La ley de los ciclos

El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, había sido invitado a dar una conferencia en una universidad. En esa época, yo era el discípulo designado para acompañarlo. Al final de su discurso, como de costumbre, respondía a una infinidad de preguntas. Su abordaje sobre los múltiples aspectos de la vida era siempre desconcertante. Esa vez no fue diferente; atendió a todos con cariño y paciencia. Ya en el metro, de regreso al hotel, una mujer se acercó para hablar con nosotros. Dijo que había estado en la conferencia y que quería invitarnos a almorzar; bromeó al decir que era una manera de aprovechar un poquito más al monje. Aceptamos la invitación y fuimos a un restaurante cercano. Cuando nos acomodamos ella habló un poco sobre su vida y se lamentó sobre determinada situación que siempre se repetía, como si fuera una historia que insistía en ser recontada infinitas veces, algo que la entristecía y se quejó de su propio karma. El Viejo la miró con bondad y le dijo: “Pienso que hay una equivocación con relación a lo que los antiguos denominaron como karma. Hoy en día se refieren a él como si significara punición. No, de ninguna manera. Karma es aprendizaje”.

“No tiene sentido que el Universo, en toda su generosidad y maestría, tenga cualquier otra intención salvo la de perfeccionarnos. Muchas veces la lección se hace dura dada la terquedad o la obstinación del alumno. Lección aprendida, karma extinto. Así de simple. Eso explica las dificultades del Camino y nos permite entender que podemos modificar el trayecto cuando transformamos nuestra manera de andar. Las tempestades del recorrido apenas reflejan las tormentas internas que cada cual carga en el equipaje. Esto hace que seamos responsables por el apaciguamiento de los conflictos que surgen, pues en realidad tan sólo retratan las propias sombras que es necesario iluminar. Este compromiso es personal e intransferible”.

La mujer dijo que el vocabulario del monje era bastante peculiar y que no entendía lo que quería decir y cómo todo se aplicaba al caso de ella. El Viejo tomó un sorbo de agua y dijo: “Cuando determinada situación insiste en repetirse de manera igual o parecida, significa que estamos bajo la influencia de la ley de los ciclos”. Ella comentó que cada vez entendía menos. El Viejo sonrió y le explicó con paciencia: “El Universo se rige por un código de leyes no escritas que demarcan e impulsan la evolución de todos nosotros. Independiente del plano en que nos encontremos, somos regidos por condiciones inexorables que establecen el próximo conflicto que vamos a experimentar. En verdad, tal problema no es nada más que la lección adecuada para aquel momento de vida. Viajamos en dirección a la luz, a la plenitud, a la perfección del espíritu, hacia nuestra real identidad. La evolución de cada uno será incentivada, lo queramos o no. Claro que como en todo salón de clase, hay alumnos dedicados y otros desaplicados o rebeldes. La lección que demora poco tiempo para unos, se prolonga durante siglos para otros, literalmente. Eso explica el motivo por el cual no todos pasan, en este exacto instante, por las mismas dificultades y alegrías”.

Ansiosa, la mujer lo interrumpió. Ella quería saber más sobre la Ley que insistía en que determinada situación fuera recurrente y se repitiese infinitamente como un castigo sin fin. El Viejo arqueó los labios con una dulce sonrisa compasiva y le dijo: “Las penas eternas son un viejo truco de las tinieblas y no tienen cualquier relación con la inteligencia cósmica. El universo no se preocupa en punir y sí en educar, por esto, la necesidad latente del perdón y de todos los demás nobles sentimientos derivados del amor. Es imposible educar sin perdonar, sin permitir nuevas oportunidades”. La vida es un gran ciclo formado por innumerables ciclos menores. Cada uno de ellos abarca un conjunto de enseñanzas. Ellos generan indispensables transformaciones en el ser. Siempre experimentamos el ciclo que contiene las exactas lecciones para las cuales estamos listos. Ni más ni menos”.

“Como un alumno que repite de curso en la escuela cuando no presta atención o se niega a aprender la lección, el ciclo se vuelve recurrente y, con frecuencia, más severo para que el entendimiento y la consecuente modificación que permitirá que la evolución ocurra. Así caminamos”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “El fin de un ciclo necesariamente será el inicio de otro. No obstante, dos ciclos no coexisten. Lo nuevo nunca inicia sin que lo anterior esté terminado. La repetición del Ciclo, como sofisticada prisión, no es nada más que la negativa para evolucionar”, hizo una breve pausa antes do concluir: “La metamorfosis es indispensable. Aprender y transformarse para librarse del problema. El problema nunca es el problema en sí; es más bien la reacción equivocada ante él”.

