El destinatario del amor

Era una fría mañana de otoño. El sol me calentaba el cuerpo sobre el pesado abrigo de lana. Andaba por las calles estrechas y retorcidas de la elegante ciudad, que está en la falda de la montaña que acoge al monasterio, en busca del taller de Lorenzo para tomar un café caliente y tener un poco de prosa. Me sentía triste por la ingratitud de algunas personas con quienes convivía por no corresponder al amor que yo les ofrecía. El zapatero, que remendaba el cuero como oficio y las ideas como arte, me recibió con la alegría habitual y en seguida estábamos sentados en el mostrador con dos tazas humeantes. Después de exponer mis insatisfacciones, cuestioné a mi amigo sobre el hecho del amor ser la causa de tanto sufrimiento. Me parecía contradictorio, ya que ese sentimiento está innegablemente ligado al bien y a la luz. Al final, siendo el amor algo tan bueno, no debería permitirse el sufrimiento en su nombre. El artesano bebió el café y respondió como quien dice algo obvio: “Sufren por el simple hecho de no entender el amor”. Discrepé. Dije que el amor es inherente a todas las personas. Añadí que no debe haber un único ser humano en la faz de la Tierra que desconozca el amor. Lorenzo sonrió y dijo: “Sí, es verdad. No obstante, tenerlo con nosotros no significa que ya sepamos descifrarlo. Es más, no es apenas amor lo que corre por las venas de toda la gente sino todos los sentimientos, tanto los mejores como los peores, sin excepción. Identificar cada uno de ellos es fundamental; no permitir que unos contaminen a los otros es parte del arte del andariego”.

“Pero vamos a permanecer sólo en el amor para que esta conversación no se prolongue demasiado. Quien sufre por amor es aquel que aún no ha entendido quién es el fiel destinatario de este real sentimiento, ni su mecánica”. Le comenté que no había entendido. El zapatero expuso su raciocinio: “La raíz del sufrimiento está en amar como aquel mercader que contabiliza la entrada y la salida de mercancías. Si ofrecemos cariño, afecto y atención, exigimos la contrapartida en retribución o pago. Es decir, solamente nos permitimos amar cuando nos sentimos amados a cambio y en igual intensidad. ¿No es así?”. ¡Sí, así es¡ Estuve de acuerdo. Lorenzo se encogió de hombros y dijo: “Destinatario equivocado”.

Dije que nuevamente no estaba entendiendo. Él explicó: “Cuando actuamos de esa manera mostramos que estamos más preocupados con nosotros que con los otros. Esa actitud demuestra que amamos por lo que vamos a recibir a cambio, siendo el otro un mero canal por donde retornará el amor que ofrecemos. Esto no es amor, es egoísmo. Es como si colocáramos una carta en el correo para nosotros mismos. ¿Qué sentido tiene escribir una carta para sí? El amor es un poema que redactamos al viento sin la preocupación de firmarlo. Los gestos nacidos en la pureza del corazón son los mejores versos escritos sobre el papel imperecedero de la vida. Es la poesía que se coloca en la botella lanzada al océano con la alegría de llenar el alma de quien la encuentre, sin cualquier otro interés. El amor para ser amor debe estar comprometido con la falta de compromiso ante la reacción del otro para devolver con la misma moneda. El amor que tienes no es el mismo que recibes, sólo el que tú das. El amor es una extraña mercancia que entre más autorizas su salida, mayor queda en tu depósito”.

Sostuve que amor es intercambio; todos quieren recibir en la exacta medida de lo que dan. El artesano meneó la cabeza y dijo: “Intercambio es comercio; amor es compartir la belleza y la alegría de la vida que pulsa en cada uno, sin pagos, tasas o tributos de cualquier especie. Como flores que plantamos en el borde del camino para adornar la vida de quien viene atrás, sin preocuparnos en si aprovecharán sus colores y perfumes. Amar es ofrecer la luz que nos habita para iluminar los sótanos oscuros del mundo sin presentar cuenta de cobro por el servicio prestado, o de lo contrario no es amor. Esa comprensión es un paso importante para liberarse de cualquier dependencia emocional o afectiva y, en consecuencia, terminar con todo sufrimiento. Pon atención y percibirás que sufrimos por celos, envidia, egoísmo y otros sentimientos menos nobles; nunca por amor”.

“Piensa en el sol que ilumina, calienta, renueva y permite la vida sin cobrarnos nada a cambio. De allí su grandeza y poder. Todo amor transciende en magnetismo, por ello todo y todos desean orbitar alrededor del centro generador. Así como el sol, cuando nada se pide a cambio, todo se tiene”. Hizo una pausa y complementó: “Esa es la extraña y fantástica ecuación de la vida que insistimos en no entender, entonces sufrimos”.

Insistí diciendo que siempre había oído que amor era intercambio. Lorenzo fue enfático: “Aprendiste errado. Si deseas eliminar el dolor necesitas salir de las clases del egoísmo y de los celos para frecuentar una nueva escuela”.

Argumenté que él se había enloquecido. Recordé la maravillosa sensación de sentirse amado. Él arqueó los labios con una sonrisa y dijo: “Estoy de acuerdo contigo, es muy buena y la deseo todos los días. Sin embargo, es exactamente en este punto que reside el peligro. Ese sentimiento es bueno y justo, sólo que no puede ser objeto y objetivo del amor que se ofrece, pues se torna una actitud egoísta que tiene como fin a sí mismo y no al otro. Entonces deja de ser amor y por esto sufrimos. Hay que estar atentos para que el destinatario del amor no sea el propio remitente, caso en el que la carta pierde el sentido y el amor se pierde en sí, dejando de existir”.

