El encanto de los rituales

La mañana parecía soñolienta. Era el último día del año y yo estaba viendo por internet los preparativos para las fiestas en varios lugares del mundo. Todos los periódicos mostraban las mismas noticias. La pereza y el mal humor estaban instalados en mis entrañas. Después del desayuno el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, percibiendo mi desgana, me invitó a caminar por uno de los senderos del bosque localizado en la montaña que abriga al monasterio. Por algún motivo que no puedo explicar, andar activa mi mente así que comencé a exponer mis lamentos sobre las celebraciones de Año Nuevo al considerarlas innecesarias, pues al final es una noche como cualquier otra, con nubes o estrellas y el sol inexorablemente saldrá por la mañana. El monje no comentó nada. Animado al imaginar que estaba de acuerdo conmigo, quise saber lo que pensaba. El Viejo me miró rápidamente, me brindó una sonrisa traviesa y dijo: “Creo que estás muy tedioso, Yoskhaz” y continuó caminando.

La irritación aumentó. Provocándolo, indagué por una justificación sensata sobre varias fiestas que se hacían en el mundo durante el año, donde me parecía que las personas sólo querían comer, beber y bailar. Él continuó andando a paso lento pero firme, lo que lo caracterizaba, hasta que llegamos a un espacio abierto, era un mirador que ofrecía una vista indescriptible. Se sentó en una piedra y dijo: “Todas las celebraciones son rituales que acompañan a la humanidad desde tiempos inmemorables. Surgieron algunas en los últimos siglos, como la Navidad; desaparecieron otras, como el solsticio de verano. Los rituales tienen gran importancia por vincular a los hombres con intereses comunes”. Refuté diciéndole que no era verdad, pues utilizando la propia Navidad como ejemplo, tan sólo percibía personas interesadas en regalos y comilonas, olvidando el principal motivo del evento. Él me miró con ojos repletos de compasión y habló con voz suave, marcas registradas de una personalidad que al mismo tiempo era suave y fuerte, para explicar: “Aunque la Navidad sea la fecha destinada para recordar el nacimiento de un Maestro entre nosotros, tan importante que tiene la fuerza de separar la Historia y la propia cronología en AC y DC, a pesar de que muchos han olvidado la preciosa esencia, las fiestas navideñas mantienen el poder de ser una ceremonia familiar. Es tan sólo cuando muchas familias en buena parte del planeta pueden reunirse. Parientes que no se veían hace mucho tiempo o viven distantes, vuelven a convivir. Claro que muchas desavenencias afloran, pero también es una excelente oportunidad para limar asperezas para quien ya posee amor y sabiduría suficientes para hacer buen uso del momento, cosiendo lazos que se desamarraron a lo largo de la vida. La familia, independiente si a la moda antigua o moderna, es el poderoso embrión de la sociedad y una trinchera segura para las inevitables batallas de la existencia. Así, de forma inconsciente o no, puede volverse un ritual mágico capaz de alcanzar los ideales de amor, sabiduría, paciencia y compasión enseñadas por el Maestro, modificando el futuro de muchos”.

No satisfecho, dije que tal vez él tenía razón sobre la Navidad, pero qué decir del Año Nuevo. Una fiesta ridícula en la cual las personas se ilusionan al creer que sus vidas cambiarán por el simple hecho de establecer una fecha para esto. El Viejo me miró con espanto debido a mi irritación y dio una agradable carcajada. Después dijo seriamente: “El mundo depende del cristal con que se mira. Cuando tu ojo es bueno, todo el universo es Luz”, hizo una pausa para que yo recordara lo que él ya me había explicado sobre la belleza de ver belleza en todo y en todos. Teoría sin práctica es el desperdicio de la siembra sin cosecha.

En seguida continuó: “La vida es un inmenso ciclo compuesto de otros ciclos pequeños”, volvió a recordarme otra lección que enseña que la existencia es un viaje sin fin con innumerables estaciones. Prosiguió: “Un ciclo sólo se inicia cuando el anterior termina. Ellos no pueden coexistir, pues son aprendizajes que te preparan para lo que viene a continuación. Así, el ritual del Año Nuevo tiene la fuerza de permitirnos evaluar, en retrospectiva, cuánto avanzamos en los últimos doce meses y lo que nos falta para cerrar el ciclo. Es la ceremonia en la que asumimos compromisos de transformación y crecimiento con la persona más importante de nuestras vidas: cada cual con sigo mismo. Esto lo hace importante”.

Lamenté que muchos no lo veían de esa manera y desperdiciaban el momento. Para provocarlo aún más le dije que muchos siquiera conseguían contabilizar las pérdidas de un año. El Viejo arqueó los labios y con una sonrisa suave no permitió que mi irritación lo afectara. Respondió con dulzura: “Aunque un año pueda ser perdido, tan sólo existen ganancias. Los fracasos son importantes herramientas que sirven de instrumento para futuras victorias. Muchos todavía necesitan de las dificultades para madurar, en dolorosa jornada como reflejo de decisiones tomadas en el pasado. Entonces el sufrimiento puede ser el remedio que cicatrizará las heridas del alma. El aprovechamiento de las oportunidades está relacionado con el nivel de consciencia de cada uno, que ha de expandirse, tarde o temprano, y acompañar la evolución de todo el Universo. A cada elección vamos determinando el propio destino al definir las dificultades que surgirán en el Camino, en vía del perfeccionamiento. Todo lo que trae transformación es mágico, por definición filosófica. De esta manera, el Año Nuevo cumple con la magia del ceremonial de transformación propuesto en el inconsciente colectivo”.

Cuando me preparaba para replicar, más por terquedad que por lógica, el monje hizo un gesto sereno con las manos y dijo: “Escucha la voz del silencio. Permite que tu corazón te cuente las verdades que tus condicionamientos cultural y social bloquean. No permitas que el pesimismo te contamine. Deja que los colores de la vida deleiten tu mirar”. Me quedé un tiempo, que no puedo precisar, sin pronunciar palabra. El silencio y la quietud lentamente me envolvieron en un ambiente sereno que trajo la claridad de la razón y la tranquilidad en las emociones, alejando la niebla del preconcepto y el velo de las formas obsoletas, permitiéndome una visión diferente. Una sonrisa vino a mis labios. Entonces el Viejo finalizó: “Los rituales son encantadores pues señalan las fases de la existencia. Los ciclos tienen el poder de mover los avances personales en el Camino. Los avances significan la comprensión que vamos adquiriendo sobre las Leyes No Escritas que apaciguan la mente y el corazón. Sin embargo, estamos sacudidos por la prisa y preocupados con cosas innecesarias, desperdiciando así la belleza del paisaje. No basta saber sobre el amor y la sabiduría universales, es imprescindible que los vivamos con calma y alegría, a cada día, como reconocimiento a todas las flores que adornan y perfuman la Vida”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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