El escape del mundo

Era un típico día de invierno. El cielo azul, sin ninguna nube, permitía que el sol nos acariciara la piel sobre el abrigo de lana; agradable y acogedora sensación. El día amanecía cuando fui llamado al portón para guiar a un señor que deseaba conversar con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al decano de la Orden. Como estaba temprano, el monje sugirió que la conversación transcurriera en el comedor pues imaginaba que el visitante había partido de madrugada, cuando aún estaba oscuro, para llegar al monasterio localizado en la montaña. Como ya habíamos realizado la meditación, primera actividad del día, y estábamos en ayunas, todos nos sentamos en la enorme mesa. Cuando los demás monjes se retiraron a sus quehaceres, el Viejo le preguntó al visitante cómo podría ayudarlo. El hombre manifestó que tenía ganas de huir del mundo, ya que la soledad lo corroía al sentirse abandonado por los hijos y nietos, cuyas visitas eran cada vez más raras. Tenía la fuerte resolución de abrazar la vida monástica, adhiriéndose a las hileras de la Orden. Con la mirada suave y la voz repleta de bondad, el monje le explicó: “Soledad no significa desistencia, tampoco huir del mundo traerá la deseada paz. Es necesario entender la búsqueda para direccionar el rumbo del destino”. El hombre declaró que estaba cansado de la ingratitud de la vida en sociedad, que se había dedicado al trabajo y a la familia durante su existencia para recibir tan sólo el olvido como moneda de pago. Amargado, confesó que si no era importante para los suyos prefería alejarse.

“Todo errado”, dijo el viejo después de oír con paciencia todo el rosario de lamentaciones. “Para comenzar es bueno recordar que cada cual tiene sus obligaciones, compromisos e intereses que toman tiempo. Todos tienen una vida personal que cuidar. Aceptar que no somos el centro de la vida ajena es un buen inicio para alejar las lamentaciones indebidas”. “En seguida, es necesario entender que entre miembros de un mismo grupo familiar o social siempre habrán algunos ondeando deudas emocionales ancestrales. Justo con ellos están guardadas nuestras lecciones evolutivas; a través de esta vía se nos ofrecerán las preciosas lecciones de amor mediante el ejercicio de la paciencia, tolerancia, compasión y, principalmente, del perdón”. “Después, es importante percibir que la soledad no significa abandono y sí encuentro. Es la oportunidad de iniciar la relación más importante de la vida: consigo mismo. Es el sinuoso camino del autoconocimiento, primer nivel para la indispensable y posterior plenitud. Es fundamental que hagamos un mapa detallado de quién somos realmente para, solamente entonces, limar las aristas que rasgan las relaciones e hieren la paz. Solamente así iluminaremos las ideas y emociones que tanto nos perjudican por ser obsoletas y nocivas. Al contrario de cómo es tratada peyorativamente, la soledad es maravillosa cuando es bien aprovechada. Por tanto, necesitamos de la quietud y del silencio que la soledad ofrece. Una buena manea de estar frente a frente con la propia esencia, identificando lo sagrado que hay en nosotros. Así, lo que es sombra se transforma en luz”.

El hombre observaba con interés y el Viejo continuó diciendo: “La gran lección de ese momento es la ruptura de la dependencia emocional con relación a los otros. Es espantosa, equivocada y triste la idea de mendigar o cobrar afecto y atención para sostener la felicidad. Es un total absurdo nacido de la incomprensión de las propias capacidades. De otro lado, sería enorme crueldad la obligación de soportar la pesada carga de la felicidad ajena. A pesar de todas las dificultades y conflictos, el Universo ofrece a cada cual las perfectas condiciones para la conquista de la felicidad, por sí y en sí”. Miró al visitante a los ojos y confesó: “¡Este momento es mágico! Entonces, llega el momento de dar el siguiente paso: compartir con el mundo lo que floreció en el corazón. ¿De qué sirve un bello pomar si nadie tiene acceso para deleitarse con la miel de sus frutos? Es el momento de regresar e intensificar la convivencia social. Sólo los encuentros permiten que podamos ofrecer lo mejor que tenemos, además de mostrarnos las dificultades aún no vencidas en la búsqueda del perfeccionamiento. Es la forma de sembrar y recoger en los campos de la humanidad”.

El señor agachó la cabeza, lamentó que nadie se interesara en él y, dada su avanzada edad, sentía que no era útil para aquellos que lo rodeaban. El Viejo arqueó los labios con una dulce sonrisa y dijo: “Es necesario deshacerse del disfraz de víctima, cambiar los lentes del drama. Sería bueno una reflexión sincera para entender exactamente lo que se está entregando a la familia. ¿Está dispuesto a ofrecer lo mejor de sí o tan sólo desea que todo y todos giren a su alrededor? Exigir ser la persona más importante en la vida del otro es una de las mayores causas de conflictos existentes, flor del egoísmo, raíz del ego. Un error innecesario”.

