sociedad de incrédulos acerca de las virtudes humanas, justo de aquellas que elevan y dan sentido a la existencia. Él me observaba en total silencio y cuando callé, dijo: “Sí, pero vamos con calma. Toda tribu tiene su fama en la justa medida del comportamiento de sus habitantes, lo que apenas nos muestra su nivel actual y nos enseña que sólo habrá evolución al compás de las transformaciones íntimas de cada ciudadano. No existe otra manera de cambiar la realidad de un pueblo”, bebió el último sorbo de vino, estuvimos de acuerdo en pedir otra copa para cada uno y él continuó: “Como dije, sabemos más de lo que somos” y pasó a la conclusión de la premisa del inicio de la conversación: “Pienso que ese proceso es natural, pero debe ser consciente. En teoría, todos somos buenos y de bien; en la práctica, no tanto. Seas tú o yo. La mente va sedimentando los valores que necesitamos aprender y, poco a poco, insiste en que el corazón los experimente. Comenzamos lentamente, prescindiendo de ciertos vicios comportamentales al saber que están distantes del bien; así practicamos las buenas acciones en obediencia a la consciencia, por imposición del raciocinio. Progresivamente comenzamos a cambiar nuestras actitudes al profundizar en un nuevo patrón vibratorio modificado por la luz de la nueva forma de actuar. Las virtudes entonces pasan, gradualmente, a hacerse inherentes e inseparables de nuestro nuevo ser, al integrarse definitivamente con el alma. El bien no necesita más del ‘pensar’ pues ahora hace parte del ‘sentir’. La sabiduría se transformó en amor y migró de la mente al corazón”.

El mesero trajo otras copas llenas de vino. Lorenzo propuso un brindis: “A todas las transformaciones ofrecidas por las generosas lecciones del Camino! ”. Con los ojos absortos finalizó en tono muy bajo, casi como si se secreteara consigo mismo: “Las dificultades son las herramientas que nos obligan y nos enseñan a construir los puentes sobre los abismos de la existencia. Sólo entonces es posible proseguir el viaje”.

Continuamos conversando sobre la magia de la vida y sus fantásticas revelaciones, por tiempo indeterminado, hasta que fuimos invitados gentilmente a retirarnos. La taberna tenía que cerrar.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares

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