La mejor novia

Cuando entré al taller de Lorenzo, el elegante zapatero decidió terminar la jornada aunque todavía estábamos a mitad de la tarde. Apreciador de los vinos tintos y de los libros de filosofía, tenía en el martillo y en el alicate las herramientas de su oficio; las ideas con que coloreaba el mosaico de la vida, los instrumentos de su arte. Su taller no tenía hora determinada para abrir o cerrar. El funcionamiento variaba según la voluntad del artesano y, en la pequeña ciudad, los horarios inusitados del local ya se habían vuelto una leyenda. Los dos veríamos un juego de fútbol por televisión en una animada taberna. Era uno de los tan anhelados juegos finales del campeonato. Lorenzo creyó que aún había tiempo para conversar un poco antes de irnos y fue a hacer una jarra de café para animar las palabras. Cuando colocó las dos tazas humeantes sobre el mostrador fuimos sorprendidos por un tornado en forma humana. La hermana menor del zapatero invadió el pequeño taller y nos dio la sensación de que su ímpetu agitaba todo a su alrededor. Lucy era su nombre. Hacía mucho había dejado de ser una niña y aunque ya tenía más de medio siglo de existencia, todavía mantenía el frescor de la juventud. Sus ojos azules contrastaban con la piel morena y el cabello negro; era bellísima. Una persona agradable en el trato, atenta y buena amiga. Muy dedicada a los estudios, se había vuelto una respetable jueza de derecho de la región, lo que le proporcionaba una vida cómoda económicamente. A pesar de tantos atributos no era feliz. Uno de sus deseos era tener un matrimonio estable, al lado de una persona con quien pudiese compartir todos los momentos de la vida. Con muchas cualidades personales, sus relaciones afectivas eran efímeras y, por razones que no podía entender, no se sostenían. Este era el motivo de aquella visita repentina; su último novio había acabado de terminar el romance.

Estaba angustiada. Había venido en busca de entendimiento. Lorenzo le pidió que se sentara y le sirvió una taza de café. De inmediato Lucy comenzó a recitar una gran letanía de incomprensiones. Decía, de modo sincero, que no entendía el motivo por el cual todas sus parejas rompían la relación. Siempre estaba dispuesta a ayudar al compañero con sus problemas personales, era amiga, leal, cuidadosa y dedicada. Comentó que conversaba con sus amigas y ellas tampoco entendían el motivo por el cual los romances no prosperaban. Todas la consideraban la novia perfecta.

Como quien no quiere nada, el artesano le pidió que le hablara un poco, no sobre ella a quien bien conocía sino sobre sus amores. En un intercambio rápido de miradas con Lorenzo, como viejos amigos que éramos, entendí la estrategia del sabio zapatero: el corazón habla más sobre sí cuando revela su visión sobre el otro. Lucy comenzó por el último. Contó que él era un gran empresario del ramo de supermercados, una persona alegre y cariñosa, un hombre rico y generoso, pues ayudaba a varias entidades filantrópicas. No obstante, respondía ante un serio proceso por evasión fiscal. Explicó que ella, como juez, no se sentía cómoda al relacionarse con una persona con tal problema y le había pedido que resolviera la situación cuanto antes. Llegó hasta ofrecerse para conseguir un préstamo bancario con la intensión de saldar la deuda o, en caso extremo, consideraba retirarse de la magistratura, pues así se sentiría más cómoda para casarse.

Otro enamorado, anterior a ese, era un talentoso artista plástico, hombre sensible y amoroso, con raro talento. Sus pinturas eran de gran belleza y la emocionaban. Confesó que no entendía como su trabajo nunca había interesado las grandes galerías internacionales. Él tenía dificultad en mantener su propio sustento, la venta de los cuadros era escasa y limitada a la feria pública en la plaza de la ciudad. Recibía una ayuda del hermano, de quien era muy amigo, para complementar la renta. El hermano era conocido por ser dueño de un famoso y polémico cabaré que, según las malas lenguas, era un canal para la prostitución. Aunque su novio no estuviera involucrado con el negocio, aceptaba una mesada para el auxilio de sus gastos personales. Lucy lo estimuló a retomar la universidad y terminar el curso de arquitectura que había abandonado para dedicarse a la pintura. Él podría vivir con ella hasta graduarse, lo que reduciría los gastos, y después de diplomado podría valerse del buen circulo de relaciones de ella para realizar plantas y proyectos. Tan sólo quería que su novio tuviera las condiciones necesarias para que no aceptara más el dinero, de dudoso origen, venido del hermano.

También relató otra relación en la cual el novio era un dedicado médico que trabajaba en hospitales públicos. Amaba verdaderamente la medicina y tenía una intensa pasión por curar. Un hombre extraordinario, un ser generoso y un buen amante, no obstante el poquísimo tiempo que tenía disponible para la relación. Como había elegido atender la parte de la población de bajo poder adquisitivo trabajaba mucho y ganaba poco, comparado con la posibilidad de tener un consultorio propio, donde podría equilibrar mejor la relación entre tiempo y remuneración. Ella no dudaba del éxito que tendría, pues había acumulado hasta ese momento mucho conocimiento y experiencia con la dedicación profesional y desprendimiento material que poseía. La ardua rutina del médico le impedía viajar, ya fuera por la falta de tiempo o de dinero, al menos a los destinos más caros y renombrados deseados por Lucy. Se ofreció a ayudarlo a montar un consultorio o a asumir los costos de los viajes que ella soñaba hacer, pues esta era una de sus grandes pasiones.