La mujer dijo que estaba comenzando a entender y le pidió que profundizara más en el tema. El Viejo no se hizo de rogar: “Cada vez que nos sentimos estancados, como si la vida estuviera sumida en la monotonía, ofreciéndonos incesantes repeticiones de la misma situación desagradable, significa que es hora de parar. Encerrados en el silencio y la quietud, debemos buscar en lo interno del ser lo que necesita ser modificado en la manera de ver y actuar. Todo puede ser diferente y mejor. Es preciso aceptar que las verdades que servían hasta ahora ya no sirven más, que se volvieron anticuadas. Es hora de dejar que lo nuevo llegue. Como ejercicio de desapego intelectual hay que modificar conceptos, dejar que la luz entre y amplíe la consciencia. Al final, el universo está en constante expansión y como parte de él, debemos ir junto”.

“En la práctica del desapego emocional, hay que aceptar definitivamente que nadie tiene la obligación de hacer feliz a nadie. No obstante, para la propia felicidad, es necesario ofrecer lo mejor para la alegría y la paz de todos. Amar sin condiciones; perdonar sin tributos. A su vez, el desapego material traerá la ligereza de compartir y cargar tan sólo lo necesario. Recuerde, nadie necesita de lo superfluo para vivir. Lo esencial no pesa y cabe por entero en el corazón. Ser es mucho más rico y divertido que tener”.

“En la plenitud del desapego espiritual, es preciso entender que todo en debe ser transformado. Aún lo que nos agrada puede ser diferente y mejor. Por tanto, es indispensable pulir las elecciones a cada instante. Perfeccionarlas es evolucionar. Las elecciones definen quiénes somos y determinan el próximo trecho del Camino, así como sus curvas, acompañantes y paisajes. Ellas son el pasaporte para la próxima estación, muchas veces, en esta misma existencia”.

“Finalmente, enfrentar los miedos. Nada interfiere más en las indispensables transformaciones. La vida exige coraje para que podamos amar y seguir en frente. Amar de verdad no es fácil pues exige total superación de las viejas formas. Amar no se destina a los débiles; ser fuerte es una elección, disponible todos los días para cualquiera. Así cerramos un viejo ciclo para iniciar uno nuevo, trayendo movimiento, color y belleza a la vida”.

La mujer curvó los labios con una sonrisa sincera. Algo alteró su ánimo. Le preguntó al monje si todo ciclo es un karma y viceversa. El Viejo asintió con la cabeza: “Sí, pues carga consigo las lecciones de sabiduría y amor que necesariamente debemos introducir en el vivir. Esto trae la fantástica liberación del alma de las sombrías prisiones sin rejas creadas por los condicionamientos sociales, por las deudas ancestrales y por las ilusiones de poder innecesarias sustentadas por el ego. Esto es iluminarse, lentamente, ciclo a ciclo, en infinitas transformaciones rumbo a las Tierras Altas”.

Llegaron los platos y la conversación versó sobre libros, películas y otras cosas amenas. Al final agradecimos y nos despedimos. La mujer le dio un fuerte abrazo al monje y dijo, con una radiante sonrisa, que aquella tarde sería fundamental en su vida pues ahora sabía lo que tenía que hacer. El Viejo la miró con enorme dulzura y dijo: “Saber dónde está la puerta no significa exactamente atravesarla. Todos sabemos más de lo que hacemos; alinear la teoría con la práctica requiere determinación y paciencia”.

En el trayecto hacia el hotel le comenté al Viejo que siempre era posible dudar con relación a la puerta correcta a ser escogida. El Viejo me miró con compasión y dijo: “Siempre habrán bifurcaciones en el Camino para que las elecciones sean ejercidas y perfeccionadas. Ellas definirán si se permanece preso a un ciclo o si se libera de él . De un lado se abrirá el enorme portón de las pasiones, el cual ofrece las tribunas del mundo, el incienso de los elogios superficiales, el perfume del lujo y las delicias de los aplausos fáciles. Del otro estará siempre a la espera la puertecita del amor, indicando la montaña de la vida, que para alcanzar la cima exigirá la reinvención absoluta, un poquito a cada día. Al final no habrá fortuna ni fama, apenas la paz, sencillo tesoro ofrecido al andariego que osó pulir el ser con el cincel de las elecciones”. Se calló por instantes, me ofreció una linda sonrisa y finalizó: “Cada vez que tengas dudas, escoge por amor, Yoskhaz. O escogerás errado”.
Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Jesus Escalante C 29 de agosto de 2019 on 20:12

    Fantastica exposicion. Entendible.

  • Jorge Alberto tobon velez 23 de septiembre de 2016 on 00:49

    Exelente, aprendisaje