Le pedí que me volviera a llenar la taza con café. Toda aquella conversación era demasiado desconcertante y le confesé que tenía dificultad para asimilarla. Cuando pensé que Lorenzo aliviaría mi incomodidad intelectual, dio el ataque final: “Solamente en la infancia del alma insistimos en pensar que somos el centro del mundo, que el universo gira en torno de nuestro ego. De allí surge la palabra egoísmo. La consecuencia natural del egoísmo en el amor son los celos, un sentimiento tan fuerte que lo confundimos con el propio amor. Lo peor es que los celos están ligados a la sensación de inseguridad y a conceptos obsoletos de dominación”. Una vez más le pedí al artesano que se explicase mejor. Él fue didáctico: “La idea de que somos exclusivos y el centro del mundo nos hace creer que tenemos derechos absurdos sobre todo y todos. Usamos inadecuadamente la palabra ‘compromiso’ en nuestras relaciones para esconder los verdaderos sentimientos que nos mueven: celos y egoísmo. Nos volvemos dominadores por condicionamiento y educación equivocados. Al involucrarnos con alguien que nos trae alegría dejamos manifestar el miedo de su partida”. Hizo una pausa y comentó: “¿Cómo perder lo que no se puede tener?” En seguida dijo: “Nos ilusionamos al pensar que la felicidad apenas será posible si tenemos bajo control todo lo que nos envuelve y a todas las personas que juzgamos importantes para nuestra felicidad. Es la cuna de las prisiones. Domar genera dolor, domar gente trae inevitable sufrimiento. Sufrimos a causa de otros sentimientos, mucho menos nobles, y le atribuimos al amor una culpa que no le pertenece. Nadie sufre por amor”.

“Olvidamos la lección del sol, cobramos por calor y luz, agotando la alegría de quien orbita a nuestro alrededor. Amor no es exigencia o compromiso. El amor es el antídoto de ese veneno; es libertad y plenitud. Entonces genera el magnetismo que todo atrae”.

Quise saber lo que era necesario para parar el sufrimiento. Él levantó las cejas y dijo seriamente: “Con frecuencia sentimos un vacío existencial y tenemos dificultad de identificar el origen. Entonces procuramos a alguien que pueda llenarlo, transfiriéndole la responsabilidad de nuestra felicidad. Esta es la formula perfecta del fracaso y del dolor. En vez de recorrer el camino del autoconocimiento para curar las fracturas sentimentales que dificultan el seguir adelante; en vez de iluminar las propias sombras que nos impiden evolucionar al atribuirle a otros la causa de nuestras insatisfacciones, preferimos la facilidad del atajo de encontrar a alguien que nos solucione la insatisfacción que sentimos. En suma, creemos que amar es tener a alguien que nos haga feliz. Esto crea estancamiento, lo que a su vez nos hace personas monótonas; esto crea la dependencia que construye las prisiones sin rejas”.

“¿Qué tal invertir la ecuación? Asumir la responsabilidad absoluta ante la propia felicidad es estar listo para iniciar el Camino. Aceptar de manera honesta y valiente el proceso de conocimiento y posterior transformación sobre sí mismo es el primer paso. Librarse de hacer cualquier cobro en relación a los otros y enfocarse en la responsabilidad de compartir las virtudes que fructifican en el alma demuestra evolución y suelo fértil para que el amor florezca en el corazón. Esto trae ligereza; es la libertad del ser. Esto trae la paz; es la plenitud del ser”.

“Ese cambio, en realidad, es el rompimiento de la cáscara que nos impide ser enteros y que niega el amor en toda su dimensión. Es necesario renunciar a hacer cualquier cobro por el simple hecho de que nadie nos debe nada. Si proclamamos cualquier derecho sobre el otro, puedes estar seguro de que allí no existe amor. Si nos sentimos dueños o acreedores de alguien, puedes estar seguro de que no es amor lo que nos orienta. El amor se niega ante la dominación por ser libre en esencia. Los cobros pierden el sentido cuando entendemos que no son nada más que cartas que escribimos para el destinatario equivocado”.

“A partir del instante en que comprendemos que somos responsables por nuestra felicidad y que nadie nos debe nada, todo lo que nos es entregado, aunque sea pequeño, se vuelve un agradable regalo. Ningún árbol ofrece frutos fuera de estación. El amor exige paciencia. El amor deja brotar la compasión ante las imperfecciones ajenas al tener la humildad de saber que no poseemos la perfección para ofrecer”.

“Solamente cuando aceptamos que el destinatario de nuestro amor no somos nosotros, y sí los otros, sentiremos palpitar todo el poder y la fuerza del amor. Es el proceso de maduración de las alas que permitirán el vuelo hacia Tierras Altas. No hay otro”.

Permanecimos un tiempo largo sin pronunciar palabra. Quebré el silencio y, emocionado, dije que necesitaba irme. Yo estaba atrasado para reescribir todas mis cartas, pues no quería aplazar más un importante encuentro. Lorenzo sonrió.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Felipe maldonado 19 de agosto de 2017 on 23:56

    Gracias yoskhaz

  • psiul 8 de agosto de 2017 on 15:16

    Muchas gracias! Había estado buscando algo así desde hace años, y creo que esta pagina me encontró a mi.