A medida que Lucy narraba sus historias, quedaba claro que las relaciones terminaron cuando ella insistía en modificar la manera como los novios vivían. Por diversos motivos, sus estilos de vida le incomodaban.

Lucy iba a comenzar a relatar otro romance cuando el hermano hizo un gesto suave con las manos declarándose satisfecho. En busca de aprobación, ella le preguntó al zapatero si creía que estaba equivocada. “Sí y no”, él respondió. Lorenzo tomó un sorbo de café y dijo: “Todos tienen el derecho de buscar a la persona de sus sueños, aquella que se encaje con sus ideales de felicidad. Sólo no podemos exigir que los otros se adecuen a nuestros conceptos de mundo ideal”.

La hermana protestó diciendo que apenas ‘ofrecía lo mejor y por esto exigía a cambio lo mejor del otro’. El zapatero pronto replicó: “Me parece que el problema reside exactamente en este punto, pues si ambos piensan así podemos derivar en nefasta competencia movida por el orgullo de saber quien tiene más para ofrecer y, pronto, exigir compensaciones cada vez más inaceptables”. Meneó la cabeza como quien dice que todo estaba errado e intentó explicar: “Pienso que el amor para que sea amor nos lleva a ofrecer lo mejor que somos, sin exigir nada como retribución, o no es amor. Cuando no podemos sentir alegría en el simple hecho de ayudar en la felicidad ajena e incluimos tributos en nuestra oferta, el amor se deshace en el aire”. Se encogió de hombros lamentándolo y dijo: “Para vivir el amor es preciso entender al amor”.

Ignorando la observación, ella alegó que su posición era justa y, como mínimo, razonable. Lorenzo levantó las cejas como diciendo que aquella conversación no sería fácil y discrepó con serenidad: “No es justo ni razonable”, ante la expresión de espanto de Lucy, el artesano trató de explicarle: “Compartir lo mejor de sí es multiplicar el poder de la luz que existe en ti. Al compartir tu equipaje iluminas los pasos de quienes están perdidos, haces que sea posible que aquellos que están sentados en el borde de la carretera vuelvan a caminar. Por tanto, es necesario renunciar al control sobre los otros y a la necesidad de cualquier tipo de retribución, aunque sea un simple agradecimiento”. Hizo una pequeña pausa e hizo una pregunta retórica: “¿Entiendes que no es justo ni razonable pedir nada a cambio? La vida devuelve mucho más cuando ofrecemos amorosamente lo mejor de nosotros. Por tanto, cualquier auxilio debe estar desconectado de la sensación de supremacía sobre el otro, de reverencia, dependencia o cualquier cobro o será un triste ejercicio de vanidad y dominación. Cuando exiges de la otra persona una determinada actitud, en contrapartida, acabas reduciendo el amor a la condición de un mero negocio y pierde la ligereza indispensable para sostenerse en el aire. La felicidad no reside en la construcción de muros altos en el intento de controlar al otro, sino de compartir con toda la gente la alegría de crear las propias alas para atravesar los abismos de la existencia. El vuelo es solo, pero es lindo cuando alguien nos puede acompañar”.

Los ojos de la hermana estaban encharcados y una lágrima le corrió por el bello rostro. Gimiendo dijo que siempre se había esforzado para ser la mejor amiga de sus novios. Lorenzo completó el raciocinio: “Y terminaste siendo la peor novia”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Fuiste grande cuando ofreciste lo mejor de ti y lo que creíste ser lo mejor para ellos. En ese instante el cielo se puso de fiesta. Todo se perdió cuando les exigiste la aceptación incondicional de la oferta y el cambio de comportamiento para que se adecuaran a aquello que pensabas estar a su altura. ¿Percibes que en el fondo no actuaste por amor sino por miedo a que la vida de ellos afectase la vida que habías escogido para ti misma? Entonces resolviste intervenir en las elecciones ajenas. Tu los querías, pero los querías diferentes de lo que realmente eran. Querías apenas la parte buena o lo que tu nivel de consciencia entendía como la parte buena. ¿Entiendes que, si ellos hubieran aceptado, perderían la propia integridad o la autenticidad que tanto nos diferencia y encanta? De cierta manera, inconsciente o no, te imaginas perfecta, crees que eres mejor que tus novios y, lo peor, aún estás presa a las expectativas y opiniones del mundo sobre tus elecciones y verdades. Con eso pierdes la miel de la vida y todo lo bueno que cada persona puede proporcionarte. La exigencia por lo perfecto te impide aprovechar lo posible. Entonces, los ángeles terminan la fiesta por desarmonía en el ritmo de las canciones”.

Lucy lloró mucho y no pronunció palabra. Lorenzo la abrazó con amor por largo tiempo. Después enjuagó las lágrimas de la hermana, la besó en la frente y habló con los ojos dulces y la voz serena: “No puede existir mayor tontería que el deseo de modificar a los otros. Transformarse a sí mismo es tarea que cabe a cada uno de nosotros. Aprender, transmutar, compartir y seguir son las directrices; iluminar las propias sombras es la batalla que nos aguarda. Ahora es enjuagar las lágrimas, cicatrizar las heridas y recomenzar. La vida no desistirá nunca de ti ni impedirá tu felicidad. Siempre existirá una nueva oportunidad”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Felipe maldonado 25 de agosto de 2017 on 12:23

    Gracias yoskhaz