El hombre replicó diciendo que había luchado toda la vida para construir una familia y, ahora, las personas parecían haberse olvidado de él. El monje me pidió que le sirviera un poco más de café y dijo: “Tenga la generosidad de aceptar que cada cual se mueve de acuerdo a sus intereses, se dona solamente en la medida de su capacidad y enfrenta sus propias dificultades según la exacta necesidad de las lecciones que le corresponden”. “El amor, para existir de verdad, tiene que ser incondicional; exige renuncia o no es amor. Uno de los pilares de la plenitud sustenta que debemos mejorarnos para que siempre entregamos al otro lo más valioso que habita en nosotros; a cambio, aceptamos de buen agrado lo que nos es ofrecido, así sea muy poco o casi nada. Entender esto es unir el más puro amor con la más fina sabiduría. En el viaje evolutivo aprendemos que cada cual sólo puede ofrecer lo que lleva en su mochila sagrada, el corazón. ¿Cómo exigir cien de quien sólo tiene diez para dar? ¿Cómo esperar flores de quien está enterrado en piedras? Imposible. Cada cual piensa y reacciona de acuerdo con su estado de consciencia en el Camino”.

El señor replicó nuevamente diciendo que estaba cansado y que no tenía ya fuerzas para continuar en el difícil propósito del perfeccionamiento del ser. Mejor sería unirse a los monjes de la Orden, insistió. El Viejo miró al hombre a los ojos y le dijo: “Salir del mundo para encontrarse consigo, está bien; huir del mundo para escapar de la vida; todo equivocado. El monasterio no es un escondite o lugar para quien se abandonó. Este es un lugar de estudio y trabajo, donde todos entienden la alegría del perfeccionamiento. Buscamos la soledad para meditar y reflexionar como sendero para el autoconocimiento; el trabajo comunitario como instrumento para promover la fiesta de la vida, que es el intercambio con el otro, cada cual con su parte, ofreciendo los mejores y más sinceros sentimientos”. Con los ojos llorosos dijo con emoción: “En la caridad gana más quien da que quien recibe. Crea en esto”. Hizo una pequeña pausa antes de proseguir: “Sin embargo y por lo tanto, no es necesaria una vida monástica. Cada cual es un centro individual de poder, un precioso templo y cualquier rincón silencioso tiene la quietud necesaria para calmar los tambores del mundo y permitir oír la voz del silencio que el alma susurra. Transformar en jardín el desierto del ser es la alquimia de la vida. Comenzamos con nosotros mismos, después propagamos la magia y las flores al mundo”.

El hombre confesó que tenía miedo de no ser amado y que estaba allí para llamar la atención de la familia. Tenía el deseo secreto que fueran a rescatarlo del monasterio. El Viejo rió con ganas, después añadió: “Imagínese en profundo respeto hacia sus elecciones, lo que sería lo correcto. ¿Ellos apoyarían su ingreso a la Orden? Su sufrimiento sería inconmensurable. A menudo, somos víctimas de nosotros mismos”. Hizo una breve pausa y dijo: “Buscamos la oscuridad de la caverna con la ilusión de protegernos del dolor. Cuando, en realidad, necesitamos de la luz de la vida para ver las heridas que debemos curar”.

Contrariado, el visitante lamentó no haber encontrado la ayuda que esperaba; se dio vuelta y partió. El Viejo frunció el ceño como diciendo que había hecho lo posible y que si las semillas de sus palabras fueron buenas algún día germinarían. En seguida hablo de manera tranquila: “Ofrece siempre lo mejor y no esperes nada a cambio; al día siguiente ofrece un poco más y espera aún menos” y guiñó un ojo como si estuviese contando un secreto.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 3 Respuestas

  • Walter Daniel Fernández 29 de febrero de 2020 on 12:54

    Después de 4 años, el caminante sigue en el camino! Gracias Yoskhaz!! Regresé hoy al primer texto tuyo que leí, con otros ojos pude disfrutar de una nueva comprensión del mismo!!

  • eglis morales 25 de agosto de 2016 on 05:03

    Expetacular

  • Walter Fernández 21 de agosto de 2016 on 02:13

    Magnífica historia, en tan poco logra transmitir algo tan simple y tan complejo como es el amor propio y la eliminación de las expectativas y proyecciones sobre los demás. Exponiendo no sólo la manera en la que se puede guiar hacia ese camino…sino también las trabas que pone la mente a la hora de buscar justificaciones y victimización.

    Actualmente estoy en el camino hacia el autoconocimiento, un camino que no es fácil, que es diferente para cada persona, que implica encontrarse solo en muchas ocasiones…enfrentarse a los miedos y al control de nuestra mente sobre el ahora. Es necesario irse para lograr encontrarse, alejarse de las distracciones mundanas y los vicios para dejar de lado ese ruido que nos rodea constantemente.

    Mis saludos y agradecimientos hacia Maria del Pilar Linares por la traducción de cada uno de estos textos.